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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005.
 Hacía 18 años que no entraba en Bilbao. Estuve en varias ocasiones de paso hacia Santander, cuando preparaba un guión de una película cuyo título provisional era “La muerte del farero”, que anda por ahí en la memoria de ordenadores que ya no uso. Lo leyeron amigos como Pepe Melero y Luis Alegre y me dijeron, con mucha sensatez: “Toniño, dedícate a otra cosa. El cine no es lo tuyo”. Supongo que dentro de algunos años ese texto reaparecerá por algún lugar. Ni siquiera había estado nunca en el Guggenheim, y al fin cumplí un modesto sueño el pasado lunes. Tomé un autobús Alsa a las 9.15 y llegué hacia el mediodía. Y allí, como a otros periodistas, me esperaban Carmen Giménez y Richard Serra; el escultor de California, apasionado del acero, ultimaba el montaje de sus “Torsiones elípticas” en la sala Arcelor, de 3.000 metros cuadrados del museo, junto a su “Serpiente” de 1997. Serra, que es como un torbellino, me preguntó: “¿Prefiere recorrer las ocho piezas solo o en mi compañía? La verdad es que en este momento tengo mucha hambre”. Recorrí el largo centenar de metros, penetré en el corazón del acero, las espirales y los óvalos con una sensación contradictoria: a veces sentía que exploraba una ciudad fantasmal, que me extraviaba, me desorientaba; a veces percibía que entraba a una suerte de laberinto en cuyo final estaba un centro, un núcleo. El trabajo de Serra invita al viaje, al contacto con la materia, con la materia del tiempo, como dice él. Son piezas grandes, son pasadizos hacia la tiniebla o la claridad final: rondas, avanzas, ves, penetras. Las obras son majestuosas y aunque a veces presentan una cierta sensualidad, acentuada por las curvas, a mí me parecieron que prolongaban su minimalismo de antaño. El minimalismo de Serra, que sostiene que esta obra la completa el espectador, aquel que se introduce en sus meandros, en sus recovecos, en sus laberintos psicológicos. Por la tarde, con la ayuda esencial de Nerea Abasolo, conversé detenidamente con Serra. Yo preguntaba, él respondía con la fuerza de un torbellino, Nerea Abasolo, una mujer estupenda y cálida, traducía, pero antes de que acabase sus frases, ya entraba Serra de nuevo a matizar. “¿De qué se alimenta un escultor como usted?”, le dije a modo de despedida. Respondió muchas cosas, pero me quedé con ésta: “Ver es pensar y pensar es ver”. Mientras conversaba no dejó de hacer dibujos con un carboncillo gordo ni un instante. Explicaba, matizaba, recordaba edificios y obras, dijo nombres como Richard Long, Picasso, Julio González, Matisse o Zurbarán, pero también Goya. Comprobé que se vacía en cada entrevista, entendí cómo ama su trabajo. Carmen Giménez, con su peculiar acento, dijo: “Esta obra es muy importante. Ahora ya no podrán decir que el Guggenheim sólo es un contenedor, ahora también hay una obra permanente como ésta”. Un obra que se aleja de la teatralidad, admirable, en tensión. Me quedaba un par de horas y salí a la calle. Sin rumbo fijo.O quizá Sí.Debía ir hacia Arellano, me entretuve en varias librerías, compré libros de Dalí, de Gabriel Cualladó, sobre un fotógrafo de tiempos de Madame Blavatsky y uno de ballenas. Me sorprendió la calma de la ciudad: espléndida, plena de humanidad, la gente disfruta en la calle al máximo.  José Ovejero (Madrid, 1968) acaba de publicar "Las vidas ajenas"(Espasa / Ámbito Cultural), premio Primavera de Novela 2005. Es autor de libros de poemas, relatos, varios novelas y un libro de viajes como China para hipocondriacos" (Ed.B). -¿Arranca su novela “Las vidas ajenas” del hallazgo de unas fotografías? -En cierto modo. Encontré en un rastro de Bruselas una curiosa colección de fotografías sobre la colonización del Congo belga, y luego repasé algunos libros de aquella experiencia. Aquella colonización fue escandalosa. -¿Por qué? -La explotación fue brutal en todas partes. El Congo en realidad no pertenecía a Bélgica sino al rey, que había intentado explotarlo lo más rápidamente posible. Había algunos hábitos brutales, como el de cortar las manos a la gente. De vez en cuando la policía colonial daba una batida para castigar severamente a una aldea que se resistía a pagar. -Pero la novela no va de eso… -No, claro, pero eso está ahí como una historia más, como el punto de partida. “Las vidas ajenas” narra un chantaje. Ésa es la trama. Una vieja foto encontrada en un cajón de una vivienda que está siendo vaciada por los traperos es el arranque. Pero, claro, ¿a quién va a importarle que su familia o sus antepasados tengan algo que ver con eso o se haya enriquecido así tantos años antes? Eso sólo tiene interés si la historia continúa de alguna manera y por eso hablo de las actividades de empresas belgas en el Congo Belga, de traficantes de armas y madera y diamantes, y en eso está inmerso uno de los protagonistas. -Lebeaux, ese poderoso empresario, objeto del chantaje… -Sí, el chantaje está hecho por aficionados que ni siquiera son delincuentes habituales. Y en ese proceso participan emigrantes congoleños, traperos… Bruselas es una ciudad gris, de funcionarios, pero estas cosas pueden ocurrir. -¿Quiso escribir una novela de intriga y a la vez coral? -Es cierto: es una historia de intriga y una historia de muchas personas. Cada una arrastra su peripecia y quiere escapar de ella. Claude y Daniel, los traperos; Chantal, la madre soltera que está cansada de todo y atisba un fragmento de esperanza; Kasongo, el congoleño que ha emigrado a Bruselas. En el fondo, el libro ofrece una mirada a los bajos fondos de la sociedad. Libeaux es el chantajeado porque su empresa trabaja en los límites de la legalidad, y Daniel, quizá el personaje más entrañable, es uno de los chantajistas de medio pelo. Es curioso, no me había planteado la novela como un thriller, tampoco es una novela de suspense al uso, pero hay intriga y psicología de los personajes a la manera de Patricia Highsmith, y en menor medida de Chandler o Hammett. -¿Qué le atrae de Highsmith, que vivía en una ciudad también de funcionarios como Ginebra? -Que sus personajes están vivos. La novela negra trabaja con tópicos, con arquetipos: investigador un tanto nihilista que siempre apura un poco de “bourbon”, seres desengañados y más bien misóginos, mujeres fatales, malos… No te los acabas de creer. -Como en todas las novelas del género, la ciudad ocupa un papel determinante. Es casi la protagonista absoluta… -Tal vez. Bruselas es una ciudad con varios mundos. La población extranjera alcanza el 30% del total. Te metes en un autobús y en un trayecto cortísimo puedes oír hasta ocho lenguas, ocho culturas, ocho historias. ¿Qué pasa entonces? Cuando las vidas se rozan suceden cosas como las de mi novela y se descubren comportamientos nada heroicos. -Otro componente sustancial es la crítica social. -A mí no me interesan mucho la novela ideológica. No tengo demasiadas cosas de las que opinar. Me gusta contar historias y crear personajes. Como poeta, aunque haya publicado dos libros, me siento un poco impostor. Pero miro las clases sociales, los excluidos, gente que a lo mejor no ha tenido su sitio y que espera un golpe de suerte, aunque sea a través de un chantaje. El realismo no existe como tal, pero existen sus atmósferas, existe una correspondencia de la ficción con la vida cotidiana, y todo eso está en mi novela. -En ocasiones, precisamente por ello, la novela también tiene algo de costumbrista. -¡No me diga! Una vez un crítico dijo: “José Ovejero cae en el costumbrismo”. ¿Qué queremos decir, volvemos a utilizar el sustantivo como algo peyorativo? Claro que hay rasgos de costumbrismo, entendido éste como que los hechos quieren ser verosímiles, transcurren en un contexto, que incluso los personajes tengan una vida independiente de la trama. En ese sentido, sí me siento costumbrista. -Como lo son Patricia Highsmith o Georges Simenon. Lleva quince años en Bruselas y se ha confesado un gran lector. ¿Quiénes son los autores que más le interesan? -Últimamente me he inclinado hacia la literatura en inglés: Ian McEwain, Coetzee, Don de Lillo, Philip Roth o, ya en otra órbita, clásicos como Primo Levi. -¿Y entre los españoles? -Me interesan autores como Enrique de Hériz, Ignacio Martínez de Pisón o Nicolás Casariego. -¿Cómo se viven estas giran de promoción? -Sabes que es la condición del premio. Recorres catorce ciudades españoles y sobrevives. Y a veces pasan cosas increíbles: en Turón, cerca de Mieres, hay un bibliotecario que ha puesto a leer a todos sus vecinos, ex trabajadores, ex mineros, gente que en ocasiones no tiene ni el Bachillerato. Leen como locos y preguntando parecen catedráticos. Eso sí es estimulante. Y las giras, más cansadas, te permiten en ocasiones acercarte a nuevos lectores.  UN CUENTO DE PATRICIO JULVE* Patricio Julve no creía en fantasmas. Como fotógrafo tampoco le interesaban los castillos, tal vez porque esa labor de encerrarlos en un objetivo la había realizado siempre su maestro Juan Mora Insa. Pero con Loarre, fallecido aquel prodigioso documentalista hacía una década exactamente, creyó que bien podría rendirle un homenaje. Aunque eso, en realidad, lo pensó luego: exactamente cuando el canónigo y archivero Antonio Durán Gudiol le anunció que preparaba “una biografía del castillo”. Añadió aquel hombre menudo, al que conocían en Huesca como “el cura rojo”: “¿Y cómo hablar de un castillo sin las fotos?”. Patricio Julve aceptó la indirecta como una invitación y como un desafío. Nunca se había sentido cómodo ante el lienzo de una pared, repintado por el tiempo y el vaivén de las estaciones. Nunca había tenido sensibilidad para singularizar una mole de torres, un mirador ojival que se abre a un horizonte cristalino, un oratorio íntimo frecuentado por reinas y señores. Ni siquiera se sentía llamado por esa instantánea general y evocadora de una arquitectura majestuosa que escala y recorta el aire invisible, cosida al armazón de los peñascos. Ya en su estudio de Murallas Romanas, creyó que debía reflexionar acerca de la conveniencia de un proyecto que podía resultar, más que nada, una aventura descabellada. Al fin y al cabo era cojo, y el terreno escarpado y abrupto no facilitaría sus movimientos. Además, el castillo tenía varios desniveles, e iba a exigirle dinamismo, variedad de perspectivas y un poco de osadía física. Buscó en su archivo, donde tenía algunos positivos del maestro, y contempló las cuatro vistas del castillo: tres exteriores y una interior. Las exteriores habían sido fotografiadas desde el llano, desde la explanada de acceso, y desde el fondo de la serranía, con lo cual el castillo parecía un minúsculo mirador de vértigo que penetraba en una región de nubes. Se trataba, sin duda, de la foto más artística de todas. Y la del interior era una toma poco imaginativa, marcada por la confusión de los elementos y quizá por una mala posición del fotógrafo. Dedujo que el maestro Mora Insa, en vísperas de su adiós del mundo en 1969, no le había regalado las mejores piezas de un reportaje de 40 positivos reconocidos y catalogados. Patricio Julve ya no tenía edad para recorrer el mundo en bicicleta como había hecho durante años. En aquella bicicleta semiautomática que había adquirido en París. Y tampoco había tenido tiempo ni paciencia para sacarse el carné de conducir. Sin embargo, cuando realizaba desplazamientos incómodos, que no podía resolver en autobús, acudía a su amigo Ventura Amar, el chófer gallego que escribía poemas mentalmente y los recitaba cuando se lo pedía alguien: los amigos, los concejales, su propio jefe. Ventura Amar era el taxista oficial del alcalde del Ayuntamiento de Zaragoza. En su tarjeta personal, había mandado escribir: “Ventura Amar. Poeta y taxista de protocolo municipal”. Ventura Amar y Patricio Julve tenían una magnífica relación de complicidad; se habían conocido en las riberas gallegas, mientras Julve ultimaba un reportaje sobre las ballenas en las Rías Altas, y el otro llevaba por primera vez a su joven esposa, alicantina, a conocer el faro del fin del mundo en Finisterre. Luego coincidirían en varias ocasiones y Ventura puso al servicio del fotógrafo su 1.500 particular, negro y de segunda mano, abrillantado y limpio, casi idéntico al coche oficial. Patricio Julve fue resolviendo en su magín estos problemas de intendencia, y decidió preparar una colección de 40 fotos, como su maestro, y otras diez más por cada uno de los años que llevaba muerto. Así de raro o sofisticado podía ser el fotógrafo cojo y ciego por completo del ojo derecho. Estuvo dos o tres días como abotargado. Con el susto en el cuerpo. Para sus rutinas de profesional que considera que ya hecho sus mejores obras, la decisión lo perturbaba y le exigía un exhaustivo método de trabajo: estudio, planificación, desarrollo y ejecución sobre el campo de batalla. Añadió otros términos en su cuaderno de notas: “Improvisación. Debo improvisar más que nunca. A la vejez, invención. Contra la realidad, ficción”. A los cuatro o cinco días, cuando tenía los planos del castillo en su poder, una buena selección de fotos y grabados del recinto, algunas monografías y, sobre todo, un inventario de tomas imprescindibles, llamó a Ventura Amar. “Te necesito como siempre, Ventura, sólo para mí”. El conductor tampoco pedía demasiadas explicaciones, pero esta vez Julve le dijo: “Necesitaré dormir una noche fuera. Te sería más cómodo que tú también te quedases, aunque sea en una pensión. Nos vamos a Loarre”. El otro le confirmó que libraba el martes y el miércoles próximos y, si tanta era la urgencia, que contase con él. Ventura Amar era un hombre pintoresco, de saberes y amistades inesperados. “Tuviste suerte, mucha más de la que te parece, porque yo conozco al guardián del castillo de Loarre: Acacio Moré Guedes, natural de Ligüerre de Cinca. Casó de segunda vuelta en Loarre y le dieron ese trabajo. No le acaba de gustar”. Patricio Julve estaba un poco despistado, o al menos aparentaba estarlo, como si no oyese. Ventura Amar volvió a la carga: “Fui muy amigo suyo cuando trabajaba de camionero transportando sal de Remolinos. Dejó el empleo, y también a la mujer, porque le imponía tener que entrar a los túneles. Luego le perdí la pista y al cabo de unos años lo encontré aquí, muy cambiado, y con la misma cara de susto”. Patricio Julve, cuando rebasaron Huesca, le pidió que le volviese a contar la historia de su amigo. Al oírla de nuevo, le dijo: “Ya tengo el primer personaje. ¿Crees que se dejará retratar?”. “Seguro que no -dijo Ventura-. Es de ésos que piensan que las cámaras, como las escopetas, las carga el diablo y, además, te roban el alma si de verdad existiera”. Patricio Julve rió, Ventura era tan escéptico como él, y repasó mentalmente, con el castillo ya a la vista, el equipo que había traído: tres cámaras distintas, dos de paso universal y otra de 6 x 6, los trípodes, el tipo de películas, los objetivos, los filtros polarizadores, una linterna y dos cuerdas de distintos tamaños, por si se atrevía a colgarse de la muralla o hundirse en el negro pozo de los calabozos. Saludaron al guardián o centinela; Acacio y Ventura hicieron un aparte, y al poco tiempo todo estaba arreglado: Patricio Julve tenía la libertad de movimientos que quisiera y, además, podría plantar las cámaras de noche si se atrevía. Era el último martes de septiembre de 1969 y el maestro del retrato cambiaba de registro: iba a intentar arrebatar la grandeza, la espiritualidad y los secretos de la piedra del castillo de Loarre. La tarea del fotógrafo que se enfrenta a una mole tan contundente y con una iconografía tan extendida puede resultar una aventura de conocimiento y de la imaginación, pero también un fiasco. O una repetición. Sin prisas, Julve recorrió por donde podía moverse sin demasiado esfuerzo. Se fijaba en todo: la torre del homenaje, las murallas y sus torreones, las atalayas, los arcos, las ventanas, los capiteles y los frontispicios con sus imponentes bestiarios, incluso se atrevió a subir a la capilla. Parecía estar confirmando in situ los recuerdos que tenía del castillo en una auténtica labor de reconocimiento. Sus ojos y su capacidad de mirar debían ir mucho más allá de lo ya visto tantas veces, y estaba a punto de iniciar su faena. Analizó la dureza de la luz del mediodía en la profundidad de las sombras, en la majestuosidad del entorno, en la caligrafía improvisada en la roca; siempre cerca, Ventura Amar hacía de porteador. Antes de entrar en Loarre, Patricio Julve ya lo había fotografiado en sus cuadernos de notas. El primer contacto con el edificio no le satisfizo del todo. Habían rodeado en tres ocasiones distintas el castillo al completo y había ensayado perspectivas y escorzos, sin importarle fragmentar el conjunto, en una inclinación buscada hacia la abstracción. Obtenía detalles exteriores de la muralla, picados y contrapicados, buscaba la elocuencia de la luz sobre la densidad ocre de la materia. Dentro, el trabajo le resultó muy premioso: no acababa de ver los planos generales, se sentía incómodo en los planos medios -le dijo a las seis y cuarto a Ventura Amar: “No veo nada, Ventura, nada. He perdido la ciencia de este oficio de jóvenes”-, y se detuvo minutos y minutos frente a las columnas, las ojivas, los elementos de decoración y los pasadizos que llevaban a las mazmorras. En ese instante, Acacio Moré Guedes, que acompañaba a Ventura, ante la ausencia de nuevos visitantes, gritó: “Les recomiendo que no entren ahí”. Ventura pidió explicaciones. Intuía que detrás había una historia. Lo cierto es que sólo había indicios de una vieja leyenda: la historia de aquella abadesa del monasterio de Trasobares -“o lo que fuese”, apreció Acacio-, llamada Violante de Luna, que se trasladó al monasterio de Loarre, se enamoró de Antón de Luna, dueño del castillo y afín al Conde de Urgel en sus peleas con Fernando de Antequera, y se quedó embarazada de él. Acacio añadió que una vez tomado el castillo por Pedro de Urrea y vencido Antón de Luna, la mujer desapareció, y algunos sospechan que su espíritu habita las noches del castillo, que va de torre en torre, de atalaya en atalaya, y que durante el día se guarece en las espantosas celdas donde permaneció presa algunos días antes que se la llevasen de Loarre. “Por eso –dijo el guardián-, jamás he permanecido aquí después de la ocho”. Ventura Amar preguntó más cosas, pero el fotógrafo quería aprovechar los últimos hilos de oro de la luz, el poniente de sangre que coronaba las torres y los muros, la indecisa claridad del crepúsculo. En ese instante, nadie habría dicho que aquel hombre era cojo: subía y bajaba, parecía correr por las escaleras, se incrustaba en el alféizar de las ventanas, y miraba en lontananza y gritaba: “Toda la luz viene del cielo”. Cuando Ventura y Acacio le anunciaron que se marchaban a cenar y a dormir a Loarre, estaba realmente exhausto. No quiso bajar al pueblo por el sinuoso camino del monte donde no crecía el romero (otra leyenda decía que el borrico de san Demetrio trastabilló y se cayó, y desde entonces desapareció para siempre aquella hierba tan aromática), ni le preocupó que apenas les quedase comida. Calculó que habría realizado más de 300 fotos y calculó que no eran suficientes. Quería explorar los misterios de la noche y el nacimiento del día siguiente. Por un instante, como quien desea darse nuevos ánimos, se dijo que Juan Mora, su maestro también cojo, habría estado orgulloso de él. La noche en el castillo es especialmente romántica y perturbadora. El viento gime con un lamento constante que adquiere modulaciones inquietantes al golpear la piedra; las aves irrumpen de súbito con un chicotazo de alas desplegadas, y la oscuridad es tan densa que el silencio se multiplica en voces y sombras con ecos de cementerio. La modestísima linterna era un alivio y un conjuro contra las tinieblas. Patricio Julve no creía en fantasmas, pero intuyó que en esa atmósfera tenía que haber algo especial para su cámara. Colocó una en la entrada a las mazmorras y fue realizando tomas de larga exposición, de media hora, de una hora, de hora y media, de hasta cuatro horas la última. Y algo semejante hizo en la capilla y en diversas dependencias. Con otra cámara, armada con un potente flash, ensayó diversos juegos de luces. Quizá la noche de Patricio Julve en el castillo de Loarre se mereciese un libro completo, pero él combatió los malos pensamientos y el pánico, que llegó a percibir, con una actividad frenética, con una sangre fría casi sobrehumana. Por la mañana, seleccionó una docena de tomas y las resolvió con un insólito sentido de la perfección. Deleitándose, disfrutando de cada matiz de la naturaleza. Cuando aparecieron Acacio y Ventura, lo encontraron feliz aunque fatigado y, sobre todo, hambriento. En cuanto los vio, sólo dijo: “Ventura, volvemos a casa. Creo que he disparado más de 500 veces”. El guardián preguntó: “¿Ha visto algo?”. Patricio Julve respondió: “No he visto nada, pero lo he oído todo. Si volviese otra vez aquí sería con tapones en los oídos”. Patricio Julve trabajó durante un mes en la preparación del reportaje. En ese periodo de tiempo, recibió hasta tres cartas de Antonio Durán Gudiol conminándole a que la enviase su trabajo. Lo ayudaría en su biografía del castillo. Julve positivó todas las fotos. Y cuando llegó a las laboriosas instantáneas de la noche, en las cinco o seis de los calabozos apenas se venía nada. Nada. Pero en una de la capilla se atisbaba una sombra blanca, en movimiento y borrosa, que acababa arrodillándose ante el altar. No era necesario tener una imaginación calenturienta: la foto parecía una película que registraba los movimientos del fantasma. Bien podría ser aquella Violante de Luna, abadesa de Trasobares, que tanto había pecado en vida. Patricio Julve preparó uno de sus mejores álbumes, no de 50 fotos sino de 100 exactamente, que nunca llegó a exponer, y le mandó una brevísima carta al historiador y sacerdote Durán Gudiol. “Soy un pésimo fotógrafo que no cree en fantasmas, pero deben de existir y han convertido todas mis fotos en inservibles. Espero que entienda mi profunda decepción: Patricio Julve no sabe retratar el alma de la piedra”. En 1981, Antonio Durán Gudiol publicó su libro El castillo de Loarre (Guara, 1981) y en la página once habla de la “nefasta experiencia de un fotógrafo cuyo nombre quiero olvidar que no supo captar esa impresionante fortaleza de Dios que se divisa desde la hondonada y el llano”. *Este texto sobre Patricio Julve (el fotógrafo que nació en el libro "El testamento de amor de Patricio Julve" (Destino, 1995 y 2000) ha sido incluido en el volumen colectivo "Historias de Loarre" (March), en el que participan Ismael Grasa, Carlos Castán, Ana María Navales, Amadeo Cobas, Ramón Acín, Félix Romeo, Cristina Grande, Damián Torrijos y Óscar Sipán, que ha sido el coordinador y antólogo del volumen.  -¿Cuándo se dio usted cuenta de la importancia del Ebro? -Yo no me di cuenta: el Ebro formaba parte de mi vida. Mequinenza era una población que vivía con el Ebro y casi en el Ebro. Pasaba el río por la población y se usaba el agua para todo: para regar, para navegar, para lavar. La vida entera estaba ligada al río, que crecía, bramaba y, al hacerlo, impresionaba. Estaba como encajonado en el valle. Mequinenza era un pueblo largo que se extendía por la vega abajo. -¿Por qué? -Piense que se hacía transporte de carbón desde mediados del siglo XIX, el lignito viajaba sobre las aguas cuando las carreteras eran prácticamente inexistentes. Y además el río servía para regar una preciosa huerta árabe. -Hablemos de la navegación. -Mequinenza era un puerto fluvial fascinante y eso casi resultaba insólito. Había una importante flota de laúdes. Cuando los barcos permanecían amarrados, y sin sus dueños, pescabas desde ellos. O entre ellos. Yo tenía cañas de cañaveral y de bambú. Pescaba muchas veces con cañas cortas desde la orilla, entre las mujeres que lavaban porque aún no había agua corriente (no tardaría en llegar), en el Ebro y el Segre, que allí se encuentran. Pescaba madrillas, un pez pequeño. -¿Existían pescadores profesionales? -Conocí al menos a dos. Salían a pescar con la barca, y tendían sus redes y sus cebos. Luego, vendían lo que habían sacado en cestos por Mequinenza. -Resultan muy atractivos en “Camino de sirga” los navegantes. Pienso en Nelson o Arquimedes Quintana. -A ellos les gustaba que los llamasen navegantes o “llauters. También era muy especial el carácter de los patrones, porque ser patrón en el Ebro era muy duro, difícil. El Ebro en invierno llevaba más agua y no se corría tanto peligro, pero en el estío los barcos podían zozobrar o encallarse, y la carga se derramaba. Y era una vergüenza que se te fuese el lignito al fondo. -¿Cómo eran las tabernas de los navegantes? -Bueno, había un par de tabernas, pero los navegantes también iban a los cafés. Tenían sus tertulias, contaban sus historias, no eran un mundo aparte. Bajaban el lignito, y lo llevaban hasta el Delta, a Tortosa o, a veces, a Amposta. Y luego subían cargados con productos del Delta: arroz, cerámica, sal, jabón o naranjas. Recuerdo que por la tienda de ultramarinos y coloniales de mis padres aparecían a menudo, a veces con esos barriles de jabón blando del que hablo en mis libros, y además distribuían sus productos por aquí y por allá. -¿Habló usted mucho con los navegantes? -Cuando supe que quería escribir “Camino de sirga” los entrevisté, recogí mucho material. Y me hablaban de todo. Conocí también a muchos patrones. Había dos tipos. Recuerdo a un joven de catorce años que procedía de una dinastía de navegantes y mandaba en hombres que le doblaban en edad. Era un patrón muy técnico y más bien frío. Pero Nelson y Arquimedes Quintana era patrones más románticos, más arriesgados, que rezumaban calor humano. Uno de los modelos de Nelson, por ejemplo, tenía mal genio. Los lunes solía cabrearse con la tripulación porque a lo mejor no le hacía caso. Se retiraba a su camarote y le dejaba el gobierno del laúd. Cuando había dificultades, los hombres golpeaban en la puerta para que los ayudase. Me contaban algunos líos de faldas a lo largo de la ribera. -Usted escribió un cuento sobre el campo de fútbol inundado por el Segre y el Ebro. -Estaba yo en el campo. El Segre, que ahora es un río dormido, tenía unas crecidas súbitas. Empezó a crecer y crecer, y hacía de barrera al agua del Ebro, y éste al final, al encontrarse con esa suerte de obstáculo o muro, empezó a subir y subir, e inundó el campo, pero el partido no se detuvo. Se jugó aquella tarde con medio palmo de agua. -¿Cuál es su opinión sobre la Expo 2008? -Creo que va a ser algo muy bueno para Zaragoza. Seguramente se van a hacer cosas que nunca se harían. Pienso, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992: fue algo definitivo para la modernización de la ciudad y para abrirla al mar de una manera plena. *Jesús Moncada (Mequinenza, 1941) recibió el pasado 18 de abril en Teruel el premio de las Letras Aragonesas. Xordica acaba de publicar su libro "Calaveras atónitas", relatos traducidos por Chusé Raúl Usón, que ya había vertido "El Café de la Rana" e "Historias de la mano izquierda". Jesús Moncada siempre ha reconocido el magisterio de Pere Calders, Miguel Labordeta, Rosendo Tello y Manuel Berdún Torres, entre otros. En la carpa de Santa Engracia, de la Feria del Libro, se expone una muestra dedicada a su vida, obra y paisajes.  Huesca no ha sido ajena al fabuloso anecdotario de la historia del Caballero de la Triste Figura y su escudero, como recuerda Manuel Serrano Vélez en su divertido “Locos por el Quijote” (BArC, 2005) o el propio José-Carlos Mainer en el libro-disco “Música en la Ínsula Barataria”. Manuel Serrano, en el apéndice documental de su libro de infinitas curiosidades, recoge dos obras del pintor, arqueólogo e historiador del arte Valentín Carderera (Huesca, 1896-Madrid, 1880): el óleo “Alcalá de Ebro”, con un aroma entre fantástico y simbolista, y la acuarela “El palacio de los duques de Villahermosa en Pedrola”, que son los lugares donde transcurre un tercio de la segunda parte del Quijote. Aunque Cervantes nunca los cita explícitamente, habla de que esas aventuras transcurren a dos días de camino de Zaragoza y hay bastantes coincidencias para que esos espacios de ficción enigmáticos sean los que pintó Carderera. Ahí transcurren las burlas del caballo volador “Clavileño”, de los crueles duques, la historia Maese Pedro y su retablo de las maravillas, el episodio de amor de la joven criada que se finge enamorada de don Quijote y todo el capítulo de Sancho como juicioso y elocuente gobernador de la Ínsula. Del Quijote escribió a lo largo y a lo ancho Ramón José Sender, que tiene un cuento titulado “Las gallinas de Cervantes”, donde alude a la vida plácida del escritor en Esquivias, recién casado con Catalina de Salazar, que se ve interrumpida de golpe por un sesgo surrealista: su joven esposa se convierte en gallina, o adquiere síntomas gallináceos. Un cineasta aragonés, Alfredo Castellón Molina, llevó esa narración al cine en 1987 con Sender en el interior de una iglesia presentando a sus criaturas. Gracián es posterior a Cervantes, pero su escritura no le pasó inadvertida, y de alguna manera –y perdonen la osadía: lo ha dicho muy bellamente Aurora Egido- en el germen de la novela alegórica “El Criticón” están el Quijote y “Los trabajos de Persiles y Segismunda”. Tampoco sabemos con certeza si el poeta Alfonso Lombardo era de Huesca. Marcelino Menéndez Pelayo le atribuyó la personalidad del enmascarado Alonso Fernández de Avellaneda. Fue como un arrebato de un día, que se quedó con el tiempo en agua de borrajas. Quien sí tuvo vinculación con Cervantes, y en particular con el Quijote, fue Lupercio Leonardo de Argensola, próximo a la corte del conde de Lemos en Nápoles e instigador, según algunos, desde la Academia de los Ociosos de la escritura del Quijote apócrifo, que modificaría los planes de Cervantes de la segunda parte de su aventura. Si los héroes se habían despedido en 1605 a las puertas de Zaragoza, habida cuenta de que Avellaneda sí los trajo en 1614 y les hizo ver las famosas justas, luego se irían a Barcelona. Y otra referencia fundamental oscense del Quijote es la ilustración que hizo del volumen el finado pintor oscense Antonio Saura, que continúa a su modo los trabajos de Daumier, Doré o Dalí. Su trabajo para la lujosa edición de Círculo de Lectores, que preparó Martín de Riquer, es de gran energía expresiva. Dijo Saura: “Como en Doré, pero en sentido contrario, fueron anotados aquellos pasajes del texto que mejor se corresponden con las zonas, claras u oscuras, de la persona fantasmagoría, prefiriéndose marcar el acento no en la exaltación del héroe y de su paisaje, sino en aquel terreno en donde la gravedad de pensamiento, o el ingenio de la reflexión, así como la ineludible situación que la memoria retuvo, se correspondieran, bien mediante su natural identificación, bien mediante su forzamiento gráfico, a una forma de proceder en donde lo fulgurante es aceptado como fuente de revelación capaz de provocar por sí mismo un fenómeno plástico”.  He empezado un artículo sobre la Feria del Libro de Huesca y de Zaragoza, quería comentar lo muchísimo que me gustó el concierto del sábado de Carlos Núñez, que dio mucha bola a los aragoneses, pero no me sale nada. Transcribo, en cambio, una respuesta de Laura Mañá, a la que conocí hace algunos años durante el rodaje de "Libertarias", a un cuestionario sobre sexo, publicado en "El Dominical". Le pregunta Imma Fernández: -A usted, ¿cómo se la seduce? -Con mucho cariño, comprensión y, sobre todo, mucha paciencia porque soy un poco cabra loca. Mi marido sabe tomarme las riendas, y casi todos los díasme dice: "Estoy loco por ti". Y le brillan los ojos al decírmelo. Antes le había pedido: -Describa una noche mágica. -Primero, aparcar a los dos niños. Un viaje a un sitio exótico con mucho calor. Un buen vino, música durita y buena luz. Me gusta la luz. Si no, ¿para qué me pongo la lencería si no me ven? Me gusta ver y que me vean, la piel... En el sexo hay mucho exhibicionismo. Para mí es algo que se transmite sobre todo con la mirada, con los ojos. Esta Laura Mañá, actriz también, es la realizadora de "Sexo por compasión"y "Morir en San Hilario". El escritor inédito vive en una casa de las afueras de Zaragoza, entre Garrapinillos y el aeropuerto. Es una casa con un jardín impresionante, arbolado, cerrado sobre sí mismo, con veladores, como un paraíso en la tierra. Allí, el viento suena de otro modo: con melodía de pájaros, con silencio parpadeante de floresta. La primera vez que estuve en esa casa pensé en un recuerdo inventado personal: aquel espacio o explanada del Hortal de Huesca donde paseaba Ramón Acín y donde jugaban sus hijas en un crepúsculo enigmático que traía en los dedos del aire presagios. Tuve la sensación de que el Hortal debía ser como la casa del narrador inédito, inclinado hacia la pedagogía, inclinado hacia la forja de ilusiones de niño grande que se desbrava con un romanticismo inusitado. En realidad, no me gusta ir a su casa porque la felicidad absoluta me provoca luego, al recordarla, como desazón o envidia. No siento envidia de casi nada, salvo de aquellos que dominan varias lenguas con facilidad y de los que son capaces de construir un edén cotidiano. En cualquier caso, se trata de una envidia llevadera. Regresé otra noche a aquel lugar: la oscuridad era ideal, el cielo se preñó de estrellas y las sombras se multiplicaban con olores a membrillos, a melocotones y a orujo espeso recién llegado de Galicia. El narrador inédito oía y oía historias de brujería, cuentos de aparecidos, el increíble relato de un botijo y la dama de blanco en las callejas de Santiago, y era fácil ver cómo disfrutaba.
El narrador inédito dejó de frecuentar a los amigos por un tiempo. Se sumergió en sí mismo y de vez en cuando, en su blog, dejaba frases inquietantes: hablaba de alguien a la que llamaba “ella”, parecía como si estuviese en un abismo dolorido de pasión, parecía preso en una especie de desolación constante. Y de vez en cuando, alimentaba su diario de notas sobre Huesca, sobre personajes oscenses, al fin y al cabo es profesor ahí. Y al final, tras varios meses, nos encontramos una noche cerca de su casa. ¿Cómo iba a confesarle que no me gustaba ir, que me hacía sentir incómodo? Aunque aquella vez tampoco habría podido ir: un tractor se había cruzado en los caminos. Los maizales ya habían crecido. Los perros ladraban a lo lejos.
Casi sin preguntarle nada, dijo: “Estoy escribiendo una novela sobre Paco Ponzán, que murió quemado en Francia, sobre Palmira Pla, la profesora de Cretas, sobre Ramón y Concha Monrás. Hay muchas más cosas. Estoy que no vivo. Todo me lo ha dado el azar: un puñado de objetos, incluso las palabras. Paco y Palmira estuvieron a punto de ser amantes”. Al cabo de unas semanas, el escritor inédito anunció que varios amigos ya habían leído el libro y que iba a presentarlo al concurso de novela corta de Barbastro, donde quedó tercero, y fue muy defendido por varios miembros del jurado. El año que viene Víctor Juan Borroy ya no será un narrador inédito y firmará ejemplares de su novela en la Feria de Huesca y en la de Zaragoza. Seguro.  Félix acuñó en Albarracín una frase simpática. “Qué bueno es Antón que nos lleva de excursión”. Así fue el sábado. Tenía que ir a Huesca, a la Feria del Libro. Todos los años me invita con cariño Pepa Sánchez, aunque lo cierto es que no le doy ningún lustre al certamen. Paso inadvertido, como casi todos. Loreto Ribarés Sánchez, hija de Pepa, me contaba una anécdota muy bonita: “Estuvo Sánchez Vidal y firmó más bien lo justo. Pero lo más curioso es que luego, a la mañana siguiente, vino a mucha a comprar ‘La llave maestra’”.Firmar libros, salvo el caso especial de Miguel Mena, que es un axioma (congrega en su persona el talento, la simpatía, la popularidad y un rabioso saber hacerse querer que todos soñamos alguna vez), tampoco es que se firme mucho, pero en Huesca, en ese parque que debió ser el de Lastanosa, estoy a gusto. Además, el sábado vino a verme una enigmática corresponsal de e-mails: Elba Mairal, a la que ya le he prometido dedicarle un cuento con una mujer que se llame así: Elba Mairal. Trabaja en el Instituto de Estudios Altoaragoneses y traía en las manos el libro “Vidas de cine”. Durante el viaje hablamos de todo un poco. Sobre todo de literatura. Viajaban con Félix y conmigo, la escritora y fotógrafa Cristina Grande, Malcolm Otero Barral, editor de Destino y Marta, su novia, una de las mujeres más guapas de Madrid. Ellos sí habían planificado una excursión a Loarre, que harían por la tarde. Y yo acudí a comer con Fernando Biarge, que ya ha hecho más de diez libros de fotografía, Pedro Estaún, antaño librero de Panacea y ahora novelista en “Guiomar”(March), David Viñuales, autor de “Paco Yunque”, un libro infantil montado con fotografías, y Pepa Sánchez. Más tarde, se sumaría a la fiesta de una tarde al sol, Damián Torrijos, que ya tiene una novela nueva. Este hombre, como diría Roberto Miranda, es un sinvivir. Yo le llamo el señor de Galadriel. En Huesca me encontré con algunos amigos: -Biarge, que ya ha publicado diez entregas de sus libros de fotos. Confesó que no había vendido mucho el volumen sobre los mallos de Riglos, pero sí el último: “Grandes picos del Pirineo”. Es un gran conocedor de las montañas y de los lugares ocultos. Prometió hacer de cicerone por espacios paradisiacos para un viaje de un día completo. -Pedro Estaún. Antaño fue librero, hablamos en varias ocasiones largo y tendido, pero como hacía algún tiempo que no lo veía había olvidado nuestras conversaciones. Ha publicado en March su primera novela: “Guiomar”, la historia de una extraña relación entre un hombre más bien cansado de vivir, una especie de “lobo estepario” en Huesca, que rescata a una mujer de las garras de unos matones, la lleva a su casa, la llama Guiomar, le explica incluso un poema de Antonio Machado, y se encierran durante cuatro días en su casa. Hacen de todo: follan, beben, recuerdan, huyen de sí mismos y afanosamente se entregan con furia de vivir. -De David Viñuales he escrito alguna vez. Me ha encantado Paco Yunque, su magnífico y futurista libro infantil. Trabaja en diseño y es fotógrafo. -Damián es toda una institución en Huesca. Y se ve que tiene perfiles pintorescos. Se ha tejido una pequeña leyenda en torno a su sentido teatral de la vida, al uso de la sátira, a su carácter cada vez más ácrata e indomable. Firmó los cuentos de “Escrito en el polvo” y la novela “Vértigo Méniere”. -Carlos Castán anunció que ya tenía un nuevo libro de relatos, y no que no ha acabado la novela. -Paco Grasa me habló de su gran amistad, desde la niñez, con Santiago Arranz y con una plaquette de poesías. Por allí, andaba ese vendaval poético llegado de México, Elisabeth Hernández. -Chema Aniés y su mujer me regalaron un libro delicioso: “Estos días azules” de Antonio Lachos y Fréderic Ducom, espléndidas fotografías con bellísimos e intensos textos. Historias de la Guerra Civil y del doloroso éxito. -Jesús Arbués, el director de Viridiana…La lista podría alargarse, pero es demasiado tarde. A la vuelta, fui con Carmen a oír y a bailar con Carlos Núñez. Fue una preciosa noche, un paseo por las músicas de Irlanda, Bretaña, Gales, Cuba, Galicia, Aragón. Carlos estuvo apoteósico, entregado al público, y con esos guiños que tanto le gustan hacia el territorio que pisa y visita: invitó a varios bailadores a subir al escenario, entre ellos a Carmelo Arriaga, a Alejandro Montserrat y a un gaitero de gaita de boto, que juraría que se llama Ángel Sánchez. Estuve a punto de no ir por pereza y por temor a llegar tarde. Estuvo realmente sensacional.  Más allá de la una de la madrugada. Cuatro o cinco estrellas pendían de un oscuro cielo, la brisa saltaba de árbol en árbol y la torre de la iglesia parecía cansada: se había quedado sondormida en el pálido oro de la luz y del ladrillo. Noa andaba de aquí para allá, triscando en la tierra, con su pelo esponjoso y ese despiste constante de los perros felices. Entre las manos llevaba uno de los libros más hermosos que he visto en bastante tiempo: “Zaragoza marina” de Javier Delgado, ilustrado por Jorge Gay y con un prólogo de José-Carlos Mainer, lleno de emoción, de referencias colectivas y de pasiones personales. Javier Delgado escribió este libro a principios de los 80 y lo publicó en la colección “Poemas” de Luciano Gracia. Éste le dijo que “este libro dará que hablar y será reeditado”.Felizmente, lo es en un auténtico libro de artista, de artistas, porque aquí hay que sumar a un cuarto creador, muy determinante: el diseñador o mago de los espacios y las tipografías que es Fernando Lasheras. Javier Delgado divide el libro en dos partes: Zaragoza es como una mujer, como la amada, a la que visita el mar, en la primera parte; en la segunda, el mar se ha ido y la muchacha, Zaragoza, lo recuerda, o presiente en sus olores, en la luz, en la atmósfera su visita no demasiado lejana. Javier Delgado dijo que este libro fue un conjuro contra un fracaso de amor. Es un libro mítico, es la historia de una ciudad con leyenda, que tal vez no haya sido capaz de consumarla. Y es ante todo una cuidada alegoría, preciosa, llena de sugerencia, de pasión marina por Zaragoza. Ayer en la Feria del Libro, pasó Agustín Sánchez Vidal y dijo: “Éste, es de los tuyos, mi libro favorito”. A mí me ocurre igual: leí este texto en 1982 y me quedé cautivado. Me dije: “No sabía que había venido a Zaragoza buscando el mar”. Si Javier, alcanza aquí un momento esplendoroso como poeta (de Mainer no diré mucho: su lucidez es un axioma), qué decir de Jorge Gay: trabaja a su aire, se prueba, se mide, inventa, crea un espacio constante de libertad y de pasión por la pintura y el dibujo. Quizá nunca le habíamos visto tan enredador, tan lúdico, tan apasionado, tan maestro del trazo. Hay color y blanco y negro, juegos, multitudes a la manera de Torres García o Leger, hay ingenuidad, líneas sugeridas, casi entrevistas… Y así Jorge Gay funda su propio mundo y propone una interpretación del libro, su propio libro de autor desde el dibujo, la pintura, el collage, la imaginación que no cesa. El libro, excepcional documento gráfico, sabedlo, lo ha publicado Prames y hace posible la cita aplazada durante veinte años de José-Carlos Mainer, Javier Delgado y Jorge Gay. Los autores firmarán ejemplares de "Zaragoza marina" el sábado por la tarde y el domingo por la mañana en la caseta de Librería Cálamo de la Feria del Libro de Zaragoza. Recuerda Manuel Serrano en su libro “Locos por el Quijote” (BArC) que el periodista Mariano de Cavia (Zaragoza, 1855-Madrid, 1920) fue el gran impulsor de la celebración del III Centenario del Quijote en 1905. Cavia escribió un artículo en “El Imparcial” en diciembre de 1903 (recogía una idea expuesta por Leopoldo Rius ya en 1894), que tuvo un enorme impacto. Apollinaire se adhirió de inmediato a la idea en otro suelto en “L’Europeen” de París, donde decía que Cervantes “era la máxima figura de la literatura europea”. Cavia sugería que, además de “las recepciones, los banquetes, las funciones teatrales y las corridas de toros”, se implicase al Ejército y a la Marina, a los ayuntamientos y ateneos, a la aristocracia y al pueblo. Sugería también salutaciones en varias lenguas (Joan Maragall debía hacerlo en catalán, Guerra Junqueiro en portugués, Mistral en provenzal, D’Amicis en italiano, etc.), proponía una reproducción de “Las bodas de Camacho” en la Moncloa y, entre otras muchas cosas, una función de Sir Henry Irving sobre el Quijote en el Teatro Español. Cavia, el hombre que le puso piso a su biblioteca, era un gran cervantista: publicó al menos 157 artículos de temas cervantinos y realizó una clasificación de locos por Cervantes. Estamos en el año del centenario de José Ruiz Borau (1905-1973), más conocido por su seudónimo José Ramón Arana, poeta y narrador que redactó sus mejores páginas en el exilio. Nacido en el colegio público de Garrapinillos un 13 de marzo de 1905, en su prosa hay numerosas vinculaciones cervantinas. La más específica acaba de reeditarse estos días en el volumen “El cura de Almuniaced” (Biblioteca del Exilio / Instituto de Estudios Altoaragoneses. Sevilla 2005). Además de incorporar su obra maestra, la historia de Mosén Joaquín durante la Guerra Civil, se incluye una colección de cuentos. El editor Luis A. Esteve Juárez recoge “El sueño de Cervantes”, una pieza de carácter entre onírico y maravilloso donde un Cervantes agonizante narra y recrea su existencia de un modo desordenado y arrebatadoramente lírico, mientras asiste a su propio funeral. Y en esa evocación vemos el riquísimo anecdotario de la niñez, el cautiverio en Argel, sus dificultades para sobrevivir e, incluso, la rebelión del propio don Quijote contra Miguel de Cervantes.  A Javier García Sánchez (Barcelona, 1956) siempre le ha interesado la patología del mal, los personajes límites, esos seres cuya existencia se desliza por un túnel perturbador de sombras y, a menudo, de homicidios. Eso le ha ocurrido en libros como “Última carta de amor de Carolina von Günderrode a Bettina Brentano”, en “La dama del viento sur” o en su monumental “El mecanógrafo”. Gran apasionado del ciclismo, es autor de la novela “Alpe d’Huez”, y las enfermedades más o menos enigmáticas le interesan casi siempre hasta tal punto que criaturas dolientes y escindidas son los protagonistas, en su mayor parte, de la veintena de novelas que ha escrito. Hace poco presentaba en Zaragoza su novela “Ella, Drácula” (Planeta), la increíble historia de Erzsébet Báthory, la condesa húngara que torturó y mató a cerca de un millar de muchachas, con las que cometió orgías sangrientas y ritos satánicos. “Madre de cuatro hijos, al principio, se untaba la sangre, luego se bañaba en ella y acabó bebiéndosela. La suya es una historia increíble, de la que escribieron Alejandra Pizarnik, Marguerite Yourcenar, que barajó dedicarle un libro completo, o Valentine Penrose, autora de ‘La condesa sangrienta’, una bella biografía literaria”. Javier García Sánchez cuenta la historia de esta mujer a través de un sacerdote, Janos, que habla en primera persona. “Como escritor ya estoy acostumbrado a luchar con el mal. Y de este personaje, en el que vengo trabajando hace casi 20 años sin atreverme a dar el paso, me interesa la perfección poética del mal. Reconozco que hay una suerte de fascinación maligna del escritor que yo soy, del narrador que es el sacerdote, hacia ella. Mi novela, esencialmente narrativa, es un intento filosófico de acercarse a las raíces del mal, a la crueldad. Aquí se cuentan sus torturas, el deleite de la contemplación del dolor ajeno, el placer de hacer sufrir. Esta mujer dice: ‘He nacido para hacer daño’. En realidad, no soportaba matar a sus víctimas, sólo disfrutaba con el dolor. Es de una abyección absoluta”. El sacerdote va contando su metamorfosis: cómo al principio, mientras vive su marido, lleva una vida discreta, pero luego, ya viuda, se convierte, en una loba, en una serpiente, en un dragón, en un animal perfecto. Ella, que conoció seguramente la historia de Vlad el Empalador y la de Gilles de Rais, es la auténtica Drácula. Sacaba a sus víctimas en sacos tras haberlas torturado en alguno de sus castillos. Practicó juegos lésbicos, conoció las drogas, tenía pavor a envejecer, frecuentaba a brujas espantosas, mordía a sus sirvientes. Acabó descuidándose y al final se descubrieron sus crímenes, aunque antes tildó de locos a aquellos que la denunciaban. Fue emparedada y tuvo una agonía larguísima. El sacerdote reconstruye la historia y hace el retrato de una época, cuando los poderosos iban de un castillo a otro. “En literatura me gustan los límites, el vértigo. Si no estás un poco loco no puedes dedicarle tantas horas a este oficio de solitarios. Me gusta dar saltos al vacío y esta novela me lo ha exigido. He hecho, además, un gran esfuerzo literario en el sentido estilístico y del lenguaje empleado. No me ha importado emplear giros del barroco, esta historia sucede en el siglo XVII. Y me ha ocurrido una cosa curiosa: a algunos lectores y amigos se les atragantaban mis libros, y con éste eso no les ha ocurrido”. Javier García Sánchez no va a abandonar estos mundos: está terminando una colección de seis novelas de terror psicológico, la primera cuenta la historia de un vigilante de un pabellón oncológico y la última gira en torno a los extraños acontecimientos del submarino Kurks. Pero ya casi ha concluido un proyecto en el que lleva muchos trabajando: la novela “K-2. Estructura de la ausente”, inspirada en hechos reales en el ascenso a esa montaña, donde murieron tres aragoneses, y García Sánchez les va a rendir un homenaje explícito en una obra de ficción de amor, alpinismo y tragedia.  -¿Cuándo se da usted cuenta de la importancia del Ebro? -Yo no me di cuenta: el Ebro formaba parte de mi vida. Mequinenza era una población que vivía con el Ebro. Pasaba el río por la población y se usaba el agua para todo: para regar, para navegar, para lavar. La vida entera estaba ligada al río, que crecía, bramaba, y al hacerlo impresionaba. Estaba como encajonado en el valle. Mequinenza era un pueblo largo que se extendía por la vega abajo. Casi podía decirse que el pueblo vivía en el Ebro. -¿Por qué? -Piense que se hacía transporte de carbón desde mediados del siglo XIX, el lignito viajaba sobre las aguas cuando las carreteras eran prácticamente inexistentes. Y además el río servía para regar una preciosa huerta árabe. El regadío y el secano estaban próximos al río, y estaban separados por una línea neta. -Hablemos de la navegación. -Mequinenza era un puerto fluvial y eso casi resultaba insólito. Había una importante flota de laúdes. Aquello era un mundo fascinante. Cuando los barcos permanecían amarrados, y sin sus dueños, pescabas desde ellos. Yo tenía cañas de cañaveral y de bambú. Pescaba muchas veces con cañas cortas desde la orilla, entre las mujeres que lavan porque aún no había agua corriente (no tardaría en llegar), en el Ebro y el Segre, que allí se encuentran. Yo pescaba madrillas, un pez pequeño. Y también había gente ya mayor que empleaba caña de carrete para la carpa, el barbo o la anguila. -¿Existían pescadores profesionales? -Yo conocí al menos a dos. Salían a pescar con la barca, y tendían sus redes y sus cebos. Luego, lo que habían sacado, lo vendían en Mequinenza en cestos. -Resultan muy atractivos en “Camino de sirga” los navegantes. Pienso en Nelson o Arquímedes Quintana. -A ellos les gustaba que los llamasen navegantes o “llauters”, se hinchaban de orgullo, pero el suyo no era un mundo cerrado. Y también era muy especial el carácter de los patrones, porque ser patrón en el Ebro era muy duro, difícil. Había que ser muy buen navegante para no perder la carga en verano. El Ebro en invierno llevaba más agua y no se corría tanto peligro, pero en el estío los barcos podían zozobrar o encallarse, y la carga se derramaba. Y era una vergüenza que se te fuese el lignito al fondo. Había barcos para el invierno; los laúdes de verano eran de poca quilla y menor calado. -¿Cómo eran las tabernas de los navegantes? -Bueno, había un par de tabernas, pero los navegantes también iban a los cafés. Tenían sus tertulias, contaban sus historias, pero ya le digo que no eran un mundo aparte. Bajaban el lignito, y lo llevaban hasta el Delta, a Tortosa o, a veces, a Amposta. Y luego subían cargados con productos del Delta: arroz, cerámica, sal, jabón o naranjas. Recuerdo que por la tienda de ultramarinos y coloniales de mis padres aparecían a menudo, a veces con esos barriles de jabón blando del que hablo en mis libros, y además distribuían sus productos por aquí y por allá. -¿Habló usted mucho con los navegantes? -Desde luego. Cuando supe que quería escribir “Camino de sirga” los entrevisté, recogí mucho material. Y me hablaban de todo: de lo que comían, de sus visitas a algún burdel, en Tortosa había uno. Conocí también a muchos patrones. Había dos tipos. Recuerdo a un joven de catorce años que procedía de una dinastía de navegantes y mandaba en hombres que le doblaban en edad. Era un patrón muy técnico y más bien frío. Pero Nelson y Arquimedes Quintana era patrones más románticos, más arriesgados, que rezumaban calor humano. Uno de los modelos de Nelson, por ejemplo, tenía mal genio. Los lunes solía cabrearse con la tripulación porque a lo mejor no le hacían caso. Se retiraba a su camarote y dejaba a sus el gobierno del laúd. Cuando había dificultades, golpeaban en la puerta para que los ayudase. Me contaban muchos líos de faldas a lo largo de la ribera. -Usted escribió un cuento sobre el campo de fútbol inundado por el Segre y el Ebro. -Es totalmente cierto. El campo de fútbol estaba en un ángulo de la población. La portería estaba a tres o cuatro metros del río Segre y una de las bandas a seis o siete del Ebro, por eso había un encargado de recoger los balones que llevaba una especie de red de cazar mariposas, con el palo más largo, para coger los balones. Si se iban por el río y no se podían atrapar, había que subir a la barca. Por eso, en Mequinenza había siempre muchos balones. El día de la inundación, estaba yo en el campo. El Segre, que ahora es un río dormido, tenía unas crecidas súbitas. Empezó a crecer y crecer, y hacía de barrera al agua del Ebro, y éste al final, al encontrarse con esa suerte de barrera, empezó a subir y subir, e inundó el campo, pero el partido no se detuvo. Se jugó aquella tarde con medio palmo de agua. -Usted estudió en Zaragoza y, además, muy cerca del río. ¿Cómo lo veía? -No tenía nada que ver. En Mequinenza, ya le digo, estaban las barcas y las piraguas. Aquello era una fiesta. Aquí, en el colegio Santo Tomás de Aquino, yo estaba interno. -¿Qué libros recuerda sobre ríos? -He comprado “El Danubio” de Claudio Magris, pero lo tengo ahí para leerlo. O los textos de Sebastián Juan Arbó, que habla más bien del Delta. Recuerdo muy bien “El Don apacible” de Mihail Sholojov, del que me gustó mucho la primera parte, relacionada también con los cosacos. -¿Cuál es su opinión sobre la Expo 2008? -Creo que va a ser algo muy bueno para Zaragoza, desde el punto de vista de que va a ayudar a la promoción de la ciudad. Seguramente se van a hacer cosas que nunca se harían. Pienso por ejemplo en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992: fue algo definitivo para la modernización de la ciudad y para abrirla al mar de una manera plena. -¿Cómo definiría entonces el Ebro? -Era un mundo entrañable. Forma parte de mi vida. Ahora es un embalse, ahora Mequinenza vive junto al río pero no con el río. Ocurrió algo muy importante. ¿Ha oído usted lo del puente? -No sé. Cuéntenos. -Ya sabe que en Mequinenza había un puente que acabó con el paso de la barca o del famoso transbordador. Pero en 1938, los republicanos volaron el puente ante la ofensiva del ejército nacional, y eso nos permitió volver durante algunos años al sistema primitivo. Se decía que el franquismo reconstruyó de inmediato ese puente, pero aún tardó en hacerlo catorce o quince años. Fíjese, recuerdo una historia muy bonita del sereno del pueblo: tenía la facultad de ir a los cafés y reunir a los hombres para retirar los embarcaderos de madera cuando creía el río. A lo largo de la orilla había muchos embarcaderos de madera, y él podía hacer eso para que no se los llevase la corriente. Ese sereno tenía un porte majestuoso, era idéntico al conde de Barcelona y se llamaba Borbón. Además, era analfabeto y cronista deportivo de un periódico de Zaragoza. Cuando terminaba un partido, iba a un bar y dictaba a alguien lo que había ocurrido. La gente tomaba redactaba en un papel su crónica en un bar, y luego Borbón iba a otro para que se lo leyeran, no fuesen a gastarle una broma. Yo fui redactor y lector en alta voz de sus crónicas. Él me regaló “El libro de la selva” de Rudyard Kipling en una preciosa edición, pero nunca supo lo que me regalaba. *Inserto de nuevo la entrevista con Jesús Moncada que le hice el pasado mes de diciembre porque la acabo de encontrar, en mi fondo de armario, completa y me ha gustado, sobre todo, el capítulo final: esa historia del sereno y cronista deportivo que me parece realmente preciosa.  Rosendo Tello (Letux, 1931) es uno de los grandes poetas de Aragón. Ha escrito, sin prisa pero sin pausa, una lírica muy personal, luminosa y transparente, caracterizada por la variedad de su inspiración, un constante apetito de perfección y belleza, una exquisita musicalidad (la música, en el poema y como tema, es una de sus constantes) y por la diversidad temática. En alguna ocasión se ha dicho de él que es un “poeta solar”, un creador imaginativo que igual aborda la tierra y el paisaje, que diversos personajes inscritos siempre en una historia íntima o colectiva, el mito, la fábula, la arquitectura. Prames acaba de publicar un volumen de 735 páginas donde se recogen prácticamente todos sus poemarios, algunos inéditos, no los poemas sueltos en revistas o libros. Y el conjunto rezuma rigor y plasticidad, evolución indesmayable, sugerencia y una increíble capacidad de uso del lenguaje. Rosendo Tello, libro a libro, reinventa su propia lengua y sabe desplazarse de la realidad a la fabulación y de la fabulación a lo cotidiano. Sus poemas parecen esculpidos en el manantial de una dicción segura, en la eufonía, en la textura del idioma. El volumen, “El vigilante y su fábula. Obra poética reunida”, se compone de catorce libros. Luis Felipe Alegre habla de dos periodos muy definidos: el primero abarcaría sus cinco primeros poemarios, y el segundo comprendería desde “Meditaciones a medianoche” hasta “Consagración al alba”. Todo le interesa: el ámbito familiar, la naturaleza, la alegoría, pero también la reflexión metapoética, la lírica narrativa, el idilio, la deslumbrante o matizada metáfora. Si hace algunos años, Antonio Gamoneda ganaba el Premio Nacional con su poesía reunida en “Edad”, este proyecto planta ahí su candidatura. O eso desearíamos cuando menos. El raro y misterioso Tello, el sensual y simbólico Rosendo debiera ser reconocido con este libro de libros: “El vigilante y su fábula”. *La foto es de Rogelio Allepuz, el gran maestro de fotógrafos de "El Periódico de Aragón".  Durante años, en Albarracín se hablaba más que de la Torre de doña Blanca del fantasma de doña Blanca. Se decía –en los corros nocturnos de la plaza o ante el mirador de la catedral— que si se estaba alerta en las noches de luna, podría verse allá al fondo, en un vado del río Guadalaviar, resbalando en la corriente o estorbando el decir de amor de los amantes noctámbulos. Esa fábula se ajustaba perfectamente a la atmósfera de la ciudad: una villa así, tan costeruda, tan delineada por murallas y promontorios, precisaba de su leyenda de aparecidos en verano. Y todos se prestaron a darle vida, a entreverla en el cauce, a soñarla, a rescatar una conseja de origen medieval. Nadie, en ese momento de febril imaginar, reparaba en la soledad de la torre de rezagado románico, en su desolación, en su aspecto de caserón que ingresaba directamente en la podredumbre y en el olvido. En ella, en sus sótanos si los hubo o en su interior tenebroso, debió consumirse una especie de princesa aragonesa que iba camino del destierro y se detuvo en la villa. Allí se enamoró locamente de un noble o de un príncipe; éste la amaba con fervor (algún escritor le ha puesto nombre incluso: Razin), pero su padre no aceptaba a la muchacha, hasta tal punto que la confinó en el edificio, y allí se desesperó, enfermó y murió. Convertida en espectro o en poética sombra blanca, podía huir por un vano y alcanzar la amena ribera del río en el plenilunio de agosto. Allí, si se está atento y se cree en el más allá, es posible presentirla, quizá verla. Ahora, con la Torre de doña Blanca rehabilitada, que se alza como una sombra sobre el cementerio, sólo hay que encaramarse en los miradores y observar. Lo esencial es invisible a los ojos.  No lo sabíamos todo de Aurelio Grasa. Su archivo tiene algo de pozo sin fondo: es un legado artístico, documental e histórico. Y no nos referimos sólo a una muestra que abarca sus aportaciones como fotógrafo, como la que se vio hace algún tiempo en la Sociedad Fotográfica de Zaragoza, sino a la obra completa, que debiera exponerse con la ambición necesaria, con un positivado correcto y con la dimensión crítica que se merece. Grasa empleaba dos cámaras: la cámara Goerz de placas de 13 x 18 durante los años 10 y 11, y del año 1912 en adelante usó la cámara Goerz de 9 x 12, que era más pequeña, más ágil, más manejable y le permitía hacer más fotos. Cuando Ramón y Cajal (Grasa le hizo una serie de retratos) publicó en 1912, “La fotografía de los colores. Bases científicas y reglas prácticas”, el fotógrafo se quedó fascinado con el hallazgo e hizo sus propios experimentos con el denominado autocromos que, según recuerda Carlos Barboza, se publicaron por primera vez en España en la revista “Blanco y negro”. Barboza asegura que “Grasa es el primer fotógrafo profesional nacido en Zaragoza”, y evoca otros profesionales como Escolá, Ignacio Coyne (al que retrató don Aurelio siendo niño durante la Exposición Hispano Francesa, acontecimiento que fue muy importante para difusión de la fotografía en la ciudad) y el ya citado Freudenthal, que fue uno de sus grandes amigos y maestros, y posiblemente quien lo recomendó para Prensa Española. José Antonio Duce ha contado que el retratista y cónsul alemán hizo una foto a la amante, muy bella, de un alto cargo de la Diputación Provincial, la colocó en el escaparate de su estudio y cayó en desgracia ante la burguesía local. Esa fue una de las razones de su traslado a San Sebastián. Y Juan Domínguez recuerda que a Aurelio Grasa lo sustituyó en HERALDO Lucas Cepero, que murió asesinado por un amante despechado en la plaza de Sas. Algo fundamental en Aurelio Grasa fue su sentido de la innovación técnica, unida a la experimentación artística. Recuerda su hermano Emilio: “Aurelio, en definitiva, investigaba continuamente, todo lo aprendió gracias a su continuo esfuerzo, sabía una cosa y la estudiaba hasta que le salía modificando las condiciones de trabajo”. En el catálogo de la SFZ también escribe Antonio Barceló, que recuerda la vinculación de Grasa con Caspe, donde hizo varios reportajes. El artista y médico aragonés fue galardonado en numerosas ocasiones en España y en el extranjero, estuvo muy vinculado a la Sociedad Fotográfica de Zaragoza, como recuerda su presidente Carmelo Tartón. Uno de sus grandes amigos, el bibliófilo, alcalde de Zaragoza y montañero, Gómez Laguna, contó la pasión de Grasa por la nieve –era un auténtico perseguidor de imágenes únicas de mares de nubes y de nieves-, por los deportes (fue buen ciclista y motorista), por la natación y los nadadores en el Padre Ebro, y recordó que había tenido uno de los primeros carnés de conducir de la ciudad. “Fue Aurelio uno de estos ingenios que produce esta tierra, incisivo a veces, de respuesta rápida y finalmente, hiriente en defensa propia, pero con una gracia espontánea sin igual”.  EL CINE DE LUIS BUÑUEL Luis Buñuel cruzó el convulso siglo XX de extremo a extremo. Primero en vida, durante 83 años, desde su nacimiento en Calanda hasta su fallecimiento en México; luego, extinto ya, merced a su fama creciente y a su reconocimiento cada vez más unánime. Ha recordado Carlos Saura, deslumbrado brutalmente por “Las Hurdes. Tierra sin pan”, que no hace demasiado tiempo su obra era bastante desconocida en España y que ha tardado lo suyo en ser observada con la carga de genialidad y de pálpito constante que posee. Ahora, el realizador figura en cualquier mapa del cine y encabeza la lista de los mejores directores de todos los tiempos, al lado de John Ford, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Carl T. Dreyer, Billy Wilder y Orson Welles. Parece que Buñuel ha estado siempre donde había que estar. En contacto con la atmósfera medieval, de espiritualidad postergada, de Calanda, en cuyos descampados halló imágenes y escenas que se perpetuarían en su retina y en sus tímpanos: los tambores, el redoble de campanas llamando a muerto, los carnuzos hallados en los muladares de las afueras, el escepticismo de los campesinos que se oponían a los pesticidas y eran capaces de abrazar una escopeta con terquedad aragonesa, las diligencias, la enfermiza devoción por la iglesia, algo que volvió a vivir de cerca en sus estudios de Bachillerato en los jesuitas de Zaragoza y que, con todas sus pesadillas, le llevó a ser “ateo gracias a Dios”. Una de las pesadillas inevitables era el sexo: “una curiosidad sexual permanente y un deseo permanente, obsesivo”. En su ciudad, además de descubrir la figura de la joven pianista Pilar Bayona, que debió ser uno de sus primeros amores platónicos, también descubrió la opereta, la magia del cine en la barraca de El Farrusini, y luego en el cine Doré, en el Ena Victoria y en el Cinematógrafo Coyne. La Residencia de Estudiantes fue algo esencial en la historia de la cultura española. Sin ella no entenderíamos la Generación del 27 ni la pluralidad estética de aquel periodo mítico. Concentró rebeldías, genios en potencia, una vasta curiosidad creadora y una tradición vinculada con la libertad promovida por el Instituto Libre de Enseñanza y la Junta de Ampliación de Estudios, en la que coincidió con un puñado de jóvenes que iban a escribir con él la historia artística del siglo: Lorca, al que admiró profundamente, “la obra maestra era él”; Salvador Dalí, que fue su gran confidente y cómplice hasta la aparición de Gala; Pepín Bello, Sánchez Ventura y tantos otros que conformarían el paisaje ilustrado de la República. Buñuel nunca tuvo clara su vocación, fue errático al principio: lo mismo estudiaba Ciencias Naturales y Entomología, una de sus pasiones fueron las monografías acerca de los insectos de Jean Fabre, que se sentía inclinado hacia las Matemáticas y la Historia, que se disfrazaba de sacerdote, que formaba parte de una orden secreta, que usaba el ostentoso nombre de “El Léon de Calanda” como boxeador justito de cólera o que escribía una carta insultante a Juan Ramón Jiménez a propósito de “Platero y yo”. Asumió desde muy pronto el surrealismo –estuvo por vez primera en París en 1925: entonces “me parecía extraordinario y hasta de mal gusto que un hombre y una mujer se besaran en la calle”– e inició su modesta carrera de escritor, a veces en solitario, a veces con Pepín Bello, como sucedió con la pieza de falso romanticismo “Hamlet”, redactada en 1927, a menudo con Salvador Dalí, con quien ideó su primera y escandalosa película “Un perro andaluz”. En París, junto a Jean Epstein, había aprendido montaje y las técnicas del armazón secreto de una película. Aquel “llamamiento al crimen”, tan vinculado al cruel e imaginario universo de Sade (al cual había leído en un volumen que le había cedido Robert Desnos, el mismo que habían usado Marcel Proust y André Gide), fascinó a los surrealistas con André Breton a la cabeza, quien siempre le tendría una gran admiración, pero también conviene recordar a Man Ray, por ejemplo, que le hizo sus mejores retratos a lo largo de casi dos décadas. Allí estaban la virulencia de los sueños, algunas propuestas oníricas y torvas emparentadas también con Lautréamont, que era un icono subversivo de primer nivel. “La Edad de Oro”, financiada por los vizcondes de Noailles, expulsados a raíz de la cinta del paraíso de los aristócratas, fue otro espaldarazo, que le supuso una llamada de Hollywood y un ocioso contrato para observar, para aprender tan sólo. La experiencia tampoco fue maravillosa, a pesar de que conoció a la gran colonia española (Tono, Edgar Neville, Conchita Montenegro, López Rubio, Eduardo Ugarte, codirector con Lorca de La Barraca y coguionista de “Ensayo de un crimen”, etc.) y a dos genios: Eisenstein y Charles Chaplin. Una de las anécdotas más sorprendentes le ocurrió durante el rodaje de “Inspiración” con Greta Garbo; hubo un momento en que se miraron y ella, incómoda e incomodada, lo expulsó del set. Luego le hizo un desplante al todopoderoso Irving Thalberg y al parecer insultó a la actriz francesa Lily Damita, futura esposa de Errol Flynn. A Hollywood habría de volver para seguir aprendiendo y para vivir todo tipo de estrecheces, casado ya con la exdeportista Jeanne Rucar. En su búsqueda incesante, desembocó en el documental, fascinado por los estudios de Maurice Legendre, quien había viajado por las Hurdes durante veinte años. Con la ayuda del anarquista Ramón Acín (Buñuel vivía entre París, Madrid y Zaragoza y se encontraron aquí, a orillas del Ebro), que tuvo un golpe de suerte con la lotería, pudo rodar “Las Hurdes. Tierra sin pan”, una cinta de interpretación de la realidad y testimonio, puesta en escena y una intervención meditada del director y su equipo (compuesto, entre otros, por los operadores Eli Lotar y Pierre Unik), así como una muestra de compromiso político en toda la línea. La película no elude el surrealismo, es una prolongación inquietante a partir de hechos verídicos alarmantes de mortandad, miseria e incultura, aunque también establece paralelismos con la España que habían dibujado Valdés Leal, Goya en sus pinturas negras, Quevedo, Zurbarán, Gutiérrez Solana, Valle—Inclán y en algún momento su admirado Ramón Gómez de la Serna. La etapa de Filmófono, en la inmediata posguerra, agigantó su experiencia artesanal y lo acercó a un cine popular de calidad, algo que en el fondo reaparece en la etapa mexicana, iniciada tras un doloroso periplo norteamericano a mediados de los años 40, que incluye la traición de Salvador Dalí y su distanciamiento para siempre. Durante años se creyó que esa era una etapa alimenticia, de películas irregulares que ayudaron a mejorar la cinematografía mexicana, pero el tiempo ha probado lo contrario: desde muy pronto, desde 1950 con “Los olvidados”, dirigió obras maestras en toda la dimensión de la palabra sin renunciar nunca a un mundo propio: la frustración del deseo (“los hombres de mi generación, españoles por añadidura, padecíamos una timidez ancestral con las mujeres y un deseo sexual que tal vez fuera el más fuerte del mundo”, escribió en “Mi último suspiro”), la muerte, el juego de la apariencia y la realidad, la fe, el fetichismo y el sexo. “Los olvidados” era un documental y una película de ficción que deslumbró a Octavio Paz, Julio Cortázar y Breton. Le siguieron otras no menos memorables como “Ensayo de un crimen” o “El ángel exterminador”, y las nacidas de su colaboración (también trabajó con Luis Alcoriza, Max Aub y Juan Larrea, entre otros) con el oscense Julio Alejandro de Castro, un explorador del universo de la mujer: “Nazarín”, “Simón del desierto”, “Abismos de pasión”, “Viridiana” y “Tristana”; estos dos filmes supusieron su retorno a España y la recuperación de la patria interrumpida. “El reencuentro con España fue conmovedor. Soy muy sentimental, vivo mucho de los recuerdos. Reencontré tantas imágenes personales, de la infancia, la adolescencia, la juventud, que fue como cuando volví a París después de la Segunda Guerra. Paseaba solo por las calles, con lágrimas en los ojos”, dijo Buñuel. En México inició también su colaboración con Jean—Claude Carrière, a quien le dictaría “Mi último suspiro”. Con él de guionista realizó varias películas, ahora de un surrealismo más sofisticado e intelectual que dio magníficos frutos como “La Vía Láctea” y “El discreto encanto de la burguesía”, galardonada con el Óscar a la mejor película extranjera en 1972. El trabajo con Carrière le llevó a Francia y a rodar en francés con actrices de la calidad de Catherine Deneuve (con quien mantuvo una relación de odio y afecto muy propio de alguien que detestaba a las estrellas) y Jeanne Moreau, antes lo había hecho con Simone Signoret en “La muerte en ese jardín”. Luis Buñuel nos ha legado un poderoso cine de imágenes y delirios, de sombras y obsesiones (la pierna cortada, los crucifijos, el fetichismo sexual, la locura de los celos, la mujer casi siempre gélida y malvada, entre virgen y puta), muy coherente siempre, divertido e irónico, narrativo y paradójico; un cine culto, bordado de referencias y de inmensa cultura que nunca nos deja indiferentes y nos enfrenta al horror, a la poesía y al misterio en toda su arrolladora complejidad.  Uno siempre quiere ser otro. Lo que no es. Lo que nunca se atreverá a ser. Hubo una época de mi vida que mi escritor favorito o modelo era García Márquez; luego Rafael Dieste, tan discreto, tan inadvertido en los manuales de la literatura; más tarde Borges, del cual me aprendí los finales de cuentos como “Emma Zunz” o “El sur”, que fueron mis favoritos, casi como lo fue “La intrusa”. En otro tiempo, quise ser Miguel Torga, todo lo que él tocaba me emocionaba: “Cuentos de la montaña”, “Piedras labradas”, sus diarios, su novela de novelas “La creación del mundo”. Y en ésas, no sé bien cómo, apareció Jesús Moncada. Alguien, hacia 1988, me dijo que había un escritor en Barcelona, de Mequinenza, que acababa de publicar un libro formidable: “Camí de sirga”. Por aquellos días, una de las mejores amigas de Carmen, la madre de mis hijos, Maite Sanjuán, médico y mequinenzana, hablaba maravillas de Jesús Moncada y de ese libro, que apareció casi de inmediato en castellano. Lo leí atropelladamente, casi con estupor; lo releí para entrevistar a Jesús Moncada por teléfono y recuerdo que le dediqué mi primera página. Completa. En “El día de Aragón”. Eran aquellos tiempos en que Mariano Gistaín aparecía a mediatarde con un cuaderno lleno de dibujos y de unas notas, grandes y redondas, que a lo mejor había escrito en un taxi. Y que Roberto Miranda pugnaba con los teletipos y los trascendía con un titular primoroso, pura síntesis: “La muerte entró por la ventana”, por ejemplo. Y que ya tenía por excelentes y sabios amigos a Félix Romeo, que resultaba abrumador en su extremada juventud de hombre de negro que había tocado la guitarra; a Ramón Acín, que siempre nos acercó a Jesús; a Pepe Melero, al que conocí en “El ángel azul” con un precioso libro en la mano, una “Historia de Aragón”, que le había regalado a su hija recién nacida, Iguácel; a Luis Alegre, que ya era un devocionario de secretos de cine. Más tarde, también se sumarían a está nómina; Chusé Raúl Usón, traductor de sus tres libros de cuentos para su editorial Xordica; Chusé Aragüés, que tradujo "Camí de sirga" al aragonés, edición que no poseeo (no recuerdo con exactitud su aparición) y no sé por qué, Xavier Rodríguez Baixeras, traductor de la edición gallega de Xerais que me envió el propio Moncada, Héctor Moret, Mario Sasot... Jesús Moncada se me quedó muy dentro. No sólo por lo que escribía y por lo que me había dicho, sino por lo que yo imaginaba que él había visto de niño, cuando descubría a Verne, Dumas y Homero y a la vez oía las historias de pintores extraordinarios, de cabareteras, de mineros, de navegantes y patrones, de taberneros increíbles, de mujeres burguesas cuya belleza nostálgica –y pienso en Carlota- podría encerrarse en una cornucopia ideal. Por aquellos días se fallaba el Planeta, no recuerdo ahora si hablo de 1988 ó 1989, y me fui a Barcelona. Llamé a Moncada, llevé una cámara de fotos y le cité en el hotel Princesa Sofía. Quizá estuviéramos en la planta catorce. Hablamos por espacio de dos o tres horas; debo decir que para entonces Jesús ya había tenido un detalle precioso: me había enviado sus libros en catalán con sus famosos cocodrilos que exclamaban sobre el agua del Ebro: “¡Antón, marinero sereno en Aragón!”. Aquella conversación la grabé, y salió luego en uno de mis libros favoritos, de los míos, quiero decir, sobre escritores: “Veneno en la boca. Conversaciones con 18 escritores” (Xordica, 1984). Querría algún día no remoto publicar la segunda parte. Desde entonces, la relación fue constante. Lo llamaba una vez al mes y él me tenía al corriente. Jamás quería colaborar en suplementos, no quería que nada le molestase su vocación de escritor paciente y feliz, de buscador de historias y vocablos precisos. Y prefería no contestar a cosas que desvelasen un misterio a medias: “¿Era Torrelloba Zaragoza o no?”. Lo era, desde luego, incluso en su precisa topografía, en el dibujo de su propia biografía, en los comercios y en las calles, pero en un periódico catalán, quizá “La Vanguardia”, leí esta declaración suya: “Torrelloba no es Zaragoza”. Nos veíamos en algunos café de Barcelona, me llevaba a las librerías, elogiaba “La Ilíada” de Carles Riba, creo recordar, y me mostraba sus traducciones de Boris Vian, de Roger Martin du Gard, de Dumas. Le encantaba traducir libros de historias galantes, de sexo. Era pícaro, ingenioso, poseía un gran sentido del humor en su literatura, era vitalista y había aprendido de la vida en la calle, en la mejor ágora que eran los miradores inclinados sobre el río. Le gustaba bromear con sus seudónimos de traductor: Cornelius Pi, Maximus Mínimo, tenía una lista que superaba la docena. Solía decir: “La traducción es muy útil para mi literatura. Yo soy un investigador constante del lenguaje, y así adquiero vocabulario, matices, hago una sigilosa creación de lenguaje”. Después de “La galeria de las estàtues”(1992), salió “Estremida memoria” (1997), una novela que había reescrito en varias ocasiones, seguramente hasta diez, y que narraba –desde el punto de vista del notario, creo recordar- un caso de bandolerismo y delincuencia que agitó a Caspe y Mequinenza. En el 1999, apareció “Calaveres atónites”. Aquellos libros en conjunto eran de un poder increíble. Todos los caminos conducían a la fastuosa leyenda de Mequinenza, patria de la creación y de la memoria y del sueño. Los cuentos son un género autosuficiente y de madurez, piezas que él desarrolla con humor e ironía, con una gran capacidad para captar pequeños detalles y trascenderlos, piezas que son como bocetos de ese gran tapiz que es Mequinenza y que tiene momentos o retales increíbles como “Camí de sirga”. Casi siempre me llegaban sus libros. Dedicados, con dibujos y con sus fajas que hablaban de ediciones constantes: la tercera, la cuarta, la octava. Igual que a otros amigos que ya he citado. Y luego lo llamabas para oír la perra al fondo, para saber que lo acababan de visitar los miembros de la Academia Sueca o que se había creado una falsa polémica de lo urbano y lo rural con Quim Monzó, que a él tanto le divertía. Y te decía también que su madre y su hermana eran sus primeras lectoras. O te decía, al quedar en un café, que allí había desaparecido durante un tiempo el dramaturgo y soberbio pintor Santiago Rusiñol. Había salido por tabaco y se había extraviado por espacio de 30 años. O te decía que lo acaban de traducir al coreano. Volví a entrevistarlo por extenso para “El Periódico de Aragón”, en aquella sección dominical que se tituló “En Primer Plano”. Volví a hacerle muchas fotos: en el barrio gótico, en la plaza de Cataluña, ante el café donde había comido y conversado con los suecos que lo preferían, sin duda, a Baltasar Porcel. Volví a entrevistarlo, ahora para “Heraldo de Aragón”, en varias ocasiones y en vísperas del pasado 16 de diciembre de 2004. Ya estaba herido de muerte. La voz se le apagaba, parecía emerger desde el otro lado del hilo desde ultratumba. Recuerdo que me dijo: “No te asustes. Sigue hablando. Pregunta. Volveré a ponerme bueno. Lo he pasado mal, muy mal, he perdido el pelo y mi barba blanca, pero no mi alegría ni mis ganas de seguir escribiendo”. Volvimos a hablar cuando “Camí de sirga” fue elegido como la mejor novela publicada por un aragonés en los últimos 30 añosen “Artes & Letras”, con Pepe Melero de correo entrevisto. Y ayer, volviendo de Cantavieja con la profesora de Alcañiz Rosa Blanco, hablamos largo y tendido de su obra, de él, de los viajes que había hecho hacia Calanda con Rosa en su coche. Se había desatado la tormenta, se había encapotado el cielo, y hacia las 4.10 sonó el móvil de mi amiga, una estupenda mujer, profesora de literatura, que acaba de adoptar una niña ucraniana, María Cristina, de siete años. Era Ramón Acín que anunciaba lo irremediable. Jesús Moncada, el escritor al que tanto admiré, y admiro el maestro riguroso, el monje sensual, el fabulador incomparable y divertido, el señor del mito universal de Mequinenza, había fallecido a las tres de la mañana. Con el corazón en vilo, con el dolor instalado en el costado y en la sangre, con la mala conciencia de no haber ido a verlo el pasado abril a Teruel cuando recibió el Premio de las Letras Aragonesas 2004, seguimos recordándolo, seguimos queriéndolo y evocándolo como he intentado hacer ahora cuando ha caído la noche y cuando mi perra Noa ha dejado de ladrar. Descansa, vuela, reposa, querido Jesús, prosista moderno y amigo de tantos amigos, de tantos escritores, y sabe que la inmortalidad es tu divisa, tu testamento. Contigo, la literatura obra el maravilloso milagro de abarcarnos y hacernos navegantes y taberneros y criaturas de la Mequinenza de ficción que has inventado para siempre. Que no te asuste entrar de puntillas en la eternidad… NOTA. Por ahora diez amigos habéis entrado en el blog. Diez que habéis dejado nota, quiero decir. Os agradezco a todos vuestro interés y vuestra visita, vuestro cariño hacia Jesús Moncada, que era el paseante imprescindible del Paseo de Gràcia, el habitante de cualquier ciudad real y de cualquier territorio de ficción. Os expreso aquí mi gratitud porque el sistema no me deja responderos. Gracias.  En Barcelona, un montón de amigos despedía a Jesús Moncada. Me fue imposible acudir porque tenía que cerrar el suplemento de “Artes & Letras” y además debía asistir a un homenaje a Gabriel García-Badell (Madrid, 1936-Canfranc, 1994), pero mi cabeza, mi admiración y mi cariño estaban también con Moncada, a quien me resulta demasiado fácil reconocer como un gran maestro, como un modelo de escritor al que querría parecerme algún día, como él quiso parecerse a Pere Calders, Álvaro Cunqueiro (en una ocasión me envío uno de sus libros con un dibujo y una párrafo de cinco o seis líneas, en gallego, de Cunqueiro), a Flaubert, a William Faulkner, al prodigioso Balzac. Yo conocí tarde a Gabriel García-Badell. En realidad, oí hablar muy pronto de él: en Zaragoza a principios de los 80 se hablaba mucho de su leyenda de triple finalista del Nadal y se hablaba mucho, o eso me parecía a mí que aún no conocía escritores aragoneses, de su libro “Amaro dice que Dios existe y dos novelas más”, que publicó Heraldo de Aragón, bajo la dirección de Joaquín Aranda, en 1979. En aquellos tiempos, antes de que irrumpiese con gran fuerza “El bandido doblemente armado” de Soledad Puértolas, me sonaban mucho José Luis Alegre Cudós, Ángel Guinda, Santiago Lorén, Alfonso Zapater y Luisa Llagostera. A García-Badell lo conocí años después y lo vi muchas veces escribiendo en el parque Bruil donde yo paseaba a mis hijos Daniel y Aloma: se sentaba bajo la enramada, en una posición harto incómoda, como de yogui, y redactaba y redactaba a ritmo vertiginoso. Muchos años después estuve en su casa: su mujer me invitó a conocer su mundo, sus libros, sus folios amontonados en aquellos ladrillos que constituían su biblioteca. En el interior amontonaba los folios en una suerte de caótico cilindro de papel y así armaba sus novelas. Los folios no siempre estaban numerados, si el primero acababa en punto y aparte, el otro empezaba con una palabra cortada. ¿Cómo diablos ordenaba sus obras, cómo construía sus ficciones? Mis favoritas de él son las más nítidas, aquellas donde ejercía de cronista de la Guerra Civil en Zaragoza y Huesca (pienso en “Las cartas cayeron boca abajo” y en “De Las Armas a Montemolín”), o donde componía una suerte de alegoría oculta de la pasión como sucedía en “Funeral por Francia”, una novela que elogió Labordeta con el consiguiente estupor y falso enojo de aquel hombre, de aquel seductor existencialista y desgarrador, vitalista y sensual, que yo veía bajo la fronda en una especie de trance. Hice un reportaje de su mundo, de su vida con Edith de Latre, aquella mujer bretona de cuerpo escultural y mirada de mar, que lo había amado y sufrido, que había conocido al hombre en su pugnaz búsqueda del paraíso en Canfranc, en la canal de Izas donde se bañaban desnudos como los primeros amantes del mundo, en Villanúa, en los Pirineos. El acto lo había organizado el Centro Pignatelli, esa casa con todos, esa casa para todos. El coordinador del encuentro era Jorge Sanz Barajas, estudioso de José Bergamín. Él hizo una somera introducción de un escritor a la contra, con una gran conciencia del oficio y de su mundo, autoexigente hasta el dolor. Y luego habló Ophelie, que parece la viva reencarnación del narrador fallecido hace once años en Canfranc en un día de aguacero que ya había soñado alguna vez. Ophelie hizo un repaso de su trayectoria: su poética, su panteísmo, su odio a los contratos, a los totalitarismos y a los dogmas cristianos. Contó una anécdota increíble, entre otras muchas: por la noche rezaban un padre nuestro y luego García-Badell le contaba un cuento mágico que le permitía volar sobre ríos y riberas, montañas y cielos, como un pájaro. Y además dijo que su padre le insuflaba extrañas ideas o consideraciones que le permitían afirmar en la clase de religión que “Dios era impotente”. Contó sus viajes, los viajes de Gabriel, Edith y ella, a Canfranc, los encuentros con Laura Fernández Santiago, las noches con Diana Gastón mientras los mayores desgranaban los secretos del mundo y cultivaban las formas domésticas de la revolución. Ophelie parecía poseída y tuvimos una extraña sensación: quien hablaba no era ella exactamente, la flor de luz y porvenir de su padre; quien hablaba era su padre, y al hacerlo se desnudaba, se ofrecía, resucitaba en la voz de la hija amadísima cuyo perfil parecía una copia inapelable del narrador que se fugó a sus bosques remotos. Juan Bolea contó historias preciosas de su relación con Gabriel y repasó su obra, sus claves, su pasión por la vida y la literatura. Recordó el día que lo vio en Faustino escribiendo y oyendo música, bebiendo espeso vino tinto. De repente le dijo, a sus 18 años: “Yo quiero ser escritor”. Y pasó a convertirse en una especie de ahijado en la literatura de Gabriel García-Badell. José Luis Calvo Carilla analizó el perfil del hombre que se sentía fracasado y desatendido por la crítica y el público, angustiado porque sus libros no llegaban. Y lo emparentó con López Pacheco o Miguel Espinosa, entre otros. Eloy Fernández recordó su amistad, sus encuentros, leyó fragmentos de José Antonio Labordeta (“seguro que él no se acuerda de que escribió esto de él; seguro que no lo ha traído”), una entrevista provocadora en “Andalán” y se acercó a su credo de escritor cristiano existencialista. Emilio Gastón recordó detalles familiares, noches de tertulia, la defensa que hubo de hacer cuando lo procesaron por la novela “De Las Armas a Montemolín” y leyó un texto de Gabriel García-Badell absolutamente hilozoísta o panteísta, que era también una declaración de desarbolado amor a su hija, de identificación con ella y con la exuberante naturaleza de cortados, barrancos, árboles, ríos y pájaros. Labordeta evocó una pasión sorprendente de Gabriel: le apasionaba el ajedrez y siempre buscaba un adversario, aunque fuese con un paisano, él nunca llegó a serlo. Estuvo presente en su entierro en Canfranc y recordó que hace poco paró en el cementerio para visitar su tumba. Diluviaba como en un poema de Vallejo. Y evocó algo curioso en lo que coincidían todos: la casa de los García-Badell siempre estaba abierta. "Teníais tan pocas cosas entonces, teníais tan pocas cosas siempre", le dijo con cariño a Edith. Luego hablaron Rosendo Tello y Alfonso Zapater, pero ya tuve que irme. Había dejado en suplemento a medio acabar. Estuve sentado al lado de Edith de Latre, a la que no veía desde hacía prácticamente cinco o seis o siete años: sigue exhibiendo su porte bretón, su belleza elaborada, su admiración sigilosa porque el hombre que se fue casi de forma clandestina. Esa discreción que sólo se encrespa bellamente en su sonrisa. Hay muchas cosas que me gustan de Gabriel García-Badell: sus contradicciones, la ardiente incertidumbre, la búsqueda constante de sí mismo, su crítica a veces acerada de la ciudad y de la civilización, su forma de construir novelas. Su fe ciega en su vocación de escritor, el gusto por las mujeres y el vino. A mí me gustan mucho las novelas de los 70, las que he citado sobre todo, pero también me interesó aquella de “El relevo de Wojtila”, sobre un doble del Pontífice en Zaragoza, y me ha parecido muy significativa “Saturnalia”, que encarna como un sueño romántico de pureza: narra, con un estilo alegórico, la historia de una pareja con niña que se van a vivir en medio de un paisaje lejano, un propuesta del paraíso. El tema estaba muy conectado con viejas obsesiones del autor: la autenticidad que se conquista al aire libre, allá donde los atardeceres llegan con una luz mórbida y envolvente que parece la paleta de colores de un pintor romántico. Me gustó el acto, que inicia un ciclo, según se anunció. Había mucha gente, más de un centenar de personas. Estuvieron el viceconsejero Juanjo Vázquez, Carmen Magallón, Jesús María Alemany, el escritor de diarios Fernando Sanmartín, la saga de los Lapetra de Huesca, los hermanos de Carlos, el “catedrático de la banda” de “Los Magníficos”, Juana de Grandes, con su serena belleza de Audrey Hepburn local, llegó Laura Fernández Santiago que había sido citada. Mucha gente, muchos amigos. Coincido con Emilio Gastón y Labordeta que Ophelie se parece a su padre y lo reemplazó durante una hora larga, carne de carne, quimera de sus mixtificaciones, Ophelie exultante nacida de una pasión indómita hacia Edith de Latre. Ayer se celebraban casi a la vez homenajes póstumos a tres escritores: a Jesús Moncada en Barcelona, a Antonio Fernández Molina en un acto de la Asociación de Escritores de Aragón, a la misma hora en Ámbito Cultural, y en Centro Pignatelli a Gabriel García-Badell. Hube de salir pronto, antes de que hablase Rosendo Tello, el poeta solar de Aragón… Una señora salió conmigo y me dijo: “Tengo que irme por una cosa aparentemente rutinaria: debo cuidar a mi nieta, pero no sabe cómo siento tener que dejarlo. Qué bonito, qué personaje. Jamás había oído hablar de él, pero he leído la convocatoria y me interesó. Intenté convencer a unas amigas. Tuve que venir sola, pero no me arrepiento. ¡Cómo me lo he pasado!”. Nadie lo dudaba: transformado en aire, vuelto un fantasma invisible al que le chillan los oídos, Gabriel García-Badell descosió un jirón del cielo y se puso a mirar. Hablaban de él y le querían. Hablábamos de él y lo queríamos, como queríamos, como querremos hasta el fin de los tiempos a Jesús Moncada…  Juan Rulfo (1918-1986) es autor de dos obras maestras: los relatos de “El llano en llamas” y la novela “Pedro Páramo”. Luego, asustado por la responsabilidad, apenas publicó. Decía también que se había muerto su tío Macario, el enterrador, y que ya no tenía quien le suministrase historias. Sin embargo, con cuentagotas y con su talento enigmático, redactó algunas piezas para el cine y colaboró en adaptaciones de sus cuentos. En 1980, la editorial Era publicaba “El gallo de oro y otros textos de cine”, donde aparecía la novela breve que da título al conjunto, y dos piezas más: “La fórmula secreta” y “El despojo”. “El gallo de oro” conoció dos versiones cinematográficas diferentes: la de Roberto Gavaldón, de 1964, donde Juan Rulfo era el encargado del argumento (existe edición en Alianza Editorial), y en el guión participaron el propio director, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. La fotografía era de Gabriel Figueroa. En 1986, Arturo Ripstein se inspiró en ese texto para rodar “El imperio de la fortuna” (1986). El guión de “La fórmula secreta” lo redactó Rubén Gámez, director de la pieza en 1964. Y para “El despojo”, que dirigió Antonio Reynoso, el propio Rulfo elaboró el argumento y el guión de un corto de doce minutos. También vendió los derechos de “Pedro Páramo”. El cineasta gallego Carlos Velo hizo en 1966 su versión (que escribió por cierto unas sabrosas memorias eróticas), con guión de Carlos Fuentes, el propio Velo y Manuel Barbachano. La película contaba con fotografía de Figueroa y la dirección de arte correspondió al oscense Julio Alejandro de Castro, un gran amante de las chamarilerías y guionista de Buñuel. “Pedro Páramo” no resiste la comparación con la novela, pero es una película que tiene entidad y que posee un código cinematográfico. Una década después, José Bolaños, el amante mexicano de Marilyn Monroe, al que llamó antes de morir, volvió a rodar “Pedro Páramo (El hombre de la media luna)”, en cuya adaptación y guión trabajó el propio Rulfo. Tampoco fue un éxito. Los expertos sostienen que las adaptaciones cinematográficas del autor de “El llano en llamas” están muy por debajo de su narrativa. Han sido varios los cuentos de Rulfo trasladados a la gran pantalla en cortos y en largos. A él le gustaba el cine, e incluso puede verse algo curioso: muchas de sus imágenes parecen secuencias de cine, y tomó espléndidas imágenes de ese volcán de belleza y carácter que era María Félix en “La Escondida” y de “El despojo”. Las fotos de María Félix son extraordinarias, una de ellas, donde ella parece bailar sobre el páramo con un vestido hecho de jirones, son extraordinarias. El viejo Patricio Julve habría dicho: “Son las fotos de un enamorado”.  ALFABETO DE SANTIAGO ARRANZ El pintor, el calígrafo, el hombre que sueña inventa signos a diario. Su imaginación descansa en la letra, el gesto y el símbolo. Con tinta negra, construye el mundo, lo despieza en sucesivos garabatos. Si escribe la A, piensa: “He visto a un hombre y a una mujer a una hora indefinida del día. Se acercan, se entregan y se funden: primero se besan y se beben, se anudan y suspenden su amor desde la tierra hasta el cielo. El sexo tiembla en el centro y la piel se estremece con un sudor vegetal”. ¿Qué se puede hacer con la B? El pintor mira al papel y despliega un abanico, aboceta un insecto que es como una lágrima plana y negra. Le sale una mariposa: la delicadeza que huye, el cuerpo inaprensible que avanza como una rotunda carta de colores en el viento. El pintor anota en su diario: “Yo también estoy de vuelo con los dedos manchados de tinta”. Pensó el pintor: “¿Qué ocurriría si al ingresar en el bosque, hallase sobre los helechos una pluma de ruiseñor vencido en el bochorno de la tarde?”. Así, mientras buscaba respuestas a sus delirios, le salió la C, de pluma, de colibrí lejano, de contraluz, de canción sorprendida en el silencio ideal de la enramada. La D apareció de súbito. Un hombre o un ángel de tinieblas irrumpió en el papel con una joroba de caracol: era el primer hombre caracol de los bestiarios y le puso de nombre Diego, aquel que lleva su guarida a la espalda. Cuando esparcía la tinta y ordenaba los folios, irrumpió la mujer del artista y le dijo: “He tenido un sueño: me abandonabas por una mujer elefante. Desesperada, alcancé a decirte: ‘Sé como es: hermosa de nalgas, poderosa de muslos, arrolladora, pero ¿sabrás besar tú su trompa?’”. Al dibujarla, le añadió otra imperfección: carecía de pechos. Sin embargo, la E se le antojó perfecta. Hace años, cuando vivía en París, vio a los hombrecillos inquietantes de René Magritte, que también le parecieron los hombrecillos que atravesaban las paredes de Marcel Aymé. Jamás pudo olvidarlos. Al avanzar por el alfabeto llegó a la F, que son otros tres hombrecillos. Uno camina, diríase que perplejo; los otros dos levitan, paralelos al cielo y al suelo. La G le hizo pensar en guarida. El malherido huía de sí mismo y de los otros, y dejaba un curvo rastro de sangre sobre la nieve. La huella empezó a difuminarse en el umbral de la cabaña. Allí se quedó. Nadie oyó su lamento, aunque su testamento urgente lo aclaraba todo: “Me muero sin verte, Gloria”. El pintor escribió con su lápiz Milan del 6: “No son pájaros aunque pudieran parecerlo. No son plantas voraginosas que se deslizan en el viento. No es un meandro de negra tinta en el papel. No sé lo que es, pero intuyo que de ese movimiento atropellado brota la H”. Ha caído la noche y el mundo se ha quedado sin luz. La vela y el fuego. Es la obviedad de la I: la tiniebla nos vuelve vulnerables. Un águila vuela sobre las torres y, sin quererlo acaso, dibuja una J. Hace años, en las afueras de París, cuando empezaba a sentirse pintor infinito, el calígrafo vivía a diario esta estampa desde un jardín sin sombra. Nunca me hubiera imaginado –pensó el artista- que una salamandra erecta tuviese las patas tan largas. Es una K perfecta. Es un animal sagrado, amarillo y azul, desposado con la lumbre. Hace años, cuando era feliz e indocumentado, el pintor descubrió la redondez creciente de su amada. Le pi |