|
Temas
Archivos
Enlaces
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2004.
CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 5
Martín Mormeneo suele leer los periódicos por la mañana en el bar. Cada día en un local distinto: Bar España, Casa Indalecio, Mesón Las Moreras, El Labrador, El Asador... Es un ritual que le permite conocer a los paisanos y estar en contacto permanente con el barrio. Sus periódicos siempre están llenos de notas, de apuntes, de fotos que ve y que no se atreve a disparar en medio de la multitud de las tabernas. Una de las cosas que más le han llamado la atención es que en los cafés y en los restaurantes siempre hay una foto, dos, tres del torero local. Todas dedicadas. Algunos tienen instantáneas del joven de cuando era novillero, de cuando tomó la alternativa de matador, de cuando triunfó en una tarde feliz de tres orejas y un rabo en Madrid. O todas a la vez, perfectamente enmarcadas. Las dedicatorias son escuetas. Cuando se instaló en el barrio vio que la plaza portátil, que estaba en la explanada, mucho antes de que empezasen a construir los chalés adosados y los pisos de varias alturas, llevaba el nombre del muchacho. ¿Que como era el diestro? Más bien menudo, con cara de niño y el pelo abundante y rizado. Nadie habría dicho que allí había un héroe, un gladiador de la arena que forja día a día su modesta leyenda. Martín Mormeno fue testigo de las expectativas que despertaban sus actuaciones; vio como la gente abría cada lunes los periódicos para leer la crónica de sus corridas: si estaba lanzado hacia la gloria, si fallaba con la espada y se mostraba rutinario en los naturales, si había estado despistado en una tarde en Zaragoza en la que debía haber sido la de su confirmación definitiva. Esos lances eran motivo de tertulia en la plaza o en el kiosco de Orlando. Una de sus hermanas, menuda y morena, con un cuerpo esculpido en vulnerable belleza, hacía una crónica apresurada de una corrida –en Ronda, en San Sebastián de los Reyes, en Écija- que apenas llegaba a las páginas de los diarios. Sin embargo, algo raro empezaba a pasarle al joven matador. Andaba despistado, sin enrgía, mordido por la indolencia o por una enfermedad invisible que se parecía al mal de la añoranza. Así lo dijo el crítico Sabino Susín en una de sus crónicas taurinas. Y le contó a Martín Mormeno, a quien conoció a través del encuestador electoral Albino Miravete, que ni siquiera sus compañeros de cuadrilla entendían la mudanza. Parecía hechizado. ¿Se habrá enamorado, por fin? ¿Existiría bajo esa languidez una pasión imposible? ¿Le habrá sentado bien dejar el barrio, el mesón de sus padres, el paseo de las moreras, el círculo de amigos que salen en moto, e instalarse en Colmenar? Todo eso se preguntaban los entendidos y los paisanos. Y su apoderado, y los monosabios, y tal vez los empresarios. Sabino Susín había hecho sus pesquisas y explicó a Martín Mormeneo una rara e increíble historia. El torero, Suso Barral, había sucumbido a una extraña fascinación por los pájaros. Más que por todos los pájaros, por dos halcones en concreto: “Merlín” y “Galván”. Con ellos había descubierto la cetrería. Iba a la finca, veía la plaza, contemplaba los toros y las vacas, y pasaba de largo; se dirigía hacia el entorno del lago junto a un pequeño bosque. Y allí, absorto en el vuelo rasante de los pájaros que acudían a su guante negro, se pasaba horas y horas. Los depredadores iban y venían de la fronda a su mano con un vuelo poderoso y recto. No quería saber nada del toreo de salón, ni de la práctica de banderillas, ni de la preparación física. En las corridas era otro, un desconocido. Empezaba con fuerza, embarcando a la bestia con galanía y un desmayo dichoso; ejecutaba las verónicas con finura y una lentitud primorosa. Pero había un momento en que caía preso de la desidia y perdía el sitio, la compostura, la ciencia antigua de la lidia. Y se producía el naufragio, el abucheo, el aborrecimiento de sus seguidores. Hace unos días, en Ejea, tocó fondo ante un toro magnífico. Tan desesperado, tan perplejo estaba su apoderado, que le gritó desde el tendido: “Torea, zagal, torea, entrégate de una vez que ayer se te murieron los halcones”. Una mano caritativa les pegó seis tiros de escopeta. La mañana de ayer empezó espléndida: Mariano Gistaín vuelve de la playa, se va a Barbastro con su dulce madre Josefina y me llama. Ha regresado el poeta del periodismo, el analista más fino de nuestros periódicos. Con su ironía, con su sentido personal del lenguaje –bien podría ser una mezcla baturra de Perec, Gómez de la Serna, Ray Bradbury y Umbral, por ejemplo- y con su pasión indisimulada por Zaragoza, por la modernidad y la tecnología, Mariano Gistaín nos da todos los días piezas espléndidas que debiéramos recoger algún día y publicar. Bastaría que fuesen 100 o 150: desde aquella crónica de Los Rolling Stones a principios de los 80, sus visitas a la Zaragoza de la noche o sus relatos elípticos de la política, Mariano ha sido –como diría su amigo del alma, su “alter ego” en las narraciones de humor delirante, Roberto Miranda- y es un sinvivir de lucidez, de ingenio, de ternura y de humanidad. Cuando se pone dulce es una patata llena de azúcar, un higo que se abre al calor de la noche y derrama su vientre de miel sobre la tierra.
El Auditorio celebra su primer decenario. El edificio de José Manuel Pérez Latorre se inauguró casi vergonzosamente en 1994. Es el edificio del siglo XX en Aragón y sin duda el proyecto cultural de la Comunidad más consistente. En él, Miguel Ángel Tapia y su equipo han dado una lección de trabajo, aventura intelectual y entusiasmo. Por aquí ha pasado todo el mundo –y algunos como Zubin Metha o Teresa Berganza se han quedado literalmente fascinados por “la caja del tesoro” del Auditorio; también lo visitó Norman Foster y su equipo- y además se han sabido establecer convenios con colectivos que crecen día a día: el Grupo Enigma que dirige Juan José Olives, la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón, el Coro Amici Musicae o Al Ayre Español Orquesta, que dirige Eduardo López Banzo. Ha sido siempre un espacio que ha tenido un presupuesto reducido, pero aún así –merced a sus convenios con Ibercaja u Opel, entre otros- ha logrado redondear año a ano una programación buena, con muchos de los grandes. El año que viene, por ejemplo, volveremos a ver a esa mujer increíble, dura y frágil a la vez, que es la pianista Maria Joao Pires. Y pronto a Midori, la violinista que descubrió hace años Herbert von Karajan, que también intuyó el talento y la voluptuosidad de Anne Sophie Mutter, uno de los cuerpos más exultantes de la música clásica cosido a un violín con los brazos desnudos...
Por la tarde, se inaugura la muestra “Galicia vista con ojos de joven”, en la que exponen Aranzazu Peyrotau y Toño Sediles. Hemos contado aquí, en este diario, la increíble historia de sus fotos bajo el título de “Arán o las huellas de Aragón en Galicia”, que es el relato de sucesivos azares, en la noche y en las playas viguesas, que dieron lugar a sus fotos. Seis en total, colocadas en un frontal que domina la sala y a gran formato. Nos parece de lo mejor de la muestra. Arancha –la fotógrafa morena y moderna- y Toño –el amanuense de la luz, filoso como ciprés que hacia el cielo se despereza- acaban de recorrer el Camino de Santiago para realizar un proyecto del Gobierno de Aragón, en el que interviene una docena de artistas. Y además siguen trabajando en sus tribus urbanas a grandes formatos y a color. Siempre han tenido muy claro su línea y ahí siguen, afanándose, buscando, esperando el porvenir.
Por allí andaban Chus Tudelilla, recuperada del todo de su infarto de unos meses atrás, su hijo Adrián, Sergio Castillo (hace años nos mostró, y lo publicamos en “El Periódico de Aragón”, las hojas de papel cuadriculado, con sus manchas de sangre, que escribió el alcalde republicano de Belchite antes de ser publicado), Juanjo Vázquez, muy sereno y confiado en las posibilidades de espacios como el Centro de Arte Contemporáneo de Aragón en Huesca; trabaja ahora en el desarrollo de otro proyecto de legislatura, el Centro Aragonés de las Artes Audiovisuales. Y también estaba Pachica García, futura mamá y más guapa que nunca, el fotógrafo Luis Correas, Manuel Pérez-Lizano...
Y también estaba Pilar Navarrete, con la que siempre me agrada hablar. Tenemos una vieja amistad desde los tiempos de “El día”. Vuelve de vacaciones de Canarias y ha vivido con intensidad los Festivales de Aragón, yendo de aquí para allá. Está trabajando en una nueva ley sobre bibliotecas, la anterior se remontaba a 1986, y la he visto más relajada. Está morena, morena, pespunteada de pecas. No le pregunté como iban sus libros. Hace años estaba escribiendo una novela que transcurría en Veruela... Le pasa como a mí: tiene una relación traumática pero intensa con la literatura. Es la mujer-Hamlet: la incertidumbre hecha furia y perplejidad de vivir.
Por la noche, en el Babel, de Marta Navarro y Sergio Abraín, encuentro con los amigos: a Maribel Cruzado, traductora y experta en fotógrafos del mundo, Pérez Lasheras, al que van a nombrar presidente de la Asociación de Editoriales Universitarias Españolas, José Luis Melero (a quien Martín Mormeneo le dedicaba hace unos días sus reflexiones sobre “El torero embrujado”. Por ahora, dedujo, no le seducen sus prosas menudas en este blog. Martín Mormeneo, que es susceptible, batallador e invisible, se ha prometido mejorarlas), Ignacio Martínez de Pisón (que publicará en Seix Barral en febrero, “Enterrar a los muertos”, una investigación sobre la vida, la obra y la muerte del traductor de John Dos Passos, José Robles Piquer. Presumo que este libro va a ser un éxito), Violeta Gascón (más guapa que nunca: Roma le endulza la sonrisa y espesa sus silencios. Tiene pies de ángel), Aloma Rodríguez (que está a punto de irse a París, tras un intenso verano de funciones en Dinópolis y en otros lugares, y para mí es una de las cinco mujeres más bonitas del mundo), Félix Romeo (que está deslumbrado con Germano Almeida y lee la autobiografía de Amos Oz. Tiene la exttraña costumbre de doblar las páginas de los libros, aunque se los deje yo. Es incorregible) o Víctor Muñoz, que vuelve de celebrar el cumpleaños de “Tarzán” Javi Moreno. Hablamos de esto y de aquello: de editores, de la ciudad, de José María Aguirre, de periódicos, de padres, de Sam Shepard (Félix recuerda fragmentos magistrales de “Crónicas de motel”), de los amores salvajes de Luis Alegre. O eso suponemos, porque apenas se deja ver...
Hoy, tengo que ir a Panticosa, al Ja, Ja, Festival de Humor. ¿Qué voy a decir? Pedro Zapater, que trabaja ahí enfrente, en el ordenador de allá en “Heraldo”, y viaja al Globe, a los subterráneos de Viena, y es escritor de cuentos en secreto, quería que estuviese. Le dije que sí, y ahora qué. ¿Qué se puede decir chistoso ante el ingenio de Miguel Ángel Lamata, otro representante del humor delirante de Aragón? José Ramos Zapetti lograba, en Zaragoza en 1837, fijar con una cámara oscura varias imágenes obtenidas en su estudio de pintor sobre una lámina de cobre tratada por un procedimiento semejante al que haría inmortal a Daguerre. Ese hecho bien podría haber concedido a la ciudad y a Ramos Zapetti la condición de pioneros absolutos de la fotografía en el mundo, una disciplina artesanal que se revelaba como una copia de la verdad, un espejo de la realidad. Desde entonces, empezaron a menudear los estudios y surgió también la figura del profesional ambulante que llevaba tienda de campaña, en cuyo interior improvisaba su laboratorio, y se ocupaba del paisaje y del paisanaje. Un ejemplo de esta estampa sería el fotógrafo de Isabel II Charles Clifford que realizó hacia 1860 un conjunto de imágenes de Zaragoza –la Torre Nueva, el Patio de la Infanta, la actual plaza de España, los alrededores de Santa Engracia, etc- con destino a su libro “Voyages en Espagne”. Otro fue Jean Laurent, fotógrafo también de la reina, que captó los monumentos españoles y tuvo el privilegio de fotografiar las “pinturas negras” de Goya en La Quinta del Sordo antes de que fuesen trasladadas. Quizá el mejor ejemplo de fotógrafo ambulante, antes de la aparición de los reporteros, fue el francés Lucien Briet, que se trasladó al Pirineo entre 1889 y 1911 con sus cámaras de placas, sus mulas y una paciencia infinita. Resultado de su pasión por las montañas y los increíbles paisajes oscenses fueron sus dos libros: “Bellezas del Alto Aragón” y “Soberbios Pirineos”. A ese fotógrafo le ha rendido un homenaje, casi un siglo después, José Luis Acín en su libro “Tras las huellas de Briet”, que ha publicado Prames, y continúa la labor, posiblemente en la primavera saldrá el segundo volumen. La fotografía alcanzó un desarrollo vertiginoso y se expandió por todos los lugares de Aragón: Huesca, Teruel, Híjar, Alcañiz o Jaca, aunque el núcleo fotográfico por excelencia estaba en Zaragoza. Aquí se hizo famoso Mariano Júdez, en el Coso 33, que traspasó su establecimiento a Anselmo María Coyne, procedente de Pamplona y cabeza visible de una estirpe que comenzaba en él (fue fotógrafo también de la monarquía) y que tendría continuidad en Ignacio, Antonio y Manuel Coyne. Aquí también operó el famoso Gascón, quien, ya en 1866, se atrevió a pintar una de sus fotos, inaugurando así el retocado. Y no podemos olvidar a Enrique Beltrán, que instaló su estudio en la calle Méndez Núñez y se convirtió en uno de nuestros principales fotógrafos de fines del siglo XIX. La nómina, como se ve, es larga, abrumadora: Sabaté, Constantino Gracia, Mariano Pescador, Aurelio Grasa, Eduardo Cativiela, la Gran Fotografía Austriaca, que tendría como continuadores a Gustavo Freudental (“la figura más importante de la fotografía zaragozana en las primeras décadas del siglo XX”, según José Antonio Duce), Skogler o Dücker, entre otros. Si salimos de Zaragoza, se nos imponen figuras capitales como Félix Preciado, que además de estudio tenía una galería en Coso Alto 28 de Huesca, y acabó montando una sucursal en Jaca, zona donde haría un trabajo impecable Francisco de las Heras, recuperado bellamente por Pirineum. En la capital del Altoaragón, a principios del siglo XX fue esencial la labor de Fidel Oltra, que trabajó en prensa, recorrió la provincia de punta a punta, y tomó fotos inolvidables de Ramón Acín. Aunque tal vez el gran reportero oscense, aficionado pero absolutamente entusiasta, sea el farmacéutico Ricardo Compairé. Le interesaba sobre todo el hombre y en su representación se afanó en varios miles de instantáneas; muchas de ellas figuran bellamente reproducidas en los catálogos de la Fototeca de Huesca. Híjar se convirtió en una plaza importante para la fotografía: allí estableció su laboratorio Felipe Castañer, que desplegó su curiosidad y su esfuerzo por todo el Bajo Aragón. Y realizó una actividad portentosa el doctor José Antonio Dosset, documentalista de la comarca, del Canal Imperial y autor de un álbum soberbio de la Semana Santa. En Alcañiz, algunos años después, se haría famoso e imprescindible Gracia, cuyos herederos siguen su trayectoria; Teruel contó con un artesano solvente como Segura, que configuró un importante archivo de la provincia. En este inventario de exploradores de la tierra con la pesada cámara al hombro, no podemos olvidar a una figura básica como Juan Mora Insa, que fotografía prácticamente todo el patrimonio aragonés con placas de cristal de 13 x 18 y 18 x 24 y lo contrató en 1926 Lorenzo Pardo para el departamento fotográfico de la Confederación Hidrográfica del Ebro. Como curiosidad, en medio de su colección de miles de fotos, existe una toma del cuadro “Aparición de la Virgen del Pilar a Santiago Apóstol” que había pintado Goya para la iglesia octogonal de Urrea de Gaén, que se quemó uno de los primeros domingos de agosto de 1936. En este contexto, es el en que se mueve un modesto Ricardo Gárate, nacido en Albalate del Arzobispo (Teruel) modesto porque conocemos muy poco de su archivo y lo que hemos visto no nos da una idea de grandiosidad. El fotógrafo albalatino se movía entre dos polos específicos: el retrato y la reproducción de obras de arte, que siempre fue una especialidad sumamente difícil. Una de las corrientes fundamentales de la fotografía de fines del siglo XIX y principios del XX fue la del pictorialismo. El artista se planteaba componer, encuadrar y lograr los efectos de la luz como si fuera un pintor, y hubo casos, muchos casos, quizá uno de los más claros fue el Julia Margaret Cameron, de fotógrafos que dudaron en situarse en una corriente pictórica evidente como el simbolismo y el prerrafaelismo. Es una verdadera lástima que el tiempo nos haya arrebatado posiblemente para siempre la obra de Ricardo Gárate, hermano de ese gran pintor que fue Juan José Gárate.
Zaragoza, 1.1.2004 Puse “Neruda en el corazón”, a ver si soportaba el riguroso examen del coche, la soledad del conductor de fondo, y tomé la dirección de Panticosa. Son 18 canciones y más de 160 kilómetros desde Garrapinillos. Zaragoza-Huesca se hace en suspiro bajo un cielo tachonado de algodón. Miras a derecha e izquierda y tragas y tragas kilómetros vertiginosos de paisajes. Pero cuando rebasas Huesca, empieza otro mundo de celajes más imponentes, de montañas y bosques, de colinas fastuosas que se cuelgan ante tus ojos y que trazan un sendero de crestas hacia las estrellas o el más allá. Cada vez que paso por Arguis y su pantano me acuerdo de Teo Lozano, aquel periodista que llegó a Teruel para recorrer la provincia como nadie con la cámara al hombro (en realidad, llevaba un cámara que hoy es relojero) y contar historias de la trufa, y luego se vino a “El Periódico de Aragón”; el caso que le perturbó, que analizó del derecho y del revés, fue el famoso crimen del pantano de Arguis, cometido con una motosierra. El fiscal Fernando García Vicente, hoy Justicia de Aragón, estuvo a punto de encontrar pruebas para condenar a un sospechoso, más que sospechoso, probablemente, pero jamás se pudo resolver aquel caso de droga y brutal violencia.
Después de Arguis, el puerto de Montrepós, un scalextric endiablado y largo antes de llegar a Lanave con ese desnivel o descenso que siempre pone a prueba mi escasa pericia de piloto. Luego Sabiñánigo, la zona del Serrablo, las verdes praderas, la presencia de las montañas desnevadas que se ofrecen en un cielo purísimo de espejismo. Paso por Bisecas y llego al pantano de Búbal lleno de referencias para mí –no sé por qué razón ese nombre y ese embalse lo asocio con dos libros de relatos de Cristina Fernández Cubas: “Mi hermana Elba” y “Los altillos de Brumal”. Eran libros que leía en los tiempos remotos del bingo. Conocí a Cristina en el Torreón Fortea y me sorprendieron sus ojos gigantescos y líquidos que absorben la perplejidad del mundo-; está allá abajo, como un mar diminuto, en el que se anuncia incluso un pequeño centro náutico. Y ahí enfrente ya, con sus características casas pirenaicas, piedra y pizarra, ya está Panticosa, donde se celebra el I Ja Ja Festival de Humor. La población, hacia las seis y cuarto de la tarde, está tranquila: ciudadanos extranjeros, franceses y holandeses, pasean y se paran las panaderías o las tiendas. Cruzo Panticosa de punta a punta, y ya encuentro a Pedro Zapater, uno de los organizadores, cinéfilo entusiasta y escritor cada vez menos secretos. Vemos algunas de las caricaturas de Luis Grañena en los bares –mientras la tele anuncia en varios idiomas la catástrofe de Rusia: ¿volverá a ser considerado Putin como un héroe?-, y aparecen el ilustrador e infógrafo de “Heraldo” Alberto Aragón, el músico y actor José Manuel Tafalla –que acaba de publicar un nuevo disco: será mi compañía a la vuelta; ese y Manolo García y Serrat, cantando a Machado; cuando viajo de noche siempre pongo un disco que me guste y me sepa casi de memoria, así canto y no me duermo- y el realizador Miguel Ángel Lamata. Lamata está encantado y lleno de proyectos. Le tienta Vicente Andrés Gómez para una película, le han ofrecido dirigir la segunda parte de “Isi-Disi”, acaba de terminar un guión con Miguel Ángel Aijón –el guionista de “Una de zombis”, la película que ayer se ponía en el Festival, junto a “Cuida que” y “Robando el rockanrol”, ambas con guión de esa estupenda actriz que es Mayte Navales-, con el que de vez en cuando hacen proyectos de programas de televisión. Lamata está feliz, cuanto mejor le va en Madrid, más ama Zaragoza. Hablamos de todo: del eco de su película en un artículo que se publicó en “Variety”, que ayer glosaba “El País”, de algunas películas que le gustan mucho como “Otra mujer”, de actrices que le fascinan: Judy Davis, Fany Ardant, Jacqueline Bisset, de François Truffaut, de Eric Rohmer, de películas recientes que le fascinado. Antes de la presentación del Festival, con el alcalde (José Luis Pueyo), el presidente de la Comarca del Alto Gállego (Mariano Fañanás; si, así, como Silveria, la mujer de Ramón y Cajal), con el grupo de “Los cinco magníficos” (Carlos Jalón, Sergio Rello, Clemente Huerta, Beatriz Benedí y Pedro Zapater) que se han sacado este festival que cuenta con un presupuesto de tres millones de pesetas, dimos una vuelta por el pueblo, para verlo ahí, encerrado entre rocas, lleno de praderas, de cauces de agua, de restaurantes, de luz crepuscular de paraíso. Lamata está muy ingenioso, como siempre. Y también su actor José Manuel Tafalla, especialmente contento porque en Estados Unidos se ha hecho una investigación con células madre en ratones que permite el crecimiento del cabello a los calvos. Él estaba muy contento: “Dentro de diez, seguro que dejarán de llamarme calvo”. Recordé dos cosas: que Dios se le apareció en sueños a Miguel Ángel Lamata y le dijo: “No contrates a Robert de Niro para tu próxima película, sino a Marianico El Corto y José Manuel Tafalla”. Y recordé que a Lamata le habría gustado ser cirujano para hacerle una operación de fimosis a Bush, “con hacha y sin anestesia”. Por cierto, en su breve parlamento, Lamata aludió a la alegría e hizo un símil acerca del pene erecto. Pensó que la frase escandalizaba a una señora mayor, de primera fila, y él insistió: “Un pene erecto”. Y ella dijo: “Dígalo, dígalo, eso es lo más natural”. Y alguien pensó: “Y lo más deseable, también”. Risas. Por allí también andaban Vicky Calavia y Antonio Tausiet. Vicky contó que le habría la digitalización de todo el material de “Travesías” a una institución aragonesa para ponerla al servicio de la gente, proyecto que cuesta nueve millones, y que todas le dicen que les parece interesantísima la idea, pero que no hay dinero.
Por la noche, durante la proyección de los cortos, “Cuida que...” y sobre todo “Robando el rockanrol” algunas madres sacaran a sus pequeñas hijas de la sala. Había sexo y crimen, sexo oral bastante explícito entre Salomé Giménez, Miguel Ángel Aparicio y Mayte Navalas, que forman parte de la gran familia o basca de amigos que apoyan constantemente a Lamata. Momento de incomodidad. La noche era larga: quedaban Jaime Ocaña y los monologuistas. Yo ya me había puesto en camino de regreso: habíamos recordado con Tafalla el bar El Paso, a Bizén, a Félix, a Chusé Izuel (“iba con la chupa negra incluso en verano”), y habíamos comido unas patatas con la piel y con cebolla en Mesón Sampietro. La noche era incierta: las sombras de los montes sólo se intuían entre densas tinieblas. Miré abajo en Búbal, me gustan los pueblos iluminados, me gusta Biescas, a la izquierda. Me gusta la soledad ideal del conductor que canta a Machado, la conducción contra la noche de quien asoma al rock duro de José Manuel Tafalla (su grupo se llama Sick Brains y el disco se titula "Hoy solo"; las preciosa fotos del libreto han sido cedidas por Carlos Pauner), un actor “satánico”, un tipo dulce que acaba de extraviarse a caballo por Torla, adonde volvía hoy con Miguel Ángel Lamata, interesado también por una casa encantada para un proyecto de vampirismo o de brujería. A veces ocurren cosas que parecen un milagro: la vida nos regala sorpresas, personajes que nos deslumbran por su rigor, por su vitalidad, por la construcción paulatina de un mundo casi secreto pero poderoso, arrollador. Exuberante. Sé que me deslumbran con cierta facilidad. Al fin y al cabo soy un niño de aldea gallega, asustadizo, a quien el azar envió a esta ciudad, a este territorio, con la perplejidad en las venas y en la pupila. Venía huyendo de mí mismo, que es mi huida predilecta, con el afán de reclinarme y olvidarme en un libresco amor de atardecida en el Jardín de Invierno. Hoy me ha deslumbrado la obra de Rafael López, fotógrafo que trabaja en blanco y negro, en un blanco y negro purísimo que condensa, foto a foto, el abecedario del sistema de zonas, del 10 al 0, del 0 al 10, con la precisión casi de un reloj suizo. Rafael López no nace de la nada, lleva años trabajando y le fascinan los procesos antiguos, la química de la emoción, de la foto de ayer. Quizá por eso, cuando vi sus flores, pensé en algunos trabajos de Robert Mapplethorpe; cuando vi sus montañas, con una mancha humana de tres montañeros en el centro, pensé en Amsel Adams, que es para él en su referencia más inexcusable, pensé incluso en Aurelio Grasa, que tomó instantáneas extraordinarias de la nieve, del rastro del cierzo en las cumbres. Cuando vi sus delicadísimos paisajes africanos, con niño u hombre y camello, pensé en Albert Watson. Incluso pensé en los pintores orientales cuando vi una foto estupenda de dos líneas que se cruzan, un árbol y el liso horizonte, pero era, es tal su maestría –en este caso en la disgregada escritura de los grises- que sólo podía pensar en la obra de Rafael López. No le importa emplear hasta 20 minutos en una exposición o demorar la tarde y la noche, y juntarlas con el alba, para lograr lo que quiere. ¿Y qué quiere exactamente Rafael López, que apareció por “Heraldo” con mi admiradísimo Javier Torres (Inciso: ¿Por qué había Zaragoza seres así, como Javier, de esa humanidad aterciopelada, y uno no lo sabía?)? Busca la belleza, pero no una belleza dogmática, que sólo sea canónica al uso. En la fealdad puede encontrar hermosura, emoción, la exaltación de la sensibilidad; busca la exactitud, la pureza, la conmoción de una luz que ha sido dibujada a golpe de temblor, con la mano virtuosa del calígrafo.
Es bonito y conmovedor hallarse con tipos así: desconocidos, casi al margen, vueltos hacia el arte de ayer, pero inscritos claramente en el arte de hoy porque hay una mirada especial, una tentativa, un devaneo hacia el fuego y el abismo. Recuerden, recordad este nombre: Rafael López, fotógrafo de Casetas, impresor en Ino, discípulo remoto de Amsel Adams, el explorador de las nieves, el poeta ininterrumpido del blanco sobre la nieve, de la nieve ardiente de la inspiración.
Javier Lahoz también apareció con la noche. Más allá de las diez. De negro total, más delgado que nunca y con los golpes de barba que le estilizan la cara y evocan el rostro tantas veces imaginado de Christopher Marlowe, dramaturgo, pendenciero y espía. Javier vuelve de Praga: ha estado cinco días, ha visitado la calle de los Alquimistas de Kafka, el cementerio judío, ha paseado por el puente del emperador Carlos, ha ido al teatro. Era su primer viaje en avión y se quedó fascinado. Yo estuve en Praga en 1989, antes de la caída del muro. Estando allí pensé en Alexandre Dubcek, que trabajaba de barrendero en Bratislava, y pensé en Emil Zatopek, “la locomotora humana”, que ganó los 5.000, 10.000 y la maratón. Estoy leyendo un libro, medio borgeano, “Un helado para la gloria” de Ugo Riccarelli, que publica Maeva. Una de las piezas que más me ha conmovido –la otra es sobre Mané Garrincha, el extremo derecho de la selección de Brasil de 1958 y 1962- es el cuento “La resistencia” sobre Emil Zatopek. Javier sigue trabajando en mil proyectos: ha terminado un libro erótico, lee con delectación casi enfermiza “Anna Karenina” de Tolstoi, libro que combina con “La segunda oportunidad” de Juan Herranz, con su pasión por el cine (llevaba una diez películas de cine clásico norteamericano; mi favorita era “El extraño amor de Martha Ivers” con la maravillosa Barbara Stanwyck) y con su trabajo en la Librería Central. Javier Lahoz es uno de esos seres que también llegan de súbito a tu vida, entran lentamente en un cuarto sigiloso y se quedan adentro, en el calor de tu casa, en el agua diáfana de tu alma. Recuerda que tiene 37 años como si quisiera justificar que ya no tienen el descaro de ayer. Si hay algo bonito, bonito como el mar, hondo como un pozo en el mar, es el cariño, la capacidad infinita del corazón que a todo llega, la ilusoria sensatez del cerebro. Javier Lahoz se va con sus películas, de negro, con su delgadez de insomne, de desvelado que adelgaza sólo de pensar o de emborracharse de aire...
En días como hoy, cuando la multitud anda y desanda el paseo de Independencia y el calor se condensa en un aire viciado de bochorno, cuántas mujeres bonitas van y vienen. Es un regalo: la exaltación de la plenitud en desorden, el despertar del deseo, la fábula de beldad constante que atraviesa y se apodera de nuestros ojos. ¡Si el hombre pudiera decir lo que ama! ¡Si el hombre pudiera fijar la luz de los rostros, la nalga zigzagueante, el garbo de la diosa efímera, los cabellos a modo de corona del último hechizo! Si el hombre supiera cuando enloquece su corazón y se queda huérfano de adjetivos... CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 7.
LA PENÚLTIMA DIOSA
El cine nos ha dado mujeres para guardar en una cajita de oro como un ídolo al que hay venerar cada mañana: mujeres como un pozo de sombra, mujeres de fuego, mujeres con una dolencia desesperada, mujeres listas que acomplejan en cada mueca, mujeres que peleaban a todas horas por ser y expandirse contra la condena de una sociedad pensada y gobernada por hombres. Mujeres frágiles, fogosas, mujeres terribles o embrujadoras que erizaban la piel del mundo hasta convertirla en un magma de deseo incontenible. Ava Gardner podría ser una de las pocas que resumiese tan vasta tipología: fue la diosa, el fulgor, la brasa viva, la belleza perfecta, el perfil esculpido, la sangre que se estremece y rebosa las venas. Quien mejor la intuyó en su laberinto de destrucción fue Ernest Hemingway, otro bebedor violento condenado a la tiniebla. Quien le dedicó los mejores versos fue Robert Graves: uno de sus amantes más refinados, que tuvo a “La diosa blanca” que tanto soñara entre sus brazos. Sin embargo, el hombre que la dibujó sin saberlo en sus ficciones fue William Faulkner: sus novelas están pobladas de criaturas arrastradas por la fatalidad, el erotismo y el oscuro mandato de la tierra. Y Ava Gardner también fue así: hermosa, radiante, malherida por la guadaña de la insatisfacción y la voracidad, sabe Dios de qué signo. Nació en una familia pobre en Carolina del Norte en 1922 y llegó a la Metro Goldwyn Mayer por azar: alguien le hizo unas fotos, copió su busto palpitante, su cintura en sazón, la perla gris de su mirada. Años después, cuando empezaba a descreer en sí misma y flaqueaba en autoestima (la primer decepción seria se llamó Mickey Rooney, capaz de traicionar su armazón incomparable con el golf), Robert Siodmak se fijó en ella y le dio un papel en “Forajidos” (1946), junto a Burt Lancaster. El clima de cine negro, sazonado de boxeo, realzaba su absoluta beldad. Quizá nunca haya estado tan bonita una actriz como entonces, ni siquiera Ingrid Bergman en “Encadenados”, ni Gene Tierney en “Laura”, ni Greta Garbo en “La Reina Cristina de Suecia”. O la vulnerable Jean Seberg en “Al final de la escapada”. A partir de entonces, se convirtió en “el animal más bello del mundo”. Artie Shaw, su segundo marido, le ayudó lo suyo: la educó en la música, la literatura y en la ambición. El gran amor de su vida, lo confesó en sus memorias editadas aquí por Grijalbo, fue Frank Sinatra, aunque su relación resultó un auténtico polvorín de repulsión y de afecto, de atracción y celos, incluidos los profesionales. Se casaron en 1951 y se separaron en 1957. Ava había forjado su mito en cintas como “Pandora y el holandés errante”, “Mogambo” (donde encarnó a una pícara y alegre vividora que desarmaba a Grace Kelly) o “La condesa descalza”, la cinta que, oblicuamente, por intuición del director Joseph Mankiewicz, resumió su vida, su trayectoria, su pasión por España y por los muchachos jóvenes con los que amanecía en las habitaciones del Ritz o en su casa de Madrid sin acordarse muy bien qué había pasado antes de la ceremonia del desorden. Amó a Luis Miguel Dominguín con insistencia; otra vez a Mario Cabré, aquel torero poeta que se vistió tras la hazaña indecible para contarlo a quien quisiera oír que había tocado el cielo, la carne y toda la sed de mal de Ava o el ardor. Entre los 60 títulos en que trabajó merece recordarse “La noche de la iguana”, junto a Richard Burton, otro borracho audaz y rapsoda; algo más gruesa, con el alma golpeada por el vicio y un infame llamado George C. Scott, bordó un papel cargado de ironía. Hay seres que no mueren nunca: se perpetúan en los ojos y en las meninges de los que algún día los vieron, y se vuelven memoria, mito, verdad inalterable del tiempo. Así lo anunció Luis Alegre por teléfono: hacia las doce será el gran partido en el parque del Oeste. Entre las once y las doce. Y así fue. El domingo respiraba sol y asfixia, y el Ebro bajaba sucio, envuelto en una espesa sierpe de barro. Luis Alegre llevaba su pantalón corto preferido: rojo, como si fuese del retal sobrante de su vestuario de “El camarote de los hermanos Marx”, y una camiseta con la leyenda de Buñuel. Su sobrino Pablo iba de azul, con pantalón de Lotto. Y su cuñado Pablo, padre del zurdo Pablito, un extremo regateador y pugnaz, también iba de azul. Es un buen guardameta o un central de justa cintura y gran eficacia. Eso dice Luis, que siente debilidad por el marido de su hermana Carmen, el tercer hermano que le regaló la vida. Y también estaban Jorge y Diego Rodríguez, que corren como lebreles y aman el fútbol con auténtica locura. No lo aman, se vacían, se desangran en sudor, en velocidad, en gambeteo. Luis Alegre, que dice que no vive los salvajes amores que le atribuyo en el blog (me ha dicho: “me favorece que me presentes así, parezco más interesante de lo que soy”. Su corazón es como un cuarto de alquiler que pretenden tres, cuatro, cinco inquilinas maravillosas), empezó muy bien el partido. Marcó varios goles y logró zafarse del marcaje severo de su sobrino. Aunque el partido fue muy igualado, se jugó tres contra tres, y los jugadores se morían un poco más en cada jugada. El agua aliviaba el cansancio y matizaba el esplendor sobre la hierba. El Ebro corría muy cerca, los coches mugían como vacas antiguas, y el sol crecía en lo alto con sus fuegos incontrolados. A Luis, a Pablo y a Pablito los esperaba una paella. Felicitas, la madre de Luis, la cocinera preferida de Maribel Verdú, está mejor que nunca, tras el achuchón que padeció tiempo atrás. Luisinho, el profesor de los amores salvajes, el embajador dulce de Aragón en el mundo, es un curandero de almas y edades. Es el bálsamo del tiempo... Ha caído la noche y se ha encendido la brisa en las calles. La torre de la iglesia está iluminada con oro mitigado en las alturas, y una paloma blanca, o un pájaro de nieve, acaso la mano del ángel, sale de una ventana y se posa sobre los tejados. Una señora tiene miedo de los perros y se queda petrificada. Los adolescentes, en motos y con piercings, se explican, discuten, hacen inventario de vanos amores. Digo vanos porque hablan de amores imposibles, estorbados de súbito por un malentendido. Me gusta ver cómo crecen las casas cada día, esa urbanización majestuosa y extraña (hoy me he percatado de le ha nacido un pequeño claustro o porche, dibujado por columnas redondas) que está llena de operarios árabes, que trabajan a veces en domingo. Alguna mañana oigo canciones o rezos, disputas: son voces que van y vienen en la obra en el coro de emigrantes que han venido para quedarse. Son oscuros o tostados, son alegres, forman una algazara incesante que anuncia otro milagro de la vida y del destino.
Ha caído la noche y se ha encendido de lujes la lejanía: Utebo, Alagón, Casetas, tal vez Alcalá de Ebro, allá donde hay un río iluminado que avanza sin barcas y sin enamorados, pero con cigüeñas. Me gusta aquí la noche: miro y no veo estrellas, pienso sin encontrar ni un solo pensamiento, me cuentos extraños mientras camino. Veo el depósito del agua: me encanta verlo ahí arriba, a veinte metros del suelo. Un día me lo dijeron: “Ahí subió hace años un joven y se arrojó al vacío. ¿Sabes lo que le pasó?”. No, claro que no lo sabía, pero lo adivinaba. “Nada. No le pasó nada. Se lo creyó tanto, se creyó tanto que tenía un perfil de pájaro o alma de pájaro o latido de pájaro, que acabó poniendo una tienda de pájaros, la única pajarería que se recuerda en el barrio. La llamó ‘El resucitado’. Puedes preguntar”. Lo hice. No era verdad, pero la historia me pareció bonita. Por eso la cuento aquí, por eso pienso en ella cada vez que paso ante el depósito. Siempre siento ganas de subir por esos escalones de metal. Creo que el mundo y el barrio desde ahí serían distintos: un universo de Patricia Highsmith o de Simenon a vista de pájaro. Sé que la comparación es caprichosa, pero me parece que este afrancesado lugar está lleno de personajes que entran y salen inadvertidamente de las páginas de sus libros
Nunca salgo solo. Siempre llevo un libro: “Luz de noche en la memoria”, que habla de una casa misteriosa, de seres que se buscan, de misterio, de ausencias que se hacen visibles en una vivienda con jardín. Nuria Claver es una poeta de Sabiñánigo, donde nació en 1955, y el volumen me lo paso Félix Romeo. Esta misma tarde me encontré con Santiago Arranz, hablamos de su estancia en París, de su primera pulsión hacia la pintura de arquitecturas y de jardines, cuando era un poco figurativo y estaba influenciado por Nicolás de Stäel –por cierto, que también influyó lo suyo en otro “aragonés” en París: Fermín Aguayo-, y me dijo que conocía bien a Nuria Claver, que había sido amiga de Carlos Barral, que trabajó en Bruguera (ahora lo hace en “Claves”) y que le dedicó un poema a uno de sus cuadros. Arranz expondrá en la primavera una retrospectiva de su obra en el Museo Pablo Serrano.
Cuando salí de “Heraldo” me encontré con Gervasio Sánchez y con Ricardo Calero, que volvían de montar su exposición “Latidos del tiempo” en la Lonja. Tienen para muchos días. Calero me habló de su vasto y magnífico proyecto de decoración para la ribera del Ebro, de sus contactos con ingenieros madrileños, de su complicidad con Daniel Olano, de sus dibujos y sueños. Y me contó también una de las prácticas tan habituales de un sector municipal: el “pucherazo”, la trampa. Le han rechazado su proyecto pero han tomado algunas ideas... Calero estaba enojado o contrariado por el método, por el silencio, por la irrespetuosidad, porque no se ha hecho público el jurado. Habló con todos: con Michel Zarzuela, con Rosa Borraz, con Nacho López Susín, con Belloch, que se quedó cautivado con el proyecto, lo intentó con Jerónimo Blasco, que no quiso recibirlo. En contra de lo que hoy escribe Martínez de Pisón, él no tiene tiempo que perder. En cuanto termine el montaje, a Calero lo esperan en Alemania, y además en otro lugar ya le han dicho que tienen mucha curiosidad por el proyecto. Para él pudo escribir Nuria Claver: “Sobre mí toda la inocencia: // un paraíso de música y de silencios”. En poco más de veinte minutos leí el libro que ha publicado Huerga & Fierro. La poesía, como la música, arroja en el cerebro una arsenal de sensaciones...
Qué bonita está la noche: qué densa, así tan trabajada con voces ajenas. Leo entonces algo que Nuria Claver también podría haber escrito para mí: “Una luz dorada cruzaba entre las sombras”. Siempre ocurre lo mismo: cuando has leído un libro que te ha conmovido, cuando has visto una película que te ha estremecido en lo más hondo de ti mismo, sientes la insuficiencia de las palabras, temes que no tengas ni el talento ni la inspiración para encontrar frases rotundas, puntos de vista, una visión general que te permita expresar lo que querrías, mejor aún, cómo lo has visto, y qué manantial de incitaciones o de emociones sembró en tu cerebro, en el corazón, en la piel. Me ocurre eso con “Mar adentro”. He querido verla lo más pronto posible: no quería que me la contasen una y mil veces, he leído muy poco sobre ella, para zambullirme en sus imágenes, en sus diálogos, con una imposible pureza. La película me ha parecido de una rara y ondulada emoción que no se desvanece, ni siquiera cuando adquiere los matices más teóricos alrededor de la legalización de la eutanasia. Ramón Sampedro era un hombre brillante, un pensador, un inválido que había pensado mucho y que se había enriquecido, día a día, con la ópera, con la filosofía, con la lluvia que caía al otro lado de las ventanas, con el recuerdo del mar donde empezó a morir en vida, con la poesía y, sobre todo, con tanta gente que le fue a ver, que le iba a ver casi a diario durante un largo cuarto de siglo y le contaba mil y una historias. Alejandro Amenábar ha hecho una película que es como un vaivén constante de sentimientos. Sentimientos en cascada, vertiginosos, que rara vez se atropellan. Esta es una película de palabras justas, depuradísimas, pero ante todo es una película de miradas, hondas como el mar que se imagina Ramón, una película de silencios. El silencio puede ser como una sinfonía arrolladora de comunicación y de complicidad. El guión, con dos o tres caídas levísimas, es estupendo, sólido, urdido hasta en el último vocablo, pese a la utilización de tres lenguas: gallego, castellano y catalán. Y destacan la planificación, la construcción de escenas, el punto de vista, la relación entre el eco exterior de los deseos de Ramón y su serenidad lúcida, su afirmación constante en su idea de la dignidad funciona impecablemente, igual que funciona muy bien una idea que acaba siendo un sostén simbólico de la obra: la dicotomía entre la inmovilidad y el dinamismo de la imaginación, que le permite a Ramón soñar, viajar como un pájaro o plantarse en el mar; y como ha soñado eso, como ha viajado a la velocidad de la luz, en los dedos de una música de atmósfera, tiene derecho incluso a imaginarse que se encuentra en la orilla con Belén Rueda, que la besa, que le acaricia la espalda o el pelo, y que descubre el hombro levemente para alcanzar la tersura del pecho.
Hacía años que yo no veia una película donde todo el equipo de actores, seis, siete u ocho, estuviesen a un nivel tan increíble: el memorable Bardem, el intérprete que a todo se atreve, Belén Rueda, Lola Dueñas, en el mejor papel de su vida, en la mejor interpretación de su cada vez más interesante carrera, la maravillosa y casi inconcebible Mabel Rivera (Manuela, la cuñada de Ramón), Celso Bugallo, Clara Segura (creo que me he enamorado de ella), Joan Dalmau, etc. Y todos están espléndidos, integrados, armoniosos, en esa textura de emotividad que no cesa: conviven aquí las lágrimas y el dolor con el humor, incluso con el humor negro, con la ironía, con el amor (que lo hay a varias bandas). Y hay una buena utilización de los paisajes, una visión estilizada –no tenía por que ser totalizadora- de Galicia. Yo he visto en la película a mi madre (mi madre es idéntica en su manera de ver el mundo a Mabel Rivera), a mi padre, he visto una relación del hombre con la incertidumbre, con la protección, un sentido poético trufado de fatalismo, paganismo y resignación.
Y una de las cosas más satisfactorias para mí es la defensa que se hace de la libertad individual. Ramón Sampedro no quería ser el tetrapléjico que era todos los tetrapléjicos ni un símbolo colectivo: defendía su derecho a morir cuando la vida le robaba lo esencial: un movimiento definitivo en pos del amor y de las caricias de tan sólo dos metros. Así se lo dice a Belén Rueda, que está muy bien también, mejor cuando se ríe, mejor cuando la cámara capta sin perder permiso su fresca vitalidad de mujer sin doblez. Diáfana como la luz del mundo.
Querría transmitir una percepción final. Esta película me ha tocado muy adentro, tan adentro como la inteligencia de Ramón, tan adentro como el mar, entre otras cosas porque aquí he visto muchos aspectos de mis raíces. Ha sido un encuentro –en la química de las pasiones humanas- con ese territorio que llevo impreso en el alma, inyectado en sangre irremediablemente como si fuese arsénico del paisaje, como si fuese una grandiosa herida de melancolía en el centro de mis venas. Mi primer profesor en realidad fue una maestra y se llamaba Matilde. Lo que más me gustaba de ella era que olía a manzanas rojas y que apenas usaba la tiza. En su casa, conocida como la mansión de Gelito, se vendía fruta: uvas, peras, ciruelas claudias y aquellas manzanas rojas que mi madre compraba. En los aparadores de la cocina y en las estanterías del comedor de nuestra casa siempre había una o dos manzanas relucientes que esparcían un olor delicado, un olor a limpio y tal vez a rosas inundadas de rocío. A menudo, cuando terminaba las clases, que era de alumnos rezagados (algunos ya trabajaban en Carpintería Ferro o en Piensos Verdía Castro) o de párvulos, la propia Matilde se encargaba de pesar las piezas en una báscula dorada. Con ella aprendí a leer, a sumar y a restar, y me aficioné tanto a la lectura que devoraba todo lo que caía en mis manos. Incluso las vidas de santos de los almanaques. Aunque lo que más me gustaba de ella eran las lecturas que nos hacía. Se ponía de pie ante el encerado, exhibía a diario su colección de rebecas –mi compañero de pupitre y primo segundo, Leonardo de Celia, le contó hasta trece-, y empezaba a leer historias de brujería, relatos de aparecidos, cuentos de reyes antiguos con una voz deliciosa y honda. Su voz tenía una melodía exacta de manantial sereno que nace entre peñascos. Los jueves por la tarde nos contaba lo que ella llamaba relatos del país. Cuentos donde siempre aparecía la lluvia y un fantasma que, eso aseguraba, dormía durante el día en el misterioso soto que pertenecía a su familia y que no se encontraba muy lejos de la escuela. Y por la noche, como si fuese un murciélago gigantesco o una lechuza, el fantasma salía a deambular por el mundo y por las playas cercanas; antes de que irrumpiese la claridad del alba regresaba a la fronda y desaparecía en la espesa copa de los abedules y los pinos. Matilde era soltera y rara vez salía de casa: la veíamos allí, en su local, y alguna vez paseando por el jardín. O, durante el recreo, en la barbería de su hermano Jacinto. Poco más sabíamos de ella. Y tampoco yo hubiera querido saber más. ¿Qué me importaba a mí que nunca fuese a misa o que se le hubiese muerto su único novio conocido en una tarde de violento oleaje en el mar de Barrañán? Mi primo Leonardo me contaba eso y más cosas: que sabía inglés y francés, que bordaba sirenas y barcos con hilos de colores. O descubría el color de su ropa interior, por ejemplo, que era algo que parecía obsesionarle. Hoy, lleva bragas negras; hoy, bragas blancas con lazo azul; hoy, faja de vieja de color crema de membrillo, informaba con escaso sigilo. Mi padre, que estaba a punto de emigrar a Suiza, dijo con evidente enojo: “¿Qué puede importarle eso a un crío de cinco años?”. El mismo día que yo le conté que Leonardo me había obligado a mirar por debajo del pupitre con tintero para verle la entrepierna, y que en efecto usada ropa interior blanca o negra bajo la falda roja, me llevó casi al anochecer a la mansión. Preguntó por ella, por doña Matilde. Le contó lo que había ocurrido y le dijo que yo no volvería más a su clase, que lo entendiera, que se sentía avergonzado de mi comportamiento. Matilde me miró con más pena que reprobación, y dijo con vaga melancolía: “Todos tenemos curiosidad, y los mayores mucha más”. Volví a casa pensando que entre esos mayores a los que había aludido no se refería a los alumnos rezagados precisamente, sino a mi propio padre. Y al padre de Leonardo, al padre de Leonardo en particular. No me hizo demasiado gracia dejar las clases de Matilde, pero sabía que tarde o temprano tendría que abandonarlas para asistir a la Escuela Pública del pazo de Mosende, en Preguín. No me hacía ninguna ilusión porque veía a mi hermano Crisanto verdaderamente aborrecido. Desesperado. Más de diez o veinte veces, observé a mi madre a luz de la lámpara o del candil curándole las heridas. Era el alumno más odiado de don Antonio, don Antonio Salgar Bertamiráns, el profesor. Resultaba raro el día que no quebraba un palo de cañaveral en su espalda y en sus manos, y resultaba más raro aún que la piel de mi hermano no reventase de cardenales y de llagas. Crisanto era su víctima preferida, y no le importaba tenerlo dos o tres horas encerrado en el pestilente retrete a modo de castigo. Casi ni llegamos a coincidir: el mismo día en que mis compañeros me lanzaron al aire, una, dos, tres veces, por haber aprendido a multiplicar, Crisanto abandonó muy digno el retrete, entró en el aula y cogió el cabás. Se acercó al profeso, estupefacto, y le dijo: “Me marcho para siempre. Es usted una bestia”. Don Antonio cogió el palo de cañaveral (ese día se lo había renovado José Ferreirós. Todos teníamos la obligación de llevarle uno nuevo cada vez que se estropeaba el otro) y avanzó para golpearle. Mi hermano, que tenía ya trece años y era el estudiante más grande y más fuerte de clase, lo paró en seco: “Ni se le ocurra porque estoy dispuesto a matarlo”. Eso exactamente oímos todos. “Si no me voy ahora mismo, tendré que matarlo”, oí de nuevo. Y yo me sentí orgulloso de mi hermano. Esa es la verdad. Mi padre ya estaba en Vevey y mi madre trabajaba en el campo para otros. Entonces, no decíamos por cuenta ajena, sino a jornal. Crisanto, hasta que encontró su sitio, se empleó de aprendiz de sastre, de mecánico, de carpintero, y finalmente descubrió que lo que le gustaba de veras era la albañilería. Hoy, lo mismo trabaja en Santander, en A Coruña o en Muxía, y es un solvente contratista de obras. Al principio, don Antonio me convirtió a mí en el objeto de su resquemor y de su odio. Aprovechaba cualquier despiste mío, para sorprenderme con un auténtico latigazo; el impacto era tan tremendo, tan doloroso, que yo estallaba de dolor con un río de lágrimas y de sangre obstinada. Incluso me suspendió un curso. Es curioso, pese a su crueldad, a mí me gustaba la escuela y quizá su método de enseñanza. Ahora contábamos con tres pizarras y una buena biblioteca. Una de las ventanas daba a un magnífico jardín de membrillos, perales, manzanos, ciruelas y paraguayos. Y como el edificio había sido un antiguo palacio, con porches, escaleras de piedra, cobertizos y corredores, tenía la sensación de que entraba en una casa encantada. Jugábamos a la rayuela, a vaqueros, aprendíamos geografía a través de los equipos de fútbol, viajábamos a Roma o Grecia con cuentos mitológicos y con los héroes: Medea, Aquiles, Teseo, Ariadna, Helena, Ulises. Aprendíamos cosas de Estados Unidos gracias a las series de televisión como “Caravana”, “El virginiano”, “Los Monroe” o “Daniel Boone”. Don Antonio tenía casa en el pueblo, Santa Mariña de Lañas (Arteixo. A Coruña), y coincidíamos en las sesiones de televisión en Casa Recouso. Allí parecía otro: simpático, afectuoso, casi burlón, un ser humano, no la bestia que humilló a mi hermano, no el animal que me pegaba a mí con ira. Un día, nos anunció, ante una enorme bandeja de cacahuetes que pagó él, que estaban terminando el nuevo colegio de chicas y que la profesora iba a ser su mujer, doña Clara, que hasta entonces había estado en Betanzos. Aquella sí que fue una noticia que nos conmovió a todos. No es que modificase su mal genio, su crueldad insoportable, de la noche al día, pero se notó. Y mi madre tuvo un gesto insólito en ella: me envió a su casa para darle la bienvenida con una caja de galletas, una botella de quina santa Catalina y una docena de huevos. Era un domingo por la mañana, lo recuerdo perfectamente, de un 17 de enero. Había vendaval y un poste de la luz se había desplomado y carbonizó en el acto a un mulo. Había visto la nueva vivienda, que también era la nueva escuela de chicas, varias veces y desde lejos. Resultaba muy bonita con aquel color amarillo y tantas ventanas a la carretera. Llamé. Y me abrió una mujer. “Esto era para don Antonio y para usted. De parte de mi madre”. “¿Para mí?”. “Sí, eso me ha dicho mi madre”. Me atreví a decir: “¿Será usted la mujer de don Antonio, doña Clara?”. “Sí, sí, lo soy. La nueva maestra”. Su marido no estaba, había ido a buscar el pan. Me hizo pasar al comedor. Me pareció un comedor de ricos, elegante, lleno de libros, de cerámica, de cuadros. Lo miré todo, asombrado, con la codicia, la timidez y el pasmo del ignorante. Sufrí como una borrachera de sensaciones atropelladas. Dije: “Es increíble”. Ella preguntó: “¿Qué es increíble?”. Avergonzado, respondí: “Todo. Todo”. Me explicó los cuadros y enumeró los nombres de los pintores. Juraría que me dijo: “Yo también soy pintora”. De repente, en un pasillo espacioso, vi el retrato de una muchacha realmente guapa. Parecía un ángel, una diosa, una criatura de otro mundo. Se lo dije. “Nadie la ha definido así jamás”, contestó doña Clara. “¿Te gustaría conocerla?”. Jamás se me habría ocurrido pensar que las personas que están en los cuadros pueden estar vivas; siempre había pensado que los cuadros sólo se pintan a los muertos. Al instante, entró una niña de seis o siete u ocho años. “Aquí la tienes. Esta es Rosario. La niña del cuadro. Nuestra hija”. Enrojecí, tartamudeé, hubiera querido huir o desaparecer de súbito. Nunca había visto a una muchacha tan bella: carecía entonces y carezco ahora de los adjetivos adecuados para describirla. Apareció don Antonio con el pan, y su mujer le enseñó lo que yo le había llevado. “Él no es como su hermano Crisanto”, dijo. “Ni ella parece una bestia como usted”, pensé para mis adentros. Doña Clara, luego, me acompañó al camino, mientras Rosario miraba desde la ventana manchada de gotas de lluvia. Jamás he podido olvidarme de aquella estampa ni de sus ojos claros al otro lado del cristal empapado. Doña Clara sacó de un bolsillo un minúsculo libro, “La flor” de Rosalía de Castro, y me lo regaló. Ni me atreví a abrirlo, preñado de emoción, estremecido de felicidad. Poco antes de entrar en casa, hojée sus páginas y leí la dedicatoria de la autora: “A mi madre”. La historia no terminó aquí. Fui a verlas otras veces, a Clara y a su hija Rosario, con coñac bajo el brazo, con una porción de cerdo recién matado, que mi madre me había dado, o con un sombrero de moras o con flores del bosque, que yo había recogido. Nunca supe bien del todo cuál de las dos me atraía más. Eran dos quimeras distintas: Doña Clara era el tipo de maestra hermosa e inteligente que yo hubiera querido tener, y Rosario encarnaba un paraíso de pasión y dulzura que seguramente no me reservaría el destino en el porvenir. El día que mi padre, que regresaba de Suiza cada Navidad con un fajo de billetes en un bolsillo interior de su calzoncillo de felpa, nos dijo que había comprado una casa en otro pueblo más grande, Arteixo, enfermé de angustia, de amor, de melancolía. Crecí de golpe a una nueva forma del espanto y de la decepción. Ahora, cuando van allá más de treinta años, me he convertido en pintor. Un pintor relativamente famoso. Estoy a punto de presentar mi último trabajo, que combina óleos, acuarelas y dibujos con algunos textos de evocación y pequeños cuentos de fantasmas en noches de lluvia. Sólo os revelaré su título: “Clara y Rosario”. Algún día, estoy seguro, también pintaré a Matilde, aquella maestra que olía a manzanas rojas.
*Incluyo en mi blog este texto porque “Mar adentro” me ha hecho recordar algunas de las cosas que aquí cuento. El texto ha sido incluido en el volumen “Maestras” (Prames, en colaboración con el ayuntamiento de Bisecas), en el que también participan autores que quiero y admiro como Carlos Castán, Cristina Grande, Víctor Juan Borroy (escribe sobre María Sánchez Arbós), Julio Llamazares, Ramón Acín, Nacho García-Valiño o Daniel Gascón, entre otros. Una joven compañera de redacción, la encantadora becaria Blanca Alcalde, me preguntó ayer si sabía hacer algo más que escribir. Hace años, es cierto, también sabía hacer estanterías. Sé que a veces me excedo en la dimensión de mis textos, pero sólo aspiro a contar una porción insignificante de la vida y de lo que me emociona.
Hace dos o tres días que llevaba en la cartera un libro que sospechaba que iba a ser especial. Hablo de “La casa de papel” (Mondadori) de Carlos María Domínguez (1955), escritor argentino afincado en Montevideo desde 1989. Ha escrito con una prosa limpia y elegante una novela bellísima y sugerente sobre la enfermedad de los libros. El motivo central es una edición, llena de cemento, de “La línea de sombra” y el libro, de poco más de 100 páginas en apretada y bella caja, es en cierto modo una reescritura de ese libro prodigioso y perturbador de Joseph Conrad, el navegante polaco. La historia empieza con un hecho inverosímil, la profesora Bluma es arrollada por un automóvil mientras lee un poema de Emily Dickinson, algo que había anticipado su pasión de una noche en Monterrey, el enigmático Carlos Brauer, cuya afición desmesurada son los libros, cuya enfermedad son los libros, que los tiene en todas partes, tantos que acaba convirtiendo el salón de su casa en una biblioteca con estanques y corredores. No añadiré nada más del argumento, porque la lectura es un viaje, un salto al vacío, el ingreso hacia una biblioteca que siempre es, como escribió Borges, “una puerta en el tiempo”. Pero sí añadiré que el libro está lleno de intriga, de búsqueda, y que es un recorrido por el mundo de la literatura, de los libreros, de esta devoción enfermiza que está emparentada con la belleza y con la revelación permanente. Este es un libro de libros con una fascinante intriga, donde he leído cosas como ésta: “Un lector es un viajero por un paisaje que ha sido hecho. Y es infinito. El árbol ha sido escrito, y la piedra, y el viento en la rama, la nostalgia por esa rama y el amor al que prestó su sombra. Y no encuentro una dicha mayor que recorrer, en pocas horas diarias, un tiempo humano que de otro modo me sería ajeno. No alcanza una vida para recorrerlo”.
El lector y bibliófilo determinante de la historia se llama Delgado, y dice al protagonista: “La biblioteca que se arma es una vida. Nunca, digamos, una suma de libros sueltos (...) Usted los acumula en los estantes y parecen una suma, pero, si me permite, se trata de una ilusión. Seguimos ciertos temas y, al cabo de un tiempo, uno termina por definir mundos; por dibujar, si prefiere, el recorrido de un viaje, con la ventaja de que conservamos sus huellas”.
He sido tan feliz leyendo este libro, lo empecé anoche, de madrugada, tras escribir de los días inolvidables de Santiago Arranz en Fointenebleau, que lo he terminado esta mañana sobre la bicicleta estática. Y, en homenaje a la trama, he hecho algo que no había hecho jamás: he salido al basurero de papel y lo tiré. Ahora siento una indecible nostalgia. Sé que dentro de unas horas iré a una librería a buscar de nuevo a este Kurtz en forma de libro, a esta casa de papel extraña e insólita que me ha llevado también a pensar en las fotos de Andrés Ferrer sobre las soledades de La Patagonia.
Por ahora no escribiré más. Pero sé que un buen puñado de mis amigos –Pepe Melero, con quien comí ayer, en una de las mejores veladas de mi vida, Fernando Sanmartín, Félix Romeo, que ya lo habrá leído, Julio José Ordovás, Ángel Artal, José Manuel Pérez Latorre, Gerardo Alquézar, Adolfo Ayuso, Pedro Rújula, Ismael Grasa, Cristina Grande, Fernando García Mongay, Carmen Santos, que estrena libro y agente literario: Carmen Balcells, Antonio Pérez Morte, Mariano Gistaín, Javier Torres, Antonio Pérez Lasheras...- acabarán comprándolo. El tiempo pasa para todos, pero no borra los recuerdos. Sería hacia 1987 cuando se fallaba el premio de Poesía Ciudad de Zaragoza, y uno de los ganadores fue un joven llamado Francisco J. López Serrano de Épila. Me dieron su teléfono y llamé a su casa. Me dijeron: “No es el primer premio que gana. Pero ahora no puede hablar con él porque está en los campos, lejos, trabajando en la manzana. Lo avisaremos”. Volví a llamar cuando caía la noche, cuando el poeta había vuelto a casa con los ojos inundados de un oloroso atardecer de hojas amarillas, de un rasante vuelo de vencejos. Hablamos. No logro recordar la conversación, pero sí mi estado de ánimo, el nerviosismo del joven, mi fabulación exagerada acerca de una vida de poeta del campo que se extravía entre los frutales y los pámpanos. Luego, el poeta también se hizo novelista y cuentista, y de golpe reapareció como traductor. Un traductor nada convencional que lo mismo trasladaba al castellano a Dante Gabriel Rossetti en “La casa de la vida” de Pre-Textos que a Thomas Hardy, mucho más conocido como novelista, en un libro bellamente titulado: “El gamo ante la casa solitaria” (Pre-Textos), traducciones en las que más que la literalidad del poema, la exactitud palabra por palabra, se busca “la re-creación o transcreación: es decir, el empeño en lograr una creación paralela autónoma vinculada a la obra original por una relación, digamos, isomórfica” [Acudo un momento al diccionario de la RAE y al María Moliner, compruebo que esa palabra no existe allí, pero sí “isomorfismo” e “isomorfo”, y leo: “Aplícase a los cuerpos de diferente composición química e igual forma cristalina, que pueden cristalizar asociados; como el espato de Islandia y la giobertita, que forman la dolomía”], en las que usa la rima, elección que obedece “al deseo de ser fiel al mayor número posible de elementos del poema original”. Estos subrayados aparecen en el prólogo de su última traducción: “El mercado de los duendes” de Christina Rossetti, hermana de Dante Gabriel, una mujer enigmática de escasa biografía, bonita, que ha hecho pensar en Emily Dickinson (la escritora norteamericana que está apareciendo mucho aquí últimamente). El libro aparece de nuevo en Pre-Textos, en la colección “La cruz del sur”, y hay piezas extraordinarias. Delicados poemas de amor y desamor, una composición larga que da título al conjunto, ecos de Shakespeare y una lírica de elevada inspiración, dotada de sentido musical, de audacia y de una hondura cautivadora. La escritora Antonia S. Byatt se inspiró en ella para crear uno de sus personajes de “Posesión” (hay edición española en Anagrama), uno de sus villancicos suena en todas las casas inglesas por Navidad, “El mercado de los duendes” ha sido comparado con “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll, y la pieza “Remember” es una de las obras más famosas del mundo para despedir a los difuntos. Hay muchos textos que podría elegir, pero “Recuerda” (Remember) es especialmente conmovedor:
Recuérdame después de haberme ido; Cuando, bajo la tierra silenciosa, No me alcance tu mano temblorosa Ni pueda desandar lo recorrido.
Recuérdame sin más cuando, perdido Nuestro sueño común, como la rosa Marchita, esté; pues ya ninguna cosa, Promesa o ruego, llegará a mi oído.
Mas si me olvidas por un tiempo, amado, No sufras si el recuerdo luego insiste. Si tinieblas y vermes han dejado
Algún vestigio de mi pensamiento, Prefiero que me olvides si contento Estás a que me evoques y estés triste.
Anoche, hacia las tres de madrugada, digo, leí a Carmen este poema:
Fui yo quien de los dos amó primero, Después tu amor se alzó y tan desmedido Fue su canto que ahogó el dulce sonido Del mío. ¿Quién dio más? Fue duradero
Mi amor, desbordó el tuyo su venero Un instante. Te amé y te he comprendido, Me amaste tú por lo que soy y he sido. Peso y medida para el verdadero
Amor no cuentan. “Tuyo” y “mío” son Palabras que no entiende. Separados El amor alza el vuelo. Dos es uno
Y uno es dos en amor, ambos fiados En la fuerza y sentido de esa unión. Nosotros somos del amor ese Uno.
Fue la culminación de un día donde hablé demasiado. Como siempre. Les pregunté a mis hijos si me había vuelto rabioso o paranoico. (Durante la comida, gozosamente, Fernando García Mongay me contó historias preciosas de González-Ruano y John Carlin en Sitges, emocionadas anécdotas del guardia civil aragonés que fotografió Capa, y además se compró uno de mis últimos libros predilectos: “La hermandad de la uva” de John Fante (Anagrama). Nos dijimos en un momento: ¿Y si fundásemos una editorial de fotografía y periodismo?). Y esta mañana me despido por unas horas del libro “El mercado de los duendes” con este cuarteto:
Sueño contigo hasta la madrugada, Quién pudiera soñar eternamente Sin despertar jamás, sin ver que ausente Está mi amor cual un ave emigrada.
Son versos de Christina Rossetti. Son versos de Francisco J. López Serrano, a quien vi un instante en el III Festival de Poesía del Moncayo. Como lector, soy un defensor absoluto de los traductores y mi lista de favoritos es interminable: Emma Calatayud, Consuelo Berges, Eloísa Álvarez (traductora de mi amado Miguel Torga), Esther Benítez, José Luis López Muñoz, José Antonio Llárdent, Ángel Crespo, Paco Uriz, Octavio Paz, Genoveva Dieterich, Julio Cortázar, Maribel Cruzado y ahora, de nuevo, López Serrano, aquel poeta oculto bajo la fronda de los manzanos... Por cierto, la Casa del Traductor está celebrando unas nuevas jornadas de traducción. Sólo se ha presentado una persona, de Madrid, para sustituir a Maite Solana, madre feliz en Barcelona junto al traductor inglés Peter Bush, el hombre que publicó el libro “Spain” e incluyó un cuento sobre Patricio Julve y Ken Loach en el apartado de Aragón. ¿No sería bonito que fuese López Serrano? Pero no, es una mujer... Hablé ayer con Julio José Ordovás, que ya está a punto de recibir las pruebas de “Días sin día” (alusión a Juan Ramón Jiménez, ese extraordinario poeta. Uno de los libros de mi juventud lejana fue la “Segunda antolojía poética” y una edición primorosa de “Arias tristes”, y otra posterior, con notas, de “Diario de un poeta reciéncasado”), y me dice que echa en falta mis paseos con Noa, la mastina del Pirineo. Saldré dentro de un rato a un Garrapinillos en fiestas. Me he dado cuenta de que llovizna suavemente.
Me voy al Auditorio a la cinco en punto de la tarde. Anda por allí mi amigo Peña, el cámara de RTVA, que siempre me trata de usted. Dice, mientras busca los ángulos propicios para enfocar a José Manuel Pérez Latorre, que es de San Sebastián, pero que ha vivido en tantos lugares de España que no sabe muy bien de dónde es. Resulta tan insistente y perfeccionista en sus planos que Pérez Latorre me dice: “Será vasco pero es más tozudo que un aragonés”. Y luego, ante la cámara, el arquitecto del Auditorio cuenta un poema arquitectónico: sus viajes, sus motivos de inspiración, el uso de las columnas y las cúpulas, emulando a La Seo, y habla de la cueva del tesoro, y habla de un edificio democrático sin palcos, construido con madera que parece oro. Peña acaba seduciéndolo y José Manuel exhibe una corbata roja del actor, director y diseñador John Malkovich. Este hombre, de flequillo rebelde, es pura elegancia. Luego conversamos con Pedro Purroy, que parece un maestro ruso con los pelos al viento, un Alberti joven y en Zaragoza. Habla de lo que significó el Auditorio –el mejor edificio del siglo XIX y del XX en Zaragoza: el buque insignia de la cultura en Aragón que nos ha ayudado a subir dos, tres o cuatro escalones en diez años- y elogia el trabajo de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón, y elogia el riguroso trabajo de Miguel Ángel, que hace milagros a diario con un presupuesto de 350 millones de pesetas al año. Hace poco vino por aquí un programador de Canarias y se quedó patidifuso con el presupuesto. Recordó que allí tienen un montante de 3.000 millones de pesetas al año y que organizan un Festival durante un mes que cuesta más de 800, y nadie, nadie, se rasga las vestiduras. Miguel Ángel Tapia está feliz. Ha sabido repartir juego e integrar en su proyecto, en el proyecto colectivo de Zaragoza y Aragón que es el Auditorio, a formaciones solventes: Al Ayre Español, la orquesta de Cámara Enigma, que dirige Juan José Olives, el Coro Amici Musicae, que dirige el navarro Andrés Ibiricu, y la citada Orquesta. Hablamos y hablamos de esto y de aquello, y del concierto de los días 5 y 6 de octubre con un programa de García Abril y Beethoven. Hace ahora diez años, José Manuel Pérez Latorre me concedió una entrevista para hablar del Auditorio, creo recordar que fue la única por extenso, y no se le ocurrió otra cosa que decirme que nos íbamos al monasterio de Poblet y allí hicimos una entrevista para la historia, perdonen la inmodestia. Dentro de unos años cuando se quiera saber lo que quiso hacer José Manuel, cómo lo hizo, cómo concibió el lugar de la música e incluso su decepción ante injustas críticas, tendrá que revisar esa entrevista. Fue un día memorable: nos hicimos fotos, paseamos entre las tumbas y los claustros, y recuerdo que José Manuel puso su Mercedes a 220 kilómetros por hora. Fue una aventura inolvidable con un poco de temeridad.
Me voy con José Manuel de paseo. Hablamos de todo: de La Romareda, de Belloch, de política cultural, de un vasto círculo de amigos, de su entusiasta condición de abuelo por partida doble. Y nos fuimos a una tienda de antigüedades de San Andrés –el arquitecto, que acaba de leer con entusiasmo dos biografías sobre Anthony Blunt y André Malraux, posee 50 mantones de Manila, nada menos-, vimos una mesilla de noche cubista, pero no compramos nada. Después entramos a un precioso café de la calle Alfonso, que hizo una arquitecta catalana. No recuerdo su nombre pero vi una foto suya, no es Carmen Pinós, os lo aseguro, y me pareció misteriosa, atractiva y absolutamente seductora con su melena al viento ante el espigón del mar, en una de esas tardes donde la luz se riza de un oro neblinoso que se desmaya en el horizonte. Nos encontramos con dos amigos suyos, María y Benito, y recordamos los amores de Ava Gardner. Estos días va a aparecer un libro de Marcos Ordóñez sobre la vida en España de la mujer que encarnó “La condesa descalza”. Ava también estuvo en Zaragoza y tengo una enorme curiosidad por el libro que me llegará la semana que viene. José Manuel y yo entramos en la FNAC y allí nos encontramos con la exposición de fotos digitales de Bigas Luna y de fotos de sus películas. Me gustó, de nuevo, esa estampa marina de una mujer opulenta, de exuberantes pechos mecidos por el oleaje; de un pezón, en un determinado momento, brota un curvo reguero de leche que se mezcla con la blancura renovada de la espuma. Hay allí muchas chicas bonitas. Muchas: Marisancho Menjón, que está realizando un excelente trabajo en la revista “Qriterio” (es la verdad: no hay aquí galantería gratuita), Isabel Soria, que es un puro sinvivir de proyectos, Beatriz, la deliciosa muchacha pecosa de Ad Hoc, y Ana Latorre con su corsé, que me hace pensar en Frida Kahlo. Ella, Ana, alzada sobre el mundo, es mucho más bonita y próxima. Me reprocha que soy antisocial. Es cierto. En lugares así, me desangro en timidez y debo huir a mis soledades. Hablé dos veces con Bigas Luna y siempre fue muy cordial; lo veo hablar desde fuera, desde el pasillo. También estaba Eva Magaña asomada a sus grandes ojos de yegua saltarina y perpleja, y la escritora y periodista Laura Marina García, que está embarazada. Y había otros amigos: Javier Espada, Santiago Gascón (hablaba antes de Manila: así se titula un libro de Santiago, “Manila” [Xordica], uno de los más bonitos libros de relatos que se han publicado en Aragón en la última década. Veía antes mucho a Santiago, fuimos grandes amigos, estuvimos juntos en Málaga, y admiro muy sinceramente sus cuentos. Ha trabajado en un taller de guión con Bigas Luna), Hermógenes (de la Nicolasa), me encontré con Miguel Ángel Longás, que se va de profesor a Fraga y busca editor para un poemario en prosa. Me despido de José Manuel, que es muy amigo de la mujer zaragozana de Bigas,y escucha al cineasta artista...
Compré la película “Plenilunio” de Imanol Uribe y pensé en adquirir también una autobiografía vienesa de Arthur Schniztler (no lo hice porque estoy fascinado con un nuevo libro, “Un mes en el campo” de J. L. Carr, que acaba de publicar Pre-Textos, y me emborracho de libros yo solito). Salí a la calle. En la calle Ciprés, me esperaba Miguel Marcos –con quien cené la otra noche, hasta casi las dos en Casa Colás, con él y con Alfredo Romero-. Prepara su exposición para el Palacio de Sástago y otra, de periódicos y fotos, sobre la historia gráfica de sus galerías en Tarragona, Zaragoza, Madrid y Barcelona. Miguel tiene manos de plata o de cabritillo, tal vez de muchacha de instituto habituada a acariciar las rosas. Es cierto. Le encanta enseñar sus cuadros, vive la pintura con auténtico fervor, como un niño que paladea el arte como se paladea un bocadillo de salchichón en un atardecer de merienda. Los Broto rojos de sangre o de tintura de fresa machacada, un Barceló gigantesto, la pintura literaria de Carlos Franco con ecos de Gauguin, el encuentro en Velázquez de una época muy figurativa de Manolo Quejido, la sobriedad a la manera de Mark Rothko de Yturralde, un Carlos Alcolea de 80.000 euros... También estaba el refinado lirismo de Menchu Lamas con sus gatos. Todo un placer para los sentidos y para la imaginación. Por allí, como un amanuense esforzado y pugnaz, anda Alberto Serrano...
Ha caído la noche. En la despedida me cuenta Miguel una bonita anécdota. En la calle Ciprés antaño, cerca de su galería, había un especie de estercolero y un pelotón de gatos. En el interior se exhibía una escultura de Francisco Leiro, de madera compacta, que representaba al pintor y paisano Antón Lamazares. Me dijo que los gatos se quedaban en la puerta, como estupefactos e inmóviles, mirando aquel cuerpo esbelto que se inclinaba ligeramente hacia delante. Me dijo que no era una invención: conserva un puñado de fotos de gatos negros que miran la escultura y se olvidan del mundo. CUENTOS DE MARTÍN MORMENEO / 10
“Suba”, le dijo una joven desde el interior del coche que paró a su lado. La perra gruñó e hizo un ademán de arañar el Audi 3, metalizado en azul oscuro. “Vive ahí, ¿no? Lleve al animal a casa que lo espero”. Tardó poco más de treinta segundos. Sucedió todo tan de prisa que Martín Mormeneo ni tuvo tiempo de pensar. Miró adentro y reconoció a la muchacha. Era la que había visto pasar, días atrás, por medio del descampado. -¿Hacia dónde vamos? –preguntó ella. -Irías hacia alguna parte. -A una verbena. -Entonces, casi mejor que cambiemos el rumbo. -No me digas que no te gusta bailar. ¿Conoces algún bar? –volvió a preguntar ella. -¿Que esté abierto a las dos de la mañana? Creo que no, salvo que vayamos a la ciudad. -Ya buscaremos algún sitio. Martín Mormeneo la miraba de reojo. En la oscuridad sólo relucía su piel blanca. Las luces del salpicadero dibujaban algunas sombras en su rostro y matizaban el brillo aterciopelado de sus ojos. -No me mires así, que no puedo devolverte las miradas –dijo ella. -¿De verdad te llamas Sonia? -¿Cómo te gustaría llamarme? -Sonia. No se atrevió a decir, Sonia, la presuntuosa. Era endiabladamente bonita. Tenía una conducción tranquila y en el interior del Audi olía muy bien. Ella también olía bien, a bambú tal vez. No pudo eludir una mirada a sus piernas. Aquellos muslos eran una promesa de felicidad. Los tentadores muslos de un sueño. Dieron vueltas por El Cuenco, Torremedina, por la carretera angosta hacia Casetas. Martín Mormeneo estaba hechizado por la noche, por los chalés con sus arboledas y por la inesperada compañía. Le dijo: -Vengo a menudo por aquí. Me gustan los huertos, los albérchigos, las higueras, los manzanos. Alargas una mano y coges lo que te apetezca: una morada breva, un melocotón. Además, hay una casa que me gusta mucho, toda cerrada de mirtos. Se llama “El Aleph”. Siempre juego a pensar que ocurre dentro, en los jardines, cuando cae la tarde. -A ti te gustan mucho las casas ajenas. He visto cómo miras hacia la ventana de mi cuarto. ¿A qué te dedicas? -Paseo a mi perra y observo la vida. -¿Sólo eso? -Lo demás tiene muy poca importancia. -He oído decir que eres fotógrafo. -Sí. Fotógrafo de tambores y bombos. -Ya veo que tienes un gran sentido del humor. ¿Qué quiere decir eso de “Fotógrafo de tambores y bombos”? -Es una historia muy larga. -No tengo prisa y estoy segura de que la perra ya se habrá dormido. Paró el coche en medio de un recodo de la carretera, en una alargada alameda. Martín Mormeneo iba hasta ella a menudo en su bicicleta. La noche, aunque no había aparecido la luna, tenía una claridad azulenca e íntima. Sonia dejó encendidas las luces del salpicadero. -Me debes una historia. -Es muy poco interesante. -Eso ya lo decidiré yo. Cuenta... -Soy fotógrafo de casualidad. Durante años he trabajo de secretario de ayuntamiento en varios municipios. Pero en uno de ellos, en Urrea de Gaén, descubrí la Semana Santa. Ya te he dicho que es una historia muy poco interesante. Allí, logré instalar mi taller de fotógrafo aficionado. Hice muchas fotos, conseguí publicar un par de libros, y un día puse un letrero con mi nuevo oficio: “Martín Martín Mormeneo. Fotógrafo”, y le añadí un título un poco pomposo: “El hombre inscrito en el paisaje”. Continué tomando fotos de casi todo: de la vida diaria, de los ancianos en las callejas, de las granjas de cerdos, del cementerio (he sido un fotógrafo de cruces y de nichos, ya ves, rarezas de artista), y finalmente encontré un motivo de inspiración en la Semana Santa: en el vestuario, en el tercerol, en los desfiles y procesiones, en los talleres donde se fabrican tambores y bombos, en la rompida de la hora. A los cinco años cambié el rótulo y puse: “Manuel Martín Mormeneo. Fotógrafo de tambores y bombos”. Y cuando vine aquí, un amigo, Pepe Melero, me regaló una placa de cerámica de Muel con esa inscripción, y la he colgado en mi casa. Es casi una ironía. Aquí, con esa publicidad, me encargan pocas cosas... -Yo querría encargarte algo muy especial. -¿Muy especial? -Sí, pero antes necesito conocerte mejor. Martín Mormeneo adelantó una mano hacia su respaldo, que pareció reptar distraídamente hacia la cabeza de Sonia, y hundió sus dedos en el pelo de la joven. El fotógrafo pensaba que la primera caricia, delicadísima, debe empezar por el pelo. -¿Cuándo vas a besarme? Lo hizo. Con suavidad, con lentitud, como si explorase la pulposa textura de sus labios; luego con hondura, lengua con lengua, con el rabioso frenesí de dos desconocidos que se encuentran sin aliento en un beso, con la ansiedad de dos desconocidos que se andaban buscando. Sonia se retiró para mirarlo a los ojos. Alargó uno de sus brazos hacia su cuello y aproximó el otro hasta los botones de su camisa. Martín Mormeneo temblaba; le habría gustado pellizcarse para sentir el gozoso dolor de estar vivo. Sonia, de nuevo, tomó la iniciativa: -Vamos a ver qué más sabes hacer. Los asientos se reclinaron automáticamente. La alameda, cómplice y oscura, agrupó sus copas de fronda y se encendió de gemidos. Zaragoza fue decisiva en mis lecturas en gallego. En la librería Hesperia, de Luis Marquina, compré muchos, muchos libros en un tiempo en que quería ser escritor en gallego. Monolingüe absoluto. Lo fui, primero, en una buhardilla de la calle LasArmas 138; ensanché mis libros y mis lecturas en la calle Toledo, 20 (en esos dos sitios compuse hasta tres poemarios que he perdido para siempre; el mejor, de quince poemas, algunos largos, varios rimados, fue “O praial dos afogados”, y uno de ellos apareció en la revista “Nordés”) y lo fui durante unos años en la calle Estudios 11-13, donde redacté mis primeros libros en prosa: cuentos de tema artúrico, cuentos legendarios de la Galicia de Breogán, Brigo y otros héroes celtas, cuentos del mar que integrarían el volumen “Mitologías” (IFC, 1987), anticipo de “Vida e morte das baleas” (Espiral Maior, 1997). En “Hesperia” compré varios libros de Manuel María Fernández Teixeiro (Outeiro de Rei, 1929), Manuel María a secas para la literatura, y recuerdo en particular uno menor, de teatro, como “Barriga Verde”, un personaje mítico del panorama escénico clásico de Galicia, que era una farsa para títeres. Lo leí y lo releí varias veces en aquella colección de “O Moucho” de Castrelos, la empresa de Xosé María Álvarez. Ahondé durante años en la poesía, la no tan escasa narrativa, los textos de viaje (especialmente la serie “Andando a Terra”, que firmaba en “A nosa terra” con el seudónimo de Hortas Vilanova) y en su figura de procurador en Monforte, librero, narrador oral prodigioso y gran rapsoda, además de ciudadano del mundo que no podía vivir al margen de la política y del galleguismo. Había sido amigo y contertulio de Luis Pimentel, Aquilino Iglesia Alvariño o Ramón Piñeiro, en Lugo, y se reencontraría con alguno de ellos en Santiago, y además con Uxío Novoneyra, Fermín Bouza Brey o Ramón Otreo Pedrayo. Son muchos los libros de él que he leído –he cantado por las noches, miles de veces, su pieza “O carro”, que popularizó Fuxan os Ventos: “Non canta na Cha ninguén, // por eso o meu carro canta//, canta o seu eixo tan ben, // que a señardade me espanta”-, y me quedo quizá con tres: el primero, “Muiñeiro de brétemas” (Molinero de brumas, que apareció en la mítica colección Benito Soto en 1950. Lo acarició ahora en edición facsímil), y dos volúmenes para niños, “Os soños na gaiola” (Los sueños en la jaula, 1968) y “As rúas do vento ceibe” (Las calles del viento libre, 1979). Hace algo más de un años, Espiral Maior publica en dos volúmenes estuchados su “Poesía completa”, una lírica pautada por tres aspectos: la poesía del paisaje y del amor, la poesía social, constante, y una tercera más metapoética o de meditaciones acerca de la poesía misma y de cómo escribe uno. Esa edición, primorosa y galardonada, lleva su retrato de clásico griego con barba blanca y una aparente dureza que nunca fue tal. “He escrito porque no siempre he tenido con quien hablar”, dijo una vez.
Conocí a Manuel María en Andorra La Vella, con poetas como Xulio López Valcárcel, Cesáreo Sánchez Iglesias, Manuel Forcadela, la inolvidable Luisa Villalta –fallecida hace unos meses de una enfermedad contagiosa: era una mujer de seda y rabia, delicada como la caricia del aire sobre el mar, furiosa como un toro malherido, sensible como un violín rasgado en una tarde de lluvia- o Manuel Miragaya, entre otros. Recuerdo que le hice unas fotos, poco después de haber retratado a Miquel Marti i Pol y a Joan Perucho y a su esposa. Manuel María me dijo: “Tira, tira, las fotos que quieras. Siempre salgo bien”. Era verdad, siempre salía bien, solo o con Saleta Goi, su mujer, su musa, su cómplice, su enfermera. Durante el camino de vuelta, Manuel María, que tenía una ascendencia paternal sobre todos y que parecía saber de lo divino y lo humano, no paró de contar historias. Habló de Ánxel Fole, de Otero Pedrayo, de Álvarez Blázquez, de aquella editorial que fundó y dirigió, Val de Lemos, o de aquel proyecto que se llamó “Escolma de poetas de Outeiro de Rei” (1982), en el que realizó un juego de apócrifos inventando poetas de su tierra desde la Edad Media. También recordó “Cantigueiro orcellón”, que publicó bajo el seudónimo de Ernesto Alfonso Reque Varela.
Manuel María moría el pasado viernes. La primera persona que me lo dijo fue Juan Abeleira, que está entusiasmado con el último libro de su compañera Olga Novo: “A cousa bermella” (Espiral Maior, 2004). Me dijo, medio en serio, medio en broma: “¿Por qué nunca me llamáis al Festival Internacional de Poesía Moncayo?” y me anunció la muerte de Manuel María, un maestro de esto y de aquello, una referencia. Lo veo en un último momento, junto a Saleta, y recuerdo a Celso Emilio Ferreiro con Moraima. Y bajo al sótano a repasar los dos volúmenes, de fondo, azul de Espiral Maior. Y a leer en voz alta:
“Eu son para min toda-as interrogacións, todal-as estatuas, todol-os misterios, e todal-as cumes xeadas de evanxeos. Os ollos contémprame Na impura prata dunha soma Moendo ó vello sembrante Que borra ó indecible desta morte Chea de agonías e de bágoas”.
Yo soy para mí Todas las interrogaciones, Todas las estatuas, Todos los misterios Y todos las cumbres heladas del evangelio. Tus ojos me contemplan En la impura plata de una sombra Que muele el viejo semblante Que borra lo indecible de esta muerte Llena de agonías y de lágrimas.
Es el poema final del libro “Muiñeiro de brétemas”, publicado en 1950. Manuel María tenía entonces 21 años. Punteros de gaita lo acompañaban como a aquel niño del entierro pobre que cantó su amigo, otro maestro de posguerra, Luis Pimentel. 1. Desde hace algunas noches, me encuentro con el vigilante Jorge, que es de San José, fue legionario con 18 años y conoce los suburbios de la vida, de los que ha sabido escapar. Jorge hace guardia desde la medianoche hasta las seis y media. Coge el autobús y marcha a su barrio. Me cuenta historias de amigos que se han quedado en el camino de los excesos, la delicuencia y la droga, sobre todo. Fuma negro y rubio, y se acompaña de una linterna gigantesca. Hoy ha observado dos cosas: la noche, tras la pirotecnia del fin de fiesta, se ha quedado suave y luminosa, con una brisa agradable y varios conciertos de grillos, y me recordó un viaje cuando era muy joven a los San Fermines. Fue un bonito pretexto para hablar de Antonio Ordóñez, de “Fiesta” y de “Muerte en la tarde” de Ernest Hemingway. Bebió tanto que regresó a Zaragoza en taxi. Tiene algo de señor de la noche que va de aquí para allá, en las obras y en las calles, zafándose del sueño, como un zombi desvelado. Si oye un ruido, ahí está, al acecho. Vio a mi perra y se acercó. Ya es casi una moradora más de su atmósfera nocturna: ella, gigantesca y peluda, parece buscarlo. Lo busca y lo encuentra, y trisca entre los terrones y los despojos. Yo contemplo el horizonte –Alagón, Torrepinar, Casetas...- y pienso que la noche tiene algo romántico, y pienso que Jorge es un personaje literario de novela negra. Luce un bigotito delineado, corto, y un pelo undoso y negro, más bien largo.
2. Siempre me acompaño de algún libro. Han venido Javier Torres y su hijo Iván –el seguidor de Fernando Alonso, que le ha vuelto a fallar- y me trajo algunos libros muy bonitos. Uno de los que más me han gustado es “Los Cien Oscenses del Siglo XX”, un volumen colectivo, nacido de la publicación “Las 4Esquinas”, aunque lo firma José-Antonio Bellosta. El autor que más perfiles ha escrito es el malogrado Julio Brioso que, a su vez, tiene una voz propia. Me han gustado muchos textos, los tres de ese excepcional investigador y periodista que es Víctor Pardo Lancina (sobre Manuel Sender, Pepín Bello y Ramón Acín), el de José-Luis Martín Retortillo sobre Julio Alejandro, el del propio Bellosta sobre la bella Gloria Paraíso (que alcanzó fama como actriz bajo el nombre de Gidia Paradís), los de Julio Brioso ofrecen siempre un elevado nivel, y también me ha gustado la voz Carlos Lapetra de Pardina, o la de Eugenio Monesma, realizada por Inglada. Es un libro ameno, de género, con fotos, que debe figurar en nuestras bibliotecas. La lista, está claro, es incompleta, y falta mucha gente con importante obra: Isidro Ferrer (oscense ya), Pilar Nasarre, Sol y Katia Acín, Ismael Grasa, Pepe Cerdá, Julieta Always, Mariano Gistaín, Santiago Arranz, Ximo Lizana, etc.
3. La Casa del Traductor de Tarazona anuncia para los días 22, 23 y 24 de octubre las XII Jornadas en torno a la traducción literaria. La conferencia inaugural, en el monasterio de Veruela, correrá a cargo de Soledad Puértolas, que tendrá el sábado un encuentro con sus traductores, moderado por Mario Merlino, traductor de António Lobo Antunes. Uno de los talleres más interesantes lo impartirán Marta Pino y Amaya García, con el título de “La traducción asistida por ordenador: ‘Trados’”. Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) fue el Premio de las Letras Aragonesas de 2004. La otra presencia muy atractiva es, el domingo, a las doce y media, la de Alberto Manuel, que impartirá una conferencia. Manuel es un estudioso de libros, de imágenes y de autores. Habrá que oírlo. Es un gran erudito. La noche se había quedado sondormida, con olor a barro, como si exhalase un aroma a tierra estremecida, volteada por los grillos y por las invisibles azadas del viento. Jorge, el guardián de las sombras, no apareció: salí casi media hora antes de lo previsto, tras ver “Quiero ser como David Beckham”, y la perra estuvo hoy muy silenciosa, tanto que pareció haberse extraviado para siempre en la maleza. Hoy no tengo demasiadas cosas que contar. Me duele la cabeza desde hace varios días. Quizá podría decir que he visto a Rafael Margalé, que sigue recogiendo fotos de peirones y cruces alrededor de Aragón con su mujer Irene, que he hablado con Pedro Rújula, que está a punto de editar a Pirala y trabaja en la primera maqueta de un libro sobre Calanda, y que he conocido al joven Jorge Sancho, que está a punto de estrenar una obra para orquesta de cámara en Boston. He recibido un bonito correo de Víctor Juan Borroy, otro de Víctor Pardo, muy emotivo, de esos que te empujan a ilusionarte cada día y a buscar nuevas cosas que contar cuando ya no quieren que cuentes nada, y varios de Javier Burbano, que recuerdan su amistad con Alejandro Amenábar. Bajo la parra, he disfrutado durante media hora de la antología “En la luz respirada” (Cátedra. Letras Hispánicas) de Antonio Colinas, que contiene el libro suyo que más me gusta, “Sepulcro en Tarquinia”, y “Noche más allá de la noche” y “Libro de la mansedumbre”. El primero se abre con esa pieza esculpida en sutileza y emoción, en alada belleza, que es “Simonetta Vespucci”. Es uno de los poemas que me hubiera gustado haber escrito.
Simonetta, Por tu delicadeza La tarde se hace lágrima, Funeral oración, Música detenida. Simonetta Vespucci Tienes el alma frágil De virgen o de amante. Ya Judith despeinada O Venus húmeda Tienes el alma fina del mimbre Y la asustada inocencia Del soto de olivos. Simonetta Vespucci, Por tus dos ojos verdes Sandro Botticelli Te ha sacado del mar, Y por tus trenzas largas Y por tus largos muslos. Simonetta Vespucci Que has nacido en Florencia.
Mis otras dos piezas preferidas son la de Giaccomo Casanova y la de Ezra Pound. Casanova dice:
(...) Y yo sólo deseo salvar mi claridad, sonreír a la luz de cada nuevo día, mostrar mi firme horror a todo lo que muere. Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca, Traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces, Sueño con los serrallos azules de Estambul.
Y el de Ezra Pound tiene un principio inolvidable:
Debes ir una tarde de domingo, Cuando Venecia muere un poco menos...
Y acaba así:
En esa callejuela con macetas, Sin más salida que la de la muerte, Vive Ezra Pound.
El poema a Novalis parecía escrito para esta noche:
Oh Noche, cuánto tiempo sin verte tan copiosa En astros y en luciérnagas, tan ebria de perfumes.
(...) Noche, Noche dulcísima, pues que aún he de volver Al mundo de los astros, deja caer un astro, Clava un arpón ardiente entre mis ojos tristes O déjame reinar en ti como una luna. Acabo de perder varias notas: sobre las fotos de Mariano Gistaín, que son admirables, la novela en color de una vida de gestos, la crónica gráfica de un mirón selectivo; sobre el diario de Miquel Barceló, “Cuadernos de África” (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), en el que lo más chocante es la atmósfera de la selva, el viento de arena que impregna los lienzos y el escepticismo casi fatalista del creador y artesano Barceló, al que no le estremecen ni las mujeres de senos puntiagudos ni las historias de la gente anónima. También he perdido unas notas sobre el libro “Memoria y esperanza. Un mensaje a los jóvenes” de Mario Benedetti (Destino), y quiero rescribir este fragmento sobre su pasión por el deporte: “En Uruguay fui un asiduo concurrente a canchas y estadios y aún conservo el nítido recuerdo del afecto con que las ‘hinchadas’ acompañaban las jugadas a veces geniales de sus ídolos. Sin ir más lejos, la victoria de Maracaná, donde Uruguay derrotó a Brasil en la Copa del Mundo, fue, para un país pequeño como el mío, un hecho glorioso, casi equivalente a la declaración de la Independencia. Como un testimonio ilustrativo del carácter de aquellos campeones, se recuerda que el gran Obdulio Varela, capitán de aquel notable equipo, concluido el partido, no se fue con sus compañeros a su lugar de concentración, sino que concurrió a la concentración de los brasileños para expresarles su solidaridad”. El libro me resulta un poco obvio –en Sexo y amor, escribe: “Y está por fin el sexo. En la pubertad es una revelación. La masturbación inaugural, el orgasmo de estreno, no sólo revelan posibilidades corporales hasta ese momento sin estrenar, sino también una ampliación de la vida interior. Con el sexo, con el erotismo, cambian el ritmo y la calidad de los sentimientos”. Parecen palabras, demasiado sencillas, de un psicólogo, no de un buen poeta-, pero contiene fotos muy bonitas, como aquella de Cartier-Bresson, que estuvo en Ariza en 1953, tomada en México, donde ve a dos mujeres amándose, entreverando sus cuerpos en un amasijo de manos, de brazos, de lencería, de gozo a escondidas. Y también he perdido mis primeras notas sobre “Salvador Dalí, obra completa. Poesía, prosa, teatro y cine” (Vol. III, edición de Agustín Sánchez Vidal). Es un libro emocionante, es un libro de libros, la genialidad del pintor que escribe, la genialidad del gran escritor que se distrae pintando. Como me gustan mucho los atardeceres y nunca podré ser un poeta del amor, aunque quisiera, anoto este párrafo (en las notas que he perdido reproducía un soneto de Lorca, “Narciso”) del poema “Atardecer”: “Junto a mí han pasado dos amantes dejando a su paso aroma de amor y juventud, no se decían nada, quizá para no romper la quietud que sobre las cosas flotaba; se miraban y sonreían... Se han alejado y perdido entre las sombras de la noche ya cerrada, y me he sentido solo, y he sentido el misterio y tristeza del anochecer y hubiese querido sonreír como ellos. Qué hora más bella para los enamorados pensaba...” Al leer este fragmento he pensado en Juan Ramón Jiménez, a quien denostaron por carta Dalí y Buñuel, y he pensado en el Luis Cernuda de “Ocnos”, un delicioso libro en prosa poética. Una joya.
De esto no había dicho nada en el texto perdido. Cuando pierdo algún fragmento siempre me digo, siempre me justifico así: “Habría algo que estaba mal y tu arcángel de sombra te invita a que lo rehagas o a que lo dejes”... Me daba pereza volver a empezar. Pero hay días en que este blog, como dice Barceló de su pintura o de sus 50 ó 60 dibujos al día, me justifica. Y me anima.
También me anima Daniel y recupera su normalidad de lector. Acaba de coger “Hamburguesas” de Fernando Martín Pescador, un libro extraordinario. Algún día, no muy lejano, nos daremos cuenta de la espléndida cosecha de libros de Xordica: “La infancia y sus cómplices” de Fernando Sanmartín, “La novia parapente” de Cristina Grande, “Autos de choque” de Rodolfo Notivol, “Manila” de Santiago Gascón, “Besos robados” de Luis Alegre. No me acuerdo ahora de todos, pero esa cosecha sigue varada en el paladar y en los ríos arteriales de nuestro cerebro. Son libros de cabecera para siempre. 1. Hoy sí estaba Jorge, el guardián de las sombras. Busca una revista de “Soldiers raids”, de febrero de 1996, nada menos, que recuerda un campamento donde estuvo de legionario a los 18 años. Está obsesionado con ella. Hoy me ha invitado a su desordenada garita: ropa de trabajo de catorce operarios, un microondas, el rastro de una cena rápida, la linterna inmensa. Tinieblas azotadas por el viento a punto de convertirse en cierzo. Le he dicho que se ha transformado en un personaje del blog. Se consuela con la radio: la música es como una aparición y un conjuro contra el miedo. Hoy ha llegado el frío y una melancolía otoñal. Hemos fumado juntos un Camel y me di cuenta de que le hubiera gustado que ese cigarrillo hubiese llegado hasta el alba. Yo tenía frío. El guardián de las sombras no quería despertar a nadie. Un perro se desveló, en las eras, con el estrépito de nuestras pisadas. De vuelta a casa, al ver los cipreses, pensé en un poema de “Ocnos”, titulado “Amor”. El amor del poeta a tres cipreses, el amor a la naturaleza, la nostalgia de llorar por lo que se pierde como un papagayo verde.
2. He estado en Salamandra Gráfica con Nemesio Mata, Lina Vila y Silvia Aurelia Pagliano. Hablamos de grabado, de los numerosos proyecto de edición, de páginas web, de catálogos en cederrón, de exposiciones de gente joven (por cierto, exponen con gusto, en todos los rincones: en la escalera, en el hueco de los ascensores, en una sala especial...), de un raro proyecto que también podría llamarse “un nicho del arte”. Me lo pasé muy bien. Hablamos con Silvia de Argentina, de Maradona, de Óscar Ringo Bonavena (aquel hombre que le aguantó quince asaltos a Cassius Clay y se desplomó tres veces en el último asalto. Luego sería asesinado con arma de fuego en Nevada, creo) y de Carlos “Demoledor” Monzón, hombres que habían nacido para ser héroes, héroes que volvieron de la cúspide al arroyo y se sobreponen porque ya son símbolos.
3. Lina Vila es una debilidad para mí. La conocí hace algún tiempo en la Casa de Morlanes, es una gran lectora. Cree en el arte, tiene poderosos y perturbadores asuntos en su cabecita rubia y ha vuelto a Zaragoza tras dos años en la Casa de Velázquez. Acaba de exponer en Veruela “Me llamo rojo”. Había algunas piezas magníficas: tanto en pintura como en fotografía. Al retornar se ha traído con ella a su compañero, un excelente pianista de proyección internacional que busca conciertos y clases, y quizá busque entender cuál es el vasto encanto de Zaragoza. Lina Vila es hija de Pedro Vila, un mecenas inadvertido y modesto, hermana del fotógrafo Ricardo Vila (a quien debo llamar porque el otro día tuvo un pequeño accidente). Pedro Vila, que es un aragonés de una pieza (él suscribe como Pepe Melero aquello de “Todo por Aragón”), ha vuelto a su casa de San Mateo de Gállego tras una terrible intervención quirúrgica. El adjetivo es suyo. Pedro viene de vez en cuando a Albarracín, es cordial y entusiasta. Estos días, en un laborioso y forzado descanso (lamenta no poder trabajar su cuidado jardín), lee mucho y escribe pequeñas piezas, pensamientos, aforismos. Es de esas personas que se hacen querer. Le he prometido que iré a verlo a San Mateo de Gállego. No es un farol.
4. Hoy hemos grabado el primer programa de “El Paseo” sobre los diez años del Auditorio. Lo he dicho alguna vez: tenemos un equipo estupendo. Comienza en Alberto Gámez, un hermano menor que me ha regalado la televisión (como antes me regaló a Sergio Gómez, el realizador de “Viaje a la luna”, como antes me regaló a Rocío Ibarra...) y termina en Inma, el ángel que nos toca la cara. Comienza en Inma, la maquilladora, que ha estado aprendiendo |