Antón Castro



Temas

Archivos

Enlaces


Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.

CARTA DE ADOLFO AYUSO

20060301235842-tranviap.jpg

Uno de mis escritores favoritos es, desde hace años, Adolfo Ayuso, autor de espléndidos relatos tanto en "El besguo y la soprano" como en "Fugas", su último libro. En los últimos tiempos está muy volcado con las marionetas, los títeres, el mundo del circo, las historias extraordinarias de tantos personajes que apenas conocemos. Hoy, se ha asomado al blog y ha dejado este comentario maravilloso, de ánimo y cariño, que tanto le agradezco.

[Una ciudad no es ciudad si no hay una multitud de personas que la construyen en silencio. Como si no hicieran nada, como si sólo hicieran su trabajo. Tienen un despacho de libros,una compañía de teatro o una colección de viejos programas de circo. Una vieja bodega en el Coso o una peluquería donde aún chasquean las tijeras. Pero casi nadie construye la ciudad tanto como aquel que la fotografía. ¿Existiría Zaragoza sin Marín Chivite, sin Martínez Gascón, sin Luis Mompel, sin Arturo Burgos,sin Carlos Moncín, sin Miguel París y otros anónimos que la atrapan con sus cámaras? Sí, la ciudad existiría, pero su recuerdo no sería real sino matizado por los recuerdos. Lo puedo comprobar ahora que todas las mañanas y todas las tardes escarbo periódicos en la hemeroteca municipal y en la biblioteca de Aragón. Y veo que El Pilar sólo tenía dos torres y veo un desfile de mutilados de guerra que sólo tenían una pierna. Y veo las espléndidas piernas de Gloria Imperio, que conserva las dos para solaz de matrimonios y calaveras. Y los músculos de Indio Mapuche antes de enfrentarse a Félix Lambán.
Sigue con tu colección de personas, con tu álbum de fotógrafos y fotografías. Y cuéntanos quiénes son y las cosas que hicieron. Sin discursos ni alharacas. Como si no hicieran nada, como si sólo hicieran su trabajo. ]

 

*La foto que cuelgo aquí es de Luis Mompel Castelar, de la muestra: "El objetivo en la calle".

01/03/2006 23:58 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

DEPORTE, ARTE Y CULTURA

20060302011124-brown-al-20-5-28-32-.jpgLA EXALTACIÓN DE LOS LENGUAJES DEL CUERPO

 

En la Grecia clásica se exaltaba al atleta y se le otorgaba una dimensión heroica. El campeón, coronado de laurel tras su victoria, era elogiado por poetas como Píndaro en sus “Odas” o por los grandes artistas como Mirón, ahí está su imponente “Discóbolo”, o como Fidias, que buscaba afanosamente en cada escultura un canon de belleza que representaba el atleta. El deporte, como el arte, eran sagrados, y eso se percibían en la escultura, que fue sustancialmente una apología del cuerpo, una lección de la anatomía más hermosa, pero también en los frescos, en la pintura de las cerámicas, en algunos relieves y en la lírica. Los juegos de Olimpia eran un ritual donde se valoraba la moral del combate o la disputa, el esfuerzo supremo (algunos atletas murieron prácticamente en la meta o durante la carrera), la emoción, la contemplación de lo perfecto que aspira a la victoria, tal vez el íntimo deseo de transformarse en atleta y, en consecuencia, en héroe.

El atleta suscita sentimientos inmediatos de identidad y solidaridad, y encarna la hermosura como forma dinámica observada que, en su libertad de acción, en sus movimientos, alcanza la armonía, el equilibrio, la tersura indómita, el atropellamiento agónico de la sangre. La relación del arte y el atleta se ve enriquecida de inmediato con un nuevo concepto: el juego. Y luego el deporte, que vendría a ser el juego mediatizado por la norma, por la regla. Algunos siglos después, los romanos se deleitaban con un juego mortal sometido a algunas reglas nada deportivas: las peleas entre gladiadores, que presentan antecedentes más que de la esgrima propiamente de un deporte tenebroso que ha fascinado desde el siglo XIX hasta nuestros días: el boxeo. Los gladiadores se batían en duelo a muerto y, en ocasiones, si vencían al enemigo humano, se encontraban incluso con otro rival irreductible como el tigre. Eran vidas al límite. Como los boxeadores, los alpinistas, los motoristas o los conductores de Fórmula 1.

La fascinación que sintieron los griegos por el deporte desaparecerá durante varios siglos. Al menos en un contexto artístico. Casi no volverá a darse de modo tan totalizador hasta que surgen las vanguardias históricas del siglo XX, pero antes –en esos siglos oscuros, especialmente los del clasicismo, insensible a los campeones- hubo algunas formulaciones teóricas de enorme interés como la “Carta sobre la educación atlética” del dramaturgo y poeta Frederich Schiller. Él, entre otras cosas, concretó algunas características del deporte como la fuerza, la velocidad, la habilidad y la disputa. E insistió, como si fuera un griego reencarnado en un hombre del Romanticismo alemán, en el concepto de “jugar con la belleza”. El cuerpo del atleta es el cuerpo hermoso y vibrante, restallante de formas puras y potentes, esculpidas en beldad suprema, el cuerpo que se mantiene en forma –el término “mantenerse en forma”, tan cotidiano ya, fue adoptado mucho antes por los místicos-, el cuerpo del atleta es el cuerpo que en su sacrificio máximo agota todas sus reservas, excitados los tendones, tensos los músculos, ebrio de su propio sudor, y se convierte casi en residuo espiritual. En espíritu puro tras el gesto de la batalla.

 

Algunos filósofos, entre ellos Nietzsche, teorizaron sobre el juego y el cuerpo. Y otros, como el narrador y teórico Stendhal, denostaron ese sacrificio. Pero muy pronto, otros nombres , en este caso de la pintura, se sintieron atraídos por el deporte –término que la RAE define como “Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico por lo común al aire libre”- como Delacroix, el mismo Degas o Gericault, que era un pintor de caballos y de “derbis” y un practicante incansable de equitación: su prematura muerte se produjo por una caída de caballo, posiblemente porque no se había curado bien de una anterior. También fue, claro, un pintor de locuras extremas, entre ella la famosa “La balsa de Medusa”.

 

Las vanguardias, en la segunda década del siglo XX, entronizaron las prácticas deportivas. Las veían como emblemas de la modernidad y de un nuevo culto al cuerpo, vinculadas también a prácticas más sanas como el montañismo, el paseo campo a través, la natación y a nuevas formas de alimentación y de costumbres. Uno de los ejemplos más bellos en Aragón sería el cuadro “El Ebro” de Francisco Marín Bagüés: esa maravillosa realidad reinventada a orillas del chalet del Centro Naturista y Deportivo de Helios. Ya en el siglo XIX, entre otros muchos, percibimos un embrujo o un apasionamiento casi desarbolado por una nueva modalidad como el boxeo, quizá la disciplina deportiva que ha hecho correr más ríos de tinta. Ríos de tinta literaria, pero también pictórica. Un caso ejemplar de deportista y escritor que alternaba la práctica deportiva y la literatura fue Lord Dunsany: el autor, tan admirado por Jorge Luis Borges, que lo incluyó en “La Biblioteca de Babel”, era un corredor de fondo por los parajes de su Irlanda natal y un practicante habitual del intercambio de puñetazos. Y otros autores como Joseph Conrad, Conan Doyle, más tarde Ernest Hemingway, Budd Schulberg o Norman Mailer (aquí la lista sería infinita; tendríamos que incluir a Ignacio Aldecoa, en particular su bellísimo libro “Neutral córner”) convertirían el boxeo en materia central de algunas de sus ficciones. Pero quizá el hombre que mejor funde vanguardia y deporte no es otro que Arthur Cravan, aquel sobrino de Óscar Wilde –el padre de su amante Lord Douglas, el marqués de Queensberrie fue quien fijó las primeras normas del pugilismo- que se atrevió a fundar una revista como “Maintenant”, escribir críticas de arte que disgustaron a Picabia y a cruzarse varias veces los guantes, sobre todo con un gran campeón como Jack Johnson, nada más y nada menos que en Barcelona. En su exiguo palmarés atesoró el honor de ser campeón de los pesos pesados de Francia. En España, por aquellos días, y quizá no admita en absoluto la calificación de artista de vanguardia, José Gutiérrez Solana pintaba uno de sus mejores cuadros dedicado a un combate de boxeo.

 

¿Por qué suscitaba tanta devoción el boxeo? Quizá, de entrada, porque es un deporte bravío y oscuro, salvaje e individual, donde uno ha de sobreponerse a sí mismo constantemente, un deporte en el que se es educado para resistir el acoso hasta morir o golpear en pos de la victoria aunque se acabe matando a su contrincante. Francisco Calvo Serraller sugirió que en ese aparente desquiciamiento como punto de partida se hallaba un correlato con algunos confusos valores de la modernidad o con algunos estados de ánimo de una civilización en constante crisis. Pero además tiene otros valores: la exacerbación de la fuerza, el coraje, la estrategia, la esgrima, la potencia, la valentía, la sangre y tal vez la búsqueda de un golpe demoledor que es toda una metáfora de triunfo, supervivencia o inspiración. La nada o la gloria. Quizá estemos hablando en exceso de boxeo en una muestra donde se vincula arte y deporte, pero la representación literaria e iconográfica –y, desde luego, la cinematográfica- del boxeo no le ha pasado inadvertida a casi nadie. Encarna, casi como  ningún otro, el lenguaje del cuerpo que es tan poderoso y variado, y en cierto modo tan intelectual, como el lenguaje mental. Un espíritu tan exquisito como Jean Cocteau le dedicó muchas páginas al pugilismo tras conocer a Panamá Al Brown, aquel campeón de color que fue un “artista del ring”, un bailarín, un mago de la improvisación y del golpe por sorpresa, un estilista. Traemos a colación una cita de Cocteau –sepa el interesado que hay una edición primorosa en Círculo de Lectores sobre su fascinación por el boxeo de Panamá Al Brown, al que convirtió en su amante y de quien habló en su discurso de ingreso en la Academia Francesa-: “¡Desconfiad, deportistas! Tendréis que mediros cada vez con un príncipe del cuadrilátero, un fenómeno, un brujo, un acróbata, un psicólogo, un espectro, un sonámbulo, un poeta; en una palabra, un boxeador”. Otro enamorado del boxeo, y en concreto de Panamá Al Brown, al cual le dedicó una biografía muy original y muchas, decenas de obras de arte, es el pintor madrileño Eduardo Arroyo, que van tan lejos como Jean Cocteau y se atreve a comparar el ring con un lienzo. Se pregunta y se contesta: “¿Por qué toda esta pasión, esta curiosidad, esta devoción por el pugilismo? Yo también me lo pregunto. El pintor es un hombre solo. El boxeador es un hombre solo. El ring es un cuadro blanco, marcado por la sangre, el sudor, el agua y la resina donde se representa el drama. Sangre, sudor y lágrimas. Éxitos raros y fracasos frecuentes. Una toalla vuela como una paloma derribada por un disparo”.

 

El deporte en general ha inspirado una y otra vez a numerosos artistas. Al escultor Pablo Gargallo, por ejemplo, que hizo varias aproximaciones a la figura del atleta, en formas distintas; al propio Honorio García Condoy, que parece proponer en sus mujeres estilizadas una imagen de las “Venus” o nadadoras del Ebro; a Pablo Picasso, autor en 1961 de un cuadro muy libre y suelto, muy sugerente, titulado “Foot-ball”; el balompié inspiró algunos poemas-objeto de Joan Brossa, en algunos casos con sentido crítico o cuando menos irónico. El boxeo vuelve a estar presente en Eduardo Urculo o, ya con otros protagonistas, en el ya citado Eduardo Arroyo. Y también en Josep Guinovart, en el collage “L’esquerra de Miró” de 1993. El atletismo exhibe toda su majestuosidad en una obra muy elogiada de Darío Villalba, hablamos de las dos piezas, de técnica mixta sobre lienzo, que componen: “Velocidad interrumpida” de 1982. Y Fernando Sinaga realizó en 2001 en cuero, goma, metal, cuerda y neopreno la escultura “Spaesamento”. Son algunos ejemplos, pero hay muchos, muchísimos más porque en nueve ediciones de Bienales Internacional del Deporte en Arte fueron examinadas más de 12.000 obras, de las que se seleccionaron 6.000. No parecen cifras a humo de pajas.

 

¿Qué hay, qué puede verse en tantas realizaciones, en tantos sueños del deporte, pura glosa del cuerpo, sus límites y sus alrededores? Están todas las modalidades artísticas con sus géneros fronterizos. El arte contemporáneo es el reino de la mezcla. Fotografía, pintura, dibujo, collage, escultura, fotomontaje, instalación, arte conceptual al servicio del deporte o inspirando en el deporte, que es un laboratorio de pruebas, de sugerencias, de imágenes, de emociones y de ceremonias de toda índole. Y en cierto modo una visible forma de unión de todos los hombres del planeta. Casi nadie puede sustraerse de la irresistible atracción de lo primario, sea cual sea su grado de sofisticación. No predomina un deporte sobre otro. El fútbol no es necesariamente el más representado. Y por lo regular, en esas variaciones artísticas sobre un tema como el deporte (que al principio eran más objetivas o realistas), lo que más llama la atención es la variedad, el poder de la forma, el ingenio de la forma de mirar para leer de otras maneras lo que a casi todo es común. El deporte posee una gama infinita de registros y de sensaciones: desde esos planos generales de la celebración hasta el detalle ínfimo, desde la respuesta multitudinaria hasta el gesto inadvertido y solitario, desde las masas hasta la soledad de una patinadora que se pone sus patines o una gimnasta que espera, con más añoranza que ansiedad, el instante demoledor de enfrentarse a un ejercicio. Todo ello expresado en estéticas muy diferentes, en algunos casos crípticas o poéticas, en otros puramente conceptuales, en otros de un realismo sobrecogedor, en otros de calculada sugestividad, pero sobre todo lo que destaca es la imaginación, la invención, el libre sentido del juego del artista para captar el movimiento, la tensión de un rostro, la belleza de un muslo, la agonía de una llegada, la elegancia de un salto, el estremecimiento colectivo e incluso las vindicaciones constantes del cuerpo, de esta pasión por competir que se configura como una aspiración de perfección y de verdad. El artista Pedro Mora (Sevilla, 1961), escribió a propósito de una de sus obras, seleccionada en la bienal Internacional del Deporte en el Arte 2001 (BIDA): “Sería oportuno evocar al artista modélico, y a su vez atleta, entre los distintos pliegues de las experiencias físicas y emocionales, vitales y afectivas, psíquicas y sociales, para redefinir nuestros poderes corporales”.

 

De un modo u otro, en feroz amalgama de ritmos y de imágenes, el cuerpo es un espejo global que nos refleja y a la vez nos incorpora a su frenético universo de tensión, de sacrificio, de velocidad, de hermosura, de tragedia, de imperfección y de vacío. Los artistas, como nuestra memoria, intentan fijar de una vez para siempre el camino hacia el triunfo o el descenso brutal hacia la nada.

 

*La foto es del gran Alfonso Panama Al Brown.

02/03/2006 01:11 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

MI CASA EN LAS ARMAS, 138. AÑO 1979 Y 1980

20060302181053-calle-las-armas-138-entra.jpgJavier Burbano me envía la puerta de la casa 138 de Las Armas donde yo viví a finales de los 70 y principios de los 80 en el ático. Gracias Javier. Ya me habían reprochado que tengo descuidado el blog.
02/03/2006 18:10 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

DEL ARTE DE ESCRIBIR

20060303005553-madame-bovary.jpg

En mi casa ya casi no caben más libros. Pero siempre me atraen, por cosas muy distintas. Hace unos días, visité Los Portadores de Sueños con Sivia Meucci, la  editora italiana de Siruela que tiene algo de Alida Valli, y con la fotógrafa Simona Sassen, apasionada por las piedras y sus texturas y por las tumbas de poetas. Compré “El taller de los escritores. Inspiraciones sobre el arte de escribir, la literatura y la vida”, compilado por Francis Amalfi y publicado por Océano-Ambar. Está lleno de fotos y de frases, aforismos y sentencias, de los autores sobre los asuntos más diferentes. Me fijo en algunas:

MARTIN AMIS

 

-“Escribir una novela es como embarcarse en un viaje sin mapas en el que la  única ventaja es que conoces el destino”.

-“Tal vez lo que trato en mis libros sea espantoso,  pero yo busco el placer, siempre el placer”.

-“Un buen libro es aquel que cuando terminas de leerlo te entran ganas de pagarle una copa a su autor”.

 

PAUL AUSTER

-“Escribir una novela es como correr un maratón. Hay que ser metódico. Dejas de hacerlo un solo día y ya pierdes el ritmo; se malgasta mucho tiempo tratando de restablecerlo”.

-“Yo creo que escribir es lo que te mantiene joven. Cualquier arte mantiene fresca a la gente, porque nunca te retiras”.

 

FLAUBERT

 

-“Escribo por el solo placer de escribir, para mí solo, sin ninguna finalidad de dinero o publicidad. En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras y no recojo otras flores que las metáforas”.

 

 

 

*Fotograma de la película "Madame Bovary" de Vincent Minnelli, con Jennifer Jones y Louis Jourdan. La cinta es de 1949, el año de nacimiento de Martin Amis, el25 deagosto (el mismo  día que yo, aunque yo nací en un establo, entre vacas, cerdos y gallinas, a las once de la noche, en Vilarnovo,  Santa Mariña de Lañas,  Arteixo, en 1959).

03/03/2006 00:55 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

A CERCA DEL BLOG (UN TEXTO DE METABLOG)

20060304003941-araki.jpg

Hace unos  días, la periodista Elena Puértolas, una belleza muy inteligente tocada de melancolía, me pidió que le explicara mi  relación con el blog. Le mandé este  texto:

 

[Hace casi dos años abrí un blog. Fue en mayo de 2004 y desde entonces he escrito más de dos mil páginas. El blog  me  gusta porque me permite tener una segunda vida al margen de la prensa o de mis libros. Me permite hablar de aquello que me emociona de golpe, de cosas que cobran un valor inesperado e íntimo y que comunico a quien quiera entrar. En mi blog hablo de todo: de amigos, de libros, de arte, de viajes, de mi propia familia, de sentimientos, de mi perra a la que saco a pasear, de mis viajes en coche. Y lo hago como juega al baloncesto la selección brasileña: con constancia, con pasión, pero sin obsesionarme por el  marcador. Tengo adicción al blog, a unos cuantos blogs, y hay muchos días en que el blog me ha salvado de un mal día. Vivo con el blog una historia de amor y de entrega. Alguna gente me ha dicho que mis textos más hermosos e sinceros pueden rastrearse ahí.  El blog, con las fotos, con los personajes, con las crónica de fútbol de mis hijos, quizá sea mi auténtico autorretrato, mi mejor cara, mi corazón expuesto.]

 

*Me encanta escribir aquí de fotografía. Esta obra es de Araki.

04/03/2006 00:39 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

MARCADOR: DOS VICTORIAS DE DIEGO Y JORGE

20060305003639-azucarera.jpg

Acudo a realizar una brevísima crónica de los partidos de Diego y Jorge. Ambos jugaban en casa. A las 7.30 salíamos de casa Diego y yo: el San Gregorio se enfrentaba al Racing Delicias. Ganaron los rojillos por 4-2, fue un partido intenso y entretenido; el Racing Delicias se quedó con diez al final de la primera parte, pero nunca se conformó con su suerte. Perdió con honradez, brega constante y un sentido de la dignidad deportiva que no hace indicar que sea el colista de la clasificación. Diego jugó el partido completo: estuvo muy bien de medio centro hasta el minuto 60, corriendo, jugando, regalando algunos goles cantados, en su línea de gladiador con calidad de siempre. Cuando pasó al extremo, perdió su pujanza: enhebró un par de jugadas, pero poco más.

Jorge con su equipo de División de Honor infantil se enfrentaba al Juventud, cuyo entrenador lo llamó repetidamente para que jugase con ellos. Vencieron los nuestros por 5-2, aunque se adelantaron los visitantes. Jorge realizó un primer tiempo primoroso: desbordó, acompañó las jugadas, se ofreció, penetró hacia el centro y la banda, y sirvió buenos balones, especialmente uno que él, en privado, podría calificar de “magistral”. En la segunda parte, estuvo algo más gris: combativo, sí, con ambición, pero sin fortuna. El entrenador le dijo: “Te has ganado ampliamente el sueldo”. Creo, mañana lo dirán los resultados, que con esta victoria, el San Gregorio recupera su tercer puesto.

 

*Panorámica de la Azucarera, en cuyo campo  juegan Diego y Jorge, antes de la construcción masiva de pisos.

05/03/2006 00:36 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

CHORCHE ROMANCE REGRESA A CASA CON UNA NUEVA LENGUA

20060305005213-la-ramblas.jpg

Nuestro amigo Chorche Romance me envía esta bella carta. Deja Barcelona, sin dejar de vivir en ella, y retorna a Zaragoza lleno de proyectos para trabajar en la Televisión Autonómica de Aragón. Estuvo varios años en Barcelona sin dejar de pensar en Zaragoza y ahora vuelvecon la certeza de que nunca se olvidará de Barcelona. Sin pedirle permiso, pongo aquí su bella carta en dos lenguas. Es precioso leer aún: "traido de Barcelona una nueva lengua". Siempre pensé que la democracia debía ser la fiesta de las lenguas.

 

[Que la vida iba en serio, amigos. Resuenan palabras de Gil de Biedma en mi cabeza mientras escribo ésto. Que la vida era irse, llegar, vivir y volver. Y no acabar, sino empezar. Y no empezar sino retomar. Y dejar atrás. Pero no dejar. Debería estar acostumbrado, pero no lo estoy. Debería saber que detrás de cada cambio está la puerta del futuro. Debería saber que los de verdad estarán ahí. Debería pensar que con el cambio recupero una ciudad y gano otra. Y aquí estoy. Con los comienzos siempre difíciles. Con el caos que acompaña a una tele (grande) que empieza. Con el caos de estar en mi habitación de siempre pero con mi última vida en una habitación con dos camas en Barcelona. Todo se andará. Y habrá mudanzas. Decía San Ignacio que en tiempo de crisis no había que hacer mudanzas. Pero..¿Y si la mudanza no es una crisis, sino todo lo contrario?. ¿Y si en el fondo las crisis no son sólo sino cambios de dirección?. El viento cambia de dirección y ahí sigue, día a día. Doblando esquinas y farolas, como quien dice. Así que a todo cambio de dirección le sigue un nuevo impulso, y viceversa. Y en el fondo, lo que pasa, es que estamos hechos de mitos. Y vives en Barcelona pensando en Zaragoza, y vives en Zaragoza pensando en Barcelona. Así que todo es más rico. Y los mitos, como dice Paco Ignacio Taibo II, no son sólo más que el rumor de la historia de los vencidos. Porque sabemos que la historia la hacen los vencedores y los mitos los derrotados y los orgullosos. Y mientras al mito no le quitemos su parte de razón, como los nazis, ni lo despojemos de su parte legendaria, como Campbell o Eliade, los mitos seguirán siendo el espejo de nuestros sentimientos. Y no es un mito que esté ya trabajando en la Televisión Autonómica de Aragón. Ni es un mito que haya vuelto a Zaragoza. Ni es un mito que Barcelona se incluye en mi categoría mítica de "ciudades donde he vivido y no me importaría volver a vivir".

.......

Per a alguna gent que deixo enrera. Amics/igues. Moltes gracies per tot. Em porto de BCN una nova llengüa. Espero no portar-me el fum d'algunes coses i si tota la iniciativa i la creativitat que envolta la ciutat. Espero portar-me el record de moltes persones i l'estima de altres moltes. Espero portar-me llocs, mar, gent, cel, bruma, humidat, sol, sant joan, festes de grácia i okupes varies, radiocontrabanda i les meves faltes, llibreries, bars, racons, estiu, platja, cigarrets de la risa i no, fins i tot una Estrella. No trigaré gaire a tornar-hi. Segur.]

 He encontrado esta bonita foto de Las Ramblas, en blanco y negro, en http://www.whytal.com/portfolio/images/la-ramblas.jpg.Y aquí la pongo en homenaje a Chorche Romance, que retorna a casa sin poder olvidar donde fue feliz tanto tiempo con Zaragoza en el corazón.

05/03/2006 00:52 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

NARANJAS SANGUINAS: ALGUNOS RECUERDOS

20060305174031-premioscalamo06-20081.jpg

[Naranjas sanguinas. El sábado pude comprar naranjas sanguinas en mi frutero de cabecera del Mercado Central. Hacía ocho o diez años que se las pedía. Naranjas borrachas que son pequeñas cantimploras de zumo. La ceremonia de ablandar la naranja, quitarle el tapón y succionar -como supongo que harán las abejas- el jugo recién ordeñado. Y además nos reímos mucho. Cuando les contaba a mis hijos historias de naranjas, me acordé de Antón Castro, del niño de Arteixo que esperaba que apareciera su padre entre as brétemas con un saco de naranjas sanguinas o borrachas mientras las ranas saltaban a su alrededor.] (Texto de Víctor Juan Borroy)

Víctor Juan Borroy, ese caballero de Villa Albina que ya ha transcrito casi mil páginas de las memorias de Félix Carrasquer, es un gran contador de historias. Y un poeta que no sabe que lo  es: “Naranjas borrachas que son pequeñas cantimploras de zumo”. Es una frase que hará feliz a ese coleccionista de frases peculiares que es Fernando Sanmartín. Ha terminado un libro sobre Paco Ponzán y Ramón Acín Aquilué, que anda dando vueltas en pos de un editor (con él ocurrirá igual que pasó con “Frío de vivir”: lo rechazaron algunos editores y luego fue un éxito para Zócalo, Emecé y Salamandra; es un libro escrito con pasión arrolladora) y ya ha terminado una segunda novela sobre un maestro, que es una idealización de varios maestros, entre ellos, deduje, Pedro Arnal Cavero. Por despiste y mi mala cabeza, sólo he leído un primer capítulo extraordinario; he dejado los otros en el fondo de archivo de “Heraldo”. El otro día recordaba una historia sobre mi padre cuando volvía de la emigración en Suiza: siempre traía caramelos de menta, naranjas sanguinas, su traje de pana y aparecía rodeado, en Castelo, lugar de Santa Mariña de Lañas, rodeado de ranas y sapos. Eso ocurría mucho antes de que el último Buendía apareciese envuelto en mariposas  que presagiaban su propia muerte y el fin de la estirpe.

Desde hace algunos años, tengo una cuñada, Isabel Gascón, que tiene un campo de naranjos en Orihuela, la de Miguel Hernández, y siempre que viene nos invade la casa de naranjas. Son mi fruta preferida. Por mi padre, porque luego mi madre, ya en Arteixo, las compraba por cajas, por mi cuñada y por el recuerdo de una juventud atribulada en Chilches, Carcaixent, Alcira, y unos cuantos lugares más donde fui a trabajar en la recogida de naranjas. Recuerdo que una noche, sin una perra en el bolsillo y sin nadie que quisiera darnos trabajo, al final montamos la tienda debajo de un inmenso alcornoque. Y cuando estábamos allí, a cobijo, imaginando las estrellas tras la copiosa fronda, se desató un espantoso vendaval, como el de hoy, pero además con una lluvia apocalíptica. Habíamos oído contar tantas veces que los rayos hendían los alcornoques y los árboles, donde descargan toda su ira eléctrica, que nos echamos monte a través en busca de un nuevo refugio. No sé que fue peor: la pulmonía o la posibilidad de morir carbonizados durante el sueño. Eso sí, de entre los naranjos y la tierra mojada irrumpía un olor dulzón que parecía el del fin del mundo. Aquella sensación es difícil que se me olvide.

Ahora voy a llamar a mi padre, Benito do Touciñeiro, con morada en Arteixo, a ver si se acuerda de algo de esto: no del diluvio universal, sino de su regreso a casa con caramelos, las ranas y los sapos, y las naranjas sanguinas.

Lo más probable es que diga lo mismo que me decía mi madre: “Neno, sigues a ser un mentireiro. Contas mentiras tan grandes como o mundo. ¿Medrarás algunha vez?”.

Cuando voy a Arteixo, visito o lugar de Os Laranxos (Loureda), donde mi amigo y compañero de la infancia, Waldo Felipez Freire, tiene un picadero de caballos. Yo monto en uno manso y alazán, se llama “Romero”, y avanzo, con mis hijos, hacia el mar por una fraga que huele a eucalipto y a misterio constante. La infancia allí se me vuelca de súbito con su arsenal de invenciones, en medio del gemido del viento. Más de una vez he pensado en aquellos inviernos cuando mi padre me traía naranjas sanguinas de Vevey, Berna, Zurich o Basilea…

 

*La imagen es caprichosa: es una foto que me ha remitido Javier Delgado de su noche de los premios Cálamo. He buscado caballos en el bosque, he buscado naranjas, y al final, no sé por qué razón, ha aparecido ésta. Un gallego  supersticioso que cree en las meigas se deja llevar por estos regates del azar. Ya lo sabéis: Javier Delgado en una de sus noches más felices, en la noche que fue premiado, habló de leyendas marinas y defendió la libertad de expresión.

 

05/03/2006 16:27 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 7 comentarios.

MEMORIA DE JOSÉ MARTÍ

20060306121823-marti.jpg

José Martí es el escritor nacional de Cuba. Y eso en un país que ha parido escritores como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Severo Sarduy o Reinaldo Arenas, quiere decir algo. Cabrera Infante dijo de él en 1998: “No tengo la menor duda de que la escritura de Martí –con todos sus excesos, por todos sus excesos- es el aparato barroco, conceptista y elocuente más poderoso que ha producido la literatura en español desde Quevedo”. La reflexión acerca del autor de “Versos sencillos” –el orador “que encandilaba a los obreros con su palabra”, “el excelente periodista”, “el poeta romántico, todo un precursor del movimiento modernista”; seguimos citando a Cabrera Infante y a la par definimos al personaje- se nos antoja exagerada, pero también es todo un indicio de que estamos ante un autor que desarrolló una obra importante rodeado de adversidades, de destierros y exilios, marcado por una obsesión: la libertad y la independencia de Cuba. Uno de los amigos que lo conoció en Nueva York, en un espectáculo de Broadway, se pregunta en qué andaría pensando aquel hombre menudo, de rostro ovalado y poblado bigote, y dice: “Pensaba en Cuba y su independencia, animado por un patriotismo ascético”. Aquí está el credo fundamental de Martí: la lealtad a un pueblo, al suyo, una manera apasionada de cultivar la identidad aunque sea desde muy lejos. Durante su estancia en Guatemala, escribe herido de melancolía y remordimiento: “Aquí vivo, muerto de vergüenza porque no peleo. Enfermo seriamente y fuertemente atado, pienso, veo y siento”. Y este sentimiento constante lo lleva a acaudillar el movimiento revolucionario, a regresar a su país y a caer de tres disparos de soldados españoles en mayo de 1895 en Dos Ríos. Tenía sólo 42 años.

         ¿Qué había ocurrido hasta entonces? ¿Cómo había sido la existencia de aquel hombre pugnaz y sensible, seductor y revolucionario, que se estremecía por igual ante la belleza y la historia de su isla, la hermosura caliente de las mujeres o la fuerza tumultuosa de las palabras? Nació en La Habana en enero de 1853, hijo de valenciano y tinerfeña. Cuando tenía cuatro años, la familia se trasladó a Valencia, donde vivió dos años; más tarde, los Martí estuvieron en La Habana, en Matanzas, en Belice. El asesinato de Abraham Lincoln en 1865 lo sorprendió en la capital de la isla, y fue de los pocos alumnos que se puso un brazalete de luto. Para entonces ya tenía un amigo del alma, Delfín Valdés, que lo acompañaría a Zaragoza, y un profesor inolvidable, Rafael María de Mendive, que le enseñaba a dibujar y le corregía los versos. Aquel Pepe Martí era un excelente lector y un entusiasta poeta que obtenía buenas notas, era algo así como el alumno ángel que soportaba estoicamente las bromas de los demás. Alguien dijo de él que poseía una “sonrisa dulce que infundía respeto”. Pronto empezó a publicar en revistas y periódicos, e incluso en 1869 compuso “Abdala”, su primer drama patriótico. Por aquellos días, se produjo la deserción de un soldado cubano que pasó a las filas españolas, y él y varios amigos redactaron una carta de crítica. Esa epístola fue requisada por las autoridades y José Martí fue juzgado y condenado cuatro años en prisión con el número 113 de la brigada de blancos. Le pusieron el uniforme de presidiario, lo pelaron al rape, le colocaron grilletes en la pierna derecha y una cadena a la cintura. Le conmutaron la pena y lo deportaron a la isla de Pinos.

           Finalmente, ante la petición de indulgencia de su madre, lo mandaron a España en el vapor “Guipúzcoa”. Estuvo en Cádiz, en Madrid, donde frecuentó el Ateneo, la Biblioteca Nacional o el Café Suizo, y se aficionó a la discusión, a las tertulias y a la acción política. El noviembre de 1871, ocho estudiantes fueron fusilados en La Habana al que se les había acusado, sin demasiadas pruebas, de la profanación de la sepultura de un español. En mayo de 1873, llegó a Zaragoza y se instaló en la calle Manifestación, se matriculó en Derecho, colaboró en “La cuestión cubana” de Sevilla, y en febrero del año siguiente participó en una velada poética en el Teatro Principal, donde “fue aclamado aquella noche como orador y poeta”. Aquí escribió su drama “Adúltera” y tuvo amores con la aragonesa Blanca de Montalvo. Además de licenciarse en Derecho Cívico y Canónico, concluyó su Bachillerato en Artes y obtuvo la licenciatura de Filosofía y Letras. Su presencia en Zaragoza ha sido estudiada con pulcritud y rigor por Manuel García Guatas. Por su vinculación con Zaragoza y Aragón se ha creado la cátedra José Martí y ayer culminaba un congreso dedicado a su obra. 

         A partir de entonces, Martí se convertirá en un vagabundo. Regresará Madrid, se trasladará a Veracruz, donde vivió intensos amores con la animadora cultural Rosario de la Peña, que había sido amante del poeta suicida Manuel Acuña. Su estancia en México será muy fructífera: tradujo “Mis hijos” de Víctor Hugo, inició sus colaboraciones en “Revista Universal”, de cuya redacción llegará a formar parte, escribió por encargo el drama “Amor, con Amor se paga”, que se estrenó en el Teatro Principal de México en 1875, se dice que vivió un romance con su protagonista Concepción Padilla y otro con Edelmira Borrel, aunque a finales de ese año conoció a su futura esposa, la cubana Carmen Zayas, con quien se casó en México en 1877. Su vida giraba en torno al amor, a la polémica, a las sociedades literarias, al periodismo, que será su sustento, y sus incorruptibles ideales políticos. Más tarde se marcharía a Guatemala, donde volvió a otra enfermiza pasión: en este caso con María García Granados, que se moriría de amor por él, Martí la recordó en unos versos: “La niña de Guatemala, // La que murió de amor. // (...) Él volvió, volvió casado: // Ella se murió de amor”.

En 1880 se instaló en Nueva York donde permaneció casi una década. Y desde allí, sin perder un ápice de su pasión sus ideales, colaboró con numerosos medios y escribió sus mejores libros de versos: “Ismaelillo” (1882), “Versos libres” (1882) y “Versos sencillos” (1891), y concibió los cuatro números de la revista “La Edad de Oro”, pensada para “los niños de América”. La estancia en Nueva York, como ha recordado Juan Ramón Jiménez, fue determinante: fue un periodista minucioso y observador que igual escribía de un combate de boxeo, que de Búfalo Bill, de la muerte de Marx o de la construcción del puente de Brooklyn o de la Estatua de la Libertad. O presentaba al mundo hispánico la obra del poeta y filósofo Ralph Waldo Emerson, al que tradujo, y la fascinante personalidad de Walt Whitman. Publicó una novela, “Amistad fuerte” (1885), también conocida como “Lucía Pérez”. Viajó por el corazón de Estados Unidos, estuvo en Las Antillas, en Jamaica. Poco antes de su muerte, que nació de sus desesperado afán por entrar en combate por la libertad de Cuba, Rubén Darío escribió: “Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables”.

06/03/2006 12:18 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 8 comentarios.

JOSÉ LUIS CANO, CANO, CANICO

20060308015136-cano11.jpg

José Luis Cano (Zaragoza, 1948) es uno y multitud. Por eso siempre es difícil saber quién es el hombre que firma José Luis Cano, Cano a secas, Canico como también se le conoce porque hace “canicos”: libritos casi minúsculos donde encierra en pocas páginas, poca letra y muchas ilustraciones vidas ilustres, ilustradas e iluminadas. Es el tipo que posee la risa más estentórea del mundo probablemente, sonora como un torrente que se desmelena, indócil como un potrillo sin desbravar. Algunos dicen de él que tiene algo de hermano gemelo de El Roto, pero les diferencia, sobre todo, que Cano ríe mejor y más constantemente. Tiene una risa casi salvaje, que es el anverso de una timidez tan abrupta como bien llevada. Y como Andrés Rábago El Roto es lúcido, radical, pesca la vida al vuelo y la resume en un bocadillo que parece un pensamiento de Cioran.

 

         José Luis Cano -que no debe ser confundido jamás con Rocky Kan o con el poeta y crítico José Luis Cano, aunque podría ser cualquiera de los dos- empezó a hacer viñetas de humor a principios de los 80. Artista expresionista, creó unos hombrecillos con unas trompas inmensas, que era su aproximación personal a la caricatura cubista, y unas abuelas que apenas eran algo más que un triángulo de luto y que “un borrón negro con nariz y patas”. Los unos y los otros hablaban, con sujeto y predicado, como filósofos: ellos ponían en órbita eso que se ha dado en llamar el humor somarda, esa mezcla de acracia natural, cazurrismo y sabiduría popular que provoca estragos. Dice las cosas como si no quisiera decirlas y te deja escocido en el estómago y en la inteligencia. Más tarde, hacia los 90, Cano eligió otros dos personajes: un anciano rural de la tribu, más bien amargado con todo (incluso con el capricho de las estaciones), abrazado a una oveja, y una mujer con una radio que vomita noticias sin parar. La radio exaspera a la oyente o le ayuda a entender el mundo. En el fondo, Cano siempre ha estado preparando la puesta en escena de su gran sentido del humor, que tendría su proyección absoluta hacia un vasto puñado de personajes aragoneses marcados por una característica: la esquizofrenia.

 

         A este asunto le ha dedicado un libro reciente, y algunos de esas criaturas reaparecen aquí, en este viaje en el tiempo a Zaragoza: desde San Lamberto al dibujante Gutiérrez, que retrató a Gregorio Calmarza; desde Engracia y Avempace a Francisco Marín Bagüés, que quiso pintar un mural en el Pilar y todo quedó en agua de borrajas. Desde el charco Goya seguía diciendo: “Que en acordarme de Zaragoza y pintura me quemo bibo”. Aunque mi personaje favorito es el menos conocido: María Luisa Cañas, Marisica: “Hija de Celedonio, honesto alfarero de la Bozada, gozaba de tan poca salud que falleció de un soplo a los doce años. Días más tarde, la Marisica volvió del más allá para revelar a su padre la fórmula secreta de una piedra esméril llamada a revolucionar el mercado. La piedra, llamada Ferrisa, fue la ruina de la familia Cañas”. Esta es una anécdota real que a Cano le viene como anillo al dedo. Odia las historias felices. Jamás podría ser un best-seller.

 

         Zaragoza es una de las ciudades con más personajes ilustres y raros por metro cuadrado. Cano es uno de ellos y aquí los mira a todos como a iguales. Como antepasados con un aire de familia, como hermanos, cómplices y cabecitas locas. A algunos les había dedicado monografías completas en el sello Xordica (Buñuel, Goya, María Moliner, Gracián, Sender, Ramón y Cajal, Fernando el Católico...), pero no se repite. Y además, logra algo admirable: convierte a Zaragoza en el centro de vidas ilustres, en el escenario de anécdotas, rebeldías, gestos surrealistas o crueles como la muerte de Santo Dominguito de Val, pero también sabe convertir un instante aislado, como el retrato de Luis Mompel a Ava Gardner, en un relato, en una aventura con valor en sí misma, en una leyenda de amor a primera vista forjada en una plaza de toros. José-Carlos Mainer dijo una vez que el escritor José Luis Cano estaba próximo a la erudición y al espíritu de Borges. Cano es un contador de historias, un poeta visual, un alquimista de los trazos, el pariente español de David Levine. Sólo una persona así puede pensar que Eusebio Blasco merece la inmortalidad por haber inventado el término suripanta.

 

*Nota para un libro de José Luis Cano que aparecerá  en Media Vaca próximamente. Gira en torno a Zaragoza.

08/03/2006 01:51 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 10 comentarios.

PREMIOS BUHO 2005

20060309022940-lalana.jpg

Me llegó anteayer esta nota de correo electrónico:

[La Asociación Aragonesa de Amigos del Libro, que preside José Luis de Arce, ha concedido, un año más, sus “Premios Buho” correspondientes al año 2005. Los galardonados de la presente edición son los siguientes:

Premio Al Centro de Estudios Locales de Alcorisa (Teruel), por la publicación del libro “FIESTAS EN AZUL”, en el que se recoge el testimonio de la celebración de las fiestas patronales en el medio rural turolense durante los años del franquismo.

Premio al escritor D. Fernando Lalana, por su dedicación y actividad literaria, especialmente destinada a la literatura infantil y juvenil, contribuyendo así a aficionar a la lectura a los más jóvenes.

Premio a la bibliotecaria de Graus, Dª Josefa Mur Betorz por su actividad en pro de la difusión de la lectura, y por haber hecho de la Biblioteca que regenta un centro de animación cultural, a través de los talleres, exposiciones y otras celebraciones que impulsa en esa ciudad oscense.

Premio a D. Luis Ballabriga, por su esfuerzo desarrollado en la investigación y recuperación de viejas ediciones y publicaciones no venales, que permiten descubrir muchos movimientos culturales que conformaron, en el pasado, buena parte de la vida cultural zaragozana.

Premio a D. Pedro Román Sáchez, que ejerce la artesanía de la profesión de tipógrafo, esmerándose en la preparación y presentación física de las publicaciones y libros en que interviene, contribuyendo a mejorar el aprecio que los lectores tienen hacia las obras que, además de su buen contenido, ofrecen un aspecto formal excelente.

La Junta Directiva de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro , acordó conceder este año, un Premio Buho Extraordinario, al  Ayuntamiento de la Ciudad de Alcañiz, por la nueva Biblioteca Pública Municipal, que va a albergar la recién restaurada Casa Palacio de Ardid, por el esfuerzo que supone la recuperación de este patrimonio singular, y por el acierto de destinar el nuevo y magnífico edificio a Biblioteca y Centro de actividades culturales.

Los Premios Buho, que consisten en una artística placa de cerámica, elaborada en el Taller Escuela que la Diputación Provincial de Zaragoza mantiene en Muel, serán entregados en el transcurso de la velada literaria que los Amigos del Libro organizan, en el salón de actos de la Biblioteca de Aragón, el próximo día 25, dentro de las actividades que en la ciudad festejan el Día del Libro.

La Asociación de Amigos del Libro viene desarrollando una esforzada tarea cultural en la vida zaragozana y aragonesa, pese a sus modestos recursos, colaborando igualmente con otras entidades e instituciones, como son la propia Biblioteca de Aragón, la Fundación CREA y la entidad de Ahorro IberCaja, organizando conjuntamente conferencias, recitales, presentaciones de libros, etc., además de viajes y rutas literarias por distintos puntos de la geografía aragonesa..

 La Asociación tiene su mejor portavoz en la revista “Barataria”, que periódicamente se edita, y en la que se recoge la actividad de la misma, junto a numerosos trabajos y colaboraciones en prosa y verso, aportados por muchos de los asociados y por cuantos tienen algo que decir en el mundo de las letras aragonesas.]

P.D. Por cierto, esta tarde me ha llamado José Antonio Román, muy recuperado de una penosa y peligrosa enfermedad, y me dijo que estaba coordinando un nuevo monográfico de "Barataria" que aparecerá hacia abril o mayo dedicado a Julio Alejandro Castro Cardús. Román publicó una biografía de guionista y dramaturgo. En la foto está Fernando Lalana. Enhorabuena para todos.

09/03/2006 02:29 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

LOS POEMAS DE BERNABÉ HERRERO

20060310110207-herrero.jpg

Acaba de aparecer el libro “Poemas” de Bernabé Herrero, el poeta soriano y republicano nacido en 1903 y muerto en 1957, del que José Tudela, letrado mayor de las Cortes es sobrino nieto. Amigo y corresponsal de Gerardo Diego o Juan Larrea, es autor de varios poemarios como “Emociones campesinas” (1925), “Tonadas del camino” (1926), “Letrillas castellanas” (1934), los espléndidos sonetos de “Orillas” (1947) y los poemas finales de “Otros poemas”. Adquirí el volumen ayer en Antígona –Agustín Sánchez Vidal andaba por allí y me comentó el gran lanzamiento que le van a hacer a su novela “La llave maestra”, traducida por Silke Kleeman en Tarazona, en la Feria de Frankfurt- y hablaré de él más adelante. Adelanto aquí un soneto:

 

Quiero vivir aquí. Nada más quiero

este infinito azul que me acompañe.

Quiero que mi alma –triste ya- se bañe

en las sonoras márgenes del Duero.

 

Quiero sólo la luz, la línea invicta

de la llanura que se va tan lejos.

Sólo quieren mis ojos tus espejos,

agua que tiernas efusiones dicta.

 

Y llegada al caer, que tú me ampares,

caridad de los olmos ribereños,

testigos de recónditos azares.

 

Olmos verdes en vegas amarillas.

Cuántos sabéis de enamorados sueños

tejidos en la paz de las orillas!

 

 

10/03/2006 11:02 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

DOBLE VICTORIA DE SÁBADO

Ayer estuve en Madrid y no pude ver los partidos de Jorge y Diego. Diego venció 2-3 en el barrio de San Gregorio, ante Los  Molinos, y Jorge venció por el mismo resultado ante La Salle Teruel. De ese modo, sus equipos del San Gregorio siguen muy arriba. Jorge aumenta a cuatro puntos la distancia con el Montecarlo, en la disputa del tercer puesto y mantiene la de dos que tenía con el Casablanca, y Diego sigue mirando al San Agustín, segundo, con el que se enfrenta este sábado.

12/03/2006 09:52 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

NUESTRO HERMANO EL CIEGO

20060313090026-borges.jpg

 

 

Los ciegos siempre han tenido una personalidad especial: intuyen el mundo de la luz desde una noche de nieblas, a veces turbia, con leves destellos de claridad imprecisa; a veces oscura y tenebrosa como el corazón de un pozo. Los ciegos asumen su desgracia o el golpe de infortunio que le suministró la vida e intentan alcanzar su lugar en el mundo. Y lo logran. Se afirman en su condición de seres humanos de una pieza -demediados en uno de los cinco sentidos- con una dignidad inquebrantable, con curiosidad, con un mundo propio que tiene un minucioso código de detalles, objetos y sensaciones. Ven el universo sin verlo: a través de recuerdos inventados, mediante el uso de la imaginación y la afinación de los otros sentidos. Lo ven porque lo reinventan, lo sospechan y lo alzan en su reino de oscuridades con la precisión de un agrimensor. La intuición caza en el silencio inquietante o en medio de la vorágine del ruido. Un ciego siempre asombra a los videntes: atisba lo que ocurre por la voz, el sonido, la caricia, los olores, y construye una realidad a su medida. Un ciego lucha con las adversas sombras del destino y la perpetua noche en que vive, que conlleva incomodidades y vulnerabilidad cotidianas, pero tampoco se resigna: intenta probarse día a día que puede remontar su invalidez y desarrollar su inteligencia, su capacidad de trabajo, su deseo de convivir y amar y procrear con absoluta normalidad.

 

         La ceguera es una de las metáforas del mundo. Alude a la fragilidad y al conocimiento. Los escritores y los pensadores acuden a ella a menudo para abordar la percepción de las cosas. Alguien que ve perfectamente puede estar ciego porque no capta el fulgor y la paradoja de la realidad que le impregna la pupila. Alguien que está ciego físicamente puede deducir lo que ocurre y extraer de su entorno lecciones definitivas. Homero era ciego, peregrino de los caminos y quizá uno de los mejores cronistas de su tiempo mediante el uso de fábulas, en caso de que hubiera existido. Viviese o no, su valor simbólico en la cultura occidental es determinante: él, que debió precisar una amorosa mano que guiase sus pasos, es como un lazarillo que alumbró nuestra sensibilidad. Constituye una imagen mítica. Todos lo hemos visto sin verlo: hemos creído en la fuerza arrolladora de sus ficciones. Jorge Luis Borges, que vivió lejos de las estaciones de la luz prácticamente desde mediados de los 50 y tenía la facultad de adivinar los monumentos y las plantas, se sintió fascinado por los ciegos: a él, que se sabía de memoria cientos de libros y de párrafos y de discursos del héroe, le leían sus discípulas y colaboradoras, María Esther Vázquez, Margarita Guerrero o María Kodama, y edificó un vasto universo que no excluía la ceguera. Ernesto Sábato redactó un  prodigioso “Informe para ciegos”. Daniel Castelao veía a los ciegos deambular por los caminos y las plazas, con sus cantares y su violín, y los consideraba “mis hermanos”. Saramago también pensó en esta amputación en “Ensayo sobre la ceguera”. Gesualdo Bufalino es autor de un libro, "Tommaso y el fotógrafo ciego" (Anagrama), que empieza como yo habría soñado: "De niño me encantaba el rumor de la lluvia. Por las mañanas, sobre todo, en la duermevela, cuando la sentía llegar confusamente a mis oídos, entre los vapores de un sueño plomizo, con el estrépito de una pajarera; o bien emulando el ruido de pisadas, de muchos pies, como en una marcha o un sálvese quien pueda".

         Nosotros también consideramos “nuestro hermano” a Ángel Gari Lacruz, el antropólogo oscense que nos ayuda a interpretar, con sus libros y su actitud, el universo de la brujería, de la simbología religiosa y el lenguaje más o menos oculto de los conjuros o los mitos. Resulta increíble su esfuerzo, su lucidez, su pasión por la vida. Ángel Gari vio hasta los ocho años, y hoy es decisivo para explicar los enigmas del Altoaragón, y no pensamos sólo en su antológico libro “Brujería e inquisición en el Alto Aragón en la primera mitad del siglo XVII” (Gobierno de Aragón, 1991), sino en otros títulos y artículos que ha ido derramando por aquí y por allá en monografías. Gari es un experto en fotografía, un apasionado del cine; ha sido, y es, el maestro irreductible de Eugenio Monesma, es requerido como animador de tradiciones, cultos y rituales. Maneja el Internet, el correo electrónico, nada a diario y es un buceador de archivos.

Domina el braille y es un insaciable lector. Nos resulta mucho más fácil entender este complejo y fascinante territorio gracias a sus pesquisas. Es el director del Museo de Abizanda y está vivo, aunque las suertes de la enfermedad le hieren cada vez un poco más. Tiene sus lazarillos y amigos íntimos en el estudio y en la existencia (su mujer Pilar García Guatas es su ángel tutelar, el impulso diario de ilusión, dignidad y ternura que no decrece), y estos días le hemos visto como animador de las “Noches mágicas” que ha vivido Huesca. Un hombre así, que tiene algo de brujo o de mago, a veces da miedo, pero es un miedo humanísimo, próximo y necesario, porque nos asombra su fe en el conocimiento y esa voluntad indomable de probar a los otros y a sí mismo que, salvo el revés definitivo de la muerte, casi todo es superable. Él podría decir con Borges: “La ceguera me ha enseñado a pensar más, a sentir más, a recordar más y a leer y escribir más”.

 *La foto es de Jorge Luis Borges.

13/03/2006 08:33 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

ENTREVISTA CON EL ESCULTOR FRANCISCO RALLO LAHOZ

"Soy un escultor realista, de sentimientos y de emociones"

 

 

Francisco Rallo Lahoz repasa su largo medio siglo en el arte

1. El escultor aborda sus inicios, fue alumno de Pedro Arnal Cavero, y recuerda su relación con Félix Burriel. 

2. Recrea la Zaragoza de cines, prostitutas y salas de baile de su juventud.

3. Se define como artista y recuerda el influjo que han tenido en él artistas como Llimona, Clará, Gargallo.

 

DIÁLOGO, RETRATO Y EVOCACIÓN

 

 

Al entrar en su taller, repleto de objetos, de materiales y de polvo, nos hemos acordado del estudio parisino de Pablo Gargallo:  son talleres con color, con olor, con la pátina del tiempo que el aire viciado por el arte y el tesón impone en la atmósfera. Son talleres con aureola: el lenguaje de las manos aletea invisible como un pájaro antiguo. Desnudos de bronce, de olivo o de boj, esculpidos con esbeltez y elegancia, maquetas o desarrollos en escayola, que luego crecerán por el sistema de puntos, retratos grandes y pequeños, tornos, mesas, sillas, estanterías, herramientas: todos esos cachivaches resumen la vida del artista, el empecinamiento de Francisco Rallo Lahoz (Alcañiz, 1924), escultor, trabajador infinito, curioso e indesmayable como el mar.

Al entrar en su taller, repleto de objetos, de materiales y de polvo, nos hemos acordado del estudio parisino de Pablo Gargallo:  son talleres con color, con olor, con la pátina del tiempo que el aire viciado por el arte y el tesón impone en la atmósfera. Son talleres con aureola: el lenguaje de las manos aletea invisible como un pájaro antiguo. Desnudos de bronce, de olivo o de boj, esculpidos con esbeltez y elegancia, maquetas o desarrollos en escayola, que luego crecerán por el sistema de puntos, retratos grandes y pequeños, tornos, mesas, sillas, estanterías, herramientas: todos esos cachivaches resumen la vida del artista, el empecinamiento de Francisco Rallo Lahoz (Alcañiz, 1924), escultor, trabajador infinito, curioso e indesmayable como el mar.

 

         --¿Qué le parece si empezamos por el principio: Alcañiz, sus padres, sus primeros amigos?                  

                  --Mi padre, Miguel Rallo, era trabajador de un comercio de tejidos, se encargaba de la distribución en el almacén, y mi madre, Josefa Lahoz, fue muy emprendedora. Tuvo negocios de venta ambulante de telas, y montó dos tiendas: una de frutas y verduras, y otra de vinos y comidas. Siempre hablaban de Clermont--Ferrand, en Francia, donde se dedicaron a tareas campesinas: aquella estancia parecía establecer un momento de felicidad en sus vidas. Yo nací en Alcañiz, pero estuve muy poco allí. Pasaba muchos veranos en casa de mis tíos, y era un periodo que me fascinaba. Me gustaba mucho la vida rural: la siega, corretear al aire libre, la naturaleza, los animales, el baño en el río con los amigos. Me instalé en Zaragoza muy pronto y ha sido y es mi ciudad. Apenas he salido de ella mentalmente, aunque he estado por toda España y por Europa. Me recuerdo jugando en el Boterón, donde había una plaza que cerraba la Plaza del Reino y que era nuestro escenario de la guerra de pedradas.                  

 

         --¿En qué colegio estudió? 

           --En la Escuela Palafox, que estaba en San Vicente de Paúl, vivíamos detrás de La Seo, y luego fui a Escolapios, donde comulgué. Hacía tanto frío que llevábamos los pies y las piernas colorados. Las clases eran de 70 con un único profesor. Las bofetadas del cura iban y venían, y se castigaba con rigor: sólo si se sabía la lección se podía bajar al recreo, donde jugábamos al marro, al "tú la llevas", al fútbol. Yo era de los alumnos que iban a "gratuitos"; por entonces, mi padre estaba sin trabajo; él también había estudiado en Escolapios. Recuerdo con mucho cariño al padre Cosme, que era un excelente educador.

 

         --Salgamos a la calle, al barrio. ¿Cómo transcurría su vida, cómo se divertía?         

 --Me divertía mucho. Pasaba el carro de la lechera, el del regaliz; jugábamos a policías y ladrones, a pitos y canicas. Tiempo había un juego de temporada con los huesos de los albaricoques: los impulsábamos por las canaleras a toda velocidad. O también jugábamos a las estampas: las pegábamos en las paredes.       

         --Luego, fue al Joaquín Costa, ¿no? 

          --Sí. La ciudad ya estaba revuelta. Se oían tiros por la calle Sepulcro. Nos trasladamos a Madre Sacramento, 59, estuvimos en un piso. Recuerdo que ya cogía una navajita y hacía mis primeras esculturas: soldados, aviones, metralladoras. Me divertía mucho. Desde mi casa, veía a los italianos, a los alemanes, a los soldados de regulares, del tercio, a los moros, que se habían instalado en el Campo del Sepulcro para sus maniobras. El centro Joaquín Costa, que era mi nuevo colegio, se transformó en hospital de guerra. A nosotros nos trasladaron a la Facultad de Medicina. Siempre había gente ante mis ojos, al otro lado de la calle, pero no pasó nada. Era una estampa constante de mucho colorido. Siempre ocurrían cosas. En los alrededores estaba la antigua estación de Cariñena, no había nadie, y había vagones, en la calle Santander, de vía estrecha hasta la localidad vinícola.

 

        --¿Cómo le fue en el colegio Costa? Allí coincidió con el pedagogo y escritor Pedro Arnal Cavero.                  

                --Permanecí dos años, a los trece y catorce años. De 1935 a 1937. Pedro Arnal Cavero entraba a las clases cuando quería, sin aspectos fijos de docencia. Lo mismo entraba a Física que a Lengua o Matemáticas: calaba divinamente con el otro profesor. Yo lo veía mucho fuera del colegio: iba con un perro al que sacaba a pasear, pero yo era un mozalbete y nunca me reconocía.

 

         --¿Sabía usted que se trataba de un intelectual importante de la ciudad? 

                --No, la verdad. En el aniversario de Costa no era fácil escribir nada de él. Sin embargo, Arnal Cavero redactó media página acerca de lo que había escrito Costa y daba una explicación de su obra en Heraldo de Aragón, y la pegó en una pared del colegio sin ninguna otra explicación. Aquello me chocó y a la vez me agradó.

 

         --Nos ha anticipado que en aquellos días de tumultos y de desórdenes sociales, usted ya se entretenía esculpiendo maderas con la navaja. ¿No querría ser escultor, artista, por entonces?                  

                  --Creo que sí, pero mis padres pensaban que tener un artista en casa era como tener un sinvergüenza o algo así. Hube de buscar un empleo y me dirigí hacia los talleres de mármoles. Estuve medio año con Lorán, un señor que me abrió caminos hacia la escultura. Me ocurrió algo muy curioso: empecé a trabajar el mismo día del Pilar y me entretuve, absorto por completo, haciendo flores sobre diversos materiales. Viendo mi afición, les dijo a mis padres que deberían mandarme también a la Escuela de Artes y Oficios. En Lorán trabajaba un profesional veterano que me dijo que tenía un hijo que estudiaba con Burriel. Conocí a ese muchacho, Nicolás Ortiz, le transmití mis primeros sueños y me dijo: "Dilo en casa. Para ser escultor no hay nada como estar con un escultor". Y es verdad. Ingresé en el taller de Félix Burriel: me daba poco, y para ir al cine tan sólo. Permanecí con él desde los catorce años y medio hasta los 21. Félix Burriel ya era muy conocido en la ciudad: era maestro en la Escuela de Artes Aplicadas y tenía su taller en el Paseo Pamplona ...

 

         --¿Debemos considerar a Félix Burriel como su maestro? 

                --Sí. Al final me pagaba. Era un hombre de una profesionalidad tremenda. Prestaba tanta atención a lo que hacía, que eso te marcaba. Me enseñaba a no conformarme con nada: buscaba la perfección hasta la meticulosidad. Me decía ante un error: "Esta es mi ruina". Exageraba. ¡Dios nos libre de ser perfectos siempre!, pienso ahora. Pero era exigente y te metía el anhelo de mejorar en el cuerpo. Estabas con él y lo aprendías todo: la ampliación por puntos, a modelar, a construir esqueletos para la arcilla, a tallar la madera, a modelar en el bronce, a realizar mascarillas mortuorias.

 

         --¿Le hablaba de otros escultores?                  

               --Muy poco. Tenía relación con Moisés de Huerta, cuyo maestro era Mateo Inurri. Se carteaba con muy poca gente. Los escultores de entonces tenían un inmenso ego y la obra de los demás valía muy poco.

 

         --Me invita a que le pregunte cómo era el ambiente artístico de la ciudad,  si veía a otros artistas que frecuentasen el taller de su maestro. 

--Algunos, claro. Venía Pérez Piqueras, era sastre y pintaba muy bien. También estaban José Belbiure, los arquitectos Regino Borobio, Chóliz o Yarza, o el dorador Benedicto. Un día me dijo: "Chico, qué le das a mi padre. Habla mal de todo el mundo y de ti no". Benedicto hacía una gran labor: visitaba todos los estudios y luego hacía la gacetilla de la ciudad y del arte en cada uno. Pero también estaban Marín Bagüés, Pedro Portero, Antonio Bueno... En el estudio conocí al catedrático Juan Moneva y Puyol. Un día, Burriel me dijo que precisaba otro aprendiz y llevé a Manuel Arcón, con quien me une una gran amistad.

 

         --Creo que debía contarnos el relato de las mujeres de la vida, el sereno y Félix Burriel.          --En los alrededores del Paseo de Pamplona había un vigilante nocturno, El tío Bigotes, llamado así por su gran mostacho. Le tenían todos un gran respeto: tanto en los tiempos de la República, como de la Guerra Civil o después. Las mujeres de la vida, cabe suponer, tendrían alguna atención con él. Allí no había follones. La dueña del burdel era educada y le decía: "Problemas con usted no los queremos tener. Cualquier observación que nos haga se subsana". Los balcones siempre estaban cerrados, y no se asomaba ni una chica. Alguna se pasaba de vez en cuando para ser modelada. La mujer de Félix Burriel era muy celosa,  se pasaba, olisqueaba y preguntaba: "¿Quién ha estado en el taller?". Yo le decía fulanito o menganito o zutanito. "¿Nadie más?". "Seguro que nadie más".

 

         --Creo que usted también llegó a posar para Burriel. ¿No es así? 

                  --A veces le hacía de modelo, como sucedió en los relieves para la Confederación Hidrográfica del Ebro, donde estoy con pantalón de peto. Estudié en la Escuela de Artes Aplicadas varios cursos y fui alumno de Burriel durante un año. Allí coincidí con José Luis Pomarón, que trabajaba entonces con Jalón Ángel, buen amigo de Burriel; coincidí con Julio Alvar, y teníamos de profesores a Mateo Larrauri, los hermanos Albareda o Virgilio Albiac, entre otros. Más que artistas o aprendices de artistas, éramos una serie de chicos muy sanos. Así los recuerdo. Empezábamos en torno a un centenar las clases y sólo 20 asistíamos a todas.

 

         --Antes hablaba de cine vagamente. ¿Era asiduo a las salas?                  

                 --Mi mundo íntimo estaba emparentado con el cine. Iba al Iris Park, el Monumental y el Fuenclara. Me acuerdo de las primeras películas, tanto en las salas como en el cine parroquial, donde veía a Buster Keaton, Stan & Laurel o el impresionante Charlot. He seguido con mucha afición toda la evolución del cine: desde el blanco y negro, en versión muda, hasta el sonoro; desde el color al cinemascope; desde el tridimensional al cine musical, que tanto me ha gustado.

 

         --¿No nos diga que también ha sido bailarín? 

                --Iba siempre que podía. Recuerdo que en el Iris Park había una pista de patinaje y de baile, y había gente que bailaba. Pero también estaban los chuletas profesionales que venían a lucirse. Iba a todas las exposiciones que podía al Casino Mercantil, a las salas Reino y Gaspar, donde expuse por vez primera y llegué a vender un crucifijo de madera. Frecuentaba los libros de lance de Inocencio Ruiz. En la calle Ossau había una tienda de mala muerte y allí cambiaba las novelas y hallabas cosas importante. Recuerdo que la primera Historia del Arte me costó una peseta y me pareció una ventana abierta al mundo. Me compraba la colección "Novelas y cuentos", en la cual leía a los rusos (Dostoievski, Puskhin, Tolstoi, Turgueniev, etc.), a grandes escritores universales o a Jardiel Poncela. También leía a Corín Tellado y me fascinaban las novelas por entregas, que aún colecciono ahora cuando puedo. Me encantaba la fantasía: los cómics de La guerra de las galaxias o Flash Gordon.

 

         --Compruebo que ha tenido una formación autodidacta, donde cabía todo. De 1945 a 1948 realizó el servicio militar en Barbastro. ¿Qué recuerdos acuden a su mente?                  

                 --Fui bibliotecario. Yo no tenía a nadie que me protegiera, pero siempre he tenido muy clara una cosa: es esencial tu manera de ser y la conducta de cada uno va haciéndose camino. He intentado ser noble y amigo de mis amigos siempre. Hice muchas más cosas: hacía dibujos de mis compañeros, pinturas a la acuarela, tallas en madera; pinté murales para la cantina, realicé labores de topógrafo, vendía anillos. La cuestión era sacar dinero para la merienda. También perseguimos maquis, por entonces se les temía y se hablaba de ellos con respeto y miedo, y aprendí a escribir a máquina en una legendaria Underwood. Conocí al pintor José Beulas, que también empezaba a pintar. Recuerdo que le hice un álbum de situaciones jocosas al general García Valiño.

 

         --Acabada la mili, ¿volvió al taller de Félix Burriel? 

                 --Lo intenté, pero él me dijo: "Yo ya no te puedo tener aquí". Me dolió en el alma y entonces no entendí su actitud. Luego sí comprendí que me estaba invitando a que volase solo, a que me arriesgase. Me pareció una deslealtad, pero logré superarlo, y recuperamos nuestra relación. Después al único escultor que iba a ver era a mí. Fue un desastre asistir a su final: entrabas en su casa y se te caía el alma a los pies por su dejadez, por el estado de abandono. Yo fui su albacea y recuperé parte de su obra de la enruna. Logramos depositar sus piezas en distintas instituciones de Aragón, y sus papeles y documentos están en la Escuela de Artes.

 

         --¿Cómo reorganizó su vida tras la decepción que le ocasionó la negativa de su maestro? Imagino que no estaba preparado para ello.                  

                  --No, no lo estaba. La impresión de soledad, al principio, fue muy fuerte. Busqué en la ciudad un lugar donde trabajar y lo encontré en Mármoles viuda de Joaquín Beltrán, en Cuéllar, 22. Fue una etapa importante de aprendizaje: trabajé la talla en mármol y piedra, realicé numerosas prácticas de arte funerario, aprendí a distribuir las letras y a pulimentar el mármol. Fue una etapa fecunda: me acerqué, creo que con algún éxito, al mundo de la cantería (canteros, cincelistas, cortadores), y aprendí el secreto de los materiales: alabastro, granito, mármol, piedras de arenisca. Y trabajé en algo que parece morboso pero que a mí me gusta: el arte funerario. Realicé relieves de figuras en las lápidas. Estuve un año y medio en este trabajo: establecí una gran relación con los compañeros y el dueño, y de golpe anuncié que me iba. El jefe lo entendió. Me dijo: "Tú ganas aquí más dinero del que cobras". Recuerdo que me dio un sobre de gratificación. Le contesté: "Siempre que me necesites, llámame". A veces pienso en lo mucho que me ha servido el capítulo de las distintas profesiones que toqué. Esa era mi riqueza. En esta modalidad, el dominio del oficio es esencial.

 

         --Ya. Pero, ¿cómo iba su vocación de escultor? Por ahora sólo estamos viendo al artesano, al profesional, al hombre laborioso que se entusiasma con las bases del oficio. 

                 --Yo me decía a diario: "¿Cuándo voy a ser escultor?". Ya tenía ansiedad por serlo y podría decir que todo empezó en 1950 cuando, en un local contiguo a la tienda de mis padres, en Madre Sacramento 37. Abro mi taller y lo compagino durante un tiempo con los estudios y las prácticas en la Escuela de Artes. Tallaba y esculpía, y colaboraba con los talleres que requerían de mis servicios en modelado, relieves, trabajos de restauración y de decoración. Corría el serio peligro de dispersarme. Recuerdo a un sacerdote que, asombrado, ante la variedad de asuntos que tocaba, me dijo con desdén: "Aprendiz de todo y maestro de nada". Respondí: "Siempre había oído que el saber no ocupa lugar".

 

         --De inmediato le empezaron a llover encargos en las iglesias de Palomar de Arroyos, en Gargallo, en Fortanete, en Zaragoza.                 

                 --Eso sucedió especialmente en las décadas de los 50 y de los 60. Trasladé mi modesto estudio a Madre Sacramento, 59, donde aún sigo. Continué haciendo de todo durante mucho tiempo. Estábamos en la posguerra y había que sobrevivir. Además, acababa de casarme con Encarna Gómez. Hice trabajos para el circo y espectáculos ambulantes: caballitos de madera o jirafas; diseñé joyas para fabricantes de joyería, concebí juguetes. Todo eso era como un apéndice esencial de mi carrera, necesidades de mi afán de ser escultor, cosas que cada vez lograba más. Estaba llegando a lo que siempre había soñado: era escultor de encargos y construía piezas religiosas, bustos, retratos, retablos, modestas arquitecturas. Tenía la sensación de que, poco a poco, mi vida empezaba a parecerse a lo que había soñado.

 

         --¿Qué es Francisco Rallo Lahoz: artesano o artista? 

                --Y yo que sé. El artista tiene mucho de artesano. Si uno no tiene una formación amplia, muchas cosas no se pueden desarrollar. Yo soy un escultor realista, capaz de simplificar la realidad y de interpretarla. La abstracción la he tocado algo, pero no me produce los mismos sentimientos. Claro que me atrevo a hacer cosas nuevas, a imaginar piezas que no imiten a la naturaleza, tengo la formación suficiente para hacerlo, pero lo que no puedo hacer es mentirme a mí mismo. He aguantado la tarascada de la abstracción sin beligerancia alguna y me he asentado en mis fundamentos. Viajé a Barcelona y allí conocí de cerca la gran escultura de Llimona, Clará, o del aragonés Pablo Gargallo. He intentado aprender siempre.

 

         --Permítame este tiempo muerto. ¿No había sido usted quien había hecho la mascarilla mortuoria de Miguel Labordeta?                  

                  --Me llamaron e hice la mascarilla dos horas después de muerto. Yo no había tratado al poeta; sí conocía a su hermano Manuel, que era un showman tremendo en el café de Levante, o a otros autores como Luciano Gracia o Ildefonso--Manuel Gil. No me impresionó ver a Miguel Labordeta. Ya tienes cierto hábito. Recuerdo que llevaba la boca torcida tras el estertor por un latigazo del corazón. Ante una situación así, tienes que hacer un trabajo con mucho respeto y con mucha sensibilidad y tacto. La escayola es muy guarra. Recuerdo que le puse cera en la cara, esparadrapo en las cejas, algodón en los agujeros de la nariz, y salió una mascarilla para guardar para siempre. No era la primera vez que lo hacía. A Félix Burriel lo llamaban mucho y le acompañé en varias ocasiones.

 

         --Analicemos globalmente su producción, sus etapas, sus obsesiones temáticas. Empecemos por el desnudo. 

                  --Creo que mi obra tiene una coherencia a posteriori. Es decir, hecha y vista con perspectiva, de adelante hacia atrás, yo veo como un hilo de continuidad, un argumento que nunca he meditado en exceso. ¿El desnudo? Cada vez he sentido la necesidad de estilizar más la figura, de hacerla más esbelta y más limpia. Me ha gustado mucho, y quizá haya sido determinante la influencia de mi maestro Burriel, que tenía sus rarezas. A diferencia de él, no he tenido modelos del natural.

 

         --¿Y los retratos? Ha hecho mucho y muy vigorosos.                  

          --Los retratos son complicados y laboriosos, feos y bonitos. Son facetas en las que me he sentido cómodo. He hecho de todo: desde Costa a la Madre Rafols, toreros, sacerdotes, intelectuales, artistas. Es muy dura la sujeción de tener que atenerse a la estructura del individuo.

 

         --¿Cómo se plantea la escultura monumental, que tanto ha hecho? 

                  --Hay que dotarla de esa potencia que significa el monumento y hay que suministrarle movimiento. Se tiene que ver a distancia: se ve de abajo a arriba, por lo cual cualquier detalle es perceptible. En esta orientación estética, creo que los leones del puente de Piedra son mi obra más importante, de tamaño y de resultado. También he hecho mucha escultura religiosa: con Burriel no se hacía otro tipo de trabajo, y asumo y respeto todas mis obras. He puesto el alma y el cariño en todas mis piezas, de las que habrá una amplia selección en el Palacio de Sástago.

 

         --¿En qué medida le han interesado las vanguardias?                 

              --He estado en el mundo. He leído. He visto exposiciones. Tengo un hijo que es pintor abstracto y que ha pertenecido a grupos de vanguardia. No soy reaccio a las vanguardias. Me gusta Martín Chirino; Chillida posee una monumentalidad enorme, aunque sus obras se empiezan a escapar mucho de mi mundo; Rodin intuyó lo que se iba a venir encima en el arte, es fabuloso; Henry Moore hace un montaje y lo monta sobre el terreno: qué capacidad artística tiene para adaptar cualquiera de sus creaciones a un sitio concreto y qué fuerza poseen sus esculturas.

 

         --¿Y Pablo Gargallo? 

               --Es punto y aparte. Es una maravilla. No he visto escultura más alegre y más sentida y más bien hecha. Es un maestro absoluto.

 

         --¿Pablo Serrano?                  

                --Lo conocí más bien poco. Era un hombre educado, de trato extraordinario, que acabó haciéndose un buen sitio.

 

         --¿Qué sintió ante la gran exposición del Palacio de Sástago a principios del siglo XXI? 

                  --Feliz y responsable. Fue una satisfacción muy grande que la Diputación de Zaragoza organizase aquella exposición cuando la edad te deja un poco fuera de juego. Y comprendo y asumo este destino, pero nadie me puede quitar el derecho a sentirme feliz y halagado. Amo Zaragoza, y fui y soy leal a Zaragoza. Recuerde que he trabajado mucho para el ayuntamiento de la ciudad: he hecho los leones, la maqueta del Teatro Principal y las cuatro musas en escayola, la Fuente de Niños con Peces, el cabezudo de la Pilara.

 

         --Podría hacer un autorretrato como escultor.          

      

 

         --He sido un escultor de emociones y sentimientos. He trabajado con intensidad. Soy de los creen más en el trabajo que en la inspiración. He creído en la lentitud y en la perfección, y cuando me han dicho que soy caro no me asusto: ni soy caro ni barato. Hago mi trabajo y exijo que me paguen por él con dignidad. He sido un escultor de encargo más que de exposiciones.        

 

13/03/2006 10:47 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

UN ABRAZO CON CONSUELO PARA JAVIER TORRES

20060313133254-camionjaviertorresb.gif
El gran Javier Torres 
, el correo de la amistad por Zaragoza y alrededores, el nuevo señor de La Ínsula Barataria, nos envía un correo sereno pero doloroso: acaba de quedarse sin madre.

Hace unos días, en un viaje a Madrid, Fernando García Mongay me decía que Javier Torres, sin darse cuenta casi, ponía en relación a muchos impresores de la ciudad y generaba un laberinto de aprendizaje, de curiosidad, de trabajo y, sobre todo, de un cariño infinito. Ese cariño infinito es el que le envío yo desde aquí y, estoy seguro, que muchos de los que os asomáis al blog. Un abrazo, Javier. Y ánimo. Esa madre era un regalo y estoy seguro que ella también te vio siempre a ti y a los tuyos como un inmenso regalo, como una refutación de la felicidad.

*Javier Torres en uno de sus repartos: humanidad sobre ruedas.
Museo del Garabato 
de Mariano Gistaín. 

Dibujo hecho por una niña de ocho años en el año 1996.

13/03/2006 13:32 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

NACE PERIFÉRICA DE JULIÁN RODRÍGUEZ

20060314233359-julian-rodriguez.jpg

Recibo esta carta de Julián Rodríguez, donde anuncia la creación de la editorial Periférica. Enhorabuena.

[hola, amigo, amiga

sólo para darte noticia de un proyecto en el que venía trabajando durante
los dos últimos años sin saber muy bien cuándo podría ponerlo en pie
(económicamente). Fue en mayo del año pasado cuando me decidí a dar el salto
al vacío: a invertir cuanto tengo... y lo que gane próximamente también

me explico: a partir de abril estaré al frente de una nueva editorial,
PERIFÉRICA...

la semana próxima comenzaremos la "comunicación" a todos los medios, y ha
hemos contratado algunos anuncios en la prensa especializada...

publicaremos entre 10 y 12 libros al año, casi todos ellos traducciones de
autores de entre el XVIII y el XIX, de clásicos "desconocidos" del siglo
XX... y de algunos j