Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.

JOSÉ LUIS ACÍN CULMINA SU "BRIET"

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José Luis Acín ha dedicado más de medio vida al estudio del Pirineo.Y lo ha hecho sobre el terreno, con la cámara al hombro. Con esa voracidad que poseen quienes desean documentar un accidente geográfico, la filigrana inadvertida de una ermita, la sombra más íntima de un paso clandestino, la majestuosidad del congosto, el espejo transparente de un ibón deshelado. En ese trabajo paciente hay algo de autorretrato: José Luis Acín parece buscarse a sí mismo en el paisaje, en tanta expedición como hace a las cumbres o a los lugares donde reside el embrujo del bosque. Uno de los proyectos más decisivos de su existencia, en el que ha invertido más de una década, es el de repetir aquellos viajes y paseos e instantáneas que realizó el viajero y fotógrafo francés Lucien Briet por los Pirineos entre 1890 y 1911.

En esos 21 años captó paisajes y paisanajes, descubrió un universo que hoy puede antojársenos pintoresco y un tanto lejano. Y todo ello convergió en dos volúmenes, doble volúmenes en realidad: “Bellezas del Alto Aragón” y “Soberbios Pirineos”. El primero fue un libro que él culminó; el segundo, nació de la recuperación póstuma de su obra posterior. En el año 2000, José Luis Acín publicaba en Prames “Tras las huellas de Briet. Bellezas del Alto Aragón”, en el que repetía el viaje de Briet y confrontaba lo que veía y oía ahora con lo que había visto y captado Briet. Aquel libro fue un éxito y recibió premios por su diseño. Ahora, José Luis Acín publica la segunda parte: “Tras las huellas de Briet. Soberbios Pirineos”. El planteamiento es el mismo: en la cabeza de Acín y en el libro dialogan las fotos en blanco y negro de antaño con las suyas de hoy, dialogan los textos. Acín incorpora algunos detalles al contexto general: castillos, dólmenes, bordas, cruces inscritas en las casas, puentes y desfiladeros. Y en su texto mezcla la descripción con fragmentos de historia o de tradiciones populares, y algún leve subrayado sobre la genealogía y los moradores de las casas. E incluso realiza algunas correcciones a los errores del francés, que son varios. El libro, que contiene todo un itinerario, está dividido en siete partes: arranca de la cuenca superior del río Vero con parada en Boltaña y Alquézar; pasa por las gargantas del Flumen y el imponente Salto de Roldán; transita por el desfiladero del Entremón; se regodea en la deslumbrante hermosura de la sierra de Guara (con topónimos cuya sonoridad ya anticipa un mundo: Abizanda, La Val de Onsera, San Úrbez, Alcanadre…); describe el valle de Vio; dedica una parte de la travesía de casi cien páginas a los barrancos y cuevas, y acaba en La Peña Montañesa (Laspuña, San Victorián, La Espelunca…).  

El libro ofrece un facsímil de Briet: “La mole pirenaica del Marboré”. José Luis Acín “lleva el Pirineo impregnado en su piel desde pequeño. Por nacimiento, por herencia y por su voluntad de vivirlo y de sentirlo”, tal  como señala su editor Chusé  Aragüés. Y este libro, exuberante, variado, repleto de curiosidades y de esfuerzo, es un nuevo ejemplo de ello. Y es, conviene recordarlo, un libro en dos: dos aventuras paralelas con un siglo de diferencia.

*La plaza de Alquézar, captada por Lucien Briet en 1911. 

 

03/12/2006 01:18 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

MANUEL PERTEGAZ: ORDEN, ELEGANCIA Y ESTÉTICA

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Es bien sabido que Teruel, lejana y sola, es tierra de iconoclastas: ahí están Miguel de Molinos de Muniesa; Francisco Loscos, botánico de Samper de Calanda y farmacéutico de Castelserás; Luis Buñuel de Calanda, por no recordar a Miguel Juan Pellicer, célebre por la resurrección de su pierna, muerta y enterrada, y luego abandonado por todos; Segundo de Chomón de Teruel. Y entre ellos también podría figurar Manuel Pertegaz, creador de moda, natural de Olba. Allí nació en 1919; dicen que jamás se ha olvidado de esa localidad que ya lo ha nombrado Hijo Predilecto.        

Si la infancia es ese tiempo mágico, casi siempre paradisiaco, al que retornamos desde cualquier punto del universo, es lógico que el menudo y tímido Pertegaz tuviese en su memoria la villa turolense. Residió en Olba hasta los diez años, en que se marchó a Barcelona. A los doce ya trabajaba en una sastrería y pronto haría su primer diseño, que estrenó una amiga en una fiesta principal. Su carrera, al menos contemplada ahora, fue vertiginosa: en 1942 inauguró su primera casa de moda en Barcelona. Su ídolo entonces era Balenciaga y su esplendor inicial, porque no ha cesado hasta ahora mismo su prestigio, coincidió con el de Pedro Rodríguez. A Pertegaz le gusta decir, medio en broma, medio en serio, que mientras Rodríguez inventó la mujer pantera, él creó la mujer cisne. ¿En qué consistía exactamente? Uno de los logros más importantes de Pertegaz ha sido el de aristocratizar la confección, conferirle glamour, buscar la belleza visual, la suavidad de las formas como si de una foto de Cecil Beaton se tratase. Y con la mujer cisne lo consiguió: mujeres de cuello esbelto, cintura y tobillos finos, de escaso busto y trasero hermoso pero no exuberante --Pertegaz le confesó a la periodista Ima Sanchís que les rogaba a sus propios modelos: "No saquéis pecho ni pompis"--, que acababan tranformándose en cisnes.

Una de sus criaturas preferidas debió ser Audrey Hepburn, cisne, garza, ninfa o encarnación de todas las aves ideales, el arcángel femenino del cine y del siglo de asombroso esqueleto y miembros airosos, candorosa y refinada, a la que casi todo le sentaba bien. Reveló Pertegaz una anécdota curiosa de la intérprete de Sabrina, Dos en la carretera y Desayuno en Tiffany's: era profundamente coqueta e insegura, una vez que se había puesto el traje, de inmediato se miraba al espejo para alisar el flequillo.        

El éxito de Pertegaz fue apabullante, tanto en España, donde contaba con dos talleres, en Madrid y Barcelona, con más de 700 empleados, como en el extranjero. Tras fundar en 1948 unos desfiles de moda en Madrid, salió a Estados Unidos en 1954, donde recibió el Óscar de la Moda en Harvard. Realizaba hasta cuatro colecciones al año y exportaba sus tejidos y diseños a medio mundo: Inglaterra, Suiza o toda América del norte. En el fondo, intuía el carácter fugaz de la moda y seguramente suscribiría estas palabras de Coco Chanel: "Un vestido no es ni una tragedia ni un cuadro; es una encantadora y efímera creación, no una obra de arte eterna. La vida tiene que morir, y deprisa, para que el comercio pueda vivir".         

Su casa era de las más visitadas, por actrices, aristócratas y mujeres del espectáculo. Y entre ellas Ava Gardner, a quien vistió en los últimos tiempos. Pertegaz ha dicho que carecía de complejos, que era la mujer soñada por cualquier modisto. Y esta visión también coincide con la que tenía el dramaturgo y cineasta Edgar Neville. Ava Gardner, a mediados de los 50 en España, era capaz de beber todo el whisky posible e imposible, y al final, inesperadamente, solicitaba una botella de Anís del mono. Eso sí, como cuando fuese a la habitación de su hotel no estuviese el bar lleno, montaba en cólera. Sin embargo, si recibía una llamada para una película, tres o cuatro semanas antes se marchaba a Estados Unidos y comenzaba a someterse a una dieta estricta y practicaba tenis y natación hasta que recuperaba el peso y su esplendente beldad. Edgar Neville le confesaba al oscense Pepín Bello: "Era increíble. Poseía una máquina perfecta".   

       Manuel Pertegaz también sucumbió ante la clase y la sencillez de Jacqueline Kennedy. Al parecer en Francia, en el humilde establecimiento Chez Ninot, dos jóvenes diseñadoras copiaban sus modelos con la autorización del aragonés, hasta que por fin Jacqueline prefirió al sastre original, que le seguía haciendo prendas simples que a ella le sentaban impecablemente. Una de las frases más polémicas, o más famosas, de Pertegaz fue: "Para ser elegante hay que ser rico". Le costó disgustos y críticas, pero insiste en ello, sin rechazar la apostura natural de sus modelos: "Lo bueno suele costar". La sentencia no está demasiado lejos de las ideas de Coco Chanel acerca del dinero y la moda. En El aire de Chanel, le confesaba al poeta y narrador Paul Morand: "Quiero decir esto a las mujeres: no os caséis nunca con un hombre tacaño". La declaración es del invierno de 1941 en Saint--Moritz y muy distinta la época a la de ahora. Por cierto que Coco Chanel no le causó buena impresión a Pertegaz: iba embadurnada de colorete hasta las orejas y se teñía el pelo de negro azabache. Tampoco le deslumbró el vanidoso Christian Dior, aunque tal vez coincida con él en que ambos son los forjadores de un lujo discreto y apostaron por la revitalización sutil de la feminidad.       
 

  Pertegaz se ha confesado tímido, indeciso con las mujeres, volcado en el taller, y amante del orden y la estética. Vive rodeado de dos pastores alemanes y cree que su oficio está emparentado con el alma de la poesía, que es --como la moda: el tejido, su textura, el color y sus melodías, la línea o corte-- uno de los alimentos esenciales del gusto y la sensibilidad. Cuando se casó Letizia Ortiz pensó en él para que le diseñase su vestido de boda: Manuel Pertegaz ahí sigue, vivo, soñando la belleza, buscando nuevos cuerpos que le evoquen la perfección del cisne.

 

03/12/2006 01:40 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DIÁLOGO CON JOSÉ IRANZO, EL PASTOR DE ANDORRA

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[En 1999, acompañado de José Luis Melero, fui a entrevistar al Ventorrillo a José Iranzo, 'El pastor de Andorra'. Tras el éxito que han tenido los dos volúmenes de "La Jota. Ayer y hoy", publicados por Prames con textos de Pepe Melero y Javier Barreiro, entre otros, y las voces de Nacho del Río y Beatriz Bernad,meparecía oportuno recuperar esta entrevista, que rinde homenaje a José Oto, estamos en el centenario de su nacimiento, a Jesús Gracia, a toda la familia de la jota. La entrevista no tiene desperdicio: tiene algo de surrealismo cotidiano. La he encontrado en un ordenador viejo, y formará parte de un libro de conversaciones con aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados del siglo XX que aparecerá en 2007. Creo]

"La jota es el alma de Aragón"  
Cae una dura tormenta sobre el desierto del Ventorrillo, en las afueras de Andorra. El aguacero se mezcla con la niebla; dos perros pasean la lluvia en su piel de lobo y atemorizan al forastero que se acerca a la masada de El Saso. Nos acompaña el escritor y bibliófilo José Luis Melero, quien, para nuestro asombro, domina a la perfección los estilos de jota, memoriza a todos los cantadores y sentía un interés especial por conocer a José Iranzo en su ambiente. Melero, desde los quince años, asiste al Festival de Jota del Pilar y estaba en el Teatro Principal aquel remoto ocho de octubre de 1974 en que José se alzó con el Premio Extraordinario.        
--No creí que fueran a venir con este temporal --dice José.

        
--¿De qué lado oye mejor?
        
--De los dos.

--Muy bien. Empecemos...        
--Éramos cuatro hermanos. En el año 18 sobrevino la peste de la gripe y mi padre, un hermano de 24 años y otro de nueve se murieron los tres en seis días. Nos quedamos mi otro hermano, Martín, de quince, mi madre y yo, con dos años y medio. Teníamos un rebaño de cabras que tuvimos que vender, menos una cabra, y un par de machos. Mi madre y mi hermano se iban a comprar con los animales a Andorra y me dejaban aquí, pero a lo mejor había tronada y se quedaban en el pueblo. A mí me habían dejado en el pajar; había una balsa cerca y para que no me ensopara o no me ahogase, me quedaba encerrado hasta que volvían. Por las rendijas de la cancela, yo miraba a lo lejos el camino que bajaba, y creía ver sus bultos, "ya vienen, ya vienen", decía, pero no eran ellos: eran unas sabinas que nunca acababan de venir y en cambio sí llegaba la noche. Tenía miedo y me enganchaba a llorar. Algunas veces pasaba una culebra por delante de mí. Mi madre me dejaba una jarra de leche de cabra, y si era tiempo de vendimia, unos racimos de uva y pan. Tenía una gata que me hacía compañía: blanca y con pintas negras. Cuando volvían por fin me daba una inmensa alegría.

         --¿Por qué no lo llevaba consigo su madre?        
--Porque daba mucha murga. A veces iba con los machos, pero no siempre. ¡No me iba a llevar al hombro! Dormía solo en el pajar. Pasaba mucho miedo: me enganchaba a llorar y al final, aborrecido, me cansaba y paraba. Me he preguntado si esta voz que tengo viene de aquellos lloros: ah, ahh, ahhh, ay, ayyy, ayyyyy...
   
     

El Pastor de Andorra entona unos agudos y desgarradores que mueven a lástima a quien los oye. La estancia tiembla, no sabemos si por el eco o de pena. Pascuala, su mujer, acude alarmada desde la cocina.
        
--Ah, ahh, ahhh, ay, ayyy, ayyyyy... A lo mejor así se me hizo el pulmón más ancho. No se lo he preguntado nunca a nadie. Cuando había vecinos me dejaban suelto. Yo tetaba de la cabra directamente. Mi madre me parió mayor, tendría ya 50 años y supongo que muy poca leche. La cabra de vez en cuando se me burlaba y yo llamaba a una vecina joven: "Máxima, ven a cogerme la cabra. Máximaaaa".
        
José Iranzo emula ahora la voz aguda y chirriante del niño que fue. Este hombre, bueno a carta cabal y nada envidioso, ya lo verán, no sabe que esconde un humorista.
        
        
--¿Fue a la escuela?
        
--Dos o tres semanas, pero no aprendí nada. Fui a la escuela después, en el ejército, tras la Guerra Civil. Estuve trece meses con los republicanos y luego con los nacionales. Llamaron a todos los analfabetos; salí yo y un tal Francisco Lahoz de Lécera, otros no se atrevieron. Allí nos enseñaron a leer y escribir, a sacar cuentas y multiplicar. Multiplicábamos como Dios. Nos ponían unos problemas de rebaños de ovejas y de cabras que daban gozo. Al final, yo escribía las cartas a las novias de los soldados. Me dejaban poner lo que quisiera, las enamoraba por carta.

         --Hemos leído que a los ocho años se hizo pastor para otros.        
--O con diez. No lo sé. Me puse a guardar corderos para Tío Martín el Moreno, de Andorra; luego para dos hermanos, Los Lindos, y luego para Tío Manuel el Gordico. La vida del pastor es muy esclava.
  
      

         --¿Por qué es tan esclava?
        
--Te levantas, vas a dar una vuelta, miras las hembras que han parido: ésta, uno o dos; aquélla, lo mismo. Hay que poner aparte las crías. Almuerzas, las arreglas; preparas la merienda: tortilla, un taco de jamón o de queso, pan, la bota de vino. Y luego sales con el ganado y los perros. De repente, va a haber tronada. Calculas mal la nube y a lo mejor no te deja llegar a la paridera, y entonces regresas todo empapado. Y así siempre, en esto no hay domingos ni nada. Siempre hay que estar en el campo. Mi primer rebaño lo compré después de la mili, cuando ya estaba casado.
                 

--¿Cuándo empezó a cantar?
        
--En un pinar donde estuve tres años, casi siempre solo, yo tendría doce. Los dueños acudían y a lo mejor echaban una semana. Me las arreglaba como podía. Mientras cocinaba o hacía la cena, y se cocían las judías secas con una patata, me ponía a cantar sin ton ni son, como un lobo o con espíritu de lobo. A lo mejor entonaba para espantar el miedo aquello de "Tengo un hermano en el tercio // y el otro en regulares..." Eso sí, cantaba a mi manera. A mi manera.
    
    

         --Siempre insiste mucho en eso de "a mi manera". ¿Qué quiere decir?
        
--Hombre, yo soy un cantante aficionado. No sé música, no soy académico. Me doy cuenta de que no he aprendido a cantar bien, que me falta mucho. Mucho. Y a pesar de eso me han hecho aprecio en todos los sitios: me ha ido tan bien como al primero, pero una cosa no quita la otra. He actuado con todos los cantadores, pero he oído a muchos mejores que yo.
         

--¿Quién era mejor que usted?
        
--Muchísimos. José Oto: sabía más que yo y tenía mejor voz. Y además era un hombre buenísimo, de primera. Te ayudaba en un recital: una vez yo me puse a cantar hacia el viento y me quedé casi sin voz, y él me dijo: "Ponte hacia la derecha", y recuperé toda mi fuerza. Era bonachón, un poco borrachín o aficionado a beber, desde por la mañana estaba en la taberna, pero nunca dejaba pagar. Cobraba mil pesetas por concierto. Hemos compartido habitación, no cama, eh. Y también era mejor su novia Felisa Galé, y Juan Antonio Gracia, de Nuez, Joaquín Numancia, Antonio Royo El chato de Casablanca, o Jesús Gracia. Los dos salimos juntos, es un cantante soberbio, ha estudiado mucho, canta mejor que yo, así de claro lo digo, y también Conchita Pueyo y Pascuala Perié.
         
        
--¿No fue ella quién le enseñó los estilos de jota?
        
--Sí. Y qué historias.
         

Se zambulle El Pastor de Andorra en el principio de la posguerra. El cielo, en estas soledades que se alargan sin horizonte, revienta en estruendos, el temporal sigue golpeando en la tarde de junio. El cuarto es angosto y sombrío. En las paredes cuelgan retratos del cantador, tapices y una foto medallón de John Kennedy, datada en 1963. "Me la regaló su hermano Robert, ante quien canté en la Feria de Nueva York". La entrevista está salpicada de cantas: si José recuerda una anécdota, de inmediato la ilustra con una jota. José Luis Melero, embelesado, le dice: "¡Qué torrente de voz! Es impresionante todavía. Es usted un prodigio de la naturaleza". Pascuala apunta que su José tiene 84 años. El Pastor sabrá devolverle el halago al visitante inesperado cuando ambos entonan La palomica, la canción que le ha hecho famoso y que siempre le piden: "Qué bien canta usted. Lo hace mucho mejor que yo. Lástima que no tenga más voz". Inmerso ya en las encrucijadas del tiempo ido y de la nostalgia, es el momento de Pascuala Perié. A Iranzo, durante la mili, lo oyó cantar un oficial que, estremecido como debe estarlo ahora Pepe Melero, le dio dos duros y le dijo si podía repetir eso ante los demás oficiales. Así lo hizo. Y también en un bar del Arrabal que se llenaba hasta la bandera cada vez que él cantaba. Le daban quince pesetas por tarde. El sargento le dijo que tenía que ir a clases y el sastre Lapeña, que era guitarrista de jota, le recomendó el magisterio de Pascuala Perié.
        
--Fui a su casa del Barrio Verde con un amigo y en cuanto llegamos, oímos cantar a alguien con una voz... ¡Qué voz, madre mía! Me acobardé y le dije al amigo que me acompañaba: "Vámonos de aquí". Pero el otro insistió: "Tira para arriba". Estaba allí María Pilar Lasheras, una chica de Movera que cantaba extraordinariamente. Yo ya me convencí de que aquello no podía ser. Cuando todos se fueron, Pascuala Perié dijo: "Que cante el militar". Enganché a cantar y todos se pusieron a reír y a llorar de la risa. A los músicos la guitarra se les caía de las manos. Pascula comentó: "Tienes una voz muy grande, pero muy desentonada". Yo era un salvaje: temblaba el piso. "Esto va a ser difícil, niño", dijo la Perié. "Perdone por esto, señora. Paco, vámonos". Me pidió que cantase otra jota, y ya lo hice un poco mejor. "¿Tienes interés en cantar?". "Sí, claro que sí". "Si tienes interés, has de cantar mucho". Luego me preguntó si tenía las tardes libres, las tenía, y me dijo que me iba a dar clases todos los días, pero que tendría que pagarle el doble, 40 pesetas. El sargento aseguró que me pagaría él el primer mes. Cuando la Perié se enteró de que cantaba en un bar, me dijo que debía dejarlo, que así se estropeaba la voz. Al poco tiempo, me presentó en el Teatro Principal con José Otro y con Juan Antonio Gracia, de Nuez.
         

--¡Nada menos! Debutó con los mejores y en el mejor escenario.
        
--Sí, sí. Recuerdo que moví mucho al público. Después me llamó el empresario y me dio 100 pesetas. Estaba tan emocionado que con los aplausos ya me sentía pagado.
   
     

         --Pascuala lo contrató y se fue a Madrid con Oto, Felisa Galé, Conchita Pueyo, Tomás Marco, y les acompañó la rondalla de Florencio Santamaría. Y en 1943 ganó el premio del Certamen Oficial de Jota.
        
--Cuando lo anunciaron me quedé tan blanco como una pared. No me lo podía creer. Recibí cien duros, nunca los había tenido en la mano. Al final, salí por la puerta con el diploma y el dinero, y la madre de Jesús Gracia me dijo: "Mi chico ha cantado mucho mejor que tú...". Le respondí con sinceridad: "Sí, señora, tiene razón, ha cantado mejor, pero a mí me han dado el premio y he tenido que cogerlo".
         

--¿Cuándo empezó a llamarse El Pastor de Andorra?
        
--A raíz de una actuación ante el ministro Ibáñez Martín en el parador de Utrillas. Acababa de inaugurarse la radio y anunció que un pastor de cabras iba a cantarle junto al gran jotero Joaquín Peribáñez, de Monreal. Canté: "España tiene un ministro// y todo el mundo habla de él: // El ministro es de Valbona // y Valbona es de Teruel". Me pagaron mil pesetas y a Pascuala, mi mujer, se le pusieron los ojos grandes como platos. Me dijeron que si quería un puesto en la Diputación de Teruel me lo daban, pero yo tenía mis cabras.

         --Usted y Pascuala han vivido una gran historia de amor. ¿Le importaría contarla una vez más?        
--Ella era muy maja, vivía aquí en el Ventorrillo. Me gustaba con locura, la verdad, pero yo sabía que ella era más guapa y más inteligente que yo, que sabía más de todo. Un día le dije a su hermano José que le hablaría a la Pascuala, pero como sabía que me iba a decir que no, para qué perder el tiempo. El se lo dijo a su madre y ésta me hizo llamar. "¿Tú quieres a la Pascuala?". "Claro que la quiero, pero cómo va a quererme ella a mí, tan poca cosa, tan feo, con esta nariz y un pobre pastor". Ella dijo: "Pascuala te quiere, te va a querer, te querrá sí". Así empezó todo: fuimos al baile, la llené de pisotones porque bailaba fatal, iba a verla y nos hicimos novios. Mis amigos me decían con algo de envidia: "¿Es ésa tu novia?". "Mi novia es, sí, me cago en la costera". Tenía un pelo tan majo, era pequeña, simpática. Tenía unos ojos que hablaban y estaba loco de amor, loco de amor, y loco de amor sigo por ella. Si volviera a casarme no la encontraría mejor. Nunca hemos estado enfermos, ni un sólo día en la cama. Nada le viene mal. Tiene mucho más genio que yo, pero no ha conseguido que me enfade ni una sola vez desde que vivimos juntos.
         

A partir de entonces todo ha venido rodado. Se acrecentó su fama y lo llamaban de Albalate del Arzobispo, Andorra, Híjar, Ariño, donde le pagaban entre 200 y 300 pesetas; de Calanda (ya 500). En Teruel inventaron un premio Extraordinario de mil pesetas para reconocer su talento natural. Pascuala, en medio de la trilla, lo recibió al grito de "esto va estupendamente, José". Cuando ya poseían dos o tres corralas de animales, llegó una carta de Coros y Danzas de la Sección Femenina donde le invitaban a ir cuatro meses a viajar por Europa: Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. Antes de contestar, pensó que dejaba en casa a su mujer, a sus hijos José Luis y Pascuala, y dijo que no. Su cuñado lo llamó "escojonado". Y allá se fue a cosechar éxitos, aplausos, amigos y anécdotas más o menos memorables.
        
--Ensayábamos todas las mañanas y actuábamos por la tarde. Yo apenas salía del hotel: del hotel al ensayo y del ensayo al hotel. No conocía las ciudades. Salía por una manzana, pero con cuidado para no perderme. En Düsseldorf no querían dejarme cantar porque un pastor no podía hacerlo. Cuando se enteraron de que yo no era cura, sino pastor de cabras, me colocaron el micrófono y me pidieron que me acercase. Al primer grito se rompió la aguja. Luego estuve tres meses en Cuba, la gente no quería irse del teatro, deseaba que yo siguiese cantando, y también estuve en Estados Unidos o en México. En Marruecos, canté para Hassán II en su palacio de Fez. Entramos de la mano de dos en dos, como novios, y vimos a sus 40 mujeres.
        
No ha parado. Insiste: "La jota es el alma de Aragón, y también mi vida, igual que el ganado". Es autodidacto: allá donde va recoge estilos olvidados. En Alcorisa, en Berge, en Aliaga, en cualquier parte. La emoción siempre va con él y siempre la derrama. En 1974, decidió competir por el Premio Extraordinario del Certamen Oficial de Jota. Y conquistó más prestigio y dos mil duros. Este hombre que no compite con nadie, salvo con las tercas tormentas, ha ganado siempre. Por eso es rabiosamente feliz, y para probarlo se atreve a cantar al alimón con el entusiasta Melero: "Pascuala de mis amores // asómate a la ventana // y verán salir el sol // tus ojos, que son dos soles".
          

--¿Canta a solas en el monte?
        
--Nadie me ha oído cantar nunca porque no quiero molestar ni intimidar a un campesino en su faena. Sólo canto en los barrancos o en las vaguadas. Es decir, si canto es que no veo a nadie.
        
        
--¿Qué les dice usted a los que acusan a la jota de ser antigua, de no haber evolucionado, de ser un canto reaccionario?
        
--Vamos a ver: ¿Qué canta Julio Iglesias? Sus mejores canciones, lo que le pide la gente. Y con las jotas ocurre lo mismo: las buenas se piden siempre. Los estilos son siempre los mismos, salvo algunos que hemos ido sacando nuevos o recuperando. La palomica es una jota de pastores, yo no pensaba que era tan buena, pero su éxito, igual que ocurrió con Las cerezas, y su secreto radica en esa media voz.
         

--Sigo. ¿Cuál es el secreto para que la jota emocione tanto?
        
--Poner el alma cantando, hombre. Cantar con alma. Con alegría. La jota es un canto alegre del todo. ¡Qué sería de Aragón sin jota! No fastidie. Imagínese Andalucía sin el flamenco, que ni lo canten ni lo bailen, o Galicia sin la muiñeira. La jota es para siempre, si la perdemos, lo perdemos todo.
         

--A usted también le ha gustado mucho rondar.
        
--La jota en la calle da mucho gusto. Y creo que soy un rondador generoso. Me encanta. Recuerdo que una vez en Ariño, los mozos me dijeron que había un muchacha muy enferma. Le empezamos a cantar, se asomó al balcón y se puso a llorar como una Magdalena. Al cabo de un tiempo me encontraba yo en Nimes, y vino a saludarme una mujer. Me dijo su nombre y me recordó que le había cantado en Ariño. Desde aquel día, empezó a curarse. Aquella jota fue como un milagro. ¿Me ha entendido? Y en Teruel hace poco me puse a cantar La palomica, y de repente vino una paloma se me posó encima del pañuelo y allí se quedó. Todos pensaban que yo llevaba al animal en el bolsillo.

         --¿Le gustan otros intérpretes?        
--Plácido Domingo, Alfredo Kraus, me gusta la buena música, pero no el rock. Me parece bien que exista pero yo no le saco ningún jugo.

         --¿Qué significó para usted el Premio Aragón?        
--Algo que no me esperaba. Si se lo hubieran dado a un escritor, a un pintor, a un torero, a alguien de fama no me hubiera sorprendido. Me dio mucha alegría y le estoy agradecido al gobierno. Aragón me ha tratado muy bien: me han dedicado calles, bustos y homenajes en toda mi provincia. ¿Qué más puedo pedir?

         --¿Cómo le gustaría que lo recordasen?        
--Nací pobre, gané más dinero con los rebaños que con la jota, ahora tengo siete perros, así que me gustaría que me recordasen como lo que soy: un pastor.
 

03/12/2006 12:59 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

CONSULTA A LOS EXPERTOS DEL BLOG

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Envío este mensaje de náufrago o de tonto informático:

 

-¿Qué hay que hacer en blogia para que al pasar un texto que has escrito en word, justificado, con un tipo de letra y un interlineado, no se deshaga el formato cuando lo publicas en tu página? A mí siempre me lo descuajeringa y me obliga a corregirlo: ahora, no sólo lo des-justifica, sino que le cambia el interlineado-

 

Mil gracias.

 

[Ilustro la pregunta con una de mis fotos favoritas: la máquina de escribir de Juan Rulfo].

03/12/2006 13:21 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

DOS POEMAS DE NACHO TAJAHUERCE

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EL RUSO

Cómo no me va a sorprender que me digas
Que sólo lees autores rusos
Que Dostoievski o Chejov valen más
Que todos los Cervantes juntos,
Que más de ciento cuarenta relatos de Pushkin
Han pasado por tus ojosY que no soportas a tu mujer
Por ser católica.
Cómo no me va a sorprender que
Me digas todo esto a mí, que
No me conoces nada, queTan sólo te he ayudado a encontrar
Un libro de Rilke (que por cierto,
No es ruso). 

Como no me va a sorprender todo esto,
Aunque lo compara,
Sobre todo lo de  tu mujer. 

CULTURA 

Cultura es una puta de cabaret
Que todos nos deberíamos haber ido tirando
Hasta que nos hiciera llegar al orgasmo.
¡Con lo bien que lo hacía! 

Antes solías encontrarla en las bibliotecas,
En determinados bares y tabernas,
Incluso en cines, teatros y conciertos. 

Últimamente cuentan que la han visto por las iglesias
Yendo al confesionario.
Se ha vuelto casta y viste
De luto riguroso. 

[El joven poeta Nacho Tajahuerce acaba de publica el poemario “Deshielo” en la editorial Eclipsados, que dirige el poeta y narrador Nacho Escuín Borao. El libro se presentaba el pasado sábado en la sala Desafinado.Ilustro estos dos textos con una preciosa foto de Billie Holliday de Herman Leonard, de quien se acaba de publicar, en Electa, un formidable libro que se titula: "Tras la escena.La fotografía de Herman Leonard, con prólogo de Quincy Jones. Esta semana he adquirido dos fabulosos libros de fotografía, éste, y uno de retratos de Juan Manuel Díaz Burgos.]

03/12/2006 15:22 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

MIGUEL ÁNGEL LAMATA EN LA BUENA ESTRELLA

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[Ayer por la tarde, antes del partido del Real Zaragoza fui a  ver la película "Isi-Disi" de Miguel Ángel Lamata. Es una película de risas y de amor, de trasfondo romántico con  un punto gamberro y paródico. Empieza la película y ya salen dos actores aragoneses: Mayte Navales y Pedro Rebollo. La película se deja ver con gusto y no paras de reírte. Lamata cree en lo que hace, se siente libre, añade muchos guiños modernos y macarras, y la gente no para de reírse en todo el tiempo. La vi con Daniel y con la diseñadora de joyas y profesora Pippi Tetley, que no paró de reírse en todo el rato. Soy un admirador incondicional de Lamata, por su sentido del humor, su generosidad, su aprecio a los suyos, su ausencia de complejos y su atrevimiento constante]. 


MIGUEL ÁNGEL LAMATA

EN “LA BUENA ESTRELLA”
 EL CICLO DE COLOQUIOS "LA BUENA ESTRELLA" CELEBRA LA PRESENCIA DE SU INVITADO NÚMERO CIEN

Hoy lunes 4 de diciembre, con la presencia del director zaragozano Miguel Ángel Lamata y los intérpretes Florentino Fernández y Kira Miró, el ciclo de coloquios "La buena estrella" recibe a su invitado número 100.

El ciclo "La buena estrella" está organizado por el Vicerrectorado de Proyección Social y Cultural y Relaciones Institucionales de la Universidad de Zaragoza y su coordinador es el escritor, periodista y profesor de la Universidad Luis Alegre.

El ciclo pretende acercar a la Universidad de Zaragoza a personajes del cine español que acuden a charlar sobre las películas que acaban de estrenar y sobre ellos mismos. Se trata de una experiencia insólita en la universidad española.
La Universidad de Zaragoza es la única que, de esta forma sistemática, dedica este tipo de atención al cine español más reciente y a sus protagonistas.

"La buena estrella" nació en abril de 2002 como heredero de otro ciclo similar, llamado "Yo confieso". El "Yo confieso" se celebró entre 1996 y 1999 y recibió más de 80 invitados. Fue organizado por el Ayuntamiento de Zaragoza y, desde 1997, los coloquios se desarrollaron también en las aulas de la Universidad.

Desde abril de 2002, "La buena estrella" ha organizado 53 sesiones de coloquios en las que, hasta la protagonizada por el escritor cinematográfico Diego Galán el pasado 15 de noviembre, habían participado 98 invitados diferentes. De esa manera, la sesión del 4 de diciembre, en la que intervienen dos invitados inéditos en el ciclo, los actores Kira Miró y Florentino Fernández, supone la presencia de los invitados 99 y 100. Miguel Ángel Lamata ya había participado en el ciclo, en compañía de Santiago Segura, con ocasión de la presentación de su primer largometraje "Una de zombies". En esta ocasión Miguel Ángel Lamata, acompañado de sus actores, charlará sobre "Isi&Disi II: alto voltaje", la secuela de "Isi&Disi", uno de los grandes éxitos del cine español de los últimos años. La película de Lamata, en el tono de comedia de "humor salvaje" tan querido a su director, sigue las peripecias de Isi y Disi, los dos aficionados al heavy metal de Leganés que, en esta ocasión, se enfrentan a la mafia discográfica, a una asesina adiestrada para matarles y a un montón de bandas de rock rivales


La relación de invitados que, desde abril de 2002, han intervenido en "La buena estrella" es la siguiente:


Directores.

Luis García Berlanga
Fernando Trueba
Álex de la Iglesia
Vicente Aranda
Bigas Luna
Fernando León
Montxo Armendáriz
Santiago Segura
José Luis García Sánchez
Fernando Colomo
David Trueba
Isabel Coixet
Gracia Querejeta
Manuel Gómez Pereira
David Serrano
Gerardo Herrero
Felipe Vega
Eduard Cortés
Daniel Cebrián
Miguel Ángel Lamata
Joaquín Oristrell
Enrique Urbizu
Oscar Aibar
Jordi Mollá
Jesús Bonilla
Antón Reixa
Manolo Matji
Manuel Martín Cuenca
Pablo Carbonell
Carlos Iglesias
Josetxo San Mateo
Javier Balaguer
Benito Zambrano
Ángeles González Sinde
Manuel Martín Cuenca
Joaquín Trincado
Santiago Tabernero
Pablo Malo
Miguel Albaladejo
Manuel Iborra

Intérpretes.

Javier Bardem
Alfredo Landa
Charo López
Eduardo Noriega
Antonio Resines
Emma Suárez
Verónica Forqué
Guillermo Toledo
María Valverde
Jorge Sanz
Fernando Tejero
Unax Ugalde
Gabino Diego
Santi Millán
Juan Luis Galiardo
María Barranco
Pilar López de Ayala
Candela Peña
Verónica Sánchez
Alejo Sauras
Pilar Bardem
Verónica Echegui
Sancho Gracia
Emilio Gutiérrez Caba
Marta Etura
Junio Valverde
Ramón Fontseré
Hugo Silva
Betiana Blum
Eduardo Gómez
Nathalie Poza
José Luis García Pérez
Juan Carlos Vellido
Tristán Ulloa
Zay Nuba
Juan Sanz
Alex González
Jordi Vilches
Javier Veiga
Iñaki Guevara
Bárbara Lennie
Alberto Sanjuán
Imanol Arias

Guionistas, productores, escritores...

Rafael Azcona
José Ángel Esteban
Carlos López
Pedro Costa
Puy Oria
Eva Mugururen
Agustín Tena
Manuel Hidalgo
Román Gubern
Diego Galán
Boris Izaguirre
Juan Carlos Delgado ("El Pera")
Gaizka Urresti
Javier Krahe
Carmen Chaves

*En el fotograma vemos a Kira Miró (la chica guapa de la película; hay otras como Pilar Rubio, espléndida, y Mayte Navales, que gana en belleza a medida que avanza la película), Santiago Segura de espaldas y Miguel Ángel Lamata.



04/12/2006 10:59 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA SARA EL DÍA QUE CUMPLIÓ OCHO AÑOS

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Sarita, mi hija menor, cumplió ayer ocho años, aunque celebró su cumpleaños el pasado sábado con más de una veintena de amigos y amigas. Fue una fiesta estupenda; cuatro o cinco montones de globos diseminados indicaban el camino a nuestra casa. Anoche, tras la derrota inesperada del Real Zaragoza, se agitaban como apariciones de color bajo la luz de nardo de la luna. Y aún siguen ahí. Sara Sarita dijo que quería, de regalo, lo de siempre: L I B R O S, y la paga: cinco euros por lo menos. La noche del sábado se quedaron a dormir en casa cinco niñas (Anne, Claudia, Mar, María y Marta), se acostaron a las tres de la mañana, pero antes utilizaron el vestíbulo para hacer una coreografía de cuatro o cinco minutos con motivo de la serie “Rebeldes”. Con sus primas Isabel y María de maestras de ceremonias, que acarician la adolescencia y despiertan encendidas pasiones, bordaron su actuación. Fue su memorable noche, sin duda. 

Esta mañana he leído tres los libros álbumes que ha recibido Sarita. “Un poema para curar a los peces”(Kókinos) de Jean-Pierre Siméon y Olivier Tallec, que es una historia fantástica y a la vez cotidiana en torno a la enfermedad de un pez, llamado León, al que sólo le puede curar con un poema. Su dueño inicia la búsqueda de un poema, del significado de la palabra poema, y resuelve perfectamente esta pieza que tiene, por su magia espontánea, por su delicadeza y por su lirismo exacto, un increíble hechizo. Las  ilustraciones son realmente hermosas, de un expresionismo amable y de un radiante colorido.

En su instante más decisivo dice:
 
Un poema
Es como llevar el cielo en la boca.
Es como el pan recién hecho,
El gusto que queda en la boca
Después de comerlo. 

Un poema
Es escuchar el latido
Del corazón de las piedras.
Es cuando las palabras quieren volar.
Es un canto desde la prisión. 

Un poema
Pone las palabras al revés
Y ¡ale hop! el mundo es nuevo. 

Todo el conjunto es seductor y una invitación constante a soñar. Incluso hay una ballena invertida (puesta del revés. Desconozco la belleza de su canto y sus hábitos sexuales…), y justo el día en que presento mi libro “Golpes de mar” (maravilloso el detalle de Mariano Gistaín en gistaín.net), no deja de ser una coincidencia. Una versión previa de este volumen en gallego se tituló “Vida e morte das baleas” (Espiral Maior, 1997). 

Hace no demasiado tiempo, Daniel Nesquens publicaba “El sombrero volador”, con ilustraciones de Elisa Arguilé, y también la que es por ahora su obra maestra, “Mi familia”, también con unas ilustraciones espléndidas de Elisa. Ahora acaba de aparecer “Papá tiene un sombrero” (Anaya, 2006), con ilustraciones de Jesús Cisneros, que se desliza en ocasiones hacia el collage y la pasión por los objetos. El libro es de carácter fantástico y narra los prodigios del sombrero del padre del niño que cuenta la historia. De ese sombrero puede salir casi todo: un ramo de flores, un oso que bien podría llamarse Crocanti y que quiere jugar al tenis, un fotógrafo ambulante que trabajó en un circo, un tal señor Bird, que era capaz de dar un brinco y sentarse en la luna… Nesquens, con su imaginación surrealista, con su capacidad de observación y su inclinación al posible disparate, vuelve a ofrecer un estupendo libro, tan libre y caprichoso como los suyos. Daniel tuvo el bello gesto de dedicárselo a Sarita. Y no es el primero. 

Eva Cosculluela, esa pareja de fantasía en el libro y en Los Portadores de Sueños con Félix, le regaló a Sara Sarita un libro excepcional: “Cyrano”, inspirado en la historia romántica y desesperada de Edmond Rostand, narrado aquí por Taï-Marc Le Thanh e ilustrado bellamente, con esa opción orientalista dominada por las variedades y sutilezas del rojo, por Rébecca Dautremer. El libro resume una parte de la historia de Roxanna, tan inteligente como bella, de Christian (“Christian era muy tonto. Era como un adoquín. Por tanto, sólo podía hablar con adoquines”) y de Cyrano, que era poeta y tenía una inmensa, inacabable nariz. Fernando Lalana hizo una adaptación de este asunto en verso para Imaginarium, que es uno de los libros preferidos de Sara. Y míos, por su sentido del humor y del juego y por el contagio del embeleso de las palabras.

"
Cyrano" (publicado por la zaragozana Edelvives) es un álbum extraordinario. Una joya, que contiene esta revelación final, de sobras conocida: 

Ella le leyó la última carta
Que había recibido de Christian.
Cyrano se la sabía de memoria
Ya que él mismo la había escrito.
Roxana se la oyó recitar a medida
Que ella leía y entonces se dio cuenta
De que Cyrano había sido
El amor de toda su vida. 

Tengo la sensación de que me olvido de algo. De que tengo que hacer algo que no recuerdo, pero me ha gustado empezar así la mañana. Si queréis y podéis nos vemos esta tarde, aunque tenéis mucho donde elegir.

04/12/2006 11:23 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 12 comentarios.

DESPEDIDA A JUAN JOSÉ CARRERAS

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[Esta misma noche, cuando celebrábamos la presentación de "Golpes de mar" en Casa Emilio nos enteramos  de la muerte de Juan José Carreras Ares, catedrático de Historia Contemporáneo de la Universidad de Zaragoza. Había venido  casi siempre  a las presentaciones  de otros libros míos como "El álbum del solitario", "Los seres imposibles" o "El testamento de amor de Patricio Julve". Recojo este texto de un diálogo con él en 2002 y lo pongo aquí a modo de recuerdo]

“El mundo es como un texto”  

Juan José Carreras es, esencialmente, profesor y estudioso de la Historiografía, maestro de alumnos. Su discreción e irónica visión de la vida le ha llevado a escribir poco, pero su don de lenguas, el gusto por la erudición y la reflexión han hecho de él un punto de referencia inexcusable, un diletante útil, un conversador infatigable. Su despachos –tanto el de su casa como el de la Facultad- tienen color, aroma y fascinación. Conviven los 39 volúmenes de “El Capital”, azules y en alemán, con Rosa Luxemburgo y las nterminables piernas de Madonna o Marlene Dietrich. También están Lenin o Walter Benjamín, al que nos traducirá directamente de su lengua original, y sus notas en tinta negra: esquemas, apuntes para organizar un discurso. Con ese folio pespunteado entre las manos se sienta ante el público y usa su memoria y su gusto por la interpretación, y larga a sus anchas. Carreras tiene una biografía apasionante: su padre, militante de izquierda galleguista, fue fusilado por la espalda cuando intentaba huir de la cárcel. En casa vivía un tío melancólico que gritó de entusiasmo: “Teruel republicano”. Carreras se trasladó a Madrid y fue un adolescente de Ateneo, contestatario, que frecuentaba a los escritores de los 50: Fernández Santos, Aldecoa, Sánchez Ferlosio. E incluso participó oblicuamente en la fuga de Cuelgamuros; unos días antes del suceso, conversó con uno de sus organizadores, Paco Benet, hermano del escritor; juntos visitaron el terreno. La escapada la perpetraron Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana con dos bellas señoritas americanas: Barbara Mailer y Barbara Probst-Solomon. Se había decantado por la Historia Medieval y marchó a ampliar estudios a Heidelberg. Vivió en el cuarto en que había vivido Karl Jasspers y coincidió con Emilio Lledó. Estuvo allí once años y al cabo de unos años ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza. Mañana, a las 20 horas, inicia un novedoso ciclo de conferencias en el Paraninfo con el título “Seis lecciones de Historia”.        

“No es un ciclo sobre la historia que ha pasado, sino sobre cómo se ha escrito la historia de la historia que ha pasado”. Dice que su interés por la disciplina se entiende a la luz de su propia biografía intelectual: la de un español que debía familiarizarse con el pensamiento alemán, con la República de Weimar o con la historia del nazismo. “Forzosamente estaba un poco de espectador de privilegio, intentando juzgar los contenidos y los comportamientos”. Desde entonces, se decantó por el estudio de Mommsen, Ranke o Marx. Sus trabajos han cuajado en un volumen antológico: “Razón de Historia. Estudios de historiografía” (Marcial Pons / PUZ, 2000).
        

Con ese bagaje y una extensa travesía de fondo, acudirá Carreras para inaugurar las “Lecciones del Paraninfo 2002”. Abrirá el fuego con “La sombra de Aristóteles y el espíritu de San Agustín”. “Nosotros, como los latinos, somos herederos de los griegos. Siempre se había hablado del fantasma de Aristóteles, y la Poética y la Retórica. La suya es una sombra, más que un fantasma, que se proyecta hasta nuestros días. El consideraba la historia como ‘la relación veraz de cosas que han pasado’. Decía que a Heródoto se le ponía en verso y seguía siendo historia. En una segunda definición, sostenía que la historia no tiene la dimensión filosófica de la tragedia, que trabaja con hechos e individualidades, y con categorías universales, por lo cual la Historia tampoco es ciencia”. No obstante, la historia tiene siempre una dimensión de generalidad y de ejemplaridad para el porvenir. Los historiadores griegos escribían del presente, no del pasado, y la jerarquía de sus fuentes era lo que habían visto o lo que había oído de alguien que había visto los hechos. En ese periodo ya existía una dicotomía que iba a mantenerse hasta el siglo XIX prácticamente: el historiador era el que escribía y confeccionaba un relato, y había el erudito, el gramático o el arqueólogo que buscaban en las fuentes, que investigaban. “Los grandes eruditos morían en el anonimato, y los historiadores a veces tenían grandes funerales”. La visión de San Agustín, tan sometida a la Verdad de Dios, no excluía “una historia mundana abandonada a su propia inercia”.
        

La segunda charla abordará “La historia de la razón, razón de la historia en la modernidad” se centra en que “la evolución natural de la historia es el progreso”, aunque está contaminada de obstáculos, y desarrolla en parte la convicción de que “el siglo XVIII fue un siglo de historia; de historia filosófica, razonada”, que tenía un inequívoco parentesco con la Ilustración. “La ilusión del método” (III lección) parte del siglo XIX y de esa visión romántica que se opone a la Revolución Francesa y a la Ilustración y recupera “el pasado por el pasado mismo”. Desentierra la Edad Media, que para Voltaire había sido “un erial de lobos y señores feudales”, algo que también hará más tarde el pensamiento liberal. “En este momento, el historiador se profesionaliza y surge en Alemania el seminario, donde los profesores que son funcionarios del Estado deben formar alumnos en seminarios especializados”. Desde entonces, el historiador es el hombre que trabaja sus propias fuentes, la erudición y la exposición.
        

“La historia: triunfante, acosada, seducida” (IV) registra el triunfo de la historia después de la II Guerra Mundial, bajo el prisma de que “los hechos son sagrados, las opiniones son libres” (algo que ya habían insinuado los positivistas). “La historia desde abajo, la historia desde dentro” (V) retoma postulados de los historiadores sociales ingleses, franceses y marxistas, que habían hecho historia desde abajo pero desde afuera., y alude a la mirada atónita de Walter Benjamín, quien sostenía que “la historia debe aceptar el hecho del fracaso”. Y en su última comparecencia abordará “El Ángel de la historia”, que incluirá un repaso a las nuevas direcciones de la historia. “La tendencia dominante es la hermenéutica: es decir, la interpretación del sentido de los textos, y el mundo también se ve como un texto”.
        

En este viaje, complejo, elevado, salpimentado siempre de un rico anecdotario, también abordará temas como el nacionalismo. “Nunca ha existido una nación vasca ni un Euskadi independiente, pero en el momento en que un montón de personas cree en eso es un factor operante. Lo que encuentro absurdo es combatir esa postura con razones de tipo histórico. Hay que preguntarse si es factible, operativo, si existen argumentos racionales. Y eso es una decisión política”.
 

*A modo de homenaje, coloco aquí un retrato más o menos misterioso de Madonna.Estoy seguro que a Juan José Carreras, mi paisano coruñés, le habría gustado. Hacía algún tiempo que no lo veía.

05/12/2006 03:43 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ROBERTO ZUCCO ESCRIBE DE JUAN JOSÉ CARRERAS*

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[En su estupendo blog, Roberto Zucco recuerda su relación con el profesor de Historia Contemporánea Juan José Carreras, su condición de melómano y de apasionado del teatro. Copio aquí su artículo, que creo que complementa muy bien mi visión].

Estaba a punto de escribir sobre él en esa sección que quise llamar “Mi patria es mi infancia” y que intenta ser un resumen de mi vida. El es Juan José Carreras, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Fue mi profesor de esta materia en primer curso de Filosofía y Letras allá por 1972.  Yo no he tenido maestros, y si los he tenido no me he dado cuenta. Con dos excepciones, la de mi padre y la de este hombre. Los demás me han enseñado cosas, sin duda, muchas cosas, pero siempre he tenido la sensación de no haber aprendido, sino de que me he ido encontrando con cosas aprendidas. Otro día explicaré esta sensación que se resume con una declaración de autodidactismo del que, por si hubiera alguna duda, no me siento nada orgulloso sino que considero una de las causas principales de mis carencias intelectuales. Me hubiera gustado aprender, que me enseñaran, tener capacidad para asistir y aprovechar cursos, integrados en una enseñanza sistematizada. Pero no fue así. Tal vez porque no tuve suerte y tal vez también porque soy un tipo de persona al que los pupitres le adormecen. Lo que sé no sé porqué lo sé, y prometo que esta frase no representa un brindis al sol. En ese contexto de vaciedad pedagógica, en un momento especialmente importante de mi juventud en el que estaba empezando a angustiarme “porque nunca iba a ser nada en la vida”, me lo encontré a él y me trasmitió dos ideas a partir de las cuales mi interior se transformó. La primera idea tenía que ver conmigo. Me dijo algo así como que me calmara, que no viviera en un estado de ansiedad paralizante. Me habló de que el tiempo perdido no es el invertido en vivir bien, y que, desde esa perspectiva, yo no había perdido el mío. Eso me tranquilizó y me puso en la disposición de comprender la siguiente idea: la Historia es la historia de la lucha de clases y no otra cosa. 

Sus métodos de trabajo me fascinaron, él me fascinó. Nos tuvo tres meses analizando “Opiniones de un payaso”, novela del escritor alemán Heinrich Boll, Premio Nobel de Literatura en ese mismo año, algo que rompía con la tradición de dictar apuntes y estudiarlos como papagayos. Nos educó en la conciencia crítica y en nuestra propia responsabilidad como estudiantes y personas. Era un hombre muy accesible, y recuerdo que mi madre, que por aquel tiempo trabajaba en el registro civil, le hizo un favor relacionado con su pasaporte que siempre me recordó con gratitud. Una tarde de verano los recuerdo a los dos hablando de cosas inverosímiles y variadas. No deja de ser un sarcasmo de la Historia, o, mejor dicho, de la cronología de la Historia, que su muerte, de la que me entere nada más llegar de Qatar hace dos días, haya coincidiendo con la agonía de Augusto Pinochet, el asesino chileno que protagonizó uno de los golpes de estado más infames y crueles que podemos recordar, comparable al de Franco en España.

 Carreras nos dirigió el punto de mira hacia las revoluciones latinoamericanas, y nos hizo leer algunos textos de Salvador Allende, en donde encontré un nuevo sentido de la justicia y que me sirvieron en aquellos años, y todavía, para creer que la esperanza en un nuevo mundo no es una estupidez sino una obligación. Siempre asocié este cariño por Chile, un país en donde jamás estuve, a las enseñanzas y al ejemplo personal de este viejo profesor que ha muerto, sin embargo, demasiado joven. Carreras fue también un melómano y un gran amante del teatro. Algunas veces me habló de Brecht, cuya obra conocía a la perfección, con un sentido crítico inteligente y extraordinario. Aunque no frecuenté su compañía a partir de mi marcha a Barcelona para continuar los estudios de Filología Hispánica, a mi regreso siempre que lo necesité para algo lo encontré. Pues, como he dicho, su accesibilidad, corrección y simpatía eran el mejor camino para gozar y compartir de su erudición, y a veces de su sincero y firme desacuerdo.  Tenía la casa llena de libros y el corazón, creo, lleno de alegría de vivir. 

[La foto es de Bertolt Brecht.]

07/12/2006 10:09 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

EL ÉXODO, EL TRIGO Y LA NIEVE: ANTONIO GAMONEDA

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 Todo escritor tiene historias ocultas. O inadvertidas. Una de las primeras veces que vino a Aragón el premio Cervantes Antonio Gamoneda ya no era un don nadie: su poesía reunida en “Edad” (Cátedra, 1988) acababa de ser distinguida con el Premio Nacional de Literatura y él, que hasta hacía muy poco había sido un fantasmal poeta en la provincia, empezaba a suscitar la admiración de los jóvenes lectores y poetas. Gamoneda era un hombre serio, de ésos que ríen lo justo, pero que exhiben de inmediato una humanidad sin resquicios. Una humanidad lenta y densa que no excluye la sincera atención ni la cortesía. Venía a participar en el ciclo “Poesía en el campus” y comió en Casa Emilio con algunos de los organizadores: Manuel Vilas, Javier Delgado, María Ángeles Naval, José Ángel Sánchez... Luego, con algunos libros suyos sobre la mesa, empezó a contar su vida: su nacimiento en Oviedo en 1931, la historia de su padre, Antonio Gamoneda como él, a quien no había llegado a conocer. Había publicado un poemario modernista, “en la línea de Rubén Darío, Campoamor y Villaespesa”, cuyo título no parecía inocente: “Otra más alta vida” (Madrid, 1919). Su progenitor falleció en 1934, el año de la convulsa Revolución de Asturias, y su madre lo dotó con el halo de leyenda del héroe invisible ya para siempre. Confesaba Gamoneda: “Ese libro de mi padre tenía no sólo la intensidad propia de la palabra poética potenciada por el ritmo, que es la poesía, sino también la necesidad sentimental de la lectura lentísima de un niño que está aprendiendo a leer”. Aquel volumen fue un catón, un espejo y una encrucijada dichosa que abría multitud de puertas hacia el misterio, la vida y los recuerdos inventados. A su madre, enferma del aparato respiratorio, la aconsejaron que fuese a “secarse” a León y allí iba a quedarse para siempre. Antonio Gamoneda, víctima como todos de la Guerra Civil, empezaría a escribir pronto, aunque tardaría años en ganar un premio en Alicante y en ser objeto de atención del grupo “Espadaña”: Victoriano Cremer, Eugenio de Nora, Antonio de Lana. Con catorce años hubo de arrimar el hombro al tajo: se empleó de recadero en un banco, de “chico del botijo”, como suele decir, de meritorio y de contable casi clandestino. Los poemas iban y venían, pero la posguerra era cruda. Y entonces le ocurrió algo que lo vincula con Aragón.        

Antonio Gamoneda, tal como contó para HERALDO, se enteró de que en las Cinco Villas, en Ejea de los Caballeros, convocaban un concurso de poesía sobre el mundo campesino y el trigo, dotado con dos o tres mil pesetas. Escribió una suerte de romance, comprobó que le había quedado un poco largo, lo redujo y lo remitió. Ganó el primer premio. Al año siguiente, volvió a mandar la composición restante, y venció. Siempre le invitaban a asistir a la entrega del premio, pero no podía. Al tercer año, le pareció que aún le quedaban por ahí algunos versos sueltos, y los completó con otros que redactó ex profeso. “Necesitaba el dinero, y me arriesgué de nuevo”, dijo. Volvió a ganar. Tampoco pudo ir a recoger el galardón, y al cabo de unas semanas recibió el talón y una carta que decía algo así: “Le rogaríamos que no se volviera a presentar nunca más a este premio”.        

Antonio Gamoneda definió su oficio en el restaurante Casa Emilio como algo parecido a “la extraña operación de convertir el sufrimiento o el miedo a la muerte en una obra de arte, en eso hay una pasión en mí que justifica mi vocación y mi dedicación a la poesía”. Se declaró lector de Trakl, César Vallejo, San Juan de la Cruz, Saint John-Perse, René Char, Lorca, y del botánico Andrés Laguna. Llevaba entonces en su cabeza un proyecto: un libro que aparecería en 1992 en Siruela, “Libro del frío”, un poemario que hablaba de los hielos, de un viejo amor, de la memoria, que es su gran tema, de una suerte de espejismo de la muerte con la nieve al fondo, de la perplejidad constante que significa la vida. Quizá fuese por entonces cuando visitó los Monegros (“era sobrecogedor. Era la calcinación terrestre delante de los ojos con una increíble hermosura que producía cierto miedo”, diría) y el taller de Carlos Barboza y Teresa Grasa.

Algún tiempo después, acaso cuatro o cinco años, visitó el campus universitario de Teruel invitado por los profesores Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña. Recuerdo que no pude ir a verlo porque había caído nieve a destiempo en el Maestrazgo. Me disculpé por carta. Y contestó con su caligrafía casi imposible: “¿No es un sueño vivir en un lugar que se llama La Iglesuela del Cid?”, preguntaba. Al lado, había puesto un verso inolvidable, uno de los más enigmáticos: “El éxodo se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición”. Este hombre, que tiene casi todos los premios, ensancha su inmortalidad de la mano de Cervantes.  

07/12/2006 19:32 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

"PINTOR, PINTA Y CALLA" DE PEPE CERDÁ

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Pepe Cerdá es un pintor que se ha curtido en la aventura de vivir. Tanto su obra como su personalidad se nutren de continuas travesías, de un ir y venir permanente, de la curiosidad por aquello que no tiene que ser necesariamente lo más “cool”. Entre Klee, Anselm Kiefer, Picasso, Duchamp o Sorolla, se queda con Sorolla. O con Marín Bagüés. Le atraen el sentido del oficio, la luz esencial, la verdad que se presenta con el artificio justo. Sobre todo en el arte. Y también le atraen autores como Pla, el Dalí teórico, Fernán Gómez o Julio Camba. Y detesta, o cuestiona, a Picasso (“a mí Picasso me tiene hecho un lío”, confiesa), a De Chirico y al universo de ARCO: “¡Qué sitio más feo es ese ARCO y qué ridícula impostación de todo del mundo!”. A Pepe le atraen las conversaciones de bar, la arquitectura, los secretos de la tertulia y sobre todo los amigos. Tras una estancia breve en París, que es la ciudad-refugio, la ciudad a la que huye, la ciudad que recrea y donde se reinventa, revela: “Eso de que te conozcan de toda la vida y que se alegren de verte no tiene precio”. 

Pepe Cerdá es un pintor que escribe, es un escritor que pinta, es un pensador –en forma de sentencias, de parábolas, de retales que contienen una dosis idéntica de sinceridad y de provocación- al que le apasiona contar, escenificar el cuento como si fuese un narrador de “Las Mil y una noches”. Y luego, ya sobre el terreno, hace acopio de ingenio, ironía, erudición, y compendia el mundo y sus fábulas, y se las filtra a los demás. Pepe Cerdá se resume a sí mismo en su libro: “Pintor, pinta y calla” (Biblioteca Aragonesa de Cultura).        

El artista inició en noviembre de 2004 un exitoso blog, en el que repite “el gesto de escribir a nadie y a todos a la vez, como los perros ladran a la noche, como se hace en la red”. También confiesa que “el gesto de enviar al mundo un mensaje en una botella, como el náufrago, era sólo posible desde un sitio como Villamayor. En donde el tiempo pasa más lentamente, en donde se siente en la carne”. Es difícil estar siempre de acuerdo con Pepe Cerdá, pero si hay algo que lo caracterice es la sensatez, la lucidez y la ausencia de afectación. Va directo al grano, con un poco de puesta en escena, eso sí, y escribe de todo: de las pequeñas cosas personales, como las botas “Cletas”, la casa de la niñez, las navidades en familia. Habla de los paisajes próximos, vincula a Villamayor con la poesía china, y describe antológicamente un lugar al que llaman “el monte”; reflexiona, con gracia y punción a veces venenosa contra lo establecido, sobre el arte moderno, las vanguardias, la cultura de la subvención. En un texto, que es toda una poética de pintor (y es fácil sospechar que este término le dé cien patadas en la espinilla), “De los que creen y de los que ríen”, dice: “Vaya por delante una aclaración: el arte para mí es una cosa tan, tan seria como la muerte. Por esto, precisamente lo serias que son, me tomo a ambas desde el más íntimo y exacerbado cachondeo”.

Pepe Cerdá espiga entre sus recuerdos, y recuerda a su padre; habla de la importancia de los amigos verdaderos, y se mira siempre, dentro del espejo, con la elegante distancia del descreído: “Me culpo a mí por mis fracasos y al azar le apunto los logros”. Este libro es una confesión y un autorretrato.

*Uno de los cuadros de Pepe Cerdá, que reflejan un paisaje próximo a Villamayor.

08/12/2006 20:41 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

2007: EL AÑO DE VICENCIO JUAN DE LASTANOSA

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La pequeña e íntima ciudad de Huesca, que se deslizaba hacia la Hoya y se enfrentaba a las montañas pirenaicas y al altivo castillo de Montearagón, fue la cuna y la morada de un personaje esencial del siglo XVII: Vicencio Juan de Lastanosa, un adalid de cara más bien enrojecida como cerezas machacadas, capaz de abrirse paso en las batallas, dominado por la curiosidad y la sabiduría. Ese hombre, que posiblemente tuvo amores apasionados y secretos, convirtió su palacio del Coso en un refugio del conocimiento. Fue coleccionista de monedas y armas, de arte y de libros, y construyó una suerte de gabinete de maravillas con objetos de todo el mundo. Resulta curioso imaginarse a los mensajeros o arrieros llegando a Huesca con colmillos de elefante, ídolos indios, catanas, lienzos enrollados e incluso pesadas esculturas que igual imitaban a Laocoonte que a la figura ecuestre de Marco Aurelio. Resulta un gozoso esfuerzo imaginarse a los  porteadores con sus caravana