Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.

LOS LADRONES VUELVEN AL LUGAR DEL ROBO

Me dice Carmen que a su hermano Paco, el hijo de Leoncio e Isabel, le han vuelto a entrar en casa. Los ladrones, durante su estancia en Zaragoza, se apropiaron de las llaves y volvieron a robar el coche de la empresa de Paco. Esta vez él notó los ruidos y casi los sorprendió. Eran dos y los vio desaparecer, a la carrera, bajo la sombra de los árboles que tiene ante su casa. Unos días antes se lo habían llevado todo: el ordenador, la televisión, los esquís, las bicicletas, algunas joyas de familia, en una operación que debió ser larga y tranquila, lo cual no deja de ser inquietante habida cuenta de que Paco vive en el campo rodeado de muchas casas. Mi cuñada, con razón, se ha cogido una perqueña depresión y la familia –Paco y France, Tristán y Elsa- se plantea dejar el campo para vivir en un piso. Desde aquí le mando un abrazo de ánimo y de cariño a Paco y los suyos, que son también parte nuestra, ese zaragozano que triunfa en Francia y que antes o después volverá a España, seguramente a Barcelona, donde ya vivió y donde empezó a escribir las primeras páginas de su historia de amor con France, gran lectora y fascinada, de nuevo, por Javier Cercas, ahora por su novela “La velocidad de la luz”.
01/05/2005 10:53 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL UNO DE MAYO DE 1975

Forcano.jpgSiempre paseo a la perra Noa. Mejor dicho pasea ella sola por la explanada, ahora que está cambiando y que está a punto de ser la antesala de un formidable parte de un Centro Cívico. Ayer, hacia las doce, salí con un libro de Eugeni Forcano (“Fotografías, 1960-1996”. Lunwerg, 2005), el gran fotógrafo catalán, bajo el brazo. Miré sus páginas, sus increíbles tomas de la Barcelona de la posguerra, las historias que propone en cuatro o cinco fotos, sus retratos de Josep Pla o su pasión por los coches y los retratos de grupo con coche, con moto, sus espléndidas tomas de niños, que poseen una descomunal hondura en su mirada: seda y tiniebla, terciopelo de lucidez y de espanto a la vez. Una de ellas, por ejemplo, refleja a dos niños como dos incipientes amantes que se intercambian un beso en un banco de madera. Pensé en Mariano Gistaín porque los coches son una de sus pasiones: hay muchos “600” e incluso hay una toma estremecedora de un hombre que arrastra una carreta apoyándose en su pata buena y en otra de madera. A un coche ostentoso de posguerra, con un morro inmenso y labrado, le pone Forcano este título: “Petulancia”. Aunque quizá la que me dejó más asombrado es una suerte de instantánea aérea que refleja dos panorámicas: una calleja donde la gente habla a la puerta de la casa, sentada en sillas, y al fondo, tras el tejado y el campo agreste, se ve un cementerio. La vida y la muerte simultáneamente.

Me siento en un banco, en el banco de casi todos los días, y miro la torre iluminada. Oigo voces que proceden del teleclub, de las terrazas. Oigo el rumor de los pinos y pienso en Eduardo Pondal que llamó rumorosos a los pinos, que llamó alguna vez rumorosos a los ríos del fin del mundo en Ponteceso, Buño o Muxía. La noche se ha quedado preciosa y perfecta, justa de luz, dominada por una fiesta que está ahí, al lado, con su algazara de medianoche, con su invencible vitalidad. Se nota que la Unión Musical de Garrapinillos prepara su gran fiesta del sábado en el Auditorio. En noches como ésta, la cabeza me da vueltas: me lleva y me trae por el pasado, como a tumbos, con su tempestad de recuerdos. Me doy cuenta del día que se despide: el primero de mayo de 2005. Tal día como hoy, con quince años a la espalda, apuraba mi última temporada como futbolista infantil del montón en el Ural. Digo del montón y quizá no sea del todo cierto: éramos los mejores de A Coruña, nos proclamamos campeones de Liga y de Copa, y perderíamos la final de Galicia en Balaídos. Y, además, lucía la camiseta más codiciada por todos mis compañeros, especialmente por aquel maravilloso y varonil Cholo Liñares de Sigrás: el diez. Una amiga, que se llamaba Carmen Rama (recuerdo que entonces tenía algo así como la condena a ser la amiga de la novia, de las novias de todos mis amigos), me había bordado mi nombre en mi pantalón blanco que aún conservo, en un bolsillo: Antonio. Así me conocían todos entonces. Antonio. Me encantaba subir al autobús e ir a jugar a A Coruña: engrasaba las botas, me había hecho unas ligas de cinta para las medias, cuidaba el chándal, le pedía a mi madre que planchase mis dos equipajes (el blanco y el verde) y tenía la sensación de que vivía un sueño cada fin de semana. Entonces, no entrenábamos apenas. Yo al menos sólo recuerdo dos o tres entrenamientos en toda la temporada.

Aquel uno de mayo de 1975 jugamos contra el Finisterre, creo recordar, que era un equipo feroz, de barriada, de éstos que llevaban un pelotón de seguidores airados que, al concluir el choque, te hacían correr un par de kilómetros con la lengua fuera. Y también ocurrió algo así aquel día. Vencimos. El partido había sido intenso, furioso, no apto para pusilánimes. Moreira, el arquero contrario y compañero mío de clase de Electricidad en FP-1 en la Universidad del Burgo, había estado sensacional, como una muralla. Cuando faltaba seis o siete minutos y el Finisterre soñaba con un inesperado empate, creo recordar, se produjo un córner. Lo lancé yo desde la izquierda. Nuestro central, otro líder de barrio, de aquellos que de vez en cuando usaban navaja y salían de caza con su banda “Los diablos rojos”, se alzó entre los enemigos y cabeceó a la red. En cuanto terminó el partido, el Guapo Romero, como me gustaba decirle a mi entrenador, nos dijo que no perdiésemos un minuto al grito de “Piernas para que os quiero”. Antes de que nos diésemos cuenta ya teníamos un ejército de perseguidores. No pudieron cogernos; fue como si desistieran de su persecución a los 500 metros. Algunos de mis compañeros llegaron con los nervios destrozados y el ariete Cedeira corrió más deprisa que en todos los partidos de su vida. Pedimos aquellas coca-colas grandes de entonces, de 333 cl., y nos sentamos un instante en el bar que antecedía a nuestro vestuario en Santa Lucía. ¡Vaya aventura!

El Real Madrid, que ya era campeón, estaba jugando en Zaragoza contra el equipo local. Aquella era la tarde noche de García Castany, a quien habría querido parecerme. Los locales vencieron por 6-1. Tras ducharme salí a la calle con el miedo en el cuerpo y con una gran alegría Aquel conjunto de los “zaraguayos” era formidable. Y esto ocurría hace 30 años, tal día como yo, cuando yo era feliz e indocumentado y el Guapo Romero confiaba en mí para que llevase el diez a la espalda.

Cuando subí al autobús, al fondo, distinguí a Moreira y a tres jugadores más del Finisterre. Me llevé un susto de muerte, pero era el último coche, el de las diez y media, y no podía bajarme. Pensé que iban al baile a Arteixo y los saludé con la mano…
02/05/2005 09:53 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

"LOS NADADORES" DE ÁNGEL PETISME

petisme.jpgHubo un tiempo en que Ángel Petisme era el cantautor de nuestra casa, la voz del poeta entre la música. Sus discos nos acompañaban en todos los viajes. Íbamos a Galicia y siempre había alguien, uno de mis hijos, que preguntaba: “¿Tenemos ya lo último de Petisme?”. Lo teníamos. A veces, Ángel me mandaba una primera versión, un poco antes de la edición y la mezcla final de las canciones. Recuerdo cómo me impactó “La habitación salvaje” y, en particular, aquel himno del hombre agreste que era “Hola Noé”. Luego apareció “Turistas en el paraíso”: el disco de la felicidad y la fantasía. Fue, con “Cierzo”, el álbum que todos nos sabíamos de memoria, el disco que cantábamos a coro cuando volvíamos a casa. Pienso en mis desplazamientos de Zaragoza a La Iglesuela del Cid, y soy capaz de unir cada paisaje, cada fragmento de cielo o un serbal atiborrado de frutos a una melodía de Petisme, a sus susurros, a sus alusiones llenas de cultura y de vida.

Pero hay una canción –que me marcó tanto como “Golpes de mar”, asociada a la Costa de la Muerte y a la tierra de Pondal, el bardo de Ponteceso- que me emociona más que ninguna: “Los nadadores”, esos tipos que bajan a bañarse, a deslizarse en el agua, con sus albornoces, en un día invernal como hoy. Esa balada, no se por qué, me recuerda un viaje a Praga, el río Moldava, una visión fugaz de nadadores a punto de arrojarse a la corriente, que creo que, en el fondo, es un recuerdo inventado. Y también me recuerda a Kafka. Es una asociación un tanto inexplicable e intemporal, si se quiere, pero para mí inevitable: veo a Kafka que dice que empieza la I Guerra Mundial y que él se va a nadar.

Oigo “Los nadadores” y navego con la música, a lomos del corcel de la imaginación. Y avanzo con Ángel Petisme que acaricia el aire con la voz y con las imágenes. Y recuerdo también cómo este señor, llamado un día Caín Petisme, soñador errante y bilbilitano como Marcial, fue nuestro cantautor de cabecera, el trovador imprescindible que se ha quedado a vivir en casa, y en nuestra memoria, como un fantasma familiar muy necesario que siempre está de viaje con nosotros.
02/05/2005 13:13 Enlace permanente. Hay 9 comentarios.

CALANDA

calanda.gifCalanda figura en la escala de los mapas del mundo. Es una mancha, un punto de tinta, una región transparente de melocotones y oliveras, una población con leyenda e historia. Se lo debe a Luis Buñuel, al músico Gaspar Sanz, a Miguel Juan Pellicer, un hombre para un milagro, a Manuel Mindán y, sobre todo, a los tambores: ese ritual vinculado al estremecimiento de la tierra que suscita una pulsión íntima y desgarradora, que ya ha entrado en los terrenos del mito. Ese temblor pagano y religioso, que llevó a Buñuel a incluirlo en su cine y a redactar algunos de los mejores párrafos de “Mi último suspiro”, ha embrujado a medio mundo: en París, en México, en Venecia, en España. La rompida de la hora del Viernes Santo, a las doce en punto de la luz, es una conmoción unánime con melodía de escalofrío. Es una música sorda, un río de manos desbravadas, un tañido de almas poseídas, una carta violeta de colores. El libro coral “Calanda. El sueño de los tambores” -coordinado por Pedro Rújula, fotografiado por Peña Verón y prologado por Carlos Saura-, es la historia de un sentimiento antiguo y de una tradición contemporánea. En ese volumen se habla de un universo de pálpito, emoción y desgarro. Y hay dos personajes vivos que lo encarnan, tal vez, mejor que nadie: Tomás Gascón, el fabricante de tambores, el poeta de las formas y las sonoridades, que habla de sí mismo “relativamente” como si fuera otro, e Isidro Escuin, “El Rabalera”, vivaz como un fardacho, que se declara “un fanático del tambor”. Cuando parte a los campos por el camino de Castelserás chasquea su lengua de tamborilero y extrae todos los toques. Si pasa alguien, se calla. No vaya a ser que lo tomen por loco.
02/05/2005 13:20 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

NUEVO TÍTULOS DE DANIEL NESQUENS

Nesquens Fino Lorenzo.bmpSi al principio fue Francis Meléndez la figura más destacada de la Literatura Infantil y Juvenil, Premio nacionales 1986, y luego Fernando Lalana, que logró el mismo galardón en 1991 tras haber ganado casi todos los premios y haber conquistado miles de lectores de todo el país, ahora parece que el escritor aragonés de moda en España es Daniel Nesquens. Publica sin parar –a veces es difícil seguirle la pista: “¿Dónde está Gus”, “La nube”, en colaboración con Elisa Arguilé; “El ciempiés”, con Fino Lorenzo (ocn el cual había publicado "Mermelada de fresa"), son tres de últimos, aparecidos en Anaya-, en cualquier sello, con cualquier ilustrador, inaugura colecciones (como el precioso volumen “Colores”), y parece que todo lo que sale de su ordenador y su imaginación gusta y atrapa. Discípulo de Rodari, de Mihura y Tono, Arniches y Casona, de formidables cuentistas de todos los tiempos, Cortázar, entre ellos, posee un fino sentido del humor que parte de lo cotidiano, al que administra un latigazo insólito de ficción o de nueva realidad. Eso sucede con “La nube” o con el sencillo pero eficaz misterio de “¿Dónde está Gus?”. Los dibujos de Elisa Arguilé siguen funcionando espléndidamente: posee un rasgo de originalidad y sensibilidad indiscutible. “El ciempiés” es un cuento de personajes que se encadenan a la historia y a los que les suceden algunas cosas. Nesquens ya tiene un libro nuevo con Ana Lóbez a la búsqueda de editor, David Guirao prepara otro con él, “Hasta casi cien bichos” está a punto de ser traducido al griego, acaba de regresar de la Feria de Bolonia, ha conquistado el paladar de Antonio Ventura, Adolfo Ayuso, Roberto Miranda, Rosa Tabernero, Gustavo Martín Garzo, Carlos Ortín…

A lo mejor, sin tardar muchos años, Nesquens sigue la huella de Meléndez, absolutamente genial, y de Fernando Lalana, que continúa en el camino, con eficacia, con un puñado de argumentos, provocando sonrisas y manejando los géneros a su antojo.
03/05/2005 09:05 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

MENÚ DE "EL PASEO" PARA HOY

bruce-main.jpgHoy, en "El Paseo de RTVA, a las 22 horas, ofrecemos el siguiente menú:

-Entrevista con el joven historiador Javier Rodrigo, autor de "Cautivos. Los campos de concentración en la España franquista, 1936-1947"(Crítica). Rodrigo (Zaragoza, 1977) es discípulo de Miguel Ángel Ruiz Carnicer, se ha formado en Zaragoza y Florencia. Este verano se marcha a Londres a trabajar con Paul Preston.

-Entrevista con el ilustrador David Guirao, autor de las ilustraciones de "En un lugar de la Mancha", publicado por las PUZ.

-Vídeo de cinco minutos de la obra "Bayo Marín. Trazos de aire" de Eduardo Laborda.Vemos su trabajo con el aerógrafo y fragmentos de su historia de amor, no sabemos si sólo platónica, con la pianista Pilar Bayona.

-Entrevista con Carlos Roldán y Jaime Rodrigo, director y saxofonista de la Unión Musical de Garrapinillos que celebra el sábado, en el Auditorio, el concierto de sus primeros veinte años.

-"Devils and dust", el nuevo disco de Bruce Sprinsteen.
03/05/2005 09:17 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

"LOS BIZNIETOS DE GRACIÁN" DE JUAN DOMÍNGUEZ

gracian_baltasar.jpgEloy Fernández Clemente, director de la Biblioteca Aragonesa de Cultura, dijo que “La Posada de las Almas” –el restaurante donde se presentaba el libro “Los biznietos de Gracián. Las letras en Aragón en el siglo XX” de Juan Domínguez Lasierra- “era un sitio curioso, original, poco utilizado, donde de niños veíamos salir a los toreros hacia la Misericordia en su haiga, que apenas cabía por las calles”. Entonces, Fernández Clemente miró hacia Juan Domínguez, redactor jefe de HERALDO y fundador del suplemento “Artes y Letras” y añadió: “Hoy el torero es él”. Risas. Muchas risas de un auditorio numeroso y entregado.

Subrayó que el libro de J. D. L. es un libro doble que contiene “una información impresionante. A ver quién le encuentra un fallo o un olvido, porque el autor ha hecho un esfuerzo por contar en síntesis. Se trata de un trabajo extraordinariamente prolijo y rico”, y recordó que el autor “está montado en una columna en ‘Heraldo’ que le da un eco inmenso”, y agregó que “se trata de la pluma más libre y original que ninguna otra”. Recalcó que era un libro personal, “espléndido y monumental”, donde Juan Domínguez intenta ser justo, expresar sus afinidades y también sus afectos a los Pérez Gállego, Julián Gállego, Joaquín Aranda y “otros maestros”. Eloy Fernández fue quien entró en materia, destacó “la bondad y dulzura” del autor, aunque antes habían intervenido Román Alcalá –director de la Obra Social y Cultural de Ibercaja- y Gonzalo Borrás, quien reconoció que le quedan pocos días en la Institución “Fernando el Católico” e hizo un elogio precioso al escritor y periodista: “En nuestros años jóvenes, cuando éramos meritorios y publicábamos algo, sólo deseábamos que nos hiciese la reseña Juan Domínguez en las páginas de HERALDO. Sabíamos que sería una reseña profesional excelente, y además de garantía para los lectores”.

Le llegó la hora al autor, que estuvo ingenioso. Preguntó, ante la ausencia de micrófonos: “¿Me subo a la silla? Pensaba pasar lista. ¿Está Ramón Perdiguer? ¿Ha venido Conchita Montenegro? Siempre nos falla Conchita Montenegro. Estoy sorprendido de que tanta gente me apoye”. Explicó que “Los biznietos de Gracián” es un libro de larga duración, concebido y desarrollado a lo largo de 30 años, que nace de su interés, estudios y monografías acerca de “nuestro pequeño planeta literario”. Continuó con una anécdota deliciosa: recordó que su primer artículo, “El poeta en la calle”, firmado con “el original seudónimo” XYZ, donde concluía con la consideración de que “la poesía es útil, es necesaria, es un deber y un derecho”, y apostilló que eso quizá no se atrevería a decirlo hoy. Y contó sus primeras experiencias como comentarista de fotos. El entonces director de estas páginas le dijo que se fuese a la calle con Luis Mompel y que contase cosas interesantes. Aquellos dos años maravillosos le permitieron tomar el pulso de la ciudad, afinar la mirada, y ante el primer comentario, don Andrés Ruiz Castillo, “uno de mis maestros”, le dijo: “Esto es pura literatura. ¿No podría hacer algo más periodístico?”. A partir de entonces, Juan Domínguez hizo entrevistas, acudió a ruedas de prensas y conferencias, realizó muchas reseñas, y todo ese bagaje ha servido para culminar este libro, que apareció en una versión resumida en diez entregas en la revista “Turia”.

En su trabajo, que realiza un inventario sistemático con estudios, datos y opiniones personajes, Juan Domínguez estudia “los movimientos y tendencias, autores, libros y revistas que van tejiendo el panorama de una Comunidad literaria en constante marcha que siempre ha querido aportar al mundo de las letras su particular visión de fenómeno creador”. J. D. L. habla del costumbrismo de principios de siglo, de la valiosa obra de Sender y Jarnés, de la poesía de tres figuras singulares como Pinillos, Miguel Labordeta e Ildefonso-Manuel Gil, de la obra singular de Camón Aznar, Julián Gállego Manuel Derqui. Más tarde, destaca la trayectoria de Alfonso Zapater y de Gabriel García-Badell. Entre los poetas más recientes, resalta los nombres de Ana María Navales, Ángel Guinda, Joaquín Sánchez Vallés o Alfredo Saldaña. Y en narrativa cita a Soledad Puértolas, Javier Tomeo, Ignacio Martínez de Pisón, José María Conget o José María Latorre, entre otros. Pero también habla por extenso de editoriales, revistas, de títulos, en una labor minuciosa que aspira a la totalidad

Los agradecimientos abarcaron desde José Manuel Blecua, Castro y Calvo, Ynduráin o Ildefonso-Manuel Gil, en el capítulo de los más veteranos, hasta los más jóvenes: José-Carlos Mainer, Aurora Egido, Antonio Pérez Lasheras, José Luis Calvo Carilla, Ramón Acín o José Luis Melero, entre otros. En la sala había escritores como Julio José Ordovás, Alonso Cordel, Ana María Navales, Rodolfo Notivol, Miguel Luesma o Fernando Ferreró; el flamante director de Centro Aragonés del Libro José Luis Acín; editores como Chusé Aragüés; profesores como José Luis Calvo Carilla, Pilar de la Vega o Rosa María Andrés; sabios como Vicente Martínez Tejero, muchos amigos, arquitectos como José Laborda Yneva; pintores y grabadores como Carlos Barboza, Teresa Grasa, Eduardo Laborda o José Luis Lasala; periodistas como Joaquín Aranda, Juan Antonio Gracia, Ricardo Vázquez-Prada, José Hernández Polo, Chema Turmo… Tras los agradecimientos, Juan Domínguez recordó que los protagonistas del libro “sois vosotros, muchos de los que estáis aquí sois quienes de verdad habéis hecho el libro”.
04/05/2005 10:55 Enlace permanente. Hay 130 comentarios.

ACERCA DEL NARRADOR EDUARDO VALDIVIA

Zaragoza siempre tuvo sus arrebatos de modernidad. Incluso cuando la vanguardia parecía sondormida, vacilante o tal vez olvidada. El café Niké, donde se daba un riquísimo café con churros y chocolate con nata, era el santuario de un pelotón de desasosegados que consumían con fruición las novedades artísticas. Daba lo mismo que se tratase de los poemas de Vicente Aleixandre, que era un maestro al que se visitaba de tarde en tarde en su casa de Velintonia, José Luis Hidalgo o las obras de César Vallejo y de Pablo Neruda. O la narrativa neorrealista italiana y los autores de la “Generación Perdida”. Por allí, cuando llegaba la noche, se dejaban caer autores, pintores, críticos, lectores más o menos empedernidos y a su modo, a su constante modo, emprendedores.

El tiempo ha hecho del café Niké un mito. O un punto de referencia. Lo cierto es que al arrimo de uno de sus pontífices, el orondo y expresionista Miguel Labordeta, se hacían muchas cosas: se fundó una quimérica y casi surrealista Oficina Poética Internacional y se creaban revistas constantes -desde “Orejudín” a “Papageno”, desde “Ansí” o “Ámbito” a “Despacho literario”- y también algunas editoriales de mérito: pensamos en Coso Aragonés del Ingenio o una de las mejores colecciones de poesía que existían en el país, como Javalambre, el proyecto que alimentó con mimo Julio Antonio Gómez y fotografió Joaquín Alcón, que era uno de los retratistas más creativos del país. Y más innovadores.

La lista de nombres era bastante amplia. Abarcaba, desde los primeros 50, a gentes como Ildefonso-Manuel Gil, José Manuel Blecua o Francisco Ynduráin, en menor medida, hasta autores más jóvenes, irreductibles de su época: Labordeta, Manuel Pinillos, Luis García Abrines, que tenía algo de nuestro Pedro Luis de Gálvez (por su afición a coleccionar anécdotas de todo tipo), el citado Julio Antonio Gómez, que igual hacía fotos que editaba primorosamente, que igual buscaba muchachos de alquiler que navegaba la noche entre exabruptos y canciones de Leo Ferré. Y también Manuel Rotellar, José Antonio Rey del Corral, Guillermo Gúdel, Rosendo Tello, Ignacio Ciordia, Emilio Gastón, Luciano Gracia, Miguel Luesma, Fernando Ferreró, Pío Fernández Cueto, Antonio Fernández Molina, José Antonio Labordeta, Emilio Alfaro (que aglutinaba en su inquieta vocación la necesidad de ser guionista, dramaturgo, pintor, periodista, cineasta, escritor de novelas policiacas y médico).

Y entre ellos, sobre todo en la década de los 50, también se movía un hombre enjuto, hijo de militar y narrador, nacido en Écija en 1929: Eduardo Valdivia, que había tenido una existencia itinerante, pero finalmente recaló en aquella Zaragoza donde el Grupo Pórtico -reducido ya a un trío mágico: Santiago Lagunas, Eloy Laguardia y Fermín Aguayo- ponía fin a su esplendor y a su pionera labor en el arte de la abstracción y donde Miguel Labordeta, el hombre solitario que sesteaba en los tranvías con el nombre de un joven amor encendido en el pecho, ultimaba “Oficina de Horizonte”, esa síntesis de toda su obra. Valdivia tenía el corazón preñado de sueños de escritor: tanteaba en la narrativa y en el teatro, agrupado en una serie de textos de textura poética y alegórica, “Los dramas azules”, y también hacía sus escarceos en la pintura. Se licenció en Geografía e Historia y luego en Derecho.

Según nos ha contado Joaquín Aranda, algunos de los más jóvenes iban a veces a su modestísima casa y allí escuchaban buena música. En los años 60, pareció tener más consolidada su vocación: se dedicaría a la narrativa y en particular al relato breve. Un relato breve, dicho sea así sobre la marcha, que partía de la literatura oral, del poder de una historia en sí misma y de la necesidad de que tuviese personajes, criaturas un tanto pintorescas, amputadas en algunas ocasiones, bordeando alguna forma de marginalidad. Sus maestros o referentes eran Pío Baroja (al que le intentó dedicar una tesis doctoral que quedó inacabada), que siempre sería su modelo de novelista, William Saroyan, hoy casi olvidado, o un cuentista incuestionable como Antón Chejov.
Y así, vinculado como estaba a Coso Aragonés del Ingenio y Javalambre (en cuya creación intervino de alguna manera), aparecieron sus libros de ficción: “El espantapájaros y otros cuentos” (1960), que debió coincidir con su traslado a Ceuta, tras ganar la oposición de profesor adjunto de Geografía e Historia, “Las cuatro estaciones” (1967) y “Cuentos de Navidad” (1968), ambos aparecidos poco después de su traslado desde Teruel, desde el colegio San Pablo, a la Universidad de la Laguna de Tenerife. De ella regresó en 1971 como director al Instituto de Enseñanza Media Castilla, en Soria, donde fallecería demasiado joven en 1972. Dejaba muchos textos inéditos, cuentos, apuntes teatrales, novelas -en particular, una, “¡Arre, Moisés!”, que fue finalista en ese mismo año del premio Alfaguara y quedó finalista- y algunos borradores para un libro que, según su máximo estudioso Jesús Rubio Jiménez, pensaba publicar con el título de “Leyendas de Teruel y Albarracín”.

El profesor Rubio -especialista, como se sabe, en estudios teatrales del XIX y XX y uno de los máximos expertos en Gustavo Adolfo Bécquer- ha rastreado la huella de Eduardo Valdivia en los seis años que estuvo en Teruel, con personajes tan importantes como J. A. Labordeta, José Sanchís Sinisterra, Federico Jiménez Losantos, Gonzalo Tena, Manuel Pizarro, Carmen Magallón, Joaquín Carbonell o una jovencísima Pilar Navarrete, entre otros.
Y recuerda los constantes trabajos que hizo. Merecen destacarse títulos como “Estudio del Arte Mudéjar de Teruel”, “Catálogo de los pergaminos de los archivos de Cella (municipal o eclesiástico)” o un trabajo que será determinante para su carrera de novelista, sobre “La primera guerra carlista en el Bajo Aragón”, en 1967.

Ostentó cargos, adoctrinó a los alumnos, dio muestras de algunas rarezas que han sido glosadas por diversos estudiosos del periodo como Javier Lacruz, José Antonio Labordeta (que tiene varios libros muy significativos de ese momento: “Tierra sin mar” y “Los amigos contados”, ambos publicados en Xordica) y debió concebir y escribir su única novela édita. Nos referimos a la ya citada “¡Arre, Moisés!”, que acaba de aparecer en la Colección Larumbe, que dirige Antonio Pérez Lasheras, bajo el patrocinio de la Universidad de Zaragoza, el Gobierno de Aragón y el Instituto de Estudios Altoaragoneses. Jesús Rubio es el encargado de realizar la edición y de analizar un libro que tiene dos inequívocos parentescos aragoneses: la novela “Réquiem por un campesino español” de Ramón José Sender, reedita hace muy poco por Destino, y “El cura de Almuniaced” de José Ramón Arana, que ofrecen dos visiones contrapuestas de la posición de los sacerdotes durante la Guerra Civil.

El libro ofrece una mirada distinta a las de ambos. Y, como recuerda Jesús Rubio (que le dedicó su tesina a Eduardo Valdivia en 1977), el escritor se inspiró en un manuscrito de un capellán carlista, “Últimos sucesos de la campaña de Aragón, Valencia y Murcia, por el ejército del general Cabrera” (1840), que éste redactó durante su presidio en Cádiz, una vez que el general Ramón Cabrera perdió Morella o se vio obligado a abandonarla en medio de una extraña enfermedad que inspiró “Las Historias Naturales” al recién fallecido Juan Perucho.

Ambos libros tienen una mezcla de diario y memorias; en cualquier caso, Eduardo Valdivia empleó un procedimiento similar para contar la historia de un sacerdote, Mosén Alberto, que tiene dos antagonistas o replicantes: un profesor de Historia y un rentista, aunque su verdadero antagonista es un comandante mucho más peligroso. Mosén Alberto no acabará demasiado bien, pero en ese trayecto que le conduce hacia un escabroso final, Valdivia hace un retrato de la situación que entrevera el humor y la tragedia, el esperpento, el gusto por la participación de personajes maltratados por la naturaleza y la historia, y traza la historia del Regimiento de San Martiniano (lleno de cojos y mancos y tuertos).

Jesús Rubio, que ha manejado el texto del capellán carlista y que ha podido revisar uno a uno los papeles de Valdivia y sus 160 cuentos, nada menos, establece otros parentescos con la obra carlista, que no fue sino una plantilla de partida. La novela de Eduardo Valdivia reslta un tanto irregular: el punto de vista omnisciente cede en ocasiones a un relato dialogado, rápido y casi esquemático, o a un regusto excesivo por la descripción de la naturaleza. Pero lo cierto es que el libro, con sus gotas de humor gruesa, con su narratividad vertiginosa, con sus tránsitos a lo largo de la geografía aragonesa, acaba siendo un texto sobre el exterminio, la guerra entre hermanos, la frágil condición humana y a la postre sobre la inocencia. Mosén Alberto había escuchado su sentencia de muerte con serenidad.
Eduardo Valdivia, en el otro confín de la sombra, resucita felizmente en una edición muy recomendable y necesaria.
04/05/2005 21:40 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

PRESENTACIÓN DE "ESCRITO EN EL POLVO" DE DAMIÁN TORRIJOS

Sé que hoy se presentan muchas cosas: Alonso Cordel su antología poética publicada por Zócalo, Alfonso Gómez Cerda su novela juvenil “La noche de los alacranes”, una historia de amor y maquis, un drama rural, en la España de posguerra, que mereció el premio Gran Angular de SM.

Y en el Salón del Trono de la Diputación de Zaragoza, Damián Torrijos presenta su nuevo libro de relatos, “Escrito en el polvo” (DPZ), una colección que tiene algo de compendio de su obra breve y que mereció el Premio Isabel de Narrativa. Torrijos es un virtuoso de la palabra, se rastrean en él numerosos ecos del Siglo de Oro, de la literatura picaresca y sobre todo de Quevedo, pero también de Gracián, Cadalso o Valle-Inclán. El libro brilla no sólo por su prosa, trabajada a buril, sino por la originalidad de los argumentos: el primer cuento lo escribe un muerto que asiste a la infidelidad de su mujer y acabará –tras una suerte de metamorfosis bellamente elaborada- siendo su hijo. O ese es al menos su deseo. También rinde homenaje a Luis Cernuda o hay un cuento delicioso donde se cuentan los milagros de una monja tornera que se llama Inés del Madero. Yo diré unas palabras sobre ese libro. Los cuentos tienen siempre un extrañamiento verdaderamente logrado. A Damián Torrijos sólo lo conozco por sus textos y por algunas cartas de medianoche. Si alguno podéis acudir, hacedlo con un poco de tiempo y podréis ver la magnífica antológica de Fermín Aguayo, que aquí tiene un carácter más íntimo en el Museo Reina Sofía, donde estuvo hasta hace muy poco.
05/05/2005 10:19 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

RECUERDO DE FLORIÁN REY*

florian.jpgFlorián Rey (1894-1962) fue el cineasta más popular de su época. Convirtió a Imperio Argentina en su musa, su estrella y su cantante ideal; juntos hicieron películas de mérito como Nobleza baturra, Morena Clara o Carmen, la de Triana. Florián Rey, autor de otra gran película como La aldea maldita, fue un inadaptado y acabó devorado por el olvido y la crueldad selectiva de la memoria. Pero nadie le puede negar su oficio: su biógrafo Agustín Sánchez Vidal lo considera “Nuestro Ernst Lubitsch con cachirulo”.

Florián Rey fue capaz de consumar un milagro inesperado: arrebatar al público de las películas del Hollywood dorado mediante una narración fluida, una atmósfera populista y la voz y la fotogenia deslumbrante de una actriz inolvidable: Magdalena del Río, Imperio Argentina. El pasado 25 de enero –el mismo día en que Correos sacaba sellos de Segundo de Chomón y de Luis Buñuel- se cumplía el primer centenario de su nacimiento en La Almunia de Doña Godina (Zaragoza). Hace algunos meses, Imperio Argentina advertía del abandono en que había caído el gran cineasta aragonés: “Florián Rey debería tener el reconocimiento de Aragón, igual que lo tiene Luis Buñuel”. Su biógrafo Agustín Sánchez Vidal, autor de El cine de Florián Rey (CAI: 1991) ratificaba esa necesidad de homenaje y recuerdo y la hacía extensiva a todo el cine español, “máxime si tenemos en cuenta que recientemente en una encuesta sobre las diez mejores películas españolas de todos los tiempos aparecían dos títulos de Florián Rey: La aldea maldita y Nobleza baturra, cinta que bien podríamos definir como de Ernest Lubitsch con cachirulo”.

Antonio Martínez Castillo, conocido por Florián Rey, nació en el seno de una familia acomodada en La Almunia de Doña Godina, aunque se trasladó a Zaragoza cuando contaba cuatro años. Algunos han querido ver en él a un hombre ignorante y de escasa formación. Sin embargo, vivió en un ambiente un tanto refinado con dos hermanos músicos –Guadalupe, conocida pianista y profesora de Luis Galve; Rafael Martínez, violinista precoz y más tarde solista y director de orquesta- y él mismo llegó a matricularse en la Facultad de Derecho. Las leyes no le ofrecían un camino seguro y se decantó por el periodismo y la literatura. Se incorporó como redactor al Diario de Avisos en una época en que sobresalían las personalidades de José García Mercadal y Fernando Castán Palomar. Éste, famoso por libros como Aragoneses contemporáneos, lo describió así: “Recuerdo aún a Florián Rey con un traje de pequeños cuadros blancos y negros, y chambergo y bastón”.

Muy pronto viajó a Madrid, con su hermano Rafael, donde halló un puesto en Revista Financiera. Las cosas no le iban demasiado bien y a menudo se encontraban con que no tenían ni para un par de zapatos. Antonio hizo el servicio militar en Marruecos, entre 1915 y 1918; a su regreso a Zaragoza, se integró en La crónica de Aragón de García Mercadal y a la vez enviaba crónicas y reportajes a La correspondencia madrileña. Un huelga de tipógrafos selló su sino: se trasladó a Madrid y obtuvo una tarjeta de recomendación del dramaturgo Jacinto Benavente para dedicarse al teatro. Inicialmente fue contratado por Gregorio Martínez Sierra para intervenir en la pieza La maña de la mañica de Carlos Arniches junto a Catalina Bárcena. Apenas tardó en hacer su debut cinematográfico detrás de la cámara: en 1924 adaptó la zarzuela La Revoltosa, cuya mayor virtud fue que constituía una aproximación a lo que luego iba a ser la estética del neorrealismo. Tres años más tarde se encontró con la actriz y cantante Imperio Argentina y junto rodaron La hermana San Sulpicio, una obra que abría la espiral de éxitos de la pareja que pronto iba a iniciar un apasionado romance. Con La aldea maldita (1930), una propuesta más experimental, el realizador se despedía del mundo cine mudo y lo hacía con una pieza que tenía mucho de documento, contenido y sobrio, sobre el drama rural español, reflejado a través de un pálido argumento acerca de la honra y el arrepentimiento. Florencia Bécquer daba vida con encanto y misterio a la protagonista principal. En medio de ambos títulos, rodó en Zaragoza y Madrid una versión humanizada y aun romántica de Agustina de Aragón (1928).

La carrera de Florián Rey, cada vez más sólida, atravesó una fecunda etapa de exilio y aprendizaje. En los años del Hollywood mítico, cuando reinaban Clara Bow, Gloria Swanson o el propio Rodolfo Valentino, la industria americana quiso extender sus redes hacia Europa mediante la adaptación de diálogos y versiones en lenguas nacionales. La Paramount, que poseía a sucursal en Joinville, en las afueras de París, atrajo a profesionales como los dramaturgos Pedro Muñoz Seca y Gregorio Martínez Sierra (el impostor impecable al que le escribía los textos su esposa María Lejárraga), los actores Rafael Rivelles y María Fernanda Ladrón de Guevara, y al propio Florián Rey. Y por supuesto a Marlene Dietrich: la gran actriz y cantante berlinesa coincidió con Imperio Argentina, encuentro que dio lugar a escabrosas suposiciones de lesbianismo, alimentadas por Donald Spoto (biógrafo de Marlene, Marilyn y Alfred Hitchcock, entre otros) y negadas con rotundidad por Imperio. Florián Rey permaneció allí durante tres años en contacto permanente con el buen cine americano (fue supervisor de diálogos, dirigió doblajes, efectuó labores de montaje), donde aprendió a manejar el ritmo, procedimiento narrativo, etc.

Agustín Sánchez Vidal cree que tras aquel contacto, el cineasta concibió un sueño: “La creación de un cine nacional, con sentido comercial, ajeno a cualquier experimentación en la línea de La aldea maldita”. Y a eso se aplicó con cintas que alcanzarían una rápida proyección. Pensemos en su impresionante historia sobre los bandoleros en Sierra de Ronda, cargada de dramatismo e intensidad en torno a la evasión de un bandolero (dos realizadores como Forqué y Saura también se interesarían por el género en Amanecer en Puerta Oscura y Llanto por un bandido, respectivamente), o en esa inspirada trilogía republicana configurada por la versión sonora de La hermana San Sulpicio (1934), Nobleza baturra (1935) y Morena Clara (1936), tres cintas que contaron con una protagonista de excepción llamada Magdalena Nile del Río, Imperio Argentina.

“Son tres grandes películas que emplean un esquema idéntico: novicia que acabará redimiéndose con un médico, peón que se casa con la hija del dueño y gitana (hija de payo) que se casa con un fiscal de Sevilla. Las tres son un ejemplo de apuestas por una sociedad integradora en ámbitos relacionados con la religión, el racismo y el campo. Florián Rey resolvió conflictos y demostró su sabiduría, basada en un populismo republicano, el manejo de la cámara y la voz y la gracia de Imperio Argentina. Logró desplazar a las películas del Hollywood dorado, algo que sólo ha hecho en menor medida Pedro Almodóvar”, señala Sánchez Vidal. El director instauró una etapa de esplendor con una cinematografía caracterizada por el costumbrismo, los mitos populares y un discurso eficaz y subyugante, entroncado siempre con el pintoresquismo y la tradición. Rentabilizó como nadie la idiosincrasia del aragonés. A mediados de los 40 le confesaría a su paisano el gran dibujante y periodista a vuela pluma Manuel del Arco: “El cine español tiene la obligación de orientar su público hacia América y darle nuestro cine costumbrista, el folclórico. España es el país que tiene más interés; y si ellos, los extranjeros, tienen la leyenda de España, hay que mantenerla. Sí, señor; mujeres morenas y música española. Si usted va a ver una película húngara, si no le dan zíngaros, le defraudan”. He aquí una terca estética que Florián ya venía practicando desde tiempo atrás. La Guerra Civil frustró aquella carrera espectacular. Florián e Imperio Argentina se trasladaron a Berlín, donde fueron recibidos por el propio Adolf Hitler. Realizaron dos cintas, Carmen, la de Triana (1938), una aproximación al mito elaborado por Merimée, y La canción de Aixa (1938), que anticipó el final de la relación entre Florián e Imperio, entre el cineasta y su musa.

Ya en España, Rey rodó La Dolores con Concha Piquer. “Con respecto a Florián Rey existe un prejuicio. El cineasta no era franquista, aunque sí conservador”, dice Sánchez Vidal. La ya citada La Dolores, Brindis a Manolete y Los cuentos de La Alhambra, basada en los textos homónimos de Washington Irving, fueron sus últimas obras de mérito. No se adaptó al cine del franquismo y se retiró en 1957 porque “no puede resignarse a la clase de infracine que le obligan a hacer”. De ahí pareció derivarse una tímida actitud rebelde ante el régimen de Francisco Franco. En 1962 sus restos fueron arrojados al polvo del olvido. Casi al mismo lugar de la ingrata memoria donde yacen sus espléndidas películas.

*El Festival de Cine de La Almunia de Doña Godina celebra su primera década con un excelente programa. Recupero, de mi fondo de armario, este texto no aparecido en libro y lo traigo en homenaje al Festival y al gran realizador aragonés.
06/05/2005 08:50 Enlace permanente. Hay 7 comentarios.

UNIÓN MUSICAL GARRAPINILLOS: LA PARTITURA DE DOS DÉCADAS

Garrapinillos70cumpleJosi.jpgENTREVISTA CON SU DIRECTOR JUAN CARLOS ROLDÁN GRACIA (ZARAGOZA, 1973)

-¿Cómo definiría Garrapinillos?
-Es algo así como una comunidad en la cada uno sigue su camino y que sólo se une en las fiestas, en los problemas y en la música. Somos muy individualistas, pero la música nos vuelve un colectivo. También usaría la palabra tranquilidad. El mejor momento se produce en octubre y noviembre, a partir de las diez de la noche ya no hay nadie por la calle y se crea un silencio ideal que te transporta a otro lugar. Se ve la sombra de la iglesia en todos los sitios.

-Hace veinte años nacía la Unión Musical Garrapinillos. ¿Cómo era?
-Un grupo para tocar en las fiestas. Y de aquella gente, que éramos unos diez o doce, sólo quedamos los más jóvenes de entonces. Había gente mayor y niños. Salíamos a tocar a Fallas a Benicarló y empezamos a vivir la experiencia de pasar alguna noche fuera de casa, que era una auténtica fiesta. Tocábamos mucho “Paquito el Chocolatero” y “Amparito Rosa”.

-Diez años después, en 1995, se produjo un momento de inflexión y de crisis.
-De crisis total. Entendimos que la agrupación no crecía y decidimos cambiar las cosas de una manera más sistemática. En la Navidad de ese año dirigí el primer concierto de la nueva época en la iglesia del barrio que diseñó Ricardo Magdalena. Recuerdo que se hizo una piña y que me eligieron mis compañeros. El presidente y saxo barítono José Ángel Castillo me regaló mi primera batuta.

-¿Recuerda cómo le fue en aquel concierto?
-Creo que no respeté ninguna de las reglas. Para mí la dirección no es dirigir sino escuchar; fui imprudente, y la prudencia es esencial en la expresión musical, no puedes estar siempre en los extremos; hay que buscar un equilibrio que no agote el espectador. Pese a ello, la reacción de la gente fue muy positiva.

-¿Qué pasó luego?
-Teníamos que captar gente, extender el proyecto, y hicimos los primeros “ataques” al Colegio Público. Recuerdo que preparamos un concierto pedagógico y presentamos los instrumentos: hablamos de sentimientos, de emociones, de estados de ánimo que podía provocar la música: miedo, alegría, diversión, sugerir paisajes. Y se apuntaron un montón de chicos que sigue con nosotros. Empezaron a tocar de inmediato y todos saben leer el pentagrama. Pasamos de doce integrantes a 18, y luego a 35, cambiamos el repertorio radicalmente y pasamos de ofrecer de tres o cuatro conciertos a quince al año, y ahora realizamos en torno a veinte.

-¿También mejoró la respuesta del público?
-Desde luego. Empezamos a abarrotar la iglesia, en la que caben alrededor de 600 personas. A veces, se ha quedado gente fuera. Y en estos años se ha dado algo muy bonito: la gente ha aprendido a escuchar, a guardar silencio, sabe cuando hay que aplaudir. El concierto de Navidad es como un ritual, un emblema.

-Desde entonces han hecho muchas cosas: han participado en intercambios con bandas de Mallorca…
-Creo que hemos dado conciertos muy bonitos. Recuerdo uno en Mallorca con la banda de Campo: fue impresionante. Nos decían: “Qué bien habéis tocado”. O una semana que pasamos en Saravillo con otras agrupaciones. Todos recordamos con mucho cariño uno que dimos en una noche perfecta en Plan.

-También se han distinguido por alguna de sus “rarezas”: han dado un concierto en el interior de un globo aerostático, han sorteado un concierto con el repertorio, día y lugar que quisiera el agraciado, han dado todas las horas de un día desde lo alto de la torre…
-Sí, subíamos entre cuatro y diez personas, y hubo gente que resistió catorce horas ininterrumpidas. Pero bueno, son anécdotas. Eso no es precisamente de lo que nos sintamos más orgullosos. A mí me gusta que la Unión Musical Garrapinillos intente ser una escuela de música cotidiana, que labre su futuro día a día, tenemos muchos niños entre 7 y 13 años. El porvenir ya está en el presente. Somos como un parque, un jardín musical en el que puedes ir a pasear por él, cada vez que se da un concierto, cada vez que se ensaya, cada vez que un niño le dice a su padre que quiere entrar en la agrupación, cada vez que toma un instrumento en sus manos y decide hacerlo sonar. Para mí la música es convivencia. Eso es el núcleo todo: somos como una gran familia que trabajamos el viento y la percusión, pero que queremos integrar la cuerda y el piano.

-Ahora celebran sus 20 años. Y tocan en la sala Mozart, elogiada por Zubin Metha, Teresa Berganza o Daniel Barenboim. ¿Qué se siente?
-Es un placer y una responsabilidad, porque si algo intentamos transmitir es que en cada concierto estamos dando algo de nosotros. Nos estamos dando en forma de música. Y el hecho de que te acojan en este espacio es muy importante. Nosotros, desde la modestia, buscamos la calidad y lo hacemos derrochando ganas, voluntad, entusiasmo. Con todo eso intentaremos sonar como una orquesta profesional.

*La ilustración corresponde al pintor Santiago Ríos y está dedicado a la fiesta del 70 cumpleaños de su hermano Josi. Está fechado en 1997.
08/05/2005 12:41 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL GOL DEL SIGLO DE NAYIM

nayim.jpgUno nunca sabe por qué suceden las cosas: por qué te gusta el color de un atardecer, qué te atrapa del paso incesante de un río, qué has encontrado en un cuadro, en un poema o en una película que, de golpe, se convierte en una cifra de tus emociones. El cerebro es el mayor enigma del universo: la carta cifrada que ningún criptógrafo logra nunca esclarecer del todo. Una de mis idolatrías desde joven, cuando el fútbol era una de mis pasiones cotidianas, se llamaba Mohamed Nayim y acababa de debutar en el Barcelona cuando lo dirigía un entrenador que también escribía novelas policíacas con seudónimo: Terry Venables (creo que era él). Años después, lo llamaron del Totenham Hottpurs, que era uno de mis equipos favoritos porque jugaba un medio exquisito llamado Glenn Hoddle, y seguí su evolución. Creo recordar que incluso algún seleccionador, tal vez Clemente, fue a ver cómo jugaba. Poco antes de cambiar de aires, vi por televisión cómo marcaba uno de esos goles al que casi es imposible ponerle palabras, acaso un fragmento de poesía. De repente, Nayim empezó a corretear por el campo de sueños de La Romareda. Mi futbolista favorito, mi ídolo inexplicable, el hombre que sucedía en mi corazón a Pablo García Castany, jugaba en mi misma ciudad. Me encantaba verlo no sólo en los choques, sino en el calentamiento: poseía un raro virtuosismo, su bota y el balón era como una aleación de fantasía, el desafío a las leyes de la gravedad de un alquimista vestido de corto. Y entonces, sucedió aquello: París, la ciudad en la que nunca había estado, iba a ser el escenario de una quimera. El Real Zaragoza había ido tumbando adversarios y se enfrentaba al Arsenal, cantado y glosado por Nick Hornby en “Fiebre en las gradas” (Ediciones B). Yo vivía entonces en La Iglesuela del Cid, en realidad había llegado pocos meses atrás con la nieve y el frío glacial de la montaña. París volvía a ser una fiesta y el partido de aquel inolvidable diez de mayo de 1995 resultaba magnífico, apoteósico. Rebosaba intensidad, tensión, alternativas: se vivía y se jugaba al filo de lo gloria y el fracaso, al límite de la extenuación. Y entonces, cuando ya sólo parecía que el duelo iba a librarse en el fatal azar de los penaltis, surgió él. Irrumpió, con el calzón semihundido y la testa altiva de ave rapaz que prevé el temblor de su presa, Nayim “el elegido” y batió a Seaman con un envío que tenía la textura del milagro, el fogonazo ideal del gol del siglo que nos hizo irremediablemente felices. Aquel día, en La Iglesuela del Cid y rodeado de niños, me levanté como si yo también empujase o condujese al balón al fondo de las mallas. Aquel gol dio la medida de la gesta del Real Zaragoza y convirtió a Nayim en un mito contemporáneo entre nosotros, en el futbolista del prodigio.
08/05/2005 13:41 Enlace permanente. Hay 22 comentarios.

MIQUEL ÁNGEL RIERA Y EUGENIO ESTRADA:HISTORIA DEDOS QUE SOÑARON

img4_215.jpgNo sé si un crítico debe escribir un artículo en primera persona. Pero en esta ocasión, al recordar la vida y la obra de Eugenio Estrada, voy a hacerlo. No sé por qué razón la figura de Miquel Ángel Riera --autor de libros tan fascinantes como “Isla Flaubert”, “Los dioses inaccesibles” o “Crónica lasciva de una decadencia”, compuestos originalmente en catalán, lector insaciable de Kavafis y de Lampedusa-- y la de Eugenio Estrada se superponen en mi memoria, conforman un mundo, una poética, una actitud que mi cerebro reúne y enlaza indefectiblemente, aunque ellos no llegaron a tratarse. A Eugenio lo conocí en 1988 en una de las aulas del ICE; estaba estudiando el arte infantil y acumulaba sobre su mesa y en las carpetas de las repisas miles de dibujos de niños: los acariciaba, les extirpaba detalles, los glosaba una y otra vez, y les encontraba parentescos con Miró, Picasso, Klee o Kandinski. Le entusiasmaba aquella inocencia que permitía borrar los muros, eliminar las perspectivas y trascender el sentido común en una gran orgía de imaginación y trazos.

Habíamos concertado la cita a las diez y media de la mañana: eran tales su vigor, su torrencialidad y su entusiasmo por sus descubrimientos que llegó la hora de comer, las dos quizá, y allí seguíamos viendo dibujos, caras obnubiladas, casas con cerca, árbol y nube, figuras de un bestiario que aún no había sido designado. Al volver a la redacción de “El día de Aragó” escribí una frase en mi “Dietario de olvidos”: "El cubismo es un niño que ha descubierto siete rostros al cielo y desconfía de la precisión de las perspectivas".

En unos cuadernos que publicaba el ICE, Eugenio Estrada editó una síntesis de sus trabajos con los niños. Me la remitió, aunque hacía tiempo que no nos veíamos, y yo se la entregué a Miquel Ángel Riera en una visita que hizo a Zaragoza. Recuerdo que me cité con el novelista otra mañana en el Hotel Corona de Aragón y que charlamos de literatura (le seducían autores como Henry James, Thomas Mann, Virginia Woolf, Tolstoi y Robert Walser, aquel suizo que apareció muerto sobre la nieve tras un arrebato de locura), de viajes y de arte. Llevaba encima la monografía de Eugenio Estrada --creo que su título era “El lenguaje plástico elaborado por los niños”- y le gustaron tanto la idea y las conclusiones que cada vez que hablábamos o nos escribíamos siempre había un comentario o una pregunta acerca de Eugenio Estrada Díez, el pintor leonés afincado en Zaragoza.

Miquel Ángel Riera fue una de las personas más entrañables que he conocido jamás, destrozado en algún rincón del alma y de la palabra por un dolor sin nombre, ignoto, que iba más allá de la añoranza. Eugenio Estrada poseía un misterio parejo, su parte oculta, sus fantasmas. Estuvimos tiempo y tiempo sin vernos, perdidos en la lejanía, pero a principios de los 90 volvimos a encontrarnos. Y, en visitas a su estudio o en tertulias de lento crepúsculo de sábado en el Café Levante, fui accediendo a su vasta biografía de niño de aldea (nació en Cubillas de Rueda en 1934) fascinado por el campo: le encantaba --como si hubiese recuperado al zagal que fue tras tanto trajinar con dibujos de inadvertidos muchachos con alma de artista-- recordar una atmósfera de animales encerrados tras las cercas, de carros, de construcción de parideras, cancelas para la huerta o casas que se alzaban casi de repente y expelían una mancha de humo que ennegrecía el celaje del valle. Le encantaba describir la llegada de los buhoneros, de los pastores o el amontonamiento natural de las manzanas derribadas por el vendaval. Decía que en aquel ámbito matricial de contacto con la naturaleza y el enigma de la labranza había nacido el pintor: los colores se le habían trasvasado del agro al corazón y a la mano, y una fuerza desconocida le empujaba a soñar, a crear mundos, a disolver en acuarela y sueño lo que veía mientras iba y volvía a la escuela. Me dijo una vez: "Como decía Klee, supe desde niño que la pintura tiene música. Música y el sabor de las cosas del campo".

Había un momento que, en esa búsqueda de su ser de creador, contaba su traslado a León, su contacto con Antonio Gamoneda y Victoriano Crémer, que le abrieron los ojos a la poesía y las nuevas artes, y su ingreso en sucesivas academias, que asentaron su formación y le otorgaron una habilidad de amanuense incuestionable en la que se apoyó sin amaneramiento. Fueron años de investigación y ubicación espiritual, aunque el impacto mayor estaba por llegar: una muestra de impresionistas y postimpresionistas en Madrid operó como un aldabonazo, como un reclamo. Fue ese trallazo de clarividencia y persuación que te cambia el existir.

Si se podía hacer eso, él querría ser artista con todas las consecuencias, pareció decirse. Y de inmediato, en una aventura que le gustaba evocar como algo que definía su pulsión más sincera, marchó a la Provenza para ver de cerca la obra de Cezanne, que se le aparecía a cada hora con su pintura sombría e inquietante como una obsesión insalvable. Cézanne fue durante un tiempo su dios por su forma de elaborar el cuadro, por sus texturas, por su indagación plástica, por su forma de atisbar el cubismo tal vez, corriente en la que --de un modo particular, sin rigidez ni la temática convencional del movimiento-- se movió durante años Eugenio y en la que resumió su universo de desgarro y de reflexión, de exaltación y de lirismo, de serena belleza.

El recuerdo de la estancia en Colombia activaba su melancolía. Al invocar aquellos dos años, rescataba lo que anheló ser, el tamaño de su esperanza. Dio clases de arte en distintas universidades y ahondó en el mundo que llevaba dentro: exploró el expresionismo americano y su manantial de cromatismo, aspectos que le llevaron hacia el análisis de distintas suertes matéricas y de los empastes. El influjo de Millares, Tàpies y Saura, en medio del informalismo reinante, añadieron matices a su evolución, cada vez más precisa. Alternó durante muchos años creación y docencia, impartió enseñanzas novedosas como el diseño y dibujo creativo, y fue configurando un universo cada vez más personal, dominado por el sentido plástico, el predominio del verde, el aura constructiva. El desengaño fue abriéndose camino en la obra de Eugenio: le dolían las prisas, el abotargamiento, la pérdida de sensaciones definitivas o intensas de una sociedad febril y enloquecida.

En ese instante, a mediados de los 90, pareció desembocar en un arte más metafísico (en realidad, metafísico lo había sido siempre), bien construido, con homenajes evidentes a su infancia de caóticos jardines y al trabajo de Carrá, Mondrian o Morandi, que siempre fueron sus maestros. La sutileza enigmática y seca de Morandi y su concentrada perfección le animaron constantemente; aunque los tres citados fueron modelos de enfrentarse al cuadro y de exponer una laboriosa teoría plástica suspensa en la geometría. Aquella época --que agrupó, en torbellino de escombros, vergeles, objetos de dibujo, ventanas, maniquíes, flores, manzanas: elementos para un nuevo concepto de bodegón sin duda-- dio paso a un último estadio de marcada depuración formal, de estilización y de compendio.

Eugenio Estrada volcó sus pinceles y su memoria hacia la reinterpretación del pretérito y de su memoria de hombre y niño desde el rigor y la esencialidad. Así, además de ese cuadro oval que es un espejo donde el creador sueña que se mira y se desnuda, la presencia de una ausencia, irrumpieron los fósiles, las huellas del tiempo, los héroes enterrados a la intemperie, las ventanas, el mar cuyo hálito flota en el fondo de un lienzo, las escaleras, las piedras, los cantos rodados, la arqueología. El pintor mantenía intactos su oficio y su progresión: dibujaba estructuras y les suministraba unidad y hondura. Eugenio era un hombre que reflexionaba sobre su condición de artista plástico, alguien que, como ha dicho Ángel Azpeitia, se sabía "clásico y moderno". Recupero por un instante aquellas tardes de sábado en el Café Levante y le oigo --exultante, más volcado en la pintura que nunca, confiado-- contar cómo le habían devuelto la vida las exposiciones en Detursa (octubre de 1995), Centro Arte de León (1994) o “Resonancias” dentro de los proyectos educativos que coordinaba Manuel Val. Por entonces, había tenido que dejar de fumar y había sido víctima de una enfermedad terrible que le afectaba a la garganta y a los pulmones, una dolencia que le había esclavizado en arduas e inútiles sesiones de quimioterapia. Partió un domingo por la tarde y concertamos una cita para el próximo fin de semana. Antes del adiós me había invitado a su taller y me había mostrado sus cuadros, sus murales, el homenaje explícito que había rendido a León, a Colombia y a su niñez en papel de embalaje. Señaló uno de sus libros favoritos: la biografía de Velázquez que escribió Ortega y Gasset, era su texto de cabecera y la prueba de una deuda contraída con un creador, señaló.

A Miquel Ángel Riera tampoco volví a verlo desde un sábado inolvidable de marinas y paseos en Mallorca. Riera había titulado “El pis de la badia” (El piso de la bahía) su último poemario: era un manifiesto de amor a una mujer y al espacio donde ambos se encontraban frente al mar, un poemario de plenitud, para gozar de una pasión tranquila alimentada. Me remitió dos ejemplares de la segunda edición corregida y aumentada, y uno venía destinado a ese amigo invisible que se llamaba Eugenio Estrada Díez. La dedicatoria contenía una frase que le habría gustado al artista: "A Eugenio Estrada, pintor de León, porque nos demostró que la pintura moderna supone un desesperado esfuerzo para recuperar la libertad inocente del joven, la intuición virginal del niño. Su amigo imposible Miquel Ángel". Los dos, Miquel Ángel y Eugenio, se fueron casi a la par a la región lejana de las nieblas. Estoy seguro de que ahora sí se habrán encontrado y se habrán hecho amigos en el arte después de la muerte.
09/05/2005 01:54 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ZORAN MUSIC: LA MEMORIA Y LA BARBARIE

148.jpg¿Qué mecanismo inquietante activa el cerebro, más de medio siglo después, para que un hombre cuando se acerca a la muerte vuelva a repetir una y otra vez las imágenes del horror que vivió durante casi dos años en Dachau? La barbarie es como la sangre: se queda ahí y se renueva con su sombra y con su silenciosa barbarie. El gran pintor Zoran Music, nacido en Gorizia (Eslovenia) en 1909 fue una de las víctimas de los excesos de Hitler y sus seguidores y sobrevivió de puro milagro a aquel espanto que día tras día, tras la leva mortal de hombres y niños, le hacía decir: “Nosotros no somos los últimos”, título también de una de sus series. Ayer, en la capilla de San Martín del palacio de la Aljafería, se inauguró el legado que el pintor, residente en Venecia con 95 años, cedió en el año 2000 al IVAM con la presencia de la vicepresidenta Ana Fernández, el responsable de publicaciones y del acción exterior del instituto valenciano Joan Bria, y el comisario Josep Vicent Monzó.
Monzó explicó que Zoran Music está en consonancia con el tipo de artistas que le interesan al IVAM, con “un gran compromiso ético y social que practican una pintura de aparente belleza clásica, dotados de un elevado componente estético”. Zoran Music bebió en las fuentes de Egon Schiele y Gustav Klimt, en un primer instante; más tarde, conoció la obra de Otto Dix y Georg Grosz, y en 1935 visitó España. Estuvo en el Museo del Prado, donde estudió a Velázquez y Goya, “las pinturas negras son uno de sus grandes referentes”, y viajó a Toledo para conocer el Greco. Más tarde, residió en Trieste y en Venecia, donde fue apresado y torturado por la GESTAPO, bajo la acusación de colaborar con la Resistencia, y enviado al campo de concentración de Dachau. Allí, “arriesgó su vida, robaba tintas, entraba en el pabellón de tifus donde se atrevían a entrar los alemanes por temor al contagio”, y realizó más de 300 dibujos de sus compañeros, de los que sólo se conservan 35 en Basilea. Rehizo su carrera, pintó paisajes y autorretratos, realizó numerosos grabados, expuso en la Bienal de Venecia, la Documenta de Kassell, en Nueva York y en Londres. Cosechó una gran repercusión internacional.
En los años 90 reaparecieron sus fantasmas. Esos que muestran las 50 obras, cinco pinturas y 45 dibujos, en la Aljafería: el tormento de vivir, la aspiración al optimismo desde el desgarro. Rostros desfigurados, cuerpos desnudos, a veces sin cabezas, dos retratos de su mujer Ida Barbarigo, también pintora: en cada trazo, en el color, en la composición perturbadora, algo que se resume en estas frases: “No trato de hacer una declaración pomposa cuando pinto cadáveres. No se trata de una protesta. Es algo que sucedió”.
11/05/2005 19:48 Enlace permanente. Hay 9 comentarios.

"LOS INOCENTES DE GINEL" DE RICARDO VÁZQUEZ-PRADA

Mucho antes de trabajar en “Heraldo” (acaban de cumplirse ahora cuatro años, el primero de mayo, tras diez en “El Periódico”, el primero que leo todas las mañanas, entre las siete y las ocho), seguía los comentarios de televisión de Ricardo Vázquez-Prada. En su columna podías encontrar cualquier cosa: una nota de política, un comentario a un concierto de Georges Brassens, efemérides. No era un crítico de televisión al uso: la tele era un pretexto, y acaso una tabla de salvación, para opinar, para asumir un compromiso. Allí se veía que Ricardo Vázquez-Prada, afrancesado por parte de su mujer, afrancesado por voluntad, amaba el jazz, los libros de Simenon y de Albert Camus, los toros (también era cronista taurino y publicó, creo recordar, con el difunto Ignacio Aldecoa y Javier Aguirre el volumen conjunto “Tres de cuadrilla”) y las posiciones de izquierda. Fue presidente de la Asociación de la Prensa durante cuatro años y de vez en cuando le oía decir a Joaquín Carbonell, cuando nos veíamos casi a diario, que era un ilustrado, un sabio, un hombre profundamente curioso.

Ricardo Vázquez-Prada -con quien coincidí más de dos años en “Heraldo” y firmó varios artículos en “Artes & Letras” sobre novela negra y Simenon- acaba de publicar en Unaluna la novela “Los inocentes de Ginel”, un lugar más o menos imaginario que está próximo al campo de Belchite. Narra la historia de una modesta familia, compuesta por Pedro y María, y sus tres hijos: Pilar, Jacinta o Chinta, y Antonio. De repente, les anuncian que estalla la Sublevación. Y pronto, muy pronto, una oleada de terror caerá sobre su felicidad. Primero, Antonio se marcha al frente a Zaragoza y de ahí a Guadalajara bajo las sospechas, sobre todo para el asesino sin escrúpulos Ramiro, de que tiene relación con los anarquistas.

La represión se desmelena y Pedro, el carpintero bondadoso que ni ideología política tenía, resulta fusilado a tres kilómetros del pueblo. A partir de ahí comienza una historia cuyo principio parece claro: la realidad, casi siempre y en tiempos de guerra mucho más, supera a la ficción. En este libro de denuncia, de personajes, de actos más que abyectos o impensables (por ejemplo, se quema al alcalde socialista mientras se oían sus gritos…), de venganzas, de asaltos, de espanto continuo. Al cabo Ramiro lo sustituye un más sensato comandante Cortés, los anarquistas Rafael y Martín Barnal, al frente de la columna de Durruti, toman Ginel y se desata la venganza popular contra Ramiro, una mujer que había sido violada por él le acuchilla en el corazón, al cura le revientan la cabeza a pedradas…

El libro está basado en hechos reales y en un manuscrito de una mujer que quiere quedarse en el anonimato y que escribió un espeluznante diario de recuerdos. Ricardo Vázquez-Prada se pone al lado de los seres humanos más o menos inadvertidos que soportaron tanta crueldad, tanta desmesura, y cuenta un relato sobrecogedor, con notables criaturas antagonistas, con un ritmo ágil y sostenido. Decía ayer Alejandro Lucea, comentarista deportivo y experto en el Real Zaragoza, que se la leyó de un tirón.

Ricardo Vázquez-Prada, que también tiene libros más amables como “El genio del Moncayo”, ilustrado por Cano, presenta esta tarde, a las 19.30 horas, la novela con su editor de Unaluna, Luis Ángel Blasco, y un servidor.

Y mañana, en el mismo espacio, Carlos Castán hará de maestro de ceremonias del nuevo libro de Fernando Sanmartín, “Hacia la tormenta” (Xordica), un libro delicioso y mínimo, suspenso en la metáfora, en la evocación, en la depuración máxima. Fernando Sanmartín ha resumido casi un lustro de impresiones y vivencias en menos de un centenar de paisajes.
12/05/2005 09:41 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

"LOS INOCENTES DE GINEL" DE RICARDO VÁZQUEZ-PRADA

Mucho antes de trabajar en “Heraldo” (acaban de cumplirse ahora cuatro años, el primero de mayo, tras diez en “El Periódico”, el primero que leo todas las mañanas, entre las siete y las ocho), seguía los comentarios de televisión de Ricardo Vázquez-Prada. En su columna podías encontrar cualquier cosa: una nota de política, un comentario a un concierto de Georges Brassens, efemérides. No era un crítico de televisión al uso: la tele era un pretexto, y acaso una tabla de salvación, para opinar, para asumir un compromiso. Allí se veía que Ricardo Vázquez-Prada, afrancesado por parte de su mujer, afrancesado por voluntad, amaba el jazz, los libros de Simenon y de Albert Camus, los toros (también era cronista taurino y publicó, creo recordar, con el difunto Ignacio Aldecoa y Javier Aguirre el volumen conjunto “Tres de cuadrilla”) y las posiciones de izquierda. Fue presidente de la Asociación de la Prensa durante cuatro años y de vez en cuando le oía decir a Joaquín Carbonell, cuando nos veíamos casi a diario, que era un ilustrado, un sabio, un hombre profundamente curioso.

Ricardo Vázquez-Prada -con quien coincidí más de dos años en “Heraldo” y firmó varios artículos en “Artes & Letras” sobre novela negra y Simenon- acaba de publicar en Unaluna la novela “Los inocentes de Ginel”, un lugar más o menos imaginario que está próximo al campo de Belchite. Narra la historia de una modesta familia, compuesta por Pedro y María, y sus tres hijos: Pilar, Jacinta o Chinta, y Antonio. De repente, les anuncian que estalla la Sublevación. Y pronto, muy pronto, una oleada de terror caerá sobre su felicidad. Primero, Antonio se marcha al frente a Zaragoza y de ahí a Guadalajara bajo las sospechas, sobre todo para el asesino sin escrúpulos Ramiro, de que tiene relación con los anarquistas.

La represión se desmelena y Pedro, el carpintero bondadoso que ni ideología política tenía, resulta fusilado a tres kilómetros del pueblo. A partir de ahí comienza una historia cuyo principio parece claro: la realidad, casi siempre y en tiempos de guerra mucho más, supera a la ficción. En este libro de denuncia, de personajes, de actos más que abyectos o impensables (por ejemplo, se quema al alcalde socialista mientras se oían sus gritos…), de venganzas, de asaltos, de espanto continuo. Al cabo Ramiro lo sustituye un más sensato comandante Cortés, los anarquistas Rafael y Martín Barnal, al frente de la columna de Durruti, toman Ginel y se desata la venganza popular contra Ramiro, una mujer que había sido violada por él le acuchilla en el corazón, al cura le revientan la cabeza a pedradas…

El libro está basado en hechos reales y en un manuscrito de una mujer que quiere quedarse en el anonimato y que escribió un espeluznante diario de recuerdos. Ricardo Vázquez-Prada se pone al lado de los seres humanos más o menos inadvertidos que soportaron tanta crueldad, tanta desmesura, y cuenta un relato sobrecogedor, con notables criaturas antagonistas, con un ritmo ágil y sostenido. Decía ayer Alejandro Lucea, comentarista deportivo y experto en el Real Zaragoza, que se la leyó de un tirón.

Ricardo Vázquez-Prada, que también tiene libros más amables como “El genio del Moncayo”, ilustrado por Cano, presenta esta tarde, a las 19.30 horas, la novela con su editor de Unaluna, Luis Ángel Blasco, y un servidor.

Y mañana, en el mismo espacio, Carlos Castán hará de maestro de ceremonias del nuevo libro de Fernando Sanmartín, “Hacia la tormenta” (Xordica), un libro delicioso y mínimo, suspenso en la metáfora, en la evocación, en la depuración máxima. Fernando Sanmartín ha resumido casi un lustro de impresiones y vivencias en menos de un centenar de páginas.
12/05/2005 09:41 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

UNA HISTORIA DE CAUTIVOS EN GARRAPINILLOS

A veces ocurren cosas cuando menos te lo esperas. Una mañana radiante de sol, tras ir a por la pan, acompañado de tu perra, un hombre se sienta a tu lado y te dice: “He visto la entrevista que le ha hecho usted a Javier Rodrigo, el chico ése de los campos de concentración”. Y a partir de ese momento, empieza a contarte cosas. Puede decirte, por ejemplo, que aquí mismo, en Garrapinillos, cerca del Canal Imperial, en la zona conocida como Bergua, hubo un campo de concentración donde llegó a haber, en los primeros años de posguerra, entre 2000 y 2500 prisioneros. Lo sabe de primera mano porque él entonces era un niño, a cuyos padres les habían expropiado terrenos para hacer una vía de tren que comunicase los aledaños de la actual Base americana con Penseque. Él mismo, con once años, transportaba la tierra en un carro que avanzaba con caballerías: los prisioneros le cargaban la tierra y otros se la vaciaban 500 metros más adelante. Ese hombre también es el enterrador de Garrapinillos y durante años recibió la llamada de la familia de un farmacéutico de Madrid para saber si lo habían enterrado en el cementerio municipal. “No me puedo olvidar de él. Los cautivos se pasaban las horas con el pico y la pala, y aquel hombre me decía a mi padre y a mí si le enseñábamos a manejarlos. Recuerdo que llevaban una especie de alfombra en la espalda, amarrada con alambre, que te obligaban a arrugarte sobre la tierra”. Me dijo que había visto morir a muchos hombres que hacían cualquier amago de rebelión. De repente, les disparaban y los dejaba secos sobre el campo de trabajo. El enterrador, de 75 años, me contó la historia de un ebanista que llegó a hacer buenas migas con los jefes y le dejaban vivir, de alquiler, en un horno de su propio padre que tenía una amplia sala con su propia esposa que había venido desde lejos para estar cerca de él. Allí permaneció hasta que liberado. “Recuerdo a mucha gente bondadosa, leída, que fueron enterrados en el propio campo”.

Me ha prometido que me va contar la historia al completo.
15/05/2005 20:59 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DE ALGUNOS LIBROS DE AMOR

La memoria del mundo está llena de grandes historias de amor. El amor, tanto como la política, la ambición o el espíritu de supervivencia, estimula la vida cotidiana de todos los seres: es un afán irreductible, una necesidad imperiosa, un deseo de ser con otro o con otros. Uno de los libros más hermosos y totalizadores que se han publicado sobre el tema, y hay miles, es “Amar. Un siglo de amor y pasión” (Svergreen, Barcelona, 1998) de Florence Montreynaud, que se abre con una cita de Soren Kierkegaard: “Si no se es capaz de hacer del amor un absoluto… entonces mejor renunciar a él”. El volumen propone un recorrido por distintas historias de amantes, década a década del siglo XX; en cada capítulo se cuenta una relación de pareja célebre y se completa con una sociología de la pasión, donde podemos encontrar apuntes sobre el tango, el divorcio, el tercer sexo, la fotonovela, la mujer fatal o la fiesta de San Valentín, instaurada plenamente a partir de los años 50 en el mundo occidental, aunque posee connotaciones lejanas al mártir cristiano Valentín, que murió en el año 270, a una fiesta romana del amor y la fecundidad, a los pájaros, y también a la palabra inglesa “valentine”, que designa la postal y a quien va dirigida.

Ese libro, lujoso y bello, impecablemente editado y lleno de fotos, carteles y dibujos, además de innumerables curiosidades y citas, es como una resumen de relaciones llenas de glamour y un inventario constante de aforismos sobre este sentimiento que ha hecho correr ríos de tinta, de imágenes, de emociones. El lector puede encontrarse sentencias como ésta de Saint-Exupéry: “No diré las razones que tienes para amarme, pues no tienes ninguna. La razón de amar es el amor”, o ésta de Erich Fromm: “El amor es un arte que exige creatividad y esfuerzo. No se puede reducir a una sensación agradable cuya experiencia está en manos del azar”. Y al lado del amor, casi siempre está el sexo. Así lo formula, con su sabia ironía, Mae West: “El sexo con amor es una de las mejores cosas que hay en la vida. Pero el sexo sin amor tampoco está tan mal. Es muy bueno para la piel y para la circulación, pone todos los músculos en movimiento”. Este libro lo podemos leer, y hojear incansablemente, con el volumen “Grandes pasiones” (Aguilar) de Rosa Montero.

El amor siempre está de actualidad. En realidad, el amor es la actualidad permanente: la vida con su envés. Es eterno y cotidiano, va y viene como el aire a su libre albedrío. En el cine, en el arte, en la literatura, en la fotografía. Hace muy poco aparecía en las librerías el libro “París mon amour” (Taschen, 1996 y 2004), preparado por Jean–Claude Gautrand, una selección de las algunas de las mejores fotos que se han tomado en París a lo largo del tiempo, y se han incorporado impresionantes instantáneas de enamorados, fotos de besos: en las Tullerías, en los bancos del parque, en plena calle de repente se alzan dos amantes con cascos de moto y se besan, el famoso ósculo de Robert Doisneau del Hotel de la Ville, otro beso captado por Cartier-Bresson (dos amantes se besan sobre una mesa de una terraza ante la atenta y perpleja mirada de su perro atado), los enamorados que cierran los bares ante la mirada cansina del camarero. Y estos días, en medio del torrente de novedades para celebrar esta fiesta, se han reeditado en nuevo formato dos libros magníficos: “La voz a ti debida” (Alianza Editorial, 2005) de Pedro Salinas, uno de los poemarios eróticos más hermosos de la lengua castellana, y “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” (Alianza Editorial, 2005) de Pablo Neruda. Son siempre regalos que deben figurar en cualquier buena biblioteca. Para aquellos seducidos por el mito de Isabel Segura y Diego Marcilla pueden adquirir “Los Amantes de Teruel. La tradición y la historia” (Delsan, 2005) de José Luis Sotoca, donde incluye, además de un sinfín de textos clásicos, la última aportación de Santiago Gascón para la gran fiesta del amor en Teruel.
Las cartas de amor son todo un género, que ahora ha dado un nuevo giro con la consolidación de Internet, cuyos portales son visitados por miles y miles de personas. De esta disciplina clásica, y tan inmortal como el mismo amor, sugerimos un libro reciente: “Las cartas de nuestra vida. Correspondencia privada, 1949-1975” (Belacqua) de Asunción Balaguer y Paco Rabal, llena de todos los tópicos al uso, y también de los sentimientos verdaderos. Desde París, precisamente, escribe Paco Rabal en 1967 a su mujer: “Hoy recibí tu carga urgente. Muy bien, secretaria, mujer, hermana, madre, etc., etc. AMIGA”.
16/05/2005 09:46 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

ENTREVISTA CON SOLEDAD PUÉRTOLAS

Soledad Puértolas regresa a la narrativa con “Historia de un abrigo”, una novela coral organizada en torno a quince historias familiares.

De entrada parece que esta novela, “Historia de un abrigo” (Anagrama, 2005) en la que ha invertido alrededor de seis años, está muy vinculada a su libro “Con mi madre” (Anagrama, 2001).
-Todo está vinculado en mi obra, pero creo que en realidad es una desvinculación. Aquí se habla de una pérdida, de un objeto, para hacer un recorrido muy ajeno a toda autobiografía, y se habla también de un regreso, pero en el fondo este libro se aleja de “Con mi madre”.

-Pero, ¿tenía su madre un abrigo negro de astracán?
-Sí lo tenía, sí, pero la verdad es que yo no he indagado en la realidad qué ocurrió con ese abrigo. Ni les he preguntado a mis hermanas ni a nadie. Sólo lo he indagado en mi imaginación. Yo apenas me hago preguntas en la vida, pero sí en la literatura. Y esa idea, esa ficción, ese artificio, es el punto de arranque.

-Ese abrigo de astracán es como el mcguffin, que decía Hitchcock.
-Es el punto de vista desde donde está contada toda la novela que trata de una búsqueda, pero no he querido hacer un libro detectivesco ni de intriga, entre otras cosas porque desde el principio sabemos que el abrigo pertenece a Palmira, la mujer del portero. Es decir, no se trataba de crear expectativas, sino de trazar muchas historias que tengan sus propios misterios e intrigas.

-En cualquier caso, es una novela puzzle.
-Sí, es verdad. Ya había ensayado algo semejante en “Días del arenal” y “Burdeos”. Me seducía la idea del puzzle, del rompecabezas. El lector tiene la sensación total de la novela al final. La vida es compleja, rica en pequeñas historias, y se trataba de conformar este mosaico donde las pequeñas historias cobran significado. Pertenecen a algo mayor y así trascienden. Me gusta mucho la idea o la sensación de que esas historias sostengan este proyecto hecho de sugerencias, de historias invisibles, del mundo que no vemos.

-Hablando de invisibilidad, se acerca usted cada vez más al estilo invisible…
-Cada vez me interesa más la transparencia del estilo, y creo que en “Historia de un abrigo” ha salido casi espontáneamente ese tono, natural, sin ropajes. Existe una especie de continuidad en el tono de transparencia. Lo perseguía. Y además está algo también importante en la literatura: no todo es trabajo, también existe la magia. Y con este libro he percibido instantes de magia. Es una novela que escrito con gran placer, casi desde la felicidad.

-Ya nos ha dicho que no ha querido componer una novela de detectives, pero sí parece que el libro funcione como un viaje…
-Desde luego. Es un viaje que se inicia prácticamente en la calle y que acaba, en el capítulo quince, en la calle también. Existe una sensación de recorrido por los hechos, por los personajes, por las ciudades, aquí existen más detalles exteriores, y hay también una búsqueda de sí misma por parte de la protagonista.

-Hay una frase que parece anunciarlo: “A mí no me conoce nadie”.
-A mí siempre me interesa lo que no sé, las historias secretas. Todos somos un poco secretos. Uno tiende a pensar siempre que sólo muestra una mínima parte de lo que es o de lo que siente, que a lo mejor a los demás les es suficiente. Mostramos pequeñas parcelas o perfiles, y eso le sucede casi a todos los personajes.

-Hay otra frase que no le pasará inadvertida al lector. “Todos estamos un poco locos. Y los que no están locos, están peor. Enfermos de muerte”.
-¿Dónde está eso?

-En la página doce…
-Es verdad. Eso lo dice Marita, la mujer de Ignacio, el hermano menor de Mar, la protagonista. Ella es una mujer que me gusta mucho: a media mañana ya se toma el gin tonic, y eso querrá decir algo. Sé que la frase es un poco rara y fuerte, pero creo que vale más estar un poco vivo y loco que estar al margen de la vida. Le confieso que cada vez me dejo llevar más por la intuición.

-Vuelve usted a los terrenos de la intimidad, a las relaciones entre padres e hijos.
-Vuelvo a la familia. Está ahí, es un tema clásico. Me interesa mucho el tema de los vínculos y las relaciones porque creo que es uno de los más potentes de nuestra existencia. La familia Campos está ahí, tan numerosa. La familia es como es bastidor de la vida, aunque quede ahí formulado de manera inconsciente. Las familia son los alambres, es la urdimbre.

-Tan importante como el abrigo de astracán negro son las fotos, las fotos de familia en este caso.
-Es cierto. No me había dado cuenta de la importancia de la fotografía en un principio, pero en las fotos están las familias, los personajes, el propio abrigo. La fotografía es la identidad y esas fotos que miran los personajes, y en particular la protagonista, son la metáfora del libro. Igual que ocurre con los espejos.

-Hablemos de algunos personajes: Roberto Enciso, Cecé…
-Arrastra cierta frustración. No hace nada. Este ser inútil es como un personaje de grandes verdades y exageraciones. Me viene muy bien, porque oxigena el ambiente. Está descolocado. Es como el inútil útil. Cecé padece un desvanecimiento y una recuperación de identidad. Y además es un personaje legendario, con leyenda detrás. He salido un poco de mí misma, de la intimidad de “La señora Berg”, que era como un monólogo, y he introducido el humor, como se ve en el capítulo “Manchester”.

-¿Debemos entender que se siente satisfecha?
-Creo que sí. Es una novela con muchos personajes, he tenido que hacer cuadros, tomar notas, comprobar que todo encajaba. Tenía miedo a meter la pata. El libro era un reto y creo que al final puede verse como un mosaico, como un cuadro con muchas criaturas y cada una con su historia personal.
16/05/2005 23:39 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

ESCRITORES EN "EL PASEO"

Esta noche, en "El Paseo" de RTVA entrevistamos a

I. Ramón Acín y Mariano Castillo, autor e ilustrador de "Secretos del tiempo escondido (Cuentos para ser contados)", de Prames, una colección de relatos inspirados en la tradición popular aragonesa.

II. Entrevista con Ricardo Vázquez-Prada, autor de "Los inocentes de Ginel" (Unaluna) y Damián Torrijos, ganador del Premio Isabel de Portugal de narrativa con "Algo escrito en el polvo" (DPZ).

En medio veremos una selección de fotos de Margarita García-Buñuel.

III.Entrevista con Nacho y Juan Bolea. Nacho comenta sus últimos trabajos, y se proyecta sus cuadernos de viaje y la película "Borderline", fotografiada por Gonzalo Bullón y realizada por Clemente Calvo. Y Juan Bolea habla de su novela "Los hermanos de la costa" (Ediciones B).

El programa se emite esta noche a las diez; se repone mañana por la mañana, a las nueve y media, y el sábado de nueve a diez de la noche.
17/05/2005 21:17 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

LOS HERMANOS MONTEZUMA O LA MUERTE DEL SERÍGRAFO

LA MUERTE DE ABEL MARTÍN

Un seis de agosto de 1993, el pintor y grabador Abel Martín fue encontrado muerto por su asistenta Magdalena y por el dueño del bar La Rozeña donde desayunaba. Hallaron su cuerpo en el ático de su chalet de la Urbanización El Plantío, en Aravaca (Madrid), “tendido y exánime”, con un orificio en la frente. Al principio pensaron que la muerte derivaba de ese impacto, aunque la autopsia revelaría que el artista aragonés, especializado en serigrafía, había sido agredido con un objeto contundente, de punta roma, que le había atravesado el esternón y que se le había hundido en el corazón. El caso, según recuerda Lorenzo Silva en su libro “Líneas de sombra. Historias de criminales y policías” (Destino, 2005), se lo asignaron a un guardia civil de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de Madrid, Joaquín. Estaba entonces de vacaciones y no podía imaginarse que fuese a realizar un intenso máster de arte contemporáneo y enfrentarse al asunto más complicado de su carrera.
¿Quién era en realidad Abel Martín? Había nacido en Mosqueruela, Teruel, en 1931, y alternaba la pintura y el grabado con la realización de serigrafías, técnica en la que se había convertido en un maestro. Ya en 1976, la revista “Guadalimar” recordaba que había realizado reproducciones de Mondrian, Vasarely, Arte, Zóbel, Antonio Saura o Manolo Millares, entre otros. Decía Abel Martín: “Yo recojo la obra y serigrafío. (...) Sólo cabe buscar una pureza en el trabajo, una limpieza, una perfección”, y recordaba que antes había sido camionero. Otro detalle esencial en la vida de Abel Martín era el hecho de haber convivido durante años con el pintor Eusebio Sempere, en esa misma casa que era una especie de santuario silencioso y ordenado del legado del creador abstracto fallecido en 1985 tras una penosa enfermedad, en la que se volcó Abel. Joaquín leyó el expediente e inició las investigaciones. Descartado muy pronto el móvil sexual, que alguien lanzó con alguna precipitación, el guardia civil y sus compañeros de investigación “se centraron en la hipótesis de que el móvil del homicidio había sido el robo”, recuerda Lorenzo Silva. En el chalé había importantes obras de arte: Picasso, Miró, Julio González, Manuel Mompó, arte religioso… El ladrón o los ladrones se habían llevado un cuadro que dejaba un rastro ostentoso en la pared y Magdalena lo definió como una obra de muchos “rayajos”; durante el curso de la investigación se supo que era “Composición azul-verde” de Serge Poliakoff, el pintor y músico que vimos hace algo más de un año en el Palacio de Sástago.
Tras preguntar mucho, realizar alrededor de 500 entrevistas, buscar fotos de los artistas o de amigos, Joaquín dedujo que los criminales se habían llevado siete obras de Julio González, la citada pieza de Poliakoff, un Mompó y obras religiosas, valoradas en varios cientos de miles de euros. Le sorprendió que los ladrones se dejasen un Miró y un Picasso, pero luego se comprobó que eran obras menores. Joaquín frecuentó a galeristas, pintores, instituciones culturales, intermediarios, indagó en el restaurante donde comía Abel Martín y entre su vasto círculo de amigos, pero no hallaba indicio alguno. Leyó monografías, adquirió catálogos, asistió a exposiciones de arte contemporáneo, e incluso llegó a investigar sobre Julio González y sobre cómo habían llegado esos cuadros a las manos de Sempere. Al parecer, se los había regalado al pintor Roberta González, hija del escultor y dibujante valenciano, que se había enamorado de él en vano. Joaquín acumulaba datos, pero el caso pareció encallarse definitivamente. Volvió al restaurante y le dijeron que pocos días antes de morir Abel Martín había concertado una cita con dos portugueses e incluso le revelaron que hubo algún problema con las tarjetas de crédito. De ese dato derivó un número de teléfono, anotado en el envés de un almanaque, y un nombre: el de un tal doctor Montezuma de Carvalho, de Coimbra, que había asistido a Sempere en los últimos años. Lo localizó y recordó su amistad con Abel Martín y Eusebio Sempere. Le dijo que los había visitado en Madrid hacia 1984, que le habían querido regalar un grabado de Picasso y que lo había acompañado su hijo Manuel José, que entonces tenía 17 años. Intuyó de inmediato que ahí había un flanco abierto a la investigación; Montezuma dijo que no sabía si su hijo había ido ver a Abel Martín, aunque le reveló que sus hijos -tanto Manuel José, de 26 años, como Gonzalo, de 28-, llevaban mala vida. Manuel José, además, había fracasado con una galería de arte.
Joaquín se marchó a Coimbra y se puso en contacto con la policía portuguesa, que acabó hallando varias piezas, entre ellas el Mompó valorado en 60.000 euros. En la casa de los hermanos Montemuza no había obras, pero ellos, en un aparente descuido de los agentes, arrugaron un papel y lo arrojaron al baño. Contenía unas medidas, unas iniciales y una fecha. Gonzalo fue detenido de inmediato, se recuperaron dos ángeles de madera policromada. Joaquín volvió a Madrid con “una sensación de misión cumplida”. El fiscal portugués dijo que había escasez de pruebas, y los hermanos Montezuma quedaron en libertad. En 1996 apareció una de las obras robadas de Julio González en Arco y más tarde, 2000, se recobró el lote completo en Bruselas, pero los asesinos (los Montezuma u otros) de Abel Martín, enterrado en Mosqueruela, andan por ahí…

*"Líneas de sombras. Historias de criminales y policías". Lorenzo Silva. Destino: Imago Mundi. Barcelona, 2005. 222 páginas. (El libro se compone de dos partes: "Sombras reales", donde se incluye la de Abel Martín; y "Sombras fingidas", donde se habla de escritores como Raymond Chandler, Georges Simenon...)
17/05/2005 22:53 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

ARTE E INGENIO DE ANA BENDICHO, DISEÑADORA

Ana Bendicho tuvo una infancia de trenes en Teruel. Su abuelo materno trabajaba en la Renfe y era conocido como José “el del farol”. Y su padre era verificador de tasas. Ella, que haría cientos de viajes con el “kilométrico” en el bolsillo, odiaba el automotor. Sin embargo, hallaba solaz y alegría tanto en Vilafeliche como en Burbáguena, donde pasaba los veranos. Allí, su abuelo materno, Abel, tenía una granja con huerto y una manada de animales que excitaba la imaginación de cualquier niña. Había gallinas, conejos, patos, caballos, en los que rara vez montaba sola, e incluso un viejo molino en el que trabajaba su familia. Ana tenía un particular sentido del espectáculo: pegaba carteles en el pueblo y se iba con su hermano a organizar recitales con baile al molino. Él tocaba la guitarra, “canciones protesta, muchas cosas de Serrat y algo de jotas”, y ella bailaba ante “la chiquillada”. Antes, había marcado sobre el suelo el movimiento, que ejecutaba casi al milímetro. Su hermana pequeña lloraba en un rincón.

En Teruel, vivía en la plaza del Torio. “Me parecía enorme, pero luego he tenido la sensación de que se encoge”. Los recuerdos de la ciudad se resumen en varios sustantivos: frío, nieve o toro de fuego. “De noche, vivíamos aquella fiesta como un auténtico espectáculo. Íbamos a verlo con el bocadillo. En casa tuvimos una de las primeras televisiones de Teruel; incluso la gente de los bares subía a nuestra casa a ver los partidos de fútbol”. Con poco más de seis años, Ana se trasladó a Zaragoza. Realizó sus estudios en el Instituto Pignatelli, donde tuvo como profesor a José Antonio Labordeta. “Íbamos a sus recitales y mítines a llevarle flores”. En Delicias, Ana tenía una tía que tenía un taller de corte y confección. Allá se iba a realizar patrones y coser. Dicen que tenía una buena mano. Además, comenzó a pintar y decoró bares como “El desastre”, “La enagua” o “La caña sutra”. Más tarde, se matriculó en la Escuela de Artes en Diseño Industrial, donde permaneció tres años en un curso experimental. Allí diseñó un mobiliario y un prototipo de coche de carreras, y aprendió lo justo para saber que lo que quería hacer en el mundo era diseño industrial. Sus cualidades no pasaron inadvertidas en la ciudad: Joaquín Carbó la seleccionó para trabajar en su estudio y le encargó la decoración de algunos bares como “Los baños”, “Perfidia” o las tiendas de cosmética de Ferrero. Siempre recordará el día que la dejaron sola en un solar derribado, del caso viejo, ante una destartalada panadería, para que plantease sus ideas de renovación. “Carbó me dio mucha responsabilidad y me permitió trabajar en buenos proyectos. Creía entonces que este era un oficio sin retorno. Aprendí mucho de instalaciones comerciales y de diseño de muebles de madera y de aluminio”.

En 1990, el Gobierno de Aragón creó las becas de diseño y ella recibió una que le iba a permitir estudiar en Bilbao y París, y regresar a culminar ese aprendizaje con empresas aragonesas. El amor, como un relámpago, asomó a su vida: conoció al pintor Pepe Cerdá y éste resumió los términos del flechazo así: “¿Dónde te habías metido todo este tiempo?”. El paso por Bilbao fue fugaz: fue como una estación intermedia de conocimiento y de entusiasmo camino de Francia, “allí, en diseño industrial, nos llevan varios cuerpos de diferencia”. Llegó a París con un “book” nada desdeñable: había desarrollado con sus maquetas un triturador de pan, juguetes y una lámpara. París era una auténtica fiesta de la invención y de la tecnología. Y a ese derroche de la ciencia y de la creatividad se entregó Ana. Estudió en el ENSAD y conoció a primeras figuras de la profesión como Roger Tallon (inventor del Tren de Alta Velocidad y del Concord: “era como un hombre mayor y encantador, como Jack Lemon, que expuso su trabajo en el Pompidou”), a Michel Millot (que fue determinante por sus enseñanzas y por su trabajo sobre “El análisis de uso de los productos”) y Philip Stark, que lo mismo hacía televisiones que exprimidores de naranjas con patas. “Las claves del diseño industrial son el uso y la creatividad. Se trata de mejorar la vida de la gente, no de crear objetos. Una pieza debe cumplir su función y seducir. El resultado final siempre está condicionado por la tecnología de las empresas”. Aquella estancia contó con otro instante esencial: colaboró con Renault, empresa para la cual diseñó el prototipo de un coche, un 4 x 4, que le reportó un premio europeo: el “Janus”.

Retornó a Zaragoza siendo otra. Deslumbrada por los franceses y ratificada íntimamente por su experiencia. Se incorporó al proyecto de la Universiada de Jaca, para la cual concibió pebeteros y antorchas; se integró en Hispano Carrocera, donde hizo un sapicadero de automóvil y un autobús urbano, y finalmente colaboró con Balay, para la cual diseñó una lavadora y una cocina. Su beca era de ida y vuelta. Fundó su primera empresa con un equipo de amigos, Activa, y en 1998 creó su actual estudio, Novo, en el que trabajan Patricia, Alfonso y Enrique. Opera en proyectos de toda índole: envases de cosmética, cepillos de dientes, camas de forja, y además diseña cubos y mochilas para los Simpson, colabora con Warner, Action Man o Ching Chang. Y ha fundado, con empresas alemanas, finlandesas, francesas e inglesas, un Grupo Europeo de Diseño. “Me encanta recibir a diseñadores. Traen ideas frescas, son generosos, abiertos, les gusta la ciudad. Los meto en proyectos que no existen, de despacho, y les invito a acabarlos”. Ana Bendicho es perfeccionista, defiende el gran momento que vive el diseño en Aragón, y se declara partidaria de la belleza, la elegancia y la contención. “Me gusta mucho la pureza de las cosas. Parto de lo que se necesita e intento darle un toque de belleza pero siempre sin barroquismo. No me gustan los elementos gratuitos, son como faltas de ortografía”. Sostiene Ana que los “aragoneses somos muy creativos”, y ella es una de las pruebas: cuida al máximo sus presentaciones. Ante un proyecto, lo lleva oculto, hace dibujos, muestra sus impresiones en 3D, explica todos sus extremos y, por fin, abre la caja: una maqueta depurada y bella asoma como el desenlace de un cuento de diseño.

*El pasado viernes, Ana Bendicho convocó a diseñadores, artistas, amigos y ciudadanos y dio una fiesta en torno a la creación y al diseño. Hallo en el fondo de armario este texto y lo coloco en mi blog a modo de homenaje a esta espléndida mujer que no teme a las tempestades.
23/05/2005 17:53 Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

ALEA

Déjame que te cambie el nombre. ¿Recuerdas cómo nos conocimos? Fue por la tarde, cerca del castillo. Las luces se tamizaron de golpe y el cielo se llenó de pájaros en estampida. ¿Qué habías venido a hacer allí?, me pregunté. Te vi entre estudiantes o investigadores. ¿Cuántos erais: doce, nueve, quince? Me fijé en el grupo, pero pronto te distinguí a ti, como una esmeralda que se alza del légamo. Con tus pantalones vaqueros ceñidos, el jersei largo y rojo, la mochila en la espalda y una intensa melena que pugnaba con el desorden de sus rizos. Habría jurado que tú también me miraste. Pensé: cómo busco un pretexto para acercarme, qué ardid puedo inventar para hablarle. Llevaba como siempre mi cámara. Avancé. Os pediría que me hicieseis una foto ante la gigantesca mole, incluso podría ofrecerme para retrataros a todos. Lo demás fue espontáneo. A veces soy un buen actor. Y de aquel instante, de aquel par de minutos inolvidables, conservo tu foto y una impresión: la del suave viento que te ceñía, que esculpía tu cuerpo en la explanada de Loarre. No me importa como te llames en realidad: para mí, por si no vuelvo a verte, serás para siempre Alea. Eso he escrito en la amplificada imagen tuya que cuelga en mi estudio. Cuando se enciende la brisa del crepúsculo, abro la ventana y digo: “Entra Alea”. Y entras, invisible, con un fogoso olor a moras.
24/05/2005 01:01 Enlace permanente. Hay 1 comentario.

PATRICIO JULVE Y OTROS FOTÓGRAFOS IMAGINARIOS

Durante algunos años, más allá de la medianoche, instalaba mi ampliadora portátil, encendía la radio, en concreto el programa de “El Loco de la colina” de Jesús Quintero, y empezaba a revelar carretes y a positivar. Entonces llegaba un cuaderno de trabajo, donde a veces anotaba, “Javier Tomeo tiene un perfil terrible de boxeador apaleado. Su mejor lado es el izquierdo”, y también un “Cuaderno de contactos”, donde anotaba cifras básicamente: f16 y 23 segundos, 21 grados. O cosas así. Enmarcaba, seleccionaba fragmentos, buscaba en vano la foto perfecta, un intuitivo e imposible sistema de zonas. Entones, entre 1981 y 1984, escribía mis primeras ficciones en gallego y castellano: escribía del mar que había dejado atrás, de la fronda sibilante, de las mujeres que llegaban con la lluvia y de un ladrón de caballos llamado Tristán Fortesende. En aquellas piezas, que acabarían titulándose “Mitologías” y luego “Vida y muerte de las ballenas”, no había ningún fotógrafo.
Ni lo hubo luego en “Los pasajeros del estío” (1990), un libro que era como la selección de un artista de sus retratos: una colección de seres atrapados a un pueblo del Javalambre, Camarena de la Sierra, un álbum de rostros con sus peripecias a cuestas, “hombres del siglo XX”, como habría dicho August Sander. Todos ellos venían a contarme sus existencias a mi casa: yo tenía una ventaja, era el marido de la médico del pueblo y eso da mucha confianza. La fotografía me interesaba mucho –Henri Cartier-Bresson, Robert Capa y Juan Rulfo eran mi triada de dioses. Conocí en Tarazona al hijo del escritor, Juan Carlos Rulfo, ahora cineasta, que me habló muchísimo de su padre y de su madre, Clara-, pero aún no había encontrado el momento de inventar un fotógrafo y de trasladarlo al papel.
En 1992, me marché a vivir a un lugar del Maestrazgo, Cantavieja: llegamos mi familia y yo, nos alquilaron una casa solariega, instalé el ordenador y empecé a contar los amores del general Cabrera, el general carlista, uno de esos increíbles personajes, sanguinarios y entusiastas, protectores de la tropa y crueles con el enemigo, que había tenido su morada en Cantavieja e incluso, en su huida, había llegado a quemar la ciudad sitiada.
El lugar era ideal para las fabulaciones. Quería saberlo todo: buscaba relatos, ficciones, sueños ajenos para mezclarlos con los míos. Y un día, un enterrador sordo me llevó al cementerio. O era yo quien solía frecuentarlo porque era bellísimo y enfrentaba una vaguada inmensa bajo un celaje de viajeras nubes; en el extremo se veía el torreón de la fábrica de pólvora del general Cabrera. Estando allí, entre los surcos y las terrazas, me dijo el enterrador, que se llamaba Basilio: “Las fotos en las lápidas empezaron a ponerse a partir de 1953. Vinieron dos o tres fotógrafos un tiempo, hicieron fotos de carnet y de grupo, que luego se aprovecharon para las cruces”. Basilio también me dijo que al atardecer se levanta un viento dulzón que gime por los campos y es el aire empapado del sabor a muerto. Volví a casa