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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2005.
 ENTREVISTA-REPORTAJE Y FOTO DE FERNANDO GARCÍA MONGAY JAVIER TORRES, "TELEFONÓLOGO" Este trabajador autónomo tiene más de 50 móviles, está abonado a las tres operadoras y mensualmente le llega una factura de 240 euros FERNANDO GARCÍA De una bolsa saca un diminuto teclado y lo despliega sobre la mesa para conectarlo al teléfono. Es su última adquisición. "Ahora debo tener alrededor de 50 teléfonos. No los he comprado todos. Algunos me los regalan. El último comprado es un 6680 de Nokia. Estoy esperando a que saquen la serie N, porque los teléfonos llevarán disco duro y se podrán reproducir canciones en MP3 y hacer fotografías con una buena resolución y guardarlas en el teléfono", explica Javier Torres (Zaragoza, 1955), un aficionado a la telefonía móvil que da cursos en el zaragozano barrio de La Almozara sobre cómo usar mejor el móvil. Torres es trabajador autónomo. Diariamente hace más de 300 kilómetros con su furgoneta, sin salir de Zaragoza. Lleva los libros de las imprentas a la empresa donde los encuadernan y los devuelve a los impresores cuando los pliegos están cosidos y les han puesto cubiertas. "Empecé a usar los móviles hace 12 años. El primero fue un moviline, que ocupaba como una maleta y costaba 450.000 pesetas. En mi trabajo es muy importante estar comunicado porque ahorras muchos viajes". Nunca lleva menos de tres móviles encima. Trucos para el móvil En 2001, un accidente le obligó a estar siete meses de baja laboral. "Como no podía salir de casa, empecé a utilizar el ordenador y a navegar por Internet. Hasta entonces no lo había empleado y no sabía cómo funcionaba". Comenzó a leer en los foros todo lo que aparecía sobre telefonía móvil. "Fui radioaficionado y siempre te queda el gusanillo de la tecnología. Me gusta conocer los trucos, los atajos del teléfono. Uno muy sencillo es emplear la combinación * N # (asterisco, N y cuadradillo) antes de mandar un mensaje. Así se sabe cuando el destinatario recibe el mensaje". Escritor aficionado y lector empedernido, -"lee los libros que transporta y escribe los mensajes hasta con acentos", dice uno de sus amigos-, cuando escribe mensajes cortos (SMS) a jóvenes, opta por emplear su mismo lenguaje. "Me mimetizo", explica mientras sonríe. Si es una persona joven, empleo las "K". Pero si se trata de alguien de más edad, me gusta escribirle con mayúsculas". Reconoce que en telefonía, lo más difícil es elegir la compañía y la tarifa. "Para mí, una tarifa barata es a seis céntimos el minuto". Emplea teléfonos de las tres compañías y así elige la tarifa que más le conviene en función de la franja horaria. Cada mes gasta alrededor de 240 euros en teléfono. "Estoy convencido de que pasaría de 500 si no estuviera pendiente de la compañía y la hora". En la furgoneta también habla por teléfono. Ha instalado un aparato para no infringir las normas y hablar sin emplear las manos. "Bluetooth, por supuesto". *Javier Torres (Zaragoza, 1955)es un descubrimiento de Mariano Gistaín, que ya ha vuelto con su columna, aunque él asegura que antes ya tenía vida y camioneta. Fernando García Mongay, director del Congreso de Periodismo Digital de Huesca y afecto a Josep Pla, publica hoy uno de sus estupendos reportajes en el "Ciberp@is" sobre este personaje tan particular, al que sólo cabe ponerle un reparo: es seguidor incondicional de Fernando Alonso, como su hijo Iván. Esta primavera, los chicos de Albarracín lo pusieron a prueba y le birlaron durante 17 minutos la sonrisa." Luego, hubo algo así como 400 minutos más de risas y seducción. Como no sé linkar, he podido copiar el texto aquí, aunque Mariano Gistaín ya lo tiene en su espléndida página. Qué bonitas fotos publica. Patricio Julve se ha puesto muy celoso de él. EL REFUGIO HECHIZADO DE LAS PALABRAS
Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate volvieron de Puerto Rico hacia 1987, tras 21 años de ausencia. Se instalaron en Barcelona en un piso más bien reducido. El poeta y traductor no soportaba tener sus libros, sus apuntes, sus infinitos papeles y sus obras de arte en cajas. Pronto le dijo a su mujer que su sueño era tener una espaciosa casa en un pueblo. Durante algún tiempo buscaron una residencia alternativa en algún lugar de Cataluña, pero no encontraron nada que les gustase lo suficiente. Por entonces, se presentó en su domicilio el poeta y traductor Didier Coste, que había vertido al francés algunos poemas de Crespo y que era profesor en California, pero además poseía una casa en Calaceite y era el director de la Fundación Noesis, donde había organizado ciclos literarios. Pilar Gómez Bedate, profesora de literatura y traductora de Mallarme, Primo Levi y Giovanni Boccacio, entre otros, se los encontró a los dos, a Ángel y a Didier, hablando muy amigablemente.
Didier le recordó al poeta manchego que había buena comunicación entre Barcelona y Calaceite, y le invitó a visitar el pueblo turolense. Agregó: “En Calaceite, hay casas buenas, vacías y en venta”. Pilar Gómez Bedate recuerda que en sus viajes en tren con su marido, éste comentaba cómo le gustaban los pueblos aragoneses, por su paisaje, por el color rojizo de sus tierras, por su aspecto antiguo, cuando no medieval. Didier, antes de marcharse, dijo que él conocía a un maestro de obras que podría hacer una buena restauración. “Nosotros añorábamos la vida en un pueblo. Ángel llegó a decirme que si no pasaba los últimos años de su vida en uno de ellos, se consideraría un fracasado”.
El hallazgo de un nuevo paraíso Decidieron aceptar la invitación de Coste. Tomaron el autobús, y cuando vieron los pueblos del Matarraña y del Maestrazgo, comprobaron que “era la luz de nuestra tierra, el cielo, el aire más seco. Al principio, Calaceite nos pareció un pueblo de posguerra, pero luego nos encantó. Fuimos a la Fundación Noesis, y Didier Coste tenía una de esas animadas tertulias con gente del pueblo: albañiles, camareros, agricultores. Estaba muy enraizado en Calaceite. Vimos varias casas que nos gustaron, y acabamos eligiendo la primera, la más amplia. Consultamos con el maestro de obras, y la compramos”. Al poco tiempo, cosa que ignoraban entonces, descubrieron que allí había una auténtica colonia de amigos de Barcelona que tenía una segunda residencia en Calaceite: los pintores Romà Vallès, Rafols Casamada y su mujer Maria Girona, el escultor y pintor Fernando Navarro, el editor y poeta Antoni Mari...
El alcalde Fernando Latorre acogió muy bien a la pareja. Despejadas algunas incógnitas sobre los nuevos vecinos, los paisanos de Calaceite los recibieron con los brazos abiertos: les llevaban fruta y verdura. Ángel y Pilar se instalaron definitivamente hacia 1990: moraban allí, en la calle Enrufa, desde Semana Santa hasta finales de agosto, y buena parte del mes de diciembre. “A Ángel le encantaba vivir aquí. Salía a pasear por los campos de olivos, hablaba con los paisanos. En cierto modo, recuperamos nuestros veranos románticos de niños; los suyos de Ciudad Real, los míos de Zamora. Disfrutábamos con la nieve, con las nieblas. En cierto modo, en Calaceite encontramos un tiempo mítico. Ángel, que acababa de publicar su libro ‘Ocupación del fuego’, empezó a escribir de otro modo: su pasión por aquella naturaleza pasó a sus poemas. Aquí continuó traduciendo a Pessoa, a Joan Maragall, a los poetas italianos contemporáneos, empezó a redactar sus memorias, que interrumpió luego”.
La casa era lo suficientemente grande para que Pilar y Ángel tuviesen cada uno su despacho, y además cuartos para invitados. “Ángel decía siempre: ‘En los despachos, separados, y en la cama, juntos’. Cuando llevábamos algún tiempo allí, decidió arreglar el viejo palomar, que lo convirtió en otro estudio de verano. Decía que era su torre de inspiración. Allí escribía poemas, fumaba en una de sus pipas, miraba los mapas del mundo o los libros de su infancia que había ido recuperando y que siguen ahí”. Pilar, que es biógrafa de Stendhal y que alimenta en silencio los textos de la carpeta “Relatos en marcha”, define así a su marido, fallecido en 1995: “Ángel era una persona buenísima. No puedo decir lo contrario. Combinaba a la perfección la inteligencia y la ternura. Era divertido, ingenioso, poseía una socarronería de pueblo y a la vez el refinamiento de la gran cultura. Era un gran amigo de sus amigos y muy entusiasta. En él la vida era algo extraordinario: todo servía para algo. Además, era un hombre de percepciones muy seguras, que iluminaba la oscuridad con su punto de vista”.
Pilar Gómez Bedate nos abre su casa. La visitamos allí el bibliófilo Pepe Melero (autor de “Leer para contarlo”, un delicioso libro sobre libros e historias literarias y librescas), el fotógrafo Juan Carlos Arcos y yo. Nos muestra los estudios, la biblioteca (“su poeta preferido era Juan Ramón Jiménez, aunque admiraba mucho la parte esotérica de Pessoa”), la discoteca, los cuadros, como “la máquina de la poesía sin eñe” de Fernando Navarro, y fotografías que fueron acumulando durante 30 años largos de convivencia. “Cuando se murió Ángel en Barcelona, ocurrió algo muy curioso: nevó durante todo el viaje, algo infrecuente; fue como un milagro poético. Lo trajimos a Calaceite y lo enterramos, con nieve, en el cementerio del pueblo, al lado de soldados italianos que habían muerto aquí durante la Guerra Civil. Ángel había escrito: ‘Nieve, es el momento en que Dios nos habla’. Parecía un presagio”. Esta historia la recuerda con emoción y magia César Antonio Molina en su diario “Ver sin ser visto” (Península, 2002).
Parte de su mundo, de su correspondencia, de sus libros, de su vastísimo quehacer -como poeta y traductor, como experto en arte, como curioso insaciable- se expone estos días en el Museo Juan Cabré con el título “Ángel Crespo, con el tiempo, contra el tiempo”: primeras ediciones, cartas, fotografías íntimas y más sociales, libros de bibliofilia, objetos, pensamientos y versos, todo ello envuelto bajo la música predilecta del poeta manchego. El Gobierno de Aragón ha colaborado “con absoluta generosidad” en la muestra, que han producido el Círculo de Bellas Artes, la Fundación Jorge Guillén, la Comunidad de Castilla-La Mancha y el Instituto Cervantes. El legado de Ángel Crespo irá a parar a la Fundación Jorge Guillén, aunque a Pilar Gómez Bedate no le importaría colaborar en un proyecto de “Casa de las lenguas” con parte de sus fondos e incluso con la propia casa, con esta casa hechizada de las palabras.
LAS TERTULIAS DE LOS AUTORES DEL “BOOM” En Aragón siempre ocurren cosas sorprendentes. Casi prodigiosas. Calaceite forma de parte de esas rarezas extraordinarias. No sólo es la cuna de Juan Cabré, Enrique Alcalá o Santiago Vidiella, sino que durante los años 70 fue uno de los territorios predilectos de los escritores latinoamericanos del “boom”. El foco de atracción inicial fue el profesor y traductor Didier Coste, que descubrió ese paraje ideal del Matarraña, y arrastró hacia él a José Donoso y su mujer María del Pilar Serrano. Coste traducía entonces “El obsceno pájaro de la noche” (1970) del novelista.
José Donoso compró en 1971 tres casas del siglo XV por 600 euros, 100.000 pesetas de las de entonces. Y tras él, del cual se dice que tenía “en préstamo” las llaves de las iglesias del entorno, fueron llegando García Márquez, Julio Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Bryce Echenique, etc; más tarde, también llegaría el novelista y traductor chileno Mauricio Wacquez, que vivió en el pueblo hasta su muerte. Casi a la vez, visitaban Calaceite otros creadores como Luis Buñuel, Carlos Saura y Geraldine Chaplin, y varios miembros de la “gauche divine” barcelonesa como Carlos Barral, Rosa Regàs, Juan Benet, Juan Marsé o los hermanos Terenci y Ana María Moix. A la vez, atraídos por la fonda Alcalá, también acudían Néstor Luján, Juan Perucho o Álvaro Cunqueiro. Mi compañero de “Heraldo de Aragón”, Alfonso Zapater recordaba sus charlas con José Donoso y su mujer en su casa, y recordaba –igual que sucedía con Crespo- cómo se aislaba en el palomar que había convertido en despacho. Y otro compañero como Joaquín Aranda me ha dicho que Luis Buñuel, que conversó en muchas ocasiones en Calaceite con Donoso, quiso llevar al cine su novela “Lugar sin límites”, y que incluso llegó a hablar con Fraga o con alguno de sus ayudantes. Éste, o éstos, le dijeron que enviase el guión y Buñuel remitió la novela. Donoso, entonces, se sentía un poco marginado de lo que se llamaba la primera fila del “boom”.
A finales de los 80, se instalaron otros intelectuales como el editor Gustavo Gili, el diseñador Yves Zimmerman, el poeta Antoni Marí, la periodista Elsa Arana, la escritora Natacha Seseña, autora de “Las mujeres de Goya”, el poeta y editor Alex Susana, o artistas como Rafols-Casamada, María Girona, Romà Vallés o Fernando Navarro, entre otros. Y Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate.
A la sombra de esta ebullición de estos intelectuales, la Fundación Noesis organizó ciclos y encuentros literarios que tuvieron una importante repercusión. Noesis interrumpió sus actividades tras la muerte de una joven rumana, llamada Otilia, un hecho que conmocionó Calaceite y que nunca se aclaró del todo. Este año, el madrileño Emilio Ruiz Barrachina publicó el libro “Tinta y piedra. Calaceite. El pueblo donde convivieron los autores del Boom” (Imagine, 2005), donde documenta un viaje de cinco días de la mano de Rosa Doménech, concejala del ayuntamiento de Calaceite, y de su marido, el cartero Joaquín Gimeno. Barrachina incorpora a su libro un dvd.
PERFIL DE ÁNGEL CRESPO No es fácil hallar en la cultura española a un personaje de la talla de Ángel Crespo (en la foto, en Calaceite). Círculo de Lectores acaba de publicar el libro “La realidad entera. Antología poética (1949-1995)”, donde se recoge su importante lírica, iluminada por el simbolismo y la huella de Juan Ramón Jiménez, Pessoa y Ungaretti, que busca siempre la identidad más íntima del hombre y del poeta. Este volumen se publicará en Calaceite en el otoño. Ángel Crespo fue biógrafo de Fernando Pessoa, traductor insuperable del “Cancionero” de Petrarca (por su versión rimada recibió el Premio Nacional de Traducción en 1984) y de “La Divina Comedia” de Dante, de Guimaraes Rosa o de Cesare Pavese, entre otros. Estudió el aragonés, escribió con pasión sobre Miguel Labordeta como poeta expresionista (más que surrealista o social), publicó en Olifante y Puyal, y fue amigo de muchos poetas aragoneses. Al final de sus días, como había soñado alguna vez, se reencontró a sí mismo y a su edén en Aragón.  1 ¿Qué se te había perdido a ti aquí, en esta ciudad donde el cierzo golpea el terciopelo de los ojos? Llegaste con el alba y sin maletas. La estación era como un gran animal desvelado, como una guarida de moribundos. Los viste, uno a uno, sobre los sacos de dormir: pugnaban en los rincones con un sueño imposible y tres noches sin ducha. Las luces se alzaron más allá de los túneles y las máquinas piafaban con lamentos de metal. Recuerda, ¿qué llevabas encima? Entonces leías lo justo y soñabas con las palabras. Entrecerrabas los ojos e imaginabas versos que no ibas a escribir. Allá, junto al mar, habías dejado a Valentina, aquella mujer que te enseñaba los pechos, el ombligo y su oloroso pubis, y te decía: “Cómeme el corazón y no te atragantes”. Aquí te esperaba ella. Pero no era para ti, aunque llegaste a creer lo contrario: te gustó verla caminar, tararear canciones, contar historias sin parar mientras el mundo esclarecía sus sombras. En la cocina de su casa, puso “Al final de este viaje” y te dijo: “¡Si supieras como te he buscado en cada canción mientras llegabas!”. Os habíais hecho amantes por carta. Ahí, en la piel del papel, eras infalible. Cuando os disteis el primer beso tranquilo y le volcaste en el oído un poema que habías escrito para ella, te advirtió: “Mi corazón no sólo te pertenece a ti”. 2 Primer encuentro, desengaño inmediato. ¿Te atreverías a luchar con alguien, cuyo nombre desconocías, cuyo rostro no querías ver, por ella? Pensaste: estoy demasiado lejos de mi mar y sus orillas de refugio. Os veías todos los días, a mediatarde; os buscabais entre los autobuses en la plaza de todas las citas y de todos los adioses. Te debatías en una batalla mental con un fantasma. Intentabas aliviar tu espera absorbiendo la ciudad y sus ofrendas: visitabas el Casino Mercantil y oías a los rapsodas; buscabas la intimidad del ángelus en la Basílica y cantabas entre las columnas, bajo las cúpulas de Goya; te asomabas al Ebro y empezabas a verlo como el caudaloso río que te había negado la infancia, un río con labios de mar. Durante el paseo, parecía que ibas a lograr tu objetivo: hundirle tu risa y el olor de tu piel hasta el fondo de su sangre, encerrar su cuerpo menudo entre tu desesperación bajo la flor blanca de las magnolias. Ya habías descubierto el Jardín de Invierno, el Parque Grande y el Rincón de Goya: qué bien se besa en la pradera que se desliza inclinada hacia el sucio río Huerva, qué diferidas tardes de pasión imposible. Pero no tardaste en declararte perdedor. Lo dejamos así, si tú no hubieras existido no habría dejado el mar y sus riberas, y te agradezco esta forma de exilio, le dijiste. Huías, de nuevo, como un forajido en tierra extraña. Sin saberlo, acababas de descubrir que el desamor era el primer laboratorio de destierros. PD. Esta foto es de Clarice Lispector (1920-1977), con su belleza lejana.  Pascual Estrada Aznar era un completo desconocido entre nosotros. En España, en Aragón o en Zaragoza. Sabían de su existencia en Fuendejalón, donde pasó imborrables periodos en su niñez, sus familiares (su hermana Maribel, su primo José Aranda Aznar, su vieja amiga Naty Casanova, a quien le enviaba sus escasos libros dedicados y nos puso en contacto con su figura), pero su biografía y su trayectoria literaria han pasado inadvertidas entre nosotros. Incluso un viaje por Internet apenas revela datos de Estrada Aznar, a pesar de que publicó dos libros en Monte Avila y era asiduo colaborador de “El diario de Caracas”, donde inició una autobiografía que interrumpió, y “El magazine español”, en el cual entre 1997 y 1998 redactó unas memorias de todo un poco: de su condición de escritor, de su trabajo de impresor, de su éxodo en 1955, de su pasión por el lenguaje. Cuando lleva varias entregas de artículos, narra la vida de un joven Galter, nacido en Zaragoza, recriado en Madrid y finalmente emigrado a Venezuela, a Caracas, adonde se había ido su padre. Está claro que este Galter, Galtercico a veces, es algo más que un “alter ego”: es el propio Pascual Estrada que llevaba el puñal de la soledad y del desamor en el centro del pecho. Pascual Estrada nació en Zaragoza en 1932. Se sentía afín con aquellos que decían y asumían: “Cuanto más de su aldea, más del mundo”. Cuanto más de Zaragoza y sus callejas, del entorno del Pilar (presumía de recordar al carnicero, al bodeguero, a los seres inadvertidos), más de Venezuela, del universo, de la antigua Grecia, que tanto le gustaba. En uno de sus textos, dice: “Querría tener dinero como para vivir seis meses en Aragón y seis en Caracas”. Esta frase establece el costal de su perpetua contradicción. José Aranda, a quien admiraba como escritor Pascual (hasta tal punto que glosó sus libros en Caracas), dice que su primo era “un hombre desdoblado, inclinado a la soledad e incapaz de venderse. Echaba mucho de menos Aragón. Tenía vocación y a ella se debía. Fue desinteresado y desprendido, estúpido, en el buen sentido del término, quiero decir que se sentía reconfortado como escritor. La palabra era su terapia. Los libros jamás le dieron ningún dinero”. Esa escisión se revela, desde muy pronto, en pequeños detalles: cuenta que sentía nostalgia de las migas aragonesas y que salía a comprar “pan duro y sebo de cordero en Caracas” para hacerlas. Pero los motivos de ese extrañamiento esencial –Pascual perseguía el enigma de su propia identidad mediante el lenguaje- son más abundantes: los recuerdos de su infancia, los paseos por la ciudad, el Ebro, Goya, una atmósfera concreta, los ponientes entre las viñas en Fuendejalón y un amor que le perturbó durante muchos años. A esta herida sentimental le dedicó varios artículos y describe la belleza y el sentido de la libertad de su amada que llevaba escrito en el jersey la palabra N. Debió ser un niño peculiar, abrazado a los libros en su “pequeña mesa de pino”. Era hijo de un militar que volvió pronto de la Guerra Civil y el ambiente familiar era “conservador y muy religioso”. Quizá por ello, entre otras razones, dijo: “Soy un desclasado”, y agregó que se sentía hermano de los trotamundos Eneas y Odiseo. Estudió en Maristas y desde muy joven debió experimentar la fascinación por la escritura. Escribió en “El magazine español”: “El lenguaje es el juego –dramático juego- que a mí me atrae. Soy, además, verbalista o verbófilo”. Y agregó en otro lugar: “El ejercicio regocijante, ingenuo, con los instrumentos a mi mano, juntar palabras, ordenarlas, estructurarlas, relacionarlas... Era una fiesta. (...) Mi afición más destacada es la lectura-escritura y coincide con la práctica de mi trabajo cotidiano”. Nos hemos adelantado a su futuro oficio: será impresor. Ya en Madrid, como adolescente, estudió en Maristas. De vez en cuando regresaba a Zaragoza o Fuendejalón y se sentía fascinado por la sabiduría popular de su tío Emiliano Gómez Aznar, que se dedicaba al cuidado de árboles, pero además afilaba y contaba historias maravillosas. De aquel paisaje iba a recordar para siempre los vientos helados, la ondulación de las viñas, los hielos, los celajes. Y quizá sus primeros amores. Pronto, viviría uno de los episodios amorosos que le perseguirían, durante casi toda la vida, como “un fantasma en el aire y en el alma”. De vez en cuando, retrata el clima que se vivía en su casa y dice que “no se podían oír emisoras rojas”. Él, al margen de la poesía, quiso ser maestro, pero se encontró con la oposición familiar. Debieron sugerirle que “un Estrada debería ser otra cosa que maestro muerto de hambre en una aldea”, y le encauzaron hacia el Derecho. “Aunque pronto se sintió agobiado y acabó marchándose”, dice José Aranda. Él mismo anuncia que aquella vida no era la suya y aprovechó, si seguimos su biografía, que su padre había desaparecido en el Caribe para seguir sus pasos. Embarcó en Barcelona en 1955, pero llevaba un compromiso de matrimonio con la que iba a ser su primera esposa: María del Rosario. Su progenitor debió de ir a buscarle con un Pontiac azul oscuro y le ayudó al principio, en otras cosas a conseguir su primera casa. María del Rosario, al cabo de un mes, le recordó sus palabras y viajó a su lado. Le daría dos hijos. De un posterior matrimonio, Pascual tendría otros dos. En Caracas hizo de todo: dio clases, debido a su buena formación humanística, en el colegio Jesús Obrero de los Frailes de Catia; fue vendedor de máquinas de contabilidad y al final logró un puesto en un banco. Intuyó que podía ser simpático con los clientes y entró a solicitar un empleo con éxito. El trabajo le duró un tiempo (confiesa: “Vivía sin poder sentarme en paz”), hasta que se cruzó con el señor Mas y Mas que le enseñó los secretos de la linotipia y la composición, que iba a ser su oficio definitivo. La literatura, los libros y el conocimiento serían el norte que le guiasen. Asentado, aunque viviendo con más estrechez que opulencia ( “carecía de un auténtico sentido práctico”, afirma José Aranda), empezó a desarrollar su obra literaria compuesta por cinco libros: “Pie en el barro” (Editores Mexicanos Unidos, 1963), de poesía; y cuatro volúmenes de narrativa: el experimental “Parvum Speculum”, que contiene un modesto ejercicio tipográfico suyo, una alianza entre texto y disposición gráfica; “Rostro desvanecido memoria” (E. Expediente, Caracas, 1973), que refleja un claro eco de Samuel Beckett; “Orión en el Meridiano” (Monte Ávila, Caracas, 1975), volumen que José Aranda considera el mejor de los suyos o “el que más me gusta a mí”; y “Regreso a Ítaca” (Monte Ávila, Caracas, 1979). Pero además ha dejado otros textos inéditos: reflexiones, juegos lingüísticos, poemas sueltos, fragmentos de memorias o de autobiografía, como los que venimos glosando. Frecuentó los periódicos, tuvo amistades importantes como Rómulo Gállegos, “del que hablaba con admiración”, García Bacca y el ministro de Educación José Ramón Medina, “con quien tuvo una relación muy directa. Le pulía los discursos. Se los pasaba en bruto y le decía: ‘Métele pluma’. Hizo de negro”, recuerda José Aranda. Regresó varias veces a Aragón. En algunos de sus textos recuerda al director de orquesta Dimitri Berberoff, con sus cabellos al viento y su agitada batuta en el Teatro Principal. Alaba a Goya, La Aljafería, Los Bañales, a Ramón y Cajal, pero no es capaz de sentirse feliz. Escribe: “Volvía a Zaragoza a llorar”. Lágrimas heladas. Falleció en 2001 y nunca, a pesar de que recompuso su existencia, de que dejó hijos a los que adoraba, tuvo la sensación de tener un lugar en el mundo ni en la literatura. Además, e insistimos en ello porque él lo hace, una y otra vez “el fantasma antiguo de la muchacha de la N en el pecho surgía porfiado en ensoñaciones”.  Paco Ibáñez encendió la llama de la emoción en la iglesia de Santa María de Veruela el pasado sábado 3 de septiembre y fue un colofón indescriptible y vibrante del IV Festival Internacional de Poesía Moncayo. Sobrio, de negro, justo de voz pero pletórico de entusiasmo y de utopía, Paco Ibáñez evidenció que no canta exactamente con la garganta: “La canción me sale del fondo del pecho”. La gente, 2.205 personas según la organización, lo escuchó en silencio o cantó con él canciones como “Andaluces de Jaén” de Miguel Hernández, “El Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo o “Como tú” de León Felipe, aunque los momentos más entusiastas, ese instante inefable en que el temblor colectivo puede mascarse o cortarse en rebanadas como el pan, se produjeron con “Soldadito boliviano” de Nicolás Guillén, “Palabras para Julia” de Goytisolo y “La poesía es un arma cargada de futuro” de Gabriel Celaya. La actuación de Paco Ibáñez -ese hombre que “ha hecho más por la poesía que los propios poetas”, tal como dijo Ángel Guinda, que pidió el premio Príncipe de Asturias para el cantautor, que declaró de nuevo su inmensa admiración por Georges Brassens- fue el broche a un diálogo de pueblos, lenguas, poetas, tendencias y palabras esenciales, que se sirvió entre la guitarra clásica de Javier Lizalde, el violín y el piano, la canción de autor de Zángano, el trapecio de Emma Luna (que deslumbró por completo a César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes, que ya la ha contratado para una actuación en el extranjero), el hip hop de Puskas de Logroño y la guitarra de Luigi Maraez. En Veruela, donde Bécquer escribió sus “Cartas desde mi celda”, se oyeron a jóvenes poetas de diversos lugares como Paolo Álvarez Correyero, que sólo leyó un texto y dejó al público estremecido; Roxana Popelka, irónica y de un feminismo divertido, alterna la lírica con la actividad artística; Rosario de la Varga, de gran pujanza; un magnífico Kirmen Uribe, que recordó a la escritora Clarece Lispector; el poeta del rock y de los registros multimedia, Octavio Gómez Milián; Chusé Raúl Usón, que mostró la calidad y la inspiración de su lírica en aragonés; Xaviel Vilarejo uno de los jóvenes vates asturianos de ahora; el premio Nacional de Literatura Carlos Marzal, un tipo de una calidad humana increíble, hondo y tradicional a la vez, cada vez menos cañí; Miriam Reyes, que sigue triunfando allá donde va con su sensualidad desposada con la tierra y un sentir con desgarros; un solvente Rui Teixeira…. También recitaron autores que se asoman a la madurez inicial: el siempre carismático Ángel Guinda, que puso una nota dramática y otra de ironía con el arte de hacer versos; el siempre cuidadoso y turbador Kepa Murúa; Joaquín Sánchez Vallés, que leyó un segundo poema tremendo acerca de un familiar próximo que era ejecutor de los “rojos”; César Antonio Molina, que acaba de publicar “El mar de las ánforas” y repasó su épica del viaje; la colombiana educada en Nueva York, Anabel Torres, autor de “En un abrir y cerrar de hojas” (Prames, 2001); Miguel Ángel Marín Uriol, que presentaba un nuevo homenaje de amor a su musa Inma en el tercer año de su pasión que se acrecienta; Emilio Pedro Gómez, ese matemático de Astorga, afincado entre nosotros y aficionado a la exactitud del haiku, que recordó a su madre y que tiene un libro que se titula “La nieve horizontal de los vilanos”; Leopoldo Alas, que debutó como poeta en Olifante asomándose a “Los palcos”; el catalán Marià López o el veterano poeta y artista Ginés Liébana. Y entre los extranjeros, recitaron Nina Malinovski, Alime Hüma, José Rui Teixeira, Antonio Sagredo, etc. A todos ellos los acompañaron distintos rapsodas, sobre todo mujeres: Pilar Peris, Mercedes Ventura, Asun Nogueras, la citada Inma… O Luisa Gómez Gascón, que acaba de terminar un nuevo libro sobre el Moncayo y que aparecerá en breve con un prólogo de Ángel Guinda. Vimos por allí también a Mercedes Corral, nueva directora de La Casa del Traductor de Tarazona, ojos azules de un mar terso y lejano. Carla Giampaolo, melenas al viento sagrado del recinto y delicadeza en el sentir, integrante de Karlosycarla, casi una historia de amor, realizó una presentación lírica muy bella y elaborada que yo compartí con mucho gusto. Se rindió homenaje a Miguel Cervantes, cuya “Poesía” completa ha publicado Olifante –la edición es de Alberto Blecua, las notas de Pérez Lasheras, hay dos textos de Luis Alberto de Cuenca y de José Jiménez Lozano, el motivo gráfico es de Vicente Pascual Rodrigo-, y Manuel Martínez Forega leyó un soneto suyo en castellano, y luego distintos poetas hicieron una versión en su lengua respectiva: italiano, portugués, catalán, asturiano, vasco, inglés. Molina dijo que “este libro de Olifante debe ser nuestra edición canónica de la poesía de Cervantes, como la del Quijote, dirigida por Francisco Rico, es la canónica de este año y de nuestra institución”. Trinidad Ruiz-Marcellán hizo balance: “Todo ha resultado maravilloso, y la gente se ha ido encantada. Yo creo que hemos conseguido que estos pequeños pueblos hagan universo, es decir, que somos universales desde lo más pequeño. Una señora de Trasmoz me dijo: ‘Todo lo que he oído me llegaba al alma’. Esa es la mejor definición. Ha sido un certamen con mucha participación, con voces muy interesantes y muy plural”. Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcelo Reyes se atreven a difundir la poesía sin complejos. Paco Ibáñez, que se quedó el domingo en su casa de Litago, les dio la razón: recordó que la poesía se necesita ahora más que nunca. El V Festival Internacional de Poesía Moncayo podría estar dedicado a la inmigración y su vasto mundo de mestizajes.  Más de dos mil personas asistieron este fin de semana al concierto de Paco Ibáñez en el Monasterio de Veruela (Zaragoza) que clausuró el IV Festival Internacional de Poesía Moncayo dedicado, este año, a la poesía de Cervantes. Durante dos horas nuestro juglar atravesó de emoción al auditorio con su alma en la voz, en los ojos y en la exquisita guitarra de sus manos. Desde la verdad y sencillez de su mundo interior contra la pobreza, complejidad y farsa del mundo exterior. El esplendor de su genio idealista contra las ruinas de la realidad. Paco Ibáñez supo siempre que la poesía es palabra de música. Fiel a este principio presta su música lectora y su personalísimo cantar (cada vez más profundo) al mensaje de los grandes poetas en lengua castellana. Su talento y sensibilidad han conseguido hacer vida la palabra, hacer palabra la vida. Sus recitales son una concelebración de los sentimientos universales del ser humano con un auditorio enfervorizado. Un acto de encantamiento y moralidad. Paco Ibáñez canta los poemas con la exaltación del silencio interior. Su voz es el grave susurro de la meditación, el grito contenido de la denuncia, la alianza de la ironía con la ternura y la rebelión. Su estética es la constatación de esa becqueriana ansia perpetua de algo mejor hasta convertir su obra en una propuesta de libertad, amor y dignidad contra la injusticia, la violencia y el horror en la tierra. Eterno y ahora. ÁNGEL GUINDA *La editora Trinidad Ruiz-Marcellán ha pedido a uno de sus poetas de cabecera, Ángel Guinda, un texto sobre la tarde-noche del sábado, cuando Paco Ibáñez encandiló a media voz, pero exacto el timbre del alma. Y aquí coloco el artículo. Ángel Guinda es autor de numerosos poemarios: "Vida Ávida", "Claustro", "Conocimiento del medio" o "Biografía de la muerte".  NO Soy un claro interior, el porvenir de una puerta que siempre está atrancada. La trampa de vivir y ver morir. Contra la destrucción de la conciencia bramo, reviento, clavo en Dios los codos. Soy un zarpazo roto de paciencia. Una luz que, arañando los escombros, borra la niebla y sigue hacia adelante. Un hombre con la sombra hasta los hombros. Como hambre y bebo sed con todos los condenados a escarbar la nada. Esto no es un poema, es un desplante. Profundamente grito un no rotundo. Yo no quiero vivir en este mundo. CAJAS Lo diría una indígena y tendría razón. “Ustedes tienen la vida organizada en cajas. Nacen y les dejan en una cajita, su casa es una caja, y las habitaciones son cajas más pequeñas. Suben a la casa en una caja, bajan a la calle en una caja. Viajan en una caja. Duermen y hacen el amor sobre una caja. A través de una caja ven el mundo. Cambian de casa: lo meten todo en cajas. Y cuando mueren les introducen también en una caja. Los Bancos y las Cajas tienen caja, los establecimientos tienen y hacen caja.” Todo está hecho para que encajemos. Nos encajan la vida. Algunos no encajamos, y nos desencajamos. *Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) leyó estos dos poemas en el monasterio de Veruela el pasado sábado. Aquellos que frecuentan esta página, ya saben que me gusta mucho incorporar textos ajenos. Barro, agua, fuego y la mano del hombre. La cerámica es tan antigua como el mundo. El escritor José Saramago eligió a un alfarero en su novela “La caverna” para vincularlo directamente con el enigma de la creación, del misterio y de la filosofía misma. Algo que también solía hacer el escultor Pablo Serrano, que lo emparentaba con el labrador y el panadero: son los alquimistas de lo primitivo. La cerámica cuenta con una larga tradición en Aragón, y algunos de sus focos son especialmente importantes. Muel es quizá el paradigma más llamativo: allí se instaló una cultura milenaria de la arcilla que alcanzó su apogeo con los mudéjares, hasta que desaparecieron en el siglo XVII con la expulsión de los moriscos en 1610. Hasta entonces se cocían “platos, platillos, escudillas, conquillas y jarros para dar aguamanos”. Esa tradición fue recogida y alimentada por los cristianos y se prolongó hasta la posguerra del siglo XX.
Poco después ocurrieron dos hechos muy significativos: la Diputación de Zaragoza abrió la Escuela Taller de Cerámica de Muel, cuyo objetivo era desempolvar la estética mudéjar, el impacto del azul cobalto, la apariencia sutil del cristal, la belleza depurada de las piezas del pretérito. Y algo más tarde, impulsados por el afán y el azar, un puñado de ceramistas decidía establecerse a orillas de aquel río Huerva casi legendario. Venían para quedarse, para afirmarse en aquella atmósfera de trabajo y sigilosa gesta, venían con la idea y la voluntad de transformar la cerámica que ya había desarrollado una orientación contemporánea, muy imaginativa y libre, en la obra de Llorenç Artigas, Pablo Picasso o Joan Miró, entre otros.
Los nombres de los recién llegados eran Javier Fanlo, Montserrat y Esther Mazas, Joaquín Vidal y Rafael Guzmán, e iban a formar un colectivo, “La Huerva”, que operaba en una doble dirección: la recuperación de la artesanía del pasado, la búsqueda de nuevos caminos desde la certeza de que la cerámica es un territorio de infinitas posibilidades, un campo de investigación, de emoción y de sutileza, un lugar a la lumbre de manufactura y de invención. Con algunos de estos alfareros, se afirmarían en Muel Juan Antonio Jiménez, los hermanos Rubio, Pilar Bazán, María Dolores Pina y Amado Lara. Pasada esa suerte de Edad de Oro de la cerámica contemporánea, que coincidió con los domingos de la Plaza de San Felipe de Zaragoza y con las primeras ferias a finales de los 80 y principios de los 90, cada taller ha ido desplegando un modo de vida, un estilo, una línea de investigación, sin perder nunca de vista la tradición. Todos, a su manera, analizaban el color, los materiales, la cocción, las formas, los óxidos, el efecto de los humos, la energía visual de los esmaltes… Muel volvía a ser como un gran obrador hacia el mundo con las exigencias de un arte que asume y desafía el fin de siglo.
Javier Fanlo, bajo la denominación de “La Huerva”, utiliza la técnica del pellizco, ciertos tonos del negro y usa el engobe. Además, él, que es un apasionado de la arqueología (descubrió el Cabezo de la Cruz), se ha volcado en el estudio de las técnicas y los materiales, anteriores a la irrupción del torno, de la Edad del Hierro y del Bronce. Le gustan las evocaciones históricas y las resuelve con refinamiento, delicadeza y lirismo. Juan Antonio Jiménez ha defendido siempre el uso del torno. Su obra es muy variada y extensa. Se mueve a la perfección en la cerámica tradicional y en la creativa. Jamás ha querido adocenarse: lo mismo ha rendido homenaje a Pablo Picasso, en bellos tonos azules, que crea objetos y piezas únicas, dominados por el brillo, las veladuras del humo, los engobes, o la incorporación de arena y pasta de papel. Los hermanos Rubio son claramente depositarios de la tradición, defienden la utilidad, la hermosura sin estridencias de un quehacer consolidado, el peso de la historia de Muel, que con tanta exhaustividad planteó María Isabel Álvaro Zamora en su libro “Cerámica Aragonesa” (Ibercaja, 2003).
Pilar Bazán alterna la cerámica tradicional con innovadoras obras únicas, sobre todo vasijas y platos, que rinden homenaje a los pueblos y ecos celtiberos: filigranas, seres, elementos de ornamentación y los vocabularios de signos impregnan sus figuras. María Dolores Pina se ha inclinado claramente hacia una labor tradicional, que se centra en modelos clásicos de utilidad inmediata y una gran fuerza decorativa. Amado Lara ha evolucionado mucho en los últimos tiempos. La cerámica contemporánea ha pasado por muchos estadios en Aragón; uno de ellos, acaso de los más evidentes, fue el periodo arquitectónico. Amado Lara podría estar renovando esta línea de creación con sus piezas de gran formato, auténticas construcciones arquitectónicas o mecanos de arcilla ensamblados con hierro; le interesa mucho la geometría, el color, la armonía, la combinación de piezas, y hay a menudo un rigor mudéjar en su sentido del orden y de la plasticidad.
El fotógrafo Antonio Ceruelo ha visitado los talleres de los ceramistas. Es tal la fuerza de los obradores, la plasticidad de las piezas en las estanterías, el poder de esa obra en marcha en barro, es tal la evocación de este diálogo de la luz y la sombra con la tierra transformada que estas instantáneas rezuman hechizo, sentido de la laboriosidad, creación. Son el refugio y el centro de operaciones del brujo en su caverna. Ceruelo ha atrapado un mundo fascinante donde se logra el milagro de convertir el agua, el barro y el fuego en algo indeleble, en memoria de la vida que nos conecta con nuestros antepasados y con el porvenir que soñamos.
*Texto, escrito hoy, para un catálogo de la tradición cerámica de Muel asumida por seis talleres actuales, los aquí citados. La muestra se expondrá próximamente en la Escuela Taller de Cerámica de Muel que dirige Luis Navarro. El texto, gentilmente, me lo han pedido Teresa Tomás y Alberto Carasol.  ENTREVISTA CON JAVIER CÁMARA (MADRID, 1967), COMPOSITOR DE BANDAS SONORAS PARA EL CINE. -IMPARTE DESDE HOY, EN EL JA JA FESTIVAL, UN TALLER SOBRE "LA MÚSICA EN EL CINE" -¿Cuál es la importancia de la banda sonora? -Es decisiva. La utilizamos para potenciar los momentos narrativos, el montaje u otros aspectos de las películas. También ayuda a matizar momentos sutiles o los sentimientos, y a veces ilumina cosas que no son evidentes. -¿Es un arte de encargo? -Lo es, quien manda en una película es el director. A veces tienes que cambiar cosas, adaptarte a sus ideas. Pero aún así, dentro de un cierto límite, se puede ser libre. -Uno oye a Nino Rota y parece que haya tenido gran libertad. -Desde luego. Nino Rota ha sido uno de los exponentes de las bandas sonoras líricas y melancólicas. O John Williams, que es un caso especialmente poderoso. Gracias a él, se han despertado muchas vocaciones. No se puede imaginar la cantidad de fans que tiene. -La relación entre Spielberg y Williams parece la ideal, ¿no? -A Williams, en buena parte, le debemos la popularidad del compositor de banda sonora. El compositor debe tener una formación integral. Williams, además, tiene mucho talento y muchas ideas. -Pónganos un ejemplo donde la película, la narrativa, la interpretación y la historia se acomoden perfectamente con la banda sonora. -“ET, el extraterrestre” de Steven Spielberg. Williams no lograba meter la música, con la sincronización adecuada, en tantas imágenes y tan intensas del final. Los músicos trabajamos desde el momento en que está montada definitivamente la película. Pero Spielberg, decidió montar de nuevo su final para que se adaptase mejor a la gran sinfonía de Williams. Y quedó soberbia. Y también me parece magnífica la banda sonora de Barrie de “Memorias de África”: lo envuelve todo. Y la de “La misión” de Ennio Morricone ocurre algo maravilloso: funciona tan bien en disco como en la propia película. -Hablemos de músicos españoles. Pienso en José Nieto o Alberto Iglesias. -Son dos maneras muy diferentes de trabajar. José Nieto es el gran maestro de una generación anterior, que incluso ha teorizado mucho, y que incorpora elementos de la gran industria. Fue el primer en introducir los conceptos modernos de la banda sonora. -¿Alberto Iglesias? -No es sólo un compositor de bandas sonoras. Hace muchas cosas y ha tenido la gran suerte de trabajar con Pedro Almodóvar y Julio Medem, gente muy buena y con éxito. Es muy importante para el conocimiento de las bandas sonoras el destino comercial de las películas. Pero para mí el mejor compositor español de bandas sonoras es Roque Baños, que ha estado dos años en Estados Unidos y ha firmado obras como “Goya en Burdeos” de Saura, “El corazón del guerrero” de Daniel Monzón y “Segunda piel” de Gerardo Vega. Su trabajo es increíble. -¿Y Javier Cámara? -Yo me muevo en lo que llamo música sinfónico-orquestal, utilizo música electrónica de base, trabajo con ordenadores, que ahora ya ofrece resultados impresionantes, o directamente con músicos. Y trabajaré en dos películas, “Trastorno y “Homeless” de David Alonso y Fernando Cámara para el 2006. -¿Es consciente de que lo confunden constantemente con el actor Javier Cámara? -Sí, y lo llevamos los dos muy bien. Incluso nos hacemos bromas. Además, los dos nacimos en el mismo año, en 1967. En realidad, mi nombre es Francisco Javier Martín Cámara. No se me ocurrió otra cosa que cambiar el nombre mucho antes de que Javier Cámara fuese conocido. ENTREVISTA CON TIRSO CALERO*, QUE IMPARTE DESDE HOY UN TALLER DE GUIÓN EN EL JA JA FESTIVAL
-¿Cómo se cuenta una historia? -Lo importante es estructurarla en tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Ése es el abc del guión. El planteamiento avanza algo de lo que va la película; el desarrollo presenta las peripecias que viven los protagonistas y los deja al borde de la culminación; y el final resuelve esa culminación y revela si los personajes logran su objetivo o fallan en el intento.
-¿En qué se inspiran los guionistas? -En la propia vida. En lo que les ocurre a los vecinos, a la panadera, en las noticias de la prensa o en el comentario que te hace el taxista. Para encontrar buenas historias no hay que ir tan lejos. El guionista es un observador de la vida.
-¿Cómo se crean los personajes? -Yo creo que hay que dimensionarlos con los elementos que da la propia vida. Ahí tenemos el ejemplo de William Shakespeare, que creó el mejor personaje posible: Hamlet. Es sumamente contradictorio. Es celoso, posesivo, y a la vez noble y leal; es asesino y generoso, está enfermo y cuerdo, todo al mismo tiempo.
-¿Cuáles son los grandes personajes del cine? -Muchísimos. Por ejemplo, Hannibal Lector, que es un psicópata y a la vez culto y refinado. O “Terminador” O Norman Bates, el personaje de “Psicosis” de Alfredo Hitchcock, que es incapaz de matar a una mosca y sin embargo asesina a jovencitas por designio o mandato de su madre.
-Explíquenos las fases de la redacción del guión. -Me está usted pidiendo que resuma el taller del Ja Ja Festival.
-De eso se trata. Siga… -Serían cinco fases. Primera: es la idea, que debe poder resumirse en 25 palabras. Segundo: la sinopsis, que no debe pasar del medio folio. Tercera: el argumento, que debe poder concentrarse en un par de páginas. Cuarta: el tratamiento, que ya debe tener todas las secuencias de la película, entre 100 y 120, susceptibles de resumirse en 40 páginas. Quinta: dialogar, convertir el tratamiento en el guión final, que puede revisarse una y otra vez.
-¿Cuál es su modelo de guionista? -De los de afuera Woody Allen, y de los de España, Rafael Azcona. Son espléndidos.
-¿Qué no debe hacer un guionista? -No conviene olvidar que un guión se escribe para un soporte que no es literario. La retórica es prescindible; dialogar en el cine es un arte. Sólo se debe decir lo estrictamente necesario. Aquí vale más una imagen que una palabra.
-Ser guionista en España, ¿es reír, llorar o sobrevivir simplemente? -Acaba de hacerse un informe sobre la situación de los guionistas en España, y sólo un 20 % vive holgadamente de su trabajo; los demás deben buscar trabajos alternativos. Ser guionista es llorar un poco. Es la profesión más ingrata y menos reconocida del cine.
-Usted es el responsable del guión de “Miguel y William”, que va a dirigir Inés París, donde se narra el encuentro de Shakespeare y Cervantes… -Soy, con un compañero, el autor del argumento. Imaginamos un encuentro de los dos escritores hacia 1595, fue posible en Italia, aunque aquí se traslada a Toledo, y creamos la figura de una mujer de la cual ambos habrían estado enamorados. La encarnará en el cine Leonor Watling. Juan Luis Galiardo encarnará a Cervantes.
-¿Qué se aprende en sus talleres? -La gente se apunta voluntariamente, se pasa bien y se trabaja. Y yo, con los alumnos, sigo aprendiendo. Creo que ya le he respondido.
*TIRSO CALERO es guionista de televisión y cine. Ha trabajado en proyectos como “Grand Prix”, “Hay una carta en tu vida”, ha sido argumentista de “Ana y los siete” y de la película “Miguel y William” que rodará Irene Paris con Juan Luis Galiardo y Leonor Watling. Este entrevista es algo más extensa que la que aparece hoy en “Heraldo”.  ENTREVISTA CON EL PINTOR ENRIQUE LARROY. EXPONE LA MUESTRA "TOMAVISTAS" EN LA GALERÍA DE DOLORES DE SIERRA -¿Estamos en el gran momento de Enrique Larroy? -En absoluto. Sí es cierto es que estoy a gusto con mi trabajo, dentro de las grandes dudas que te produce pintar. -Lo digo porque acaba de realizar una gran exposición en la Diputación de Huesca e inaugura en Madrid la muestra “Tomavistas”. -Mis exposiciones son espaciadas y tranquilas, sin ansiedad. Esta coincidencia es más bien fruto de la casualidad. -¿Por qué tiene esas grandes dudas? -Tengo grandes dudas y grandes ilusiones con la pintura. Cuando te enfrentas a un cuadro arrastras el bagaje de lo que haces, lo bueno y lo malo, e intentas transgredir, rebelarte contra ti mismo, y a la vez te agarras a lo que haces, a lo que has hecho, y buscas una salida, un lateral, una vía de fuga. -La muestra de Huesca no sólo recogió su obra última, sino que el libro-catálogo proponía una reflexión general de su trayectoria. -Es cierto. Fue un trabajo arduo y muy bien concebido por Chus Tudelilla, que me ha permitido repasar las conexiones, los círculos, los zigzag, las vueltas de mi carrera. La pintura no es una línea recta ni un camino hacia adelante. Es como un horizonte abierto. Y yo pinto casi cada día porque la pintura es tremendamente sugestiva. -Pero, ¿no está amenazada de extinción? -No tengo conciencia de que viva o muera. Convive con otros sistemas de exposición, con otras propuestas; otra cosa son los mecanismos de mercado o las dificultades de la difusión de la obra. A pesar de que he participado en el colectivo pictórico CPZ, en los años 70 cuando creía en la posibilidad de una acción social directa, me siento un pintor solitario con una carrera de fondo, con una evolución. Cuando empecé a trabajar en esto hice unos lunares en blanco y negro, que he recuperado para Huesca y para mi obra actual de una manera consciente. -¿Lunares? Parece algo muy kitsch. -Eran formas orgánicas, a contrapelo, que neutralizaban las rectas de la geometría. Más tarde, pasé por periodos en que oscurecí mucho mi pintura, hasta que desemboqué en el color, que es una de las características de mi obra. -¿Qué ocurrió para dar ese paso? -Estuve en Madrid, en la Casa de Velázquez, y en la India dos veces. Aquel mundo de contrastes me impactó mucho. Y en la Casa de Velázquez, un hice un trabajo, que se titulaba “Bambalinas”, claramente abstracto con guiños teatrales. Todo ello tuvo su continuación en Roma, que significo para mí el Barroco, la fascinación de Cinecittá, la obra de Alberto Savinio… -Y de repente… -De repente no hay nada. He ido radicalizando más el color, hasta hacerlo más limpio, más vibrante y más agresivo visualmente. A mi interesa mucho crear un sistema de desestabilización visual. Quiero que mis cuadros tengan un reclamo, gancho, y a la vez propongan una mirada cortada, como biselada, en la que quieres pero no puedes entrar porque está llena de planos falsos y de un recorrido que ocultaría ese horizonte lejano, que existe en mi obra, pero que yo he fragmentado. -¿Qué busca usted con la pintura? -Crear sensaciones de inestabilidad que lleven al observador a una reflexión estética. A mí lo que me interesa es crear la sensación del mago, del ilusionista, aquello de la paloma que sale de la chistera. Mis cuadros pretenden forzar esa reflexión estética desde el asombro y la perplejidad. Me gustaría que la gente se quedase un poco ensimismada y se preguntase qué está ocurriendo aquí. -¿Debemos calificarlo como un artista conceptual? -Supongo que todos lo somos, pero yo me siento más un pintor del color y de la vibración. Sé que mis cuadros no son fotogénicos, que se juega en ellos con los planos ocultos, con las capas sucesivas, con los errores, con el azar, pero lo mejor es verlos en directo. La pintura necesita un tiempo de contemplación inevitable, es un lenguaje especializado, si no te abres la mente y no te metes en ella, te pasa como con cualquiera de las artes. En Madrid, en la galería de Dolores de Sierra presento obras que estaban en Huesca y otras nuevas, que descansaban en el estudio. -¿Qué está pasando con el arte en Aragón? ¿Está todo mal como se piensa? -Es cierto que están desapareciendo las galerías privadas y que vivimos en una Comunidad muy conservadora e inmovilista que no está dispuesta a aceptar el arte contemporáneo. Pero yo no soy pesimista. Nunca hemos estado bien, pero los artistas se mantienen, sobreviven. Aquí no hay mercado, pero en España tampoco, pero en Zaragoza se está trabajando y se está trabajando muy bien. -O sea, que eso de que Aragón es un desierto… -Aragón es un desierto, pero en el desierto también hay vida y maravillas, y no podemos pretender que sea un bosque. La situación no es peor que en otras comunidades, quizá fuese bueno que nos replanteásemos el concepto de la cultura, y que no nos quedásemos sólo en la parte más superficial, ésa que está vinculada con el mercado y con el escaparate. -¿Y usted, como sobrevive? -Como puedo. Vivir del arte es un acto voluntario y siempre estás colgado de un hilo, pero éste tampoco es un oficio para hacerse millonario. Yo sólo pinto, y tengo claro lo que me interesa: aprender, poder adquirir libros y catálogos, viajar. Me conformo con poco.  A través de los cristales, Golmar Fortesende veía la lluvia obstinada, veía la noche oscura y ciega, iluminada a ráfagas por un relámpago súbito; veía los regueros que dejaba el aguacero a lo largo del camino. Creyó escuchar a alguien que doblaba el sendero, bajo la higuera silenciosa; dejó de oírlo y lo vio pasar frente a la ventana, más allá del leve resplandor del candil. Durante unos segundos más escuchó pasos, un chapoteo en las charcas. El caminante se detuvo y golpeó en la puerta. Golmar se levantó con cierta sorpresa, con cierto temor, y abrió. Era Folgar, su hermano. Se abrazaron. -Veo que aún te conmueve la lluvia -dijo el recién llegado-, la misma lluvia pertinaz de entonces. -Tal vez fue la lluvia la que me trajo a este lugar, después de pelear aquí y allá en numerosas embarcaciones. ........... Una aparición inesperada y femenina bajo la lluvia se interpuso entre los dos y desvió el previsto destino de sus días. Sucedió en una tarde cenicienta. Habían tomado una sombría senda que les condujo a Anzobre, después de andar perdidos entre encrucijadas y aguas pantanosas sin salida. Un poco antes se había desatado la tormenta y buscaron refugio en el interior de un cobertizo derruido y olvidado entre ortigas y helechos en un principio, bajo el alero de una casa luego. Estaban justo frente al pazo, frente a las gruesas murallas del pazo. Miraron adentro a través de la reja del portalón y vieron los mojados naranjos, las camelias inundadas, las irisadas vidrieras de los altos ventanales, los alargados bancos de piedra tallada y la galería con techo de alambre cubierto de hiedras. Cuando Folgar vio a la mujer vestida de blanco que paseaba por el jardín, pensó que sería un espejismo de crepúsculo, el complemento lírico e irreal que le faltaba a la tarde triste y encharcada que moría. No le dijo nada a su hermano y esperó a que cesase la lluvia. Golmar también la vio, la vio de nuevo después cuando Folgar había dejado de verla, desde un ángulo inverosímil, y le pareció que recogía flores rojas y que se las ponía en el pelo. *FRAGMENTO DE UN CUENTO DE MI LIBRO "MARINOS Y MUJERES". Llueve. Fuera la lluvia susurra algo que no entiendo. Me da igual. A la tierra también le da lo mismo. No preguntaremos de dónde viene la lluvia. Ya no quiero entender nada. La lluvia suspira al acariciar las hojas de los árboles. Llueve cuando parecía imposible que lloviera. Llueve como hablaba mi abuela, Llueve como cuando sueño que llueve. *Este es el poema que escribe hoy en su página web VÍCTOR JUAN BORROY, el escritor inédito favorito de Pepe Melero. Me ha gustado esta sencillez tan plena de evocación, esta vida concentrada en tan pocas páginas. Cuando yo era niño, me quedaba a ver los combates de boxeo de noche con mi padre. Afuera, siempre llovía. Mil panderos de cristal, con la tormenta, herían la madrugada. Más niño aún, me tumbaba bajo el cobertizo de nuestra casa, o elpendre, aplicaba el oído a la tierra y escuchaba el cántico de la lluvia. Una vez me quedé dormido; era como si estuviese envuelto en un útero invisible en el aire que ingresó de súbito en la noche...  Gabriel García-Badell (Madrid, 1936-Canfranc, 1994) no sólo convirtió a Canfranc en una suerte de paraíso y en refugio constante para su escritura, sino que lo transformó en un territorio literario que aparece en muchas de sus novelas. Una amplia mayoría está concluida allí, en esa población en cuyo cementerio yace. García-Badell, que era un desasosegado vitalista, incluso se atrevió a encerrar el paisaje de Canfranc y sus entornos, como la canal de Izas, en el espacio real y alegórico de la novela “Saturnalia. Andante visionario”, que terminó en 1984 y que apareció en 1997 en una edición del Ayuntamiento de Zaragoza. En esa historia, donde propone el regreso al edén a la manera de Jean Jacques Rousseau, realiza una descripción pormenorizada de esa naturaleza exuberante. Usa casi todos los nombres de esos espacios infinitos: “el río Aragón, la Estación Internacional de Canfranc, el doble túnel, el Chantal de la Moleta, Samán, La Tronquera y Collarada…”, dice. García-Badell se estremecía ante la orografía imponente. Leemos: “…cuando la melancolía se extiende por el mundo y las nubes marchan enloquecidas, velozmente, por la tierra y las sombras ganan terreno, se proyectan y apropian de los prados, absorben brutalmente la luz y el color que configura las flores”. Los viajeros franceses del siglo XIX fueron generosos e imaginativos en sus descripciones. Antes de que Lucien Briet saliese de exploración literaria y fotográfica por los “Soberbios Pirineos”, hubo otros autores que se quedaron fascinados con la espectacularidad de la piedra, con la frondosidad de los bosques, con la caligrafía del agua en valles y vaguadas. La antología “El Pirineo aragonés antes de Briet” (Prames, 2004) contempla un capítulo de L’Ours Dominque donde se dice: “¡Canfranc! ¡Primer pueblo de España! Una calle larga, bien construida, coqueta, pintoresca!”; tras asistir a la romería de Santa Orosia, regresan los expedicionarios a Canfranc y hallan a una norteamericana: “La sirena de Canfranc bailaba el fandango con un oficial de la guarnición”, anota el autor. Años más tarde, Ramón Salanova titularía una novela “Vía muerta”, que transcurre casi íntegramente en Canfranc, aunque no la hemos podido leer; José Antonio Labordeta, que solía veranear allí, le ha dedicado espléndidas páginas de evocación estival en “Banderas rotas” (La Esfera, 2001); María Rosario de Parada escribió sobre la historia del tren y la estación y esos parajes en abundancia; Ramón J.Campo y Jonathan Díaz ha desentrañado el mito del oro de Canfranc. Pero hay otro libro importante como “El país de García” de José Vicente Torrente (existe una edición crítica de Javier Barreiro en Larumbe, 2004), en el cual se le dedican varias páginas. Escribe: “La estación internacional de Canfranc con sus 246 metros de longitud y su lujo de edificaciones recuerda a esas catedrales que como la de Roda mandaron levantar entre montañas los padres de la reconquista, para luego olvidarse de que existían al descender al llano, en uso del acreditado principio de ‘si te he visto no me acuerdo’”. Este texto es de 1972.  Uno de los cineastas españoles más jóvenes es Carlos Saura (Huesca, 1932). No importa que esté a punto de celebrar su 73 cumpleaños o que lleve una treintena de películas a sus espaldas. Carlos Saura es más joven cada día como si hubiese sellado un pacto con el diablo. En cualquier caso, el suyo es el pacto de la lucidez y de la curiosidad. Cada una de sus invenciones es un ejercicio de libertad, un salto en el vacío, un viaje audaz hacia los territorios de la imaginación. No se conforma con el oficio, con lo que ya conoce y ha hecho bien: siempre le da una vuelta de tuerca a su carrera y elude la rutina. Sabe que lo mejor de la creación no siempre es el resultado final, sino la aventura misma, el largo trayecto hacia la claridad, la búsqueda desde la perplejidad de existir. Y por ahí están ejemplos recientes: “Goya en Burdeos”, un soberbio poema visual sobre el tormento y el delirio del pintor, mordido por las pesadillas de la guerra y el veneno galopante de su memoria insomne; y “Buñuel y la Mesa del rey Salomón”, película que escribió al alimón con Agustín Sánchez Vidal, en la cual asumió el riesgo de partir de caza con el surrealismo y la materia de Bretaña por estandarte. Carlos Saura nunca deja de deslumbrarnos. Inició su carrera como fotógrafo y como estudiante de Ingeniería; en su casa, pasaban a todas horas músicos o artistas de flamenco(ha publicado un extraordinario libro de textos y fotos del flamenco); el convaleciente Antonio, su hermano, dibujaba, recortaba máquinas y figuras, veía las obras de Miró, Magritte o Picasso en catálogos suntuosos y soñaba ya con irse a París. Carlos con una cámara Leica M-3 al hombro decidió recorrer España y la captó tal como era: muy semejante, en muchos motivos, al país trágico y enfermo que vio Buñuel en “Las Hurdes”. Esas fotos han vuelto a recobrar actualidad hace bien poco, y conmueven. ¡Cómo ha cambiado el país en menos de medio siglo! Aquel parecía un país de pánico, sombrío, cercado por la negrura y la sensación del pecado, un país cosido a la represión furibunda. Un mundo que no debía ser muy lejano del que Carlos Saura vivió en la posguerra en Huesca con su abuela materna, que parecía una matrona nórdica de Dreyer, traicionada por su marido Juan Atarés (se había fugado con una empleada de la chocolatería familiar a Barcelona), y su con tía María Luz, que era la ternura vedada, el silencio que grita, el despertar inefable del primer deseo. Antes de pasarse al cine, sojuzgado por la fuerza de “Las Hurdes. Tierra sin pan”, cinta de Buñuel financiada por Ramón Acín, vivió como fotógrafo profesional. Esa pulsión no la iba a olvidar más. Si uno visita su casa de Collado Mediano percibe de inmediato que Saura no distingue géneros. El es un artista en marcha: un creador polifacético pero jamás escindido. Lo hace todo con naturalidad. Escribe como respira; dibuja como come; colorea sus fotos como sale al jardín; fotografía, fotografía obsesivamente todo cuanto ve: sus familiares, los vecinos, a sí mismo ante el espejo, a pesar de que dice: “La fotografía es otra cosa, y, como el espejo, da miedo. Tiene la dureza de la objetividad, es terrible, testimonial, puede ser cruel y desalmada”. Y lo más bonito es que siempre ha sido así: minuto a minuto ha tirado fotos con una de sus 300 cámaras. Ha preservado durante los años una disciplina inadvertida, cómoda, que le ha permitido llegar a todo. Hace no demasiados meses, además de la publicación, sin acotaciones, de los guiones de “Goya en Burdeos” y “Buñuel y la Mesa del rey Salomón”, han rescatado las instantáneas que hizo en dos fines de semana de los años 60 para ilustrar el libro rupturista de Ramón Gómez de la Serna: “El Rastro” (Círculo de Lectores), un volumen cuya primera edición data de 1914. Su obra es admirable: halla otra realidad, inventa un mundo, capta y sublima los pequeños detalles, a los que Ramón Gómez de la Serna (al cual Ramón Acín invitó a dar una conferencia en Huesca. El escritor madrileño mandó dos cuentos para niños para Sol y Katia Acín) puso una prosa libre, rica en matices, en variaciones expresivas, en apabullantes metáforas: el arsenal imaginativo de las vanguardias. La profundidad de las fotos de Saura está a la altura de la ironía, el ingenio y el despilfarro léxico de Ramón Gómez de la Serna. Y son la mejor demostración de que el oscense, cineasta, narrador, melómano y pintor, ha sido durante medio siglo un cronista admirable y un mago de la luz a través de un objetivo distinto del que le ha hecho famoso e imprescindible. Pronto, muy pronto, nos llegará “Iberia”. Y luego otra película sobre Lorenzo Da Ponte, el libretista de Mozart.  CRÓNICA DEL NOMBRAMIENTO DE HIJO PREDILECTO / 1 “Jesús Moncada ha sido un vecino que ha hecho del amor a su pueblo su profesión”, leyó Beatriz Negrero, secretaria del Ayuntamiento de Mequinenza. Y añadió que “su voz era el altavoz que proyectaba a Mequinenza en el exterior”. Con el espíritu y la memoria de la Mequinenza inundada está construida su obra. Por ello, con carácter póstumo, el autor de “Cami de sirga” recibía ayer la insignia de oro y brillantes y el título de Hijo Predilecto de la localidad. Al acto, que tuvo lugar el pasado viernes en el cine Goya, acudieron el presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, la consejera del Departamento de Educación, Cultura y Deporte, Eva Almunia, el concejal del Ayuntamiento de Zaragoza, Miguel Gargallo, la alcaldesa de Mequinenza, Magdalena Godia y, además de ediles y autoridades de la comarca e intelectuales, el diputado José María Becana. El hombre en su paisaje Antes de un acto bañado en lágrimas de emoción, su amigo Héctor Moret dijo que “Moncada ‘el Vell’ formaba parte del paisaje. Éste era su sitio de descanso, donde pasaba tres o cuatro meses al año. Salíamos a pasear con Santiago Arbiol ‘el Segundo’ durante dos horas todos los días. Hablábamos de chafarderías y de historias del pueblo viejo, o recordábamos a Edmón Vallès, que fue determinante en su vocación y en su marcha a Barcelona”. Moret añadió que en su pueblo repasaba sus textos o que terminó la laboriosa traducción de “El conde de Montecristo” y calificó a Jesús Moncada (Mequinenza, 1941-Barcelona, 2005) como “un escritor en catalán de origen aragonés cuya obra, en el 90 %, transcurre en escenarios aragoneses”. Su hermana Rosa María decía, ante la mirada cómplice de Ramón Acín, con cariño y melancolía: “Se nos fue aquel gamberro… Yo era su primera lectora y su primera crítica. Como ser humano, era humilde y sencillo. Nunca llegó a creerse lo que decían de él. Fue un gran luchador; desde muy pronto supo que quería escribir y pintar, que estaba destinado a esto. Tenía dos vicios: el de escribir y el de la familia, que era como una adicción. Yo vivía muy cerca de él, con mi familia, mi marido y mi hijo. Jeús vivía con mamá. Yo siempre decía que éramos cinco, sin contar a la perra y a la gata”. Rosa María incluso se atrevió a hacer este juicio de valor: “Jesús era un escritor de primera línea. Por el uso del vocabulario, por la potencia de sus historias. Buscaba la perfección por encima de todo, y esa anhelo de perfección ya lo notabas en la primera lectura, ante el primer borrador. Con un barniz de humor negro, era capaz de contar la tragedia más grande del mundo, y sabía quitarle el morbo. Estos meses de ausencia sin él han sido horrorosos para todos. Muy duros. Éramos como almas gemelas, y a mí se me ha muerto el alma. Ahora tengo que reestructurar toda mi vida sin Jesús”. El salón del cine Goya, para entonces, se había llenado hasta la bandera. Todos querían rendir homenaje de gratitud y cariño a su hijo más ilustre, al narrador que situó a Mequinenza en la historia de la literatura y en la guía de los lugares imaginarios, ese libro de Manuel donde habrá de figurar en una próxima reedición. Ramón Sabaté, director gerente de la Biblioteca de Aragón, presentó el acto. La sombra del escritor, invisible y aleteante, se instaló en algún lugar del local. La emoción se agigantó cuando sus familiares, María Estruga, su madre, y sus hermanos Rosa María y Alberto, recogieron la insignia de oro y brillantes y el pergamino de Hijo Predilecto. La alcaldesa Magdalena Godia dijo que el dolor de la pérdida del escritor se había visto mitigado por “el respeto, la admiración y los elogios a su obra literaria. Éste no es un día triste: es el reconocimiento de un pueblo a un autor al que sentía y siente como algo muy suyo. Sabíamos de su gran humanidad: era próximo, discreto, cordial, poseía una amplia sonrisa. Y era, sobre todo, una persona elegante, con mayúsculas y con todo lo que ello comporta. Su obra es nuestra gran herencia. Debemos conservarla, cuidarla, protegerla, mimarla y divulgarla con la dignidad que se merece”. Resaltó Godia, en un discurso medido y apasionado, que “Moncada dignificó nuestra lengua, el catalán, y con esta lengua minúscula ha logrado ser universal”. Concluyó con una feliz imagen: ahora era Mequinenza quien hablaba con voz alta y fuerte, y que “como pueblo agradecido, nombra a Jesús Moncada su Hijo Predilecto”. El padre de “uno de los nuestros” Rosa María Moncada agradeció el gesto desde dos percepciones: “la amargura porque el escritor ya no está con nosotros, y el orgullo de que Jesús es nuestro”. Como si fuese su mensajera de voz temblorosa, explicó en catalán: “De todos los premios y nombramientos, del que estaría más orgulloso sería de éste. Él sabía que era de aquí. Sin engaños ni máscaras. Unos días antes de morir, Jesús me dijo: ‘Llévame a casa’. Él se encontró en Mequinenza”. Rosa María cerró su intervención, tras leer un texto del editor Ernest Folch, de modo magistral: rindió homenaje a su padre Josep Moncada ‘el Vell’ porque él ayudó a florecer a Jesús Moncada. El presidente de Aragón Marcelino Iglesias, en un perfecto catalán, recordó que la primera vez que oyó hablar de Moncada fue gracias al alcalde Miguel Godia, que le regaló el libro “Cami de sirga” y “me entusiasmó”. Dijo que le resultaba curioso, muy curioso, que dos de los más grandes autores de Aragón, Jesús Moncada y Ramón José Sender, hubiesen nacido en esa zona, entre el Cinca, el Ebro y el Segre, “a muy pocos kilómetros el uno del otro”. Matizó: “Hoy no es un día triste, sino de una gran satisfacción, de recuerdos, muy entrañable porque celebramos el reconocimiento de que uno de los nuestros es uno de los grandes de la literatura universal. Ha sido traducido a treinta lenguas, entre ellos el coreano o el japonés. ¿Qué les habrá interesado de él? Moncada es uno de los mejores escritores de Aragón que mantuvo una gran fidelidad a su pueblo, a sus ríos, a sus gentes, y eso es muy importante, y es muy emocionante. Los mequinenzanos están muy orgullosos de Moncada, ¡lo pueden estar! Y todos los aragoneses también”. Abajo corrían las lágrimas y afuera corría el Ebro.  I.VIAJE A LA RAÍZ DE LA MEMORIA Gilberto Obiol, concejal de Mequinenza -“ostento muchas responsabilidades porque ya estoy jubilado”, dijo con humor y bondad- nos enseñó lo que queda del pueblo viejo que inspiró a Jesús Moncada: el castillo con su muralla que es el auténtico centinela del cauce y de las huertas; el colegio María Quintana, donde impartió clases de francés y dibujo; el lugar donde estaba el campo de fútbol antes de que llegase la presa, llena hoy de cormoranes y de gaviotas de río, o las ruinas de la casa del autor, en la calle Zaragoza, donde se esparcieron sus cenizas. “Aquí –decía ante el beso del Ebro y el Segre- era donde transcurre el cuento ‘Balompié fluvial’. Nosotros aprendíamos a nadar en el propio río. Los que ya sabían hacían una especie de muro de protección a uno diez metros de la orilla. Así aprendíamos, y luego cruzábamos los 50 metros que tenía la corriente y asaltábamos las huertas de al lado, llenas de higos o de uvas. En casa no querían que nos bañásemos, y antes de regresar a casa nos embadurnábamos de tierra para que no se diesen cuenta. El río se cobraba una o dos personas al año”. Gilberto Obiol recordó que la casa familiar de los Moncada, ante sus ruinas, donde se han arrojado las cenizas de Moncada y donde hay un ramo de flores, era la tienda de ultramarinos del carrer Zaragoza, que se prolongaba hasta la Costereta del Forn. El río estaba a unos 100 metros, ahora a unos 100 o así. Y al lado mismo está el viejo cine Goya, cuya casa no ha sido derribada porque sus dueños se negaron a venderla a ENHER. En el colegio María Quintana, que fue una maestra de Mequinenza, responsable de Educación durante los tiempos de Primo de Rivera, Jesús dio clases de francés y dibujo, y tuvo de alumna a la actual alcaldesa Magdalena Godia. En el colegio iban chicos y chicas: las chicas tenían sus aulas en la planta baja y el patio a la derecha, los chicos arriba y el patio a la izquierda. Todos llevaban en invierno leña de su casa para calentarse. Carmen Alcocer, estudiosa de Jesús Moncada, nos contó que sus canciones favoritas eran “La gavina” y “El canto dels ocells”, y que un familiar le había revelado que el escritor había vivido una bella relación de amor con una mujer durante algunos años. La interrumpieron, pero nunca perdieron la amistad. “De hecho, me dijeron, ella estuvo en su funeral”. II.EL PINTOR JESÚS MONCADA El homenaje a Jesús Moncada se completa con una exposición bibliográfica y fotográfica, y con una sorprendente muestra de pintura en la que se percibe la mano maestra del escritor: pasa por momentos del surrealismo a la manera de Ernst, Lam o Matta, pero también del surrealismo metafísico de Giorgio De Chirico; frecuenta el expresionismo alemán, con ecos de Otto Dix, o el cubismo, un cubismo muy personal e intenso. “Hubiera vivido del arte, sin duda”: éste fue el comentario más oído en la sala Miguel Ibarz. Jesús Moncada era un buen dibujante, “lo mejor que hacía”, dijo alguien, y un cuidadoso pintor que llegó a exponer en varias ocasiones. Le gustaba mucho Antoni Tàpies. Pintó hasta principios de los 80. Rosa María, su hermana, nos dijo que había encontrado más de 50 nuevos dibujos, pero todos ellos sin fechar. III. MEMORIA LITERARIA DE JESÚS MONCADA. Ramón Acín ha sido el coordinador del volumen que se regaló ayer en el homenaje: “Jesús Moncada. Su universo literario” (DGA / Ayuntamiento de Mequinenza). El libro, de 200 páginas, consta de varios apartados: una sección de homenajes, firmados por el propio Acín, autor de una bibliografía final, Eva Almunia, Magdalena Godia, Lucinda Estruga y Ernest Folch; varias entrevistas con el escritor en castellano y catalán; una selección de crítica literaria, en la que se rescatan textos de Jaume Pont, Antonio Blanch, Joaquín Marco, Santos Alonso o Luis Carandell, entre otros. Félix Romeo, Pepe Melero, Ramón y José Luis Acín y Ramón Barnils ofrecen opiniones desde la proximidad. En el capítulo de estudios hay páginas de Héctor Moret, Carmen Alcover (define bellamente al autor como “l’últim llauter de l’Ebre”), Mario Sasot y Emili Bayo i Mercè Biosca.  Hace algo más de un año, el ex boxeador y escritor Francisco Fernández Feu publicaba el libro “Grandes campeones de los pesos pesados” (Ediciones del Cobre, 2003), un libro donde hace el retrato y la biografía de 16 grandes púgiles de la máxima categoría: desde John L. Sullivan, que boxeó y se coronó a puño desnudo, hasta Joe Louis, más conocido como “El bombardero de Detroit”, que estuvo once años, nada menos, invicto como campeón del mundo y así se retiró. Louis, que había ganado a Max Schmelling, Primo Carnera, Paulino Uzcudun, Jack Sharkey o Max Baer, sucumbió en su regreso a la potencia de los puños del gran campeón blanco Rocky Marciano en 1951. Fernández Beu habla de James Corbett, más conocido como “Gentleman Jim” y primer campeón con guantes; de Fitzsimmons; Jack Johnson, que estuvo en Barcelona y peleó con Arthur Cravan, y de otros mitos del boxeo: Jack Dempsey, aquel blanco con pegada de mulo que peleó con Luis Firpo, el “toro salvaje de la Pampa”; Gene Tunney, estudioso hasta de su sombra; Jack Sharkey; Schmelling, fallecido hace algunos meses, Max le propinó una paliza a Joe Louis en 1936 y éste lo dejó k.o. en 1938 en el primer asalto; o Primo Carnero, aquel mastodonte de mandíbula frágil y escasas maneras que inspiró a Budd Shchulberg su libro “Más dura será la caída”, y luego la homónima película de Mark Robson, con Humphrey Bogart. Fernández Beu también habla de James J. Braddock y de su gran rival Max Baer, muy de actualidad estos días por la película “Cinderella Man”. Baer sale un poco malparado en la cinta, más que en el libro: era un gigantón con una brutal pegada que había matado a dos púgiles; debutó en el cine en 1941. Según un folleto de doce páginas que encontré en el rastro de Zaragoza ni era tan chulo ni tan crápula. De hecho, tras ver “Cinderella Man” de Ron Howard, su hijo ha protestado por el modo en que es tratado su padre. La actitud y el carácter de Max Baer, que era un extraordinario y feroz boxeador, contrasta con la de Braddock, que parecía y parece un héroe ideal para los tiempos de la posdepresión y del poskatrina. Empezó siendo un púgil prometedor, con buenas maneras, aunque sin la “genialidad” de sus compañeros de generación –Tuney, Sharkey, Schmelling, Louis, Baer-; orilló la cumbre, realizó inversiones en bolsa y todo eso, pero el destino le dejó sin nada. Fue una víctima brutal de la Gran Depresión. Todo se le vino abajo como en un espejismo, incluso se rompió la mano derecha. Durante unos cuantos años sobrevivió a la hambruna, a la miseria, al paro con auténtica madera de héroe, que no tiene reparos en mendigar ayudas. Padre ejemplar de tres hijos, excelente marido, enamorado y suave marido, incapaz de echar un borrón nunca, de repente un golpe de azar le facilita la posibilidad de volver al ring. Y como un elegido de los dioses retorna y logra algo absolutamente impensable en aquellos momentos: tumbas a aspirantes grandiosos, recibe y da monumentales palizas, y llega a ese momento sublime que lo redime de tantos años de incertidumbre y dolor: la memorable noche del Madison Square Garden en la que tendrá la posibilidad de enfrentarse al “asesino” Max Baer. Y en esa noche, en ese momento en que una vida pasa de súbito de la nada al infinito, gana Braddock. Contra todo pronóstico. La pelea, según la realidad y según la película, fue terrible. Espeluznante. Parecía imposible que ganase Braddock o que no saliese de allí camino del hospital o del cementerio, pero lo logró. Eso es lo que cuenta a grandes rasgos “Cinderella Man”, una película demasiado almibarada, demasiado llena de buenas intenciones –algunos creadores se olvidan de que la realidad no siempre funciona bien en la ficción, ya sea la literatura o el cine; cada género exige su código de verosimilitud y aquí no se han observado esas reglas-, demasiado sentimental. Braddock tiene algo de mensajero de Jesús y de la bondad, y de mensajero de América. Es el hombre gris, sin especial talento, sin otro talento que su bonhomía, que debió ser así casi por completo, que se convierte en un profeta del dolor de los demás, en un espejo en el que todos se reconocen. La película es una buena película, demasiado blanda, ya digo, elude ese mundo del gimnasio y de los entrenos casi por completo, está muy bien interpretada por Russell Crowe, que vuelve a alcanzar una increíble altura, dudo más de la interpretación de René Zelwegger (a su favor, además de la ternura, está el magnífico sentido del humor que posee su personaje), y aplaudo la extraordinaria actuación de Paul Giamati (el feo, sentimental e intelectual de “Entre copas”), en su papel de preparador Joe Gould. La ambientación es excelente, hay momentos increíbles como esas secuencias en que los tres hijos se encierran a escuchar por la radio el combate con Max Baer. Julio Cortázar, creo que en “Último round”, tiene un precioso texto donde recuerda como toda Argentina, y también él y su madre, oyeron por la radio la pelea de Jack Dempsey y Luis Firpo. Éste derribó al campeón blanco, no sólo lo derribó, lo echó lejos de la lona por entre las cuerdas y estuvo fuera durante dos minutos. Le permitieron volver y Firpo acabó perdiendo. Y Argentina se bañó aquel día en lágrimas de impotencia. Salvando la blandenguería, la apología de la familia y el carácter hagiográfico del boxeador, “Cinderella Man” se ve bien e incluso llega a emocionar. No está a la altura de películas realmente memorables como “Cuerpo y alma”, “El ídolo de barro”, “El hombre tranquilo”. “Más dura será la caída”, “Marcado por el odio” o, por supuesto, “Toro salvaje”, pero se deja ver muy bien, y aproxima la desesperación del país en aquel momento. Con “Toro salvaje” de Martin Scorsese –podríamos decir que en complejidad, tormento y negrura del protagonista está en los antípodas- tiene una sorprendente coincidencia: James J. Braddock fue “el hombre que nunca se dejó tumbar”. Y Jake La Motta, tampoco, ni siquiera cuando se enfrentó al maravilloso Sugar Ray Robinson, el hombre que anticipó a Cassius Marcellus Clay.  He visto las dos finales, femenina y masculina, del Open Usa, antes Forest Hills. Con ese nombre todavía, venció Manolo Orantes al gran Jimmy Connors en 1976. En chicas se enfrentaba Kim Clijsters, la belga de cara redonda, hija de gimnasta, minada durante algún tiempo por la fortaleza de Justine Henin, por las lesiones y por una historia de desamor: el australiano Lleyton Hewitt la dejó (o lo dejaron los dos) cuando estaban al pie del altar. Clijsters tenía enfrente a una jugadora resucitada: Mary Pierce, algo veterana ya, más fornida ahora. Antaño tenía algo de virgen gótica escapada de una pintura italiana. Cljisters había vencido en la final a Maria Sharapova con una fortaleza increíble. Necesitó tres sets; la rusa le ganó el tie break en el segundo set, y parecía que Kim iba a estar algo diezmada de ánimo. En absoluto. La arrolló. Y en la final sucedió lo mismo: Pierce, que había jugado excepcionalmente bien ante Mauresmo y Dementieva, casi ni entró en el partido. Aguantó un poco al principio, pero luego todo fue coser y cantar. Kim golpeó con fuerza, se movió con rapidez, se jugó la vida y el destino en cada golpe. Esta tenista, por cierto, ha anunciado su retirada para 2007. Tendrá 25 años. Federer es prácticamente invencible, pero el domingo se encontró con el mejor rival de su historia: André Agassi. Trar perder el tie break del tercer set, se vino abajo. Había jugado al menos tres eliminatorias a cinco sets, dos antes Blake y Ginepri. Ahí es nada. Pero, antes de ceder, impartió una lección de tenis: en el saque, en el resto, aún superior al extraordinario de Federer, en el drive, en la rapidez y vehemencia que imprime. Fue un partido increíble de dos jugadores maravillosos. Ganó Federer, llamado a ocupar un lugar en la leyenda. Quizá resulte, por perfecto e indolente, frío. Era emocionante, o a lo mejor un poco cursi, ver a Steffi Graf, la mujer de Agassi y quizá la mejor tenista de todos los tiempos, nerviosísima, entrando y saliendo de la grada. Pensé, claro, en la relación de Rusell Crowe y René Zelwegger en “Cinderella Man”. Soy así de católico y sentimental.  Una foto de revista del corazón en el blog de un gallego sentimental y mitómano. Steffi, André Agassi y uno de sus hijos.  El hombre que pudo reinar. Se le interpuso un delicado y letal monarca suizo: Roger Federer. Agassi, con 35 años, disputó en 20 ocasiones el Open Usa, ganó dos torneos; disputó 15 finales de Gran Slam y venció en ocho. En el escalafón de la historia del tenis está a la altura de John McEnroe.  POETA ADENTRO Sumido en la belleza de las sílabas -inaccesibles confidencias interiores a la luz más oblicua del lenguaje- nunca sudó mi mano el sudor colectivo de otras manos, jamás nombré “exterminio”, “Sarajevo”, “tortura”..... ¿Es genocida mi silencio? ¿Acaso las víctimas no son mis acreedores? Si gané la palabra he perdido la voz. Ahora lo siento. * * * * TUVE AMANTES que confundían el amor con la pasta de dientes. Las hubo que albergaban fragmentos de cilicio o una mueca románica en el sexo. Mas conocí también la autoridad de un cuerpo hermoso independiente silencios de una piel tumultuosa. Amantes que sabían duplicar la juventud y el sida (con alguna de hurañas apariencias rocé el Adán del paraíso). Pero tú estabas honda y siempre. * * * * * Ascensión pirenaica MOCHILA AL HOMBRO remontas paso a paso la vertical audacia del sendero. Abandonas la sombra edificante de bojes y avellanos (lágrimas de sudor sin su cobijo). Funde su trasparencia el azul venoso del acónito, el vibrar del silencio en las campanas púrpuras-rosadas de la digital, la amarilla pupila de las nomeolvides. Dejas atrás las bayas rojas del serbal el acebo esplendente las alas protectoras del hayedo, y un sarrio parpadeante como el pasar la página de un libro. Despide el rododendro al pino negro a la herbosa pendiente la pedriza. El avanzar te asciende como un beso. Asoma la implacable nitidez de los vértices las formas más osadas en su abismo. Al alcanzar la cumbre atónito de cielo transparece de cuajo la alegría arrullando el supremo silencio de la cresta. Sacias la sed de soledad bendices el esfuerzo (qué lejano el dolor y las muecas hurañas del camino) inauguras la piel de confidencias inéditas al viento.... Lento de gozo arribas al poema imposible: el lenguaje más aéreo de la piedra. la escritura sin fondo de las águilas..... vuelas adentro accedes a tu propia lejanía. Y sabes que jamás fue tan íntima tan extensa ni plena, tan hermosa nunca fue tan eterna -roza la piel del tiempo- tu mirada. (las palabras en cursiva pertenecen a Leopoldo Panero) * * * * * * Para mi madre, vulnerada por el mal del alzheimer Los enfermos son pacíficos monstruos inocentes que saben recordar el porvenir. Carlos Marzal ÁLAMO BLANCO en una celda. ¡Qué extraña la belleza tan densa de un cuerpo contraído! Puro estado de pétalo desnudos los surcos del alma. Transita de una mirada indescifrable réplica en el cristal de su honda sombra a unos ojos sobreiluminados. La luz desengañada de la luz. Salvo la desposesión nada posee. Sólo le quedan dos objetos preciosos que ofrecer: sus besos (a veces ya no acierta le salen hacia adentro o se rompen sin llegar a tu mejilla) el virgen resplandor con que sonríe y –sin pretenderlo- te desarma. Es lo que queda de ella. Nada más. Un mínimo belén de gestos desvalidos. Me hago un harén con sus miradas: un incendio de pájaros perdidos a los que doy cobijo -le acaricio- en su cara. Cuando nadie me ve uso sus gestos: me estremece un pasado futuro a flor de aire. Investigo en su ausencia de nostalgia la raíz del perdón. Ahora que no estás nunca me faltas. Sucedes a través de lo desconocido: el átomo infinito la dulzura sin dueño..... Has dejado en mis manos un hueco de paloma que respira. * * * * * * *EMILIO PEDRO GÓMEZ LEYÓ ESTOS POEMAS EN EL IV FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA MONCAYO EN VERUELA. HA TENIDO LA CORTESÍA DE ENVIÁRMELOS Y AQUÍ LOS CUELGO. ME GUSTA QUE HAYA POESÍA EN MIS PÁGINAS. CUANDO ERA JOVEN QUERÍA SER POETA Y LLEGUÉ A ESCRIBIR TRES POEMARIOS EN GALLEGO: UNO, DONDE EMULABA A LOIS AMADO CARBALLO Y A LORCA, QUE YACE EN EL POLVO DEL OLVIDO EN CASA DE XESÚS ALONSO MONTERO; OTRO, "O PRAIAL DOS AFOGADOS", QUE LE ENVIÉ A LUZ POZO GARZA Y LO PERDÍ PARA SIEMPRE. LO HABÍA ESCRITO CON BOLÍGRAFO BIC NEGRO EN SERVILLETAS DE BAR, Y UN TERCERO, DEL QUE SÓLO EXISTEN DOS COPIAS: UNA DEBE TENERLA GABRIEL SOPEÑA Y OTRA LA ARROJÓ A LA BASURA CON BUEN CRITERIO UN PROFESOR DE LITERATURA DE COMPOSTELA.  "Dirección noche" es el título del nuevo libro de relatos de Cristina Grande, que aparecerá antes de Navidad en Xordica. Cristina había publicado con anterioridad un excelente y fresco libro: "La novia parapente" (PUZ y Xordica), que ha hecho de ella una de las más personales autoras de narraciones breves del país. Cristina Grande tiene una columna dominical en "Heraldo de Huesca", donde ha convertido a su abuela de Lanaja en un personaje que conecta la ficción y la realidad de manera intercambiable. Acaba de rodar un vídeo extenso con ella, centrado en sus recuerdos y en la memoria mítica de Mariano Gavín, "El bandido Cucaracha".  Daniel Gascón (Zaragoza, 1981), el hermano mayor de Aloma, Diego, Jorge y Sara, también tiene un nuevo libro: “El fumador pasivo”. Lo publicará Xordica, la editorial de Chusé Raúl Usón, después del Pilar. “El fumador pasivo” consta de cinco relatos (de él sí puedo decir algo más porque lo he leído): uno es el retrato de un atrabiliario y encantador profesor universitario, visto por un alumno al que le gustan las muchachas italianas y algunas mujeres maduras, y no tanto las clases. Otro es la crónica de un viaje, de un doble viaje en realidad, y de una mudanza que acentúa la complicidad entre un ingeniero y su sobrino. Otro se titula “Los extranjeros” y narra la historia de un grupo de estudiantes en Norwich con una increíble sorpresa de fondo, emparentada con el escritor W.G. Sebald, autor de “Austerlitz” o “Los anillos de Saturno”. Otro relato es la historia de un joven y su novia, en ese instante en que no saben si seguir o dejarse para siempre; buena parte de la acción –que tiene una estructura de pliegues, de vaivén que se parece un poco al amor físico, a las intermitencias del amor a secas- sucede en casa de la novia que tiene alma de campeona olímpica de natación. Esta pieza estaría muy vinculada a su anterior libro:”La edad del pavo” (Xordica, 2001). Y el quinto, dicho así a la brava, como todo lo anterior, cuenta la historia de un joven y su abuelo en un instante tan dramático como tierno en que el hombre maduro se aleja del mundo. El protagonista recrea un complejo panorama de vidas cruzadas y evoca el descubrimiento de los coches, los cuentos o la felicidad junto a ese anciano que fue todo un talento para el carbón vegetal, en la mina, en la caja de una empresa gigantesca de alimentación y en las artes del cariño.  MERCEDES CORRAL. DIRECTORA DE LA CASA DEL TRADUCTOR DE TARAZONA -¿Quién es Mercedes Corral? -He nacido en Madrid y he vivido allí siempre, salvo tres años que estuve en Italia. Me había licenciado en Filología Hispánica, y en Italia aprendí el italiano. Descubrí un libro de Natalia Ginzburg, “Léxico familiar”, y me puse a traducirlo. Le escribí al editor Mario Muchnik. Me dijo que era imposible de traducir. -Se quedaría con un palmo de narices… -Insistí, le envié mi versión y se quedó encantado. Me contestó: “Lo publico”, pero al poco tiempo me dijo que Trieste había adquirido los derechos. Más tarde, lo reeditó Ediciones del Bronce y luego Círculo de Lectores. -¿Qué le atrajo tanto de ese libro? -Me identifiqué con la forma de ser de Ginzburg y con el contexto familiar del que habla. En mi casa somos 12 hermanos. Eso que ella propone acerca de la existencia de un léxico familiar que se va repitiendo, el énfasis que adquieren algunas frases, me resultó muy íntimo y reconocible. En mi casa ocurría algo semejante. -¿Conoció a la gran escritora italiana? -Sí, le hice una larga entrevista. Era una mujer muy difícil de entrevistar, tenía una hija paralítica y era muy silenciosa. Poseía una preciosa casa llena de libros en el Trastévere. Todo ese mundo suyo de alguna manera se esponja en ese libro que es la historia de su familia durante la época de Mussolini. Carmen Martín Gaite, que había traducido “Querido Miguel”, elogió mi labor. Su reseña fue un espaldarazo para mí. -¿Qué ocurrió luego? -Traduje “Las raíces del cielo” de Roman Gary, “El Simplón guiña el ojo al Frejus” de Elio Vittorini, "La historia del buen viejo y la bella muchacha" de Italo Svevo. Y me convertí en una traductora profesional. Ahora, estoy embarcada en un proyecto apasionante para la editorial El Acantilado: la traducción de los cuentos de Dino Buzzatti, el formidable autor de “El desierto de los tártaros”. -¿En qué consiste el placer de la traducción? -Es algo muy personal e intimista: en la traducción me encuentro muy a gusto, como encerrada en un capullo con el autor o la autora, te compenetras con él o con ella, y es un lugar de creación. Un cuarto propio mental. Me gusta tanto este oficio que cuando no lo practico, lo echo de menos. -¿Qué es lo más bonito que le ha ocurrido como traductora? -Traduje una novela de Agnès Desarthe, “Cinco fotos de mi mujer” (Grijalbo). Fue una experiencia increíble. Por las noches notaba que me llamaban el texto y los personajes. No podía dormir. Y tenía que ir a continuar la traducción. Luego supe que Agnès era de ascendencia judía, que estaba vinculada a la cábala y que era una mujer muy misteriosa. -¿Quién o qué la llamó para venir a Tarazona? -Había estado en las Jornadas de Traducción, dando un taller sobre el editor Feltrinelli, y además tengo una abuela zaragozana. Comprobé que aquí se compartían dudas y que se dialogaba mucho. Me encuentro muy identificada con el paisaje, con la gente. Cuando llegué para quedarme tuve la sensación de que Tarazona y el Moncayo me recibían, de que también es mi sitio. Aquí he recuperado el idioma de las estaciones: la belleza del otoño, el invierno crudo, me quedé aislada cinco días por la nieve en Añón… -¿Qué debe ser este centro de las lenguas que dirige? -Un lugar con una relación de familia. Estamos construyendo esa atmósfera: trabajamos, hablamos, discutimos, vemos las películas juntos. Quiero que sea un auténtico hogar de las palabras y los profesionales. La Casa del Traductor de Tarazona puede recibir a cinco personas a la vez, y alrededor de unas 40 ó 50 al año. -El edificio es inadecuado y pequeño. ¿Qué pide? -Necesitaríamos uno en condiciones. Podría ser la Casa del Cinto o la de los Capitanes. Sería maravilloso. Tenemos apoyos institucionales de aquí, aunque nos faltan más becas. Quizá debiéramos establecer nuevos convenios de colaboración con otras comunidades, abrirnos a políticas editoriales con empresas aragonesas y El Acantilado para crear una colección específica nuestra. Estoy entusiasmada con Aragón. -¿Cuál es la labor del traductor? -Es decisiva porque facilita la comunicación entre los países y las lenguas. Ortega dice que el lenguaje está poblado por palabras y silencios, y que los silencios son los secretos que quieren guardar los pueblos. La traducción debería desvelar esos secretos.  Ramón Acín llevaba impresa en el rostro una languidez de gitano. Usaba patillas de bandolero y tenía descarnadas las facciones, angulosas y pétreas. El cabello vuelto hacia atrás le otorgaba un sello de rebeldía, de confrontación permanente contra todo: contra las alamedas y los claustros por donde paseaba, contra los sacerdotes, contra la negra provincia en que medraba. Parecía un desasosegado irremediable que demandaba libertad por las esquinas. Libertad y más aire. Libre vuelo en paz por los recodos y las avenidas. Aunque esa imagen novelesca es engañosa. En el fondo, este creador, este hombre que fue tantos hombres -pintor, pedagogo, político, dibuja |