Antón Castro |
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Llega hoy otra gran noche para el Real Zaragoza. Se enfrenta a ese equipo, el Barcelona, del que dicen que practican el mejor balompié de la tierra. Siempre nos inclinamos a la exageración, pero tal vez sea un poco cierto, especialmente a principios de temporada. Y el Real Zaragoza parece tener el antídoto contra tanta brillantez, esté o no esté Eto’o. Víctor Muñoz, que fue podenco y galgo en el Nou Camp, el lugarteniente de Maradona y de Schuster y el mariscal furioso de Terry Venables, es un buen estratega, y sabe que ante los mejores lo que rara vez falla es un buen ataque: ir a por el partido desde el primer instante y ahogar la línea de creación. Correr más que ellos, hasta extenuarse y extenuarlos, y además usar el criterio y el tiralíneas del pase interior y la llegada por sorpresa. Ha dispuesto dos líneas muy claras. O eso dicen hoy los expertos. La defensa en línea de cuatro; una media casi bloque de otros cuatro, Celades (dije que no funcionaría, que era un jugador sin carácter y acabado, y estoy encantado de que me haya equivocado), Zapater y Cani (que ha tomado el camino correcto para convertirse en el Gran Capitán), y como tapón e instrumento de contragolpe por la derecha el fino y sutil Óscar. También podría ser Generelo. Arriba, para voltear el choque en sus escapadas, estarán Ewerthon y Diego Milito. Ewerthon, tocado además por varilla de la suerte, la va a armar con su velocidad, y Milito también con sus movimientos. Parece más que improbable que ninguno de los dos no marque hoy. No vamos a desdeñar al Barcelona: Rijkaard es un magnífico técnico, tiene al Zaragoza como asignatura pendiente, y los culés se juegan mucho, muchísimo, quieren ahuyentar la sospecha de fragilidad o de crisis de juego, pero el técnico también libra una batalla íntima, de orgullo y de vindicación ante la parroquia global del fútbol, e incluyo aquí a José Mourinho y López Caro. De todo ello, deriva una urgencia de victoria blaugrana que hace más trepidante el partido. Pura pasión. Ojalá que el arbitraje sea preciso y no interfiera en la batalla. Dicen que toda España quiere un Barcelona-Madrid. Parece que aquí sólo hay esos dos equipos. Ya los vimos hace poco en el Bernabéu y el Barça se salió y administró una buena paliza al rival. Además, dentro de poco se repetirá ese choque en el Nou Camp. ¡Para qué tanto! Lo ideal, lo bonito, lo higiénico para todos nosotros es que caigan los culés, y que hagan luego lo que puedan en la Liga y en la Champions, pero la Copa no se toca. El Real Zaragoza tiene alma y pedigrí de matagigantes. ¡Tiembla Madrid! *El formidable trío de ases de los blanquillos: Diego Milito, Ewerthon y Cani. Acababan de golear al Barcelona en La Romareda. Anoche volví a salir demasiado tarde del periódico. El Zaragoza iba perdiendo, pero al pasar por la calle San Gil oí el grito. Óscar acababa de marcar un formidable gol: asaltó la banda izquierda, culebreó hasta la línea lateral, irguió la cabeza e intentó hacer lo que hacía, lo que hace en tantos entrenamientos en disputa amistosa con Alberto Zapater. Le dio un efecto impecable al balón, que fue abriéndose en arco y parábola, que tomó el vuelo justo, rebasó cabezas y espacios, y buscó con premeditación el lugar imposible, allí, cerca de la escuadra, donde se cosen la red y el poste. Jonquera miró con estupefacción, pero no logró ver nada. El limpio obús de seda acarició el aire con voluntad de pájaro imposible. Y Pelé estaba, incrédulo, en el Nou Camp. Los blanquillos, tal como se anticipaba en el texto de ayer, pasaron a semifinales. ¡Tiembla, Madrid! En El Espejo estaban un puñado de amigos con el escritor, crítico de arte, pintor poeta y pintor de domingos Quico Rivas. Estupendo pintor de indicios suprematistas, pintor al modo musical de Klee, pintor que juega y enreda con la relación de franjas y colores en un escueta geometría del sentir. He leído muchas cosas de él, el precioso prólogo a la “Poesía reunida” de César González Ruano, aparecida en Trieste en 1983, y otros textos, sobre todo en catálogos. Próximo a Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet, director de varias revistas literarias, Quico Rivas trabajó mucho, codo con codo, con el fotógrafo Alberto García-Alix en “El País Semanal” a principios de los 80; fue colega de Dis Berlin, de Luis Baylón, de Luis Pérez-Mínguez. Allí estaba, sonriente, abrazado a un Camel, contando historias de libros, de amigos, hablando de César González Ruano y de su mujer, contando historias de la literatura. Había venido a ver la exposición de Pepe Cerdá en la sala CAI Luzán, que está teniendo mucho éxito. El verde catálogo de “Puntos de vistas” celebraba sigilosamente el triunfo del Real Zaragoza. O lloraba mansamente por el escándalo de Villamayor. ¿Es posible que cuando más se juega la ciudad, que cuando Zaragoza más debe mirar al mundo, más se deshaga en una trama infantil que entorpece los sentidos y obnubila la inteligencia y sirve, sobre todo, de magnífica coartada para aparentar? *Una obra muy característica de Quico Rivas. Color, forma sencilla, tira, collage: un mundo sugerente y minimalista. Repasaba ayer, a la hora de la comida, la cantidad de mediodías que he dedicado a repasar algunas presentaciones de libros que he hecho a lo largo de estos años. Busco un bar tranquilo, el Trafalgar me gusta (siempre como bacalao), y aprovecho esas dos horas, o hora y media para pensar un poco más sobre el escritor, sobre el libro. Para improvisar notas; ya no me gusta redactar textos, me gusta dejarme guiar por la intuición y arañar unas frases con mi letra imposible. ¡Cuántas horas lejos de los míos, angustiado, con ese nerviosismo casi infantil del que nunca se acostumbra a las presentaciones! Menos mal que “Memoria de la especie” de Manuel Moyano (Córdoba, 1963) me ha gustado mucho. Me ha gustado mucho, especialmente las dos primeras partes. Es un escritor con un mundo, con sensibilidad, con ironía, borgeano, pero sus ecos son más vastos: de Marcel Schwob a Connolly, de Calvino a Cunqueiro, de Lytton Strachey al Carlos Casares de “Los oscuros sueños de Clío”, de Vila-Matas a Cioran. Es un libro misceláneo, abierto, híbrido, pero muy atractivo. Xordica y su editor Chusé Raúl Usón aciertan casi siempre. Su catálogo es importante, realmente importante. (Hablando de catálogos, llevo más de un mes leyendo cosas muchas cosas de la Editora Regional de Extremadura y de sus editores Álvaro Valverde y Julián Rodríguez Marcos). Soy un seguidor de sus libros, y lamento que en todos esos años no haya sabido buscarles una estantería y tenerlos bellamente ordenados. Cada vez me siento más un lector de determinadas editoriales. Ser escritor de su sello me parece un verdadero sueño, un deseo, una responsabilidad, una conquista, y eso se percibe ya con perspectiva, cuando lleva más de doce años en el mercado. Veo a autores como Julio José Ordovás, Daniel Gascón, Cristina Grande, Rodolfo Notivol, Luis Alegre, Mariano Gistaín, David Trueba, Agustín Sánchez Vidal, José Luis Cano, Santiago Gascón, Fernando Sanmartín, Jesús Moncada, Javier Tomeo, Manuel Moyano, Miguel Mena, Ángel Petisme, Ismael Grasa, Fernando Martín Pescador, Chusé Inazio Nabarro, Ánchel Conte, etc., y tengo la sensación todos ellos se han agigantado desde esa escudería, desde esa editorial que venderá más o menos pero que publica muy bellamente. Del libro de Manuel Moyano –con quien no pude ir a cenar, y no ya por aquello de que me estoy volviendo huraño y esquivo. Tenía que revisar con Miguel Ángel París las fotos y las notas de la exposición de su padre; el catálogo entra en máquinas el martes o así-, me gustan muchos textos. De la segunda parte, “Archivo de atrocidades”, me ha gustado especialmente el primero, que tiene un fondo de ternura y humor en medio del espanto: UNA GUARDA ARRASA 50.000 HAS. AL QUEMAR UN ESCRITO DE SU ESPOSO LA SEÑORA Terry Barton, guarda forestal, recibió una carta manuscrita de su esposo, el señor John Barton. La leyó mientras patrullaba por el Parque Nacional de Pike, donde prestaba sus servicios desde hacía veinte años. Se sabe que la pareja atravesaba un mal momento. Terry quemó la carta de John junto a unos pinos, y el fuego se extendió. Ese día los vientos del Oeste soplaban muy fuertes. Terry arrojó arena sobre la hoguera, pero ya no pudo contener las llamas. Ardieron 50.000 hectáreas, se quemaron 80 casas y murió un hombre. Seis mil personas tuvieron que ser evacuadas. El peor incendio de la historia. En el juicio la señora Barton no quiso revelar el contenido de aquella carta. LA NUEVA NOVELA DE FERNANDO JIMÉNEZ OCAÑA: "LA DAMA DE MEDIANOCHE" De entrada, Fernando Jiménez explica la elección del nombre: “El onagro es el asno salvaje, y a nosotros nos gusta ser indómitos, rebeldes. Y el onagro también es una catapulta, y aquí nos gusta intentar catapultar a los jóvenes escritores. Tenemos algunos ejemplos como Carlos Castán con ‘Frío de vivir’, título que luego adquirió Emecé; ‘La escarcha sobre los hombros’ de Lorenzo Mediano, autor que figura con éxito en los catálogos de Grijalbo; ‘La vida en cuarto menguante’ de Carmen Santos, que ha sido contratada por la agencia de Carmen Balcells. Por lo demás, no hay muchos más cambios: las portadas las siguen diseñando los pintores Eduardo Laborda e Iris Lázaro”. Los amores prohibidos de Simón La nueva novela de Jiménez Ocaña transcurre en la posguerra, en un lugar llamado Serena, que bien podría ser Baena, la ciudad cordobesa donde nació el autor en 1952. “Hablo de un tiempo en que la gente se moría de hambre o de epidemias, algo que sucedió mucho entre 1942 y 1944. La novela está inspirada vagamente en hechos que sucedieron o que me contaron. Comprende tres historias de amor: la de un conde, que es un crápula, un auténtico calavera que ejerce, prácticamente, el derecho de pernada y se acuesta con todas las mujeres que puede; la de una criada, que tiene un novio en Pamplona. Y la tercera, la más importante del libro, es la que vive el joven Simón con la Marquesita, que es claramente una historia de amor imposible. Ella es una mujer muy hermosa, inasequible para el muchacho. Tengo la sensación de que el espléndido retrato de ‘La marquesa de Molins’ de Federico de Madrazo de la portada del libro no le hace justicia del todo a mi personaje. La Marquesita, sobrina de los terratenientes, era más bella, más exuberante, un poco menos lánguida”. Dice Jiménez Ocaña que la novela es como un largo “flash back”, un regreso al pasado de Simón, que tiene ahora casi 50 años y relata un puñado de historias escalofriantes en la línea de Lovecraft, Poe o “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas, hijo, que le ocurrieron en la posguerra. “Ésta es una novela distinta a todas las mías. Es una novela gótica en la que mezclo el costumbrismo andaluz con una peripecia siniestra en un ámbito de terratenientes y jornaleros”, señala. Recuerda que su personaje Simón surgió al recordar la película “La hija de Juan Simón”, canciones que oía yo con mi madre de niños, y de otra curiosa circunstancia: constató que había muchos enterradores en los años oscuros del franquismo que se llamaban Simón. Ese muchacho tenía en Serena fama de loco, tal vez porque era amigo del apartamiento y había aprendido a gozar de su oficio de enterrador. CRÓNICA DE JORGE RODRÍGUEZ Kajsa Bergqvist, esa atleta estilizada e interminable, batió ayer el récord del mundo de salto de altura en pista cubierta, en Arnstadt (Alemania). Lo dejó en 2.08. Superó en un centímetro la marca de la alemana Heike Henkel, que se remontaba al 8 de febrero de 1992. Casi nada. Bergqvist es la sucesora, en el tiempo, de Henkel, Ulrike Meyfarht (campeona olímpica en 1972, a los 16 años, y en 1984, a los 28), Sara Simeoni, Stefka Kostadinova... Era de esperar que Kajsa Bergqvist tuvieran muchos seguidores. El profesor y crítico Fernando Valls, director de "Quimera" por unos meses más, entra en el blog y deja esta nota: "¡No te hagas ilusiones que a la saltadora de altura sueca la vi yo antes!". Para que luego digan que los intelectuales no aman el deporte. SE CUMPLEN 25 AÑOS DE SU MUERTE Este episodio fue uno de los más intensos de su existencia. Poseyó siempre una voluntad excepcional, era metódica y laboriosa hasta el infinito, y defendió un concepto de la cultura, del conocimiento, la incesante pasión por las palabras. El “Diccionario de uso del español” (Gredos, 1966 y 1967; sería reeditado en 1998) es la obra de una vida, una culminación, y en cierto modo de vivir hacia adentro porque ella, en el fondo, era una perdedora y una silenciada: había perdido el sueño de la II República, había sido maltratada por el régimen de Franco, llegó a perder 18 puestos en su escalafón laboral, y percibió un vacío casi indescriptible que llevó a emprender una tarea titánica. En la entrevista, añadía: “Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo. Siempre estaré satisfecha de esa decisión que tomé”. Antes de llegar a esa decisión, María Moliner construyó una biografía de pequeños matices. Nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900 y vivió allí dos años. Era la hija mayor de Enrique Moliner, que era médico como lo había sido su padre, y de Matilde Ruiz. La familia, cuando ella tenía dos años, se trasladó a Almazán (Soria) brevemente, y luego a Madrid. Cuando ella entraba en la adolescencia, su padre se marchó a Argentina y no volvió jamás. María Moliner, su madre y sus hermanos Matilde y Enrique vivieron en condiciones extremas como auténticos personajes de Dickens, según ha recordado su hijo Fernando; la joven, apasionada por el latín y espléndida lectora, empezó a dar clases, y asumió la tarea de sacar a los suyos adelante. En esa época, debió de tener alguna vinculación con Américo Castro, que, según ha escrito la especialista María Antonia Martín Zorraquino, “suscitó el interés por la expresión lingüística y la gramática en la pequeña María”. Curso estudios de Bachillerato en el Instituto General y Técnico Cardenal Cisneros y finalmente en Zaragoza. Se licenció en 1921, en Filosofía y Letras, en Historia, con la máxima nota y con el Premio Extraordinario. Al año siguiente, se incorporó al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos de Simancas, y de ahí pasó al Archivo de la Delegación de Hacienda en Murcia. Allí conoció a Fernando Ramón Ferrando, licenciado en Física, con quien se casaría en 1925. Fernando Ramón era hijo de un panadero carlista de Mont-Roig (Tarragona), pero pronto se convirtió en “un librepensador de arriba abajo, sin fisuras. (…) Era una persona radical de izquierdas”. Años después, ambos lograrían el traslado a Valencia. En esos años, los que van desde la proclamación de la II República hasta la fractura de la Guerra Civil, los Ramón Moliner fueron sumamente felices. Allí María Moliner desarrolló numerosas actividades: colaboró con la Escuela Cossío, con el Instituto Escuela y con las Misiones Pedagógicas. De vez en cuando daba clases de latín y solía enseñar a sus hijos lecciones de inglés y alemán. Su inclinación por el archivo, la organización de bibliotecas y la difusión cultural, la llevaron a reflexionar sobre ello en varios textos: “Bibliotecas rurales y redes de bibliotecas en España” (1935) y a publicar, sin su nombre, el librito “Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas” (19137), un trabajo vinculado a las Misiones Pedagógicas. Además, dirigió la Biblioteca de la Universidad de Valencia y participó en la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, que tenía el encargo de dar a conocer al mundo los libros que se editaban en España. Fernando Ramón ha recordado aquella atmósfera “de olor característico a papel nuevo, de diversa calidad, y a tinta de imprenta”. Tras la derrota de los suyos, su marido perdió la cátedra; ella, con el menor rango del que le correspondía, regresó al Archivo de Hacienda. En 1946, su marido fue rehabilitado de sus cargos en Salamanca y María Moliner asumió la dirección de la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, en la que se jubiló en 1970. A principios de los cincuenta, empezó a redactar el “Diccionario de uso del español”, y poco después, cuando estaba inmersa en esa idea, su hijo Fernando le trajo de París un libro que la impactó: “Learner’s Dictionary”. María Moliner solía levantarse muy temprano, hacia las cinco de la mañana, trabajaba un poco, regaba los tiestos de flores, y se iba a su puesto; dormía la siesta un poco y continuaba anotando fichas, buscando palabras, leyendo periódicos, tomando notas de lo que oía en la calle. Su “Diccionario de uso del español” era muy superior al de la Real Academia Española: era un diccionario de definiciones, mucho más precisas y ricas; de sinónimos; de expresiones y frases hechas; de familias de palabras. Además, anticipó la ordenación de la Ll en la L, y de Ch en la C; y agregó una gramática y una sintaxis con numerosos ejemplos. El libro tuvo un éxito inmediato y hoy es una obra imprescindible, de referencia. Miguel Delibes dijo: “Es una obra que justifica una vida”. La de una mujer concienzuda, apasionada, perfeccionista, de cuya muerte se cumplen ahora 25 años. Gabriel García Márquez: “Hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, (...) el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana” “Emprendió la elaboración de uno de los diccionarios más originales, renovadores y valiosos del siglo XX” “Fue una de las más fecundas en las actividades culturales, más positiva y más modesta” “Un gran diccionario; el mejor en su género que conozco” *Entre otros libros y revistas de gran interés, quisiera citar el trabajo de José Luis Cano, aparecido en Xordica en 2000: "María Moliner y el diccionario"; el magnífico monográfico de la desaparecida revista "Trébede", que coordinaron José Ramón Marcuello y Víctor Pardo Lancina, y un monográfico espléndido que publicó "Heraldo de Aragón", coordinado por Genoveva Crespo. LUIS ROYO, EL GRAN DIBUJANTE DE MUJERES FANTÁSTICAS Entrevista publicada en: http://www.luisroyo.com/entrevista.htm Por la mañana, creo que por primera vez en mi vida, asistí a una conferencia de Economía: la charla de Manuel Pizarro. Había muchos amigos; resultaba un poco incomprensible el error estratégico de la institución: dio la conferencia en un espacio angosto y descuidado a rebosar, en vez de en el Paraninfo. Pizarro estuvo espléndido, y a mí me quedó la duda de qué sentido tiene esta OPA, cuyas características son tres: es una OPA hostil, el pez chico intenta comerse al grande, y además Gas Natural no trae dinero para pagar, en el fondo –vino a decir Pizarro- vende duros a cuatro pesetas y a especular con el capital ajeno. No entiendo nada de política ni de economía: por ejemplo, me desconcierta que un parlamento como el aragonés permita que el 25 % del presupuesto sea opaco. Es decir, que no se sepa cómo se distribuye, cómo se gestiona, que no haya que dar cuenta de él. Pizarro dijo que él intentaba llevar la situación de Endesa como llevaría su propia casa, con sensatez. E hizo una defensa apasionada y con datos de los valores de la electricidad. Por cierto, me gustó mucho Eduardo Bandrés: me pareció un hombre cálido, sereno, que no vendía nada. De los políticos más transparentes y sinceros que he conocido en una intervención pública. Mariano Gistaín y yo comimos con Eloy Fernández Clemente, que está lleno de proyectos. De grandes proyectos: va a dirigir una Historia de Aragón para “La Esfera de los libros” de 700 páginas, y contará con cuatro historiadores para que le acompañen: Francisco Marco hará la historia Antigua; Carlos Laliena se encargará de la Historia Medieval; Eliseo Serrano realizará la Historia Moderna, y el joven Pedro Rújula redactará la Historia Contemporánea. El proyecto estará listo para el 2007, más o menos. Es un encargo concreto de Imelda Navajo, esa aguerrida editora a la que le dedicaron un retrato muy poderoso Concha García Campoy y Ouka Lele. Eloy además, a quien no le molestan en exceso el menosprecio y la coz de algunos colegas (“ladran, luego cabalgo”, parece pensar. Algunos critican en los otros lo que no critican en sí mismos), está a punto de publicar un libro de Fernando García Mongay, un viaje por el periodismo y las nuevas tecnologías, y unas “espléndidas memorias de Paco Uriz”, “el poeta de Olof Palme”. Y además, Eloy, que rejuvenece a diario con lecciones de entusiasmo e ilusión, anda siguiendo la pista de Jose Oliveira Martins, el homónimo de Joaquín Costa en Portugal. Y por ahí va a dar alguna que otra sorpresa. Ayer me reencontré, más de un cuarto de siglo después, con Marisa Domínguez, profesor de Filosofía, madre de cinco hijos estupendos, santiaguesa pasada por Zaragoza, Oviedo y Lisboa, donde se ha comprado una casa y donde se ha jubilado. Hizo hace años una tesina doctoral sobre Rosalía, pero lo fundamental de ella, lo que la distingue, es su pasión por la enseñanza, su amor a los estudiantes. Diese lo que diese, siempre lograba seducir, interesar con la asignatura. Hace muchísimos años que no realiza exámenes, los alumnos se autoevalúan y ha sido capaz de enseñar su asignatura mediante el fútbol, el cine, la familia, la charla. Los alumnos la veneraban, y algunos compañeros le han hecho la vida imposible. Deambuló en Zaragoza por un montón de institutos. Nos conocimos en 1979 y me prestó entonces un libro menudo, de Aguilar, con “Las confesiones” de San Agustín. Ese libro, que siempre quise devolverle, me ha acompañado durante todos estos años en mis mudanzas. Ayer, me dijo: “Quédatelo para siempre. Es tuyo en propiedad”. *El cuadro de Manuel Pizarro es del pintor Ricardo Mazarrón.Mariano Gistaín publica hoy su artículo en "La ciudad de las gaviotas" sobre el tema. Mariano me merece mucho más crédito que yo; el texto es estupendo. Si la primera parte fue brillante, la segunda incluso la mejoró. Albert Celades impartió una lección de control, dominio del juego y sentido del pase. Estuvo bien acompañado por Generelo, como lugarteniente de esfuerzo y pundonor. Y Cani lanzó a sus puntas. Este jugador, anteayer silbado y herido, hoy es digno de la selección: ha madurado de súbito y se sabe importante y héroe. Milito incrementó la victoria al 4-1 con uno de esos goles de ariete que tiene olfato, oficio y deseos de vencer. Y luego, Ewerthon aumentó de nuevo el marcador con otra jugadas vibrantes que sólo un velocista de ébano como él puede hacer. Un jugada de felino que no desprecia presa alguna. Ayer, ganó en varias ocasiones a Sergio Ramos. Y el monumento a una noche increíble fue el sexto gol: EWerthon recibió en el pico izquierda del área del Real Madrid, realizó un magnífico sombrero a un rival y recorrió unos metros de la senda de la medialuna. Desde allí, con potencia, con ira, con energía y con ese impacto furioso de los que sueñan con vencer, empujó el balón al fondo de la red. Fue un gol de bandera: la culminación de una noche maravillosa que nos llevó a recordar aquel uno de mayo de 1975 cuando los blanquillos “paraguayos” ganaron por el mismo resultado al Real Madrid. El Zaragoza estuvo a punto de marcar en una última jugada de Ewerthon, y en un remate al palo de Álvaro, cuando moría el partido y las gradas desbordaban pasión e incredulidad. El Real Madrid ayer no se conocía a sí mismo. El Zaragoza lo empujó hacia el naufragio. Si esto no es la felicidad… Tengo que escribir un artículo sobre arquitectura. La nueva arquitectura de Zaragoza. He pensado lugares, he oído las sugerencias de dos de los grandes caminantes o paseantes de Zaragoza –Félix Romeo e Ismael Grasa; el miércoles comimos en el Windsor, donde hay un magnífico cocinero gallego de Ourense, Lisardo-, he dado algunas instrucciones a ese magnífico fotógrafo que es Oliver Duch, que se ha pateado la ciudad desde Ronda Oliver a Vía Hispanidad, desde la Azucarera al Parque Bruil o los Enlaces. Sus fotos son espléndidas; estoy un poco abatido porque no sé si seré capaz de hacer algo acorde con su trabajo y esfuerzo. Cuando llegaba casi la medianoche, vino a visitarme el arquitecto y profesor de arquitectura Carlos Labarta, que es un hombre encantador. Me dio ideas, me ayudó a entender el crecimiento hacia las periferias, me sugirió algunos edificios. Como también me lo habían sugerido Basilio Tobías, José Manuel Pérez Latorre y otros. He intentado hablar con mi admirado Luis Franco. Carlos es un auténtico caballero, un hombre delicado y afable que te ayuda a entender. No fue un gran día para mí, llevo algunos días enfermo, muy cansado, sin inspiración alguna, enfriado, con gripe, con fuertes dolores en brazos y piernas, pero he recibido algunas buenas noticias a modo de alivio. Me ha llamado Fernando Sanmartín, entrevistará con Félix Romeo a Cees Nooteboom el día 24 en el Paraninfo; me ha llamado Javier Torres para sugerirme que pusiera un contador en el blog. Eso sí que no, le dije con el cariño debido. Escribo por placer y no quiero saber quien entra o sale. No querría preocuparme por saber si tengo o no lectores, los agradezco infinitamente, pero no quiero contarlos ni saber de donde son. También me ha llamado Juan Abeleira para decirme que Manolo Bragado de Xerais entra de vez en cuando en estas páginas. Bragado es uno de esos grandes editores de la periferia que ha convertido a Xerais en una auténtica casa de cultura del mundo. Tiene un magnífico blog, que visito con frecuencia. Es un auténtico blog de editor curioso y reflexivo. LITO, O FUTBOLISTA LIBREIRO DE CANGAS DO MORRAZO [Maraxe *A foto é de Bernardino Graña, mariñeiro romántico y poeta. ILUSIÓN, ESPLENDOR Y CAÍDA DE LOS CINES CLÁSICOS Zaragoza ha sido una de las grandes ciudades del cine en España durante el siglo XX. Dentro de este empeño constante por ocupar un lugar de referencia fueron fundamentales sus salas de proyección. Amparo Martínez Herranz (Zaragoza, 1966) ya las había estudiado hasta la Guerra Civil en “Los cines en Zaragoza, 1896-1936” (1997). Ahora completa el proyecto con “Los cines en Zaragoza, 1939-1975”, el primer título de la editorial Elazar, repleto de información, de planos, de fotos. Efectúa un recorrido, local a local, donde explica la empresa que lo patrocina, el arquitecto que lo realiza, a qué tipo de arquitectura pertenece, su decoración, en qué año se inauguró, con qué película, cuál fue el eco en la prensa. El cine ya se había convertido a principios de los años 30 en el gran reclamo para el público porque estaba dotado de sonido, color, se consideraba Séptimo Arte, y “sustituyó definitivamente al teatro”. Cuando se produjo la Guerra Civil, no hubo proyecciones hasta el 2 de agosto; a partir de entonces se dio una actividad más o menos regular en las grandes salas: Salón Doré, Ena Victoria y Alhambra. Agustín Sánchez Vidal sugiere en el prólogo que el cine y, en particular este libro, recoge el latido de una ciudad, y recuerda que “hasta bien entrados los años cincuenta, los cines eran refugios. Lo eran en sentido literal, en virtud de una disposición oficial, denominada Defensa Pasiva, para protegerse de los ataques aéreos; desde 1939, como secuela de la Guerra Civil; hasta 1945, por lo que pudiera deparar la Segunda Guerra Mundial; y, tras esa fecha, la guerra fría”. Algunas salas se convirtieron en improvisados cuarteles de requetés durante la contienda, como el Frontón Aragonés, y en otras como Circo o Parisiana, a partir de 1937, se abonaron a la propaganda del régimen de Franco con la proyección de películas como “Camisas negras” o “Toma de Málaga”. Los primeros años de posguerra la construcción de salas se paralizó; funcionaban ocho recintos –España, Dorado, Ena Victoria, Goya, Alhambra, Frontón Cinema, Actualidades e Iris-, a los que se sumaban cada vez más el Teatro Circo y algunos salones privados como el Fuenclara y el Blanco. En medio de un país que había pasado del racionalismo al racionamiento, a la autarquía, se cerraron algunos espacios y se abrieron otros: el Ena Victoria, cuyo lema había sido “Moralidad y confort”, dio paso al Victoria, nombre que quería simbolizar el triunfo que había logrado el franquismo. El Victoria se construyó en 1943, igual que el Gran Vía. Fue obra de José de Yarza García, que tendría un elevado protagonismo en la edificación de salas en la posguerra, y se inauguró con su preceptivo refugio antiaéreo y 833 butacas el trece de octubre. La empresa había anunciado en la prensa que se producía la “reapertura del local predilecto del público”. Pertenecía a una de las dos empresas del momento, Quintana (la otra era la empresa Parra) y estaba ubicado al principio de la actual Conde de Aranda, donde había estado la popular Posada del Chapero. El cine Gran Vía se había abierto unos días antes. Era un proyecto del arquitecto Miguel Ángel Navarro, que había reformado el Ena Victoria y había culminado el Alhambra, que su padre Félix Navarro no pudo acabar. Poseía ciertas reminiscencias racionalistas y un carácter más bien monumental. Uno de sus rasgos característicos era el tratamiento del techo: una sucesión de líneas paralelas convergían en la pantalla. Tenía 234 metros cuadrados de superficie y 603 localidades. Se inauguró con “Suez” con Tyrone Power, una película que estuvo un solo día en cartel, y el establecimiento fue saludado por la prensa local “haciendo gala de una fría corrección”. Al narrar la historia del cine Gran Vía, que podría considerarse un cine de barrio en su época, Amparo Martínez recuerda la dramática historia del arquitecto Miguel Ángel Navarro, que fue delatado por un colega y condenado a muerte, de la que huyó de puro milagro. El cine Elíseos fue obra de Teodoro Ríos Balaguer, que había estado implicado en el diseño en 1914 del Salón Doré y del Argensola veinte años después. Aquel espacio llamó la atención por su decoración con mármoles, madera, latón y terciopelo, “una decoración de corte historicista, de reminiscencias clásicas”, que quiso imitar “en las salas de cine el lujo y la espectacularidad de las películas”. Se abrió el 22 de diciembre de 1944 con “Me casé con una bruja” de René Clair. Ese cine fue gestionado por la Sociedad Anónima Eliseus, que también abrió el cine Delicias, en marzo de 1945, como sala de reestreno. El cine Rialto fue un ejemplar caso de cine de barrio; se estrenó en febrero de 1949 con “Noches en el paraíso”, pasó inadvertido para la prensa su apertura, y acabaría siendo cine de Arte y Ensayo, y sala X. En 1977, casi dos años exactos después de la muerte de Franco, proyectó “El acorazado Potemkim” de S. M. Eisenstein. El panorama cinematográfico cambió mucho en los años 50: se evidenció la hegemonía del cine norteamericano, se notó la fuerza del neorrealismo italiano y de la “nouvelle vague”, con sus iniciales escaramuzas, y además empezaba a surgir un nuevo cine español con películas de calidad y de éxito. Amparo Martínez recuerda que la década de los 50 fue la del esplendor por “el crecimiento extraordinarios de los cines”, hubo 16 nuevos en ese período, por las reformas constantes, la renovación de equipos de sonidos y el enriquecimiento de la arquitectura, que ya aparecía vinculada a movimientos internacionales. Además, también surgió una nueva empresa, que se sumaba a las tres existentes, Parra, Quintana, Eliseus: Zaragoza Urbana, fundada por Manuel Escoriaza y Felipe Sanz Beneded y coordinada por el hijo de éste, Felipe Sanz Briz. Zaragoza Urbana, la única empresa local que sigue existiendo, llegó a administrar los cines nuevos que estaban naciendo: Palafox, Rex y Coso; y toda esa red maravillosa de cines de barrio, que tanto ha elogiado el escritor y cinéfilo José María Conget, compuesta por los cines Norte, Salamanca, Torrero, París, Pax, Roxy, Madrid y Dux. A todos ellos, así como a El Dorado, que decoraron Santiago Lagunas, Fermín Aguayo y Eloy F. Laguardia, y al Coliseo o el coqueto y elegante Don Latino, decorado por el pintor Luis Berdejo, les dedica páginas y páginas la autora. Tiene una gran importancia el Fleta, inicialmente conocido como Teatro Iris, que nació en el complejo de atracción Iris-Park y fue obra de José de Yarza García. Se estrenó en febrero de 1955 y se le cambió el nombre por sugerencia de HERALDO. Podría estar inspirado en el City Theatre de Ámsterdam(1935) y contó con un impresionante mural de Javier Ciria. El epílogo brillante para el libro y para este momento, ya en los 70, son dos grandes cines: el Don Quijote (éste ya ha desaparecido: ha dado lugar a un casino) y el cine Cervantes. Como se ve, muchos de estos locales han desaparecido, pero este libro los recuerda, los evoca, y nos invita a vivir de nuevo en la mágica oscuridad de su memoria. "Los cines de Zaragoza, 1939-1975". Amparo Martínez Herranz. Prólogo de Agustín Sánchez Vidal. Elazar. Zaragoza, 2006. 366 páginas. NOTAS PARA UN CENTENARIO / 6 Siempre recordaré la primera vez que vi a Julio Alejandro de Castro. Habíamos hablado varias veces por teléfono y tenía una imagen suya que había inmortalizado Rogelio Allepuz: con su barba de marinero, entre gris perla y bruna, y el porte señorial de alguien que volvía del mar. En el hotel Goya, con un jersey claro de algodón, muy cerca de su hermano Fernando, Julio parecía otro: aquel tío de América, cariñoso y suave, al que llevábamos media vida esperando. En cuanto se puso a hablar, llenó el aire de susurros, de sabiduría, de navíos y olores, y de añoranza sin pena. Lo recordaba todo: su niñez asombrada en Huesca y ante el Moncayo que parecía un gigante de piedra y pájaros, el muro que cercaba la vida secreta de los monjes de Veruela mientras caía la nieve, los encuentros de su padre y Antonio Machado en un vagón de tercera, la visita hacia 1932 al poeta en una casa más bien decrépita o humilde, de escaleras chirriantes, cuando fue a pedirle que le prologase su primer libro de versos La voz apasionada (1932). Recordaba, juraría que ante un refresco de naranja, cómo había descubierto el océano en San Sebastián, su posterior vocación de marinero, aquellos días en que se convirtió en lector con un fanal oculto bajo la frazada de las sábanas. Su vida, así narrada, dibujada aquí y allá en el aire con sus huesudas manos que acariciaban un bastón, parecía un canto épico. No le faltaba de nada: pasiones y anécdotas, en Madrid era conocido como Castro el Feo frente a un homónimo conocido por Castro el Guapo, al que las chicas dejaban de desear en cuanto abría la boca; rescates heroicos en Somosierra, nada menos que a manos de Indalecio Prieto, peligros de muerte en Filipinas o estampas de naufragios. Nada le gustaba más que contar cómo zozobró el Blas de Lezo II en la Costa de la Muerte y cómo fueron saliendo, uno tras otro, los diez o doce hijos del capitán. Y le entusiasmaba hablar de sus amigos: Vicente Sánchez o Agustín Sánchez Vidal, que acababa de prepararle la edición de Singladura. Ambos serían, en 1995, quienes sepultarían sus restos, primero en Veruela, junto al fantasma errante de Bécquer, y luego en el campo. Ese día, Rafael Azcona dejó de ser huraño y secreto, y le dijo adiós ante el Moncayo. Pero también serían amigos imborrables para él Alberto Sánchez, Luis Alegre, José María Gómez, Alfredo Castellón, David Trueba y tantos otros, a los que seguramente saludaría como a él le gustaba hacerlo: "Te quiero, cabrón". Entre sus grandes devociones había estado Luis Buñuel. Se conocieron en México hacia 1953. Ambos colaboraron en la adaptación de Cumbres borrascosas de Emily Brönte. Buñuel le dijo: "No quiero que haya ninguna escena de amor". La propuesta era sorprendente, pero desde entonces aprendió que el realizador tenía la facultad de leer un guión, repasarlo, hacerlo suyo y acabar dándole la vuelta como a un calcetín. La relación con él no era fácil. Julio Alejandro representaba la sensualidad, amaba los objetos, la alegría, los sentimientos, la intimidad femenina, y a Buñuel ese mundo luminoso le producía pudor o pavor, prefería ver los perros negros del alma: los miedos del sexo, de la fe, la guadaña amenazante de la muerte. Juntos colaboraron en películas capitales como Nazarín, Simón del desierto, Tristana, Viridiana y El ángel exterminador. Fue en Simón del desierto donde comprobó la afición de Buñuel a leer vidas de santos y la fascinación que ejercía sobre él la pierna, muerta y enterrada, de Miguel Pellicer. En Nazarín, recordaba Julio, las cosas no habían ido demasiado bien porque Buñuel empezó a padecer una violenta sordera que le incomunicaba con los demás. Contó la anécdota de Rita Macedo que se disfrazó de ramera con una ropa andrajosa, se maquilló espléndidamente, y fue a visitar a Buñuel para que le diese el papel; éste no pudo negarse ante la mujer y excepcional actriaz que acababa de ser reemplazada en el corazón de Carlos Fuentes por Jean Seberg. Tras aquel encuentro de 1989, hace ahora una década, se produjeron otros muchos: en Bulbuente, en Zaragoza y en Jávea, donde le visitÉ dos veces; la última exactamente una semana antes de su muerte. Era atento y cuidadoso: lo mismo explicaba la historia de sus camas de marinero, de aquellos mascarones y baúles que tenía, de sus cuadros chinos o de su loza antigua, y de sus mantones y joyas y objetos de escribir, adquiridos a los chamarileros y anticuarios, que recordaba el día de tu cumpleaños con la mejor tarta posible o un arroz a banda. O entretenía a los niños narrándoles historias de cazadores y tigres, hasta que se quedaba estupefacto cuando uno de ellos, que se le había resistido una y otra vez, le preguntaba: "¿Y quién les manda a los cazadores disparar a los tigres?". A los tres días, me llamó por teléfono para dictarme un poema titulado: “La perplejidad de Diego”. En aquella estancia de despedida, en su casa de Javea, Julio Alejandro siguió recomponiendo los versos de su poema épico: recordó su amistad con García Márquez y Juan Rulfo, describió los hermosos pies de Dolores del Río y la locura de amor de aquel amante rico que le llenaba el baño y el tálamo de gardenias. Su imaginación y su memoria parecían no acabarse nunca. Siempre extraía una teoría, una sentencia, un pensamiento poético, una receta gastronómica, era el hombre que se resistía al tedio, el fabulador insomne, el hombre bueno e irrepetible, aunque también padecía una soledad honda e irrespirable, la soledad del hombre de diez siglos que ha amado mucho y que mira a la muerte frente al manso oleaje: se levantaba a las cinco de la mañana, envuelto en un poncho, y salía a la terraza con sus "hermosos ojos de agua nublada". Abría un cuaderno y se ponía a escribir hasta que el sol levantisco le enceguecía los recuerdos. *Portada de la biografía que le ha dedicado el escritor José Antonio Román en la Biblioteca Aragonesa de Cultura. El estupendo periodista Sergio del Molino, estupendo porque sabe de todo y de todo escribe con sensatez, precisión y un punto de locura, excelente narrador también, publica en su blog una nota sobre "Dirección noche" (Xordica, 2006). Como es un libro que me ha gustado mucho, lo copio aquí por si hubiese algún despistado que no frecuente el blog de Segio. El texto es de Sergio del Molino. LOS CUENTOS DE CRISTINA GRANDE.Por Sergio del Molino [Acelerado, con los dedos abrasados de sostener el café con leche en vaso de cartón que me compro siempre en la Plaza de Aragón y buscando en los bolsillos la maldita tarjeta nueva que nos han dado para acceder al periódico, me cruzo por la mañana con Félix Romeo y acabamos tomando un café en La Factoría, mientras dejo que se enfríe en mi mesa el maldito vaso de "Fresh and Ready" (¡y una mierda Fresh! El mismísimo infierno es eso). "Te he traído un regalito", me dice, dándome Dirección noche, el segundo libro de relatos de Cristina Grande, su chica (¿será políticamente correcto llamarla así? Nunca sé cómo referirme a las parejas de la gente. Perdonadme). Lo edita preciosamente Xordica y ha salido a la venta esta semana. Como después de ese café con Félix me he bebido el de "Fresh and Ready", que de Fresh seguía sin tener nada pese al tiempo transcurrido, me he puesto como una moto. Antes de comer creo que han caído cinco cafelitos, uno de ellos, de la máquina del pasillo (¡maldita, apártate de mí!), y todos en grata compañía. Por la tarde he seguido el ritmo de ingestión cafeínica sin decaer, por lo que he llegado a casa, pasadas las diez de la noche, perdida ya la cuenta y con unos ojos como platos. Así que no he necesitado mi meda hora de apoltronamiento habitual después de cenar. En su lugar, me he ventilado en menos de una hora el libro de Cristina. No, no me estoy tirando un farol, es que son menos de cien páginas. Cristina Grande había publicado en 2002, y también en Xordica, La novia parapente, que Antón Castro dijo que le recordaba a "las abruptas pasiones de Bukowski". A mí, Dirección noche me parece un manotazo a la retórica y a la grandilocuencia. Puestos a hacer odiosísimas comparaciones, me recuerda un poco al espíritu de la película Flores rotas, a ese vicio de contar historias por el placer de narrar, y hacerlo como cuando charlas con un amigo. Es una frescura (y no la del café), o mejor, una desnudez literaria muy rara y muy costosa de escribir, pero que a Cristina parece brotarle sin esfuerzo: "Cuando dijo soy una buena persona supe de inmediato que me había confundido de hombre" o "Tengo treinta y ocho años. Quince arriba, quince abajo, mis dos amantes se llevan treinta". Dos grandes arranques a dos de los relatos del libro. Si fuera un crítico sesudo diría -como le he leído a un verdadero crítico sesudo hace poco- que Cristina Grande cumple los requisitos exigibles al cuento contemporáneo: brevedad, contención expresiva y que lo implícito se abra a infinitas direcciones desde un plano explícito impresionista y aparentemente banal. Pero como yo no creo que haya ningún requisito exigible al cuento contemporáneo más allá de que esté bien escrito y no deje al lector impasible, diré que mi corazón late ahora a ritmo normal, y no al de la cafeína, porque los relatos de Cristina han calmado las pulsaciones para acompasarlas a su ritmo, al de su literatura. Me ha hecho sonreír y me ha metido en su mundo, y eso, en los tiempos que corren, es decir mucho. Enhorabuena, Cristina.] Víctor Muñoz, ese genio del fútbol que entrena al Real Zaragoza, tras pasar por el Mallorca, Logroñés, Villarreal y Lleida. Ha sido uno de los centrocampistas más impresionantes del fútbol español en el Real Zaragoza, en el Barcelona, en la Sampdoria, un ejemplo de profesionalidad absoluta. Jugó con futbolistas tan extraordinarios como Schuster, Maradona, Archibald o Toninho Cerezo, y jamás desentonó. Lo dicho, como suplica un zaragocista anónimo: Víctor Muñoz es un genio.¡Viva Víctor Muñoz! Luis Alegre tiene por ahí, en folios redactados en McIntosh, una biografía de su gran amigo. DIEGO PASA DE LA EUFORIA A LA CATÁSTROFE; JORGE PARTICIPA EN UN GRAN CHOQUE No estaba seguro de si podría levantarme ayer. Uno de esos catarros complicados con debilidad general parecía querer estropearme el sábado. A las siete y media de la mañana, por fin, me he fui con Diego al campo José Luis Violeta del Montecarlo. Diego salió en la formación titular, como siempre, pegado a la banda, en la doble labor de interior de repliegue y de exterior derecho que debe profundizar, desbordar y servir balones. Su primera parte fue correcta, y en cierto modo también la del San Gregorio; aunque al final, por falta de consistencia en la línea central y desconcentración y muchos fallos ante el portero rival, el equipo visitante perdió por 6-3, tras haber ido ganando con comodidad por 2-0 y 3-1. La defensa tampoco hizo un buen partido, y Diego se desmoronó. Más que desmoronarse exactamente, le faltó algo más de compromiso y ambición en un partido que caía a la deriva y en el desorden. Esta vez, el buen entrenador Pepe ni siquiera tuvo los reflejos de trasladarlo a la posición de medio centro para que robase balones y buscase su larga zancada, una zona donde reinaba la anarquía más absoluta. Faltando quince minutos lo mandó a la ducha, y a otros jugadores importantes, como quien pierde la fe en el partido. Con este inesperado resultado, el equipo C de cadetes pierde algunas de sus posibilidades de pugnar por la segunda plaza. Jorge salió de suplente. Jugo a las cinco de la tarde en el Stadium Casablanca. Para mi gusto, un tanto incompresiblemente tras el buen partido que había hecho el pasado sábado. Sin embargo, Casablanca y San Gregorio libraron un partido emocionante, intenso, jugado con limpieza, con alternativas, con incertidumbre. Y con un arbitraje más bien malo, que tampoco alteró el resultado final de empate a uno. Primero marcó un precioso tanto Javier, extremo derecho del San Gregorio; en la segunda parte, igualó el central zurdo de los verdiblancos. Jorge salió |