EL ARTE DE ROBERTO MIRANDA

Roberto Miranda, periodista durante años de ‘El día de Aragón’ y de ‘El Periódico de Aragón’, siempre ha sido un espíritu inquieto: ingenioso, apasionado de la filosofía y del lenguaje, un buscador de lo esencial. Le interesaban por igual José Hierro o Albert Einstein, los trazos de Tàpies o la filosofía de Heidegger. Y las vidas rurales o la historia de un campo de fútbol que ha perdido el córner. Tras su reciente jubilación, Roberto ha hecho varias cosas: ha escrito de imágenes fotográficas, de arquitectura. Y, desde hace algunos meses, asiste a clases de dibujo y pintura: hace obra figurativa, pero sobre todo abstracción. Aprende, experimenta, siente. Roberto Miranda, que ha escrito libros con Mariano Gistaín y Joaquín Carbonell, es un puro sinvivir y, como se ve aquí, un discípulo entusiasta de Mondrian, de Malevich, de tantos otros: un defensor de la curiosidad.
JULIO JOSÉ ORDOVÁS GLOSA LA PASIÓN DE ALAIN DELON Y ROMY SCHNEIDER

Este martes, Día de los Enamorados, Julio José Ordovás presenta ‘Una pequeña historia de amor’ (Isla de Siltolá, Sevilla) en Los Portadores de Sueños. Será a las 20.00; Almudena Vidorreta hará la presentación. En el libro, Ordovás alterna verso y prosa. Uno de los episodios en prosa más cautivadores es este, dedicado a la pasión de Romy Schneider y Alain Delon.


TRES POLAROIDS Y CUARENTA Y TRES ROSAS ROJAS
De Julio José ORDOVÁS
Finales de los años cincuenta. Aeropuerto de Orly. Un chico muy joven, muy guapo, muy serio y muy repeinado, vestido con traje y corbata, espera un vuelo procedente de Viena. No puede dejar de dar vueltas de un lado para otro. Tampoco puede parar de fumar. Lleva un ramo de rosas rojas. Le sudan las manos. Se afloja un poco el nudo de la corbata.
El portador del ramo era Alain Delon. Su destinataria, Romy Schneider.
Alain Delon y Romy Schneider trabajaron juntos en tres películas: Amoríos, de Pierre Gaspart-Huit (1958), La piscina, de Jacques Deray (1968), y El asesinato de Trotsky, de Joseph Losey (1972). Su relación fue apasionada y tormentosa, como corresponde a las estrellas más rutilantes del firmamento cinematográfico.
Yo era un adolescente cuando vi por primera y única vez La piscina. Recuerdo a Romy Schneider saliendo del agua con un bañador negro y las gotas resbalando de su piel y precipitándose, juguetonamente, sobre la piel seca y dorada de Alain Delon. No podría decir cómo termina la película, pero recuerdo que el desenlace me impactó mucho, porque terminaba mal. Hasta entonces yo era tan ingenuo que creía que todas las historias se resolvían en un final feliz, así en el cine como en la vida.
El final de la vida de Romy Schneider no pudo ser más trágico.

Al parecer, el actor Jean Claude Brialy depositó sobre su tumba cuarenta y tres rosas rojas. Romy Schneider no llegó a cumplir los cuarenta y cuatro.
Christian Dureau y Philippe Barbier escribieron un libro sobre la relación entre Romy Scheneider y Alain Delon. Su título: Ils se sont tant aimés (Se quisieron tanto). A raíz de la publicación del libro, en una entrevista para el diario La Provence, Alain Delon, después de tantísimos años manteniendo un silencio sepulcral, descorrió el velo del luto y contó que en cuanto tuvo noticia del fallecimiento de Romy fue a toda prisa al lecho de muerte de la actriz para despedirse de ella, junto a sus amigos los productores Claude Berri y Alain Terzian. “Allí”, dijo Delon, “le hice tres fotos con mi Polaroid, porque quería fijar para la eternidad su imagen en el féretro”. Y dijo más: “Conservo estos retratos, que nunca he enseñado a nadie, en mi cartera, siempre cerca de mi corazón”. Al término de la entrevista, Alain Delon se sinceraba por completo: “Es difícil decir esto, pero no me habría gustado verla con setenta años. Creo que no habría envejecido bien. Es mejor que se fuera así. Murió guapísima. Era un mito y lo seguirá siendo”.
Proust escribió que reconocemos mucho mejor a los seres que amamos en una fotografía que en nuestro recuerdo.
La gente guarda en la cartera las cosas más extrañas. En uno de sus frecuentes viajes a Arles, donde Van Gogh se cortó parte de la oreja tras discutir con Gauguin, Picasso se propuso encontrar un periódico local que hubiera dado la noticia, y lo encontró. Recortó el breve que hacía referencia a la automutilación del pintor desequilibrado y lo guardó en su cartera hasta el día de su muerte.
Yo no utilizo cartera desde que me la robaron a los quince o dieciséis años.
Una vez acabada la entrevista y la presentación del libro, Alain Delon regresa solo a casa, en su coche. Un semáforo le obliga a detenerse. Aprovecha entonces para sacar la cartera del bolsillo interior de su americana y extrae las tres instantáneas. Sonríe. Le sonríe a ella. Que ha dejado caer la maleta en el suelo y corre por la terminal del aeropuerto trastabillando con sus zapatos de tacón recién estrenados. Los dos se funden en un beso y a continuación la película se funde en negro. Pero el semáforo está en ámbar; en unos instantes se pondrá verde.
Alain Delon ha tenido suerte: nunca le han robado la cartera.
GARRAPINILLOS 2 -SANTA ISABEL 3

A nadie le gusta perder. Sobre todo tras un partido intenso y trabajando bajo un frío glacial. El Garrapinillos jugaba contra el Santa Isabel: habíamos bajado un peldaño y hemos bajado en el juego desde hace algunas semanas. En realidad, hemos perdido nuestra ventaja de cuatro o cinco puntos claros en cuatro partidos: hemos perdido en casa con el Picasso, con el Utebo, con el Perdiguera y hoy con el Santa Isabel. Demasiadas derrotas.
No se trata de buscar justificaciones: los rojillos de San Lorenzo han (hemos) experimentado un empeoramiento del juego, de los resultados, la suerte tampoco está con nosotros y las lesiones –alguna de última hora: la del capitán Lacabe será para un mes y media; la de Fran, para tres o cuatro semanas también; y hoy ha caído Pirri- nos persiguen. El parte es cada vez más abultado. A estas lesiones también se ha sumado, por segunda semana consecutiva, la de Jorge Rodríguez. Con todo, preparamos un equipo competitivo y sólido, al menos a priori: Luis; David Mateo, Jorge Beltrán, Enrique Romero, Dani Pequerul; Diego Rodríguez, Kike Alcubierre, Jorge Blasco (capitán), Alberto Luna; Óscar Ortiz y Eloy Mateo.
El escenario no era nada bueno: el viento empujaba con una furia antigua. Demoledora. Y el viento reventaba cualquier ánimo. El Santa Isabel jugó a favor del viento: al principio, no llegaba demasiado, a pesar del latigazo favorable, y nosotros no entrábamos en juego. Poco a poco, ellos se entonaron más: estaban más rápidos y más solidarios en las ayudas; y a nosotros nos faltaba dominio, combatividad y un poco de mentalidad. Las líneas estaban demasiado alejadas, a pesar de que jugábamos con un 4-4-2. En poco tiempo, marcaron dos tantos: uno, tras una espléndida jugada, de un inapelable zurdazo; y otro tras un fallo, sumado a la mala suerte y algunos despistes propiciados por el viento.
En el descanso, intentamos ajustar detalles. Esperábamos que el viento jugase con nosotros. Y esperábamos que nosotros nos viniésemos arriba. Ellos, para ponerlo todo muy, muy cuesta arriba, marcaron otro golazo: una buena volea desde fuera del área por la escuadra. El choque parecía muerto para nosotros. Y en cierto modo lo estaba. Hicimos cuatro cambios: entraron Alberto Rubio, que sería muy importante, Jesús Ángel, José Antonio ‘Pitu’ y Alberto Sancho. Al final, logramos llegar vivos a los últimos minutos: Alberto Rubio empujó dos veces el balón a la red. Y aún tuvimos alguna oportunidad de empatar, eso sí, más por presión, por la ayuda del viento, que por calidad de juego.
La casta apareció demasiado tarde. El nivel del grupo en esta ocasión fue regular tirando a flojo: hubo poco fútbol, aunque sí se trabajó, se peleó y acariciamos el empate. Habría sido el mal menor, aunque al final sufrimos un mal mucho mayor. Hemos perdido por quinta vez. Hemos sido los campeones de la primera vuelta, con 38 puntos, y en la segunda aún no conocemos la victoria. Pese a todo, seguimos los segundos, a dos puntos del líder, el Anento A Mesa Puesta.
J. CASANOVA RECUERDA A FRASER

LA ELEGANCIA NARRATIVA DE RONALD FRASER
[El catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza Julián Casanova me envía el artículo que ha publicado hoy en ‘El País’ sobre Ronald Fraser (1930-2012), que fallecía el pasado viernes, el autor de ‘Recuérdalo tú y recuérdalo a otros’ (Crítica) y ‘Mijas. Escondido’ (Alfons el Magnánimo) entre otros textos. Fraser y Casanova eran muy buenos amigos. La foto la he tomado de internet y pertenece a ‘El País’, a Carles Francesc.]
Texto de Julián CASANOVA. ‘El País
Su libro Blood of Spain (1979), traducido al castellano como Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (Crítica), fue la primera guía para descubrir las historias escondidas de la guerra civil española, la opinión de hombres y mujeres, vencedores y vencidos, que rara vez aparecían representadas en los documentos históricos. Ronald Fraser aportó energía y creatividad a la escritura de la historia. Con las fuentes orales como principal munición, abrió múltiples caminos hasta entonces inexplorados y elaboró una historia “desde abajo”, la primera de ese tipo que se hacía sobre nuestra guerra civil, para captar, según sus palabras, “la experiencia vivida por las personas que participaron en los hechos”.
Fraser, que entonces ya había publicado en inglés la historia de un “topo”, Manuel Cortés, el alcalde republicano de Mijas (Escondido, Institució Alfons el Magnànim), y después una brillante inmersión en los traumas de ese pueblo malagueño durante el siglo XX, recogió en sus investigaciones los aires renovadores que soplaban entonces en amplios círculos de la historia social marxista británica, el cruce de caminos entre la historia, la sociología y la antropología. Acababan de aparecer dos revistas científicas que ahora nos resultan clásicas, Social History y History Worshop, y Paul Thomson había publicado un año antes de la obra de Fraser The Voices of the Past, (edición española en Institució Alfons el Magnànim), una de las primeras introducciones al método y significado de la historia oral. De ese contexto interdisciplinario y del interés por sacar a la luz las voces ocultas del pasado, que no habían podido expresarse durante la larga dictadura de Franco, salió la obra de Fraser.
Escribió historia con la agudeza de ingenio de un novelista, el método de un antropólogo y la visión crítica de un periodista político. Su última y monumental obra, La maldita guerra de España (Crítica, 2006), una historia social de la guerra de la Independencia, es la mejor muestra de esa pasión intelectual por nuestra historia que atravesaba disciplinas y períodos.
Uno de los principales valores de su obra, y es por lo que muchos la admiramos desde nuestra primera lectura, es que transmitía las entrevistas como narraciones, con un estilo y lenguaje que sintetizaba de forma magistral la doble faceta objetiva y subjetiva de la historia. Con su obra en la mano, era más fácil defender que la historia oral era algo más que una sub-disciplina de la historia, luchar frente a la resistencia e indiferencia que las fuentes orales suscitaban, y suscitan, en una profesión dominada por la veneración del documento escrito.
Ronald Fraser era un hombre del mundo, nacido en Hamburgo en 1930, de padre escocés y madre norteamericana, educado en Inlaterra, Estados Unidos y Suiza, que vivió los últimos 25 años en Valencia con la historiadora Aurora Bosch. Ronnie me honró con su amistad, en Londres y en España, y para mí siempre fue un referente en el aprendizaje de cómo imaginar y escribir historias. Yo lo recordaré y se lo recordaré a otros.
RONALD FRASER HA MUERTO
Por Jaume FABRE. De La Lamentable.org [Tomo de ahí el texto]

“Quería ir más allá de la historia de los dirigentes, que es la que casi siempre se hace, porque los dirigentes tienen una representación política y sindical que depende y tiende más a la justificación que al recto objetivo. Me interesaba más conocer el punto de vista de la gente del pueblo, la que ha hecho realmente la historia y la que ha sufrido más duramente sus conscuencias. Es gente que dificilmente dejará nada escrito y por ello es importante recoger sus testimonios ahora que aún están vivos”.
Ronald Fraser me explicaba su punto de vista en una entrevista que le hice durante las jornadas del multitudinario Coloquio Internacional sobre la Guerra Civil Española que tuvo sus sesiones en el Palacio de Congresos de Barcelona un fin de semana de abril del año 1979. La sala grande estaba a rebosar, con mucha gente de pie.
Fraser, ex periodista, escritor “manqué” –como acostumbraba a decir— e historiador alejado de los ambientes académicos, había merecido el honor de figurar en aquel coloquio junto a Pierre Vilar y Pierre Broué como responsable de una de las tres únicas ponencias presentadas. Acababa de aparecer en España su libro Recuérdalo tu, y recuérdalo a otros, donde había recogido 250 testimonios de “gente corriente” sobre la guerra civil española. Para escribirlo, había venido a España el verano de 1973. Llevaba en el bolsillo un contrato con doce editoriales que le habían avanzado sus derechos de autor. Con ese dinero pudo trabajar dos años pero se quedó tres años más, sin recursos y pasando serias dificultades económicas. Su libro marcó un antes y un después en la investigación histórica, tanto por las reticencias que existían entonces sobre la denominada “historia oral” como por su mirada sobre los ciudadanos de a pie, dos planteamientos entonces absolutamente novedosos. Para mí, entonces un muy joven historiador/periodista, fue una revelación que marcó también todo mi trabajo futuro.
Ronald Fraser murió el pasado viernes 10 de febrero en Valencia, donde vivía desde finales de los ochenta con la historiadora Aurora Bosch, de quien acaba de aparecer su último libro (Miedo a la democracia, ed. Crítica) una interesante investigación en los archivos norteamericanos sobre el papel de los embajadores de los Estados Unidos en España durante los años de la Segunda República. Un libro que pone en evidencia como no se enteraban, o más bien no se querían enterar, de nada que fuera más allá de los intereses económicos de su pais, y de como el lobby católico estadounidense condicionó las tomas de posición del presidente Roosevelt respecto al franquismo.
*La foto es de 'El País'.
ANTONIO GAVÍN Y 'EL MONJE' DE LEWIS

El confesor de La Seo que anticipó ‘El monje’
Genaro Lamarca publica ‘El licenciado Lucindo o el cura canalla’, una novela breve del sacerdote protestante Antonio Gavín, que fue la fuente del libro gótico de Lewis
Luis Buñuel redactó un guión de Jean-Claude Carriere que llevaría al cine Ado Kyrou. Dominik Moll dirige una nueva versión con Vincent Cassel
“Antonio Gavín integra la formidable nómina de heterodoxos aragoneses: Serveto, Miguel de Molinos, Gracián, Goya, Buñuel o, entre otros, José Antonio Labordeta. Todos tenían una gran personalidad, lucidez, genialidad y una cierta inclinación a la bronca. Podían ser desabridos”, explica Genaro Lamarca Langa, historiador de la Universidad de Zaragoza. En Zaragoza y Aragón pocos, muy pocos conocían a este personaje de novela: no sabe con certeza si nació, hacia 1682, en Zaragoza o en Mediana, de donde era su familia, estudió con los jesuitas, se ordenó sacerdote y fue confesor de La Seo y canónigo del Pilar, con interrupciones, entre 1705 y 1711, fecha en la que decidió huir “perseguido por la inquisición más política” a Inglaterra, más tarde a Irlanda, y acabó sus días en Virginia, Estados Unidos, donde tuvo dificultades con sus parroquianos porque se oponía a la esclavitud; casado con Rachel, frecuentó al que sería tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, al que legó su biblioteca cuando era un niño de siete u ocho años.
“Me atrajo este personaje porque lo cita Latassa en su ‘Diccionario’. Casi todos los datos están mal. Me puse a trabajar sobre él y edité en la Institución Fernando el Católico, en 2008, el primer volumen de ‘A Master-Key Popery’ con el título de ‘El antipapismo de un aragonés anglicano en la Inglaterra del siglo XVIII. Claves de la corrupción moral de la Iglesia católica’, un libro de gran éxito, tuvo quince ediciones entre los siglos XVIII y XIX, poco menos que ‘El Quijote’ y las mismas que ‘La Celestina’. El libro nacía de sus experiencias en La Seo y en el Pilar. Contaba cosas verdaderas, y terribles, y otras inventadas”.
Del segundo volumen, Genaro Lamarca acaba de publicar un fragmento especialmente significativo: la novela corta que ha traducido como ‘El licenciado Lucindo o el cura canalla’ (IFC, 2011), donde Gavín dice que le ha llegado un manuscrito, “escrito por don Juan Chueca”, que incorpora a la nómina de retratos y relatos de curas, de vidas poco ejemplares como la de Lorenzo Armengual, la del deán don Pedro, que promovió una orgía entre damas zaragozanas y militares franceses, la de un capellán salaz, o la de un sacerdote y eunuco como don Manuel, especializado en la perdición de monjas.
La aparición de este libro no debiera pasar inadvertida porque, según Genaro Lamarca, en él está la fuente más directa de la novela ‘El monje’ (1796) de Matthew G. Lewis, un libro considerado como una de las cumbres de la novela gótica, que fue condenado en su día “por impío, libertino, ateo y corrompido”, entre otras cosas por el retrato que hacía del sacerdote Ambrosio, que era un modelo de pureza, y finalmente se entregó a los placeres de la carne y al crimen, y acabaría siendo condenado a muerte por la Inquisición.

Esa novela, excesiva y arrebatada, ha suscitado elogios de Lovecraft y ha atraído numerosas miradas desde el cine. A Luis Buñuel le interesó mucho la historia, que tiene algo de folletín desaforado con un protagonista insólito: un cura muy cruel. Buñuel redactó con Jean Claude Carriere un guión, que rodó un amigo suyo, el griego Ado Kyrou. Más tarde, en 1990, se estrenaría otra versión de Francisco Lara, y ahora está en cartel la última versión de 2011 Dominik Moll, con Vincent Cassel.
“A Gavín se le ha ocultado por sus críticas la iglesia y a los jesuitas. Y además nadie lo ha reivindicado, como sucedió con Blanco White. Podría haberlo hecho Sender, que copió muchas páginas suyas para su ‘Carolus Rex’. La idea de que Lewis conocía esta novela corta, que sucede en Zaragoza y contiene una autobiografía del propio Gavín en sus primeras páginas, no admite demasiadas dudas. Algunos lo habían dicho antes: Menéndez Pelayo, Juan Antonio Molina Foix, traductor de ‘El monje’ o Néstor Luján, que fue quien más afinó”, señala Genaro Lamarca, y precisa que los protagonistas de ambas novelas, Ambrosio y Lucindo se parecen mucho. Ambos son españoles, curas lascivos y sin escrúpulos, hipócritas y asesinos. Tienen muchos puntos en común.
Añade: “El dato más determinante para mí es la figura femenina de la novela: en ambos casos se llama Antonia, las dos jóvenes no saben nada del mundo, son bellísimas y poseen el mismo carácter: admiran a Ambrosio y Lucindo, que las violarán y acabarán con su vida”. Si en ‘El monje’ la historia es complicada, y rica en situaciones, personajes, castillos y pactos demoníacos, en ‘El licenciado Lucindo’ es algo más sencilla: el cura seducirá a la joven, y a dos mujeres más, Flora y Clara, y el autor “ni incurre en moralina ni condena a muerte a Lucindo”. El libro de Gavín, publicado originalmente en inglés, había conocido diversas traducciones al francés y al holandés, y “seguro que Lewis las leyó. Lo único que llama la atención es que no cite esa referencia: es tan obvia que roza el plagio. Hay que pensar que Lewis era un joven de apenas 20 años. Hay incluso en los dos textos una referencia a Murcia como lugar exótico o lejano. ¿Qué iba a saber Lewis de Murcia?”.
¿Por qué ha interesado tanto un texto como ‘El monje’? Gerardo Lamarca afirma: “Por su anticlericalismo y por el morbo. No es frecuente encontrarse con un personaje así, sin escrúpulos, tan desmesurado. Parece de un folletón actual de televisión”. Gavín, que había sido austracista y capellán de mar, amigo del militar inglés James Stanhope, se convirtió al anglicanismo. Hacia 1724, durante su estancia en varias parroquias en el suroeste de Irlanda, miró hacia Zaragoza y se encontró con alguien que acabaría siendo un personaje de terror y que en el fondo era “la síntesis de los clérigos y frailes libidinosos, codiciosos e hipócritas que había conocido mientras era perseguido por los inquisidores”: Lucindo. Una especie de Barbazul aragonés.


ESTEL JULIÀ: CINCO POEMAS

La poeta y traductora Estel Julià acaba de terminar un nuevo poemario, ‘Zapatos imposibles’. Me manda una pequeña selección de textos, que se abre con una ‘Poética’. Dice Estel con humor: “Son una buena muestra para saber de qué trata el poemario, cómo son esos zapatos y cuál debe de ser el príncipe que algún día los calce”. Su foto, la primera, la realizó Toni Balanzà. Las demás son de la británica Kirsty Mitchell.
POÉTICA IMPOSIBLE
Se abren las palabras en el papel
como se abre un camino
que se anda con zapatos imposibles
y conduce al poder de las palabras.
Dejar la puerta abierta, entrar,
o quedarse al otro lado.
Solo un hilo conductor
entre mis dedos y tus oídos.
Andar por el cable de acero
o salir corriendo descalzos
porque las palabras queman,
los sonidos queman,
queman las imágenes.
UNA MUJER DESCALZA
Flor desconocida
bifurcada, herida, temblorosa
como sacada de un cuadro,
pintada del natural,
apareció casi imperceptible a los ojos.
Escondida, pequeña, muy niña,
anidó en un lugar olvidado
en el cuerpo de la madre.
Y se elevó, quiso tocar el cielo,
el techo de las hojas,
beber el agua inaccesible,
pero sólo lamió el viento de la memoria
mientras los otros desconocían
el secreto de su lengua.
Como abandonada
fue descubrirla
en un pequeño hueco de la tierra.

CIUDAD EMBRUJADA
Los tulipanes están cerca de las ventanas
puedo verlos a través de los visillos.
Se respira la nostalgia de otros tiempos,
se cuela por las chimeneas
como Embrujada sin zapatos
que llega a una ciudad de cielo tenebroso.
Y todo se ilumina a través de los cristales
con las manos de pintores antiguos
que dibujan las calles de mi cuerpo
y las huellas que han dejado mis pies
en la tibia blancura de la noche.
ABRIL, 14
El día parece
que se prorroga y sobrevive
al recuerdo de los pétalos
arrancados a una fotografía.
Sobrevive también a peces que bailan
al compás del agua que interpreta
el tempo de las horas
(a sabiendas
que sonarán domingo
las siete campanadas)
No quiero que me coja
por sorpresa el día
y me apresuro a guardar
los zapatos de cenicienta.

SERÉ VIDA
Me vestiré de hiedra
germinaré en ti
naufragaré en tus campos
sin que aprecies la leve brisa.
Me enredaré en tu vientre,
por ti, seré primavera
de algas y verde trigo
y cuando el otoño llegue
me anunciaré con luna
de henchida vela
y en el mar de firmamento
nacerá la vida.
ISABEL GONZÁLEZ: UNA ENTREVISTA

Isabel González (Ejea de los Caballeros, Zaragoza, 1972) publica ‘Casi tan salvaje’ (Páginas de Espuma), y ofrece una voz muy especial. Sus cuentos transcurren entre la alucinación, el espejismo y una vida cotidiana asaltada por fantasmas o por lo maravilloso. Sus cuentos dejan sin aliento: le gusta contar historias dentro de la historia, y siempre hay un elemento inquietante, un extrañamiento que te deja perplejo y plantado al borde del abismo. [Una parte de este texto aparecía ayer en 'Heraldo de Aragón]

¿Desde cuándo escribe Isabel González?
De forma regular, desde hace siete años. Así de tajante. Lo que siempre he tenido es la sensación de vivir en un proceso de almacenaje de estímulos y de ideas. Esperaba el día en que todo eso se desbordara y me viera obligada a poner un papel debajo para recogerlo.
¿’Casi tan salvaje’ es un libro donde se suman diversos cuentos o quiere ser un libro unitario, con una unidad de fondo?
Es un libro con absoluta vocación de ser una obra unitaria. Todos los cuentos han sido escritos el mismo año, con la misma parte del cerebro y con el mismo pijama. Me levantaba muy temprano. A esas horas en que todavía no ha amanecido, cuando el sueño aún colea y las preocupaciones del día quedan lejos. En esas circunstancias, el estado de conciencia es distinto. Se piensa sin tantos condicionantes. Con menos dolor y con más lucidez. De una forma imprudente y también gozosa.
De entrada, ¿cuál es o cómo defines ese territorio donde te sitúas en el relato? ¿El territorio de lo espectral, de lo cotidiano con sombras, de lo fantástico...?
Me situaría en el territorio de lo espectral en cuanto a la memoria, en cuanto a lo que insiste en volver por mucho que se haya ido, y en el terreno de lo cotidiano con sombras, en cuanto al reverso de las motivaciones a las que creemos responder cuando actuamos. Me resulta curioso, sin embargo, destacar la vertiente fantástica de mis cuentos. Fantásticos y deslumbrantes son, por ejemplo, los cuentos de otra autora zaragozana, Patricia Esteban Erlés. En ellos, lo fantástico penetra de lleno la realidad. La subvierte. Creo que en mis cuentos, si hay algo fantástico, lo único que hace es incidir en lo que ya se da. Remarcarlo. Empujarlo al abismo. Tengo debilidad por lo grotesco, por lo turbio. Para desgracia de mis personajes, creo que lo patético está siempre más cerca de la verdad que lo sublime.
¿Cómo quieres que sean tus cuentos? Lo digo porque siempre hay un secreto, una herida, una sombra, una tensión que no se describe pero está ahí.
Honestos. Bastante tenemos con escondernos en nuestra vida cotidiana como para escondernos también cuando escribimos. La escritura es el terreno de la libertad, y si no es así, no es nada. Supongo que la tensión proviene de la colisión entre el deber y el deseo. Cortázar decía que en un buen cuento, siempre debe haber la sensación inminente de que algo va a suceder. Un excelente consejo.
¿Quiénes serían tus modelos? Se ven las huellas de Chejov, de Piglia, de Carver, de Alice Munro...
Alice Munro te apuñala a la vuelta de la frase que menos esperas. Carver —o más bien, Gordon Lish— es el maestro del fraseo, pero tal vez prefiera a Cheever por su desgarro lleno de epifanías miserables. Mataría por la mirada inquisitiva de Flannery O’Connor. Por la capacidad de evocación de Clarice Lispector. Por la inteligencia de Herta Müller. Por el ritmo de Amy Hempel… Son legión. En general, muchos de los autores que me atraen podrían encuadrarse en el gótico sureño de Estados Unidos, que a pesar del nombre, nada tiene que ver con la escritura recargada ni con las palmeras.

Hablemos de algunas piezas: el amor, con sus cicatrices, está muy presente en ‘No es amor lo que se pide’, en ‘Material...’ o ‘Casi tan salvaje’, por ejemplo... ¿Cómo defines el amor y, en particular, el amor del libro?
El amor —a menudo, también la familia— es la trampa y es el refugio. En nombre del amor se mata. En nombre del amor, alguien entra en una casa en llamas para rescatar a un niño. El amor, como dice el primer cuento del volumen, es un montón de cosas. Es tantas cosas que la palabra se diluye, muta, se deja fagocitar. Un trozo de pan es amor, un bofetón bien dado es amor, dos perros copulando es amor, parir es amor… Desmitifiquemos el amor. Pongamos cada cosa en un estante y escojamos cada instrumento para una cosa. No podemos cargar con toda la caja de herramientas cada vez que hemos de apretar un tornillo. Nos vamos a hacer daño, seguro.
¿Cómo surge ‘Casi tan salvaje’, esa historia de una madre y una hija, de los pájaros muertos y de esa inesperada relación de pasión oculta?
Esta historia surge al final. He acabado de escribir el libro, lo leo, me doy cuenta de qué es lo que he querido contar y decido añadir un cuento más, un cuento que por decirlo de algún modo, aglutine el espíritu del volumen.
A menudo, es un recuerdo, una frase o una imagen lo que me sirve de disparadero para comenzar un cuento. Rara vez escribo sabiendo lo que va a suceder y cuando lo hago, procuro violentarme, incluir elementos erráticos que me obliguen a tomar decisiones inesperadas. Esos flecos suelen ser lo más jugoso. Me gustan los cuentos despeluchados. En el relato ‘Casi tan salvaje’, el disparadero fue el recuerdo de un taller; el argumento, una historia que me contaron —por supuesto, completamente desubicada y manipulada— y el tema, la incapacidad de una mujer para ejercer su voluntad. Esta mujer oculta su voluntad tras las palabras amor y felicidad. Tras la palabra destino, incluso. No se atreve a decir: “lo hice porque quise”. Pronuncia: “lo hice para no haceros daño, porque os quería, porque no me quedaba otro remedio”. Sólo cuando reconozca la importancia de su voluntad, podrá asumir su vida.
¿Le debes algo a Ejea de los Caballeros y al mundo rural? Lo digo porque muchos de los cuentos, en su atmósfera de espejismo, parecen transcurrir en el campo.
A Ejea de los Caballeros, a mi familia, le debo sobre todo una infancia feliz. La verdadera patria del ser humano, que decía Rilke. Además, crecí en una gasolinera a las afueras del pueblo, en ese cruce de caminos entre lo silvestre del paisaje y lo industrial del petróleo, de la maquinaría agrícola, del esfuerzo por domar la tierra. Todos los veranos, desde los surtidores, veía la enorme bola del sol rojo ocultarse por el horizonte; olí el gasoil y la tierra tras la tormenta; tuve un cuervo herido convertido en mascota, la madera crujía en las noches de insomnio... Todos esos descubrimientos y también esos temores que sólo el mundo rural puede proporcionar a un niño. Porque el mundo rural es de una riqueza insospechada, una riqueza más latente que explicita. Un mundo de ocultaciones. De secretos a voces, donde lo colectivo sigue pesando mucho frente a lo individual. Dice Herta Müller que la tierra es voraz, que sólo nos alimenta para que ella pueda alimentarse luego de nosotros. Yo no tengo una visión tan macabra del paisaje, pero sí que es cierto que en los pueblos —y eso que Ejea ya tiene su tamaño—, el ciclo de la vida y de la muerte se asume de una forma más cotidiana. Los animales se sacrifican, se visita a los muertos, los conocemos. Eso crea una sensibilidad especial. Una fortaleza y un sentido del humor inimitables. Basta con visitar Ejea para comprobarlo.
Todos los cuentos son inquietantes, no de horror, pero a veces cercanos a una indefinible forma del espanto. ¿Por qué? ¿Es una estética, un punto de vista, una forma de ver el mundo?
Uf, qué cosas tan bonitas me dices: indefinible forma del espanto. Cómo no. El mundo es espantoso y su catálogo de torturas más que indefinible es inabarcable. No es una visión complaciente, no, pero es la mejor definición del mundo en su doble vertiente. Lo espantoso como terrorífico y lo espantoso como asombroso. Lo terrorífico nos pone en contacto con el misterio y el asombro nos salva. Nos salva la curiosidad. Alguien dijo que aceptaría morir sin más problemas si le aseguraban que una vez al año, podría levantarse y leer el periódico.
Hay un cuento, ‘Líneas’, sobre las relaciones de trabajo pero también sobre la prensa, sobre la puesta en página, sobre el diseño y la información. ¿Qué quieres decir, cuál sería ahí tu mensaje, cómo debe ser el equilibrio entre diseño con sus blancos y texto?
Los blancos… Los blancos nos encantan a los diseñadores, pero la gente que no se dedica a esto, en cuanto ve un blanco, dice: “¿no te parece que aquí hay demasiado espacio en blanco, demasiado vacío?” Y es normal. Se produce una especie de “horror vacui”, de miedo al vacío. Es natural. Es más humano. La naturaleza aborrece el vacío. La vida quiere llenarlo todo. También esos espacios en blanco que los diseñadores nos empeñamos en poner para equilibrar los pesos.
El cuento ‘Líneas’ habla precisamente de la tensión entre lo estético-artificial frente a lo ético-vital. En este caso triunfa lo ético-vital, pero que conste que yo adoro los blancos, a ver si ahora me voy a quedar sin trabajo.
¿Cómo vive una cuentista, una narradora, en la sección de infografía y maquetación de un periódico?
Como en un zoo lleno de especies humanas diversas —y casi en extinción dado el momento que vive la prensa—. Las secciones de diseño son el comedero donde se acercan todos para que les hagan una página o un gráfico. Es el espacio idóneo para la observación del comportamiento humano en condiciones casi de laboratorio. En un periódico habitamos muchos, muchas horas, sometidos a mucha presión en muchas ocasiones. Estallamos, nos odiamos, nos amamos. Como animalicos.
Última cuestión: ¿cómo afrontas la escritura, el lenguaje, el ritmo narrativo?
Para mí, la escritura es ese cuarto de juegos —cuanto menos ingenuos mejor— donde todo está permitido porque uno está solo. Solo y en silencio. Es entonces cuando la cabeza se pone en marcha. Una cabeza, que por costumbre, trata de extraer consecuencias de las causas; una cabeza que tengo que mantener a raya porque se esfuerza en subordinar frases de un modo innecesario y hasta artificial. La yuxtaposición libera, desata, selecciona —es inevitable—, pero creo que juzga menos. Que permite esas grietas, esos espacios vacíos que el lector completa con su mirada, sus conclusiones y sus vivencias. Un tipo de escritura así sería inviable sin el ritmo. El ritmo es la columna vertebral.
NURIA RUIZ DE VIÑASPRE: POEMAS

Nuria Ruiz de Viñaspre. Foto: 'Enclave revista'.
Nuria Ruiz de Viñaspre (La Rioja, 1969) es poeta y editora del grupo Anaya. Es autora de varios poemarios, entre ellos ‘El pez místico’, que publicó en Olifante. Hace unas semanas publicaba en Luces de Gálibo el libro ‘Órbita cementerio’, un poemario de carácter existencial, de preguntas que no siempre tienen respuesta, de amor, de identidad y pérdida, de incertidumbre y desolación, donde la voz poética busca asideros, certezas, la densidad de los sueños, y los atisba a través de un lenguaje impregnado de hondura, de filosofía y de intensidad. He aquí algunos poemas. Las fotos que la acompañan son de Andreas Ulvo, un excelente fotógrafo de atmósferas y de retratos.

De ‘Órbita cementerio’ de Nuria Ruiz de Viñaspre.
Luces de Gálibo. Barcelona, 2011. 82 páginas.

[pág. 40]
Stabat Mater dolorosa
Iuxta crucem lacrimosa
Dum pendebat filius
Cuius animam gementem
Contristantem et dolentem
Pertransivit gladius
Inocencio III
mi corazón es un asteroide
a veces es el planeta rojo que bombea sangre a mis
encías
un metal hincado entre mis costillas
una piedra sin padre que atornilla el diámetro
de mi hueso
y consume con carácter el cráter de más adentro
mi corazón es una fractura en mi cuerpo
la carga que soporta mi soporte
el impuesto de mi vida de mi tiento de mi ciencia
una estrella fugaz que cayó de Marte
en alguna guerra malgastada
un dinosaurio entre rocas en este cementerio
de escollos
—estación futura de fósiles y hombres—
pero mi corazón es un asteroide de presencia obligada
para deforestar mi espada
porque aunque nuestros cuerpos
estén acuñados para el dolor
yo solicito mi daga para acunar mi herida

[pág. 43]
la civilización desemboca
en la degradación de la especie
Ch. Richet
prefiero dormir agrietada a la intemperie
que en una aquilatada fosa con un acero a cuestas
prefiero la mosca-cebo en el sedal
antes que el arañazo feroz de tus ojos en mi
espalda
—soledad maciza que abate como hielo rojo—
prefiero el óxido de la metralla en vena
al disparo anónimo en este asfalto
prefiero tu madera carcomida
a la armadura de mi cuerpo
—tus astillas destruyendo las paredes
de mi carne—
prefiero esa carne mía putrefacta
a mi venidera carne putrefacta
prefiero los gatos fermentados
las ballenas encalladas casi agrias
los caballos malhablados con sus crines desbocadas
prefiero los sin tierra y sin latido
con su azufre suplicando cicatrices
prefiero la maraña que le sigue a tu indolente sexo
siendo muralla enmarañada en mi cerebro oblicuo
prefiero lo vil lo más indigno la miseria
lo prefiero para no defraudar ni espíritu ni sexo
ni latido
y tener la certeza casi diaria de que el bienestar
no existe

[pág. 55]
in principio erat Verbum
et Verbum erat apud Deum
et Deus erat Verbum
hoc erat in principium apud Deum
Evangelio de San Juan
animal que nunca hibernas
bestia torpe que aúllas dialectos inauditos
desde el faro que vigila mi trinchera de costillas
asesinas
cíclope voraz que acuchillaste mis narcisos
devuélveme las golondrinas los cuervos
mi zanja
devuélveme esa fosa mi espada mi costa
hermano del humo del vértigo y el lodo
asimétrico chacal con feroz idioma
¡qué estrafalario Caín fuiste de tu furtivo Abel
—y de su costra!
no eres más que el producto de este caos tan
inminente
el recién nacido precipicio que avanzó bucle
como avanza el soldado sin linaje en su línea de fuego
desciende pues tu mano hacia mi vientre
—balanza oscura de lo raro—
centra mi eje con la escuadra de tu esfera
y no desequilibres mi derrota con tu hueso fino

NICOLÁS MELINI PUBLICA 'LOS CHINOS'
Conocí al escritor y ex futbolista Nicolás Melini, canario y fino, en un viaje a Casablanca. Un viaje inolvidable. Me recordó que jugó en el el Zaragoza juvenil nacional y de división de honor, y que entrenó en alguna ocasión con un jugador que le encantaba: Juan Señor. Nicolás publica un nuevo poemario, ‘Los chinos’, en Vitruvio: me escribe y me lo cuenta. “Querido Antón, la próxima semana sale mi nuevo libro de poemas, ‘Los chinos’ (Vitruvio). Te adjunto alguna información”. El moreno Nicolás, padre en la vida y escritor de mil cosas, es así.

El gran Melini, visto por Alexis W.
’LOS CHINOS’, NUEVO LIBRO DE NICOLÁS MELINI
La editorial madrileña Vitruvio, especializada en poesía, pone en circulación el nuevo libro de Nicolás Melini: “Los chinos”, poesía prosaica, de verso corto y temática cotidiana, que tiene en común con su anterior libro de poemas, “Cuadros de Hopper”, un cierto grado de combinación de géneros, especialmente el poema, la narración muy corta, el diario o la memoria, configurando un libro poco convencional, que poco tiene que ver con la poesía que solemos encontrarnos.
Nicolás Melini es el autor más joven incluido en el volumen “La narrativa española de hoy (2000-2010)”, publicado por la universidad de Caen, Francia.
Su obra literaria se encuentra constituida por una decena de títulos de poesía, cuentos y novela. Su poesía hasta la fecha está recogida en los volúmenes: “Adonde marchaba” (1990-2002) y “Cuadros de Hopper” (1999), siendo “Los chinos” (2002-2004) su tercera entrega.
“Como los seres ficticios a los que da vida, Melini es un testigo de la violencia del mundo, de esa verdad tan efímera, tan difícil de alcanzar y más aún de mostrar, que es otra forma de “ambigüedad retorcida”, como la relación entre autor y personaje. Si el escritor sabe que la literatura es incapaz de decir la verdad, lo que él puede hacer es interpelar al lector con imágenes, a veces crueles, otras veces poéticas, para provocar en él emociones auténticas y tratar de instaurar una comunicación verdadera”. Jacques Soubeyroux
“Melini se asoma al mundo con poemas tan desgarradores, intensos y cercanos como cualquier cuadro de Edward Hopper. Pero además logra contar historias como si hubiera colocado esos versos en relatos o en pequeños capítulos de novelas que se acercaran al día a día de cualquier biografía. Los géneros literarios deberían enredarse como se enreda la vida en sus luces y en sus sombras sin necesidad de cambiar el orden de los días o los escenarios en los que nos movemos tratando de darle algún sentido al oxígeno que respiramos. Y no es fácil mirar lo que nos rodea. Que qué queda de todo eso.
Ni más ni menos que el sustento que te permite no morir de hastío o de aburrimiento, unos retazos de vida que palpitan cada vez que precisas argumentos para seguir confiando en el milagro diario de la existencia, pinceladas y versos que quedarán a salvo cuando ya no estemos ninguno de nosotros para contarnos”. Santiago Gil
“Cuadros de Hopper”, de Nicolás Melini: Para comprobar cómo los jóvenes son capaces de escribir una poesía transparente, en apariencia fría y absolutamente emocionante”. Antonio Gala
LOS CHINOS
Nicolás Melini
Los chinos son unos tíos
muy hacendosos
que te venden
un bocata de jamón serrano
a las cuatro de la mañana.
En cualquier esquina...
Se ponen
ahí
adorables,
sobre todo cuando vuelves
a casa
con una copa
de más o de menos y
les dices
que quieres uno, pero
con tomate, y
ellos
no te entienden y tú
repites
tomate, tomate
hasta
que por alguna razón
(nada
que ver con
la palabra que dices
y tu insistencia)
sacan
un
bonito
tomate rojo de
una bolsa
de plástico y
empiezan
a cortarlo en rodajitas
casi perfectas.
En Sol
hay una china
de unos treinta y
pico
que está
muy bien
y tiene
unos ojos rasgados
increíbles que
lo saben todo
de ti y
de la vida.
WISLAWA SZYMBORSKA (1923-2012): UN DIÁLOGO CON XAVI AYÉN

Hace algunos años, el escritor y periodista Xavi Ayén, que trabaja en una historia de los escritores del ‘Boom’ en Barcelona, y el fotógrafo Kim Manresa realizaron un conjunto de entrevistas con distintos premios Nobel de Literatura. El trabajo apareció durante varios domingos, con breves y grandes lapsos de tiempos, en la revista ‘Magazine’ de ‘La Vanguardia’. Y luego se recogieron en un libro: ‘Rebeldía de Nobel’ (El Aleph, 2009). He contactado con Xavi Ayén y le he pedido la entrevista con Wislawa Szymborska, la gran poeta polaca que acaba de fallecer hace unos días en Cracovia. Aquí está. Toda mi gratitud para Xavi. Consigo en internet algunas fotos de Kim Manresa, por ejemplo la de las manos.
WISLAWA SZYMBORSKA
“No sabemos nada, y eso es lo fascinante”
XAVI AYÉN, Cracovia. Texto.
KIM MANRESA. Fotos
Hace frío. Hemos viajado al país donde los poetas “escriben con los guantes puestos” con un poemario de Wislawa Szymborska como única guía. En él leemos que los poetas, aquí, en el antiguo reino de Polonia, “cantan la vida sencilla de los pastores de focas” con “estrofas compuestas de alaridos estruendosos”. Si a alguien le invade la tristeza, no lo tiene fácil: “Quien quiera ahogarse debe de tener un hacha para horadar el suelo”. Nos han dicho que Cracovia, una de las ciudades más literarias de Europa, está repleta de escritores. Pero solamente buscamos a una. Características: mujer, 83 años y, desde 1996, premio Nobel de literatura. Vive aquí, en Cracovia, desde el año 1931.

Kim Manresa y Xavi Ayén.
“La conozco -nos dice Abel Murcia, director del Instituto Cervantes en Polonia, cuando le mostramos la foto-. He traducido su obra al español. ¿Una entrevista, dicen? Lo tendrán difícil, amigos: no le gusta nada hablar de ella”.
La pista Szymborska nos aleja del centro de la ciudad. Ningún turista se acercaría jamás al anodino bloque de pisos donde habita la poetisa. Este barrio humilde que ahora recorremos en taxi -el mismo donde vivía antes de convertirse en millonaria gracias a la Academia Sueca- se compone de altos edificios grises, comunicados entre sí por calles en las que han desaparecido todos los reclamos que atraen a los turistas a Cracovia, una de las ciudades más bonitas de Europa, patrimonio de la humanidad desde 1978. Ni el castillo real, ni el mercado de paños, ni la catedral de Wawel, ni la iglesia de Santa María -donde un señor toca la trompeta cada hora, durante las 24 horas del día-... Alrededor de Szymborska, lo que hay es hormigón y cemento. De los diez premios Nobel a los que ha visitado el “Magazine”, sin duda esta simpática abuelita nacida en la actual Kórnik en 1923 es la que vive en un lugar más austero.
A la mujer sencilla que nos abre la puerta, da la impresión, los 1,2 millones de dólares del premio le cayeron encima como una losa, cuando ya pasaba de los setenta años y tenía su vida organizada. “Decidí que, al menos, iba a mantener mi intimidad”, nos contará un poco más tarde, sentada en el sofá de su comedor. Se refiere siempre al Nobel como “la hecatombe” y, modesta, afirma que “sin la labor de Anders Bodegard, mi traductor al sueco, no me lo habrían dado... Ahora estaría más tranquila, sin esas montañas de cartas que tengo que contestar y todos esos problemas financieros y gestiones con los bancos que antes no tenía. Por eso hago collages, para relajarme”.
Acceder a Szymborska no fue fácil. Y, una vez ante ella, acomodados en el sofá de su comedor, nos quiso dejar claras algunas condiciones:
-Primero, no me gusta hablar de poesía. Segundo, no me gusta hablar de Wislawa Szymborska, es decir, de mí. Tercero, no me gusta hablar de política. ¿Qué nos queda? Puedo hablar con ustedes de animales, de plantas, un poco del amor y un poco de la amistad. ¿Qué quieren tomar? ¿Coñac o martini? ¿Qué hace ahí ese señor? ¿Es fotógrafo? No me 'dispare' a las manos, por favor, las tengo horrorosas, me las rompí hace medio año. Ya no soy una persona para ser fotografiada. Hablando, todavía doy el pego, pero en las fotos...”
Mientras Szymborska se ríe y va a la cocina a servir los vasos, sentados en el sofá, miramos de reojo al director del Cervantes, nuestro intérprete, que pone cara de “ya se lo decía yo...”. Pero la dueña de la casa vuelve enseguida, con unos vasos bien cargados de aperitivo, y algo nos hace intuir que, finalmente, Szymborska no cumplirá su promesa y podremos entrevistarla como es debido. De momento, enciende un cigarrillo y nos felicita: “¿Ustedes no fuman? ¡Qué bien, así van a vivir mucho! Imagínense: yo ya tengo 83 años, fumando, así que ustedes... ¡Ja, ja, ja!”
La risa de Szymborska es contagiosa y juvenil, como de chiquilla traviesa. “Tengo muchísimos defectos, pero una virtud: la curiosidad por todo -revela-. Ese es mi motor. En mi discurso de aceptación del Nobel ya repliqué al Eclesiastés, que afirma que 'no hay nada nuevo bajo el sol'. La vida es tan rica... todo está lleno de variedad”. De ahí que, en su poema inédito “Falta de atención” se riña a sí misma: “Ayer me porté mal en el cosmos. / Viví todo el día sin preguntar por nada, / sin sorprenderme de nada. / Realicé acciones cotidianas / como si fuera lo único que tenía que hacer”.
Nos muestra sus collages: pequeñas cartulinas hechas con recortes de diarios, de revistas, de folletos... Obras a caballo entre la ingenuidad y la agudeza que, para ella, suponen “una forma de descanso”. Se interesa por nuestro viaje desde España. Ella casi no viaja, nos cuenta: “Soy totalmente incapaz de aprender lenguas. Puedo leer, más o menos, alemán y francés pero no hablo más que polaco. Así, para viajar, dependo totalmente de la persona que me acompaña y no puedo entrar en contacto directo con la vida de ningún sitio, lo que me resulta frustrante. Mi juventud transcurrió en la época de la ocupación nazi, donde no se estudiaba nada, y mi segunda juventud fue con el comunismo, que no estimulaba mucho el contacto con el extranjero”.

El cercano campo de Auschwitz -una de las mayores atracciones turísticas de la zona- le recuerda a Szymborska aquellos primeros años 40 en la Cracovia ocupada, cuando “los alemanes impedían a los polacos acudir a la escuela pública” y ella tuvo que seguir clases clandestinas mientras trabajaba en una compañía ferroviaria para evitar ser destinada a un campo de trabajo. Aquí en Cracovia duele más que en otros lugares la indiferencia europea ante la suerte de los polacos, porque -no hay más que pasear por sus calles- es una ciudad de Europa central, como Praga o Viena, mientras que Varsovia, la capital, resulta de algún modo más cercana a la Europa del este.
El Nobel a Szymborska en 1996 fue totalmente imprevisto. Todavía estaba vivo otro cracoviano ganador del premio, Czeslaw Milosz (1980), y muy reciente el recuerdo de otro galardonado polaco, Isaac Bashevis Singer (1978), que escribía en yiddish. Szymborska solamente tenía publicados una decena de delgadísimos libros, muy poco en comparación con otros aspirantes de su mismo país. En muchos lugares, como España, ni siquiera había sido traducida. Y no era tampoco la escritora polaca internacionalmente más popular, puesto en el que rivalizaban Stanislaw Lem, el autor de “Solaris”, y Ryszard Kapuscinski.
La brevedad sigue siendo lo suyo. Dentro de unos meses, se publicará en España “Dos puntos” (Igitur), otro pequeño poemario (80 páginas, a las que hay que descontar 26 de introducción), que ha tardado unos años en ver la luz. ¿Siente que escribe poco? “No trabajo todos los días -confiesa-, no soy nada disciplinada”.
Que nadie piense que esta poetisa se aísla del mundo. “Todo es política, incluso los poemas no políticos lo son”, admite. La actualidad -“palabra que no me gusta nada”- ha penetrado a menudo en las páginas de Szymborska. En “Instante”, su anterior libro, de 2002, escribió un poema sobre el atentado contra las Torres Gemelas (“Fotografía del 11-S”), centrado en las víctimas que se arrojaron al vacío desde lo alto de los rascacielos: “Quería fijar ese instante, vi una foto en una revista, con esas personas congeladas en su vuelo hacia la muerte, con las llaves y otros objetos cayéndoles de los bolsillos, y quise hacer lo mismo en un poema, congelar ese momento, para mantenerlos con vida. Cualquier poema es eso: un instante”. Pero ya décadas antes, se había ocupado del terrorismo, con “Un terrorista, él observa” (1976), centrado en qué sucede durante los minutos previos a un atentado: “La bomba explotará en el bar a las trece veinte./ Ahora apenas son las trece y dieciséis./ Algunos todavía tendrán tiempo de salir. / Otros de entrar...”. “Esa es mi forma de hablar de política -explica-. No me gusta la 'actualidad', pero sí aquellos aspectos de la realidad que, a pesar de que hayan acabado de suceder, ya sabemos que son historia pura, mucho más que una noticia del día, cuestiones que nos persiguen desde Caín y Abel. Escribí críticamente sobre el terrorismo, en una época en que en mi país los terroristas eran considerados como héroes, personas honradas y dignas de elogio”.

Pero, a la que uno se despista, la conversación huye de los cánones periodísticos y se desvía a lo poético. “¿Cómo veo el mundo de hoy? Lo mejor es mirarlo desde el espacio -afirma, gesticulando como si pudiéramos planear por las galaxias-. Hasta el siglo XX, era un planeta azul que giraba silenciosamente por el universo. Pero, en estos momentos, es una bola que hace un montón de ruido, ¿no lo oyen?, está hablando todo el tiempo, es escandalosa, ¡una bola charlatana con un montón de palabras! Hay un montón de información, que en dos minutos recorre todo el planeta pero, si se fijan, son tonterías absolutas, informaciones que no tienen ninguna importancia”.
Y nos cita un ejemplo “de mi propia experiencia. A menudo, cuando voy a algún sitio, me ponen un micrófono en la boca, porque ha sucedido algo en cualquier parte del mundo y me preguntan: '¿qué piensa usted sobre esto?'. Siempre respondo lo mismo: 'Tengo que pensarlo'. 'No, no -me dicen-, lo necesitamos ahora'. 'Necesito tiempo para reflexionar sobre ello, tal vez mañana pueda responderles'. ¡Y nunca lo aceptan! Que alguien se tome un día para pensar qué dice sobre algo importante está fuera de su lógica. Hay mucha gente que acepta dar esa respuesta inmediata, y a menudo se trata de frases estúpidas. Soy de esas personas que todavía creen que todo debe ser pensado un poquito, y que la primera impresión no siempre es la más acertada, la más coherente y la mejor. De hecho, escribo de la misma forma: tengo que andar, pensar, darle vueltas, ir de un sitio a otro...”
Aunque poco, se pronuncia de vez en cuando sobre política. Se la sabe opuesta a la visión nacionalista y católica de los hermanos gemelos Kaczynski (uno presidente, el otro primer ministro). “La situación política en la que vivimos no me entusiasma, ni mucho menos -confirma-. Jamás pude imaginar que los tiempos actuales iban a ser como hoy”. Hablamos de los condicionantes históricos que alimentan los demonios de Polonia: es este un país que ha sido borrado del mapa varias veces, y castigado por la Alemania nazi y la Rusia comunista, por lo que en el ADN de todo polaco anida una legítima desconfianza tanto hacia Bruselas como hacia sus vecinos.
Ella no abraza el nacionalismo, “pero es que ni siquiera el ecologismo. ¡Cero ismos! No deberíamos someternos jamás a las ideas del grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta debajo. Es mejor poder seguir volando”. “Al principio -continúa-, yo admiraba el sistema comunista y escribía poemas de realismo social. Pensaba sinceramente que era una forma de liberar a la gente, había vivido la ocupación nazi, el odio en todo su esplendor, y sentía que era necesario todo lo contrario: amar mucho a la gente, y el comunismo significaba eso, un gran amor hacia todos, sin distinciones de ningún tipo. Después entendí que a la humanidad no había que amarla, en absoluto, ¡no se lo merece! Hay que apreciar y sentir lo que le sucede a la gente, experimentar empatía hacia ellos, y con eso basta. Por desgracia, de esos grandes amores a la humanidad siempre surgen las peores cosas, auténticos infiernos”.
En uno de los estantes de su biblioteca, reposa el “Quijote”. “¿Qué les parece a ustedes? -nos pregunta, creo que es una obra maestra, pero que ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando se publicó, hace más de 500 años, era un libro enormemente divertido. En estos momentos, al menos para mí, es un libro triste. Cuando lo cierras, lo que queda en el alma del lector es un poso de amargura. Es como si el humor hubiera envejecido, ¿verdad?”.
Precisamente, muchos de los poemas de Szymborska son relecturas de la tradición: pinturas, libros, paisajes conocidos que ella mira desde un nuevo ángulo. “Le digo al lector: 'Fíjate en este detalle'. Intento mostrar que la vida es infinitamente rica, incluso en las cosas que parecen más evidentes. Todas las cosas tienen como mínimo seis puntos de vista: desde los cuatro lados y desde arriba y desde abajo”. Se ríe de las interpretaciones que hacen de sus poemas: “Por ejemplo, cuando en mi poema sobre el yeti dicen que se trata de Stalin, o cuando intentan analizar qué simboliza una piedra. ¡Nada! El yeti es el yeti y la piedra es una piedra. Hay una costumbre excesiva de leer entre líneas, de buscar mensajes secretos. Mi poesía no esconde nada. El día que quiera criticar a los gemelos Kaczynski, los llamaré por su nombre, no los compararé con Rómulo y Remo”.
A pesar de la omnipresencia de lo católico, ella no es creyente y define a la religión como “la ilusión más elevada de todas las que tiene la gente. No soy una atea militante. Me gusta más plantear preguntas que dar respuestas. Mi divisa es: 'No sé'. Y ya veremos... Todos veremos. Ninguno de nosotros tiene mecanismos para poder saber qué sucede después de la muerte. Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante”.
Los animales son a menudo protagonistas de sus versos. Ella, que no tiene “porque esto es un pequeño piso en la ciudad”, opina que “no hay poesía sin animales, plantas o piedras, porque estamos todos juntos en la Tierra. Me interesa el trabajo de la naturalista Jane Goodall, que ha estudiado a los monos como individuos y ha descubierto en ellos singularidades como las que nos distinguen a los seres humanos. Todos somos siempre diferentes”. Los niños polacos recitan en las escuelas su poema “Un gato en un piso vacío”, y ella nos descubre ahora que “ese gato -que debe acostumbrarse a vivir en un piso donde ya no está su amo, muerto- es una herida grande en mi corazón. Ahí hablo del dolor por la pérdida de mi compañero, mi gran amor, el poeta Kornel Filipowicz, fallecido en 1990; no es sólo el gato el que está triste sino también yo. Pero, bueno... estoy hablando muchísimo de mí misma, y eso es muy raro. En mi vida hubo varios amores, los de juventud, mi primer marido, Adam Wlodek... Cada amor fue distinto. Sigo siendo amiga de aquellos que todavía viven, porque siempre ha habido algo en cada caso que vale la pena recordar”.
Le gusta definirse, coquetamente, como antigua, pero tiene muchísimos seguidores jóvenes. Podríamos decir que, hace 35 años, ya era moderna, cuando, por ejemplo, dedicaba un poema (“Prospecto”) a “la piedad química”, antes de la irrupción masiva de las drogas de diseño en las discotecas: “No tienes más que ingerirme, / ponme debajo de la lengua, / no tienes más que tragarme, / con un sorbo de agua basta. (...) ¿Quién dice / que vivir requiere valor? / Dame tu abismo, / lo acolcharé de sueño...”. ¿Son esos poemas los que le ponen en contacto con la juventud? “Tengo contacto con los jóvenes -admite-, hablo con ellos de muchas cosas. Pero los jóvenes que yo recibo son buenos chicos: estudian un montón y reflexionan sobre el mundo. Los más folloneros no me resultan tan cercanos. A mí me interesan más aquellos que hacen 'lo que hace todo el mundo' y parecen invisibles. ¡Me resultan fascinantes!”.
CHARLES DICKENS, ENAMORADO

Charles Dickens (1812-1870) es uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Contó la infancia como nadie, creó heroínas como Dora, fue un gran viajero y llevó hasta sus últimas y exitosas consecuencias el arte del folletín. Estos días han aparecido reediciones de sus libros, muchas (citamos, así a vuela pluma, dos: ‘David Copperfield’ en Alianza y ‘La pequeña Dorrit’ en Alba: para algunos quizá sus dos obras maestras), y ha aparecido, casi en vísperas del día de los Enamorados, ‘Dickens enamorado’ de Amelia Pérez de Villar en Fórcola, un libro ameno y documentado que indaga, a las luz de su epistolario, en sus peripecias de amor. Dickens fue un hombre mundano, que frecuentó a numerosas prostitutas, un gran viajero, y vivió tres historias de amor claras: la primera fue con Mary Beadnell, que duró desde 1830 hasta 1833, probablemente la pidió en matrimonio, o cuando menos entre ellos existió una promesa de amor, pero los padres de ella la mandaron fuera, a Suiza, y al final Dickens no fue aceptado por su pobreza. Años después, rico y famoso, ambos se reencontraron ya sin entusiasmo carnal ni afectuoso. Poco después conoció a Catherine Hogarth, con la que se casó: se amaron al principio, convivieron sin demasiado amor durante más de una década (Catherine alumbró a diez hijos), se separaron sin hacer ruido o guardaron las composturas, y finalmente, en los últimos años de su vida, Dickens se encontró con la joven actriz Nelly Ternan, con quien vivió “una historia triste” y clandestina, pero apasionada, aunque según Amelia Pérez de Villar, ahí apareció un Dickens negociador. Nelly lo cuidó en sus últimos años y contó con la complicidad de su propia madre. El libro de Amelia es riguroso y metódico, de gran fluidez, y se lee con placer.


*En la fotos: Amelia Pérez de Villar, la portada del libro y Charles Dickens.
BALTASAR GARZÓN, CONDENADO
GARZÓN, CONDENADO A ONCE
AÑOS DE INHABILITACIÓN

JULIO M. LÁZARO / JOSÉ YOLDI / ‘El País’
[Este texto está tomado de ‘El País’
http://politica.elpais.com/politica/2012/01/23/actualidad/1327315561_578421.html]
El juez Baltasar Garzón ha sido condenado a 11 años de inhabilitación por las escuchas en prisión a los corruptos del caso Gürtel, trama vinculada al PP, lo que implica su expulsión de la carrera judicial. La condena añade además el pago de una multa y las costas. En una sentencia durísima, los jueces del Supremo acusan a Garzón de haber utilizado “prácticas de regímenes totalitarios” utilizando los mismos argumentos que el juez instructor, Alberto Jorge Barreiro. Garzón, según su abogado, Francisco Baena Bocanegra, está "desolado" y estudia ya si recurre ante el Constitucional.
Para sus jueces, Garzón causó “una drástica e injustificada reducción del derecho de defensa y demás derechos afectados anejos al mismo”. La sentencia homenajea al instructor Alberto Jorge Barreiro, al utilizar sus palabras y tildar de “laminación” de esos derechos la disposición de las escuchas. Incluso utiliza sus mismos razonamientos en el sentido de que Garzón habría “colocado a todo el proceso penal español, teóricamente dotado de las garantías constitucionales y legales propias de un Estado de Derecho contemporáneo, al nivel de sistemas políticos y procesales característicos de tiempos ya superados”. También le atribuye prácticas que en los tiempos actuales solo se encuentran en los regímenes totalitarios en los que todo se considera válido para obtener la información que interesa, o se supone que interesa, al Estado, prescindiendo de las mínimas garantías efectivas para los ciudadanos y convirtiendo de esta forma las previsiones constitucionales y legales sobre el particular en meras proclamaciones vacías de contenido”.
Según la sentencia, de la que ha sido ponente el magistrado Miguel Colmenero, “ninguno de los métodos de interpretación del derecho usualmente admitidos que hubiera podido seguir el acusado respecto de esos preceptos, le habría conducido a concluir de forma razonada que es posible restringir sustancialmente el derecho de defensa, con los devastadores efectos que ocasiona en el núcleo de la estructura del proceso penal, en las condiciones en que lo hizo”
El tribunal dice que no se podía grabar “sin disponer de ningún dato que pudiera indicar mínimamente, en una valoración razonable, que la condición de letrado y el ejercicio del derecho de defensa se estaban utilizando como coartada para facilitar la comisión de nuevos delitos” . “No se trata, pues, de una interpretación errónea de la ley, sino de un acto arbitrario, por carente de razón, que desmantela la configuración constitucional del proceso penal como un proceso justo”, añade el texto.
El Supremo sostiene que “la injusticia” de Garzón consistió en acoger una interpretación de la ley según la cual podía intervenir las comunicaciones entre el imputado preso y su letrado defensor basándose solamente en la existencia de indicios respecto a la actividad criminal del primero, sin considerar necesario que tales indicios afectaran a los letrados”. “Lo cual”, añaden, “resulta inasumible desde cualquier interpretación razonable del Derecho”.
El tribunal entiende que no se puede reducir con carácter general el derecho de defensa “exclusivamente con base en la gravedad del delito investigado y en los indicios existentes contra el primero, que son precisamente los que determinan su permanencia en prisión provisional”.
“Bastaría entonces para justificar la supresión de la confidencialidad en las comunicaciones del imputado con su letrado defensor con basar la prisión provisional en evitar el riesgo de que el imputado cometa otros hechos delictivos” añade el texto. “Esta forma de actuar causaría una destrucción generalizada del derecho de defensa, que no tiene cabida en la Constitución”.
En suma, la resolución es injusta “ en tanto que arbitrariamente restringe sustancialmente el derecho de defensa de los imputados en prisión, sin razón alguna que pudiera resultar mínimamente aceptable”.
Como “elementos añadidos” el Supremo dice que la aplicación de la ley por Garzón se efectuó “separándose absolutamente de la doctrina del Tribunal Constitucional y de esta Sala del Tribunal Supremo”. A su entender la actuación de Garzón se revela “a ojos de cualquiera, como un acto de mero voluntarismo que, por su contenido, se alejaba de modo arbitrario y absoluto de la aplicación razonada del Derecho causando un daño totalmente injustificado y difícilmente reparable en los derechos de defensa de los imputados y, en su medida, en los derechos de los letrados afectados, especialmente al derecho-deber al secreto profesional como esencial para una correcta defensa”.
La acusación, sustentada por los jefes corruptos, Francisco Correa y Pablo Crespo, además de por el abogado Ignacio Peláez, que representa al empresario vinculado a la trama José Luis Ulibarri, reclamaba entre 10 y 17 años de inhabilitación para Garzón por haber vulnerado su derecho de defensa al haber intervenido sus comunicaciones en prisión.
“Monstruoso”, “infamante”, “injusto”, “barbaridad” “inconstitucional”… La acusación del juez Baltasar Garzón no se ha ahorrado durante el juicio descalificaciones al presentar al acusado como un juez prevaricador y violador sistemático de todos los derechos constitucionales, “una suerte de Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve”. Eso sí, siempre entre cantos al compañerismo y siempre lamentando la “ingrata tarea” y el “gran malestar” que les produce tener que acusar a un compañero como Garzón, con el que compartieron tantas tareas en la Audiencia Nacional. Pero como hoy visten la toga que visten, pues no tienen más remedio que evitar que se violen sus derechos constitucionales.
Los fiscales del Tribunal Supremo Antolín Herrero y Pilar Valcárcel defendieron la legalidad de la actuación del juez Baltasar Garzón al intervenir las conversaciones a los dirigentes de la trama Gürtel porque su actuación fue “proporcionada” a la gravedad de los delitos y han pedido al alto tribunal la absolución del magistrado.
En su informe, Antolín Herrero mantuvo que el juez Baltasar Garzón no vulneró la ley, ante un vacío de interpretación que da margen al juez para llevar adelante la instrucción garantizando los derechos de los imputados.
El fiscal dejó claro que el acusador Ignacio Peláez no fue “expresamente llamado” cuando se entrevistó en la cárcel con Crespo y Correa, porque no eran clientes suyos y su cliente, el empresario José Luis Ulibarri, no estaba preso. Según el fiscal, “la condición de defensor no corresponde a ese letrado y por eso, a él, la peculiaridad de las comunicaciones no le atañe”.

El abogado de Garzón en este caso, el penalista sevillano Francisco Baena, ha explicado cómo se siente el juez tras conocer el fallo: "Puede usted imaginárselo: Una vida entera dedicada a la judicatura y que de pronto te digan que se ha acabado... Es para estar desolado. Confieso que yo participo de su desolación y dolor". Baena ha dicho que discrepa "profundamente" del fallo, porque siempre ha sostenido que solo cabía la absolución de su cliente. Además, ha señalado que estudiará la resolución y que, "si su contenido lo permite", acudirá al Tribunal Constitucional y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. "Pero eso depende del estudio detenido de la resolución y, desde luego, de la voluntad de mi cliente".
LOLA FERREIRA: UN RETRATO
LOLA FERREIRA: UNA MUJER DE LIBROS Y SUEÑOS
Hace unos días, hablé con Lola Ferreira, una gallega en el mundo del libro desde Círculo de Lectores & Galaxia Gutenberg. Ella se despedía de un trabajo que le apasionaba y estaba serena, como siempre, con esa voz tan peculiar. Lola es una mujer de seda y sílabas, una defensora de la cultura y de la edición: conservo muchas de sus notas, de sus cartas cariñosas en las que ponderaba a autores como José Miguel Ullán, José Ángel Valente, José Luis Pardo, Manuel Longares o Juan Eduardo Zúñiga. Ellos, junto a Vassili Grossman, la conmovían a diario, y su deber era que no se rompiesen el hilo del temblor. Se toma un respiro una criatura especial, afable, generosa, de esas que dejan huella. Juan Cruz acaba de hacerle un precioso retrato en una contraportada de ‘El País’. La foto es de Bernardo Pérez.

"NUNCA PRETENDÍ ESTAR AL MISMO NIVEL QUE LOS AUTORES"
-LOLA FERRERIA FUE RESPONSABLE DE COMUNICACIÓN DE CÍRCULO DE LECTORES Y DE GALAXIA GUTENBERG
Por Juan CRUZ. El País. 8 de febrero de 2012
Esta mujer que se sienta y pide un cruasán en esta tienda-cafetería ecológica que lleva nombre tan literario es aquí la protagonista de un desayuno. Pero durante más de veinte años no se ha enterado de lo que ha comido; ha estado junto a los autores, “viviendo sin ser vista”. “Han sido tantos, tantas comidas...”. Ella los ha pastoreado como responsable de comunicación de Círculo de Lectores y de Galaxia Gutenberg.
Es Lola Ferreira, un nombre mítico en el sector. Ya no ocupará ese puesto. Seguirá vinculada al Círculo para un proyecto específico: la conmemoración de los cincuenta años de este “centro neurálgico de la apuesta por la lectura en España”.
Fue batalladora (“prochina, eran otros tiempos”) en los años del antifranquismo; en una película de Pere Portabella (El sopar) cuenta su lucha, sus “tres años de cárcel, las discusiones ideológicas desatinadas que tenían en prisión...”).
Luego entró en el mundo editorial, donde tuvo, dice, “la suerte de encontrar a gente como Pancho Pérez González, cuya frase ‘Un libro ayuda a triunfar’ sigue valiendo quizá más que nunca”. Este trabajo la llevó “a conocer gente extraordinaria, como Octavio Paz y José-Miguel Ullán, Peter Esterhazy e Imre Kertesz, José María Ridao o Juan Eduardo Zúñiga, Carlos Edmundo de Ory o Nicanor Vélez, artífice de nuestra maravillosa colección de poesía y fallecido a finales de 2011”.
Referente del mundo editorial, cree que "culturalmente somos hoy más vulnerables"
Se detiene poco en la comida Lola Ferreira; está acostumbrada a ver comer, a nutrir egos literarios, cuyo alimento es el mimo. “Yo no he pretendido dominar el ego; solo he tratado de ser discreta, no pretendí nunca estar al mismo nivel que los autores”. Ayer recordaba, ante la muerte de Tàpies, “la maravillosa conversación que tuvo con Valente, recogida en Conversación ante el muro, iniciativa de la revista La Rosa Cúbica”.
¿Y cómo comían esos autores? “A Valente le encantaba el pescadito frito de Almería, donde tuvo su casa, pero era feliz con la cocina gallega, su tierra...”. ¿Y Paz, tan cotilla? “Era de una vivacidad apasionada. ¡Lo seguía todo al día! Pero solo le vi comer en sitios institucionales”. ¿Y la comida de Lola? “Yo me conformo con las croquetas de El Quinto Vino [su taberna favorita en Madrid]”.
Deja el acompañamiento de escritores —“donde he tenido al lado a compañeros valiosísimos, Miguel Ángel Delgado e Isabel Lerma”— en un momento muy malo para el sector. “¿Cómo saldremos de la vorágine? Lo que sé es que el resultado de lo que pase no me atrevo a calificarlo de mejor o de peor, pero será distinto. Culturalmente, ahora somos más vulnerables”.
Muchos almuerzos, muchas cenas... ¿Y si tuviera que reunir ahora en torno a una mesa a los que forman parte de su memoria? “Uy, hay tantas ausencias. De los que están por aquí llamaría a Esterhazy, a José Luis Pardo, a Miguel Morey, a Azúa, a Ridao, a tantos y tantos, a Longares, a Zúñiga, a Jordi Llovet...”. ¿Y qué les ofrecería de comer? “Todos querrían jamón, croquetas, y cada uno elegiría a su gusto el segundo. Y yo misma creo que elegiría lomo bajo bien hecho. ¡Pero no me lo comería todo!”. Estaría comprobando que los autores estaban felices.
CLARA OBLIGADO Y SUS VIAJES

Clara Obligado dice que su estado ideal es el de lectora: el diálogo con los clásicos y con los nuevos autores. Ella indaga y explora en las ficciones ajenas, y luego las utiliza para sus clases de escritura creativa. Se sabe a Borges de memoria, y cita una y otra vez relatos como 'Emma Zun', 'El inmortal' o 'El sur', y habla de autores tan diferentes como Bohumil Hrabal, Silvina Ocampo, Alice Munro, Anton Chejov, Isak Dinesen o Marguerite Yourcenar. Todos son autores que forman parte de sus lecciones y a menudo figuran en sus textos.

Clara Obligado, especialista en el microcuento y antóloga de 'Por favor sea breve', presentaba hace unos días en Los Portadores de Sueños' su último libro: 'El libro de los viajes equivocados' (Páginas de Espuma), un volumen con personajes que entran y salen en varios relatos. En 'Monedas de oro' se narra un éxodo a la Argentina, ante el cauce del río Paraná, donde un viajero europeo, escritor y ganadero, llegará a la Academia y hará un inmenso palacio con cincuenta habitaciones y diez baños. “Esa es exactamente la historia de mi familia. El viaje es un símbolo de la vida, y es un viaje equivocado porque termina en la muerte”.
Asegura la escritora bonaerense, que se exilió en España en 1976, que el libro nace de dos encuentros: le pidieron dos cuentos para los periódicos, 'El azar', el primero que mandó, y 'Madison, los puentes de', que es una reescritura de la película de Clint Eastwood con “una apuesta por el marido de la mujer que encarna la bondad, es ese hombre que dice 'Te querré hasta la muerte'”, y por otra parte “nace de una novela fallida: no lograba armarla, pero había muchas cosas que podían funcionar y que funcionan en formas de relatos”.
Agrega que muy pronto los viajes -viajes en el tiempo, viajes interiores, viajes físicos, navegaciones y regresos en avión, en barco, en trenes a menudo espectrales...- se fueron imponiendo como tema y como trasfondo argumental. “Aquí se pasa por cerca de las cosas, no por encima de ellas. Por ejemplo, se toca el nazismo. ¿Por qué? Porque a veces parece que vamos cometer los viejos errores de la historia: no reflexionamos, no aprendemos. Hay varios personajes judíos. Soy feliz en España, me han tratado bien, y a la vez siempre soy extranjera: el sistema literario te excluye, te olvida, no te visualiza, y tampoco podrías volver a Argentina: no puedes volver a recobrar el primer amor. No lo digo con molestia alguna. Es así. Mis personajes viajan, se mueven, están en permanente tránsito”.
Por eso la acción de estas historias, de amor y desamor, de pasiones perdidas, de fugas y aventuras, transcurre en Albania, en Buenos Aires, en el Paraná... “El viaje es un tema, insisto, otro es la extranjería, pero hay otros asuntos muy claros: la violencia y muchas de sus formas, la violencia cotidiana, la violencia caníbal, hay una mujer que está a punto de comerse a su hijo, un hombre viola a su hija, algunos trenes llevan a campos de concentración. Eso sí, todo ello está contado sin énfasis, con suavidad”.
Otros temas que están en los cuentos son el mal, el perdón, la filosofía, la memoria, la belleza, los secretos de amor y la fidelidad y la infidelidad. El libro está lleno de historias de amores soñados, de paradojas y quizá de algunos chascos. “Para mí es mejor ser infiel de veras que soñar con otro y tenerlo ahí todos los días. Prefiero que mi amor me engañe a que se pase la vida soñando con otra, fantaseando con ella”. En 'El libro de los viajes equivocados' se fantasea y asistimos a la revelación de “una vida compleja, abierta, casi inabarcable”.



