Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.

TENIS, CANDELAS, "LA NIÑA DEL FARO"

winterson_jeanette.gifDomingo para un diario sin interés:
-Partido de tenis, más bien entrenamiento, de una a dos, bajo un sol de justicia, con Diego y Jorge. Me lo paso en grande; me hacen correr de lo lindo. Se me desajustan todas las articulaciones, pero sarna con gusto no pica.

-Acaba julio. Y me voy a nadar en la piscina olímpica de Miralbueno. En esta ocasión casi no hay nadie.

-Recibo una llamada muy cariñosa de Nacho García-Valiño, el autor de muchos libros y de “Las dos muertes de Sócrates” (Alfaguara), que ha tenido tres ediciones. Ha estado ingresado una semana en el hospital por un problema de riñón y de retención de líquidos, llegó a pesar 16 kilos más de lo habitual que ha eliminado en cuatro días. Ahora ya está bien y se marcha de vacaciones a un pueblo de Logroño que se parece al paraíso. Me anima a que escriba novelas. Estoy en esa fase donde empiezo a pensar que ya no publicaré mucho más. Cada vez me cuesta más escribir, tengo menos ideas y mucho menos ilusión. Lo cual, como me dice siempre mi madre, significa que debo volver a empezar. Nacho me anuncia que su padre, excelente acuarelista, presentará una exposición de paisajes en el Hotel Boston en septiembre y que está verdaderamente entusiasmado. Está a punto de terminar una nueva novela.

-Por la tarde, me aíslo en “La casa de los persas”. Leo la historia de García Maroto, tan próximo a Buñuel en los tiempos de la II República, la trayectoria de Ewan McGregor, un artículo sobre el bandolero Luis Candelas Cajigal, que fue detenido y ajusticiado por no querer abandonar a su enamorada casi adolescente, otro sobre el arquitecto increíble Frank Wright Lloyd, una especie de brujo de una tribu de locos que no cobraban, sino que pagaban por estudiar por él. Ha realizado más 400 edificios y todos están en situaciones muy críticas. Al genio se le desploman los inventos…

-Nuevo partido de fútbol con Jorge y Diego. Daniel está en Barcelona, y el enfrentamiento no ha tenido encono. Ha sido un puro entrenamiento. Hemos podado los pinos y se ha ampliado el horizonte. Jorge y Diego vuelven a casa en bicicletas; el conductor del autobús de Garrapinillos no para de pitarles, se meten en un camino entre los maizales y esperan que pasen el acalorado piloto.

-Avanzo en la lectura de otro libro sobre faros: “La niña del faro” de Jeannette Winterson (en la foto; autora de “La Pasión” o “Escrito en el cuerpo”), libro que ha publicado Lumen y que cuenta la vida de una joven que se queda huérfana y que es cuidada por el viejo Pew. Le cuenta mil historias del mar, de la saga de fareros o ingenieros de faros, y entre ellos figura un tal Robert Louis Stevenson. El libro se aleja de una clave realista, pero es tremendamente sugestivo; está contado por la propia voz de la niña, que nació, por cierto, en 1959, igual que Miguel Mena, Fernando Sanmartín, Ignacio Fortún, Fernando García Mongay, Santiago Arranz, Antonio Pérez Lasheras o yo mismo.
01/08/2005 10:23 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

EL EBRO, RÍO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

imagen3.jpgENTREVISTA CON JESÚS MARTÍNEZ GALLARDO, PESCADOR DE ALAGÓN

“EL EBRO FUE PARA MÍ EL RÍO DE LA VIDA,
PARA OTROS EL RÍO DE LA MUERTE”

Jesús Martínez Gallardo (Alagón, Zaragoza, 1924) es un héroe inadvertido. En el salón de su casa de Alagón se conservan las aves o los mamíferos que ha disecado, los diplomas donde se le reconoce su atrevimiento y su generosidad en la búsqueda de ahogados o en el rescate de náufragos, cuyos nombres va recordando junto a Milagros, su esposa. Un póster reproduce en varias lenguas el nombre de los peces.

-Jesús, ¿por qué se hizo pescador?
-Esa palabra casi se me queda corta. Fui campesino, esquilador, empleado de la Azucarera de Alagón, cazador, disecador y pescador, claro. Me han ocurrido tantas cosas que podría decirle que estoy vivo de milagro. A partir de un determinado momento, mi vida fueron los peces y el río: los conocía a todos. Anguilas, carpas, barbos, madrillas. Y sabía si preferían el vado, las honduras o la superficie.

-¿Hubo algún antecedente en su familia?
-Recibí de mi bisabuelo el mote de “Carabinas”. ¿Sabe por qué?

-No, la verdad.
-Era guarda forestal de cinco pueblos y se paseaba de aquí para allá con los correajes y la escopeta al hombro. Mi padre fue obrero de la Azucarera de Alagón y esquilador. Me enseñó, desde niño, desde los diez años, a trabajar la remolacha y a esquilar. Siendo adolescente, ya sabía esquilar ganado lanar y caballerías, y pronto corrí mi primera aventura.

-¿Qué aventura, qué le pasó?
-Yo tenía un hermano, Manuel. Mi padre nos dio una maleta, tijeras y un billete de tren a cada uno. Nos envió a Ricla, el pueblo del torero Braulio Lausín, “Gitanillo de Ricla”. Nosotros estábamos un poco asustados; nos dijo: “Saldrán a buscaros”. Y efectivamente, vinieron a buscarnos y nos incorporamos a una cuadrilla de 18 personas que pelaban los animales de Ricla, Lumpiaque, Sestrica y Alagón. Dormíamos en los pajares. Me encontraba con gente buena y mala; a los mayores, de cuando en cuando, tenías que dejarles el mejor sitio en el pajar. Participé en más de treinta campañas, que duraban alrededor de tres meses. Fueron años provechosos: aprendí a tocar la bandurria en siete meses y a bailar la jota, aunque el gran enamorado de la jota era mi hermano.

-Aún no ha aparecido el Ebro en nuestro diálogo.
-No se impaciente. Trabajábamos catorce horas. Esquilábamos 40 ó 50 ovejas al día y les rebajábamos 20 centímetros de pelo. Luego ya vino la máquina eléctrica y se redujeron las collas. Íbamos por toda la ribera del Jalón, y llegábamos hasta Tauste, Ejea, Tarazona y Soria. Yo volvía a casa en julio y en cuanto podía me marchaba al río. Me atraía mucho, y además había que sacar un duro para el día de mañana. Siempre he sido previsor y muy práctico. Casi todo lo que sé sobre los anzuelos, las redes, las barcas y las técnicas me lo enseñó Daniel Tejero Domínguez, que era experto en pesca tradicional. Me afilié a la primera Sociedad de Pescadores de Zaragoza y aprendí todo lo que pude: a manejar el pontón (la embarcación), a montar las redes y a hacer nudos, cómo se aplican las velas, a lanzar la caña, dónde esta la pesca. Cada pez tiene sus preferencias: el pez gato prefiere las honduras; la carpa y el barbo se mueven en cualquier sitio; las madrillas se subieron a los vados o se dejaban ver por los galachos, en aguas tranquilas. A los doce años ya iba al río.

-¿Y cuándo se profesionalizó, si puede decirse así?
-A los 17 años mi padre me permitió comprar una barca en Pedrola. Tenía tres metros y medio de eslora y casi uno de manga. Fue por entonces cuando viví algo inolvidable para mí. Mi abuelo se fue a Buñuel (Navarra), se empeñó en subirse a una higuera para coger brevas o higos, se cayó al suelo y se le salió la clavícula. Debía dolerle bastante, la verdad. Pidieron auxilio y, camino del hospital, lo pasaron en un carro sobre el puente del Ebro. Aborrecido, cuando iba por el medio del río, maniobró como pudo y se arrojó a la corriente. Fui yo quien rescató su cadáver. Fue el primer cuerpo que recogí del Ebro.

-¿Eso fue antes o después de su historia de amor?
-¿Cómo lo sabe? La muerte de mi abuelo fue después. Conocí a Milagros, mi mujer, cuando tenía quince años. Fue un amor a primera vista. Yo me estaba bañando en el río cuando vi cruzar una barca de paso. A bordo iba una familia que volvía de la finca de Santa Inés. Vi a una muchacha morena, parecía gitana, y pensé que debía ser para mí. Tal como se lo digo. Poco después, ella vino a Alagón para servir, me acerqué en el baile, empezamos a hablar y a salir, y nos casamos tras seis años de noviazgo en 1947. Fue mi mejor ayudante.

-¿En qué le ayudaba Milagros?
-Yo me marchaba al río temprano y cogía de todo: anguilas, madrillas, carpas. Toda una canasta de pescado. Y Milagros, con un remolque de mano, lo llevaba para la venta callejera a Remolinos, Grisén, Pinseque, Alagón. Se lo quitaban literalmente de las manos. Y de las anguilas, que entonces había muchas, ni le cuento: era el bocado por el excelencia, una fiesta para cualquier paladar, pero empezaron a escasear cuando cerraron la presa de Mequinenza.

-Eso fue mucho después, en los 60.
-Sí, pero se notó. Los domingos las pedían mucho, sobre todo en días señalados. En 1949 me despedí de la Azucarera de Alagón y nos fuimos a Remolinos a trabajar en las minas de sal. Recuerdo que coincidimos allí cinco hombres jóvenes. El trabajo era muy duro y llegábamos a extraer quince vagonetas de sal en flor al día; cinco de sal de selección y una vagoneta de bolas para el ganado lanar y vacuno. Creo recordar que se decía así. Y yo en cuanto salía me iba al río. Para pescar anguilas me daba unos madrugones enormes, desde la primavera al otoño, que era cuando más abundaban, pero además esquilaba el ganado de Remolinos. La gente me decía: “¿El ganadico lo esquilarás tú, verdad, Jesús?”. También aprendí a disecar animales.

-Imagino que el río no daba lo suficiente.
-Todo era poco. Quiero contarle otra historia que debió suceder a principios de los 50. Conocí a Félix Mar Lorente, del que usted habrá oído hablar por su apodo: era “El tío Toni”, el barquero del Ebro a orillas del Pilar. Él sale en los libros y en las fotos de entonces. Era todo un personaje y un indiscutible maestro de pescadores que enseñó a mucha gente las técnicas de pesca. Al parecer debía tener algún enemigo: fue denunciado por algún compañero o por sus propios discípulos por sus prácticas furtivas de pesca Lo metieron en la cárcel de Torrero. Tenía nueve hijos. Recuerdo que se hizo una suscripción entre pescadores y amigos para que pudiese salir del calabozo. Yo mandé cinco duros de papel que se me convirtieron en oro.

-¿En oro? ¿Qué quiere decir?
-Sucedió una casualidad maravillosa. Fui a comprar algunas cosas al barrio de la Química, y también un meloncico. Quise comerlo en el parque del tío Jorge. Y allí me encontré con un hombre mayor que pescaba en un escorredero del río. Nos pusimos a hablar. “¿Quiere una tajadica de melón?”, le dije. “Se la iba a pedir”, me contestó. Le dimos al palique un rato y en un determinado momento me dijo: “¿No será usted Jesús Martínez Gallardo, el pescador de Alagón que dio cinco duros para que yo saliese de la cárcel?”. Claro que lo era. Aquel hombre me hizo llorar. Tenía una lista con el nombre de todos los que le habíamos ayudado. Me dijo quien lo había metido en prisión. Vino en dos ocasiones a nuestra casa. Me enseñó cosas que yo no sabía y me ayudó a ganar mucho dinero.

-Es una historia muy bonita. ¿Qué pasó luego?
-Aprendí el oficio de taxidermista. En 1956 hubo una gran nevada y vinieron los patos. Yo los cazaba. Mataba y disecaba animales: los patos azulones, las becadas, que tenían una carne exquisita. Mi gozo en esta vida ha sido siempre estar dedicado a hacer cosas. Recuerdo perfectamente las riadas de 1961 y 1962, que duró doce días. Desde el 28 de diciembre hasta el día 8 de enero. Rescaté a una familia completa. He rescatado hasta 18 personas con vida, y recobré once ahogados, nada menos.

-Decimos siempre que el Ebro es el río de la vida. ¿Está de acuerdo?
-Para mí lo ha sido. Y para algunos el río de la muerte. El Ebro significó una ayuda muy grande. También he tenido momentos de peligro. Hay corrientes muy malas. He visto a personas que se han ido de la cabeza y se arrojaban al río. Recuerdo algunos nombres: Pedro Rubio, a quien le dio por decir que lo estaban envenenando las monjas; Jesús Ibáñez, que se tiró al río en un día de lluvias. Muchas de las historias de la gente que salvé andan en los papeles. He recibido diplomas y homenajes. Fui testigo de la repoblación del Ebro. A los peces autóctonos, de toda la vida, se les unieron la perca, el lucio, el siluro. Yo iba a ganarme la vida al río, que es una fuente de riquezas. De él vivíamos miles de personas, cientos de familias.

-¿Cuándo se pasa mejor en el caudal del río, durante la pesca?
-Lo he pasado muy bien de noche. Es muy tranquilo y romántico pescar bajo las estrellas. He sido un trabajador infatigable y he tenido que luchar. Para mí ha sido una bonita experiencia conocer las costumbres de los peces: cada uno tiene una forma de vida. He sido muy feliz en el río. Ésa es la verdad.

*La foto está sacada de internet: es una foto histórica del puente de Novillas.
01/08/2005 10:22 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

LAFORET Y SENDER: UNA AMISTAD ÍNTIMA Y LITERARIA

RamonJSender.jpgCarmen Laforet (1921-2004) fue una joven espigada, de enigmática belleza, que conmocionó el panorama de las letras españolas en 1945 con la novela “Nada”. Esa novela fresca, rebosante de desparpajo y dolorida lucidez, narraba la historia de una estudiante de Filología en Barcelona, tanto en el contexto universitario como en un clima agobiante y decadente de una familia burguesa de la ciudad. A pesar de la conmoción que provocó ese extraordinario libro, de aroma tremendista (se narra incluso un suicidio con una navaja barbera), Carmen Laforet nunca estuvo demasiado satisfecha e intentó superarlo y mejorarlo en nuevas entregas. En 1965 fue invitada por el Departamento de Estado de Estados Unidos para que visitase algunas universidades, y en Los Ángeles conoció a Ramón José Sender. Aunque no volverían a verse hasta 1974 en España, en el primer viaje de retorno del gran escritor oscense tras la Guerra Civil, mantuvieron una apasionada, íntima y cómplice correspondencia, que constituye un perfecto retrato de ambos.

Carmen y Ramón vivían la escritura con una pulsión distinta: Sender era el escritor constante, la palabra y los personajes y los argumentos eran un exorcismo personal, una necesidad tumultuosa de vaciarse y de desnudarse, una huida del dolor a través de la creación; Laforet padecía cierto pánico, daba una y mil vueltas antes de escribir, reflexionaba, temblequeaba de responsabilidad, pero además era madre de cinco hijos y sentía a flor de piel el agobio de “la vida tan áspera como es la de España para los escritores”, llena de “envidias, enemistades y rencillas”.

Pronto se estableció una amistad literaria bellísima entre ambos. En esa década de fértil relación –recogida en el libro “Puedo contar contigo. Correspondencia” (Edición de Israel Rolón; Destino, 2003)-, Laforet le cuenta sus incertidumbres, su condición de abuela, su panorama familiar, le da a entender la separación de su esposo Manuel Cerezales y le narra sus proyectos casi siempre intermitentes y le explica su concepción de la novela, y no duda en hacerle partícipe de sus preocupaciones religiosas, semejantes a las de Sender, a quien le dice: “De política, cero. Me uno a ti, anarquista órfico y neo-cristiano”.

Sender también le ofreció colaborar en la Agencia Literaria de Joaquín Maurín, le habló de conseguir un trabajo en una Universidad norteamericana e incluso le ofreció ayuda económica. Y en este clima de admiración confesa y constante, incluso hay lugar para la epístola amorosa, para la seducción leve, para la insinuación; al fin y al cabo, Sender era un fauno constante y veía en la “abuela de cero años” o “de una edad divina” a una eterna adolescente. El libro es estupendo porque sirve para conocer a los dos escritores y en particular la biografía de Carmen Laforet narrada por ella –sus viajes, su estancia en Roma, fascinada con Alberti y María Teresa León, a la cual Sender le envía uno de sus libros-, y quizá sea un apéndice literario amenísimo e intenso de dos personas muy diferentes que se encontraron en la amistad, en la palabra, en la ficción y en la vida.

Laforet escribió: “Te admiro no sólo como escritor –creo que eres el más grande de los novelistas españoles- sino como tú, como personalidad”. Y Sender, más humano y entrañable que nunca en estas cartas, dijo: “Tus novelas me gustan más que las mías y son mejores en varios sentidos. Sobre todo ahora, que soy viejo, nervioso (impaciente) y raro”. Era tan sincero en su valoración, que no dudó en dedicarle su novela “El fugitivo”y en reseñar con entusiasmo la versión inglesa del relato de Andrea, la protagonista de “Nada”.
02/08/2005 09:53 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

PEPE CERDÁ: LECCIÓN DE ARTE E HISTORIA

cerda004.jpgPepe Cerdá (Buñales, Huesca, 1961) le ha dado mil vueltas al arte. Empezó a la sombra de su padre, pintor de caballitos y atracciones, y aprendió los secretos del oficio: la untuosidad de la mancha, la composición, los sueños que cobran forma y dimensión en el lienzo, la artesanía de lo invisible que, mediante el pincel, se hace real. Fue “artista joven”, radical y vanguardista. Entonces le importaba el continente más que el contenido. Estuvo dos años maravillosos en la Casa de Velázquez, al abrigo de un estudio ideal entre jardines y de una biblioteca prodigiosa, y luego decidió hacer su carrera en París.

Llegó, se instaló y percibió casi de golpe que muchos aparatos de feria de la ciudad habían sido pintados por su padre. París, tan alejado de su vida en un principio, era como un arrabal de su pasado y de su historia como hombre y como artista incipiente. Al cabo de un tiempo, tras ensanchar sus contactos y apacentar la bohemia, decidió retornar a Aragón, a un barrio de Zaragoza en concreto, Villamayor, e instaló su estudio, sus pinceles y su sigilosa rebeldía en una vieja casa con leyenda. Se aficionó a su nuevo espacio, al paisaje, umbral monegrino casi, a la noche: el alba se desperezaba antes sus ojos mientras él buscaba una nueva mancha, otro trazo definitivo, la última luz vencida que se diluía en los poros de la materia.

Pintor que piensa, hombre incomodado siempre con lo establecido, artista a la contra y amenísimo conversador, Pepe Cerdá se reencontró con otro periodo de su infancia feliz junto a su padre pintor. Recordó la fascinación que le producían las visitas al Museo de Zaragoza para contemplar la excelente pintura del XIX: Joaquín Pallarés, Mariano Barbasán, Marcelino de Unceta, el fascinante y prodigioso Francisco Pradilla, Félix Lafuente, su amado Moreno Carbonero, quizá Bernardino Montañés, su venerado Marín Bagüés, al que defiende a diario. Aquellos cuadros con evocaciones de episodios históricos, de batallas o de personajes reales como Alfonso I “El Batallador”, Juana la Loca, el príncipe de Viana o el Barranco de la muerte le sojuzgaban. Casi por entonces, decidió revisar los conceptos de vanguardia y modernidad, y se fijó en un puñado de criaturas que había sido la avanzadilla de un momento histórico: reparó en figuras como Joaquín y Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti, Primo de Rivera o el cardenal Soldevila (muerto en 1923 tras un atentado anarquista. Su modernidad hay que entenderla con bastante ironía), y los retrató como si ensayase una nueva pintura mural, de trazado sobrio, aunque no se despojó de pequeños símbolos y matices de su obra anterior.

Después halló, en unos catálogos de la empresa farmacéutica Bayer, unas fotos que le llamaron mucho la atención: coches y funcionarios alemanes que hicieron una visita a las ruinas producidas en diversas ciudades por la Guerra Civil. Atraído por ese periodo, donde se libraron los combates de la libertad y de la modernidad, pensó que ahí había motivo para la reflexión estética y para homenajear viejos sueños de la niñez. Inició sus ya conocidas “Pinturas de Historia”, y declaró, durante una exposición muy elogiada en el Círculo de Bellas Artes, que “los coches son las catedrales del siglo XX”, coches que, por otra parte, eran estandarte de propaganda o centros médicos ambulantes.

Apenas un año después, Pepe Cerdá volvió a la carga con una obra inspiradísima de nuevas “Pinturas de Historia”. Ha vuelto a partir de fotografías de ese instante cruel y trascendental para realizar otra reflexión sobre el oficio, la mirada, en qué consiste ser contemporáneo, y ha pintado más de una veintena de cuadros de gran formato centrada en la contienda bélica de 1936-1939. Los cuadros respiran una emotividad profunda, poseen una incomparable belleza, estética y documental, de forma y fondo. Pepe Cerdá lo mismo retrata al modo de Sorolla a los prisioneros en el campo de concentración de Argelés sur Mer en 1939, que recoge fragmentos de las muchachas del Auxilio Social que protegían a los huérfanos y refugiados, capta y recrea los cadáveres recién abatidos en Barcelona ante un imponente coche negro, o presenta columnas de soldados de Navarra que se dirigen a buscar sus fusiles. En una de las piezas más emotivas de la serie, vemos a un abatido pero digno Miguel de Unamuno –“el hombre con más talento, el más documentado y el intelectual más respetado de aquel momento”, ha dicho Cerdá- que sale del Aula Magna de la Facultad de Salamanca mientras es increpado por el fascismo; acababa de discutir con Millán Astray, que había dicho: “Muera la inteligencia”, y el gallardo don Miguel le había respondido: “Venceréis pero no convenceréis”. En otro cuadro excepcional, que vale toda una lección de historia, ha pintado a una miliciana en Barcelona que mira al frente con su fusil, con determinación y fuerza, sin ocultar su belleza tumultuosa.

Pepe Cerdá ha iniciado un camino sin retorno, en el arte y en sus conceptos de creación. Sigue trabajando: ahí está su exposición de acuarelas con texto (experiencia, relato y teoría) del palacio de Montemuzo, su participación en “Cuaderno de viaje”… Su obra es una detonación y una llamada a la lucidez del artista que cree que lo primero que se debe hacer es no tomarse a uno mismo demasiado en serio, sino con humor y a la distancia justa.
02/08/2005 10:05 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

ROLANDO MIX TORO, POETA DE CHILE*

chile_45.jpgEN PROPIA VOZ
“Nada soy ni nada tengo salvo sensibilidad y curiosidad intelectual. Allende confió en mí para un cargo de agricultura en Atacama. Asistí a los bombardeos. Huí a Argentina y a Alemania Oriental. He publicado ‘El espejo y tú’ y ‘La mar de amor’. Toda la gente tiene algo de poeta: hablamos con metáforas. Nací en 1931”.

EL HOMBRE, EL POETA, LA AVENTURA DE VIVIR

El lugar donde uno ha nacido configura un carácter. Si además es el desierto más desierto del mundo, y no existe vida ni para las bacterias, ese páramo lunar forzosamente ha de esculpir una sensibilidad a flor de piel. Rolando Mix abrió los ojos en Pozo Almonte, en Iquique, en uno de esos lugares donde la naturaleza expulsa al hombre, salvo que existan minas de nitrato de sodio. En ese caso, el ser humano accede a vivir y a ver llegar el agua en camiones Brokway. “Una tierra tan dura crea un hombre especial: un tipo que debe vivir, luchar y trabajar en condiciones inmisericordes se convierte en duro y sentimental”. En ese ámbito las disputas y reivindicaciones sociales estaban a la orden del día. En el norte inhóspito el hombre tenía que ver cosas donde nada hay, fabricarse un universo propio, una imagen. El espectáculo del paisaje era conmovedor: planicies y más planicies se alisaban hasta donde llegaba la vista. Por el este, lejanos, se erguían los Andes; por el oeste, la cordillera de la costa. Y en medio estaban las minas del salitre, las poblaciones con casas adyacentes, lo que se llama la Oficina Salitrera.

Su padre, Roberto Antonio Mix, era un escritor social reconocido, director de escuela y pintor de paisajes desérticos que vendía a los ingleses. Su madre, Ana Ángela Toro, era ama de casa y tocaba el piano y la guitarra. Cada uno de sus hermanos también dominaba un instrumento. Llegó a tener hasta doce. Su padre era funcionario del Gobierno, y los dueños del salitre (ingleses, franceses, americanos o españoles) le tenían respeto por su dimensión intelectual y lo repudiaban por sus ideas. Al parecer existía una norma no escrita e insólita: “Lo dejaban estar en la escuela mientras mi madre estuviese encinta, y así su vida se consumió entre partos y abortos. Si había embarazos mi padre tenía trabajo”. Los había.

El joven solía marcharse a la orilla del mar y se ponía a decir cosas al compás de las olas. “Era poeta sin saberlo. Y en la escuela tenía gran facilidad para la literatura. Cuando estudiábamos a los clásicos, el profesor me decía: ‘Rolando. Sal e invéntate algo’. Y me inventaba poemas a la manera clásica”. Ya tenía clara una cosa: no quería ser escritor ni intelectual como su padre ni un acérrimo defensor de los trabajadores. Sabía que su progenitor se carteaba con Joaquín Dicenta, que había conversado dos veces con Blasco Ibáñez o que se había escrito con una ancianísima Concepción Arenal, pero siempre lo veía metido en líos. En cuanto pudo, tras realizar un curso de forja, se marchó a Santiago de Chile en 1948. Dejaba atrás su pasión por la natación, “hacía muchos kilómetros mar adentro”. Trabajó de dependiente en la librería Matus y después ingresó en la cooperativa Codilibro, que tenía su base en Buenos Aires, y distribuía libros de 40 editoriales. “El libro jugó un papel esencial en Latinoamérica. Yo era vendedor y lector”.

Al cabo de unos años lo llamó el Partido Socialista para que se hiciera cargo, como jefe de librería, de PLA (Prensa Latinoamericana). Por el establecimiento pasaban los políticos, los analistas, los autores, e incluso pasó en un viaje a Chile el narrador Juan Rulfo. “Nos hicimos muy buenos amigos. Hablamos de la fascinación del desierto y le hablé de los fuegos fatuos que se veían tras los cementerios”. Pero también asistía a tertulias con Pablo Neruda, dirigía la revista poética “Orfeo” y platicaba con Nicanor Parra, Nicolás Guillén o el poeta Enrique Lihn. “Nos llamaban los hermanitos del diablo. Tenía que soportar los incendios de mi local provocados por los nazis de Chile”. Poco después de que fuera elegido presidente de la República, Salvador Allende le ofreció un puesto en el Instituto de Desarrollo Agropecuario de Atacama.

El golpe de Estado de Pinochet de 1973 le cogió en la capital. Había ido a una convención y le acababan de llamar para decirle que su tercera mujer sería operada el once de septiembre en Santiago, dos días después: se había quedado sin voz. Se hospedó en un hotel y al levantarse detectó una gran algarabía. El país estaba conmocionado. De repente, oyó: “Rolando. Tenemos la orden de matarlos a ustedes”. Era un viejo amigo policía y detective con el cual había trabajado en sus tiempos de reportero de sucesos. Insistió el otro: “En honor de los viejos tiempos, no diré nada, pero si te cogen, dejaré que te maten”. Gracias a un cura jesuita, Rolando logró llegar a la Embajada Argentina y pudo huir del país. Se trasladó a Leipzig, a la Universidad Karl Marx, donde estudió Traducción e Interpretación. Residió en Alemania Oriental durante una década, hasta que Ramón Sáinz de Varanda y el jefe de policía Primitivo Cardenal fueron a estudiar los sistemas de seguridad de incendios del país. El alcalde le pidió que se viniese a Zaragoza y le prometió un empleo.

Mientras vivió, Rolando Mix Toro se sintió querido y respetado. Luego, todo se complicó. Pero esa es otra melodía en la que no quiere ahondar. “Zaragoza es una maravilla. Me encanta. Nuestras ciudades tienen 200 años, pero ustedes pueden tocar los restos musulmanes, las huellas de Roma o tienen calles como Predicadores”. Ahora, jubilado de tercera, desea aprovechar el tiempo para literatura, para la poesía. “Para nosotros literatura y política son indivisibles. Es la misma unidad. La poesía es el antípoda de la evasión: es la síntesis de las vivencias que se han acumulado y se quieren expresar”.
Se levanta y sale a caminar por las calles. Es la discreción que pasa.

*Rolando Mix Toro es uno de los protagonistas del libro "Encuentro en el espejo. Inmigrantes y Emigrantes en Aragón (Historias de vida)", de Javier Escartín Sesé y Manuel Pinós Quílez, que aparecerá en breve en una ambiciosa edición de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz. Junto a él, entre otros, aparecen Luis del Val, Palmira Plá, Alfredo Castellón, pero también otros muchos personajes fascinantes como Daha Zein, Sadek, Minchong Wang, entre otros muchos.
03/08/2005 10:19 Enlace permanente. Hay 11 comentarios.

LA VISITA DE MIGUEL MENA Y DANIEL

miguelmena.jpgMiguel Mena cumple hoy 46 años. Decía que ojalá “a los 20 años tuviese la resistencia” que tiene hoy. Eso quiere decir que Miguel, año a año, rejuvenece. Apareció como un milagro de la mañana –como el aviador Canudos, de quien tanto habla Ramón José Sender en “Álbum de radiografías secretas”- con su hijo Daniel Mena Ventura, que es un encanto y encontró sosiego en la arena entre los juguetes, y con su precioso coche gris Peugeot 307, que aún olía a camello de Tardienta. Miguel está espléndido, ilusionado, rejuvenecido, lleno de proyectos literarios. Va a retirarse unos días a Trasmoz, Litago y otros parajes del Moncayo para ultimar un nuevo libro (aún tiene fresco de tinta y de reedición “1863 pasos”, el volumen que ha publicado con tanto éxito en Xordica), y además para montar en bicicleta. En estos días en que apenas he visto a nadie ni he salido de Garrapinillos (salvo una noche, salvo anoche de nuevo que fui a ver “Semen” y, al volver, descubrí el balón de reglamento y jugué diez minutos con Daniel ante la Romareda a la una de la madrugada), la visita de Miguel y Daniel ha sido toda una alegría.
03/08/2005 16:18 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

TRAS LA MEDIANOCHE EN EL "BABEL"

canal_imperial_1083003000669.jpgVuelvo del Babel. Con los amigos –Marta Navarro, que me habló largo y tendido, con pasión de su bisabuelo Félix Navarro y de su abuelo Miguel Ángel Navarro, también cumplía años, algunos más de los que aparenta- hablamos de:
-El azud del Ebro y otros proyectos que se han quedado por el camino.
-De los tomates ecológicos.
-Del atropello de Farruquito y de esa irrisoria condena que nos indigna a todos. Miguel Mena hizo inventario de otros atropellos recientes, penados con desvergüenza. A veces, la justicia española hace ostentación de lo poco que cuestan los homicidios…
-Del precioso cuento de Ismael Grasa, incluido en el libro: “Historias de Loarre”, titulado “Pájaros”.
-Del derribo de la cárcel de Torrero, que debiera haber sido una gran biblioteca y un gran centro cultural.

-De las navegaciones en barca y en barquillas por el Canal Imperial. De las pasarelas del Ebro, del barquero sentimental y afanoso Tío Toni. Es lástima que Zaragoza haya renunciado en parte a su condición de ciudad fluvial llena de embrujo y de posibilidades.
-De la edición en dos volúmenes de la “Poesía completa” de Ildefonso-Manuel Gil, que ha publicado Prensas Universitarias de Zaragoza. Antonio Pérez Lasheras hace camino al andar y su trabajo es un éxito constante y por goteo y aspersión. Todo a la vez.
-Del pintor Esteban Vicente, que era más famoso en Estados Unidos, aunque ahora tiene un bello museo en Segovia, donde estuve hace poco con espléndidos amigos como Ignacio Casado. Lo evocaban, también a José Guerrero, Sergio Abraín e Ignacio Martínez de Pisón.
-De los ricos que estaban los bombones que Félix compró en Open Cor para Miguel Mena, nada laminero, y para Marta Navarro. Cristina Grande, que también tiene un bello cuento, de los suyos (imprevisible) en “Historias de Loarre”, estaba espléndida, igual que Mercedes Ventura: espléndidas y luminosas. Para ponerles un piso…, aunque para evitar la tentación se nos han adelantado Félix y Miguel. Siempre hay un seductor al acecho.
-Miguel Mena notó un pequeño fallo cronológico en “Semen”: Mark Chapman mató a John Lennon en 1980 y no en 1981. La película es deliciosa e intrascendente, maneja muy bien las claves de la comedia, Ernesto Alterio borda su papel, aunque yo me quedó con Leticia Dolera. Hay aficiones que no desaparecen: sigue yendo al cine, como cuando era adolescente, a enamorarme. Sigo al pie de la letra el diccionario de cine de Fernando Trueba.
-Kike Mora es el productor del cortometraje “Fotos de familia” de Paula Ortiz, que cuenta la historia de un fotógrafo que se imagina que los personajes de sus fotos son sus propios familiares, sus amantes, sus amigos. Jorge, el cuarto de mis vástagos, tiene un pequeño papel. Kike Mora dice que está muy bien, como su hermano, la hermana de Kike Mora. Son 20 o 30 segundos de auténtico cine: quizá haya nacido una pareja mítica, como diría Jorge. Kike acaba de terminar una tesina sobre “El cine posmoderno”; le dirige Agustín Sánchez Vidal.
-Daniel revela que cuando tenía diez años alguien de la familia le preguntó si creía en Dios aunque no creyese en la Iglesia. Ya en casa recordaremos que también hemos hablado de Antonio Fernández Molina, que será objeto de una exposición en el Paraninfo para diciembre.

Ya en la explanada de todas las noches, que no se aparece en nada a la de cuando empecé este blog, escucho el ulular del viento, miro el cielo y, a ras de suelo, veo a mi perra y a mi gata, que dobla las esquinas con su piel atigrada como un alma errante que vigila. Yo leo el primer capítulo entero de “Para siempre” (El Acantilado) del portugués Vergílio Ferreira, considerado por "Jornal das Letras" como el mejor libro de literatura portuguesa de los últimos 25 años, es decir superior a los de Miguel Torga, Diniz Machado, Cardoso Pires, António Lobo Antunes y supongo que a Tabucchi, que escribió directamente en portugués "Requiem". Me encanta este inicio de la vida de Paulinho: no puede dormir, se está muriendo su tía, se va de putas y solventa su ansiedad con desparpajo y un poco de urgente desesperación. Vuelvo a casa e inicio el segundo capítulo. Son las 3.34 de la mañana.
Antes de acostarme veo la página de Mariano Gistaín con esas impresionantes fotos: son otro tesoro para el día que avanza entre tinieblas. Creo que no voy a poder dormir.
04/08/2005 10:49 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ILDEFONSO-MANUEL GIL: EL CIELO DE LA POESÍA

Gil.jpgIldefonso-Manuel Gil decía: “Mi vida ha sido como la del niño de ‘Cinema paradiso’. Me gustaba el cine mudo y el teatro. Mi padre alquiló, con otros socios, el Teatro Cervantes de Daroca. Yo hacía teatro con un amigo, Luis Bobed, representábamos fragmentos de los libros de preceptiva literaria y cobrábamos la función a unos céntimos”. Aquel periodo de su niñez en Daroca era como el cuento feliz del que no quería desembarazarse. Recordaba una y otra vez los tratos con los gitanos, las visitas al castillo, los relatos legendarios de moros y princesas encantadas, la revelación de la literatura, incluso de la pornográfica como “La novela nocturna”, y sobre todo la presencia de Victoria, su hermana mayor, con la cual hacía juegos de palabras, construían diccionarios portátiles y absurdos, y luego la oía tocar el piano. Otra emoción insustituible eran los paseos con su padre, farmacéutico, por la vega, entre los pinos y el paisaje. Daroca, que se estaba convirtiendo en una región literaria, quedaba atrás como una ciudad ocre e íntima, encerrada entre murallas y torreones altivos. Empardecía en los collados y los cazadores cantaban a lo lejos entre perros y un polvo de oro.

El estudiante de Escolapios se examinaba en Zaragoza. Hubo un momento en que, deslumbrado por Gabriel y Galán, Campoamor y Bécquer, decidió ser escritor. Leía la solapa de los libros o las notas de autor y comprobaba que muchos de ellos se habían licenciado en Derecho, así que optó por esa carrera, que simultanearía, ya en Madrid, con la de Filosofía y Letras. Muertos prematuramente su padre y Victoria, la familia (la madre, Ildefonso y su hermana Antonia, otro ángel tutelar y casi inadvertido de su existencia) se las apañó como pudo. El joven poeta publicó “Borradores” (1931), y se zambulló en aquella orgía de letras que era Madrid. Conoció a Jarnés, al que visitaba con frecuencia en su casa, y vivió de cerca su pasión clandestina y no correspondida por la novelista Rosa Arciniega, conoció a Rafael Alberti y María Teresa León, “la mujer más bella de Madrid, en efecto”, a Maruja Mallo, que había sido novia de Alberti, iba a serlo de Miguel Hernández y era la mujer “que mejor maldecía de todo Madrid”. Y conoció a Juan Ramón Jiménez, hipersensible y frágil, protegido como un niño asustado por su enfermera de amor, Zenobia. Y visitó a Pedro Salinas, que poseía en casa una jaula de oro y una colección enorme de discos de piedra.

Esos amigos y esa literatura en expansión abonaron su segundo libro: “La voz cálida” (1934). El escuálido muchacho de Paniza y Daroca ya no era un “paleto deslumbrado” por la Biblioteca Nacional. Vivir, hasta entonces, había sido un don, con algunas sombras, que le regaló experiencias, nuevos amigos (Seral y Casas, Ayala, Maravall, Mingote, Sender) una vocación para siempre e incluso amores locos. “Siempre he sido muy enamoradizo. Mi fervor por la pasión nace de la felicidad que yo sentía en los enamoramientos”.

Se marchó a Teruel como funcionario del Estado. Apenas llegó, estalló la Guerra Civil y fue encerrado en el Seminario bajo la amenaza incesante del fusilamiento, la suerte que corrieron tantos otros compañeros. El horror se instaló en su cerebro y en la piel como un estigma inevitable. Sobrevivió. Aquellos siete meses y diez días de incertidumbre reaparecerían una y otra vez en el insomnio y en la escritura. Regresó a Zaragoza y se reenganchó a la vida: dio clases en Santo Tomás, Sagrada Familia y particulares a deshoras, escribió manuales de literatura casi a medianoche en el café Niké, ayudó a un yugoslavo a traducir a Lorca, conoció a un sastre esperantista que le condujo a Pessoa, y fundó una familia: otro centro germinal de su existencia, que ahondó su visión de la añoranza y de la vitalidad. Pilar Carasol, una muchacha de instituto, 14 años más joven que él, venció la huella de todas las novias para ser la única novia, la musa de la luz. Ildefonso hizo otras muchas cosas: asentó su poesía, se descubrió narrador, ensayista, traductor de éxito de Camoens. Incluso fue administrador de “Heraldo” a la sombra de Pascual Martín Triep, periodista, fotógrafo y experto gastrónomo bajo el seudónimo de Fabio Mínimo.

En 1962, asumió otro riesgo: emprendió la aventura norteamericana en Nueva Jersey. Allí nacería Victoria, la quinta de sus hijos. Con esas maletas de viajero, regresó en 1985 a Zaragoza, Daroca, Paniza. En estos 17 largos años halló lo que había soñado: amigos (escritores jóvenes y veteranos), reconocimiento oficial, editores y lectores, cariño a espuertas, respeto, y multiplicó su producción literaria con “Concierto al atardecer”, con multitud de poemarios, uno de los más bellos fue “Por no decir adiós”, con sus memorias que aparecieron en Xordica: “Un caballito de cartón” y “Vivos, muertos y otras apariciones”. El cuento de su vida se cerró con un final feliz, hasta que, ya nonagenario, la muerte acudió a cerrarle los ojos. Por eso, entró sereno en el nuevo cielo y en la nueva tierra... Apenas, unos meses más tarde, Pilar Carasol, la musa de sus versos, la luz esencial de su lírica, acudió a su lado.

Han seguido apareciendo libros suyos: “Borradores”, “La voz cálida”, estudios sobre su poesía. Y ahora, las Prensas Universitarias de Zaragoza en su colección Larumbe ofrece en dos volúmenes su poesía completa.
04/08/2005 17:05 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

FÉLIX DE AZARA Y SU LABORATORIO EN LA SELVA

azara1.jpgNacido en Barbuñales en 1742, aprovechó sus primeros estudios en su villa natal y luego se trasladó a la Universidad de Huesca. Vivía con su tío Mamés, que era Maestrescuela de la catedral y un sacerdote ilustrado que se tomó muy en serio la educación de su sobrino, igual que había hecho antes con el diplomático José Nicolás de Azara. En 1764, Félix entró a servir al Rey y se desplazó a Barcelona, donde adquirió sólidos conocimientos de matemáticas y de ingeniería, de dibujo y arquitectura. Dirigió parte de los trabajos de la fortaleza de Figueras, intervino en la tarea de desaguar los ríos Henares y Jarama y operó con éxito en las fortalezas de Mallorca. En 1775 conoció los sinsabores de la guerra: en la batalla de Argel fue herido por una bala.

En 1780 era nombrado teniente coronel de infantería y al año siguiente asumiría una de las labores esenciales de su vida. Fue comisionado por Portugal y España para que delimitase las fronteras de ambos países en las Indias y embarcó con destino a Brasil desde Lisboa. Iba a permanecer prácticamente 20 años entre las selvas del Paraguay, Misiones y San Ignacio, y de Río de la Plata. Esas dos décadas fueron decisivas para su vida y para la ciencia. Acosado en ocasiones por el recelo de los indígenas y por la desconfianza de los virreyes y gobernadores, Azara halló tiempo para desarrollar la pasión de su vida: las ciencias naturales, en las modalidades de Ornitología y Zoología. Descubrió el cauce de los ríos, fundó ciudades, convivió con las tribus primitivas, se alimentó en más de una ocasión con sus soldados, cuando se acababan los víveres, de armadillos.

Su vida en la selva tiene un aroma de leyenda y de romanticismo. A la par que levantaba planos y mapas del Paraguay y del Río de la Plata y marcaba con precisión el curso y los afluentes de los ríos Paraguay, Paraná, Vermejo, Tibicuaro o Corrientes, también percibía de cerca el sueño de portugueses y españoles que perseguían la quimera de Eldorado. Conoció contrabandistas, a ladrones de caballos, y percibió el aliento caliente de los yacarés o los jaguares. Cuando partió sólo llevaba el manual de zoología de Bufón, que leyó y releyó y corrigió de algún modo. Fruto de sus esfuerzos fueron los 400 frascos con animales en alcohol que remitió a España, y los borradores de varios de sus libros como la “Historia natural de los paxaros”, “Historia natural de los cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata”, o las memorias que editó y prólogo, con carácter póstumo, su sobrino Agustín de Azara (existe edición facsímil en Ibercaja de 1996).

Su labor fue realmente increíble: construyó su laboratorio natural en la selva y poseía un minucioso sentido de la observación. Hubo un momento en que se quedó prácticamente solo; en una de sus cartas a su amigo argentino Bartolomé Mitre, dice: “Aquí estoy en el último rincón de la tierra, olvidado de mis amigos, sin libros, ni trato nacional y viajando continuamente por desiertos y bosques inmensos, espantosos, comunicando únicamente con las aves y las fieras”. Desembarcó en Málaga en 1801 y fue presentado por su hermano José Nicolás a las sociedades científicas y academias de París. Pronto se convirtió en una celebridad, y Goya lo inmortalizó en un retrato prodigioso que se puede ver en el Palacio de la Infanta de Zaragoza. Rechazado para combatir contra los franceses, se retiró a Barbuñales donde falleció en 1821.

* Vicente Martínez Tejero, ese sabio de ciencias, ese bibliófilo sigiloso que casi todo lo tiene, acaba de publicar en la Biblioteca Aragonesa de Cultura, el libro “Piedras, fósiles, plantas, insectos, peces, pájaros... Naturalistas aragoneses”, y en él le dedica un extenso capítulo a este personaje. El trabajo de Vicente Martínez es impresionante, está lleno de información, curiosidades y erudición. Me despido de los amigos de este blog durante unos días. Un abrazo.
05/08/2005 00:31 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ANTICIPO DE LA PRIMERA NOVELA DE VÍCTOR JUAN BORROY*

RamonAcin.jpg[Para Víctor Pardo Lancina. Para los ojos y las manos de Víctor Pardo]

"Ramón Acín no pudo resistir la imagen que construía con los sonidos que llegaban desde la habitación de al lado. No hay sufrimiento más cruel que el sufrimiento imaginado. Y salió de su refugio. Allí, en el pequeño habitáculo que le había servido de escondite, quedaron, esparcidos en el suelo, papeles de distintos tamaños con las últimas palabras, con los últimos apuntes que hizo durante los días que estuvo escondido. Y junto a los últimos apuntes, en el suelo, quedó la última pajarita que fabricó, una pajarica que sus dedos hicieron maquinalmente, doblando y desdoblando distraídamente una hoja de papel mientras en su cabeza sonaba La última rosa del verano, la hermosa melodía que acompañaba los giros de la pajarita de la caja de música que encandilaba a Katia y a Sol. Aquella música mezclaba la ternura y la tristeza, la tristeza de la separación y la ternura de los últimos besos. Era una melodía que retrataba la belleza de lo efímero, la necesidad de aprovechar el momento porque todo se pasa casi sin sentir, y porque la belleza es siempre demasiado breve. Era la misma canción que le acompañó durante su exilio del año treinta, tras el fracaso de la sublevación de Jaca, cuando se instaló en París. Tarareaba esta canción cuando al atardecer paseaba por le bois de Boulogne, por los jardines des Tuillèries o sentado en uno de los bancos junto al Sena, en le Quartier Latin, a la sombra de la catedral de Nôtre Dame, cuando acudía a visitar a alguno de sus amigos pintores que se habían instalado allí o cuando dedicaba la tarde a curiosear entre los puestos de los libreros de lance. Ramón Acín miraba el agua mansa del río e imaginaba a Katia y a Sol jugando con la caja de música. Imaginaba sus ojos abiertos y su sonrisa, mientras la pajarica bailaba una danza infinita. Era la misma melodía que le acompañó en aquella celda que compartía con otros cuarenta y siete hombres cuando escribía una carta dirigida a sus hijas, una carta en la que dibujó una palomica que salvaba las rejas de la ventana de la prisión y volaba libre, llevando un mensaje de amor para Katia y para Sol.

Somos la música que escuchamos y Ramón Acín proyectaba esa doble mirada sobre la realidad, una mirada melancólica y tierna. Anidaban en su interior la ternura de sus manos acostumbradas a dar vida al barro, al papel, al lienzo, a la piedra y al hierro, y la melancolía, la misma melancolía que despertaba en él el baile de la pajarica al compás de La última rosa del verano. La última.

Cuando vieron aparecer a Ramón Acín en la sala, se abalanzaron sobre él, apenas le dejaron respirar. Llevaba puesta una chaqueta de pijama. Por el bolsillo asomaban los lápices de colores que le acompañaban permanentemente, unos lápices que eran sus herramientas y sus únicas armas. No dejó de mirar a Conchita ni un instante, a pesar de los golpes, a pesar de los insultos. La miraba como si ella pudiera leer su mirada y él pensaba que nunca la había amado tanto.

Los vecinos que presenciaron cómo sacaron a Ramón Acín y a Concha Monrás de su casa no pudieron olvidar, mientras vivieron, los estremecedores gritos y el llanto de Sol y Katia. No pudieron olvidar su propio miedo, un miedo amargo que atenazaba sus gargantas y les robaba la voluntad. Y tampoco pudieron olvidar su vergüenza al escuchar algunos aplausos, insultos y abucheos. Eran “los buenos vecinos de Huesca” que escribiría Max Aub en La gallina ciega, que celebraban la detención de Ramón Acín.

Aquella misma noche del 6 de agosto fue asesinado. Indefenso, solo, apaleado, maniatado, destrozado por el llanto y los gritos de Conchita y de las niñas, mutilados los sueños, sin palabras, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarle. Se enfrentó en solitario al grupo de asesinos que lo llevaron a las tapias del cementerio de Huesca. Conocía a todos aquellos hombres convertidos en bestias. Después de tanto dolor, sólo conservaba la dignidad de su mirada.

- ¡¡Mi sangre no será estéril. Mis alumnos me vengarán!!

Sonaron los disparos y la sangre se mezcló en la tierra. Se apagó la luz y las manos creadoras se quedaron para siempre quietas y los labios inertes y la mirada rota...

Concha Monrás fue fusilada, junto a otros 97 republicanos oscenses, el día 23 de agosto de 1936.

Algunos años más tarde, el sepulturero indicó a la familia el lugar preciso donde estaba enterrado Ramón Acín. Cuando exhumaron sus restos encontraron la camisa de pijama que llevaba puesta cuando lo arrancaron de su casa. Por uno de los bolsillos asomaban los lapiceros de colores que eran sus herramientas y sus únicas armas".



*Fragmento de la novela "Por escribir sus nombres" de Víctor Juan Borroy. Inédita. La presento al premio de novela corta Ciudad de Barbastro y quedó entre las tres últimas. Fue defendida por Fernando Marías y Encarna Samitier, entre otros. Se publicará, casi seguro, de aquí a la primavera del 2006. [Como no sé linkar y le he dedicado algún párrafo a esta novela y un artículo extenso en "Heraldo de Huesca", copio aquí el texto que Víctor Juan Borroy publica en su dominio y lo pego en mi blog. Quizá fuera innecesario porque estoy seguro que los lectores de la web de Víctor Juan son una auténtica multitud, pero este es un tema, un mundo, una sensibilidad que también explican algunos de mis sentimientos hacia Ramón Acín y hacia Aragón, la tierra que me ofreció su hospitalidad y el cariño de muchos amigos. Hace mucho que no hablo con Víctor Juan, ni con Víctor Pardo, pero tengo encima de la mesa una carta que me remitió poco antes de morir Katia Acín. El retrado de Acín es de Pepe Cerdá y fue el objeto de portada del monográfico que le dedicó la revista "Trébede" al creador de las pajaritas].
05/08/2005 00:49 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

SUEÑO Y SON DE SAN LORENZO EN CUBA

danzantes.jpgUna embajada cultural aragonesa partía hacia Cuba: actores, escritores, rapsodas, fotógrafos y cantantes con sus guitarras. Él integraba una compañía de teatro de Huesca que se vio obligada a llevar a Cuba un viejo baúl de cómico de la legua para representar una pieza de teatro dentro del teatro de José Luis Sanchis Sinisterra. Apareció cuando los nervios quebraban la moral del director del grupo: venía de blanco y verde, con el traje de fiesta y el sueño atrasado tras los imborrables siete días de agosto. Solucionó atropelladamente el pasaje, era el único de nosotros que no llevaba kilos de más de equipaje. A los dos minutos ya lo vimos en el suelo, en los bancos, sobre las mochilas, dormido, con una desordenada sonrisa de felicidad y abrazado a la resaca, como si la huella de tanta alegría apasionada se le hubiese estampado en el rostro. Luis de Góngora bien podría haber escrito para él aquello de “las venas con poca sangre, / los ojos con mucha noche”.

Reparé en una cosa: se tumbaba por aquí y por allá, desgalichado como era, pero su traje no presentaba ni una sola arruga y ni una mancha. Creo que olía incluso demasiado bien: a noche de amor al suave relente tal vez, a verbena ininterrumpida de contoneos y besos. Dijo, transido de nostalgias: “Llevo muchas noches sin dormir. Huesca es un derroche”. Algunos pensamos de inmediato en el chupinazo, en la multitud, en un ilusorio olor a albahaca, en los danzantes, en las mairalesas (que siempre nos han parecido las perlas del caos incesante: esas damas, su garbo, y ese nombre: mairalesas), en las verbenas, los veladores, las tómbolas y el vino en torrente de las peñas. Todos pensamos en esa felicidad sin freno de San Lorenzo, en el jolgorio insomne, que con otros tonos y algo más de modestia nos hizo pensar algunas veces en San Fermín.

Recuerdo que hace años tuve un amigo, un tal Chapulle, hijo de un empresario de máquinas agrícolas y estudiante hijo de Económicas o Derecho, que me dijo que la fiesta de San Lorenzo (fue Pío IX quien designó, en 1867, la fiesta del diácono a patrono de toda la diócesis) era como una celebración pagana donde se trasiegan el vino, la amistad y el amor como si fueron los días del fin del mundo. Él, que residía en un bajo sombrío y húmedo del Casco-Histórico de Zaragoza, donde se oían los trabajos y los días de las ratas, tenía muy claro que San Lorenzo era punto y aparte: el paraíso de la farra en una ciudad reducida donde todos eran primos, conocidos desde siempre o amigos entrañables. Como una gran familia con lazos insospechados. Hablaba de algunas danzas típicas como la “Danza de los palos” o la “Danza del degollau”, de aquel punto de la ciudad donde se arrojan periódicos a la comitiva municipal que pasa o de ese hábito refrescante de echar baldes de agua a los paisanos y paisanos que desfilan por el Coso.

En el avión hacia La Habana me tocó junto al actor. Me senté junto a él y junto a un gallego al que conocía, sin saberlo, desde hacía 20 años. En aquel viaje a diez mil kilómetros de altura me ocurrieron muchas cosas, muchísimas pese a viajar en un avión (la más inesperada me la dijo aquel gallego de Betanzos, Luna: “estaba seguro de que tú ibas para figura del fútbol”), pero lo más bonito fue un sueño nítido y fascinante: me habían invitado a San Lorenzo y me había vestido de galán laurentino, en blanco y verde. Aunque no era “huesqueta de toda la vida” ni “basura fata”, como suelen decir en broma Luis Lles o Juanjo Javierre, sentía esa hermandad compulsiva y tribal que abraza a los oscenses en ese bullicio de identidad y jolgorio; disfrutaba como el que más con un vermú con gambas en las terrazas o en las atestadas tabernas. Iba de aquí para allá, en aquel bendito desorden, como un danzante improvisado por los efectos del alcohol. En esa película del sueño, no podía ser menos, me encontraba en los lugares más insospechados con los viejos amigos de la ciudad: Javier Brun, Carrera Blecua, Pepa Sánchez, Teresa Sas, Pilar Alcalde, Michel Zarzuela, Isidro Ferrer, José Domingo Dueñas, Fernando Herce, Guillermo Farina, José María Adé, Óscar Sipán, Pepe Escriche, María Jesús Buil, Víctor Pardo, Compairé, Carlos Castán, Fernando García Mongay, Jesús Arbués, Eugenio Monesma, Pablo Otín y tantos otros. Una semana de fiesta en Huesca da para casi todo. Y da incluso para el romanticismo: entre las sombras de mi sueño atisbaba a una mujer que era como una aparición y se ofrecía a enseñarte a correr delante de las vaquillas.

El actor, al llegar a Cienfuegos, se compró otras ropas: camisetas, pantalones, y una caja de puros hechos a mano por un anciano que parecía el hermano gemelo de Compay Segundo. Intenté trabar amistad con él: le tomé fotos, elogié su actuación, nos emborrachamos de ron blanco. Entonces me pareció el momento apropiado para pedirle que me vendiese el traje. Cuelga en mi ropero por si vuelvo otra vez a San Lorenzo...
13/08/2005 01:10 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

SEIS DÍAS EN GALICIA

caion.jpgSeis días en Galicia. Vida muy casera: piscina y playa, sobre todo en Caión (en la foto), mi paraíso de ballenas legendarias. Algunos amigos: encuentro al mediodía con Xoán Abeleira, antaño Juan Abeleira, autor de “Umbral del centinela”, columnista de “La Opinión” ahora, fotógrafo y poeta en gallego en “Animais animais”; comida con Miguel Anxo Fernán-Vello en O Burgo, en cuya Universidad Laboral estudié Electrónica, Miguel Anxo acaba de publicar otro poemario, “Capital do corpo”, y escribe en “Galicia Hoxe” un artículo sobre mí, muy bello, muy afectuoso, me preguntó entre sardiñas e polbo, “¿No te gustaría volver a Galicia?”. Hace años, me dijo algo parecido Alfredo Conde, cuando yo soñaba volver a Galicia, y en cuanto lo nombraron consejero se olvidó para siempre de sus amigos de la lejanía. Voy a ver con los niños a un aguerrido Deportivo, que vence bajo el aguacero de verano al Olimpique de Marsella, leo, compro en la Feria del Libro un precioso libro de Dino Buzzatti y otro de Luis Amado Carballo, y Miguel Anxo me carga la maleta de nuevos poemarios de su preciosa editorial Espiral Mayor. Visito con mi padre los lugares de mi infancia y hago algo ineludible en todos los veranos: el paseo a caballo con mis hijos por los bosques encantados de Os Laranxos y Loureda. Si alguna vez volviese a escribir en gallego, redactaría la historia de un viaje de ésos a caballo donde todos los jinetes cuentan historias sin parar, especialmente al llegar a un bosque armonioso, donde el silencio habla, cuando se paran a descansar antes de llegar al mar y el joven patriarca Waldo empieza a desgranar las historias menudas de sus animales…
13/08/2005 22:24 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

"NINETTE"

pataky2.jpgTras leer tantos artículos elogiosos (Luis Herrero, Martín Prieto, Raúl del Pozo, Juan Manuel de Prada, Umbral, entre otros) sobre “Ninette” de José Luis Garci, basada en dos obras de Miguel Mihura (“Ninette y un señor de Murcia”, “Ninette, modas de París”), voy a verla, vamos a verla Daniel y yo en la última sesión. Hay bastante gente en el cine a esas horas, en los Renoir. La película, eminentemente teatral, transcurre en 1959 en Murcia y luego en interiores que debemos imaginar parisinos. Nunca se ve París; en realidad, París es una mujer a la que le molesta la muchedumbre y el cosmopolitismo de París. Garci ha llevado el teatro al cine: la película tiene algo de aquellos lejanos “Estudios 1” de TVE, e incluso ha recuperado a un magnífico actor de entonces como Fernando Delgado.

La película funciona al principio, siempre gracias al buen trabajo interpretativo (en particular, gracias a ese amigo del protagonista, Armando, bizco, que hace Enrique Villen) y a los graciosos textos de Mihura. E incluso, puede decirse que funciona un poco toda la primera parte, con ese personaje fascinante que es Fernando Delgado, el republicano español que toca la gaita, más que con la propia Ninette, Elsa Pataky, que hace un papel un poco intrascendente, poco dibujado, poco perfilado. Es inteligente y manipuladora, es cándida y atrevida, pero hay algo que no acabas de creerte nunca. La débil profundidad de su personaje contrasta con la de Maruja (Mar Regueras, creo), que tiene otra fuerza, otra textura. Elsa Pataky está bellísima, se cambia continuamente de ropa, o no la lleva directamente, exhibe su cuerpo, ofrece continuos contoneos, pero no logra alzar un papel que no ha sido muy bien concebido desde el propio guión. Esa luz interior que le ha visto Garci no acaba de hacerse visible en su Ninette, aunque la hermosura nadie puede discutírsela. Carlos Hipólito resuelve con solvencia y humor su papel. A la relación amorosa de los protagonistas le falta un poco de chispa, picardía, ingenuidad, conmoción, magia.

La segunda parte de la película, cuando Ninette y Andrés se casan y se trasladan a Murcia, es menos interesante, más embarullada. Incluso hay cosas que no se explican del todo: ¿qué hace ahora Armando en Murcia?, por ejemplo. La película resulta larga, está demasiado pegada a los textos de Mihura, posee caídas de ritmo, es menos graciosa de lo esperable y poco imaginativa, poco alegre en el fondo, a pesar de que es una apología del placer, del cuerpo, de la liberación sexual, de la vida. Más que la concepción de Garci, a la película la salvan, por instantes, los actores… Ni siquiera ese tono apagado, ceniciento, se adecua a ese milagro de la ilusión que es el hecho de que toque en suerte una mujer de bandera así y en París, nada menos. Tiene algo de españolada con sueca y destape en tu propia casa.
15/08/2005 09:44 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

LA REINA DE LA PERTIGA

_39995650_isinbayeva_getty300.jpgLos Mundiales de Helsinki de Atletismo han tenido varias reinas:
-Yelena Isinbayeva, la prodigiosa rusa que elevó el saltó de pértiga a 5.01: bella, elástica, carismática, potente y orgullosa. Guiña el ojo izquierdo como una peligrosa madmesoille de Moscú, como una femme fatale.
15/08/2005 15:28 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

UNA VELOCISTA FORMIDABLE

allysonfelix_gi300x300.jpgLa norteamericana Allyson Felix fue la campeona de los 200 metros lisos. Es la sucesora de campeonas como Marita Koch, Florence Griffith, Gwenn Torrence, Marie-Jose Perec, Marlene Ottey o Veronica Campbell. Es jovencísima y, además, novia de Justin Gatlin, ganador de los 100 y 200 metros lisos.
15/08/2005 15:30 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

LA AGONÍA TRIUNFAL DE PAULA RADCLIFFE

paular_getty300.jpgA Paula Radcliffe la vimos sufrir tanto en Atenas, donde fracasó en el 10.000(también le ocurrió en Helsinki, nada pudo hacer ante las hermanas Dibaba) y en el maratón, que deseábamos que pudiese recuperar. Nos acordamos de la gran campeona Ingrid Kristensen, que también sucumbió como ella en los grandes momentos. Sin embargo, en la maratón cabalgó como una yegua a punto de descuajeringarse, con la cabeza aleteante, los brazos en desorden y una rabia íntima. Ganó y convenció.
15/08/2005 15:34 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ENTREVISTA CON EL ACTOR GABRIEL LATORRE

latorre.jpgHace algunos años, cuando era periodista de radio, Gabriel Latorre fue a entrevistar a Xavier Cugat. Al cabo de un instante, le dijo el músico: “Tiene usted un rostro muy peculiar. ¿Me permite que le haga una caricatura?”. Esa anécdota fue todo un vaticinio: con esa cara, Gabriel Latorre ha sido muchos hombre en la ficción: monje budista, policía, rey moro, soldado, escritor, soldado, bandido o incluso el Papa Luna.

-¿Quién le metió a usted en esto de la interpretación?
-Me ha gustado desde siempre. Desde los Estudios 1 y desde la Novela de Televisión Española, que eran estupendas adaptaciones de grandes libros. Aquello me parecía fascinante. Buscaba libros y montábamos con algunos amigos esas obras de manera muy artesanal. Un día, en HERALDO, Pilar Delgado publicó un anuncio que decía que se buscaban actores jóvenes para una montar una escuela pequeña, privada. Su idea era formar una pequeña compañía, y me apunté con un amigo, Agustín Miguel. Hizo una selección y nos cogió a los dos.

-Siempre ha dicho que le debe mucho a Pilar Delgado.
-Desde luego. Ella me inoculó el veneno por esta profesión. Después creó La Taguara, pero recuerdo que uno de los primeros montajes fue “El delantero centro murió al amanecer” de Agustín Cuzzani. Era la historia de un futbolista que acababa suicidándose. Yo encarnaba a un vagabundo que empezaba la función, y eso me aterraba. De repente, se levanta el telón y yo me dije: “Y de aquí, por dónde se sale?”. Era un monólogo breve, pero hubo un momento que ya no sabía si estaba repitiendo constantemente lo mismo... Estuve en La Taguara mucho tiempo.

-Sí, pero en medio hizo radio...
-Es cierto, primero en la COPE. Era locutor los domingos por la tarde con Enrique Belver. Él me abrió una de mis primeras puertas. Luego hice un programa los sábados con Julia Almenar, en el que hacía de payaso. Recuerdo que los niños querían venir al estudio. Vinieron, y ¡cuál no fue su decepción al ver que no había ningún payaso! Yo era algo así como “Tripón, el payaso más alegre y borrachón. Desde entonces, aunque no lo exigía el guión, yo me vestía de payaso, me maquillaba y me pintaba. Aún hay gente, niños de entonces, que me lo recuerden. Y me hace muchísima ilusión.

-¿No estuvo luego en Antena 3 de radio?
-Sí, allí hice de todo: programas, información, unidad móvil. Recuerdo a Jesús Hermida diciéndome: “Adelante, Gabriel Latorre”. Les gustaba mi voz...

-Bueno, su voz es una de sus armas...
-Le estoy muy agradecido. Gracias a ella he trabajado mucho. Mi padre me decía que tenía voz de canónigo. He hecho doblaje, ¿sabe que yo he doblado a Boris Karloff?, documentales, publicidad. Mi voz se la suelen poner a personas maduras y ancianos. También puse la voz a “las 100 promesas del PSOE”. Recuerdo que yo daba la voz a Sainz de Varanda o a Santiago Marraco. Recuerdo llegar de hacer bolos por ahí y a las tres de la mañana me estaban esperando con el estudio abierto para hacer voces.

-Pero todo eso cambió en 1986.
-Luis Alegre me había presentado a Fernando Trueba en el cine Goya en el estreno de “Sé infiel y no mires con quien”. Al cabo de un tiempo, de repente recibo una llamada de su productora para hacer el papel de un requeté que iba a hacer Miguel Rellán...

-Por cierto, que son ustedes dos actores muy similares.
-Es verdad. Nos han confundido alguna vez y nos hemos disputado algún trabajo. Iba a hacer un papel un poco más largo, pero Fernando se dilató un poco en el rodaje en Madrid, tuvo que marcharse con urgencia a Lisboa a proseguir el rodaje, y luego comprobaron que mi papel ya estaba suficientemente explicado.

-Nos hemos dejado en el tintero sus intervenciones en “La vaquilla” de Berlanga y en “Réquiem por un campesino español” de Betriu...
-Sí, pero ahí en realidad participé, con otros actores aragoneses, más en figuración que en otras cosas. Creo que en Aragón debíamos aprender de otras comunidades, donde exige que los secundarios –al ceder espacios o infraestructura- exigen que haya intervención de los actores de allí.

-Ha hecho usted multitud de papeles con multitud de directores. ¿De cuál se siente más satisfecho?
-De “La estanquera de Sevilla” para “La huella del crimen”, dirigido por Ricardo Franco. Rodamos en Madrid y Sevilla: yo hacía de chivato que denunciaba a dos que sabía que eran inocentes y los mataron a garrote vil. Fue un trabajo muy bonito con un director inolvidable. Yo soy un actor camaleónico que me transformo con facilidad. Puedo hacer cualquier tipo. Cuando tengo que encarnar algún papel, lo estudio, lo pienso y me miro al espejo y ya me sale. No siempre te salen las cosas: recuerdo que en “La fuente de la edad” de Julio Sánchez Valdés tenía que hacer de tonto del pueblo. No acababa de encontrar el punto del personaje. Le daba vueltas y más vueltas, ensayaba y ensayaba, y no me veía. Finalmente, recordé “La hija de Ryan” una preciosa película de David Lean y recordé el papel que hacía John Mills.

-Supongo que cada actor tiene un método, pero a usted, aunque breves, parece que no hay papeles que se le resistan...
-Intervengo en más cortos que nunca. Ahora estoy haciendo el papel de mafioso en “La chica de la cárcel” de Fernando Usón, tengo otros compromisos con Jesús Marco y Roberto Aznar. Sin embargo, hay algo que siempre me asusta: los papeles clásicos.

-¿Qué diferencia, desde el punto de vista de la interpretación, existe entre un papel principal y uno secundario?
-Yo creo que a diferencia de otras cinematografías, no tratamos bien los personajes secundarios a nivel técnico. No se les da la importancia que tienen. No es lo mismo tener un plano corto o medio, sostenido durante mucho raro, que en una aparición fugaz, donde controlas más el gesto y la mirada.

-Ha participado en la película “Soldados de Salamina”.
-Ha sido una experiencia preciosa. David Trueba es una de las personas más fantásticas que he conocido en el mundo del cine. Es inteligente, contagio su pasión por el trabajo y resulta amable hasta con la figuración. Es un director que crea adicción: hubiéramos hecho en su película cualquier cosa. Posee un grado de humanidad increíble y es abierto: te invita a ver lo que se ha ido rodando, te invita a participar de la fiesta cinematográfica que es una película.

-Permítame ser tópico. Usted ha hecho de todo: ¿dónde se encuentra más cómodo?
-En el cine, como dice Fernando Fernán Gómez, “te pagan por esperar”. Pero luego es tan reconfortante: te cuentan una historia, te morirás, la película sigue ahí y tú en ella, la ponen en festivales, en las Filmotecas, en ciclos específicos; es una manera de pasar a la inmortalidad. La tele te permite sobrevivir, y menos mal que existe. Y el teatro es el fuente donde el actor tiene que ir a beber, a tomar aire, a aprender la fuerza del silencio. Es más duro, tiene una magia especial, aunque a veces, tras tantas representaciones, llega a ser asfixiante. Y, en el fondo, estoy de acuerdo con María Luisa Ponte que decía que ella sobre un escenario hacía exactamente lo mismo que ante una cámara. A mí me gusta la naturalidad.

-¿Cómo ve el Centro Dramático de Aragón? ¿Qué espera de él?
-Que se consolide y que sea la sede de verdad de los actores aragoneses, que puedan ir pasando por él, cíclicamente, los actores aragoneses. Aunque no sé si debo decirlo, he sido elegido entre una veintena de intérpretes para la versión del Quijote que prepara Fernando Fernán Gómez. Creo que es una buena oportunidad para todos nosotros: vamos a estar dos meses en el Teatro María Guerrero y debemos demostrar que somos buenos profesionales. Le digo una cosa...

-Es su oportunidad.
-Yo trabajo donde puedo, allí donde me llamo. Pero en cuanto hago mi trabajo, me vuelvo a casa, con mis amigos aragoneses, a Zaragoza. En Madrid todos saben que soy de Zaragoza, que es mi casa, mi tierra, mi pasión, el lugar por donde me gusta pasear todos los días.

-Y desde hace algún tiempo, también hace fotografías.
-Me encanta. Aprovecho los rodajes, mi encuentro con actores. Lo que me gusta es hacer fotografía creativa: ver paisajes, crear mundos con los actores o con lo que se me pone por delante. Ahora ya tengo colgadas muchas de mis fotos en el portal www.multimagen.com.
15/08/2005 19:21 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

JULIO ALEJANDRO DE CASTRO CARDÚS /1

nazarin1.jpgUNA PAELLA PARA DOS: LUIS BUÑUEL Y JULIO ALEJANDRO (I. Notas para un centenario)

--¿Conociste a Rita Macedo?
--No, claro que no.
--Era una de las actrices favoritas de Luis Buñuel.
--Bueno, eso sí que lo sabía.
--Acaba de morirse. Me gustaría dedicarle un artículo, pero ahora, ante el mar, sólo tengo fuerzas para escribir poemas a mano. Era una mujer verdaderamente impresionante. ¿Sabes cómo consiguió el papel en Nazarín?
--No, Julio.
--Verás. Se enteró de que Luis Buñuel estaba preparando la película, basada en la novela de Galdós. Se disfrazó de manera maravillosa, con greñas, las ropas desarrapadas y un rostro que parecía un adefesio. Se plantó en su casa y le dijo que sabía que preparaba la película. Se arrodilló ante él, o al menos le suplicó, y le pidió el papel. Buñuel, verdaderamente conmovido, no se pudo negar. Y así fue como encarnó a Andara, la prostituta que se refugia en el cuarto de Nazarín tras una pelea sangrienta.

A Julio Alejandro de Castro (Huesca, 1906-Denia, Alicante, 1995) le encantaba relatar historias del mar, de rastros y chamarileros, y sobre todo de mujeres. María Félix, Jeanne Moreau, que se enamoró de él como Margarita Lozano, Mayrata O’Wisiedo, aquella modelo zaragozana que enloqueció al joven Alfonso Sastre y escribió un libro que a Julio le divertía: “Chico no sabe que es perro”.
--Rita Macedo era la mujer de Carlos Fuentes. Luego se separaron.
Fuentes –que es casi el hilo conductor del excelente y humanísimo documental “A propósito de Buñuel” de Javier Rioyo y José Luis López Linares, que presentaron en el año 2000— narra que rompieron luego y una de las razones del distanciamiento fue Jean Seberg, a quien el mexicano rinde un homenaje en “Diana o la cazadora solitaria”. Jean Seberg se enamoró locamente de Clint Eastwood tras el rodaje de “La leyenda de la ciudad sin nombre” de Joshua Logan (pegó su póster en el piso que compartía con Fuentes) y más tarde de Ricardo Franco, a quien inspiró su película póstuma: “Lágrimas negras”.
--También hizo un papel impresionante en “Ensayo de un crimen”. Era estupenda.
A Julio le sojuzgaba el universo femenino. De súbito contaba:
-- Dolores del Río tuvo un marido que le llenaba la cama y la bañera de gardenias y de joyas. Tenía unos tobillos preciosos. La trataba como una reina, pero en el fondo era un cursi. Con Orson Welles mantuvo una historia de amor clandestina.
En otro momento, se concentraba en Chavela Vargas y sus amores, y decía:
--Fui un gran amigo de Mercedes Barcha. Qué gran mujer. Era una heroína; gracias a ella, García Márquez pudo escribir “Cien años de soledad”. Se encargó de todo, de los niños, de las deudas, de la comida; aisló por completo a su marido, lo protegió como no puedes imaginarte. Por aquellos días le presté una bandeja de plata para una cena; luego García Márquez me pidió algunos muebles de mi casa. “Quiero los tuyos, Julio. Así estaré seguro de que no me equivoco”. De Chavela Vargas, qué te voy a decir. Daba un concierto y todas sus amantes estaban allí mirándola y mirándose: la densidad del aire se cortaba con un cuchillo. El aire no era aire ni humo: eran celos de mujer celosa de otras mujeres.
Julio, además de guionista de Simón del desierto, Nazarín, Viridiana y Tristana, fue director artístico de El ángel exterminador y de Pedro Páramo, realizada por Carlos Velo. En cada pieza que escribió para el realizador calandino retrató un admirable universo femenino, igual que había hecho en sus piezas de teatro que se estrenaron en España en la primera posguerra. Una vez que el casi ágrafo Buñuel leía y repasaba el texto, y exigía una última versión, Julio se enfrentaba a la estricta genialidad del cineasta y aceptaba su búsqueda de la originalidad: le daba la vuelta al texto como si fuese un calcetín. Extremaba aquel detalle, acentuaba la ambigüedad y la poesía, derramaba los elementos simbólicos o no de su mundo vinculado con el siglo de Oro y el lenguaje de las vanguardias.
Julio aceptaba con un gesto de admiración. Como Luis Buñuel renace a cada instante, la ausencia de Julio Alejandro de Castro se hace de tan evidente dolorosa. El año que viene el Festival de Huesca le rendirá un homenaje coincidiendo con su centenario. Si llamase por teléfono ahora desde la tumba, lo haría con su frase favorita: “Te quiero, cabrón”. En la obra de Rioyo & López Linares sólo le oímos reír casi de paso. Si la inmortalidad se puede compartir, Luis Buñuel y Julio Alejandro de Castro deben estar más juntos que nunca comiéndose una paella.
La inmortalidad, como tantas otras cosas, se sobrelleva mejor con una buena comida.
16/08/2005 09:43 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

PRIMERA CONFESIÓN DEL ARTISTA (FICCIÓN)

Waterhouse-Thisbe_tn.jpgNo sé si sabré decir lo que siento. En realidad, he escrito poco. Frases sueltas, en un cuaderno de anillas de una raya. Y a lápiz, porque pienso que así todo es más provisional. Puedo borrar las frases y empezar de nuevo. Como ahora. He pensado que uno busca y encuentra, que encuentra algo por azar antes de haber salido de exploración. Uno vive, respira, anda de aquí para allá como si precisase más aire. Yo no soy artista. No tengo formación ni mis estudios me han llevado por ese camino. Bueno, en realidad, soy un enfermo y también un artista. Más que un enfermo, soy un ser humano. ¿Qué quiero decir exactamente? Quizá quiera decir que el cerebro es todo un enigma: un pozo de luz, una tormenta de noches o de sombra, una fábrica inagotable de emociones. El cerebro todo lo puede, incluso aquello que yo jamás había imaginado. Insisto: puedo ser José, Carlos, Fernando, Eusebio o Vincent van Gogh. Soy un ser humano que sueña y por lo tanto soy muchos hombres en un hombre solo.

Un día, me arrastraron hacia los talleres. Me arrastraron, que es una forma de decir que me invitaron, y me dejé ir con gozo y con temor. Siempre nos asusta y nos estimula lo desconocido. Y allí estaban Sergio y su equipo. Sergio y otros creadores, me gusta más llamarles creadores que profesores, que también lo son. Gente que ha vivido en el arte y en sus residuos. Y allí me encontré con cosas que sabía que existían pero que eran ajenas a mí. Ideas, colores, partículas, objetos, formas: todo se agolpó de repente en mi retina como una tentación. O un clamor que llama. Y en las yemas de los dedos sentí un temblor, un cosquilleo, una necesidad de ponerme en acción. Avanza, ven, atrévete, parecían decirme las cosas. Como a los otros: a José, Fernando, Carlos, Eusebio o Vincent van Gogh. Y empecé a pintar, dibujar, manchar el papel, a construir masas y volúmenes, componer figuras: círculos, triángulos, casas o abrigos para el alma, jardines encantados, bosques de color encendido. Sergio y los otros, y los otros también son mis amigos, los nuevos artistas que aun no saben que son artistas, también me llamaban: avanza, ven, atrévete. No retrocedas. La imaginación debe ser como el alma del cerebro: otro territorio inabarcable. Y aquí estoy, libre, afanoso, descubriéndome a diario, trabajando con el aire que respiro, con las manos y con las ideas.

Dicen que el arte es la mejor terapia, como una conversación o un amor inesperado, como un amanecer sobre los cerros o el poniente de sangre que he pintado sobre el papel o el lienzo. El arte es cosa de niños, y de adultos, y de ancianos. El arte, lo he descubierto, ni tiene estación ni fecha de caducidad: es una acequia del río infinito de la vida. Es como una partitura: se ve, se lee y te penetra en la sangre estremecida como una melodía. Siempre hay un gesto, un detalle o una línea que me salvan de las horas del mundo, del diario asombro de existir. Aquí soy feliz. Aquí me vacío, me ofrezco, me reinvento y al hacerlo revelo mi visión del mundo. Y me rebelo contra mi enfermedad: sólo soy un ser humano que crea. Un soñador que se mancha con la materia.

Por favor, dense prisa en leer esto. Creo que voy a borrarlo todo y a empezar otra vez.
17/08/2005 09:03 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

NOTA SOBRE ENRIQUE VILLAGRASA, ENVIADA DESDE ZAMORA

firma0enrvil.gifEnrique Villagrasa apuesta porque Tábara sea centro de peregrinaje de poetas

El poeta turolense, residente en Tarragona, Enrique Villagrasa (Burbáguena, 1957) presentaba oficialmente su libro “Límite infinito”, ganador del III Premio León Felipe de Poesía, en la segunda fase de la Universidad de Verano Hispano Portuguesa, en la plaza Mayor de Tábara, lugar de nacimiento del poeta León Felipe, a las 21 horas del día 12 de este mes de agosto, con la participación de José Ramos, alcalde de Tábara; Joan Gonper, editor del Centro de Estudios Literarios y de Arte de Castilla y León (Celya) y Jesús Losada, director de la Universidad de Verano y coordinador del premio internacional. En el mismo acto se le hizo entrega del galardón del premio, una escultura del artista burgalés Jorge Villalmanzo.

Villagrasa, periodista y escritor que publica sus reseñas literarias en “Qué leer” de Barcelona, “Turia” de Teruel y “Artes y Letras” del Heraldo de Aragón, además de haber sido traducido alguno de sus trabajos al francés, árabe e italiano, se mostró encantado de visitar la tierra que vio nacer al poeta León Felipe Camino Galicia y apostó por convertir a Tábara en centro de peregrinaje de poetas. El libro, de 66 amenas páginas, recibía mil y una alabanzas de los primeros que pudieron disfrutar de él a la luz de la luna: “sólo la palabra es el infinito”. Al día siguiente, el autor firmó ejemplares de su libro en la Feria del Libro de Benavente (Zamora), en la caseta de Celya, junto a otros autores de la mencionada editorial, y después clausuró la citada Feria con un discurso sobre el amor a los libros.

“Límite infinito” es un poemario en el que según el jurado: “Se trata de una serie de cincuenta reflexiones poéticas encadenadas en donde el trasfondo desarrolla un paralelismo entre el lenguaje, la vida poética de los autores de nuestros días, la poesía y el límite infinito de la literatura que nos une.”
17/08/2005 09:17 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

BALANCE Y ESTRELLAS DEL ATLETISMO EN HELSINKI

tirunesh-dibaba.jpgCide, galanteador de damas y de comentarios, tendré que nombrarte en mi reino privado de la red pregonero de afectos y comentarista real. Un gran abrazo. Te respondo en escritorio y con algo de retraso a tu pregunta-petición sobre los campeones del mundo de Helsinki

1. La otra gran estrella de las mujeres (además de Radcliffe, Allyson Felix e Isinbayeva) fue Tirunesh Dibaba, ganadora de 5.000 y 10.000 metros, una mujer extraordinaria, que soporta un ritmo endiablado de crucero y posee un increíble final, como padecieron Defar, campeona olímpica en el 5.000, y Adere en el 10.000. Tiene una hermana algo mayor que también logró una modesta proeza: Ejegay Dibaba ha sido doble medalla de bronce en 5000 y 10.000. Me corrijo un poco a mí mismo, por aquello de la exactitud: Tirunesh Dibaba fue, sin duda, con Yelena Isinbayeva la auténtica reina de Helsinki.

2. Y también merecen mi elogio, y el de todos, la campeona de 20Km. marcha, Ivanova, y la cubana Osleidys Menéndez, campeona de lanzamiento de jabalina. Ambas batieron el record del mundo. Otra mujer increíble es la doble campeona Lauryn Williams, menuda y poderosa, que ganó en 100 metros lisos y en 4 x 100, y en las dos ocasiones ante la francesa Christine Arron, guapísima y elegante, que nunca será Marie Jose Perec, aquel gacela de seda y ébano que era capaz de vencer en 200 y 400 en una Olimpiada. Y ante la campeona olímpica de 200 Veronica Campbell, de Jamaica.

3. He disfrutado muchísimo con otras dos atletas formidables: la sueca Kajsa Bergqvuist, que venció con 2.02 y persiguió en vano el record del mundo con 2.10, posee unas piernas interminables y ataca el listón con elegancia y fuerza. Me recordó a la gran Stefka Kostadinova, labúlgara que logró su record del mundo en 1987 al saltar 2.09. Y la campeona de 400 metros vallas, la rusa Yuliya Pechonkina, que realizó una estupenda carrera, y ganó también en 4 x 400. Es la típica atleta rusa: blanca, de extremidades inacabables, excelente competidora, increíble estampa y esa pálida belleza, amasada con nata, cierta gelidez de niebla y un aire de amazona distante. Reconozco que con ellas me pasa un poco como en el cine: acabo enamorándome. Menos mal que están demasiado lejos y no voy a alentar la tentación. Además, sería irritantemente bajito… Soy un mitómano incorregible, y un amigo del alma me ha autorizado a ser mitómano pero no melancólico.

Entre los hombres, entre otros, hay que destacar:

1. Justin Gatlin, campeón de 100 y 200 metros lisos. Ha estado espléndido, y no se anduvo con chiquitas ante la ausencia del recordman mundial del hectómetro, Asafa Powell. Tiene una forma de correr muy peculiar: mira al suelo, como si quisiera agarrarse a la pista, durante los 40 primeros metros y luego, muerde el aire y avanza como un lebrel iracundo.

2. El otro gran protagonista de Helsinki fue el mediofondista marroquí Rashid Ramzi, que representó a Barein, que hizo algo que nadie había hecho antes: venció en 800 y 1500 con absoluta autoridad, algo que ni habían hecho Coe, Ovett, Cram, Said Aouita o Nurredine Morceli. Increíble su potencia, su seriedad; le ganó con absoluta facilidad al campeón olímpico Yuri Borzakovskiy, que es un desastre en la estrategia, a pesar de ser el gran favorito en 800. Creo que El Guerruj ya tiene un impresionante y joven sucesor.

3. Jeremy Wariner, campeón de 400 metros lisos. Es impresionante, también ganó en 4 x 400. Va a por el récord de Michael Johnson.

P.D. De España tengo poco que decir. Lo mejor los marchadores, Paquillo Fernández, Molina y María Vasco; pero también merecen elogios tres buenos mediofondistas como Natalia Rodríguez, Mayte Martínez y Antonio Casado, que será campeón del mundo en menos de cinco años. Joan Lino acarició el bronce en longitud, donde se gana a más de 30 centímetros del record del mundo de Michael Powell, 8.95. Dwight Phillipa ganó con un primer salto de 8.60.
18/08/2005 19:31 Enlace permanente. Hay 8 comentarios.

SI UNA MAÑANA EN AMSTERDAM EL TURISTA...

Simeoni_oly.jpgMe encuentro con Pepe Melero, ese señor que sabe de libros posiblemente más que nadie. Me dice:

1. Que ha escrito un texto entusiasta para un libro-disco de la jota (Prames), en el que también participa Javier Barreiro, y que va a reproducir en su texto auténticas joyas: cancioneros del siglo XIX con maravillosas portadas. Su cómplice Víctor Juan, ese pedagogo que escribe ahora su segunda novela, le ha echado una mano. Son incorregibles e inseparables y se intercambian sus respectivos paraísos: Víctor le ofrece su casa encantada, custodiada por perros; Pepe, sus libros, su cariño y su sabiduría insondable. Casi mortifican de envidia. En cualquier caso, Pepe Melero sería algo así como una versión republicana de Demetrio Galán Bergua. Lo sabe todo y la canta con una suavidad y una exactitud que deslumbró en El Ventorrillo al mismísimo Pastor de Andorra.

2. Que en Amsterdam, una mañana tranquila, salió a pasear y se quedó un poco perplejo ante una mujer de ojos azules y de una belleza indefinible. De ésas que, de súbito, al pasar o al quedarse, lo tienen todo: garbo, luz, fotogenia, encanto, un cuerpo dibujado como el cerebro ni siquiera imagina. Esa criatura con ojos de mar, además, era librera y sacó en un cajón la edición en holandés de “Imán” de Sender, realizada hacia 1934 (aquí me fío de mi memoria; seguramente me equivoco). Pepe la compró por dos euros, y al lado vio un estudio en inglés sobre Benjamín Jarnés. Miró a la chica de nuevo y la fotografió para siempre en el fondo de su ojo. Ella no sabe que estará para siempre unida a ese gran escritor y formidable sátiro que fue Sender. Y que tendría una secreta vida española en las mitologías librescas de Melero.

3. Hoy me han hablado muchísimo de un joven jugador del Real Zaragoza. Me han dicho que es prodigioso, un centrocampista finísimo, de conducción y dirección, que rara vez pierde un balón, pura fantasía. Se llama Longás; me han hablado maravillas de él amigos míos como Carlos Paño, Raúl Lahoz, Javier Gil Esponera, etc. Y se lo he dicho a Pepe. Me contestó: “Mi hijo Jorge, forofo como sabes del Real Zaragoza, me ha dicho que es una auténtica maravilla, pero que Víctor Muñoz no lo quiere”. ¿Quién entiende a los entrenadores, aunque sean buenos amigos nuestros? Pepe me cuenta otra cosa muy bonita: su padre, de 75 años, lleva 50 años de socio del equipo y va a recibir una medalla del club. Eso es como si le diesen la gran medalla de amor y lealtad de los amantes de Teruel. Por cierto, José Luis Melero, padre de Pepe y abuelo de Jorge e Iguácel Melero Polo, cumple hoy 75 años. Felicidades.

4. Pepe también me dijo que si podía contar en este blog la pequeña historia de la saltadora de altura Sara Simeoni. La bella Sara. Y aquí está: nació en 1953, fue 22 veces campeona de su país, varias de Europa, y obtuvo tres medallas olímpicas. Fue plata en Montreal (1976); plata en Los Ángeles (1984), y oro en Moscú (1980). Fue la primera mujer que saltó dos metros. Su gran rival fue Rosemarie Ackermann. Arriba coloco una de sus fotos más espectaculares. He visto varias fotos suyas, con mucha melena, y yo la recordaba más delicada y guapa, pero bien se ve, querido Pepe, que parecía de goma.
19/08/2005 11:38 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

TRINIDAD RUIZ-MARCELLÁN, OLIFANTE Y LA POESÍA EN EL MONCAYO

moncayo.jpgENTREVISTA

-Siento curiosidad. ¿Qué le ha llevado al Moncayo?
-En mi infancia en Agón, desde mi ventana o las eras, veía la cumbre del Moncayo. Durante muchos años le di completamente la espalda y de golpe, a principios de los 90, no sé si por cansancio o porque iba en búsqueda de mis orígenes, decidí trasladarme a vivir a su sombra. Antes ya había hecho pequeñas excursiones…

-Fue una decisión radical.
-En cierto modo. La tomé con mi compañero Marcelo Reyes, esencial en esta decisión y en mi vida. Aquí he perdido la noción del tiempo, no del espacio. Cada día es diferente, como el paisaje, como el color del campo, como las emociones. Es un espacio cargado de energía, de magia, de fascinación diaria, en el que me resulta fácil encontrarme conmigo misma. Espero jubilarme aquí.

-¿Por qué eligió Litago?
-En un principio barajamos varios pueblos, pero fue en Litago donde encontramos un paisaje abierto, sin obstáculos y con la montaña enfrente. También pudo haber sido Trasmoz, Añón, Vera, Novallas o Tarazona, adonde hemos llevado la sede de Olifante, Ediciones de Poesía.

-¿Es mágico el Moncayo bajo el intenso calor también?
-Desde luego, aunque ese viento del sur que llega me confunde. El monte pierde algo de identidad en verano; resulta más Moncayo, como su nombre sugiere, cuando las cumbres están blancas de nieve. Es como si esa magia, ese arsenal de viejas leyendas, irrumpiese con una energía heladora. Yo me identifico con esa blancura ideal de la cúspide.

-Moncayo también es un territorio emparentado con la poesía: Veruela, los hermanos Bécquer.
-O Antonio Machado, el Marqués de Santillana o el propio Cervantes, a quien recordamos este año. Si subes a la cumbre del monte y ves la otra parte de Soria, que avanza hacia Castilla, te encuentras con los campos y las sombras de Machado. Bécquer también le confiere misterio poético al Moncayo. Olifante aquí se encuentra muy cómoda, muy integrada. Yo creo que la editorial, cumplió una primera época en Zaragoza, de 1979 a 1999. Y desde el último lustro ha iniciado otro periodo, en el que colaboramos en encuentros con escritores, lecturas, semanas culturales, bibliotecas o charlas. Hemos editado casi cien libros.

-¿No barajaban otro proyecto como La Casa del Poeta?
-Sí, se instalará en Trasmoz y yo creo que se inaugurará en 2008. Por ahora es un edificio desportillado, con granero y de escasa superficie, pero lo rehabilitaremos con el objetivo de invitar a poetas que vengan aquí con un proyecto concreto, que puedan disponer de becas, que puedan investigar o disfrutar de estos lugares. Se los presentaremos a la población y queremos que se relacionen con la gente, que realicen talleres, lecturas o que den conferencias.

-Hablemos del IV Festival Internacional de Poesía Moncayo.
-Se celebrará del uno al tres de septiembre en Trasmoz, Tarazona, Novallas, Vera y Veruela. El protagonista de este año es Miguel de Cervantes. Olifante presentará un volumen de su poesía, en edición de Alberto Blecua y Antonio Pérez Lasheras, con textos de Luis Alberto de Cuenca y de José Jiménez Lozano, Premio Cervantes. Y se cerrará con un concierto de Paco Ibáñez en el monasterio de Veruela.

-¿Qué pretenden?
-El Festival ya empieza a ser conocido en España. Vendrá mucha gente y es el único de España de sus características: intentamos unir lugares, países y disciplinas artísticas. No sólo hacemos poesía, y habrá más de una veintena de vates del mundo, o un proyecto de intercambio cultural entre pueblos como va a ser La Casa de la Palabra, inspirada en las cabañas de caña de Guinea Ecuatorial, sino que también habrá música, danza, arte, trapecio. Es una fiesta global de la oralidad poética.

-Es muy bonito el cartel que les ha hecho Vicente Pascual.
-Es un artista que ha viajado mucho, que ha vivido en Norteamérica y en Mallorca. Vino al Moncayo casi como yo, buscando el recuerdo de su infancia; él tuvo una abuela maestra que dio clases en Tarazona. Es un lujo para la comarca y para Olifante en particular: nos ayuda en los diseños, en la elección de letras y colores. Es un auténtico poeta gráfico.

-¿Es la poesía, como las bicicletas, para el verano?
-La poesía es para siempre, y para el verano también. Las bicicletas son muy útiles en el Moncayo.

En el IV Festival Internacional de Poesía Moncayo intervendrán, entre otros: Leopoldo Alas, Rosario de la Varga, Pedro Emilio Gómez, Octavio Gómez, Ángel Guinda, Âlime Hüma, Ángel Guinda, Ginés Liébana, Ángel López, Nina Malinowski, Luigi Maráes, Miguel Ángel Marín Uriol, Carlos Marzal, César Antonio Molina, Carlos Marzas, Kepa Murúa, Miriam Reyes, Paolo Ruffili, José Rui Teixeira, Antonio Sagredo, Joaquín Sánchez Vallés, Pedro Sena-Lino, Malina Tomova, Anabel Torres, Kirmen Uribe, Chusé Raúl Usón, Xavier Vilareyo...También actuarán El Silbo Vulnerado, Karlos y Karla, El Embrujo de Trasmoz, El Acebo de Moncayo, Monte Solo, Javier Lizalde (guitarrista), Zángano (cantante), María Carrasco (violinista), Puskas (hip hop) y Emma Luna (trapecista). Paco Ibáñez cantará el sábado, tres de septiembre, a las 21.00 horas.

P. D. Me dice mi compañera Beatriz que no os perdáis la actuación de Monte Solo el viernes 2, a las 19 horas, en Novallas. El grupo lo dirige Pepe Gastón, y los componentes, entre otros, serán Jorge Berges (a la guitarra), Arturo Hortas (a la guitarra y voz. Beatriz me confiesa que este chico es el hombre de su vida), y también cantan Marisé y Araceli.
19/08/2005 22:16 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

75 AÑOS DEL GATEPAC

rincon_de_goya.jpgZaragoza jugó un papel activo en la historia de la modernidad en España. Una muestra como “Luces de la ciudad” –cuya dirección científica asumieron Manuel García Guatas, Chus Tudelilla, José-Carlos Mainer y Enrique Serrano-, que se presentó en la Lonja y en el palacio de Montemuzo en 1995, evidenciaba la importancia de la ciudad en un sinfín de proyectos. En aquel catálogo, en la parte de arquitectura, Carlos Buil recordaba que en octubre de 1930, en el Gran Hotel, se había fundado el GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea). Años antes, en una monografía de la Delegación (ahora Demarcación) de Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Zaragoza y Rioja, el arquitecto Ricardo Marco Fraile y la historiadora del Arte Carmen Rábanos Faci publicaban la monografía “GATEPAC 1930-1940. Arquitectura Racionalista” (1979).

Carlos Buil y Ricardo Marco son los comisarios y coordinadores de un nuevo y ambicioso proyecto, “El GATEPAC y la revista A. C. Catalizador de la vanguardia arquitectónica española, 1931-1937”, que tendrá lugar en la sede del Colegio en la calle San Voto. Ese proyecto, que se desarrollará en octubre, justo cuando se cumplen los 75 de la fundación del grupo y que tendrá itinerancias por San Sebastián, Madrid y Cataluña, contempla varios apartados: se publicará en DVD la colección completa de la revista “A. C.”, que publicó 25 números entre esa fecha, acompañada de estudios de los especialistas Carlos Sambricio y José María Rovira; una amplia exposición de sobre el GATEPAC y la revista, en la que se incluirán obras realizadas en las tres sedes de la zona norte, centro y este, y aquí se incorpora un monográfico sobre algo más de una docena de obras de este período realizadas en Aragón, con particular hincapié en el Rincón de Goya de Fernando García Mercadal, realizado entre 1926 y 1928, edificio que Marco y Buil definen como “auténtica joya pionera de la arquitectura racionalista en España”.

Y el tercer apartado será un acto protocolario en el Gran Hotel de homenaje y recuerdo de aquellos dos días de octubre de 1930, el 25 y el 26, cuando se reunieron trece arquitectos: Fernando García Mercadal, Víctor Calvo Martínez de Azcoitia y Felipe López Delgado, por Madrid; Luis Vallejo de Bilbao; Labayen de San Sebastián, y Josep Lluis Sert, Illescas, Churruca, Rodríguez Arias, Pere Armengou, Josep Torres Clavé, Cristofol Alzamora y Manuel Subiño, por Barcelona, tal como recoge el acta fundacional, cuyos dos primeros puntos son (sic): “1. El GATEPAC, representante en España del CIRPAC (Comité Internacional para la Realización de los Problemas Arquitectónicos Contemporáneos), estará integrado por varios subgrupos, quedan actualmente establecidos los del centro, norte y catalán. 2. Estos subgrupos se regirán independientemente, únicamente actuarán como G. E. en las reuniones internacionales y en los concursos y exposiciones”.

Curiosamente, a pesar de ser el encuentro en Zaragoza, sólo participó un aragonés, Fernando García Mercadal, adscrito al Colegio de Madrid, y él fue determinante para que la reunión se celebrase aquí. “¿Por qué en Zaragoza? Porque García Mercadal tenía mucho predicamento –señalan Carlos Buil y Ricardo Marco-. Era un hombre que estaba muy bien conectado con Europa, que asistía a los CIAM (Congresos Internaciones de Arquitectura Moderna) y que había estado en Alemania y París. Era un hombre envolvente, simpático y agradable, que había estado en junio de 1928 en la fundación del CIAM, en el castillo suizo de La Sarraz, donde también estuvo Le Corbussier, al que había traído a la Residencia de Estudiantes en mayo de ese año donde dio dos conferencias”. Todos aquellos profesionales reconocidos contaron con “una distinguida dama suiza, madame de Mandrot”, como anfitriona. Carmen Rábanos, en su libro “Vanguardia frente a tradición en la arquitectura aragonesa (1925-1939). El racionalismo” (Guara, 1984) habla de la “generación de 1925”, en la que se integrarían entre otros Mercadal y Regino Borobio, que no acudió al Gran Hotel, y dice que tenían en común “el interés por conocer la obra de colegas extranjeros, la realización de los primeros ensayos de trabajo en equipo, la ruptura con la tradición clásica y los ‘revivals’ regionales, la utilización de esquemas antiguos con envolturas simplificadoras (ventana horizontal, estructura de hormigón, ‘ladrillismo’ simplificado, aunque como reacción a los materiales impuestos por la Bauhaus). De ésta forma parte, además del ya citado García Mercadal, otro arquitecto también aragonés, y zaragozano, Regino Borobio”.

En 1985, en el catálogo de la exposición “Fernando García Mercadal. Arquitecto” (Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón), al margen de numerosos estudios especializados, se recogían muchos testimonios del arquitecto, y allí no es especialmente prolijo en detalles. Dice: “Fue en La Sarraz donde nos comprometimos todos los delegados a fundar, en cada país, unas como filiales del CIRPAC. En la reunión del Gran Hotel de nuestra ciudad, donde nos habíamos dado cita los tres grupos de entusiastas, es donde nació el GATEPAC”. Poco más. Ricardo Marco evoca un encuentro con él, donde le restaba importancia a ese hecho, hasta el punto de que con su humor habitual dijo: “¿El GATEPAC? Eso es una gilipollez. Se ha exagerado mucho. No fue tan importante”.

Ricardo Marco y Carlos Buil valoran aquel movimiento y el impacto de su estética. “Lo habían fundado algunos de los arquitectos principales del momento. Buscaban un estilo internacional o racionalista o de movimiento europ