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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
 CLARICE LISPECTOR: CERCA DEL CORAZÓN SALVAJE
Desde hace varios días, me acompañan en la mesilla de noche el libro “Revelación de un mundo” de Clarice Lispector, la gran escritora brasileña nacida en Ucrania. Nació en 1925 y murió en 1977 donde encuentro momentos magníficos sobre la vida, la necesidad de escribir, la maternidad, la confidencia y la relación ambigua o ambivalente con la muerte. Dice Lispector: “Hay tres cosas para las que nací y por las que doy mi vida. Nací para amar a los otros, nací para escribir, y nací para criar a mis hijos”. Más adelante explica: “Sólo pido una cosa: en el momento de morir yo querría tener a una persona amada a mi lado para que me sostenga la mano. Entonces no tendré miedo, y estaré acompañada al atravesar el gran pasaje”.
El libro, publicado en Adriana Hidalgo en Argentina en 2004, tiene muchos momentos maravillosos. Recoge una porción de sus textos periodísticos, y en uno de ellos, “Baños de mar”, dice esto: “Mi padre creía que todos los años había que hacer una cura de baños de mar. Y nunca fui tan feliz como en aquellas temporadas de baños de mar en Olinda, Recife. Mi padre creía también que el baño de mar saludable era el que se hacía antes de que saliera el sol. ¿Cómo explicar eso que yo consideraba un regalo inaudito, salir de casa a la madrugada y tomar el tranvía vacío que nos llevara a Olinda cuando todavía estaba oscuro?A la noche me iba a dormir, pero mi corazón se mantenía despierto, expectante. Y de puro alborozo me despertaba a las cuatro y pico de la madrugada y despertaba al resto de la familia. Nos vestíamos de prisa y salíamos en ayunas, porque mi padre creía que debía ser así: en ayunas. (…) No nos quedábamos mucho. El sol salía, y mi padre tenía que empezar a trabajar temprano. Nos cambiábamos de ropa, y la ropa nos quedaba impregnada de sal. Mis cabellos salados se me pegaban a la cabeza. (…) Mi padre creía que no se debía tomar enseguida un baño de agua dulce: el mar debía quedar en nuestra piel durante algunas horas. Era contra mi voluntad que yo tomaba una ducha que me dejaba límpida y sin sal”.
En otro capítulo, de la serie “Bichos”, dice eso sobre los caballos. Y pienso en ello porque Víctor Juan está haciendo un establo y toma lecciones de equitación. “En cuanto a los caballos, ya escribí mucho sobre caballos sueltos en el morro de pastura (“A cidade sitiada”), donde de noche el caballo blanco, rey de la naturaleza lanzaba al aire su prolongado relincho de gloria. Y ya tuve perfectas relaciones con ellos. Me recuerdo adolescente, de pie, con la misma altivez del caballo, pasando la mano por su pelo aterciopelado, por su crin agreste. Yo me sentía así: ‘La muchacha y el caballo’”. En otro lugar, confiesa que de niña fue una ladrona de rosas. También me ha acompañado estas noche, el libro de fotografía “Women seeing Women”.  Annie Leibovitz (Westport, 1949). Una serie sobre "Alicia en el país de las maravillas" con Olivier Theyskens y Natalia Vodianova, como el Reverendo Dogson y Alice Liddell.  Annie Leibovitz adquirió su primera cámara en 1964, era una Kodak Brownie, y ya en 1970 asistió a un curso de fotografía y pintura en el Instituto de Arte de San Francisco, y luego realizó estudios con el gran Ralp Gibson, el maestro absoluto del contraste. Colaboró en la revista “Rolling Stone”, época en la que hizo su magnífico reportaje sobre John Lennon, y fue directora de fotografía de la publicación. Posteriormente trabajó en “Vanity Fair”, “Paris Match” y “Vogue”, y ahora es una excelente profesional, una de las mejores, especializada en el retrato, la moda y la publicidad. Ha fotografíado a los músicos, a los atletas, a los grandes actores de Hollywood, a numerosos escritores. Compartió los últimos años de su vida con Susan Sontag, hasta que ésta falleció. Cuelgo aquí una nueva foto suya. He aquí un retrato de Jessie Norman, de 1995.  El espléndido fotógrafo José Antonio Melendo saluda hoy con un amanecer diáfano, de aire invisible, como en un cuadro de Velázquez, la llegada del año 2007. Melendo ha sido toda una revelación en 2006, ha sido la revelación de 2006 probablemente. Nos lo presentó a casi todos Javier Torres. Y en mayo apareció por los Encuentros de Albarracín para engatusar a los chavales con sus conocimientos de fotografía. Trabajó como nadie: fue el testigo, el ojo que mira, el buscador infatigable de luces y de instantáneas. Fue el confidente, el puerto de paz. Este año interrumpo los Encuentros Literarios de Albarracín. Me tomo un descanso, con toda la pena de mi corazón. Para repensar los Encuentros, para volver a empezar de otro modo en dos o tres años. Estoy seguro de que uno de los vacíos que voy a sentir, además de no encontrarme en ese paraíso de piedra e historia con tantos amigos y niños, será el de no verlo a él, azacanado, casi sudoroso, con la falsa sensación de que no llega, pero siempre ahí, tomando fotos, construyendo una enciclopedia de imágenes.
Felizmente, José Antonio Melendo ya no nos necesita a nadie: ni a Javier Torres, ni a mí, ni a tantos otros cómplices que conquista a diario. No hay más que ver su blog y los blogs de los otros: en todos está, en todo está como un dios acaso invisible. Como un pájaro libre, como un pájaro que se atreve a mirar para ver, vuela solo. Y vuela alto. Tanto que atrapa con la máxima nitidez el primer cielo de 2007.  La Leica M3 del siempre maravilloso Elliot Erwitt. El hombre que encuentra los momentos más singulares y humanos de la vida cotidiana.  “Borradores” emite su primer programa de 2007 con un menú muy variado. En esta ocasión se ha grabado todo en exteriores: en la plaza de San Felipe, ante el Museo Pablo Gargallo, ante la Lonja y en la librería Antígona. Albert Boadella, Javier Reverte, Eugenia Rico, Vanesa Monfort, Los Titiriteros de Binéfar y José-Carlos Mainer son algunos de sus invitados.
Arranca “Borradores” con una actuación de Los Titiriteros de Binéfar, que ofrecen un retablo navideño en el Teatro del Mercado. Y visita la exposición de dibujos de Alberto Duce en el Museo Gargallo, recorre la muestra “Aquaria. Agua, territorio y paisaje en Aragón” que se expone en La Lonja, en una carpa anexa y en el Palacio de Sástago. También nos trasladamos al CDAN de Huesca para ver la muestra “Naturalezas silenciosas”, una colección de fotografías divididas en varias esferas (lo doméstico, lo excesivo, el artificio y la “vanitas”), donde hay obras de Irvin Penn, Andrés Serrano, Witkin, Fontcuberta, Man Ray, Ana Mendieta, entre otros muchos. Conversamos con las escritoras Eugenia Rico y Vanessa Monfort, premios Ateneo de Sevilla, y con Javier Reverte, autor de “La aventura de viajar”.
José-Carlos Mainer habla de la edición española de “1001 libros que deben leerse antes de morir” (Grijalbo), que ha coordinado, y recomienda el volumen “Todos los relatos” (Gadir) de Italo Svevo. Albert Boadella reflexiona sobre el teatro y la vida y la modernidad, a propósito de “En un lugar de Manhatan”. Y Julia Millán recomienda el “Libro de las preguntas” de Isidro Ferrer y Pablo Neruda y la impresionante colección de retratos de Juan Manuel Díaz Burgos; Vicky recomienda una publicación de fotos de la antigua estación de Canfranc.  Hormiga
En un sueño inventado la margarita quiso ser una hormiga. Un sol apenado maduró su aceitunada piel, ayudado por las cosquillas del aire. Con su innata habilidad, algunas arañas tejieron una coraza con la que resguardar el enclenque cuerpo. Un corsé de finas hojas le otorgó la flexibilidad para poder transportar alimentos. El ciempiés le prestó seis zapatos para las patas confeccionadas con el débil alambre que sujeta los deseos a este inquietante mundo. El peluquero del reino vegetal, el saltamontes, afeitó con gran esmero los amores no correspondidos de la flor. Dicen que la hierba lloró al recogerlos. Los ojos y la boca fueron un regalo de las abejas por tantos años de servicio e incluso el insecto palo rompió por unos instantes su meditación diaria para moldear unas antenas con dos ramas secas. Gracias al pisotón de un niño, abandonó las alturas y se adentró en la terrosa oscuridad. Como despedida, la cigarra improvisó una letanía que enmudeció al orgulloso girasol. Desgraciadamente, la tierra no quiso perder a su más bello adorno y no liberó las raíces. Cuando encuentres un níveo pétalo en el suelo, piensa en la margarita que ahora vive desnuda por un día soñarse hormiga. Marina de Miguel Arrivi
*Marina de Miguel Arrivi es una joven poeta y periodista de "La Voz de Galicia"
La foto es de Edouard Boubat.
 Uno de los grandes fotógrafos de desnudos, Robert Farnharm. El favorito, me han dicho, de Don Rijoso.  [Pablo Neruda dijo de Sara Facio, la fotógrafa argentina nacida en 1932: "He conocido a todos esos escritores más por tus fotografías que por cuanto he leído sobre ellos. Me entusiasman". Sara Facio es autora del libro “Pablo Neruda en Isla Negra”.
Julio Cortázar escribió: "Sara ha fotografiado Buenos Aires con un soberano rechazo de temas insólitos; sus imágenes nacen de algo que participa de la caricia, de la queja, de la llamada, de la complicidad, de la amarga denuncia, todos los gestos interiores de una sensibilidad coincidiendo con la razón estética". Y Gabriel García Márquez le propuso: "Quiero que vengas a Cartagena y hagas un libro sobre mi y sobre mi pueblo como el que hiciste sobre Neruda y su Isla Negra". María Elena Walsh, retratada en varias ocasiones por Sara Facio, anotó: "Sabiduría de ojo, suma de un don innato, una larga paciencia y el sentido de la revelación. Saber ver es amar la vida, capturar el gesto fugaz sin congelarlo, sorprender a la gente sin agredirla ni profanar su privacidad. Sara Facio se siente en profundidad —sin alarde ni recogimiento— es hija de esta ciudad de Buenos Aires, donde va imprime su singular carácter, una melancólica complicidad, una manera de aludir, una especie de entrega de soslayo, sin estridencias, características que Borges definiría como una suerte de pudor propio de estas latitudes".
*Retrato de Julio Cortázar en 1968. Así de largo y juncal era el señor de Rayuela.  Así vio Sara Facio a Pablo Neruda. Ese nombre que todo lo sabe de Internet, Mariano Gistaín, da noticia de que Aragón Televisión tiene un blog. Debe localizarse en www.aragonenelmedio.com/. No sé enlazar desde aquí, desde el texto, pero enlazo al lado. Enhorabuena.  [Querida Magda de México, aragonesa espiritual en el exilio: Leo tu nota sobre su relación de amor y desamor con Pablo Neruda, más de desamor en realidad, y te contesto de varias formas, si no te molesta. De joven, soñé con Albertina Rosa, la mujer que le inspiró “Veinte poemas de amor…”, quedé perturbado con una relación amorosa, clandestina, en el pajar una noche, y me conmovió durante años “Residencia en la tierra”. Luego, es un poeta que me parece irregular, desigual, un poeta del exceso, del que me interesa la poética de los objetos, la mirada cotidiana… y algunos poemas casi épicos como “Fulgor y muerte de Joaquín Murieta”. En el libro “Golpes de mar” (Destino, 2006), que saldrá la próxima semana hacia tu casa, me he quedado sin ningún ejemplar, hay un cuento donde se cuenta esta historia en el relato “Dos tardes con Beatriz de Sousa”, dedicado al escritor Enrique Vila-Matas, felizmente retornado a la vida y a la escritura tras una época muy dura. Te selecciono este fragmento, Magda Días Morales, aragonesa de México, uno de mis favoritos del libro.]
Beatriz de Sousa me pidió mis poemas y le dejé una carpeta entera, de la que extraje todas aquellas composiciones donde apareciese su nombre o cualquier referencia explícita a su persona. Tardó una semana en devolvérmelos. Sólo me dijo: “Me gustan, pero he visto que no eres feliz”. “Bueno, eso ya lo sabías”. Insistió: claro, que lo sabía, que lo habíamos hablado, pero no es lo mismo, ese dolor, me ha perturbado eso que haces algunas tardes de domingo antes de marchar a las playas: te metes debajo de la cama con el cuchillo de matarife de tu padre para cometer una locura. Y de inmediato agregaba con una voz protectora, casi maternal: “Qué haríamos si no tuviéramos la vida. Dime, Eduardo, ¿de qué nos sirve la muerte?”. No supe qué responderle, y aún me alivió más cuando me dijo que al día siguiente avisaría en casa de que volvería tarde, en el autobús de las ocho, y que en esas casi tres horas que nos quedaban nos iríamos al mar de Valcobo y de Marburgo.
La propuesta me sorprendió y me llenó de felicidad. Por la noche, la ansiedad no me dejó dormir y no hice otra cosa que imaginar una y otra vez cómo iba a ser el paseo, de qué podríamos hablar o cómo debería comportarme. Con su naturalidad habitual, por la mañana me dijo: “Hemos quedado esta tarde”. Aquel día fui a la biblioteca y descubrí que había discos de poesía y que incluso se contemplaba el préstamo de un aparato reproductor. No recuerdo ahora si el tocadiscos -en casa no teníamos- era de la biblioteca o del colegio al que pertenecíamos los mediopensionistas, pero sí recuerdo con total nitidez que me lo prestaron con un disco de Pablo Neruda, donde él mismo recitaba sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
Antes de ir a la costa, fuimos a mi domicilio, conecté el tocadiscos y oímos aquella voz arrastrada y nostálgica, aquel obstinado lamento de amor y pérdida del escritor chileno. Miraba a Beatriz, me asomaba a sus ojos y yo me sentía el poeta de la lenta voz que canta a su enamorada presente. Ella sonreía y me devolvió a la realidad que nos había reunido: “Ya está bien de provocar lástima. Tenemos que ir al mar o perderé el coche”. Partimos hacia las playas por la carretera de Caión, y apenas tardamos en llegar, quizá veinte minutos. Excitado por Neruda y el descubrimiento del tocadiscos, me di cuenta de que había malgastado más de una hora y que apenas nos quedaba otra para caminar por la arena. Comenzaba la primavera: Beatriz se quitó los coreanos que llevaba y recorrimos Valcobo y Marburgo de extremo a extremo; de repente dijo: “¿Hay confianza, no?”. Dije que claro que sí, que la había. Se desvistió hasta quedarse en ropa interior y se metió en el mar. Yo estaba turulato: atardecía sobre el mundo y las playas, el aire era frío, y mis pupilas se habían agigantado de estupor, de curiosidad y de deseo. Sin embargo, nada de eso le importó a Beatriz. Se metió en el agua -nunca olvidaré su silueta encerrada en una braga y un sujetador blancos; nunca olvidaré sus pasos atropellados de ninfa del crepúsculo, su piel contundente, la armazón incontestable de sus muslos-, chapoteó y agitó sus manos en el aire llamándome. Apenas tuve tiempo a desvestirme, tampoco me hubiera atrevido; tiritando vino corriendo hasta su ropa, me dijo que me diera la vuelta, y lo hice. En un brevísimo lapso en que me temblaba hasta el alma, percibí cómo se despojada de la ropa mojada y cómo se ponía el pantalón negro de pana, la blusa y la chaqueta, percibí ese movimiento excitante y animé en mi cerebro la ceremonia: puse tamaño y turgencia a sus pechos, imaginé el color del pelo de su pubis, la rizada sombra de la entrepierna, el olor salobre e intenso de la carne, de la piel de gallina contra la heladora brisa del océano, imaginé la piel desnuda y sin ropa interior contra la pana. Dijo mientras arrugaba su ropa interior: “Me gusta nadar, pero lo que más me gusta es entrar en el mar y mear en el agua”.
*La foto, "Sin título", es de Lola Álvarez Bravo.  Había salido a llevar a Jorge a sus entrenamientos a Utebo y a Miss Pippi Tetley a dar sus clases de inglés. Luego, con algunos libros bajo el brazo y un folio para tomar notas, me fui a tomar a café. Hice algunos esbozos: tengo que comprar nuevas estanterías, nueve en total para el estudio. Después de hacer algunos esquemas de decoración, empecé a trabajar al arrimo de un café con leche corto de café: ahora sí, este año será el de la novela de Lastanosa. No hago más que darle vueltas y vueltas a los personajes, al prócer, a la época, y busco un pretexto que me permita viajar a su mundo de jardines, laberintos, jesuitas y arte. Quiero que sea una novela negra. Desde hace días me acompaña Clarice Lispector y varios libros de Lastanosa, entre ellos el famoso de Ricardo del Arco de 1934.
No habían llegado las estanterías. Tomé el coche cuando oscurecía. Encendí la radio: la tenía colocada en RNE, anoche oí a Paloma Zuriaga de “El ojo crítico” y a Luisa Perruca de Senda, que recomendó con buen criterio el nuevo libro de Elifio Feliz de Vargas, estupendo. De inmediato, creí reconocer una voz acariciante, casi algodonosa, envolvente. Esa voz invitaba a Abraham García a que hablase de cómo se cocinan las aves, de sus condimentos, y él en un instante citó a la becada, “segadora del aire”, y abogó por el sabor fuerte y natural de las aves, incluida la perdiz. Me pareció que aquella voz era la de Lara López, que alterna un deje soñador y lento con una sonrisa tamizada por una suerte de melancolía. La suya es la voz refugio, la voz maternal, una voz que se alza como un abrigo o cueva contra la tormenta o estos atardeceres metafísicos. Volvía a casa, y quería seguir paladeando la radio. Se trataba del programa “La plaza”, que suele conducir Beatriz Pécker, del que también soy fan, como le dije en una ocasión, en un viaje por el Maestrazgo, a su padre José Luis Pécker, el conductor de “Las diez de últimas”, pongamos por caso. La tarde adquirió la tinta apabullante de la aurora boreal: el infinito se teñía de rosa, rojos, granas, ocre, de polvo de oro. Acababan de soltar los riegos sobre los campos, y mientras deambulaba por aquí y por allá, entre higueras y un llano inacabable, perfilado por un celaje de asombro, vi una finca inmensa y anegada: me recordó un cuadro de Pepe Cerdá. Era como un perfecto espejo que copiaba un cielo envolvente como la voz, arrastrada y dulce, de Lara López. Acababa de entrar la poetisa Blanca Andreu, a quien no conozco, aunque es gallega y coruñesa como yo. A quien admiro desde que publicó un libro que me ayudó a ser feliz durante años recién llegado a Zaragoza: “De una niña de provincias que vino a vivir en un Chagall” (Rialp, 1980) [Transcribo el asombro: “DI que querías ser caballo esbelto, nombre // de algún caballo mítico, // acaso nombre de Tristán, y oscuro. //Dilo, caballo griego, que querías ser estatua // desde hace diez mil años, // di sur, y di paloma adelfa blanca, //que habrías querido ser en tales cosas, morirte en su substancia, ser columna. //Di que demasiadas veces //astrolabios, estrellas, los nervios de los ángeles, //vinieron a hacer música para Rilke el poeta, //no para tus rodillas o tu alma de muro.]Podría decir, como dijo García Márquez tras leer “La metamorfosis”: “Si se puede escribir así yo también quiero ser poeta”. Blanca Andreu hablaba de las operaciones y de los añadidos, decía que ella se sentía bien así, como estaba, y recordó que su padre, que es médico, le decía que el cuerpo sólo se abre, sólo se opera, en casos de extrema necesidad. Para ilustrar su punto de vista recordó el libro “Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros” (la edición de Edhasa fue uno de mis libros de cabecera; aún la conservo. Llegué a empezar una novela artúrica que arrojé a la basura), y contó una bellísima historia de las cuatro brujas (entre ella Morgana) que intentan seducir al mejor caballero del mundo, que era Lanzarote. Éste, viéndolas llenas de afeites y engaños, dice que prefiere a Ginebra porque ella es de verdad, sabe lo que hay de verdad: los fracasos y las derrotas así como los instantes bellos también han modulado su belleza.
Lara y Blanca disfrutaban de lo lindo. Y yo más. Con la radio, con ambas (Blanca se adornó con un tono de seca dulzura y mucho convencimiento; Lara estaba encantada: había encontrado una filosofía de vida y le pidió que repitiese la metáfora),, dando vueltas de aquí para allá en medio del laberinto de riegos, con ese crepúsculo casi irreal, yo también era feliz. Tenía la sensación de estar en un mundo preñado de sensaciones inolvidables. Algunos de los mejores recuerdos de mi vida están asociados a la radio. Y este atardecer, exaltado por el misterio de dos voces con magia, también pasa a figurar en ese inventario.
*Hallé esta foto del atardecer en Zaragoza (espero que José Antonio Melendo me regale una de las suyas, tan magníficas, en la página web: www.aragonesadigestivo.org, que tiene otras fotos bonitas. La pongo aquí, con la correspondiente cita, porque se ajusta muy bien al texto, al espíritu del texto.
 Carlos Saura cumple hoy 75 años. Nació en Huesca en 1932, dos años después que su hermano Antonio. Y sin embargo, no lo parece. Está lleno de proyectos. Prepara una película sobre Lorenzo da Ponte, otra sobre el fado, y será objeto de un gran homenaje en el Festival de Cine, que expondrá una vasta exposición de sus fotos de todos los colores, estilos, épocas temas y técnicas.  El compositor turolense es candidato al premio Goya por la banda sonora de “El laberinto del fauno” de Guillermo del Toro
Javier Navarrete (Teruel, 1956) es uno de los compositores más personales de bandas sonoras de España. Podría decirse que es el músico favorito de Agustín Villaronga y, desde hace algún tiempo, el de Guillermo del Toro. Su trabajo para “El laberinto del fauno”, esa fantasía onírica que mezcla la posguerra y la infancia es candidato al premio Goya a la mejor banda sonora.
Javier vivió en Teruel hasta la primera juventud, y esos días están asociados para él a “a amigos con los que tocaba y escuchábamos música. En cuanto al paisaje puramente sonoro de mi infancia en Teruel recuerdo con mucha nostalgia una campana de la Catedral que tocaba (probablemente aún toca) a las diez de la mañana, y una sirena antiaérea que, inexplicablemente, en plenos años sesenta, daba las doce justo enfrente de mi casa, con un rugido atronador, digno del mejor futurismo italiano”. Antes de instalarse en Barcelona, en vísperas de la muerte de Franco, vivió en Zaragoza la “época dorada de los cineclubs”. Empezaba a soñar una música clásica de vanguardia en la línea de creadores como Stockhausen, Ligetti o Luciano Berio. “Quería hacerla y la hice, vinculado como estuve a un grupo de compositores llamado Phonos. Posteriormente me pareció que era una línea de trabajo demasiado especulativa y, al fin y al cabo, aburrida –recuerda Javier-. Eran los años de la transición española y estaban llenos de sorpresas e influencias dispares y enriquecedoras. Yo escuchaba todo tipo de música pero a la vez comencé a escribir partituras muy minimalistas. Ese esfuerzo de síntesis que hice entonces, aproximadamente cuando tenía veinticinco años, ha sido la base de todo lo que he hecho después”.
De ahí dio el salto a la música para cine con aquella perturbadora película que fue “Tras el cristal” (1987) de Villaronga, donde hacía un subrayado melódico bastante inquietante. Para Javier Navarrete fue “un trabajo muy atípico, en parte improvisado en el estudio, y hubo muy poca comunicación con el director. No pensaba que volvería a hacer más películas. Ahora estoy más atento a la narrativa y me planteo mi trabajo como una pieza de la máquina que es una película”. Hizo bastantes más películas, por supuesto: con Villaronga de nuevo en “El mar”, con Oscar Aibar, Luna (“Náufragos”, “Yo, puta”), Mathew Parkhill, Xavier Villaverde (“Trece campanadas”), con Patricia Ferreira (“El alquimista impaciente”), casi siempre directores noveles. “Me gusta mucho trabajar con un director novel porque, a pesar de todo el descontrol que suele haber, tienen una fe y una fuerza que después no siempre queda compensada por el oficio que adquieren”.
La música de Javier Navarrete ha sido calificada de árida, quizá porque suele carecer de melodía, y posee siempre una especie de lirismo oscuro, de belleza turbadora, seca. “Es un buen retrato, pero más de lo que he tenido ocasión de proyectar que de lo que soy. Hace poco hice música de circo para un parque temático, y funcionaba muy bien. Las películas oscuras deben ser alguna deuda kármica que tengo que pagar. ¿O quién sabe?”. J avier Navarrete tiene fama de músico tan talentoso e inspirado como modesto. De repente lo llamó Guillermo del Toro para que hiciese la banda sonora de “El espinazo del diablo” (2001), entre otras cosas porque había oído su trabajo para “El mar” (2000) de Villaronga, una película que presentaba algunas semejanzas de época y atmósfera con la que él iba a rodar en Madrid de inmediato. Del Toro tiene fama de director de una sabiduría ilimitada, arrollador, de gran vitalidad. “Sí, es un fenómeno –confirma Javier-. Y lo sabe todo, en particular de cine y literatura. Trabajar con él es tan divertido que no te vas dando cuenta de que en realidad es un perfeccionista absoluto. La posproducción y, sobre todo, el sonido y la música le encantan. ‘El laberinto del fauno’ es la segunda parte de una trilogía ambientada en la guerra civil española.
En ésta predominan los protagonistas femeninos, y también la música es más melódica y fluida”. Dicen que Del Toro empieza a preparar la banda sonora desde el mismo día en que empieza el rodaje prácticamente. “Es cierto, en cuanto tiene una escena montada ya empieza a trabajar los efectos visuales, la música y todo. De día rueda y por la noche va al montaje. No sé cuándo dormirá. No estuve en Belchite, paisaje al que han pintado una espléndida serranía de fondo en la película, pero iba y venía a Madrid con mis maquetas, o las mandaba por internet”. Navarrete señala que la película tiene un doble registro: el de la dura realidad de la guerrilla y los militares y el mundo de las fantasías de una niña. “Ese mundo fantástico es bastante crudo, también, así que los dos registros están muy conectados –explica-. La clave de la música es una nana muy sencilla, un poco medieval, que canta uno de los personajes y que acaba siendo el símbolo del desamparo y las aspiraciones de esta niña protagonista”.A Javier Navarrete el premio Goya no le quita el sueño. Ni el Goya ni ningún otro galardón. “Yo soy consciente de que mis gustos no siempre conectan con los de la mayoría de la gente, y por lo tanto no aspiro a que me premien por mi trabajo”. Es consciente de que sus rivales poseen mucho nivel. Son Alberto Iglesias por “Volver”, Roque Baños por “Alatriste” y Lluís Llach por “Salvador”. “Alberto Iglesias y Roque Baños son posiblemente los dos mejores compositores del cine español. Me gustan los dos y, sobre todo, Alberto. La música de Lluís Llach me queda un poco más lejos”.
El método de un compositor muy personal Javier Navarrete no tiene inconveniente en explicar su método de trabajo: “Te pasan una copia en bruto de la película y escuchas lo que tiene que decir el director sobre la misma. Al revés que lo que ocurría cuando hice mi primera película, ahora se maqueta todo muy cuidadosamente, con ayuda de programas y samples, y se puede discutir con el director hasta la última nota y hacer todo tipo de pruebas antes de grabar con músicos o pasar a limpio. En un plazo que va de cinco a digamos diez semanas compones entre veinte y sesenta minutos de música lo mejor que puedas. A menudo voy a grabar a Praga o Moscú, lugares donde hay orquestas, estudios y directores especializados en grabar música para películas, gente que lo hace todos los días del año. Después mezclo las pistas que he traído, normalmente en Barcelona”. [El músico Karlos Giménez, a quien conocí hace algunos años en un concierto con Imanol y luego en una extensa entrevista, ha entrado en este blog, en un texto donde se recuerda la figura, la vida y la obra de Imanol. Y ha dejado aquí este mensaje, que transcribo con sumo placer. Si hay algo que me gusta del blog es el testimonio espontáneo y emotivo como el de Karlos. Un abrazo.] Tengo el orgullo, placer y satisfacción de haber trabajado, disfrutado y compartido 20 años de mi vida con Imanol, a mi parecer la mejor voz que ha tenido Euskalherria en muuuchos años. Su muerte nos ha dejado a todos un poco huérfanos, un poco abandonados. Querría, desde aquí, animar a todo el mundo a escuchar las bellas canciones que cantó o compuso (que no son pocas...). La vida, una parte de la sociedad, algunas personas en concreto, fueron crueles con él y esto ya no tiene arreglo... No sé si los humanos alguna vez aprenderemos... Aunque también tuvo auténticos amigos. La vida es dura, pero es lo único que tenemos, o quizás sea ella la que nos posea... Un abrazo a todos. Karlos Jiménez. José Antonio Labordeta estrena el domingo 7 dos canciones en Borradores, las grabó por vez primera con su guitarra: “El tercer mundo”, que también podría titularse “El tercer mundo a las puertas de casa”, y “Al fin y me voy”. El primer tema es la bienvenida a todos esos inmigrantes que ya forman parte del paisaje de nuestra vida, que ya son el aliento contiguo, los convecinos, los compañeros de rellano y de paseo en las calles; y el segundo es la canción de alguien que anuncia que se va. Labordeta habla en la entrevista posterior de su trayectoria como trovador, de sus libros, especialmente de “Cuentos de san Cayetano” (Xordica, 2005), que ha llegado a las cuatro ediciones. Y de la próxima novela que va a publicar en Anagrama, “En el remolino”, una narración que apareció en 1974 y que narra una terrible historia vinculada con la guerra Civil en Albarracín. Borradores recibió, además, a Santiago Morata, autor de “Milenio de pasión”, la novela que ha publicado Delsán y que cuenta la historia del campesino Daniel que se convierte en un monje guerrero. Y recibió a la joven narradora y poeta Brenda Ascoz, que figura en dos antologías del grupo Eclipse: “El viento dormido” y “Ocultación transitoria” (Fotografía poética del grupo Eclipse). El programa se completa con reportajes sobre el escultor, pintor y fotógrafo Vicente García Planta (especializado en grupos escultóricos y fotos de viajes), otro sobre el proyecto “Mbini”: las fotografías y películas que hizo Manuel Hernández Sanjuán en Guinea Ecuatorial, es un reportaje entrevista con uno de los autores de este rescate, Pere Ortín. Visitamos la librería de El Corte Inglés, donde contamos con un invitado de lujo, el fotógrafo José Antonio Duce, y cerramos con un poema de Alicia Silvestre. Borradores. Emisión, domingo, 7, a las 18.30. Realización: Teresa Lázaro. Producción: Raquel Guzmán. Ayudante de producción: Yolanda Liesa. Redacción: Ana Catalá. Director de Chip: Modesto Rubio  Esta mañana me he levantado en Barcelona a las nueve en el Palace-Ritz, y he cogido “El Periódico de Catalunya”. En contraportada había una estupenda entrevista de Arturo Sanagustín con el fotógrafo Leopoldo Pomés, que dice que siempre intenta fotos sin anécdota. Soy un admirador incondicional de él (en realidad de ambos), y cuelgo aquí varias de sus fotos. Apasionado de la comida, de los zapatos, de las mujeres, su obra es de una enorme sutileza y está siempre tocada de misterio y de fuerza. Una de las fotos más conocidas y enigmáticas de Pomés es ésta de 1971. Elsa. Querida Magda: Ésta es una de las fotos de Antonio Saura que hizo Leopoldo Pomés, creo que hacia 1961. Saura, por cierto, era también un magnífico escritor de temas artísticos.  Hacía algunos meses que no iba a Barcelona y llevaba más de una década sin acudir al Premio Nadal. Aún recuerdo mi última estancia: estuve con Miquel Ángel Riera, le tomé fotos, tradujimos al alimón “El pis de la badia” y paseamos por la ciudad con su mujer Roser. La noche de Reyes de entonces, contra todo pronóstico, ganó Pedro Maestre, creo recordar. Ayer ya tenía algún indicio de quien iba a ser el vencedor.
Llegué temprano. Llamé desde la estación a Julio Frisón, a quien no veo hace muchos años (está a punto de publicar en Edhasa), pero andaba liado: se marchaba a comer al Ampurdán con una de mis uruguayas favoritas: Margarita. Busqué otros nombres de amigos, Malcolm Otero Barral me diría, medio en serio, medio en broma, que estaba preparándose para recibir a los invitados en el Palace-Ritz. Al llegar, en vez de tomar un taxi en Sants, me eché a andar como un paleto con su maleta en Alemania. Luego fue casi imposible detener un taxi: la ciudad estaba semivacía. Al final, tras caminar y caminar, le pregunté a un señor dónde estaba el hotel: era gallego, y me llenó la ciudad de meandros y distancias. Con sentido práctico, me dijo que tomase el bus 50 o 56, que llegaría antes. A aquella hora, vencida la hora de comer, no sería fácil hallar a un taxista.
Comí en un lugar más bien discreto pero con vistas a la Gran Vía: ensaladilla rusa, rodaballo en salsa y postre. Afuera, en la terraza, dos mujeres escribían nombres, anotaban cosas, y se pasaban las hojas. Parecían extranjeras. Terminé entonces de leer la novela “La ofensa” de Ricardo Menéndez Salmón, que acaba de publicar Seix Barral. Los editores están encantados con el texto: narra la historia de un joven sastre, también músico, que es llamado a filas por Hitler, y se incorpora. Ya en el combate, asiste a un hecho que le marca la vida y que lo convierte en una criatura que no reaccionará ante el dolor. La segunda parte del texto lo muestra internado en un sanatorio en Bretaña, con vistas al mar, donde reside como si fuera un vegetal, un miserable, alguien que renuncia a la dignidad, hasta que aparece la bella Ermelinde, un fantasma o una samaritana. La tercera parte presenta al joven sastre en Londres, adonde ha llegado tras haber usurpado el nombre del responsable del hospital, y se encuentra con algo que ni siquiera recordaba casi: las huellas y las sombras del Mal… El libro plantea muchos asuntos: qué significó el nazismo en muchas vidas, sus límites, plantea cómo interrumpió la vida cotidiana de muchas gentes y de muchos países. Entre ellos, el sastre y músico Kurt Crüwell, enamorado de la joven mecanógrafa judía Rachel… El libro es turbador y está muy bien escrito. Te atrapa y te deja sin aliento en sólo 130 páginas.
Tras llegar al hotel, dejé todo en la habitación 205 y salí a dar una vuelta. La noche envolvía Barcelona, y empecé a caminar. Tomeo me anunció que se preparaba para el partido Zaragoza-Sevilla. Me encanta pasear por Barcelona: es una ciudad llena de voces e idiomas, de belleza arquitectónica, de sugerencia, de una explosión de luz y sombra constante. Tomé el paseo de Gracia, e hice kilómetros: me detuve un buen rato en La Pedrera, vi los anuncios de la exposición de Pablo Gargallo, me dio mucha pena que estuviera cerrado el Happy Books, y me asomaba a los quioscos, a los escaparates. Conseguí “La Vanguardia” y leía una espectacular entrevista con un farero de Chile, del Cabo de Hornos, creo, en la confluencia del Pacífico y del Atlántico: el tipo contaba increíbles historias de navegaciones, de apariciones, de vendavales, de luces que son como el testigo y el refugio de esas oleas que alcanzan los 25 metros. Y decía que vivía seis meses solo al año, que ahora lo acompañaba su mujer y su hijito, al que tenía que llevar de la mano para que no le llevase el viento. Aseguraba, además, que había que atar la casa de madera para que no se llevase el viento… Seguí andando. Me encanta ver escaparates. Oír a la gente que pasa y habla en rumano, francés, inglés, alemán, catalán, castellano, chino, japonés. Había una cola interminable para visitar una de las bellas casas de Gaudí, y todo el mundo andaba disparando sus cámaras con flash para captar aquella belleza. Barcelona, hacia las seis, era una Babel de lenguas.
Hacia las siete, en el sótano del hotel, Malcolm conversaba con Antonio Soler y su compañera María del Mar, con Pablo Aranda, el escritor malagueño, con Gonzalo Pontón… Empezaba la fiesta, a la que se sumarían pronto Eduardo Lago, cuyo traje de pana marrón me recordó al de mi padre cuando volvía de Suiza, Andrés Trapiello, que volvía de su casa en Extremadura, donde acababa de cortar un laurel tan grande que “habría servido para coronar a todos los poetas españoles”, Mauricio Bach, Emili Rosales, Antoni Vilanova…  Andaban allí algunas de las bellas damas Destino: Miriam, Carmen Romero y Pilar Lucas, que es la protectora de los escritores, la mamá dulce de casi todos. En el cóctel previo podía verse a Javier Calvo con su simpático traje y sus botas cool, Pablo Aranda tomaba el primer cava y me habló de su admiración y cariño hacia Miguel Mena y José María Conget, José María Pou paseaba sus inmensos 1.90 centímetros en traje negro, Carme Riera iba de rojo con esa belleza fina, casi de porcelana, que le he dado el mar de Mallorca, y su marido, formado en Zaragoza, recordaba que estudió aquí y que ha sido un lector apasionado de Heraldo de Aragón, Ana María Matute tenía algo de dama espectral, más menuda que nunca, envuelta en un traje negro o gris oscuro, no recuerdo…
Malcolm Otero Barral, que fue el último en sentarse, al fin y al cabo ejercía de anfitrión y estaba rabiosamente feliz, me invitó a compartir mesa con él y con un puñado de amigos como Pedro Zarraluki y Concha Alonso, Mónica Martín y Toni Munné, Pablo Aranda, Chus García de Visor, Luis García Montero, Jordi Soler y Joan Barril, al que tenía a mi derecha. Fue como un ángel tutelar toda la noche: divertido, ameno, nos explicaba a Pablo Aranda y a mí la caída de Maragall, el talento de Hereu, el ascenso de Montilla y otros secretos de Cataluña. Acaba de iniciar un programa de libros en televisión y tuvo un gesto de socorro de tímidos: recordó a los camareros que yo no comía carne ni foie gras ni otras variedades del menú en homenaje a Borges. El propio Joan Gaspart se interesó por un nuevo menú y vino varias veces a interesarse si estaba bueno el pedazo de rodaballo y una ensalada llena de colorido. Gaspar estuvo dilecto y amable, y al propio Barril lo conmovió ese gesto de preocupación y cuidado del comensal raro. Con Barril hablamos de todo: de hijos, de mujeres, de periódicos, de escritores, de su programa de radio, de la necesidad de hacer cosas sin morirte en cada esfuerzo y en cada gesto. En la cena, ya sabíamos más o menos quiénes iban a ser los ganadores, había un tema que nos preocupaba un poco: el partido Zaragoza-Sevilla. Mónica Martín llamó a Pisón a las once y éste dijo que las cosas iban bien. El Zaragoza ganaba y convencía. Una hora después estaba satisfecho y feliz, aunque con el susto en el cuerpo: el Zaragoza había ganado pero había sufrido de lo lindo. El valor de la gesta estaba ahí. Y todos, en la mesa, iban con el Real Zaragoza.
Mónica Martín, excelente traductora y lectora y agente de escritores, contó cosas de su madre, la traductora Rosa Berdagué; recordó que Munné prepara para Círculo de Lectores las ediciones de “Obras completas” de Goytisolo, Ayala, Nabokov, Vargas Llosa, etc. Luis García Montero estaba feliz: iba a ganar un gran amigo suyo, Felipe Benítez Reyes, y se declaraba con toda naturalidad madridista. Chus Visor decía que el Atlético es un equipo imposible. Jordi Soler sonreía y miraba las pantallas, y de vez en cuando hablaba con ese fraseo mexicano. Concha Alonso sonreía sin parar. Zarraluki anunciaba que se había retirado un mes y medio en Gerona para ultimar una novela. Malcolm contaba algún chiste: recordaba que de todas las ciudades donde había estado en la única que nunca había ligado había sido en Zaragoza. Y dijo también que hace poco le había dado un consejo a un familiar muy íntimo, algo veterano, que vive un buen momento amoroso. Le dijo: “Usa un condón, por lo menos”. Y el familiar, le replicó: “¿Tú crees que a mis años soportará un nuevo peso?”. Cuando se cantaron los premios, en la mesa se hizo un poco la ola. Hubo aplausos, alzado de servilletas y otras bromas. La farra siguió abajo. Logré entonces felicitar a Pepe Melero, el consejero del Real Zaragoza, que aún temblaba de la emoción de la victoria. Y del temor final, que se resolvió con célebre tangana, que Mariano Gistaín ha llevado a su página web. Pepe me pasó a Eduardo Bandrés, que estaba encantado: él está en el fútbol para soñar y ver al equipo en la cumbre. Éste año del 75 aniversario habrá un título, aunque no sé cuál.
En el sótano prosiguieron las copas. Se incorporó Pisón con su pasión tranquila hacia la cerveza. Y andaba por allí Juan Cerezo, de Tusquets, y Jorge Herralde y Lali Gubern (dentro de unos días presentará su libro en la FNAC. Herralde y Pisón charlaron muy educadamente y con cariño, parecía…), y apareció uno de mis editores favoritos de siempre: Toni Mari, un magnífico escritor de narraciones, y editor de Nuevos Textos Sagrados de Tusquets, que tiene casa en Calaceite y mantiene una gran amistad con Pilar Gómez Bedate, viuda de Ángel Crespo. El gran Miguel Aguilar recordó una anécdota muy graciosa: cómo le había roto los zapatos a Malcolm en Zaragoza y como Félix Romeo dijo que había gasolineras donde se vendían zapatos, y allá se fueron, de trasnoche, a buscarlos. Hablamos un poco de esto y de aquello, y hacia las dos me fui. Había bebido un poco de champán, tenía un inmenso dolor de cabeza, y había mucho humo. Estoy seguro de que me perdí lo mejor de la velada. Algún día volveré. Esta mañana, vi a Carmen Romero y a Pilar Lucas, con otro sosiego. Cogí la prensa, y subí al tren… Leí una entrevista con Man Ray, otra con Fito Cabrales, vi una película sentimental y me he sentado al ordenador con una inmensa melancolía. Mañana se reinicia el curso…
Carmen Amoraga, finalista, y Felipe Benítez Reyes,ganador del Nadal. Atrás, Emili Rosales, editor de Destino con Malcolm Otero Barral y Mauricio Bach. Noche de Nadal en el antiguo Ritz, hoy Palace. Los nombres no hacen las cosas. El Ritz cuesta de traducir a Palace por un pleito de la propiedad. En el hall del Ritz --hoy Palace-- la gente busca su mesa y tal vez su musa. La mesa es la 36 y la musa es Mónica Martín, agente literaria con un reloj de dos esferas, que piensa en los éxitos de Nueva York y en la seguridad de Europa. Se sienta en la misma mesa un caballero con americana marrón y cabello negro. Me dicen que es Luis Garcia Montero. ¿Qué diríamos de un poeta que demostrara su vitalidad, su forma de vestir, su perfume y su coche descapotable? Pensaríamos probablemente que tal vez se trata de un impostor o de un advenedizo al Parnaso de la belleza. Porque el poeta, para triunfar, necesita dos condiciones básicas. La primera es ser invisible. La segunda, mucho más dolorosa, es haber muerto. Y a ser posible haber muerto en el olvido, en la pobreza y a edad prematura. Pero Luis García Montero está tan vivo como Granada. Hablamos de vinos, de fútbol, de los amores. Recuerdo un magnífico poema suyo dedicado a las mujeres que se levantan temprano para ir a fregar los suelos de los poderosos. "Que la vida te trate dignamente", dijo en su día Luis. Y un servidor, que durante muchos años crucé la ciudad a las cinco de la madrugada siempre pensé en este verso. En unos de esos silencios que se producen en una mesa de desconocidos, me vienen a la memoria cuatro líneas de García Montero y las escribo: "Si alguna vez la vida te maltrata/ acuérdate de mí / que no puede dejar de recordarte / aquel que no se cansa de mirarte". Le tiendo esas frases con las mejillas arreboladas. "Perdona Luis. Mi memoria es frágil. ¿Escribiste algún día esos versos?". Y el poeta, pillado en el ámbito mundano, asiente con un gesto. Como los perros moviendo el rabo nos hemos reconocido. García Montero debe haber escrito 100.000 versos en su vida y un desconocido se acuerda de cuatro. La letra nos salva y la belleza nos lleva, siempre, a la misma mesa.
Gran Gaspart
Continuamos en el Nadal. A mi izquierda se sienta un escritor sensible y entregado. Nació en Galicia y reside en Zaragoza. Nos preguntamos si el premio Nadal todavía es un acto de la burguesía catalana y debo admitir que, en ese lugar, entre funcionarios, comerciantes, escritores y editores tal vez el único burgués catalán, por eliminación y extinción de la especie, debo ser yo. Mi compañero de mesa me advierte de que él no come carne. Consulto el arriesgado menú y le advierto de que no está la noche para muchas filigranas. Me levanto y encuentro a Joan Gaspart, dueño del hotel y de tantos otros hoteles y presidente que fue del Barça. Le digo que junto a mí hay un ictiófago impenitente y que tal vez podría arreglarse. Al cabo de unos minutos es el propio Joan Gaspart el que llega a mi compañero de mesa con un plato de rodaballo y una ensalada. Es, sin duda, el mejor premio de la noche y la evidencia de que no hay oficio humilde sino orgullo de estirpe.
Bisectriz
Hoy vuelve la razón de los días laborables. De nuevo la normal anormalidad de nuestros secretos inconfesables. Se acabó el ritual y llega, de nuevo, la aventura. La vida es la bisectriz entre lo seguro y lo incierto, entre el plato familiar y la sábana del amante. *Joan Barril publica hoy un artículo en "El Periódico de Catalunya" donde narra la noche del Nadal. Ese escritor del que habla, como se ve en un texto anterior mío, es el gallegoaragonés dueño de este blog. No importa que Joan Barril se olvide mi nombre: fue tan gentil y cariñoso, tan afable, que qué importancia pueden tener los nombres propios. Gracias a los dos Joan: a Barril y a Gaspart, a quien le recordé un guardameta aragonés, Pepe Nogués, que fue arquero del Barcelona y entrenador del primer equipo culé que ganó la Copa del Generalísimo. Un abrazo a ambos.
 Tuco Requena interpreta dos temas hoy en "Borradores"
Borradores se emitirá a partir de hoy a las 24.00 horas todos los martes. El programa de esta noche tiene como protagonistas a Isidro Ferrer y José Luis Cano. El primero, premio Nacional de Diseño y Premio Nacional de Ilustración Infantil en 2006, hablará de su trayectoria y de las ilustraciones para el volumen “Libro de las preguntas” de Pablo Neruda, que acaba publicar en Media Vaca. Y junto a él estará José Luis Cano, humorista de “Heraldo de Aragón”, pintor e ilustrador de títulos tan conocidos como “Zaragoza” (Media Vaca) y “Félix de Azara”, libro que hace el 19 de la colección Xordiqueta. Todos los trabajos serán objeto de reportajes con música. Además, el programa contará con la actuación de Tuco Requena y de Soniquete Van, que acaba de publicar su primer disco, al que entrevistará, y ofrecerá otro reportaje sobre los óleos y los dibujos de Ignacio Mayayo, que se exponen en Enate, en Barbastro. El programa visita la librería oscense Más de Libros, y se cierra con un poema de amor de Fernando Sarría.
*La foto de Tuco Requena corresponde a Aragón Digital.  Robert Doisneau (1912-1994) encarna al fotógrafo humanista -corriente a la que pertenecieron Jean Dieuzaide y Willy Ronis-, y es el gran retratista de París. Esta foto de Picasso y Françoise Gilot es de 1951. A mí me parece extraordinaria, teatral y doliente. Gilot fue la única mujer que abandonó a Picasso. Esos ojos claros ya lo dicen casi todo.  Una fotografía maravillosa de Capa. Quizá sea mi preferida del reportero. Tiene algo de fauno con sombrilla, Picasso, que protege a su ninfa rutilante Françoise Gilot en 1948.  Arcadi Espada recoge en su blog esta nota:
En un reportaje de “El País”, aparecen estas palabras de Iñaki Gabilondo, “entre las más lúcidas y justas que se hayan dicho nunca sobre la siniestra fantasmada” (dice Arcadi): “[El terrorismo de Eta] ofende los dramas que el mundo tiene de verdad. Yo este año he estado en Gaza, allí he visto lo que es que un pueblo se sienta oprimido; yo he visto en África a gente que no tiene para comer, que tiene que caminar 10 kilómetros a por agua... Y que un pueblo como el mío se esté permitiendo la fantasmada, la chulada de darse la importancia que se está dando, convirtiendo un problema que es sencillamente un problema político como en el mundo hay millones, en un drama de este calibre, jugando batallas de vida o muerte, me parece una ofensa para los asuntos reales de vida o muerte. No puede ser, no puede ser que dediquemos la energía que estamos dedicando a este asunto, que estemos obligando a toda España a tener la paciencia superlativa de dedicar millones de horas de un tiempo que lo necesita para millones de problemas que tiene de verdad. Sencillamente, me parece un insulto, me siento ofendido como vasco y me siento irritado. Me parece que debería haber un problema de categorías. ¡Que esos pobres chicos ecuatorianos estén muertos ahora en nombre de no sé qué anhelo...! Vamos, hombre, hay que ver el problema real de estos dos ecuatorianos que habían venido a sacarse la vida adelante al quinto pino de su país y que les hemos matado porque nosotros creemos que una organización del Estado así es peor que una organización del Estado asá... Es que esto no resiste la comparación. No banalicemos hasta este extremo las cosas y, sobre todo, si las estamos banalizando, pongámonos colorados, que nos dé vergüenza por lo menos”.
*Copio estas palabras de Iñaki Gabilondo, las tomo del blog de Arcadi Espada, y las suscribo por entero. Me parecen conmovedoras...  María Pilar Burges (Zaragoza, 1928) encarna el espíritu de creación. La pintura ha sido su oficio y su delirio. Su padre, Juan Antonio Burges, ya le guardaba sus dibujos de niña, y uno de los mayores sofocones de su infancia nació de una escena de película: había amontonado un montón de cuartillas, de tarjetas y de papeles de publicidad en el balcón de la casa de la calle Roda, hoy Santa Isabel, y de golpe se levantó un golpe de cierzo que se llevó los dibujos, los esbozos, las manchas por los aires. María Pilar Burges se deshizo en lágrimas: “Siempre he sido muy realista, como mi padre. Me di cuenta de que perdía todo aquel material para siempre”. Su padre tuvo un gesto de sabiduría y de “sincera compasión”. Le dijo: “No te preocupes. Harás muchos más y mejores que éstos”.
-Con un padre así cualquiera, ¿no? -Heredó la representación de Martini Rossi de mi abuelo, al que conocían como “el hombre de Martini en Zaragoza”. Mi abuelo paterno vivía en una espléndida casa con jardín, es posible que le tocase la lotería, y debía tener un antepasado inglés o escocés, el bisabuelo o tatarabuelo Ivo, que se llamaba Burgess. Mi padre heredó su trabajo: era un hombre formidable, jamás pegaba a un niño, había sido boy scout de la rama más inglesa. Fue uno de los fundadores del Iberia, conservo por ahí el acta de fundación escrita por dos caras que se redactó en unos bancos de la plaza del Pilar, y además era protector de boxeadores, financió en algún momento a José Oto, que venía bastante por mi casa. Mi padre y yo éramos ambos muy discutidores y muy lectores. Él tenía más experiencia que yo, pero rara vez le daba razón.
-¿Llegaban a enfadarse? -A veces. Recuerdo que, en una ocasión, discutimos tanto que yo me enfadé y tiré del mantel y arrojé toda la vajilla de la mesa. Vi cómo se le ponían blancos sus claros ojos azules, y yo también me quedé horrorizada. Mi madre dijo: “No habléis hasta que no hayáis tomado el primer plato”. Fue durante la Guerra Civil, que no fue lo peor: lo terrible vino luego con la posguerra porque no quedaba absolutamente nada.
-¿Cómo influyeron sus padres en su vocación? -Fuimos cinco hermanos. Dos se murieron pronto. Yo recuerdo que mi padre me llevó a oír al jotero navarro Raimundo Lana y a ver los ballets del marqués de Cuevas. Cuando reproduje unos fragmentos de “El lago de los cisnes”, creo que con bastante exactitud, mi padre se quedó obnubilado. Allí aprendí o intuí algo decisivo: el movimiento en el espacio, que no sólo afecta a un bailarín o a un actor, sino a un pintor. Mi madre era una gran lectora también, había tenido una modesta formación en piano y francés, pero lo que le gustaba era la lectura. Leyó a Simone de Beauvoir en francés y una vez me dijo: “Creo que así habría escrito yo”. Era una magnífica anfitriona: hablaba de aviación y parecía que hubiera volado.
-Sigamos. -Estudié con las monjas de Santa Ana, y llevaba aquel uniforme negro con cinturón rojo. A los catorce o quince años conocí al ilustrador y dibujante Manuel Bayo Marín. Le enseñé algunos de los dibujos que había hecho en 20 minutos. Me dijo: “Cuando cada dibujo de éstos te cueste una semana ya serás pintora”. Tenía su estudio en la calle Pabostría; me enseñó el trabajo con la herramienta y el cuidado académico, y a enseñó a rotular y a tener sentido del espacio para la composición.
-He leído que estudió con Joaquina Zamora. -Fue siempre muy amable conmigo. Estuve con ella alrededor de tres años, y cuando opositó para obtener una plaza de profesora me dejó en su puesto. Fue ella quien me dio la idea de enseñar, y sé que le gustaba mi manera de estar en el estudio, mi ambición, las ganas que tenía de aprovechar el tiempo. Me decía: “No todo es habilidad manual”. Por entonces iba a escuchar los ensayos de la pianista Pilar Bayona a Radio Zaragoza. Tenía muchas ganas de aprender.
-Creo que también conoció a Francisco Marín Bagüés. -En varios momentos. Recuerdo una ocasión que me lo encontré en la calle y cogimos un buen capazo. Yo estaba a punto de marchar a Roma y él me dio una peseta para que la tirase en la fontana de Trevi. Yo quería ampliar mis estudios y marcharme a Madrid o Barcelona. Para reunir un poco de dinero empecé a dar clases de Matemáticas, Latín y Química, y además iba a perfeccionar mi técnica artística al Museo de Zaragoza...
-¿Qué hacía allí? -Copiaba, me aprovechaba de todas las figuras. Joaquina Zamora me había dicho que yo dibujaba muy bien, pero que tenía una resistencia innata a pintar, al color. Allí me convertí en una buena copista. Contaba con la complicidad del conserje señor Enrique, que era muy amable.
-¿No andaba por allí el propio Marín Bagüés? -Sí, claro. Lo veía mucho en el Museo, donde tenía su estudio. Había retratado a Feliciana, la hija del conserje. Era un hombre prudente, discreto. Cuando tomaba confianza, resultaba un hombre maravilloso. Él estuvo en algunos jurados que me dieron algunas de mis becas.
-Con una, la “Francisco Pradilla” de la Diputación de Zaragoza, partió a la Escuela San Jorge de Barcelona. -Probé inicialmente en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, que a mí no me atraía porque había visto una exposición y todos sus pintores me parecían iguales. Me presenté a las pruebas y me encontré con un montón de gente mayor que yo que necesitaba la titulación para dar clases. En realidad, me alegré. Yo hacía cartelitos de rotulación para los escaparates de zapatería. Me decía Joaquina Zamora: “Qué bien te salen los zapatos”. Al final me salí con la mía: me fui a estudiar a Barcelona en septiembre de 1951.
-¿Qué aprendió allí? -Las mujeres éramos una quinta parte, y eso para mí era ideal. Los hombres siempre me han gustado como colegas, como creadores, como compañía. Trasnochábamos mucho e íbamos a todos los espectáculos del Liceo que podíamos; nos colocábamos en la denominada “cazuela”. A mí siempre me han interesado mucho la ópera y el teatro, y he trabajado mucho en figurinismo. En Barcelona aprendí a valorar el color, la irisación de los colores madreperla del cielo de Barcelona, donde el aire es húmedo. Allí encontré las vibraciones intermedias de color.
-¿Quiénes fueron sus amigos? -Muchos. ¿Querrá creer que tuve la oportunidad de conocer y de tratar a José Mallorquín, yo leía y disfrutaba con sus “mejicanadas”? Un día me hizo un cargo muy curioso: quería que le dibujase 180 dibujos de trajes regionales, muy bien documentados, para hacer cajas de cerillas. Se trataba de un trabajo muy laborioso y exacto. Busqué a pintores como José Gumí y Ramón Lluis para que me ayudasen. Con Gumí se estableció una camaradería especial, una complicidad. Todos nuestros compañeros de entonces estaban convencidos de que Gumí y yo nos casaríamos pero no fue así. Aprendí las técnicas del arte mural con Francisco Labarta y Miguel Ferré.
-¿No hizo por entonces el mural de Fayón? -Sí. Leí un anuncio, alrededor de 1954 o así, en HERALDO. Era un anuncio del Obispado de Lérida para la ermita del Pilar de estilo neogótico. El arquitecto era Rodríguez Mijares, tenía fama y era muy bueno. Preparé un proyecto sin consultar con nadie, lo mandé y ganó. Lo hicimos con mis compañeros. Y hace muy poco dirigí desde aquí otro proyecto para dos nuevos frescos con Juan Baldellou, aunque esta vez no pude estar a pie de obra.
-De Barcelona se fue a Roma. -Ya había estado en otras ocasiones. Para mí la pintura ha sido una aventura en la te podías estozolar o desgraciar porque siempre he pintado de verdad, pintaba toda yo, entregada y de cuerpo entero. He sido una profesional. Soy pintora por realización y he querido aprender, investigar, conocer las técnicas. Hice muchas cosas: trabajé en publicidad, fui dibujante de envases, figurinista, me asocié con una modista. Creo que he sido uno de los pintores más vendidos en Zaragoza y desde Zaragoza. Represento a una generación y eso también es porque hice todos los pasos. Me entendí muy bien con el arquitecto Santiago Lagunas, con el dramaturgo José Giménez Aznar, tuve una academia, la Escuela de Artes Aplicadas Burges, desde 1957 a 1971, y he intentado vivir de acuerdo a una frase de Borges, que tengo ahí colgada: “No hay otra virtud que ser valiente”. No sé si le he respondido a su pregunta...
-Se ha definido muy bien. Estábamos en Roma, con una pensión de perfeccionamiento del Gobierno de Italia... -Fue increíble. Tengo cientos de fotos. Vivíamos en un régimen de pensionado en los pabellones para jefes que se habían utilizado en las Olimpiadas de Roma-1960. Era una ciudad de arquitectura moderna con aparcamientos, teatro, cine, piscinas, jardines, y yo tenía un taller muy grande. A mí me llamaban “España”, aunque había otras chicas. Había gente de 72 países. Los edificios eran de grandes cristales, y de repente veías toda Roma, con sus luces, con sus edificios, con su monumentalidad. Expuse algunas obras inspiradas en “Poeta en Nueva York” y en las casidas de García Lorca, del “Diván del Tamarit”. En aquella estancia maravillosa coincidí con el doctor Fernando Solsona, que estaba pensionado en radiología. |