Antón Castro



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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2007.

FÉLIX ROMEO Y JULI CAPELLA, CONVERSAN

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Se recuerda que hoy día 1 de febrero, a las 20 h. en la sede de la Demarcación de Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón (c/ San Voto, 7), tendrá lugar la segunda conferencia del ciclo "la vivienda: debate permanente".


En esta ocasión se contará con la presencia del arquitecto Juli Capella, director fundador de las revistas De Diseño y Ardi; promotor de "Barraca Barcelona" como director del FAD, y autor de diversos artículos sobre la el tema de la vivienda como por ejemplo "infraviviendo" o "micropisos enormes".


Junto con él participará, en una conversación a dos, el escritor Félix Romeo, colaborador habitual de distintas revistas y prensa periódica (“Heraldo de Aragón” y “ABC”, entre otras), y director durante 5 años del programa cultural de TVE, La 2, "La Mandrágora".


Analizarán las inquietudes y necesidades del ciudadano, en su derecho a una vivienda digna y asequible y cómo la arquitectura debe permanecer atenta a estas demandas y elaborar propuestas imaginativas y viables. 

*Juli Capella y Rafael Moneo. Este ciclo lo coordina el arquitecto Luis Franco. 

01/02/2007 10:46 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

PALABRAS DE VÍCTOR ULLATE

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Borradores le ha grabado hoy una entrevista por extenso a Víctor Ullate. El ex bailarín y coreógrafo habló de su último espectáculo, “Samsara”, de la necesidad de que el mundo cultive la bondad, habló de sus métodos de trabajo, recordó que la apuesta oriental nace de algunos viajes por distintos países, y abordó también aquella idea frustrada de que se convirtiese en director del Ballet de Zaragoza. Los grupos políticos no lo aceptaron, y de aquellos polvos parecen derivar estos lodos: el Ballet de Zaragoza ha desaparecido, y Miguel Ángel Berna se ha convertido en una compañía concertada, aunque con muchísimo menos dinero. Ullate dice que no hay que arrepentirse de nada, que si se hubiera consumado la propuesta a lo mejor todo habría  fracasado igual. Recordó a su madre y algunos de los bailarines que se han formado con él (Ángel Corella, Tamara Rojo, Ruth Miró, Lucía Lacarra; ahora Natalia Arregui, Natalia Tapia...) e hizo un elogio de la danza como algo que ayuda a fortalecer la sensibilidad y la pasión por el arte. Señaló: “Los bailarines lo dan todo y no reciben nada. La danza exige una inmensa generosidad, un inmenso sacrificio”.

* "Samsara" permanecerá en el Teatro Principal hasta el domingo. Esta espléndida y sugerente foto, de Cristina Palacios, pertenece al diario gratuito "20 minutos" de su edición de Zaragoza.
01/02/2007 23:01 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

FRANCISCO RALLO, POR SÍ MISMO*

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[En vísperas de la retrospectiva de Francisdo Rallo que se exhibió en el palacio de Sástago en el invierno de 2001 y 2002, quedé con el escultor en su taller. Lo vimos juntos, repasamos los olores y los sabores, y luego conversamos largo y entendido. Este texto iba a aparecer en el catálogo de la muestra, que creo que no llegó a publicarse.  El pasado miércoles, de manera inesperada, fallecía Francisco Rallo.  Este texto integrará un extenso libro de conversaciones en Aragón que aparecerá para el otoño o así. Recojo aquí la entrevista sobre el escultor de los leones de la ciudad.]

ENTREVISTA CON EL ESCULTOR FRANCISCO RALLO LAHOZ

"Soy un escultor realista, de sentimientos y de emociones"   

Francisco Rallo Lahoz repasa su largo medio siglo en el arte

1. El escultor aborda sus inicios, fue alumno de Pedro Arnal Cavero, y recuerda su relación con Félix Burriel. 
2. Recrea la Zaragoza de cines, prostitutas y salas de baile de su juventud.
3. Se define como artista y recuerda el influjo que han tenido en él artistas como Llimona, Clará, Gargallo. 

DIÁLOGO, RETRATO Y EVOCACIÓN  

Al entrar en su taller, repleto de objetos, de materiales y de polvo, nos hemos acordado del estudio parisino de Pablo Gargallo:  son talleres con color, con olor, con la pátina del tiempo que el aire viciado por el arte y el tesón impone en la atmósfera. Son talleres con aureola: el lenguaje de las manos aletea invisible como un pájaro antiguo. Desnudos de bronce, de olivo o de boj, esculpidos con esbeltez y elegancia, maquetas o desarrollos en escayola, que luego crecerán por el sistema de puntos, retratos grandes y pequeños, tornos, mesas, sillas, estanterías, herramientas: todos esos cachivaches resumen la vida del artista, el empecinamiento de Francisco Rallo Lahoz (Alcañiz, 1924), escultor, trabajador infinito, curioso e indesmayable como el mar.          

--¿Qué le parece si empezamos por el principio: Alcañiz, sus padres, sus primeros amigos?                   
                 
--Mi padre, Miguel Rallo, era trabajador de un comercio de tejidos, se encargaba de la distribución en el almacén, y mi madre, Josefa Lahoz, fue muy emprendedora. Tuvo negocios de venta ambulante de telas, y montó dos tiendas: una de frutas y verduras, y otra de vinos y comidas. Siempre hablaban de Clermont--Ferrand, en Francia, donde se dedicaron a tareas campesinas: aquella estancia parecía establecer un momento de felicidad en sus vidas. Yo nací en Alcañiz, pero estuve muy poco allí. Pasaba muchos veranos en casa de mis tíos, y era un periodo que me fascinaba. Me gustaba mucho la vida rural: la siega, corretear al aire libre, la naturaleza, los animales, el baño en el río con los amigos. Me instalé en Zaragoza muy pronto y ha sido y es mi ciudad. Apenas he salido de ella mentalmente, aunque he estado por toda España y por Europa. Me recuerdo jugando en el Boterón, donde había una plaza que cerraba
la Plaza del Reino y que era nuestro escenario de la guerra de pedradas.                            

--¿En qué colegio estudió? 
           
--En
la Escuela Palafox, que estaba en San Vicente de Paúl, vivíamos detrás de La Seo, y luego fui a Escolapios, donde comulgué. Hacía tanto frío que llevábamos los pies y las piernas colorados. Las clases eran de 70 con un único profesor. Las bofetadas del cura iban y venían, y se castigaba con rigor: sólo si se sabía la lección se podía bajar al recreo, donde jugábamos al marro, al "tú la llevas", al fútbol. Yo era de los alumnos que iban a "gratuitos"; por entonces, mi padre estaba sin trabajo; él también había estudiado en Escolapios. Recuerdo con mucho cariño al padre Cosme, que era un excelente educador.          

--Salgamos a la calle, al barrio. ¿Cómo transcurría su vida, cómo se divertía?
         
 
--Me divertía mucho. Pasaba el carro de la lechera, el del regaliz; jugábamos a policías y ladrones, a pitos y canicas. Tiempo había un juego de temporada con los huesos de los albaricoques: los impulsábamos por las canaleras a toda velocidad. O también jugábamos a las estampas: las pegábamos en las paredes.       
        

--Luego, fue al Joaquín Costa, ¿no? 
          
--Sí. La ciudad ya estaba revuelta. Se oían tiros por la calle Sepulcro. Nos trasladamos a Madre Sacramento, 59, estuvimos en un piso. Recuerdo que ya cogía una navajita y hacía mis primeras esculturas: soldados, aviones, metralladoras. Me divertía mucho. Desde mi casa, veía a los italianos, a los alemanes, a los soldados de regulares, del tercio, a los moros, que se habían instalado en el Campo del Sepulcro para sus maniobras. El centro Joaquín Costa, que era mi nuevo colegio, se transformó en hospital de guerra. A nosotros nos trasladaron a
la Facultad de Medicina. Siempre había gente ante mis ojos, al otro lado de la calle, pero no pasó nada. Era una estampa constante de mucho colorido. Siempre ocurrían cosas. En los alrededores estaba la antigua estación de Cariñena, no había nadie, y había vagones, en la calle Santander, de vía estrecha hasta la localidad vinícola.          

--¿Cómo le fue en el colegio Costa? Allí coincidió con el pedagogo y escritor Pedro Arnal Cavero.                  
               
--Permanecí dos años, a los trece y catorce años. De
1935 a 1937. Pedro Arnal Cavero entraba a las clases cuando quería, sin aspectos fijos de docencia. Lo mismo entraba a Física que a Lengua o Matemáticas: calaba divinamente con el otro profesor. Yo lo veía mucho fuera del colegio: iba con un perro al que sacaba a pasear, pero yo era un mozalbete y nunca me reconocía.          

--¿Sabía usted que se trataba de un intelectual importante de la ciudad? 
               
--No, la verdad. En el aniversario de Costa no era fácil escribir nada de él. Sin embargo, Arnal Cavero redactó media página acerca de lo que había escrito Costa y daba una explicación de su obra en Heraldo de Aragón, y la pegó en una pared del colegio sin ninguna otra explicación. Aquello me chocó y a la vez me agradó.
         

--Nos ha anticipado que en aquellos días de tumultos y de desórdenes sociales, usted ya se entretenía esculpiendo maderas con la navaja. ¿No querría ser escultor, artista, por entonces?                   
                 
--Creo que sí, pero mis padres pensaban que tener un artista en casa era como tener un sinvergüenza o algo así. Hube de buscar un empleo y me dirigí hacia los talleres de mármoles. Estuve medio año con Lorán, un señor que me abrió caminos hacia la escultura. Me ocurrió algo muy curioso: empecé a trabajar el mismo día del Pilar y me entretuve, absorto por completo, haciendo flores sobre diversos materiales. Viendo mi afición, les dijo a mis padres que deberían mandarme también a
la Escuela de Artes y Oficios. En Lorán trabajaba un profesional veterano que me dijo que tenía un hijo que estudiaba con Burriel. Conocí a ese muchacho, Nicolás Ortiz, le transmití mis primeros sueños y me dijo: "Dilo en casa. Para ser escultor no hay nada como estar con un escultor". Y es verdad. Ingresé en el taller de Félix Burriel: me daba poco, y para ir al cine tan sólo. Permanecí con él desde los catorce años y medio hasta los 21. Félix Burriel ya era muy conocido en la ciudad: era maestro en la Escuela de Artes Aplicadas y tenía su taller en el Paseo Pamplona ...          

--¿Debemos considerar a Félix Burriel como su maestro? 
               
--Sí. Al final me pagaba. Era un hombre de una profesionalidad tremenda. Prestaba tanta atención a lo que hacía, que eso te marcaba. Me enseñaba a no conformarme con nada: buscaba la perfección hasta la meticulosidad. Me decía ante un error: "Esta es mi ruina". Exageraba. ¡Dios nos libre de ser perfectos siempre!, pienso ahora. Pero era exigente y te metía el anhelo de mejorar en el cuerpo. Estabas con él y lo aprendías todo: la ampliación por puntos, a modelar, a construir esqueletos para la arcilla, a tallar la madera, a modelar en el bronce, a realizar mascarillas mortuorias.
         
--¿Le hablaba de otros escultores?                  
              
--Muy poco. Tenía relación con Moisés de Huerta, cuyo maestro era Mateo Inurri. Se carteaba con muy poca gente. Los escultores de entonces tenían un inmenso ego y la obra de los demás valía muy poco. 

--Me invita a que le pregunte cómo era el ambiente artístico de la ciudad,  si veía a otros artistas que frecuentasen el taller de su maestro. 

--Algunos, claro. Venía Pérez Piqueras, era sastre y pintaba muy bien. También estaban José Belbiure, los arquitectos Regino Borobio, Chóliz o Yarza, o el dorador Benedicto. Un día me dijo: "Chico, qué le das a mi padre. Habla mal de todo el mundo y de ti no". Benedicto hacía una gran labor: visitaba todos los estudios y luego hacía la gacetilla de la ciudad y del arte en cada uno. Pero también estaban Marín Bagüés, Pedro Portero, Antonio Bueno... En el estudio conocí al catedrático Juan Moneva y Puyol. Un día, Burriel me dijo que precisaba otro aprendiz y llevé a Manuel Arcón, con quien me une una gran amistad.          

--Creo que debía contarnos el relato de las mujeres de la vida, el sereno y Félix Burriel.         
--En los alrededores del Paseo de Pamplona había un vigilante nocturno, El tío Bigotes, llamado así por su gran mostacho. Le tenían todos un gran respeto: tanto en los tiempos de
la República, como de la Guerra Civil o después. Las mujeres de la vida, cabe suponer, tendrían alguna atención con él. Allí no había follones. La dueña del burdel era educada y le decía: "Problemas con usted no los queremos tener. Cualquier observación que nos haga se subsana". Los balcones siempre estaban cerrados, y no se asomaba ni una chica. Alguna se pasaba de vez en cuando para ser modelada. La mujer de Félix Burriel era muy celosa,  se pasaba, olisqueaba y preguntaba: "¿Quién ha estado en el taller?". Yo le decía fulanito o menganito o zutanito. "¿Nadie más?". "Seguro que nadie más".          

--Creo que usted también llegó a posar para Burriel. ¿No es así?                  

--A veces le hacía de modelo, como sucedió en los relieves para la Confederación Hidrográfica del Ebro, donde estoy con pantalón de peto. Estudié en la Escuela de Artes Aplicadas varios cursos y fui alumno de Burriel durante un año. Allí coincidí con José Luis Pomarón, que trabajaba entonces con Jalón Ángel, buen amigo de Burriel; coincidí con Julio Alvar, y teníamos de profesores a Mateo Larrauri, los hermanos Albareda o Virgilio Albiac, entre otros. Más que artistas o aprendices de artistas, éramos una serie de chicos muy sanos. Así los recuerdo. Empezábamos en torno a un centenar las clases y sólo 20 asistíamos a todas.          

--Antes hablaba de cine vagamente. ¿Era asiduo a las salas?                                   

--Mi mundo íntimo estaba emparentado con el cine. Iba al Iris Park, el Monumental y el Fuenclara. Me acuerdo de las primeras películas, tanto en las salas como en el cine parroquial, donde veía a Buster Keaton, Stan & Laurel o el impresionante Charlot. He seguido con mucha afición toda la evolución del cine: desde el blanco y negro, en versión muda, hasta el sonoro; desde el color al cinemascope; desde el tridimensional al cine musical, que tanto me ha gustado.          

--¿No nos diga que también ha sido bailarín?                

 --Iba siempre que podía. Recuerdo que en el Iris Park había una pista de patinaje y de baile, y había gente que bailaba. Pero también estaban los chuletas profesionales que venían a lucirse. Iba a todas las exposiciones que podía al Casino Mercantil, a las salas Reino y Gaspar, donde expuse por vez primera y llegué a vender un crucifijo de madera. Frecuentaba los libros de lance de Inocencio Ruiz. En la calle Ossau había una tienda de mala muerte y allí cambiaba las novelas y hallabas cosas importante. Recuerdo que la primera Historia del Arte me costó una peseta y me pareció una ventana abierta al mundo. Me compraba la colección "Novelas y cuentos", en la cual leía a los rusos (Dostoievski, Puskhin, Tolstoi, Turgueniev, etc.), a grandes escritores universales o a Jardiel Poncela. También leía a Corín Tellado y me fascinaban las novelas por entregas, que aún colecciono ahora cuando puedo. Me encantaba la fantasía: los cómics de La guerra de las galaxias o Flash Gordon.          

--Compruebo que ha tenido una formación autodidacta, donde cabía todo. De 1945 a 1948 realizó el servicio militar en Barbastro. ¿Qué recuerdos acuden a su mente?                                   

--Fui bibliotecario. Yo no tenía a nadie que me protegiera, pero siempre he tenido muy clara una cosa: es esencial tu manera de ser y la conducta de cada uno va haciéndose camino. He intentado ser noble y amigo de mis amigos siempre. Hice muchas más cosas: hacía dibujos de mis compañeros, pinturas a la acuarela, tallas en madera; pinté murales para la cantina, realicé labores de topógrafo, vendía anillos. La cuestión era sacar dinero para la merienda. También perseguimos maquis, por entonces se les temía y se hablaba de ellos con respeto y miedo, y aprendí a escribir a máquina en una legendaria Underwood. Conocí al pintor José Beulas, que también empezaba a pintar. Recuerdo que le hice un álbum de situaciones jocosas al general García Valiño.          

--Acabada la mili, ¿volvió al taller de Félix Burriel?                 

--Lo intenté, pero él me dijo: "Yo ya no te puedo tener aquí". Me dolió en el alma y entonces no entendí su actitud. Luego sí comprendí que me estaba invitando a que volase solo, a que me arriesgase. Me pareció una deslealtad, pero logré superarlo, y recuperamos nuestra relación. Después al único escultor que iba a ver era a mí. Fue un desastre asistir a su final: entrabas en su casa y se te caía el alma a los pies por su dejadez, por el estado de abandono. Yo fui su albacea y recuperé parte de su obra de la enruna. Logramos depositar sus piezas en distintas instituciones de Aragón, y sus papeles y documentos están en la Escuela de Artes.          

--¿Cómo reorganizó su vida tras la decepción que le ocasionó la negativa de su maestro? Imagino que no estaba preparado para ello.                                    

--No, no lo estaba. La impresión de soledad, al principio, fue muy fuerte. Busqué en la ciudad un lugar donde trabajar y lo encontré en Mármoles viuda de Joaquín Beltrán, en Cuéllar, 22. Fue una etapa importante de aprendizaje: trabajé la talla en mármol y piedra, realicé numerosas prácticas de arte funerario, aprendí a distribuir las letras y a pulimentar el mármol. Fue una etapa fecunda: me acerqué, creo que con algún éxito, al mundo de la cantería (canteros, cincelistas, cortadores), y aprendí el secreto de los materiales: alabastro, granito, mármol, piedras de arenisca. Y trabajé en algo que parece morboso pero que a mí me gusta: el arte funerario. Realicé relieves de figuras en las lápidas. Estuve un año y medio en este trabajo: establecí una gran relación con los compañeros y el dueño, y de golpe anuncié que me iba. El jefe lo entendió. Me dijo: "Tú ganas aquí más dinero del que cobras". Recuerdo que me dio un sobre de gratificación. Le contesté: "Siempre que me necesites, llámame". A veces pienso en lo mucho que me ha servido el capítulo de las distintas profesiones que toqué. Esa era mi riqueza. En esta modalidad, el dominio del oficio es esencial.          

--Ya. Pero, ¿cómo iba su vocación de escultor? Por ahora sólo estamos viendo al artesano, al profesional, al hombre laborioso que se entusiasma con las bases del oficio.                 

--Yo me decía a diario: "¿Cuándo voy a ser escultor?". Ya tenía ansiedad por serlo y podría decir que todo empezó en 1950 cuando, en un local contiguo a la tienda de mis padres, en Madre Sacramento 37. Abro mi taller y lo compagino durante un tiempo con los estudios y las prácticas en la Escuela de Artes. Tallaba y esculpía, y colaboraba con los talleres que requerían de mis servicios en modelado, relieves, trabajos de restauración y de decoración. Corría el serio peligro de dispersarme. Recuerdo a un sacerdote que, asombrado, ante la variedad de asuntos que tocaba, me dijo con desdén: "Aprendiz de todo y maestro de nada". Respondí: "Siempre había oído que el saber no ocupa lugar".          

--De inmediato le empezaron a llover encargos en las iglesias de Palomar de Arroyos, en Gargallo, en Fortanete, en Zaragoza.                                  

--Eso sucedió especialmente en las décadas de los 50 y de los 60. Trasladé mi modesto estudio a Madre Sacramento, 59, donde aún sigo. Continué haciendo de todo durante mucho tiempo. Estábamos en la posguerra y había que sobrevivir. Además, acababa de casarme con Encarna Gómez. Hice trabajos para el circo y espectáculos ambulantes: caballitos de madera o jirafas; diseñé joyas para fabricantes de joyería, concebí juguetes. Todo eso era como un apéndice esencial de mi carrera, necesidades de mi afán de ser escultor, cosas que cada vez lograba más. Estaba llegando a lo que siempre había soñado: era escultor de encargos y construía piezas religiosas, bustos, retratos, retablos, modestas arquitecturas. Tenía la sensación de que, poco a poco, mi vida empezaba a parecerse a lo que había soñado.          

--¿Qué es Francisco Rallo Lahoz: artesano o artista?             

--Y yo que sé. El artista tiene mucho de artesano. Si uno no tiene una formación amplia, muchas cosas no se pueden desarrollar. Yo soy un escultor realista, capaz de simplificar la realidad y de interpretarla. La abstracción la he tocado algo, pero no me produce los mismos sentimientos. Claro que me atrevo a hacer cosas nuevas, a imaginar piezas que no imiten a la naturaleza, tengo la formación suficiente para hacerlo, pero lo que no puedo hacer es mentirme a mí mismo. He aguantado la tarascada de la abstracción sin beligerancia alguna y me he asentado en mis fundamentos. Viajé a Barcelona y allí conocí de cerca la gran escultura de Llimona, Clará, o del aragonés Pablo Gargallo. He intentado aprender siempre.          

--Permítame este tiempo muerto. ¿No había sido usted quien había hecho la mascarilla mortuoria de Miguel Labordeta?                                    

--Me llamaron e hice la mascarilla dos horas después de muerto. Yo no había tratado al poeta; sí conocía a su hermano Manuel, que era un showman tremendo en el café de Levante, o a otros autores como Luciano Gracia o Ildefonso--Manuel Gil. No me impresionó ver a Miguel Labordeta. Ya tienes cierto hábito. Recuerdo que llevaba la boca torcida tras el estertor por un latigazo del corazón. Ante una situación así, tienes que hacer un trabajo con mucho respeto y con mucha sensibilidad y tacto. La escayola es muy guarra. Recuerdo que le puse cera en la cara, esparadrapo en las cejas, algodón en los agujeros de la nariz, y salió una mascarilla para guardar para siempre. No era la primera vez que lo hacía. A Félix Burriel lo llamaban mucho y le acompañé en varias ocasiones.          

 --Analicemos globalmente su producción, sus etapas, sus obsesiones temáticas. Empecemos por el desnudo.                  

--Creo que mi obra tiene una coherencia a posteriori. Es decir, hecha y vista con perspectiva, de adelante hacia atrás, yo veo como un hilo de continuidad, un argumento que nunca he meditado en exceso. ¿El desnudo? Cada vez he sentido la necesidad de estilizar más la figura, de hacerla más esbelta y más limpia. Me ha gustado mucho, y quizá haya sido determinante la influencia de mi maestro Burriel, que tenía sus rarezas. A diferencia de él, no he tenido modelos del natural.          

--¿Y los retratos? Ha hecho mucho y muy vigorosos.                            

 --Los retratos son complicados y laboriosos, feos y bonitos. Son facetas en las que me he sentido cómodo. He hecho de todo: desde Costa a la Madre Rafols, toreros, sacerdotes, intelectuales, artistas. Es muy dura la sujeción de tener que atenerse a la estructura del individuo.          

 --¿Cómo se plantea la escultura monumental, que tanto ha hecho?                  

--Hay que dotarla de esa potencia que significa el monumento y hay que suministrarle movimiento. Se tiene que ver a distancia: se ve de abajo a arriba, por lo cual cualquier detalle es perceptible. En esta orientación estética, creo que los leones del puente de Piedra son mi obra más importante, de tamaño y de resultado. También he hecho mucha escultura religiosa: con Burriel no se hacía otro tipo de trabajo, y asumo y respeto todas mis obras. He puesto el alma y el cariño en todas mis piezas, de las que habrá una amplia selección en el Palacio de Sástago.          

--¿En qué medida le han interesado las vanguardias?                               

--He estado en el mundo. He leído. He visto exposiciones. Tengo un hijo que es pintor abstracto y que ha pertenecido a grupos de vanguardia. No soy reaccio a las vanguardias. Me gusta Martín Chirino; Chillida posee una monumentalidad enorme, aunque sus obras se empiezan a escapar mucho de mi mundo; Rodin intuyó lo que se iba a venir encima en el arte, es fabuloso; Henry Moore hace un montaje y lo monta sobre el terreno: qué capacidad artística tiene para adaptar cualquiera de sus creaciones a un sitio concreto y qué fuerza poseen sus esculturas.          

 --¿Y Pablo Gargallo?               

--Es punto y aparte. Es una maravilla. No he visto escultura más alegre y más sentida y más bien hecha. Es un maestro absoluto.          

--¿Pablo Serrano?                                  

--Lo conocí más bien poco. Era un hombre educado, de trato extraordinario, que acabó haciéndose un buen sitio.          

--¿Qué sintió ante la gran exposición del Palacio de Sástago a principios del siglo XXI?                  

--Feliz y responsable. Fue una satisfacción muy grande que la Diputación de Zaragoza organizase aquella exposición cuando la edad te deja un poco fuera de juego. Y comprendo y asumo este destino, pero nadie me puede quitar el derecho a sentirme feliz y halagado. Amo Zaragoza, y fui y soy leal a Zaragoza. Recuerde que he trabajado mucho para el ayuntamiento de la ciudad: he hecho los leones, la maqueta del Teatro Principal y las cuatro musas en escayola, la Fuente de Niños con Peces, el cabezudo de la Pilara.          

--Podría hacer un autorretrato como escultor.          

--He sido un escultor de emociones y sentimientos. He trabajado con intensidad. Soy de los creen más en el trabajo que en la inspiración. He creído en la lentitud y en la perfección, y cuando me han dicho que soy caro no me asusto: ni soy caro ni barato. Hago mi trabajo y exijo que me paguen por él con dignidad. He sido un escultor de encargo más que de exposiciones.    

*Las musas del Teatro Principal, una obra de 1970 de las divinidades que protegían las actividades artísticas. Una obra muy conocida de Francisco Rallo. Se hallan en el www.educa.aragon      

02/02/2007 20:15 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

CRISTINA REMACHA EXPONE EN DECOR-ART ( Y UNA HISTORIA DE AMOR)

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[Una de las entrevistas de las que tengo un imborrable recuerdo es de la que le hice a Paco Ortiz, el gran locutor, padre de Paco Ortiz Remacha, de Aragón Radio, y mirado de la pintora Cristina Remacha (hija del maestro de forja y escultor Pablo Remacha), que expone estos días su obra en la sala Decor-Art de Pilar Bailo. Al hilo de esa muestra, que aún no he ido a ver, traigo aquí un fragmento de aquella entrevista: una narración preciosa de un loco amor que cristalizó muchos años de convivencia y varios hijos, creo que tres: Paco, Alfonso, poeta y activista cultural y editor, y un tercero, a quien creo no conocer. He aquí un fragmento de aquel diálogo. Al habla Paco Ortiz...]   

--Pablo Remacha, era un hombre recio, duro, de carácter muy serio. Al estrecharme la mano casi me la rompe. Vino con él una cría que tenía trece años, con unas coletas larguísimas, y de verdad, de verdad que existe el flechazo. Vi aquella criatura y la verdad es que me quedé mudo: tan bonita, tan delicada. Cuando le di la mano, al despedirme, experimenté una sensación extraña, tanto es así que pensaba diariamente en ella. Y yo mismo me decía: "¿Cómo puedo yo, un hombre hecho y derecho, ocho años mayor, enamorarme de una niña?". Tenía mala conciencia.        

--Ahora lo llamarían pederasta.
        
--Intenté hacer amistad por todos los medios con la familia Remacha, no por ver cómo trabajaba el artista precisamente. Ella venía a verme aquí al Pasaje Palafox a los concursos de cara al público; de tapadillo íbamos a los cines tolerados, paseábamos y la gente me miraba de una manera un poco extraña. Yo tenía una vespa, una de las primeras que llegaron aquí a Zaragoza. Se enteraron sus padres de esos paseos y no les sentó muy bien. Era junio y estábamos en un pequeño jardincito de su casa. Les dije: "Pablo, Marcela, tengo que comunicaros algo trascendental para mí y para vosotros. Me voy a casar con vuestra hija". Pablo Remacha me miró de tal manera que me fundió como cuando machacaba el hierro duro. "Paco --dijo--. ¿No habrá pasado algo anormal?". "Pablo, soy un caballero". Ellos aceptaron porque me querían muchísimo también, esperando que la boda fuese dentro de cuatro o de cinco años. "Pero es que esto además va a ser rápido, eh. El 25 de enero". Insistí: "Mira Pablo, aquí hay dos cuestiones. O me caso con ella o la rapto y me la llevo aunque organicemos el escándalo del siglo. No puedo vivir sin ella". Hubo un lío familiar increíble. Hubo que hacer unos trámites religiosos tremendos y ahí Alfonso, mi hermano, que no aprobaba la idea, me ayudó mucho.
 

Esa niña es hoy la artista Cristina Remacha, de dilatada y personal trayectoria pictórica, expone ahora en la sala Decor-Art, en la calle Cuatro de Agosto. La foto la he tomado de la página web de Cristina Remacha: http://www.cristinaremacha.com 

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02/02/2007 20:55 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

GOYA: ASCENSIÓN A LOS MUROS

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[El pintor Pepe Cerdá, que prepara nuevas exposiciones, una de ellas para marzo con Carlos Gil de la Parra, fue invitado a visitar las cúpular de Goya. Y tras estar allí arriba, cerca de los trazos del genio, redactó en su blog este texto. Lo copio aquí por si hubiera algún despistado que no visita el blog "Pintor, pinta y calla". Como todo lo que hace Pepe, está a medio camino de la sensatez, la erudición y la polémica. A él, por cierto, aún no le hemos oído decir que la duquesa de Alba y Goya no hubiesen tenido un poco de amor,  algo de sexo, un tantico de cama. Qué afán tiene Manuela de Mena en destrozar las leyendas...]

Hoy he tenido el privilegio de subir a los andamios que han colocado para la restauración de la cúpula pintada al fresco por Goya en la basílica del Pilar de Zaragoza.Ver de cerca las enormes figuras pintadas hace más de doscientos años por Don Francisco me ha producido encontradas sensaciones.   Por un lado la de estar cometiendo algo incorrecto, obsceno. Estas imágenes no fueron pintadas para ser vistas tan de cerca ni con la violenta iluminación de los focos halógenos empleados por los restauradores. Del mismo modo que no es aconsejable el ver con un microscopio los ácaros que habitan en las pestañas de la más bella de las mujeres. Es una cuestión de escala y de distancia, como casi todas las cuestiones que en el mundo son. Goya jamás vio su trabajo, y mucho menos mientras lo hacía, tan alumbrado. O lo que és lo mismo: él no pintó, puesto que no vio (y los que pintan son los ojos, y no las manos) lo que yo he estado viendo hoy. Le imagino pintando aterido de frío y al tentón, y a la luz de velas centelleantes o de temblorosas lámparas de aceite. Psicológicamente disminuido por las críticas de su cuñado y del Cabildo.

   Se nota mucho que tenía muchas ganas de terminar cuanto antes, de salir huyendo. Se nota también que no era un especialista decorador al fresco y que pintaba “como podía”, con el arrojo de sus treinta y seis años vividos con coraje, sin que nada se le pusiese por delante. Yo no he visto la tan publicitada “soltura”en la ejecución, más bien he visto rabia, la rabia de resolver “por cojones” algo que se le torcía. “Soltura “es la feliz y exacta levedad de los dibujos de Rembrandt, pero en este caso se trata de lo contrario: son feroces restregones con escobas, como alaridos, contra el húmedo muro. Se comete el error al ver estas pinturas de relacionarlas con la accion painting del expresionimo abstracto americano, o del expresionismo a secas, o el desdibuje Picasiano, o de cualesquiera modo de pintar que se le pueda relacionar aunque este se haya impuesto cientos de años después de cuando él pintó la cúpula. Esto hace que lo presenten como un visionario capaz de adelantarse a su época, cosa que les gusta mucho a los historiadores, pero pensar esto me parece una tontería que no explica en absoluto la cuestión. Él lo que quería era tener éxito, y para esto tenía que pintar como Velázquez y que los frescos le saliesen como a Tiépolo, pero no le salía ni una cosa ni otra. 

Otra cosa que se nota es que los bocetos a los que debe ceñirse no son exactamente suyos. Me explico: su cuñado Bayeu era el director de la decoración de la basílica y no es extraño pensar que impusiera, no sólo la iconografía, sino la “manera” de tratar pictóricamente la cuestión. Yo, incluso tiendo a pensar, que los acaramelados bocetos de Goya que se conservan en la sacristía del templo se parecen demasiado a los del propio Bayeu que se exponen al lado, y que no es descabellado que el propio Bayeu corrigiese algunos defectos de su chapucero cuñado, por el bien del encargo. Pero yo soy muy mal pensado. No obstante esto explicaría la “mala gana”genial, pero “mala gana”, con la que están ampliados y traducidos a pintura mural.  No usa el esgrafiado para pasar los dibujos al muro, como solía ser habitual, sino que el dibujo esta calcado con la ayuda de un punzón que al pasarlo sobre el dibujo araña el muro todavía sin fraguar. No están ni la mitad de las figuras calcadas de esta forma lo que permite suponer que la mayoría se acometieron directamente, sin dibujo previo. Que calcó solo las principales, para hacerse una idea de la escala y que luego intercaló las restantes.

Realizó la obra en cuarenta jornadas, o lo que es lo mismo, pintó “al fresco” sólo cuarenta días, comprendidos entre diciembre de 1780 y marzo del 1781 que es el tiempo en el que ejecutó la obra, aunque “repintó” en “seco” (cosa no muy ortodoxa en la época) muchas de las figuras. El tiempo que empleó en la realización de la  obra es extraordinariamente breve para una obra de estas características, lo que nos permite suponer una condición física y psíquica fuera de lo normal.

Aún le quedaban muchos años de vida y de pintura para demostrar de lo que era capaz, pero eso él no lo sabía entonces.

03/02/2007 13:53 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DESPERTAR DE INVIERNO

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Ha llegado el primer azote invernal en forma de hielo. Un niño salió con la neblinosa luz del alba a tomar el autobús del colegio y notó la flor de escarcha sobre los campos. Al lado, relinchaba un caballo y ladraba un perro al que una niña le ha puesto el nombre de “Hiena”. Podría pasar por pastor alemán o por hiena de torvo mirar. El invierno hasta ahora ha sido más bien llevadero, intermitente de soles. Estas mañanas de colegio son especialmente bellas: realizo una caminata de 300 metros o poco más. Tengo la sensación de que ahí, en apenas diez minutos, la vida es más intensa y hermosa: da gusto asomarse al curso de las estaciones, percibir el estallido de la luz, percibir esos olores del almendro, el olivar o el cañaveral que se mezclan con una estampida de pájaros de oro. En ese lapso, donde la naturaleza se revela, hay tiempo de pequeños gestos decisivos e íntimos: buscar el cuento infantil ideal para leerlo y verlo, repasar una carta que has recibido ayer, ojear un libro dedicado o incluso repasar ese catálogo que acabas de recibir o comprar –de Vicente Pascual Rodrigo, de Pepe Navarro, de Ramón y Cajal, de Carmen Pérez Ramírez…-, y diferir el paseo un rato más, hasta media hora tal vez, aquí y allá, una vez que los colegiales se han ido. La mañana de las nueve, sacudida por el rugido obsceno del avión militar, tiene algo de tiempo íntimo y calmo, de refugio, antes de que el vértigo se desborde.         

Bajo el albérchigo y el nogal, no demasiado lejos de Huesca ni del aeropuerto,  veo cosas. Paseo la mirada: el libro de Pepe Navarro sobre las fiestas de la ciudad es una fiesta de colorido y de vitalidad, un canto a la algazara. Él se ha atrevido a mirar para ver, sin fatiga, con una mirada limpia. Se ha quedado a mirar desde la estupefacción y el gozo, y ha captado un universo donde asoma la ternura, el movimiento, la idea de pertenecer a una tribu casi telúrica, la pasión, la sensualidad. Y ha sabido obtener el punto exacto de color, como si estuviese inventado un cromatismo ideal, acaso soñado.

         Abro “De Fabiroles y otras gaitas. 20 años con la Orquestina del Fabirol” (Rolde) de Javier Ferrández Escribano, y me asomo a algo más que la historia de un grupo que surge en el valle de Chistau hacia 1986 y poco a poco se desplaza hacia Huesca y Zaragoza. Este libro es una sociología de la música y del territorio, es la crónica de una aventura en creación. Es el inventario de los impulsos de emoción y tradición de un territorio y de un puñado de músicos que han crecido día a día, no sólo recorriendo Aragón de punta a punta, con sus cuadernos, fundiéndose con la gente, oyendo el canto general del pueblo, sino viajando a lugares de España y del extranjero. La importancia de la geografía oscense en el libro es absoluta, algo que se ve, de nuevo, en el capítulo de testimonios y de evocaciones. Este libro incluye un disco que contiene 16 temas y que insiste en ese reconocimientos del aragonés en el que tanto se ha significado La Orquestina del Fabirol y sus gentes: desde Roberto Serrano y Elena Requejo hasta Eugenio Arnao, Ana Latre, Alfonso Casasnovas y otros que abandonaron el grupo como José Tomás Prieto o Ángel Vergara, pero nunca el barco de la música.

         Repaso la pintura constructivista y casi cubista de Carmen Pérez Ramírez, que se exhibe en el  palacio de Montcada: es una obra llena de color, laboriosa, y con un tema sugerido: la música. Músico es también Tuco Requena, que acaba de publicar “Soniquete Van”, música muy fresca, llena de referencias y de encanto, talentosa y con humor e ironía. Un álbum que empieza, “estoy fregando los platos…”, y que culmina, “tu mirada es una espina, tu cariño es una comedia // eres carne de bolero, la tarjeta de mi cajero”, es toda una tentación. ¿Qué pensará el perro-hiena de todo eso? Por ahora sólo gruñe.

*Foto de Tuco Requena, tomada de Aragón Musical.

03/02/2007 14:37 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

RETRATO DEL GOLEADOR SERGIO GARCÍA

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[El Real Zaragoza ganó claramente al Espanyol anoche con dos espléndidos goles de Sergio García, que ha encontrado un líquido especial para alisarse el pelo. A principios de temporada, le hice este retrato que coloco aquí.]

El profesor JB, que tenía nombre de whisky y de detective, anunció a los siete alumnos de su clase de Literatura que quería hablarles de una de sus pasiones ocultas: le gustaba el fútbol con locura y, desde la adolescencia, confeccionaba estadísticas de los delanteros de su equipo del alma. El Real Zaragoza. Los datos se acompañaban de reportajes, de cromos y de cualquier afiche. Anunció que los primeros delanteros de los que conservaba notas eran Wilson y Miguel, que vivió una segunda juventud en Zaragoza. Sin embargo, tenía una información muy completa sobre “el Pulpo” Joaquín Murillo, sobre Seminario, “el único Pichichi que hemos tenido nunca”, y sobre Marcelino. Con más deleite que sensatez, les explicó que Marcelino había sido el ariete de “los Cinco Magníficos”, el mejor cabeceador de su época. Se iba demorando en los datos y las anécdotas. Recordó a Diarte, Amarilla, Alonso, Rubén Sosa, Esnáider y Pardeza.

         Añadió: “Pero, por una razón que ni yo mismo me explico del todo, sigo con mucha atención la trayectoria de Sergio García”. Les contó que creía haberlo visto fugazmente en el Barcelona, en uno de esos partidos incidentales en que un jugador es presentado como una figura en ciernes, y que más tarde lo observó en el Levante. Le llamaba la atención en las noches de “Estudio Estadio” la calidad de sus jugadas: estaban marcadas por la originalidad y el regate inesperado. Sergio García, insistía, se mueve muy bien en el área: es atrevido en sus acciones e imprevisible, es rápido y tiene una fulgurante capacidad de asumir riesgos. La pasada campaña, señaló, no fue tan buena como yo me había imaginado, “pero tampoco resultó mala. Marcó cuatro goles y participó en una veintena de encuentros. Sin embargo, en esta pretemporada, Sergio García ha tenido un rendimiento espectacular. Estoy entusiasmado. Ha cosechado una decena de goles”.

 El profesor JB abrió una carpeta  bastante voluminosa y mostró las entrevistas en los diarios deportivos y de información general, había subrayado algunos juicios como éste: “Es un jugador valioso, de enorme porvenir. Posee regate, disparo, triangula bien en los últimos metros y es veloz. Y además es muy joven. No le gusta pasar inadvertido: se cambia constantemente de peinado”, escribía P. G. Conservaba como oro en paño un montaje fotográfico donde el delantero centro sobresalía por la bóveda del palacio de la Infanta como si mirase “la historia del Zaragoza”. Agregó: “Puede hacer diabladuras con Ewerthon y Diego Milito. El año pasado, ambos marcaron 41 goles. Nada menos”. Un alumno levantó la mano e interrumpió: “Señor JB, ¿qué relación tiene todo esto con la literatura?”. El profesor  contestó: “Mucha. La vida de un futbolista se debate entre la realidad y el deseo, magnífico título de Luis Cernuda. Y la del forofo también. Deseo que éste sea el gran año de Sergio García”.

*La foto está tomada de la página web de Mariano Gistaín, www.gistain.net, que la toma del diario Sport. Mariano, tan audaz como siempre, coloca las imágenes por el procedimiento de youtube.

04/02/2007 00:55 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

ÓSCAR SIPÁN PRESENTA "TORNAVIAJES"

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El próximo martes día 6 de febrero, a partir de las 20 horas, ARAGÓN RADIO presenta en su sede (sita en el Actur, c/ María Zambrano nº 2, enfrente del aparcamiento de la chimenea, al otro lado de Helios: un buen sitio para aparcar…) el libro TORNAVIAJES, del escritor OSCAR SIPÁN, que es la 3ª aventura literaria de estos chalados de Tropo Editores. Pero los de la radio no están menos locos. Han preparado unos canapés de la leche, y además, ¡van a regalar el libro a los asistentes!, según nos han dicho a los de la editorial. En fin, vosotros mismos, si os apetece, allí estaremos. Saludos. Amadeo Cobas.

*Me ha gustado mucho esta foto de Óscar Sipán que me ha recordado algún fotograma de "Amanecer en Puerta Oscura".

04/02/2007 17:48 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DOS POEMAS DE MANUEL PEREIRA

20070205002140-brassaiparis-la-nuit-brassai1.jpgVén anunciando a fin,
o vougo, a extenuada respiración
dun aire enfermo,
a derrota dos himnos, dos emblemas,
o triunfo dos fracasos. 

Apaga o tacto
pausado da música,
o incendio íntimo das rosas.
Racha as sabas que teceu o amor,
as cartas escritas, os proxectos. 

A súa voz anuncia o devalo inevitable das mareas.  

Viene anunciando el fin,
el vacío, la extenuada respiración
de un aire enfermo,
a derrota de los himnos, de los emblemas,
el triunfo de los fracasos. 

Apaga el tacto
pausado de la música,
el incendio íntimo de las rosas.
Rasga las sábanas que tejió el amor,
las cartas escritas, los proyectos. 

Su voz anuncia el declive inevitable de las mareas.



o tempo é unha árbore
da que caen os días
cunha obsesión outonal

 a vida, o tempo
poboado de paxaros

a morte é a árbore seca
da vida onde
aniñan paxaros mortos    

el tiempo es un árbol
del que caen los días
con una obsesión otoñal 

la vida, el tiempo
poblado de pájaros 

la muerte es el árbol seco
de la vida donde

anidan pájaros muertos

*El  poeta Manuel Pereira Valcárcel me envía este par de poemas de su libro "Todo morte", que se presenta el jueves 8, a las 20 horas, en la galería Sargadelos (Zurbano, 46) de Madrid. Estará acompañado del músico Héctor Crehuet. Manuel Pereira pasa muchos fines de semana en Zaragoza. Me ha mandado también una foto, pero no soy capaz de trasladarla al blog. Pongo, en cambio, esta que no está nada mal. La foto es un nocturno parisino de Brassaï.

 
05/02/2007 00:21 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

ESPIDO FREIRE, BIG CITY, ULLATE, CAJAL... BORRADORES

El programa Borradores ofrece la actuación en directo, con dos temas, del grupo Big City, que canta sus temas en inglés. Dos integrantes del conjunto explicarán la trayectoria del grupo zaragozano y sus próximos conciertos en Londres, Madrid y Barcelona. Además, pasará por el programa la escritora Espido Freire, ganadora del premio Planeta, que acaba de publicar “Mileuristas”. Borradores ofrecerá un reportaje sobre la exposición de Ramón y Cajal en el Centro de Historia, otro sobre la muestra de pintora colombiana Ana Mercedes Hoyos, en Ibercaja, y conversará con el director y coreógrafo Víctor Ullate, que estrenó en Zaragoza su último proyecto: “Samsara” con enorme éxito. Los grabados de Mariano Castillo se exhibirán en el estudio y se emitirá un reportaje de su taller de  la Cartuja Baja. Borradores visitará la librería Anónima de Huesca. Nacho Tahajuerce recitará un poema de su libro “Deshielo”. 

06/02/2007 09:53 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

TRES POEMAS DE SANDRO PENNA

20070207093927-hine-17.jpgEL AMIGO 

Estaba el barco cargado de luz
solitario y seguro, cuando de pronto
llegó mi amigo: me pareció aún
más bello bajo el sol occidental.
El sol de septiembre cuánta luz
pone en los ojos de las cosas
recién barnizadas, cuánta muerte
en quien desciende por la calle de la vida.
Sea feliz mi amigo, y un poco hostil
brille la luz del barco, escribo
serenamente con su lápiz. 

(Quería decir sólo que el barco
era un muchacho y el lápiz
su dádiva inocente como  una copla.)  

....................... 

Llovió sobre nuestro amor ardientemente
todo el verano. Después el color
del campo fue más bello. 

.......................... 

“Poeta exclusivo del amor”me llamaron.
Y acaso era verdad.
Pero el viento aquí sobre la hierba
y los ruidos de la ciudad lejana,
¿acaso no son también amores?
Bajo las nubes calientes,
¿no duran todavía los sonidos
de un amor que arde

y que no se alejará?

* Hace algunos años, Ángel Crespo me habló maravillas del poeta Sandro Penna (Perugia, 1906 - Roma, 1977), un hombre de vida bohemia y precaria. Murió en la indigencia absolutay en la soledad; uno de los centros de su obra es el amor humanísimo, claro, de signo homosexual, y la vindicación del placer.  Acaba de aparecer “Cruz y delicia / Extrañezas” (Lumen), en edición bilingüe Edgardo Dobry. Y cuelgo aquí tres poemas, que ilustro con una foto de Lewis Hine.

07/02/2007 09:39 Autor: Antón Castro. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

RAMÓN Y CAJAL VISTO POR SU NIETO SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL JUNQUERA*

20070207115551-cajal.jpg

"Cajal fue aragonés, español y patriota" 

Santiago Ramón y Cajal Junquera podría ser el doble de abuelo: la vida de ambos abunda en paralelismos y en arrojo. Este hombre con fama de tímido, huraño o quizá triste --"soy consciente de ello. En realidad, creo que soy serio, pero ni triste ni tímido ni huraño. Sí, soy reservado y me gusta muy poco figurar", confiesa-- ha tenido detalles sorprendentes: es todo lo contrario al vedettismo. Cuando se produjo la huelga de médicos hace algunos años, el único catedrático que los acompañó a Madrid fue él. Rechaza esa trasnochada sensación que dan algunos catedráticos de estar rodeados de un halo de santidad. "Esa imagen es irreal. El profesor que es catedrático ya no posee ese prestigio ni está impregnado de una aureola de persona inaccesible. Y yo, que además de catedrático también soy médico, creí que lo pedían los médicos era justo y allá fui. También me considero un médico de hospital". Elogia la tarea científica del autor de Mi infancia y juventud: nos recuerda descubrió en 1880 el microfilm al reducir un autorretrato al tamaño de una cabeza de alfiler, demostró la independencia de las células nerviosas y avanzó la fotograía en color. Otro detalle que los une: Santiago Ramón y Cajal y Junquera nació en el palacete que construyó su célebre antepasado en 1911 en Madrid.

         --La sombra del abuelo planeó durante mi infancia --dice--. No llegué a conocerlo, él murió en 1934. Abajo vivía una tía y con frecuencia nos visitaban otras dos hermanas de mi padre. En cada reunión siempre salía Ramón y Cajal como tema de conversación. La casa es de carácter modernista y está catalogada por el Ayuntamiento. Cajal vivía en el tercer piso, y en el ático tenía su estudio de fotografía y, como era muy aficionado a la astronomía, poseía un gran telescopio. En el sótano se montó un laboratorio. Mi abuelo era muy especial: lo molestaba mucho el calor, le producía horribles cefaleas. 

--Siendo niño, con tantos parientes recordando a un abuelo ya muerto, ¿no tenía la sensación de vivir en una mansión con fantasmas o que el propio abuelo era el fantasma?        
--No, exactamente. Pero sí recuerdo cuánto me impresionaba la mascarilla mortuoria, luego también impresionó a mis hijos, a alguno de ellos tanto que tuvimos que cubrirla con un paño. Estaba colocada en el despacho de mi padre --médico también aunque él no hizo clínica, fue profesor en la Escuela de Sanidad--, donde había un busto muy bonito de Benlliure y otro, en escayola, de Querolt. Sí que influyó el ambiente médico de la familia para que yo me decantase por esta profesión. El hecho de que eligiese una rama semejante a la de mi abuelo --él practicaba la Histología-- fue una decisión personal. Mi padre quería que siguiese su mismo camino, pero a mí me atraían más Histología y Anatomía Patológica.          

Santiago Ramón y Cajal dibuja así el Madrid de los 50: era una ciudad con pocos coches, "era un atractivo ver a uno aparcado, me acercaba a las ventanillas y miraba si tenía el cambio al volante o si las escobillas del parabrisas se manipulaban desde el salpicadero". Otra fascinación eran los carritos de mano y los camiones. "El parque automovilístico que teníamos en España era de antes de la Guerra Civil. Y también lo conformaban algunos miles camiones que llegaron a España como material soviético de guerra para la República. Eran los 3HC del ejército, nosotros los llamábamos Los tres hermanos comunistas. Se subastaron entre la población y duraron mucho. Acabo de leer que uno de los primeros éxitos de Eduardo Barreiros fue colocarles motores Diesel. Alguno pasaba por delante de mi casa, por Alfonso XII, una calle con cuesta, con los ciclistas agarrados a la correa del transmisión". Inició sus estudios en el colegio del Sagrado Corazón y realizó el Bachillerato en el San Estanislao de Cosca. Madrid amanecía con burros y alquerías en las calles. "Mi padre, Luis Ramón y Cajal, era muy aficionado a tomar leche y yo sigo esa costumbre. Aquella leche de las vaquerías no dejaba nata; cada establecimiento tenía una o dos vacas en unas condiciones higiénicas deplorables. El procedimiento era sencillo: si había muchos clientes, se añadía más agua a la leche pero no se aumentaba el número de vacas".          

--¿Y cómo era usted de niño?        
--Un niño muy bueno, nunca fui travieso, tuve pocos amigos pero muy íntimos y nos pasábamos las horas jugando más que a la pelota a juegos bélicos con soldados de plomo. Eso era lo que más nos atraía.          

--En esto sí se parecía a su abuelo, que se marchó a Cuba en 1873 porque quería vivir aventuras, tenía un sentido romántico de la existencia.        
--Jugábamos mucho con aviones, soldados de plomo y de papel, entre otras cosas porque estaba muy reciente la II Guerra Mundial y coleccionábamos cromos de todo tipo: de barcos y aviones, cualquier película que tenía un poco de éxito la sacaban inmediatamente en cromos. Así ocurrió con Las nieves del Kilimanjaro o con Mogambo. Por entonces también tenía lugar la guerra de Correa, la primera gran guerra después de la II Guerra Mundial, y nos impactó mucho. Duró tres años y seguíamos las crónicas del periódico. Además, yo construía maquetas de barcos y aviones; veraneábamos en una finca familiar de Salamanca y hacía todo tipo de cosas con los árboles y una navajita. Años después también me interesé por la decoración.        

--Sigamos. No sólo era un niño bueno, sino que era aplicado y observador, y tenía mucha información. Imagino que sería un gran lector.        
--De tebeos. Desde muy joven tuve un defecto: sólo me gustaban los libros con dibujos. Así descubrí El Quijote, ilustrado por Gustavo Doré, que había pertenecido a mi abuelo. Yo mismo dibujaba: batallas, barcos, aviones, y no lo hacía mal del todo. Tenían mucho verismo. El primer tebeo que leí fue Dumbo de Walt Disney, aunque los que más me gustaban eran los de Roberto Alcázar y Pedrín, incluso cuando eran en blanco y negro, con una ilustración primitiva. Vivía con auténtica pasión la salida de cada nuevo número.          

--Sólo le restan dos aficiones de su abuelo: el boxeo y la fotografía.        
--No era tanto el boxeo como la gimnasia. Cajal acudía a los gimnasios y en Zaragoza existía una gran tradición de gimnasios, antes de que los hubiera en todas partes. Existen fotos de mi abuelo con unos músculos imponentes, con un cuerpo atlético del que solía presumir. Gracias a esa fortaleza pudo resistir la guerra de Cuba cuando sufrió paludismo grave y disentería. Se quedó en el esqueleto. Pero yo no fui gimnasta de joven.          

--¿Y fotógrafo?        
--Me ha interesado desde niño la fotografía. Mi padre tenía una cámara Kodak de fuelle, de seis por nueve, que hacía muy buenas fotos. Con un íntimo amigo, recuerdo que hicimos un curso por correspondencia en el Instituto Paramont de Barcelona, poco a poco nos fueron llegando la ampliadora, las cubetas de revelado y los libros. íbamos muchos al retiro. Adquirí una Vöillander de placas de cristal. Más tarde, compré una Rolleiflex de seis por seis y realicé muchas diapositivas en color con el marquito de cristal. Con otro amigo hice una larga excursión por casi todo el Pirineo a pie. Fue una experiencia preciosa. Tengo una gran colección de diapositivas de casi todas las ciudades de España.          

--Su abuelo también hizo excursiones semejantes con la cámara al hombro por los Pirineos.        
--Es cierto. Cuando yo estaba estudiando la carrera teníamos de profesor de Terapéutica Física a un aragonés, Gil y Gil, uno de los pioneros de la radioterapia, a quien le gustaba mucho hacer excursiones por España y tenía una gran afinidad con los militares. Con él vinimos a Zaragoza. Yo me puse a dar vueltas por la ciudad y llegué hasta la catedral de La Seo. Me pareció oscurísima, som