Antón Castro



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UNA LECTURA DE ENRIQUE VILA-MATAS (Por Daniel Gascón)

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[Llego a casa, tras pasar unos días en Casablanca, Marruecos, y encuentro este texto de mi hijo Daniel en mi ordenador. He presentado a Vila-Matas cinco o seis veces en Zaragoza, he escrito en abundancia de sus libros y me ha parecido muy bonito hallarme este texto, que es de la presentación. Sinceramente, yo ya no sabría hablar así de los libros, pero suscribo todo el texto,  la interpretación del Exploradores del abismo, el libro que más me ha gustado de Enrique desde París no se acaba nunca. Y me emociona la lucidez de Daniel, que ya le dedicaba un cuento a Enrique Vila-Matas en La edad del pavo; presentó el pasado jueves al escritor en Los Portadores de Sueños, un poco después de que Ana Catalá Roca lo entrevistase para Borradores. ]  

EXPLORADORES DEL ABISMO         
Daniel Gascón

Hola, buenas tardes. Estoy muy contento de estar aquí, presentando en una de mis librerías favoritas el libro de uno de mis escritores preferidos. Y estoy muy contento de presentar un libro de cuentos, porque lo primero que leí de Enrique Vila-Matas fueron dos libros de cuentos, Suicidios ejemplares e Hijos sin hijos, cuando vivía en un pueblo de Teruel que era un verdadero abismo, y me hice fan. Desde entonces he leído todos sus libros con mucho placer, siempre he aprendido y disfrutado mucho con ellos.        

Enrique Vila-Matas es un excelente cuentista, y es un gran escritor sus artículos literarios y ha escrito libros tan inclasificables como París no se acaba nunca, una mezcla de autobiografía, novela de aprendizaje y autocrítica literaria. En los últimos años Vila-Matas ha publicado unas cuantas novelas que lo han situado en la primera línea de la literatura mundial, que le han proporcionado un gran reconocimiento en España, Latinoamérica o Francia: algunas de ellas, El viaje vertical, son novelas relativamente clásicas o convencionales, dentro de lo delirante que es aplicar este adjetivo a un libro de Vila-Matas, que es un autor que siempre está fuera de aquí, con una sensación de extranjería permanente, y que ha sabido asumir la influencia de muchos escritores distintos para configurar una literatura tremendamente personal: por ejemplo, El viaje vertical es una novela de aprendizaje, pero sucede en la tercera. Pero lo que ha consagrado a Vila-Matas es una trilogía de novelas sobre las enfermedades literarias: Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento. Las tres novelas juegan con la realidad y la ficción, con la biografía y la imaginación, con la mezcla de géneros (por ejemplo, mezclan la narración con el ensayo o la conferencia), hablan de escritores y literatura, tratan de una patología mental y cada una de ellas es una especie de más difícil todavía.

         Exploradores del abismo es un libro muy diferente. En primer lugar porque habla de enfermedades físicas, no literarias: el narrador del primer cuento ha sufrido un colapso, y las historias están llenas de personajes que esperan una operación o se recuperan de una: aunque el protagonista de uno de los cuentos diagnostica autismo a su psicóloga, parece que en Exploradores del abismo Vila-Matas ha cambiado de especialidad médica. Y también porque es un libro de cuentos. Y además, es un libro de relatos muy variado pero también tremendamente unitario. Formalmente, hay muchas diferencias. Hay relatos que son textos de otros autores, hay cuentos de una o dos páginas que él dice que disfruta mucho escribiendo, porque son casi como escribir poesía. Y también hay cuentos que son como pequeños ensayos y textos más confesionales. Hay un texto que tiene la extensión de una novela breve, y también hay cuentos más clásicos, como “Niño”, que trata un padre que no entiende a su hijo, un falso explorador del abismo, que es una reflexión dura e hilarante sobre las relaciones entre padres e hijos, sobre la impostura literaria y una relectura del mito de Saturno, “Iluminado” o “Materia oscura”, donde el narrador escucha las conversaciones de sus vecinos. Estos cuentos, inquietantes y perfectos, están entre los mejores cuentos de Vila-Matas.

Una de las cosas que siempre me han gustado de Vila-Matas es que siempre se ha divertido con su literatura, siempre ha pensado que la literatura tiene algo de juego y se ha reído, por usar una frase que se repite con frecuencia en sus libros, de una manera infinitamente seria. Y en Exploradores del abismo uno tiene la sensación de que Vila-Matas se divierte: escribe cuentos de géneros muy distintos. Hay cuentos que transcurren en Barcelona, en París y en México, hay una historia de ciencia ficción que también es un cuento de amor en el que se dice que el humor es el principio rector del cosmos, un relato ruso por el que pasea el fantasma errante de Antón Chéjov, hay una novela breve, “Porque ella no lo pidió”, que tiene una estructura de cajas chinas (de puesta en abismo) con hay un relato y una parte de tono más confesional sobre una colaboración frustrada y peligrosa con la artista Sophie Calle, que Vila-Matas ha optimizado con brillantez.

Pero por otro lado, como he señalado antes, una de las grandes virtudes de Exploradores del abismo es que es un libro muy compacto, muy unitario. Esta unidad se consigue a través de mecanismos diferentes. Uno es una constante temática: los personajes de los relatos tienen vidas muy diferentes, pero siempre se enfrentan a un vacío o un abismo, que a veces es el tedio o el vaticinio de una muerte en una fecha concreta y a veces es un precipicio de verdad, como en “Vida de poeta”, una pieza hermosa y muy importante, donde el protagonista se siente atraído por la caída del tajo de Ronda. Muchos de ellos comparten una sensación de extrañeza ante la vida cotidiana, que produce observaciones inquietantes y razonamientos paranoicos. Por eso, Exploradores del abismo es un libro de acción trepidante, vertiginosa. Sólo que muchas veces esta acción es mental.

Otro elemento que da unidad al libro es un personaje que aparece en muchos de los relatos, Maurice Forest-Meyer, un funambulista. No hay ningún cuento sobre él, pero pasea por el libro como Alfred Hitchcock pululaba en sus películas: a veces un personaje de un relato quiere hacer un viaje fotográfico con él; a veces el protagonista es su hermano; en otra ocasión el narrador es el nieto de Maurice Forest-Meyer; otra vez lo vemos cruzando el abismo que separa las Torres Gemelas, como hizo Philipe Petit; sabemos que su mujer tiene un ojo de cristal... Maurice Forest-Meyer es un explorador del abismo literal (todavía más si se cayera de la cuerda floja) es en cierta manera una historia secreta, como dice Piglia, que se insinúa pero no llega a cerrarse: el hilo por el que pasea sobre el vacío sirve también para hilvanar este libro.

Otro elemento que da unidad al libro es un escritor que habla de sus cuentos. En el primer relato, camina por Praga como si fuera Groucho Marx, dando zancadas, con el cuerpo inclinado y las manos a la espalda, y cuenta que ha sufrido un colapso físico: desde entonces, se siente como si hubiera heredado la obra de otro escritor, con el que a veces discrepa. Más adelante, en “La gota gorda”, otro escritor nos cuenta que a veces le han reprochado que sus personajes no sean lo bastante físicos, que no suden y que no excreten lo suficeinte, y explica sus intentos para cambiar, dice que “ha transpirado mucho con sus personajes”. En “Porque ella no lo pidió” el narrador, que se parece mucho a Vila-Matas, sufre un colapso renal que está a punto de matarlo: allí, Enrique cuenta muchas cosas, pero también cuenta su enfermedad; el escritor aparece todavía convaleciente. Es decir, que en Exploradores del abismo hay muchas historias distintas, y también hay algunas que nos explican cómo es el conjunto de cuentos: en cierta manera, el libro se hace ante nuestros ojos.

Otra de las cosas que me gustan de Exploradores del abismo es que tiene algo de destilación de muchos de los temas de Enrique. Se parece a un disco de un músico veterano: es una obra novedosa, pero hay algunas canciones que nos recuerdan a sus primeros discos, otras que tiene que ver más con sus canciones más recientes y otras que tienen más que ver con las canciones de una época intermedia. En “La modestia” un hombre escucha frases de los que viajan en autobús, y se queda muy impresionado por una mujer que dice por teléfono para describirse: “no soy ni guapa ni fea”. Este hombre del autobús roba frases ajenas y espía, dos aficiones que lo emparentan con otros personajes de Vila-Matas, como el protagonista de “Materia oscura” o con el escritor de la novela Extraña forma de vida. También hay relaciones inquietantes y estancadas entre padres e hijos, como en otros textos de Enrique, y una cierta atracción por el vértigo y por la huida. Otro tema que nos resultan familiares es el tema del doble: la sensación de usurpar la vida de otro, o de que otro te ha usurpado la tuya aparece en “Café Kubista”, en “Iluminado” o en “Porque ella no lo pidió”. Y también aparecen, aunque quizá menos que otras veces, los cameos de escritores. Creo que ése es otro invento de Vila-Matas y que en sus libros podría ponerse: con la aparición especial de Robert Walser, de Franz Kafka o Ray Loriga.

Y también hay dos elementos que son esenciales de la literatura de Enrique: por una parte, la elegancia de su escritura. Eso le hace inventar frases maravillosas, y sólo hay que repasar sus títulos para darse cuenta de ello. Y por otro lado, su dominio de la narración hace que sigamos tramas a veces enrevesadas que parecen muy sencillas, que giros violentísimos nos resulten naturales y que aceptemos una manera de contar que obedece a sus propias reglas: los textos de Vila-Matas obedecen a unas reglas distintas a los textos de otros escritores; no sólo tiene un mundo, sino una forma de contarlo llena de habilidad y descaro.

Y en segundo lugar, está el humor: Enrique siempre ha sido un escritor muy divertido, pero éste es uno de los libros más divertidos de Enrique, un verdadero campo de minas en el que la ironía acecha a la vuelta de cada frase. Yo tenía ganas de escuchar cómo leía en voz alta algunos de los cuentos, porque me parecía que a veces había las pausas, los silencios y las paradojas de un monologuista. Exploradores del abismo tiene algo de la frescura de sus primeros libros, de la levedad que siempre ha perseguido.

He dicho que éste es un libro en el que aparecen muchas enfermedades, y que la enfermedad es una forma de abismo. Aunque Exploradores del abismo gira en torno al vacío, no sé si ése es el tema central. Uno de los más importantes es el de alguien que mira al abismo, se asoma y convive un tiempo con el límite de la nada, pero decide seguir viviendo, seguir haciendo literatura y vida al mismo tiempo. En ese sentido, es un libro melancólico, pero también vitalista, casi alegre. Muchas veces habla de alguien que conoce las tentaciones del vacío y de la autodestrucción pero también el valor de la supervivencia y las compensaciones del humor y del arte. Y eso hace que este libro lleno de juegos literarios y homenajes, de rimas internas y variedad, resulte poco artificial, y muy auténtico y emocionante.

Y ésa es otra de las razones por las que me gusta tanto Exploradores del abismo: en este libro, Enrique Vila-Matas se reinventa, pero, afortunadamente para sus lectores, también sigue siendo el mismo.   

*La foto de Enrique Vila-Matas la he tomado  de www.proscritosblog.com.

03/12/2007 00:58 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

ACERCA DEL PRIMER LIBRO DE EVA PUYÓ (Por Pippi Tetley)*

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[La diseñadora de joyas y escultora Pippi Tetley debutó el sábado como presentadora de libros. Rodolfo Notivol y ella  presentaron la colección de cuentos, o novela, Ropa tendida (Xordica) de Eva Puyó. Pippi dejó este texto en la memoria de mi ordenador, tras pasar un fin de semana en nuestra casa.] 

ROPA TENDIDA
Pippi Tetley 

La primera vez que conocí a Eva Puyó fue una noche de verano en una mesa Mr. Dumbo. Yo no hablaba ni una palabra de español y ella hablaba conmigo en inglés. Instantáneamente pensé que era  una chica muy maja. También me acuerdo de esa noche con Eva por sus zapatos. Eran de color oro con tacones y una mariposa de oro ardiendo en cada uno de ellos. Hace poco le pregunté a Eva por estos zapatos que tenían tanto encanto y me dijo que los compró en un chino y que ahora uno de ellos está roto, pero que todavía los tiene.

Esa noche le pregunté a Eva si también era escritora. Me contestó que no pero dijo que estaba escribiendo un libro y quería publicarlo en Xordica, pero que no estaba segura porque el nivel era muy alto.

Hoy estamos celebrando ese libro. Se llama Ropa tendida, ha salido en Xordica, y me ha gustado porque lo veo sincero y a la vez divertido.

Ropa tendida es un libro de cuentos sobre la vida familiar. La protagonista cuenta cosas sobre su padre, madre, sus hermanos y ella misma: desde que era niña y jugaba con su hermana mayor, desde las emociones mezcladas del nacimiento de su hermano, que le quitó el papel de chico de la familia; hasta sus esfuerzos para sacarse el carnet de conducir, hasta su independencia, con su piso y su vida propia.

Costó mucho decidir el título, que me parece muy bueno, porque en el libro hay ropa, y muchos detalles cotidianos. Una vez, por ejemplo, se cuelga la ropa en los radiadores. “He visto a mi madre tendiendo la ropa por los radiadores, por encima de los muebles”, dice la narradora. La ropa tendida evoca un sentido familiar, y una imagen. Y el libro de Eva está lleno de imágenes: es muy fácil ver en nuestra a cabeza a los personajes y las situaciones.

Estos cuentos tienen algo de tristeza pero también un sentido del humor muy especial. Es humor de Eva es sutil pero es muy gracioso. Cuando voy andando sola a veces me río pensando en una broma o una expresión de Eva. Ropa tendida también cuenta el humor que hay dentro de las familias. Al leerlo, te sientes parte de la familia. No te sientes como un observador que esté fuera, sino como un miembro de la familia que no está mencionado.

A veces la vida de familia es dura y eso también sale en los cuentos de Eva. Por ejemplo, el carnet de conducir, que aparece en “Amigos de mi padre”. Siempre piensas que tu familia confía en tus habilidades, incluso en las que no tienes, las habilidades imaginarias, pero a veces no es así y te quedas sin esta protección familiar. En “Amigos de mi padre”, su padre le dice: “Me quedo aquí, sigue tú sola”. Esto es un ejemplo perfecto de la desconfianza de los que tienen demasiada confianza. Y luego, la protagonista del libro se pasa el libro conduciendo: ella es la conductora de la familia.

En otro cuento estupendo habla de su hermano, que era algo antisocial y jugaba al rugby. Tiene una bolsa de guisantes con su nombre en el congelador, para curar sus heridas de rugby. Mi familia utiliza el mismo truco pero él es más inteligente, porque nosotros siempre sacamos una cantidad de guisantes en una servilleta, y luego, cuando se descongelan los guisantes, los tiramos a la basura. Pero el hermano del libro vuelve a utilizarlos.

         En “Sábanas”, Eva captura maravillosamente el sentimiento de culpabilidad que hay en todas las familias. Su madre tiene sábanas bordadas a mano que nunca utiliza y un día las reparte entre sus hijos. A la narradora del libro le tocan unas sábanas de color verde hospital y protesta, y empieza una discusión a escala griega, de proporciones trágicas. Después, la protagonista tampoco va a utilizar las sábanas, porque le traen un mal recuerdo.

         Un cuento que también me gusta muchísimo es “Juguetes de bronce”. Sin necesidad, el padre copia algunos muñecos de los Pitufos en bronce, para que sus hijos tengan más juguetes. Son preciosos. Es un acto muy cariñoso, pero como los niños siempre tienen su mundo propio, siempre prefieren las cosas de verdad y odian las imitaciones, no aprecian este regalo. Y en todas las familias hay actos de cariño superfluos.

         En el cuento final, “Paraíso”, la protagonista es ya más mayor, más independiente, y ha superado los conflictos con la familia, y siente más complicidad con ellos. Y cuenta una historia muy bonita sobre cosas freaks que le molestaban antes, pero que ahora le parecen bonitas. Y los padres también han cambiado, y ya no roban, sino que buscan árboles abandonados. Una imagen que me gusta mucho es el reflejo en el espejo del coche de sus padres contentos, haciendo sus cosas: el libro es como ese reflejo del espejo retrovisor, y me parece un final muy acertado.
         Igual mi perspectiva está un poco distorsionada, porque hace mucho tiempo que no veo a mi familia. Pero cuando piensas sobre tu propia familia, normalmente piensas en las cosas que son normales, aparte de los frikismos que tienen, pero el libro de Eva enseña claramente que su familia, y todas las demás, son como un par de zapatos de China rotos. Te ayudan a andar, y a veces a tropezar, y tienen un encanto especial.

         Los cuentos son sencillos, emotivos, agridulces y están tan bien hechos que se pegan y se quedan en tu cabeza durante días, y eso es una señal de buena literatura. 

       
Para terminar, tres palabras más:
 COMPRA ESTE LIBRO. 


*Pippi Tetley, Philippa Susan Tetley, es una escultora y diseñadora de joyas de Nueva Zelanda, instalada en Zaragoza desde hace un par de años. La foto de Eva Puyó es de Cristina Grande.

03/12/2007 08:39 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL TAXISTA ABDELAZIZ

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Abdelaziz hacía pensar en Morgan Freeman en “Paseando a Miss Daisy”: moreno, con bigote y el pelo blanco. Nos vino a buscar al aeropuerto de Casablanca con su Mercedes claro y nos llevó a la ciudad. Era la una de la mañana y hablamos con él lo justo. Luego, de regreso, farfullamos en francés y nos íbamos enterando de cosas: hablaba de su familia de cuatro hijos, de la ciudad, del país. Y de repente, metió la mano en el salpicadero y sacó una cinta. Y de golpe empezó a sonar Serrat: Mediterráneo, Lucía, Esas pequeñas cosas, nena, qué va a ser de ti, Pueblo blanco. Abdelaziz estaba feliz y nosotros más. Mucho más.

Nos contó que hacía muchos años había llevado a Serrat de viaje por Marruecos: Casablanca, Xaouen, Marraquech, Tánger, Fez, Tetuán. Había sido un viaje inolvidable. El cantante, de regreso a Barcelona, le mandó una cinta de cassette. La que nosotros íbamos oyendo. Quizá nunca fui tan feliz con Serrat, y ya es decir... Abdelaziz dijo que Serrat sabía cumplir sus promesas y que, probablemente, fuera su cantante  favorito.

03/12/2007 22:20 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

HOY, EN EL ÚLTIMO MINUTO, EN LA SALA DE MÚSICA

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Esta tarde, en la sala de música del Palacio de Sástago (Coso bajo, frente a la FNAC), se presenta el libro “En el último minuto” de Daniel Nesquens y Luis Grañena. Daniel rinde homenaje al Real Zaragoza y al gol de Nayim, y Luis Grañena realiza un espléndido trabajado de diseño e ilustración, en su línea de trabajo. La presentación será a las 20 horas, una hora y media después de la presentación de la antología de los “20 poetas expuestos” de Olifante. Espero que podáis pasaros. Es el primer libro de Luis Grañena, y uno nuevo, entretenido y seductor, de Daniel Nesquens.

*Éste no es el libro que se presentó ayer, pero sí es una caricatura de Antonio Banderas realizada por Luis Grañena.

05/12/2007 16:43 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

PARÍS 3, LECTURA DE JUAN MARQUÉS

20071206184747-aloma-por-rogelio-allepuz.jpg[Encuentro esta preciosa nota sobre París 3 de Aloma Rodríguez del escritor Juan Marqués, discípulo de José-Carlos Mainer y la traslado al blog. Juan Marqués, becado en la Residencia de Estudiantes, ha publicado esta nota en el blog de “La tormenta en un vaso”.]

No hace falta haber leído mucho para haber leído muchos libros que transcurren en París. La mitología sobre esa ciudad lleva siglos funcionando, y la han convertido en el epicentro de muchas cosas, y, particularmente, en un escenario predilecto para pintores, escritores o cineastas. Después el arte, haciendo el camino de vuelta, ha condicionado la vida de los que crecieron viendo esos cuadros, leyendo esas páginas, admirando esas películas. De uno de los personajes de la última novela del extraordinario escritor suizo Urs Widmer, se dice que «A París fue porque todo el mundo tenía que vivir una temporada en París» (El libro de mi padre, Barcelona, Salamandra, 2oo6, p. 46), y en esa exageración hubo y hay una verdad. París ha sido el destino anhelado por generaciones enteras de poetas, fotógrafos o músicos, en varios momentos de los doscientos últimos años, y eso hace que, al menos en cierto sentido, lo siga siendo de vez en cuando, sin necesidad de ser demasiado mitómano, esnob o infantil.


También los escritores españoles han sido atraídos por esa ciudad, primero fascinados por su bohemia y su color (y allí están, entre muchos ejemplos, el París de Ramón Gómez de la Serna, el Aquí París de Pío Baroja, o el ya desmitificador París de José Gutiérrez-Solana que va a ser inminentemente publicado en La Veleta), o después, en algunos tristes casos, obligados por el exilio (o por razones muy diferentes e indeterminadas, como César González-Ruano, según acaba de recordar —y fantasear— José Carlos Llop en su curiosa ficción París: suite 1940). Saltando las décadas, han pasado sólo cuatro años desde que Enrique Vila-Matas narró sus recuerdos de su huida a esa ciudad en París no se acaba nunca, y hace unos meses nos llegó la particular crónica que el zaragozano José María Conget hizo de su estancia de un año en París en Pont de l´Alma. Ambas narraciones contenían ya suficiente desenfado y aversión por la solemnidad como para comprobar que “la ciudad del amor” comenzaba a ser vista y narrada ya con un tono muy diferente, poco sumiso a las leyendas y a la tontería.
Es en esta estela donde puede leerse París tres, la novela con la que la también zaragozana Aloma Rodríguez irrumpe en el mundo literario, y, concretamente, en una magnífica editorial, Xordica, que ya ha acogido a muchos de los mejores escritores aragoneses de estos años (los jóvenes Julio José Ordovás, Daniel Gascón, Ismael Grasa o Cristina Grande, junto a autores consagrados como José Antonio Labordeta, Javier Tomeo, el propio Conget o, muy recientemente, Ignacio Martínez de Pisón) y que merecería ser mucho más conocida en el ámbito nacional (e incluso más allá).
París tres es, sin duda, una novela. El que la protagonista se parezca tanto a la autora, y el que, al parecer, el origen de esta narración está en un blog que fue escribiendo Rodríguez durante su año de beca Erasmus en París, no la convierten en un diario, aunque se aprovechen bien algunos recursos de ese género. Es una crónica íntima, pero no se la está contando a sí misma sino a nosotros, con una curiosa y muy lograda mezcla de exhibicionismo y humildad.
Hay momentos de una sencillez preciosa («Estoy nerviosa y Barreiros tiene sed. Él me abraza y yo le doy agua», se lee en la página 23, en lo que podría ser, tal como está, un delicadísimo y maravilloso poema zen) e incluso emocionantes, como en ese impagable capítulo (el «Setenta y ocho») en el que, tras telefonear a su padre para felicitarle su cumpleaños, la voz narrativa comienza a contarnos con detalle lo que va a ocurrir en la cena familiar en el restaurante, eso que aún no ha sucedido y ella no va a presenciar, pero que ya imagina desde la distancia y el cariño, añorándolos desde su nueva vida.
Se trata de una novela muy fácil de leer, lo cual, lejos de lo que alguien pudiera pensar, es otro mérito de la autora, y ni quiere decir que sea simple ni implica que haya sido también fácil de escribir. Más bien se aprecia todo el trabajo que hay detrás de estas 130 páginas. Trabajo de detectar las cosas que se quieren contar y, después, trabajo de contarlas, y de contarlas bien, sin trampas, sin pedantería, sin inflación. Aloma Rodríguez se muestra especialmente brillante en los finales, en los cierres de muchos de los noventa y ocho pequeños capítulos, al rematarlos con breves párrafos o líneas sugerentes que establecen una complicidad muy intensa, y donde se descarga buena parte de la calidad lírica que contiene el libro. Después de un complicado y fatigoso viaje en coche, por ejemplo, termina escribiendo que «En casa, bajo la persiana y cierro la cortina. El sol está a punto de salir» (p. 114) y entonces uno se siente cansado pero protegido, como en su propia casa. O qué fácil es compartir la limpia intimidad doméstica de la que se nos hace partícipes para completar el capítulo «Setenta y uno»: «Estamos semidesnudos encima de la alfombra. Me pongo encima de él y le pregunto si tiene hambre». (p. 96).
Los que tengan hambre de buenos libros harán bien en dedicar un par de horas a éste, donde la ternura gana la batalla a la frivolidad, la juventud a la inercia, el trabajo a la improvisación. París tres es una pequeña y sorprendente delicia. Un debut tan deslumbrante y libre como sus últimas palabras.

 

*París 3. Aloma Rodríguez. Xordica: Colección Carrachinas. Zaragoza, 2007. 136 páginas. [La foto es de Rogelio Allepuz, y la publicó en "El Periódico de Aragón", con una entrevista de Joaquín Carbonell.]

06/12/2007 18:47 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

DESPUÉS DE LA MEDIANOCHE, BORRADORES*

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Juan José Millás y Boris Izaguirre, ganador y finalista de los premios Planeta de novela, son dos de los invitados al programa Borradores de mañana. Millás, autor de El mundo, habla de una calle, de la memoria, de la revelación de la literatura y la escritura, y de la búsqueda de la identidad; Boris, en Villa Diamante, habla de dos hermanas antagónicas, de un arquitecto, de la historia de su país y del prestigio que le otorga el galardón.  

En una noche eminentemente literaria, Borradores también ofrece un extenso reportaje con el novelista José Calvo Poyato, que acaba de publicar La  dama del dragón, la fascinante historia de Caterina Sforza, una mujer culta y de armas tomar del Renacimiento italiano, y otro reportaje con el grupo Octubre Teatral que representará toda esta semana, en el Teatro del Mercado, la obra El llanto, basada en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca, la música de Granados y una fotografía de Sánchez Mejías y Joselito el Gallo. Jaume Villanueva recuerda que Sánchez Mejías era un seductor que se enamoró de la novia del finado Joselito, Encarnación López.   

Además, Borradores recibe la visita del antropólogo y fotógrafo Javier Sáenz, autor del libro Tiempo de fiesta. La fiesta en Aragón y secretario del Instituto de Estudios Turolenses. Y también acude al plató el poeta chileno Julio Espinosa Guerra, que acaba de publicar el poemario NN y es el director de la Escuela de Escritores de Zaragoza. 


La actuación musical corre a cargo del grupo de country El perro de la vaquería, liderado Fiona McAndrew y Luis Ángel París, que explican la trayectoria del grupo y la atracción por el country. La  banda toca dos canciones: “The long ride home” y “Can’t leg go”.

Borradores. Aragón Televisión. Esta noche, a las 0.00. Realización: Teresa Lázaro. Ayudante de realización: Yolanda Liesa. Producción: Mamen Delpón y César Quílez. Redacción: Ana Catalá Roca. [La foto es del torero, dramaturgo y seductor Ignacio Sánchez  Mejías.]

06/12/2007 19:06 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

EL REAL ZARAGOZA EN LA WEB. PALACIO DE SÁSTAGO, HOY

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Hoy viernes, 7 de diciembre, a las 19.30 horas, tendrá lugar en el Palacio de Sástago, en el entorno de la exposición "Los años magníficos", organizada por la Fundación Real Zaragoza, una tertulia sobre el zaragocismo en Internet que cerrará el ciclo de tertulias y encuentros que se han venido celebrando a lo largo de las últimas semanas.  

Los invitados a la mesa de debate serán los responsables de AupaZaragoza.com (representado por José Ignacio Cepero), Zaragocistas.com (con José Manuel de Buen), RealZaragoza.org (con José Manuel García Molina) y Nuestro Zaragoza.com (con Carlos Cristia). Moderará la charla el periodista de Aragón Televisión Pedro Hernández. Como siempre, habrá participación del público y debate.  

La muestra “Los años magníficos” se cierra este domingo. Han pasado más de 50.000 personas  por el Palacio de Sástago y alrededor de 7.000 por  el IV Espacio para ver El Avispero. Picotazos de arte y fútbol La foto es de José Antonio Melendo. 

  El Zaragoza en la web. AupaZaragoza.com, Real Zaragoza.org, Nuestrozaragoza.com y Zaragocistas.com. Tertulia de la exposición "Los años magníficos". Modera: Pedro Hernández. Aragón Televisión. Sala de Música del Palacio de Sástago. A las 19.30 horas.
07/12/2007 00:08 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

HISTORIA INICIAL DE BENITO

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[Recordaré siempre una de las últimas frases que me dijo mi padre, que falleció esta tarde. "Me  duele todo".  "¿Cómo todo?". Insistió: "Todo". Le pregunté algo más y un gesto de fastidio y de dulzura a la vez, agregó: "Todo. Todo Tonio". Es curioso. Sé que no padeció en la despedida, se bañó por la mañana, parloteó un poco y cuando se asomaba el primer oscurecer sobre el mar, se fue. Pienso en él  y siempre pienso lo mismo: asomados los dos a la fuente en cuyo fondo había salamandras. "No las toques. Son animales sagrados". Por eso le pongo aquí esta salamandra de fuego. Es un intenso recuerdo que tengo de él, recién llegado de la emigración, con su traje de pana marrón y un caldero de zinc o latón en la mano derecha. Yo, agarrado a la otra, me asomaba a descubrir el gran misterio del mundo.]

 

Mi padre marchó a servir a los ocho años. No fue demasiado lejos: de la aldea de Vilarnovo, en Santa Mariña de Lañas, a Pastoriza, apenas alejados por diez kilómetros. Pero en 1933, cuando los coches se contaban con los dedos de una mano, aquella distancia tenía algo de destierro o de forzoso exilio del seno materno. Mi padre era hijo de agricultores y ganaderos. Jesús, su progenitor, apodado por herencia casi remota “O Touciñeiro”, era tratante de ganado, albéitar y labrador en campos que obedecían por el nombre de “O Limpeiro” o “Barbacán”. Campos con regatos y juncos; campos idóneos para la patata, el maizal y la cebolla; campos donde los pájaros traían un alba de luz entre sus trinos y con ella un ejército de hombres y mujeres que dominaban el ajetreo de la huerta o de la siega. Mi abuelo tenía vacas, gallinas, pobreza en abundancia y muchos hijos: llegaron a sobrevivir seis de ocho.

Mi padre era el segundo, un par de años más joven que la primogénita Emilia, que se llamaba como su madre, campesina esbelta y ligeramente encorvada siempre, cerrada en negro perpetuo. Quizá hubiese algo en ella de heroína romántica cuyo luto rivalizaba con el esplendor de una naturaleza exuberante, tejida con todos los colores de la tierra. Cuando se dieron cuenta, Jesús y Emilia, de que la miseria azuzaba, buscaron un lugar al sol para su primer varón y lo enviaron a una casa ajena con hacienda y animales que engrandecía a diario un matrimonio sin hijos. O quizá con un hijo impedido. Podría decirse que fue el primer fantasma real que vio mi padre. Un niño prematuramente envejecido se enfrentó de súbito al joven extraño, que berreaba como un energúmeno cuando empezaba a caer la noche o cuando tenía hambre. Yacía como un animal tranquilo y fatigado sobre paja más que sobre cosco, sobre secos matorrales más que sobre espuma o alfalfa. Quizá fue lo primero que le advirtieron al recién llegado: “Él está ahí como si estuviese muerto para ti. No sabe hablar, sólo grita”. Si mi padre conociese ya entonces la palabra monstruo, quizá sólo conocía una similar pero algo más etérea, como “fantasma”, hubiese preguntado: “¿Es como el monstruo de mis pesadillas nocturnas?”.

Allí creció, se hizo adolescente, se supo querido como el hijo imposible que sus amos no habían tenido; allí comió por vez primera pan en abundancia, acarreó agua, patatas, volteó el arado, hasta el punto de que sin proponérselo se volvió casi un forzudo que desafiaba a los mulos, a los bueyes o a un puñado de hombres. Se hizo invencible en el tiro de soga en las fiestas de verano. Sintió la justa añoranza de sus padres y de sus hermanos, y absorbió las calamidades de la guerra y los muertos de las cunetas, aquellos difuntos terriblemente familiares, con resignación y fastidio, con el estupor de quien percibe el horror pero no entiende por qué se produce ni a quién le afecta exactamente. Hacia 1945 fue llamado a filas, y el día que supo que lo enviaban a Melilla para tres años, la señora, esa segunda madre que le había otorgado el destino, le dijo: “Ahora sí que empezamos a perderte para siempre”. Frase que modificó con sutileza tras recibir la primera carta de mi padre, con una foto vestido ya de militar, desde las islas Chafarinas: “Pareces un señorito del cine. Ahora sí que no tenemos nada que hacer”.

El primer recuerdo que tengo de mi padre es una visita a esa casa en Pastoriza, lugar de “A Maceira”. El manzano. Me veo llegando en su bicicleta, atado a él un cordel y abrazándolo yo como si fuese lo último que iba a hacer en el mundo. Mi padre hablaba lo justo, y además hay muchas veces en que un hijo no necesita explicaciones de su padre: sigue ciegamente, con emoción y embeleso, sus pasos y se sabe seguro. Protegido contra la tormenta. Recuerdo vagamente lo que vi: la casa, mucho más grande que la nuestra de Vilarnovo (y al decir nuestra, quiero decir la que mis padres habían alquilado enfrente a la de sus padres, diminuta, y con un pequeño establo incorporado), el pajar, el patín del hórreo, el jardín, en el que yo sabía que mi padre había trabajado, y un cobertizo abierto pero con tejado, en cuyo interior no tardé en descubrir a aquel muchacho que se había vuelto hombre que parecía alimaña o monstruo, o un inventario de pequeñas deformidades que suscitaba, sobre todo, pena. Más pena que espanto.


Lo vi entre las sombras, enredado en los haces, reptando hacia los barrotes de su cubil que era, en realidad, una jaula gigante. Se le encendieron los ojos al ver a mi padre, deduje que sabía decir su nombre, “Benito, Benito, Benito…”, y que lo decía de manera entrecortada, e hizo eso que se decía entonces que hacían las personas o los perros alegres: le hizo una auténtica fiesta de gestos, de gemidos, de miradas. La señora me regaló manzanas, un pastel de membrillo y una frase que guardo: “Eres igual que tu padre”. Cuando nos fuimos, de nuevo en la bicicleta y yo atado con más fuerza porque había que subir algunas cuestas, habría querido que mi padre me contase el secreto de aquella relación, el secreto de aquella alegría que se había convertido, en el instante de la despedida, en un arrebato incontenible de melancolía y llanto. Años después, mi padre aplacó mi curiosidad a su manera: “Nos hicimos amigos. Nos hicimos hermanos. ¿Cómo se cuenta eso?”, dijo.

 

*Benito Rodríguez Ferro (3.05.1925-7.12.2007) fue un hombre  de mil oficios: encofrador, peón de vialidad y aguas, albañil, labrador...

07/12/2007 22:34 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 45 comentarios.

RETRATO Y GRATITUD

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Mi hijo Daniel ha encontrado una foto que les tomé a mis padres en el comedo  de su casa. Son Carmen de Castro y Benito do Touciñeiro: ella, hija de labradores y ganaderos, nació en el pazo de Viñán en Castelo (Santa Mariña de Lañas, Arteixo) y residió durante años en Larín, entre prados, regatos de agua cantarina y un crucero de piedra antigua. Él, hija de ganadero y albéitar de ganado, trabajó en mil y un oficios, estuvo seis años en varias ciudades suizas, hizo una casa ladrillo a ladrillo, y tuvo un tractor y un chimpín. Benito fallecía el pasado viernes; Carmen dice que mantendrá viva su memoria mientres le aguante su menudo cuerpo.

 

Gracias de todo corazón a todos los que os habéis asomado al blog y habéis dejado una nota.

Un abrazo de cariño y de gratitud. Antón

 

PD. Víctor Juan me deja esta bellísima nota:

 

 

[Benquerido Antón,
Siempre se mueren demasiado pronto las personas que queremos.
Mi padre se murió hace 16 años. Era muy joven. Tenía 56 años, la edad que pronto tendrán algunos de mis mejores amigos.
Yo lo eché de menos con el tiempo, cuando se suceden los meses y te sorprendes pensando que le contarías algo a él, o te dices cuánto le hubiera gustado a tu padre estar hoy aquí o conocer a tus hijos o a tus amigos. Y no está.
Estos días te dirán que la memoria y el recuerdo mantendrán vivo a Benito. Y es así.
Cuando se murió el padre de Mariano Gistaín, aquel sastre de Barbastro que fue amigo tuyo, que mirabais juntos a las chicas, que no permitía que pagaras nunca un café mientras estabas en su pueblo, Mariano me escribió:
"He tenido la suerte de tener un padre maravilloso. Ahora toca aguantar y seguir pedaleando".
Un abrazo muy fuerte,
Víctor Juan]

 

11/12/2007 09:08 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 22 comentarios.

BORRADORES, HOY, A MEDIANOCHE

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ACTUACIÓN: DEVERÓ EN BORRADORES 

PLATÓ: PATRICIA ALMARCEGUI, JORDI MORGADAS Y DIEGO MORENO 

REPORTAJES: NELSON VILLALOBO, ALBERTO CARRERA BLECUA, CHE Y MOCHE Y METRÓPOLIS, JON LEE ANDERSON 

El grupo Deveró actúa mañana en Borradores. La banda ofrece dos canciones en acústico con María Luisa Usoz (voz), Jesús Trasobares (guitarra), Luis Muro (bajo) y Óscar Carreras: son “Viajes”, el tema que da título a su primer álbum, y “La puerta de atrás”, que estrenan en el programa. 

Visitan el plató la arabista zaragozana Patricia Almarcegui, autora del libro Alí Bey y los viajeros europeos a Oriente (Bellaterra), donde narra la historia de este viajero y erudito que fue el primer europeo en llegar a La Meca. Y también lo hacen el editor Diego Moreno, responsable de Nórdica Libros, que ha publicado recientemente ediciones ilustradas de “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville y “Las flores del mal” de Baudelaire, y el fotógrafo Jordi Morgadas, afincado en Huesca, que acaba de presentar sus “Desnudos de la Transición”. 

Además, Borradores ofrece dos reportajes de arte: uno sobre la exposición de Nelson Villalobo y su taller de grabado en el espacio El sol sale para todos de Margó Venegas, y la exposición de Alberto Carrera Blecua en la Diputación de Huesca y el Museo de Huesca. Se emite una pieza con los integrantes de Che y Moche, que representan en el Teatro Principal la función Metrópolis, y se realiza una extensa entrevista al periodista del New Yorker y escritor Jon Lee Anderson, que habla de los secretos de su oficio, de su biografía del Che Guevara y de su extenso perfil del escritor Gabriel García Márquez. 

 
 

*Una de las fotos de Jordi Morgadas. Su catálogo lo ha publicado Mariano Sánchez de Gráficas Huesca, en su nuevo sello GH.

13/12/2007 00:56 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

DIÁLOGO CON JOSÉ MARÍA CONGET (Recuperación)*

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[José María Conget (Zaragoza, 1948) acaba de ser designado Premio de las Letras Aragonesas 2007 por el conjunto de su producción literaria. Recupero esta conversación sobre algunas de sus pasiones: el cine y la poesía, Sevilla, donde reside, los tebeos, la literatura...] 

«La literatura y el cine sólo me han producido placer»         

--Ha estado viviendo tres años en Sevilla. ¿Cómo le ha ido?
        
--Muy bien. Dejé atrás Nueva York, tras ocho años apasionantes, y decidí volver a la enseñanza. Sentía nostalgia de ese periodo de relajo de julio, agosto y septiembre. Los amigos me decían si me había vuelto loco. Me encontré con profesores amenazados por la ESO, agotados y desesperados, pero yo no he tenido ningún problema. Volvía fresco, sé apañármelas en el aula y además soy un veterano.
   
     
--En Sevilla, ha sido muy bien acogido. Publicó en Renacimiento
«Una cita con Borges» (2000).        
--Es cierto. He hecho grandes amigos: Fernando Iwasaki, Hipólito Navarro, Juan Bonilla, Juan Lamillar, Eduardo Jordá. A Abelardo Linares, por ejemplo, ya lo conocía de Nueva York. Algo tuve que ver con el hecho de que el librero y poeta adquiriese la biblioteca de 500.000 ejemplares de Eliseo Torres. Estuvo un año en Nueva York ordenándola y trabajando en ella.
        

--¿Ha escrito mucho o no en estos años?
        
--Más bien poco.
«Una cita con Borges» es una recopilación de textos diversos. Pero sí he concluido un proyecto que se remonta a mi primera novela: «Quadrupedumque» (1981). Me refiero a una antología de la presencia del cine en la poesía.

--Llevaba media vida con ese proyecto.        
--Cuando Jesús Munárriz se decidió a publicarme mi primera novela en Hiperión, tuvimos una ligera discusión sobre cine y poesía. Yo le dije que el cine había tenido un gran eco en la lírica, y me dijo que ése sería un libro precioso. He ido recogiendo textos aquí y allá, pero recientemente aparecieron dos libros que me inquietaron un poco:
«The Faber Book of Movie Verse» y en México se publicó «Los poetas van al cine». Me dije: «Tengo que entregar el proyecto». Ya está en manos del editor con todos los permisos sobre la mesa. Son 200 poemas, un extenso prólogo y más de un centenar de notas, creo que divertidas. Abarca todo el siglo XX y el primer poema, malísimo pero muy curioso, es de 1900 del aragonés Luis Ram de Viu. El volumen se titulará «Viento de cine», que es un verso de Pedro Salinas.        


--¿Qué poetas aparecen?
        
--Muchos, de casi todos los movimientos y generaciones. No están Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. El gran momento del cine en la poesía corresponde a la Generación del 27 o y las vanguardias, pero también hay cosas de Celaya, por ejemplo.
        

--¿Cuáles son los contenidos de la antología?
        
--Podríamos establecer cuatro apartados. Hay poemas que utilizan el cine como metáfora del sueño, de la vida, de la memoria, y no dudan en usar la terminología fílmica del tipo primer plano, secuencia, travelling. Otros poemas tratan de los mitos del cine; el más tratado es Chaplin, luego Greta Garbo (Alberto Porlán escribe contra ella y cita una serie de actrices que iban a ser mucho más célebres: hoy nadie las recuerda) y Marylin Monroe. Luego se habla mucho de las películas como referente sentimental, y por último hay poemas sobre las salas, entendidas como el lugar donde uno fue feliz.
        

--¿A qué cine de Zaragoza le habría dedicado un poema de haber sido poeta?
        
-
-Al Elíseos. Allí vi la primera película con mi mujer,
«Barbarroja» de Akira Kurosawa.        

--¿O al Fuenclara, no? Ha descrito en
«Todas las mujeres» aquel reguero de pis que venía desde las últimas butacas.        
--Yo mismo contribuí a ese regadío. Era el cine más barato de Zaragoza. Olía fatal. Descubrí que había localidades de galería a dos pesetas y allí iba a ver películas con mi amigo Aguirre.
  
      

--¿Le ha marcado más el cine que la literatura?
        
--No. De ninguna manera. Yo he sido un gran lector, y aún lo soy, aunque leo menos por razones de tiempo y por la edad. La literatura ha sido esencial en mi vida: como lector y escritor. Sólo me ha producido placer. Al cine no he dejado de ir jamás: acudo cuatro o cinco veces a la semana. Sólo hay un género que no me gusta nada: las películas bélicas, y en particular las de submarinos. Y tampoco en exceso los melodrama. Hace poco me salí de
«Bailando en la oscuridad» de Lars von Trier. Los últimos «almodóvar» tampoco me gustan. «Todo sobre mi madre» me parece una mentecatez, está descontextualizada socialmente, algo que no ocurría con las primeras cintas de Almodóvar, que me encantan.        

--Ha publicado un libro sobre el cómic,
«El olor de los tebeos».        
--Siempre quise escribirlo y me ha salido un volumen autobiográfico, sentimental y un poco erudito. Es un texto de algo menos de un centenar que páginas, de estructura muy libre, que se centra en varios aspectos: los kioscos, de varias ciudades, no sólo de Zaragoza. Los kioscos de mi infancia estaban en porterías, la señora de Hernán Cortés me fiaba, y también me gustaba el que estaba al lado del cine Coso. Recuerdo que cuando vi mi primer kiosco en Barcelona me pareció entrar en un navío que contenía auténticos tesoros.
        

--¿Cuáles son los otros asuntos que aborda?
        
--De cómo el amor se manifiesta socialmente, a través de bodas, hijos o muertes; de la presencia de los dinosaurios en los tebeos, que se remonta al menos a 1933; de tebeos musicales de niñas como
«Claro de luna» o «Serenata»; de los viajes en los tebeos, y también comento cuatro fotos de niños leyendo tebeos.        

--Hablemos de París...
        
--Cuando fui a París por vez primera me pareció pomposa y cargante. Con el paso del tiempo, he mejorado esta impresión. Me parece una ciudad de grandes estímulos culturales. Siempre me adapto muy bien a todos los lugares. 
        

--Creo que trabajaba en una novela...        
--Se va titular
«La bella cubana», que es una famosa pieza del folclore musical cubano, de Ernesto Lecuona. Es la primera vez que tengo el título de un libro. Trata de la relación que se establece en Nueva York entre un joven y un escritor fracasado y mayor, silencioso y extraño, del cual nadie sabe su condición de novelista. 

*Retrato de José María Conget.

15/12/2007 14:24 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

POEMA DE GRACIELA DE TORRES

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[Graciela de Torres, cineasta, profesora y escritora secreta, me envía este bello y enigmático poema. Aquí lo cuelgo. Dentro de un instante retorno a A Coruña, y aquí lo dejo.]

A quien llevo
atado
me desvela
éste
es mi
collar de muertos
Mi tiara
Rezo los
nombres
por
guardarlos
llevo
su peso
por que me tengan
ÉSTE ES
el cuello

*La foto es de Jean Dieuzaide.  
15/12/2007 17:00 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

RETRATO DE JULIO CORTÁZAR*

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 El día que Julio Cortázar murió en París, en febrero de 1984, entré en la Librería Pórtico y me gasté mi modesto sueldo de cajero de bingo en comprar las biografías, estudios, entrevistas y los escasos volúmenes de cuentos que no poseía de él: una larga veintena de títulos que me han acompañado siempre, de aquí para allá, como un instrumental necesario. Hubo una época en que me aprendía de memoria los inesperados finales de sus relatos o aquellos fragmentos donde contaba el combate entre Jack Dempsey y Luis Firpo, el Toro salvaje de la Pampa, que oyó en la radio junto a su madre; cuando se consumó la derrota, Argentina se echó a llorar y el niño Julito también.        

Dice Cristina Peri Rossi en su libro Julio Cortázar (Omega, colección "Vidas literarias") que el escritor argentino, nacido en Bruselas en 1914, era el autor más amado por el público, porque sentía y utilizaba la literatura como un juego. Y no parece referirse sólo a ese memorial de prodigios y libertad absoluta que es Rayuela, sino a Historias de cronopios y famas, Un tal Lucas o sus textos fragmentarios y hechizados como Último round, 62 modelos para armar o La vuelta al día en 80 mundos. Cortázar disfrutaba de la palabra como disfrutaba de la vida y con las mujeres --lo cambiaba casi todo por su compañía y el lenguaje de la emoción que les atribuía--, con las novelas rosas o los bolsos de las damas. A veces invocaba a sus tías, a Celina en concreto, y recordaba que su bolso era como "un Arca de Noé".
        

Cortázar debió ser un tipo entrañable, nada dogmático a pesar de que, tras su primer viaje a Cuba, apoyó decididamente a Fidel Castro. Entonces, en 1963, estaba casado con Aurora Bernárdez, traductora de Ítalo Calvino, pero allí conoció y se enamoró hasta la perdición de Ugné Karvelis, "una real hembra, una walkiria" que se convertiría en su agente literaria y en la criatura más celosa del mundo. Cortázar atraía a todas las mujeres con su eterna juventud --a Peri Rossi, recuerda ella, le decía a menudo: "Soy inmortal"--, por su modernidad, por su forma de hablar, por su irresistible encanto. Con la escritora estableció una relación de amor y camaradería literaria, había hallado en una librería de viejo su novela Libro de mis primos, cuando él estaba a punto de entregar a la imprenta su comprometida novela Libro de Manuel. Se citaban en París, en Barcelona o en Deià (Interviú les robó una foto, con Peri Rossi en top less, y tituló: "Julio Cortázar y las tetas"); el clima de complicidad entre ambos debió ser absoluto. Los quince poemas que le dedicó a la autora de Indicios pánicos son perfectas piezas de amor, confidencia, ironía y exilio que integraron el volumen Salvo el crepúsculo.
        

Cortázar amaba la ópera y el jazz, el surrealismo y las experiencias del OULIPO (en las que participó con Georges Perec, Raymond Queneau, Boris Vian y el propio Calvino) y se curaba de sus ataques de melancolía viajando. Aprovechaba sus largos vuelos para redactar sus cuentos; así nacieron el ya mítico Queremos tanto a Glenda o Deshoras. En 1979 se enamoró de Carol Dunlop, mucho más joven que él, y vivieron esa pasión hasta la muerte de ella en 1982. Entonces Juan Carlos Onetti le dejó un mensaje que decía: "El de Arriba es un hijo de puta". Apenas dos años después, falleció el escritor de una enfermedad misteriosa, igual que su mujer. Peri Rosi dice que fue por sangre contaminada de sida y recuerda aquel episodio que escandalizó a Francia y provocó dimisiones. Los medios se hicieron eco de aquella biografía que no es tal --es más bien un libro de recuerdos del amigo y amante muerto, y a la vez una carta a un fantasma querido--, y han hecho hincapié en el asunto del sida. No era necesario. El crítico aragonés Rafael Conte ya lo contó en su libro de memorias Futuro imperfecto (Espasa Calpe, 1999).
 

 

15/12/2007 17:04 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

DEL PADRE Y DEL MAR

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 Siempre me han fascinado los libros sobre el padre. Ese ser que puede ser el cómplice, el faro, el amigo apacible. El otro. Hay un instante en que al afeitarnos, al mirar por la ventana, el cristal nos devuelve a alguien que somos y no somos nosotros, y es la imagen el padre. Juan Cruz ha hecho un formidable retrato de su progenitor en “Ojalá octubre” (Alfaguara), un título que le debe a Truman Capote.  Juan Cruz tiene algo de hombre ubicuo, que va y viene de avión en avión, de ciudad en ciudad, de tertulia en tertulia. Quizá sea quien más se parece a Manuel Vázquez Montalbán, que quería escribir de todo con un gozo absoluto. Para Juan Cruz y para MVM el periódico es un laberinto de vida incesante, un plantío de opiniones y sensaciones y verdades. Cruz escribe de todo a cualquier hora: de sus pasiones literarias (el acostado Onetti, algunos poemas de Neruda...), de televisión, de amigos con los que empatiza como Emilio Lledó, de la lectura, de algunos amores en penumbra. Va por aquí y por allá con ganas de conocer: improvisa en cada lugar un salón de pasos perdidos y halló uno real en la Aljafería. Es un centinela de la creación. Un curioso pertinente. Su libro del padre evoca las complejas relaciones entre ambos, la enfermedad, evoca el silencio del progenitor, los días de fútbol, y evoca el mar. No el mar de los marinos, el mar de leyenda y de galerna, sino el mar que se ofrece, con lasitud de tigre, como un arsenal de temblores, aromas y sonidos. “Ojalá octubre” es un libro que nos contiene un poco a todos, especialmente a aquellos que también perdemos a un padre que oye el mar y se despide del mundo mientras el oleaje se agiganta con la música-estertor del adiós.

18/12/2007 09:53 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

UNA PELEA CON MAX AZAGRA

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Rara vez salíamos a cenar a casa de amigos. Como mucho íbamos a alguna fiesta a Loureda y Santa Mariña de Lañas; yo, si tenía un poco de suerte, me marchaba unos días antes y volvía unos días después y aprovechaba para montar en la yegua mansa de mi tío Manolo y cabalgar al trote hasta Pazo do Atín o el inmenso Campo del Lobo, donde jugaba el Campanal de Loureda. Si me quedaba en Santa Mariña, en el Pazo de Viñán, cerca de A Choca y Malvís, disfrutaba con el cerrado de huerta, con los caminos sombríos, orillados de laurel y grandes ribazos, y con los siete yernos de don Daniel, tío de mi madre, todos ellos aficionados a la caza y a la pirotecnia. En el Pazo de Viñán había nacido mi madre: allí se llamó Sara de Luna y vivió allí sus primeros cuatro años, hasta que su padre creyó que tenía hacienda suficiente en Paradela y decidió casarse con su madre.         

Dicen que lo que mejor sale es aquello que surge de repente, una tertulia improvisada que se torna, sin saber por qué, irrepetible. Así sucedió una noche en el domicilio de Abelardo y de Amalia; mis padres los conocían porque ambos habían estado en Suiza y habían regresado a Baladouro con muchos ahorros. Llegaron y besaron el santo; eligieron un gran solar cerca del Bar Moisés y al poco tiempo levantaron una casa alargada con dos plantas en la misma avenida del Balneario, muy cerca de donde vivíamos nosotros. Al poco tiempo, en los bajos, abrieron un establecimientos de ultramarinos con carnicería.        

No recuerdo si estaba mi hermana Marita, ahora mismo ni sé si había nacido. Ni tampoco la cena: quizá fuese pulpo con patatas cocidas, vino con gaseosa y una ensalada de lechuga, tomate y cebolla. La conversación pasó por distintas fases; pronto mi madre y Amalia, inclinadas a la precisión, hablaban del precio de las patatas y de algunas historias familiares que referían con aparente exactitud. Hubo un momento en que Abelardo y mi padre repasaron su estancia en Suiza. Mi padre recordaba su modo de cocinar: de vez en cuando solía hacerse tortillas francesas de seis huevos y freía patatas en abundancia. Le gustaba mucho la carne a la plancha, pero sentía una horrible nostalgia de los callos y las manos de cerdo. Narró alguna historia no de amor, sino de tentación: una mujer en cuyo jardín trabajaba los sábados y domingos le había ofrecido su cuerpo y su riqueza a cambio de que se quedase con ella para siempre. En ese punto, el diálogo cobró color.        
--Claro que lo dudé, Abelardo. Pero, ¿quién se atreve? Tienes aquí mujer y dos hijos...        
El otro sonreía.        
--No estaba de mal ver. Era viuda sin hijos. Le había quedado en herencia una finca enorme con chalet y garaje. Recuerdo que se me insinuaba entre las plantas mientras alineaba una muralla de mirtos, pero yo no me daba por enterado. "¿Por qué será tan honesto el jardinero?", dijo una vez. Al año siguiente me fui de Basilea a Zurich y no la volví a ver.        

Mi madre interrumpió bruscamente.        
--No sueñes, hombre, no sueñes.        
--Como me llamo Jacinto que es cierto.        
--¿Y por qué no te quedaste? Nos hubiéramos arreglado sin ti.        

Había algo que caracterizaba a mi madre: carecía de sentido del humor y no era celosa. Sin embargo, a mi padre le encantaban las chanzas si las manejaba él. De lo contrario, las aguantaba unos minutos, se enfurecía y se ponía más terco que un carnero.         

La intervención de mi madre había cortado unas confidencias que me interesaban. Las mujeres volvieron a centrarse en su mundo de menudencias y de nombres propios: la mujer de Rama, el marinero, había tenido su octavo hijo; Sandro, el encargado de Construcciones Lamela, había traído por fin a su guapa esposa de un pueblo de Lugo, etc. Cosas así, que exigían demasiado atención.        

Y mi padre recordó a los hermanos Artilleiro, Luciano y Benedicto, con los que iba de vez en cuando a ver películas pornográficas. Eran de su misma parroquia en Santa Mariña de Lañas: Vilarnovo, rodeado de bosques con retama. Siempre me intrigaba cómo vivían aquellos hombres solos: ¿dónde dormían, tenían o no patrona, quién les hacía la comida, irían en bicicleta al trabajo, engañarían a sus esposas como lo hacían César Fontela o Morón? Me quedaba patidifuso ante la cantidad de cosas que mi padre había sido capaz de hacer fuera de casa (jardinero, barbero, cocinero, albañil, camarero, etc.) porque con nosotros no cocinaba nunca ni planchaba ni siquiera ponía la mesa. Al contrario. Si alguna vez echaba comida en el plato, era en el suyo; si no estaban los vasos puestos, jamás le ponía un vaso a nadie. Cogía uno para él y lo llenaba hasta el borde de un tinto espeso que ennegrecía el mármol de las escaleras cada vez que se le caía de la jarra.         

--¿Qué pasaba con las películas? --preguntó Abelardo.        
--Nada. Que a los cinco o diez minutos de ver una y otra vez lo mismo, me quedaba dormido hasta que los hermanos Artilleiro me avisaban de que estaba roncando. No me impresionaban nada.        
--Por lo menos las chavalas estarían bien...        
--Sí, pero ya sabía que no eran para mí. Y en cuanto una mujer deja de interesarte, ya no resulta tan bonita.        

Así era mi padre. Incapaz de prolongar un minuto de suspense. A veces, pensaba que lo único que le gustaba de una charla era el ruido, la música de las palabras, la impresión de compañía. Y entonces, como un milagro, abrió otra espita a los viejos tiempos.        

--Lo que más recuerdo de mi vida es la mili --dijo.        
--Yo no fui por ser hijo de viuda --contestó Abelardo.        
--Yo también debí librarme por ser medio huérfano. A los ocho años mis padres me mandaron a servir a A Maceira. Y así pude comer, jugar y sentirme querido. Hubo momentos en que pensaba que la patrona era mi verdadera madre; cuando vinieron los soldados y se lo llevaron todo, también quisieron llevarme a mí, no sé para qué, pero la señora se lo impidió. Tenía un hermano loco, que estaba encerrado en el cobertizo y gritaba por las noches cuando había tormenta. Por el día sonreía y aullaba como un lobo. Ella se llamaba Mercedes y él, Ireneo.        

--¡Vaya nombre más raro!        
--Lo mismo dije yo el primer día. Luego, le tomé cariño al nombre y al hombre. Me hicieron una fiesta grande cuando me marché al ejército y él se quedó acurrucado y llorando.        
--¿Dónde te tocó?        
--En Melilla. Estuve tres años. Sólo recibí una carta de mi padre diciéndome que mi hermana Josefa se había casado con un ebanista. ¿Sabes lo que me ocurrió?        
--Tu dirás.        
--Yo era fuerte como un toro. Levantaba los arados de hierro como si nada. Estaba habituado a la vida dura del campo y de las eras. Y un día, el cabo o el sargento me dio seis escobas para que barriésemos un salón del cuartel. Las fui distribuyendo entre mis compañeros, las mejores eran para los que eran más amigos, y la peor le tocó a un soldado vasco. La cogió y la arrojó al suelo. "Gallego, tenías que ser. Me cago en la madre que te parió". Ni me lo pensé dos veces: me encaré con él y le lancé un terrible puñetazo.       

Aquella anécdota me despertó completamente. Mi padre estaba crecido. En la bruma del amodorramiento, pensé que hablaba de otro.