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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
 Gisbert Haefs, Premio de Honor de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza” 2007
Entre sus novelas más conocidas figuran “Aníbal” (1990), “La primera muerte de Marco Aurelio” (2004) o “Alejandro Magno” (2005).
El último trabajo publicado en España por la editorial Edhasa es “La amante de Pilatos” (2006)
El escritor alemán Gisbert Haefs recibió ayer de manos del Alcalde Zaragoza, Juan Alberto Belloch, el Premio de Honor de Novela Histórica 2007, otorgado por el Ayuntamiento de la capital aragonesa. Este galardón, instaurado el pasado año, quiere reconocer la trayectoria profesional y creadora de autores de prestigio. El año pasado el premio fue para el escritor estadounidense Noah Gordon. El ganador recibe una escultura de José Miguel Fuertes titulada “In Tempore”.Gisbert Haefs, nacido en 1950 en Alemania, estudió Filología Inglesa e Hispánica. Actualmente vive en Bonn. Ha traducido al alemán obras de Maupassant, Twain, Kipling, Goytisolo, Cela y Borges, entre otros. Entre 1970 y 1982 también fue compositor e intérprete de canciones de cabaret.Como escritor ha cultivado principalmente la ciencia ficción, la novela negra, la policíaca y la histórica. Entre otras, Edhasa ha publicado en la colección Narrativas Históricas, con gran éxito de crítica y público, Aníbal (1990), la mejor novela para entender las guerras púnicas desde el punto de vista de los vencidos y que ha sido también publicada en la colección Diamante, conmemorativa de los sesenta años de Edhasa; Alejandro Magno (2005), una magnífica epopeya histórica repleta de intrigas políticas; La primera muerte de Marco Aurelio (2004), una novela histórica que arranca con la investigación de la misteriosa muerte del senador Manlio y que descubre una conjura para acabar con la vida de Marco Aurelio; así como Troya (1999), Rajá (2002) o El jardín de Amílcar (2001). La última novela publicada en España es La amante de Pilatos (2006), una impresionante obra a medio camino entre el género negro y de espionaje y la novela política e histórica, en la que juegan un papel importante los numerosos y descoordinados servicios secretos romanos.En octubre de 2007 Edhasa tiene previsto publicar una nueva novela histórica de Gisbert Haefs, La espada de Cartago, una trama policíaca que se complica con el robo de una pieza de gran valor histórico y ritual –la espada de Cartago- y que el autor mezcla con datos y personajes extraídos de la realidad histórica.
“La gran marcha”, del escritor estadounidense E.L. Doctorow,
gana el III Premio Internacional
de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza”
El libro ha sido publicado en España por Roca Editorial.
La novela La gran marcha, del escritor estadounidense E.L. Doctorow, publicada en España por Roca Editorial, se ha proclamado vencedora del III Premio Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza”, que otorga el Ayuntamiento de Zaragoza.Este galardón está dotado con 20.000 euros (5.000 euros más que en la edición anterior), y a él han optado 31 novelas, de 17 editoriales nacionales e internacionales, publicadas en lengua castellana a lo largo de 2006. Junto al premio en metálico, el ganador recibirá una escultura en bronce realizada por el aragonés José Miguel Fuertes, titulada “Tiempo fragmentado”.El Jurado de esta edición del Premio Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Zaragoza” ha estado integrado por José Calvo Poyatos, Fernando Martínez Laínez, Alfonso Mateo Sagasta, León Arsenal (ganador de la anterior edición), Magdalena Lasala, Juan Bolea, Eutimio Merino y María Pilar Queralt.E.L. Doctorow (Nueva York, 1931) es una de las voces fundamentales de la literatura norteamericana contemporánea. Su obra, traducida a 30 lenguas, ha merecido los premios literarios más importantes de su país: el National Book Award, el Premio Nacional de la Crítica, el PEN/Faulkner, el Galardón Edith Warton para la Mejor Obra de Ficción, la Medalla de la Academia Americana de las Artes y las Letras y la Medalla Nacional a las Humanidades.
Autor de novelas tan importantes como Ragtime, El libro de Daniel, Billy Bathgate, La feria del mundo o City of God, Doctorow es asimismo autor de relatos, ensayos y teatro. El reconocimiento unánime de la crítica y el público convierte en un best seller literario cada una de sus obras. E.L. Doctorow vive en Nueva York. La gran marcha es su décima novela.
[Información que remite el siempre amable y atento Juan Antonio Gordón, del departamento de comunicación de Cultura en el Ayuntamiento de Zaragoza. Conocí hace dos o tres años a Gisbert Haefs, en una cena con Eva y Félix de Los Portadores, y el distribuidor Quique, y es un tipo realmente extraordinario: cercano, apasionado de España, magnífico traductor y un gran escritor que admira con locura a Borges. Encuentro esta foto de Haefs en negraycriminal@blogcindario.com].  [La joven periodista de Aragón Digital, Carolina Cebreiro, firma hoy una estupenda y extensa crónica acerca de la presentacón de "El año de las toses" (Huerga & Fierro), un libro de siete relatos muy zaragozanos que supone el regreso del ex concejal a la literatura. Estuvieron con él el editor Antonio Huerga, el escritor y periodista Mariano Gistaín, y Ángel Anadón, responsable del Teatro Principal durante muchos años. Este artículo puede encontrarse en Aragón Digital. La foto también es de la agencia.] Las Vegas como lugar escogido por un grupo de jubilados para su tertulia habitual y el Teatro Principal convertido en escenario de crímenes. Estos son los dos escenarios en los que Luis García-Nieto sitúa los episodios de “El año de las toses”, un libro de siete relatos en los que, con la capital aragonesa como telón de fondo, repasa los últimos cuarenta años de la España contemporánea. Desaparecida ya la cafetería, el autor ha presentado este jueves éstas y otras historias del comisario Cosme del Cacho en el vestíbulo del segundo, arropado por numerosos amigos; entre ellos, su editor, Antonio Huerga; el periodista y escritor Mariano Gistaín, y el antiguo gerente del teatro, Ángel Anadón. Este último estaba invitado, además, por un doble motivo al ser protagonista de las animadas tertulias de Las Vegas y el único personaje de la obra que conserva su identidad real. Nombres falsos disfrazan a otros muchos aunque, como explica Gistaín, el que fuera concejal de Cultura “no se ha cortado un pelo en algunas referencias reales”. Por ello, por los rincones emblemáticos de la ciudad y por las alusiones veladas a algunos de sus habitantes más conocidos, “El año de las toses” es un “libro totalmente zaragozano”. “Una persona de Nueva York se lo pasaría muy bien porque los casos están bien resueltos, cumple el género negro, con sentido del humor pero sin entrar en detalles muy escabrosos, y con elipsis bien resueltas, pero sólo lo puede disfrutar de verdad uno de Zaragoza”, concreta el periodista y escritor. Por su parte, el editor Huerga emplea los calificativos “sincera y sabia” para hablar de esta obra “en la que nada más abrirla se aprecia cómo Luis García-Nieto es narrador de trayectoria firme y arriesgada”. “Y si nos metemos un poquito más en su lectura”, continúa, “comprobamos cómo para él la literatura representa un punto de reunión, una caja de voces, donde coinciden cosas, amistades y algún que otro amor perdido”. El Principal, escenario histórico Mientras otros alaban su obra, Luis García-Nieto prefiere hablar del propio teatro. “Es pasión y la pasión lleva al amor, al desdén, la ira, el odio y éste te lleva a matar. Por eso, en la novela aparecen algunos casos de asesinatos. Pero el teatro, sobre todo, te lleva a gozar”. Por esta razón, el escenario más prestigioso de la ciudad es también escena de los capítulos de esta obra, algunos de ellos reales.De esta forma, García-Nieto relata el robo del candelabro de un palco o de cómo un cuadro del Rey escondía detrás “un grabado de Franco vestido de africanista, que desapareció misteriosamente”. Pero, además, es el lugar donde transcurren algunos episodios de una historia española no tan lejana, como el 23-F, cuando “algunos pensamos que podría ser un buen refugio por si las cosas iban mal porque los uniformados de verde no suelen venir por estos espacios”, explica el autor.
Nuevo caso para Del Cacho García-Nieto ha recuperado de anteriores novelas al comisario Cosme del Cacho, un agente policial que compagina casos locales con otros de nivel internacional, gracias a su paso por la Interpol.Este personaje, según ha bromeado el autor, volverá a la ciudad dentro de un año, en el 2008, para ser testigo no sólo del gran acontecimiento de la capital aragonesa sino para resolver un importante caso: “un asesino profesional viene hacia Zaragoza el día de la inauguración de la Expo a matar a alguien”. García-Nieto, que ha asegurado que Ángel Anadón seguirá allí para verlo, ha dejado la historia en suspense lanzando al aire un interrogante: “¿Logrará Cosme del Cacho detenerlo a tiempo?”.  Esta noche, a las 1.55, en La 2 de Televisión Española, el programa “Estravagario”, que dirige y presenta Javier Rioyo, conversa con José Antonio Labordeta, Félix Romeo y Antón Castro. Labordeta explica las claves y la historia de “En el remolino” (Anagrama), y y yo hablo de “Golpes de mar” (Destino). Félix comenta diversos aspectos de la literatura en Aragón y explica dos rasgos comunes entre Labordeta y yo: la importancia que ha tenido Teruel en nuestras vidas y en nuestra obra, y el poso de melancolía. Se recomiendan, además, varios libro. Ángel Petisme canta su canción “Golpes de mar”, cuyo título inspiró el título de mi libro de relatos.
“Estravagario”. Dirige y presenta: Javier Rioyo. Actúa: Ángel Petisme. Invitados: José Antonio Labordeta, Félix Romeo y Antón Castro. A las 1.55 horas. La 2.  UN AMOR SOÑADO, INTUIDO Y REAL
Víctor Juan Borroy es esencialmente un idealista, un hombre romántico, que cree en la fuerza de las palabras. Uno de sus modelos de vida y emoción es don Gregorio, aquel profesor republicano que Manuel Rivas presentó en “La lengua de las mariposas”, un maestro que cree en la libertad, en la curiosidad, un hombre laico que se extravía por la naturaleza y que considera que el conocimiento, a la intemperie, es la aventura más hermosa. Víctor Juan encontró en ese hombre la formulación de algo que él andaba buscando: la imagen, el símbolo, un espejo de sus sueños. Pero en realidad, Víctor Juan llevaba muchos años estudiando la vida de profesores como don Gregorio, profesores reales a los que había editado: Pedro Arnal Cavero, Santiago Hernández, María Sánchez Arbós, y con ellos descubrió, y se enamoró (Víctor Juan es un hombre de pasiones desatadas) de Ramón Acín, Simeón Omella, Evaristo Viñuales, Juan Manuel Barrabés, Paco Ponzán y Palmira Plá, aquella mujer de Cretas que le tocó el corazón.
Víctor Juan es un cazador de historias. Es un soñador. Es como Nabokov con su red para cazar mariposas. Siempre está dispuesto a hallar un fragmento de emotividad, una historia repleta de humanidad e indagación, un resquicio de vida donde asome la ternura. Enseñar es darse y abrir los ojos al mundo a quien no sabe ver aún, a quien ve a tientas, con la intuición y el asombro del perplejo. Y el aula para él es un núcleo de aprendizaje, un refugio, un laberinto y el edén donde fulgen las pequeñas cosas, donde se perfilan los primeros gestos y las sensibilidades que definirán la existencia. Por eso siempre está muy atento a todo: le interesan los métodos de enseñanza, los libros publicados, las teorías, las intensas vidas de los maestros. La novela de la educación. De estos maestros parece saberlo todo, y lo ha ido contando por aquí y por allá en prólogos y ediciones críticas, en monografías, en tesis doctorales, en mil y un proyectos que demuestran su condición de ciudadano en movimiento, de francotirador de sueños que se cumplen. Ahí está “El libro de los escolares de Plasencia del monte”, ahí está la exposición y el proyecto “Escuelas. El tiempo detenido”, ahí está su condición de director del Museo Pedagógico de Aragón. En cada cosa que hace encuentra un arsenal de materiales novelescos: peripecias, anécdotas, seres. Y como siempre está alerta y desvelado, en algún lugar de su cabeza, de su ordenador, de sus confidencias, de sus cuadernos de apuntes o en las alforjas de su yegua Luna están todas las historias, todas las quimeras, las fábulas que tarde o temprano acabará por contar.
En los últimos años, Víctor Juan ejerce su trabajo en un lugar evocador para él, poseído de leyenda: la Escuela Normal de Huesca, por donde pasaron profesores míticos como su profeta del existir y de la vida: Ramón Acín. Ramón Arsenio Acín Aquilué. Víctor Juan ha sido uno de los entusiastas e incondicionales de Ramón Acín, de Concha Monrás, aquella mujer que jugaba al tenis y tocaba el piano, y de sus hijas Katia y Sol. Y eso le ha deparado muchas cosas: se ha empapado de la atmósfera familiar de la Casa Ena, de los vientos apocalípticos del Hortal al atardecer y de aquellas pajaritas que podían ser aves de paz en el interior de una jaula. Y no sólo eso: a las obsesiones y amistades de Víctor Juan se le deben el conocimiento y la recuperación de la banda sonora de la casa del escultor, profesor y político: “La última rosa del verano”, que también es la banda sonora de esta novela. Ramón Acín le condujo hacia Paco Ponzán, aquel miope anarquista que combatió en la Guerra Civil, se exilió y pereció quemado por los nazis muy cerca de Toulouse, una semana antes de la liberación de París. Ramón Acín también le condujo a otro maestro: Evaristo Viñuales, que se suicidó en Alicante, mientras veía como el Stanbrook partía para siempre de España. Y Paco Ponzán, consejero de Transportes y Comunicaciones, le condujo hasta otra mujer admirable: Palmira Plá, la profesora de Cretas que organizó las Colonias Escolares y partió de su casa para siempre con poco más de veinte años.
Víctor Juan, tan merodeador de secretos, visitó a Palmira Plá en Vinaroz y descubrió algo que quizá ya había intuido o soñado o deseado: ella y Paco Ponzán se habían amado. Habían saltado chispas entre ellos. Habían nacido el uno para el otro, pero la guerra, las diferencias ideológicas y el destierro estorbaron esa relación. Y de eso, en el fondo, va esta primera novela de Víctor Juan: “Por escribir sus nombres” (Prames). Es, de entrada, un compendio de su pasión por los maestros republicanos, por aquella generación que perdió el futuro, el país y el aliento. Y es una novela concéntrica: es una indagación en lo que pudo haber pasado entre Paco Ponzán, aquel hombre que miraba las estrellas y que recordaba que había sido maestro en Camelle, allá en la costa de la Muerte, y Palmira Plá, aquella mujer que huyó de España y que trabajó de modista hasta que pudo abrazar de nuevo la pedagogía. Esta pasión está sazonada de pudor y deseo, del temor al fracaso, de un cariño cómplice y exacerbado que invita a soltar lágrimas. Y es también una crónica espeluznante y real: se nos cuenta cómo vivían Ramón Acín y Concha Monrás; como él, anarquista blanco, decidió quedarse en Huesca, cómo ella era vejada e insultada y golpeada a diario, y cómo “los buenos vecinos de Huesca” repartieron aplausos, insultos y abucheos que celebraban la detención y la posterior ejecución de Acín. Y días más tarde, la fusilada era su mujer. Se nos cuenta que “algunos años más tarde, el sepulturero indicó a la familia el lugar preciso donde estaba enterrado Ramón Acín. Cuando exhumaron sus restos encontraron la camisa de pijama que llevaba puesta cuando lo arrancaron de su casa. Por uno de los bolsillos asomaban los lapiceros de colores que eran sus herramientas y sus únicas armas”. Detalles de este tipo, de finísimo observador, de ladrón de matices como Víctor, hay muchos. El de la pluma estilográfica, por ejemplo. Y casi todos están impregnados de tragedia, de poesía, de transparencia, de los ecos del corazón.
El libro es una crónica del destino de dos amantes, de dos combatientes disparejos ideológicamente. Esta parte, que ocupa el grueso del libro, tiene muchos momentos de emoción. Esta es una novela que se ha escrito con el corazón caliente, en éxtasis, a punto de levitar de pura pasión o de pura revelación. Y no nos podemos olvidar de algo fundamental: la mirada contemporánea. La mirada de Víctor Juan Borroy, barnizada de melancolía y comprensión. “Por escribir sus nombres” está redactada por un profesor de unos 40 años que da clases en la Escuela Normal de Huesca, que lleva a sus alumnos con frecuencia al parque de la ciudad y que imparte sus lecciones ante las pajaritas. Y no sólo eso: embrujado por la pedagogía republicana, escribe una novela y vive una historia de amor con Irene, la hija del librero José Luis Rivas, la dueña de la librería Alejandría: una historia de amor, doliente, con luces y sombras, que se parece mucho a la Paco Ponzán y Palmira Plá. En un texto final, el profesor le dice a Irene: “Te he dicho muchas veces que escribía para poder leer el nombre de Paco Ponzán y de Palmira Plá. Y es cierto. Pero también lo he hecho para poder escribir tu nombre”.
Esta novela recoge la memoria de varias generaciones, de jóvenes combatientes que se jugaron la vida por la libertad. Y la perdieron. Es un libro sobre el arte de escribir, es un elogio de las posibilidades de la palabra, que como la fotografía es un antídoto contra la muerte y contra el olvido. Poco antes del fallecimiento de Ponzán, él y Palmira Plá se encontraban, se veían en una inolvidable estampa. Escribe el narrador: “Ahí tuvieron la oportunidad de repetir en varias ocasiones estos encuentros propiciados por el intercambio de ropas y palabras. Sobre todo de palabras. Palabras frágiles, palabras perdidas, indefensas y solas, palabras incendiarias, palabras salvadoras y esperanzadoras, palabras tiernas y acariciadoras, palabras libres y liberadoras, palabras que, entre ellos, eran siempre más que palabras”. “Por escribir sus nombres” es la novela de una victoria en el tiempo y de la resurrección de un amor que debió ser así y que no se consolidó entonces para que Víctor Juan se hiciese novelista y lo fijase para siempre ahora. Paco Ponzán redactó en su testamento: “Deseo que mis restos sean trasladados un día a tierra española y enterrados en Huesca, al lado de mi maestro, el profesor Ramón Acín, y de mi amigo Evaristo Viñuales”. Con esta novela, que publica con elegancia Prames, ya lo están.
*La novela “Por escribir sus nombres” (Prames) de Víctor Juan Borroy, el jinete indómito de la yegua Luna, se presentó el pasado jueves en la Biblioteca de Aragón. José Luis Melero Rivas, acaso el presentador más desternillante y erudito de los últimos años, leyó un texto divertido. Antes, yo leí éste. Además de muchos amigos, estaban en la sala Blanca, Guillermo y Virginia, la sagrada familia de Víctor. La caricatura del director del Museo Pedagógico de Aragón es de José Luis Cano.  El pasado jueves, tras un encuentro con lectores de Alonso Cordel en el Centro de Historia y la presentación de Víctor Juan en la Biblioteca de Aragón, me fui con Eloy Fernández Clemente al velatorio de Alfonso Zapater. No iba a poder asistir a su entierro, y Alfonso ha sido para mí, en la cercanía, un hombre entrañable, próximo, muy respetuoso. Cuando llegamos al complejo, hacia las 21.15, ya habían cerrado el cuarto donde reposaba de cuerpo presente. Como había quedado una noche apacible, radiante y suave de luna llena, Eloy dijo: “¿Quieres que demos un pequeño paseo?”. Y cuando avanzábamos por los pasillos y la calzada, se le ocurrió decir: “¿Nos acercamos a la tumba de Joaquín Costa?”. La había visto hacía muchos, muchos años.
Allá nos fuimos. Primero a pie, hasta que nos perdimos, o que pensamos que estaba demasiado lejos. Y luego en coche. Entramos en la parte vieja del cementerio de Torrero, que me pareció impresionante bajo la luz de la luna, impresionante y enorme, y buscamos el monumento a Costa. Dimos vueltas por aquí y allá, por lugares más o menos prohibidos a la circulación, entre los cipreses, y al fin hallamos el monumento a Costa, con la escultura del polígrafo y sobrio, sepultada por la hiedra y la lápida de mármol, que concluye con aquel famoso “No legisló”. Le di la vuelta al monumento, a ese castillo de piedra y sombra, a ese peñón cabalgado de fronda y silencio, y volví al coche. Dimos el último paseo, y recordamos que Alfonso Zapater había sido un gran costista. Un apasionado del jurista de Monzón, un narrador de la vida y de los amores, más inventados que reales (eso creía la familia de Costa) del hombre que falleció en Graus. De alguna manera, aquella incursión en el cementerio en búsqueda de Costa –en realidad, está muy cerca del complejo, mucho más cerca de lo que fuimos capaces de ver- era una forma de homenajear a Alfonso Zapater Gil, un apasionado de la jota, del toreo, de la historia, de casi todo, un periodista de casi todo y un buen narrador. Un testigo versátil de la existencia, del amor, de la historia y de sus quimeras.
[Ayer, Raúl Lahoz, ese heredero de Jardiel, Ramón Gómez de la Serna y de Miguel Ángel Brunet en la redacción de “Heraldo”, me dijo que su funeral había sido uno de los acontecimientos más sorprendentes y pintorescos a los que había asistido en mucho tiempo. Me dijo que Juan Antonio Gracia (¡enhorabuena!) había pronunciado un impecable discurso, preciso en su retrato y emotivo, y que habían asistido joteros, periodistas, gentes de la noche, toreros y maletillas, asociaciones, amigos, artistas. Francisco Franco, un viejo amigo, se empeñó en cantar “Sigo siendo el rey” en versión de Vicente Fernández, pero sólo lo hizo para tres o cuatro amigos. Alfonso, desde su nueva ágora de sombras, lo oyó.]  Regreso a Taormina, a la intimidad de sus curvadas calles, a su agitada respiración de amante sorprendida, y a esas acaloradas citas a ciegas en el Wünderbar, tras largos vasos de martini, con el sudor rubí en la cintura y el deseo trenzado sobre infiernos de seda.
Amo Sicilia, amo ese aroma a hierro candente que derramándose por el valle prende los rastrojos del camino, y aviva la lujuria del turista más gélido. Mi cabello irlandés se enciende hasta estallar en rizos febriles.
Cuando la montaña despierta, deja un rastro de lava enfurecida y sus venas abiertas nos muestran un paisaje rebelde, extraño, enigmático. Como una lengua en celo, la isla gime pasiones y delirios. Volcán de volcanes, piedra tallada en noches sin máscaras.
Amo esas horas tórridas en las que yo no soy yo, y mi ausencia es locura a borbotones..
Poema de Marta Navarro García *La fotografía es del siciliano Ferdinando Scianna, un fotógrafo excepcional y un gran amigo.  Gran día, otro más, de Luis Alegre. A las 19.30 presenta en la FNAC el libro “Paco Ortiz” (FOR Comunicación) del estupendo periodista Francisco Ortiz Remacha, hijo del anterior y responsable de varias emisiones deportivas en Aragón Radio. Ortiz Remacha efectúa un recorrido apasionado por la vida de un hombre que fue un auténtico héroe de la comunicación en Zaragoza, y le da la voz (le da la voz a quien fue “La Voz”, de quien ha heredado su impresionante voz de trueno), cita sus palabras, exhuma recuerdos. El texto se lee muy bien y retrata a un hombre que anhelaba comunicarse, que estuvo en todas partes y campeonatos, a un locutor que se afanaba en contar cosas, cantar goles, cantar extraordinarios goles como el gol del siglo de Nayim. De algún modo, este libro, menudo, de bolsillo, repleto de fotos y recuerdos de los viajes y los amigos del periodista y padre, tiene algo de homenaje al Real Zaragoza. O puede leerse como una vida en el deporte, una vida muy cerca del Real Zaragoza. Pero eso lo contarán Luis Alegre y Paco Ortiz Remacha mejor que nadie, a las 19.30 en la FNAC.
Y por la noche, a las 23.30, en Aragón Televisión, en su entrañable programa “El Reservado”, Luis Alegre entrevista a Carmen Posadas, autora de cuentos infantiles, ganadora del Premio Planeta, biógrafa de La Bella Otero y, ya de paso, una de las mujeres más bellas y con más glamour de las letras españolas. Antes de “El reservado”, Juan Martínez ofrecerá en “Avispas y tomates” un programa sobre los enfrentamientos entre Real Zaragoza y Real Madrid. El sábado, a las 21.00, los blanquillos necesitan ganar para ir a la UEFA. Y van hacerlo. Ante la forofa Carmen Collino y Jesús Gallego, entre otros madridistas acérrimos, Chucho Solana dirá que sueña con esa victoria. El pasado lunes, me decían los hermanos Clemente en Monzón, resultó muy emocionante el homenaje a ese gran tipo que es Xavi Aguado.
Bien se ve que hoy puede ser un gran día... El pasado sábado recibí un nuevo poemario de Carmen Arduña, “Acariciando el sur” (Huerga & Fierro), que se presenta esta tarde en Casa Emilio a las 19.30, también.
Es un libro de sensaciones, de homenajes íntimos a algunos amigos, de la búsqueda de un refugio en el Sur, en un Sur simbólico. Copio:
Ser los labios que den vida a tus seños, Ser el fruto semilla de tu vientre, Ser destino final para tus pasos Y el reposo en el Sur que nos conmueve.
Otro poema:
Derramas alegría en tu mirada Y tu boca se llena de sonrisas Frescas como la fruta que se anhela. Acunas en tus manos la caricia Para hacer del abrazo dulce encuentro. Por eso, Malen, te muestras a la vida Cercano oasis de júbilo y reposo.
(Este poema, dedicado a Malen, está fechado el 15.11.2006)
El libro será presentado por Elena Ausejo, José Manuel Alonso y el editor Antonio Huerga. Es la una de la mañana. Suena el espléndido y dinámico disco de David Angulo, que actúa este jueves en “Borradores”. Hay canciones espléndidas: me gustan mucho “Canción de cada día” y “Esperaré a que vengas, noche” (donde lo acompaña de Carmen París), y me sorprende una pieza tan breve, cortada de manera abrupta, como “Silencio”. David Angulo se ha divertido de lo lindo; su espíritu renacentista –actor de cine, teatro y televisión, diseñador, músico, creador de canciones- se evidencia en este trabajo. Tiene tantas cosas que suenan el rock de los 70 en varias piezas, pero también hay ecos de Jethro Tull en piezas como “En la cara oculta de mi corazón”. David Angulo enreda con intención.
*La foto pertenece a Luis Rabanaque. Se encuentra en su página web: www.davidangulo.com.  [Hace muchos días que no escribo un buen artículo en el blog. Tras muchos días sin navegar apenas, he entrado en el blog de Pepe Cerdá y me he encontrado con esta pieza espléndida. Qué personaje Mariano Naharro, cuántas vidas en una vida, qué facilidad la de Pepe para contar existencias ajenas cosidas a la suya. Seguramente todos habéis leído este cuento casi real. No importa. Me encanta que esté aquí también. En la red hay textos conmovedores, y éste es uno de ellos: rezuma leyenda, verdad, delirio y locura. Enhorabuena Pepe. Se me antoja que éste es uno de las mejores piezas que te he leído nunca, y ya es decir...]
Mariano NaharroEl primer cuadro que vendí y cobré me lo compró Mariano Naharro Mengual. Vender y cobrar son dos verbos muy bien diferenciados en el mundo del arte que suelen “conjugarse” en tiempos muy distintos y, al contrario que en otras transacciones comerciales, el uno no implica necesariamente al otro. Pero a lo que vamos.Mariano Naharro ha sido un tipo injustamente olvidado en la historia reciente de Zaragoza. Mariano Naharro era anticuario y galerista. En la sala de la planta baja de su galería de la Plaza San Pedro Nolasco expuso por primera vez, cuando quería ser artista, unos cuadros horribles, hechos con cajas de cerillas pintarrajeadas, Miguel Marcos, el patriarca actual de los galeristas aragoneses. Allí se hicieron multitud de exposiciones desde los primeros setenta hasta los primeros ochenta, recuerdo la de Antonio Cásedas, la de Duce, la de Antonio Fernández Molina y la de muchos otros. Yo pasé allí mi adolescencia, desde los catorce años acompañaba todas las tardes a mi amigo Jesús Casero que trabajaba como aprendiz y “chico de los recaos” en la galería. Aún a pesar de no estar contratado yo era, también, una especie de aprendiz adjunto. Nuestro trabajo consistía básicamente en llevar las piezas que compraban los clientes a sus domicilios, dónde nos solían dar suculentas propinas y algún Kas. Pero en lo que ocupábamos la mayor parte del tiempo era en rebuscar en los múltiples almacenes que Mariano tenía en los alrededores de su galería repletos de todo tipo de objetos maravillosos. Buscábamos alguna pieza que no se sabía muy bien dónde estaba, pero que debía de estar por algún sitio. Había miles de cuadros y dibujos, entre toda clase de cachivaches polvorientos. Me recuerdo fascinado descubriendo cuadros y dibujos originales de artistas que hasta entonces conocía sólo por reproducciones en las revistas. En la época que yo le frecuentaba estaba especializado en pintura aragonesa de final del siglo diecinueve: Barbasán, Unceta, Pradilla, Gotor y muchos otros, eran los autores de las decenas de cuadros que pasaron entonces por mis manos. Muchos de estos cuadros los limpié, o les hice pequeñas restauraciones como dios me dio a entender.Aproximadamente por aquella época, más o menos eran los años 1976 o 1977, fue cuando empezó su mala racha. Vendió algún cuadro falso, poco más tarde se separó de su mujer; Marisa, y comenzó su declive. Pero aún mantuvo el tipo unos años.
Yo me alquilé una especie de buhardilla en 1978, que podría considerase como mi primer estudio, en la calle de la Cadena, 20-22 y él me facilitó lo necesario para amueblarla. En aquél año recuerdo una subasta que organizó en el Hotel Corona de Zaragoza. Nosotros Jesús y yo, dos críos de 17 años, transportamos las obras de la galería al Corona de Aragón en una isocarro de alquiler. De las que se alquilaban en las murallas romanas. Recuerdo que nos hizo jurar en una Biblia y que nos quedamos toda la noche en el Corona como vigilantes jurados. Nosotros encantados y excitados, ya que nos quedábamos en el Hotel acompañados de sus dos secretarias Luci y Purí, poco más mayores que nosotros. Nos pasamos toda la noche en vela consumiendo de todo lo que nos ofrecía el servicio de habitaciones nocturno del hotel. Al día siguiente la subasta: Mariano con el mazo de adjudicar la dirigía; nosotros muertos de sueño y con resaca éramos los encargados de sacar los lotes para que los viera el público. Recuerdo que había, además de Barbasán y los habituales pintores del diecinueve de la galería por aquél entonces, dibujos y cerámicas de Picasso, que no eran demasiado caros entonces, un soberbio retrato de Sorolla, y muchísimos cuadros y objetos más.
La verdad es que Mariano no estaba muy bien de la cabeza, como ya habrán ido deduciendo, pero a mí me encantaba como me trataba, como un pintor y con todo respeto, y el mundo que me dejaba entrever entre bastidores desde tan pronta edad me ha sido de muchísima utilidad en el trato posterior con los centenares de galeristas que llevo trataos.En mi primera exposición individual, en 1982, me compró y pagó con gran prosapia delante de todo el mundo en el día de la inauguración el cuadro más grande.Poco después cerró la galería y su aspecto se fue deteriorando. Me lo fui encontrando de cuando en cuando y cada vez que me lo encontraba, me proponía exposiciones en Tokio o Nueva York, en galerías de las que él iba a ser socio. Después de invitarle a comer algo, me pedía dinero, porque el cheque en Yenes que tenía en la cartera no se lo pagaban hasta el lunes.Llegó a ser un indigente con traje y corbata raídos, y maletín lleno de papeles y fotos de cuadros, pero durmiendo en el albergue municipal. En esos años yo vivía en París y no supe nada de él.Sus últimos años los pasó en el manicomio de Huesca. Vicente Badenes, el pintor de Huesca, impartió un taller allí y fue el último que me dio noticias suyas. Hace un par de años me preguntó que si había conocido a un galerista de Zaragoza que se llamaba: Mariano Naharro. Le respondí que por supuesto que sí. Me dijo nadie hasta mí le había dado razón de ese loco que tan bien conocía la pintura, y los pintores. Vicente, suponía que deliraba cuando le contaba que había conocido a Picasso y a Dalí; y que había hecho exposiciones y que había tenido grandes cochazos; y todo lo que había sido su vida anterior.En un permiso del manicomio se fue a Madrid y se tiró a las vías del metro.Hoy he escrito su nombre en Google y sólo sale en el boletín oficial de la provincia porqué dejo unas multas sin pagar. Descanse en Paz.
*La "Juana la Loca" de Francisco Pradilla.  “Vivo el cine como una aventura” Carlos Saura tiene un fogoso espíritu adolescente. Es un inconformista constante con una habilidad especial para la creación. A su reputación como cineasta, se le suma en sus últimos años su condición de escritor -acaba de aparecer la novela “Elisa, vida mía”-, y la recuperación de su trayectoria de fotógrafo en antológicas o en libros como “El rastro” o “Flamenco”. El Festival de Cine de Huesca le rinde un gran homenaje en un proyecto coordinado y concebido por Chus Tudelilla y Paco Algaba. Hace unos días, cuando presentó la novela “Elisa, vida mía”, un periódico lo presentaba como un hombre hiperactivo. ¿Hiperactivo? Bueno, estoy activo, no puedo parar, se me acumulan los proyectos. Quería escribir esta novela, me perseguía. La idea de Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg era publicar todos mis guiones, pero les dije que antes me gustaría hacer la novela de “Elisa, vida mía”, que creo que es muy diferente al guión. El argumento es el mismo, pero hay aspectos más desarrollados. Como el personaje de Carmen Alvarado, la mujer asesinada, ex amante de Luis. Al lugar del crimen acude cada 22 de septiembre su asesino en moto... Sí, de eso se hablaba en la película, pero los personajes estaban sólo abocetados y aquí se cuentan más cosas. No se sabía muy bien si era real o una invención del protagonista, Luis, que encarnó Fernando Rey, y creo que es un personaje decisivo en la trama. Esa obsesión por el crimen, porque hay algunos crímenes y suicidios más, ¿nace de su última película, “El séptimo día”, basada en la matanza de Puerto Hurraco? En absoluto. ¿Ni siquiera de su vieja pasión por las novelas policíacas? Tampoco. Más bien está relacionado con mi próxima novela, “Ausencias”, donde cuento la historia de un coleccionista de cámaras fotográficas, que en eso se parece a mí. La fotografía quizá sea el mundo que mejor conozco. Y también está vinculado a una serie de cuentos que estoy escribiendo sobre fotografías y fotógrafos. La foto tiene esa cosa misteriosa que me intriga: tiene la virtud de convertir el presente en pasado de inmediato. Eso mismo lo dice en el libro. Hasta que no aparece la fotografía no teníamos una imagen del pasado, de los hijos, de la familia, de las cosas. La fotografía ha significado una verdadera revolución de la vida. Ha eliminado una serie de posibilidades imaginativas de nuestro pasado porque, de alguna manera, lo fija. ¿Es cierto que “Elisa, vida mía” parte de una fotografía que le regaló su entonces suegra Oona O’Neill? ¿De dónde ha sacado eso? Ahora recuerdo, sí, que, en la casa de Charles Chaplin, la madre de Geraldine tenía un álbum de su madre, la mujer del dramaturgo Eugene O’Neill. Era una cosa un poco esquizofrénica. Ella había recortado las fotos y las había colocado sobre un fondo negro, y tenían comentarios en letra blanca. La madre de Geraldine aparecía siempre desenfocada, como si se hubiera movido. Me pareció atractivo e inquietante. Los álbumes familiares me fascinan. Es una recurrencia de casi todo su cine. He tenido la sensación de que en el libro están condensadas muchas de sus obsesiones. Por ejemplo, su forma de entender la vida y el cine como un ejercicio de representación a la manera calderoniana. En la novela, se representa “El gran teatro del mundo”. Me ha fascinado mucho esa obra, es una cosa maravillosa ver cómo los personajes se rebelan contra el autor, algo que luego harían Luigi Pirandello o Bertolt Brecht, es como si pidieran su propia autonomía, aunque luego lo importante es cómo se hace el papel. Sé que esta es una moral muy discutible. Cada uno debe hacer bien el papel que le toque, aunque sea el de miserable. También decía Agustín Sánchez Vidal, me parece, que “Elisa, vida mía” nació del encuentro con la Égloga I de Garcilaso, y de una grave enfermedad de su padre... A veces se escriben cosas rarísimas sobre mí, y yo las encuentro estupendas. Es cierto que existió una dolencia de mi padre, luego superada. En todo lo que hago hay mucho de autobiográfico, cosas que transformo a mi antojo, que fantaseo sobre ellas. Y eso ocurre en “El séptimo día”, en “Buñuel...”, en “Dulces horas”, en todas partes. Fantaseo sobre conversaciones, recuerdos y sueños. Lo que parece muy evidente es que cada vez se siente más cómodo en la escritura. Desde luego. Lo que he pretendido en este libro es la reiteración de las cosas. Cuento un mismo episodio de formas distintas cada vez. Mis personajes son obsesivos como yo, y aquí nunca se sabe con certeza lo que es verdad o lo que es mentira. No sabes bien si Elisa cuenta una historia o la imagina, y esa atmósfera, esa mezcla de estados de ánimo y de hechos, me resultaba muy atractiva. Usted señala que hay que ponerle un límite a la imaginación. Es cierto, porque si no te pierdes. Y eso vuelve a ocurrirme en “Ausencias”, donde dedico un capítulo exclusivamente a hablar de cámaras fotográficas, que es un hobby para mí, una pasión. A mí me gustan las máquinas mecánicas o analógicas, tengo alrededor de 600 o más, pero ahora para trabajar me inclino por las digitales porque me gustan mucho las impresoras, el retocado, el trabajo en photoshop, la rapidez. Soy un experto en photoshop. Aún está reciente su deslumbrante libro de fotografía, “Flamenco” (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2004). Me he quedado sorprendido yo mismo. Eran fotos ocasionales que había ido haciendo en mis películas, así, un poco tal como venían. Y ahora al verlas reunidas en un libro tan lujoso me ha resultado verdaderamente placentero. Ha sido un regalo. Sigamos con las obsesiones de su novela, de su cine y de su vida. Por ejemplo, hablemos de la música. En “Elisa, vida mía”, suenan Erik Satie, Rameau... Soy un completo amateur, pero me gusta mucho la música francesa. Bueno, más a Elisa que a mí, que soy un enamorado de la espléndida música alemana. ¿Un amateur, señor Saura? ¿Quién le va a creer tras haber leído su prólogo a “Flamenco” o haber visto “Carmen”, “Sevillanas”, “Tango” o “El amor brujo”? Sí, un amateur, aunque tengo muy buen oído. Ha dicho en algún lugar que su padre cantaba a Carlos Gardel y a Imperio Argentina. ¿A quién canta Carlos Saura? No canto nada, pero me hubiera gustado tener una voz maravillosa, o sencillamente buena, para entonar canciones. Escucho todo tipo de música, clásica en especial, pero también música actual. Soy un poco extraño en mis gustos. Me gusta un poco de todo: la música popular de los distintos países, Bruce Springsteen, Tom Waits, aunque no todo. Me ocurre algo curioso: cuando escucho una sinfonía tengo poca paciencia, es como si quisiera ir directamente a lo que me va a gustar. Eso me ha pasado con un cuarteto para violoncello de Brahms, que he utilizado en una de mis películas favoritas: “El sur”, basada en el cuento de Borges. Insisto un poco más con la fotografía porque en los últimos años hemos visto muchos proyectos suyos de esta disciplina: el ya citado libro “Flamenco”, pero antes vimos más de 150 obras de fotoperiodismo en Barcelona, en la línea de Eugéne Smith o Ramón Massats, o sus fotos para el volumen “El rastro” de Ramón Gómez de la Serna. Siempre he fotografiado por puro placer. Al principio, más que seguir a nadie, era un reportero que quería hacer un libro sobre la España de los 50 / 60, una España tremenda, apasionante, hermosa, y ahí sí había coincidencia con algunas cosas de Ramón Massats, pero aquello se quedó en agua de borrajas. Y ahora sigo haciendo fotos de familia, de los paisajes de donde vivo, retrato mi entorno, la mudanza de las estaciones, hago cientos de fotos que sólo me sirven a mí y que, en algunos casos, como ocurrió en “El séptimo día” (que sirvieron también para la localización del pueblo donde se rodó), puedo utilizar en mis películas. En todo caso, hago con las fotos un carné de notas y de recuerdos. Es como un diario íntimo. Esa película levantó una gran polémica y usted recibió algunos insultos. ¿Qué ocurrió luego, en su estreno en Mérida? Es cierto, hicimos una proyección en Mérida para despejar algunas incógnitas y que se viese que obramos de buena fe. No había razón para el malestar. Vino gente de Puerto Hurraco y pueblos próximos, y la acogida fue magnífica. No vino el presidente Ibarra pero sí otras fuerzas locales, y luego no quisimos abusar de lo ocurrido. Dejamos que la película siguiese su camino. Tuvo un gran eco en Canadá, en Toulouse, donde acaban de hacerme un homenaje, y en Londres, de donde acabo de volver. Estoy muy contento. Ha sido muy agradable y gratificante. ¿Sigue siendo su lema aquello de “Hay que arriesgarse”? Lo sigo diciendo. El cine es una aventura, y así lo vivo. Y la literatura, y la fotografía, y la pintura. A mí me gusta siempre ir más allá. Improviso mucho en los rodajes, cambio cosas, no tengo ningún respeto a los guiones, no respeto ni mis guiones, y ahí tiene un ejemplo: se han publicado algunos y les he añadido algunas cosas. No respeto el guión original, lo haya hecho otro o yo. ¿Ni siquiera respeta a Rafael Azcona? Tampoco. Ni los de Ray Loriga, que escribió para “El séptimo día” unos diálogos frescos y peligrosos, me gustaban mucho, por ejemplo, los de las niñas. Entiéndame, trato de respetar al máximo los guiones, pero es un material de trabajo susceptible de cambios. Yo no conocía a Ray Loriga, ni había visto su película ni había leído sus libros. Un día me llamó el productor Andrés Vicente Gómez y me dijo que Ray Loriga había escrito un guión sobre Puerto Hurraco y que había dicho que debía rodarlo yo. Lo leí y vi que era estupendo. Me daba envidia que no lo hubiera escrito yo, ésa es la verdad. Luego, ha sido un rodaje comodísimo entre espléndidos actores. ¿Sigue pensando que se lo debe todo a los franceses y a los alemanes? Sí, les debo muchísimas cosas. A Cannes, a Toulouse, a Berlín. España es un país muy raro. Pero la consideración que se tiene de mí también ha oscilado, va por oleadas. Ahora parece que estoy mejor visto. Los jóvenes, tal vez piensen con razón: “Y este pesado, ¿por qué no se va ya?”. Pero también veo un respeto que no veía antes, aunque nada tiene que ver con lo que ocurre en Canadá o en Toulouse: ahí la gente se levanta, te aplaude y realmente te quedas conmovido. Tampoco es necesario ese derroche en España, ni lo pido ni me inquieta que no se produzca. A veces pienso que para entender mi obra había que reorganizarla de nuevo olvidándose de las fechas. Así todo encajaría mejor y se vería que hay una gran coherencia. Al principio, me acusaban de monótono o repetitivo, y ahora de dispersión. Creo que todo puede deberse a la inconsciencia o a una curiosidad infinita. Hago lo que me gusta, y aún tengo películas, novelas o libros de fotos en la recámara. ¿Y qué fue de aquel viejo sueño de Felipe II? ¿Cómo que sueño? Tengo el guión escrito y es uno de esos personajes que me atraen muchísimo. Sería como otro ensayo personal, como Buñuel, San Juan de la Cruz o Goya. Casi me resulta vergonzoso que no exista una película sobre él, un personaje tan fascinante como odiado, centro del huracán, y tal vez pionero de la unión de Europa. ¿Veremos alguna vez en cine su guión “¡Esa luz!”, que presenta semejanzas con la vida de Amparo Barayón y Ramón Sender? Lo veo difícil, y además como ya está publicado en forma de novela me parece más complicado. Se han vendido 18.000 ejemplares del libro. TVE estaba interesada en hacer dos películas, y por ahí anda el proyecto. Ha sido curiosa la cantidad de coincidencias que ha habido entre mis personajes y la historia de amor y muerte de Amparo Barayón y Ramón José Sender, que fue novio de mi madre, Fermina Atarés, por algún tiempo, durante la juventud de ambos en Huesca. CARLOS SAURA tiene algo de ciclón inadvertido: casi 40 películas, varias novelas en su haber, miles de fotos con las que enreda: las pinta, las llena de rayas y de sugerencias. Exhibe una madurez juvenil que se alimenta de curiosidad. Investiga y no se acomoda: salta de un abismo a otro en un ejercicio de valentía constante. En eso se parece a su hermano Antonio Saura, con el cual se inauguró una nueva sala de exposiciones en la Universidad de Zaragoza. “¡No sabe cuánto lo echo ahora de menos! Creo que cada vez se le da más importancia a su obra, que posee una gran fuerza. Admiraba en él que fuese capaz de hacer tantas cosas diferentes: pintaba, ilustraba, era un obseso del dibujo, y escribía muy bien. En los últimos años nos llevábamos mejor que nunca: trabajábamos juntos y nos divertíamos”.
*Hace algunos meses entrevisté a Carlos Saura. Recupero la entrevista y la cuelgo aquí.  LA BAILARINA
De la orilla al caudal, De la vigilia al sueño Pasa mi voz callada Por el puente del cuerpo.
De la sala al jardín, Del mundo al pensamiento Pasa mi voz sin letras Por la puerta del cuerpo.
De otra sombra a esta luz, De este día al recuerdo Pasa muda mi voz Por el túnel del cuerpo.
De la piel a la piedra, De la sangre al veneno, Por el cuerpo sin nombre Mi voz pasa en silencio. *Esta tarde, en la librería Cálamo, se presenta el premio Hiperión de poesía, que han compartido “Cara máscara” de Álvaro Tato, del cual reproducimos este bello y sutil poema, y “El jardín olvidado” de Luis Bagué. El primero vincula su poesía al teatro; el segundo a su vida universitaria. Ambos han nacido en 1978. Son dos poéticas muy diferentes, pero muy sugestivas.
*La foto es de Alex Gorset.  Borradores recibe hoy al cantante, actor y diseñador David Angulo, que interpreta dos temas de su nuevo disco: “Habitación 404”: “1 canción cada día” y “12 rosas”. Además, acuden al plató las escritoras Magdalena Lasala, que acaba de publicar “Zaida la pasión del rey” (Fundación José Manuel Lara) y un nuevo poemario amoroso, y Angélica Morales, autora de “Piel de lagarta”, una colección de relatos sobre el universo de los zapatos. Ambas comparten muchas cosas en común: les apasiona la novela histórica, Ángela escribió una biografía novelada de Benedicto XIII, y tienen una visión lírica y apasionada de la vida.
Se ofrece un extenso reportaje sobre la muestra “77 million paintings” de Brian Eno, donde el músico y artista habla parsimoniosamente como si fuera un actor. Se visita la exposición retrospectiva de Daniel Sahún en el palacio de Sástago, la muestra del cartelista, publicista y diseñador Juan Tudela en el palacio de Montemuzo, y la muestra de montajes fotográficos de Patricia Albajar y Antonio Altarriba, que se exhibe en la Casa de los Morlanes con el título de “El elefante rubio”. Los libreros de Los Portadores de Sueños recomiendan varios libros recientes.
*Esta foto es de una artista rusa Belkina. Me ha gustado mucho y la pongo aquí. Bien podría ser una imagen de Brian Eno o de Albajar/Altarriba. Borradores se emite esta noche a las 23.30 horas.  LA PALABRA COMO MAR DE AMOR
Enrique Villagrasa nació en Burbáguena, Teruel, una villa de aroma medieval y estirpe mudéjar que se asoma al río Jiloca. Un río que corre con un vértigo de centellas y de frondas. A Enrique Villagrasa le gusta recordar una y otra vez que es de allí, que bajo el celaje preñado de estrellas, al pie de las suaves colinas de plomo, descubrió el poder de los sueños: la energía indomable de las viñas, los secretos del cementerio, el aroma de las cosas del campo. Y también la persuasión de las voces familiares (“soy hijo y nieto de labradores y albañiles”, dice a la menor ocasión), el vuelo exacto de los pájaros en la tarde infinita, el regreso de los hombres de la siega y las tertulias. Incluso, antes de que sintiese la llamada de la palabra, percibió otra imagen: la de un ser alado y grandioso que sobrevolaba el mundo en una llama de luz.
Enrique Villagrasa fue un niño místico, iluminado por la fe y por el candor absoluto de la pureza. Él quería ser ángel, misionero, profeta de ese sentir inefable. Luego, la vida le reveló la amplitud del mar y sus ecos, y conoció otras formas del poema: leyó a Rosalía de Castro, transido de amor, de desgarro y de sombra; percibió el aroma insuperable de la piel complementaria, se abandonó a una nueva y rotunda ansia de belleza. Desde entonces, han pasado estaciones completas con su agenda de verdad, y han pasado varios poemarios, más, más de una docena. Si hubiese que resumirlos, y es casi una irresponsabilidad, cabría decir que Villagrasa ha escrito en ellos del amor y de la poesía, con una lírica escueta que sugiere y evoca, que pinta atmósferas y ráfagas de paisaje interior, adelgazándose como un junco mecido por la brisa de un anochecer en la playa. En realidad, Enrique Villagrasa ha escrito de todo: de sí mismo y de los otros, de lo que ve y de lo que siente, de lo que sueña, de lo que intuye, de lo que debió haber sido y se esfumó como una melodía que surca el aire. De la carne y del beso.
Publica ahora Línea de luz, un título que es casi una poética. Villagrasa aspira a la claridad y lo hace con la retórica escrupulosa de lo exangüe, de lo medido, de la finísima precisión de los vocablos. Se identifica con José Ángel Valente, con Antonio Gamoneda, con José Hierro, con Giuseppe Ungaretti, con Claudio Rodríguez, un pariente lejano e imprescindible de la mística pagana. En Línea de luz están esa apetencia de concentración y esbeltez de la melodía, ese chorro estricto de lenguaje que a veces suelta algunas gotas, algún espasmo, una herida de arroyos y de espuma sobre el paisaje. El tema del libro es, en el fondo, “la palabra que da la vida”: la poesía fecundada de realidad interior y exterior, las quimeras del poeta, la convicción de que “Todo reside en la palabra”. Para Enrique Villagrasa la realidad está ahí con sus accidentes y sus simas, pero sólo se transparenta y se alza de nuevo, en sus mejores gestos, cuando es escrita y reinventada, cuando habita los versos y se hace poema. Canción. Himno de la noche. Confidencia. Caricia. Es en ese instante cuando notamos que el libro tiene escenarios, olores, personajes o sombras, y acaso un ámbito apacible de alucinación y fuga. Podríamos imaginarnos así el cuento del poeta: el hombre que escribe, ebrio de poesía, está en la orilla del mar, amando ciegamente a un cuerpo cómplice, y percibe que el océano, en su incesante batallar, es el amante que se renueva de deseo, de ternura, de furia. El mar es como la metamorfosis de un alter ego poderoso que también persigue y encuentra el orgasmo. “Dintel. // Llega a ti. Penetra //raíz oscura. Esencia.// Enjundia brutal. Trueno.// Luz de llama // fulgor de rayo. // Orgasmo.” ¿Acaso no suscribiría el mar este latigazo de la sangre? ¿No es el poeta quien así ve el mar, su apetito de fauno y su entrega, y su brutal acometida de felicidad? A veces, parece haber una leve indefinición: ¿quién canta al amor y sus espasmos, el poeta o el mar?
El hombre que ama se encierra en sí mismo, lejos de las cervezas y de las gaviotas, y medita sobre su oficio. Se pregunta. Juega. Define el oficio de vivir en la poesía. Se mira en el exuberante cuerpo de la pasión que empuja a crear, a generar otras palabras contra el vacío y a favor del éxtasis. Repasa la piel, los ojos, los sudorosos senos donde se ha vencido. En ese lapso de soledad, al margen de la luna y las fogatas, recuerda y viaja a Burbáguena, donde oye pasos, percibe sonidos familiares, pasea con el sigilo del último buscador de setas. Al final, el hombre que ama decide jugar también al juego de hacer sonetos. Endecasílabos perfectos, dice con alguna ironía. Se coloca ante el espejo sin fondo de la tradición y la manosea y la tienta. Tal vez no sea la mejor parte del libro, quién sabe, pero sí es un homenaje al oficio, a la disciplina magistral del prodigio sonoro, a unos cuantos maestros memorables, como José Hierro, sonetista metafísico desde Nueva York.
Línea de luz, por tanto, es Enrique Villagrasa en estado puro: un paso más hacia su forma de ver el mundo. Un camino de madurez y de obsesiones renovadas. La poesía es una forma de vida. La vida es el núcleo y el aliento de la poesía, ese territorio donde las formas y las sombras alcanzan la plenitud solar de la luz, el misterio lunar del asombro mientras se estremece el mar.
*La fotografía es de un artista francés espléndido: Pascal Renoux.Ese texto es un prólogo para su libro Línea de luz, que publicará Olifante, Ediciones de Poesía.
 MURALLAS EN LA NOCHE Ven a buscarme al filo de la noche.
Brindemos Por la bruma de un cuento de fantasmas Y el silencio nocturno de las calles, Por el río de luna que apenas desemboca En el cauce amarillo de los sueños, Por tanta soledad que nos rodea Como el cerco de tinta de un retrato.
Robemos el misterio Que tan celosamente guardan las murallas.
Sólo un viento lejano, una flecha que apunta Al corazón del miedo.
Ven a buscarme al filo de la noche. Aunque ya nada pueda prometerte Sino el extraño don de una caricia. Del poemario “Un jardín olvidado” (Hiperión. XXII Premio de Poesía Hiperión) de Luis Bagué Ortiz (Palafrugell, Gerona, 1978). Esta tarde ese ser angelical que es Ana Catalá Roca ( y acaso la no menos angelical Carlota Muñoz) lo entrevistará para Borradores, a él y a Álvaro Tato. La fotografía es de una espléndida serie de Pascal Renoux.  Pascal Renoux también sabe mirar la opulencia.  Rafael Andolz (1926-1998) formaba parte del paisaje de Huesca. De Huesca y su provincia. Era, como ese rebelde con Dios que fue Antonio Durán Gudiol, como el secreto y siempre otoñal Federico Balaguer, como el ciclón desmelenado Ricardo del Arco o el inolvidable reportero doméstico Ricardo Compairé, un enamorado de la ciudad y del Altoaragón en general. Escribió de todo, con sabiduría y erudición, con transparencia y una voluntad segura de indagación. Desveló los secretos de la lengua en su “Diccionario aragonés”, pero además estudió los bandoleros, contrabandistas, personajes más o menos pintorescos, los ciclos vitales, los secretos de la tribu. Poseía gran capacidad de análisis, tenía alma de taxidermista de las emociones, y era observador. Observador de detalles, de sentimientos, de los pequeños gestos cotidianos: cómo se mueve un mendigo, de qué habla un peluquero o el limpiabotas, cuál es el afán del estañador que resucita un cuenco desportillado. Todo le interesa. Todo le interesaba. Miraba, oía, sabía escuchar, captaba al vuelo el dolor del hombre, las penas del paria, del que se sentía protector, cómplice y en cierto modo hermano. |