Antón Castro |
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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Fotógrafos. [Cecilia de Val (Zaragoza) expone sus autorretratos, en forma de cuento de hadas con fantasía y terror, en la Casa de la Mujer y acaba de ganar el Premio Isabel de Portugal. Además, ha grabado un disco con su grupo de folk country. A la vez, la muestra de las obras premiadas y seleccionadas en el concurso Isabel de Portugal se exponen en las salas del IV Espacio, en la Diputación de Zaragoza.] “Mis fotos tienen el contraste de la vida” -¿Cómo llegó a la fotografía? -A mí siempre me han interesado mucho la literatura, la música y el cine, y sin embargo estudié Económicas. ¡Qué mala decisión tomé ese día! Lo que me hubiera gustado estudiar era Arquitectura, pero aquí no había y yo no quería irme de Zaragoza de ninguna manera. Siempre buscaba desarrollar una faceta más artística, y un día me encontré con la fotografía. Me encantó. Trabajé un tiempo en un estudio donde se hacía reportaje social. Tomé la cámara analógica de mi padre, una Pentax, y empecé a disparar. -¿Ya era, desde esos inicios, la protagonista de sus fotos? -Sí. Siempre quise ser la materia fundamental de mis fotos. Empecé a hacer autorretratos, con pequeños montajes y manipulaciones técnicas. -¿Cuál es la razón de que sea usted el centro de sus obras? Creo que tiene mucho que ver con el tema de la identidad. Toda mi obra está muy influenciada por la literatura. Me interesan mucho, desde siempre, los cuentos y los ámbitos inquietantes de Edgar Allan Poe, de Borges y de Kafka. Ellos crean atmósferas que siempre me han atraído. -Sus fotos exigen bastante preparación, tienen carga cinematográfica… -Son, antes de nada, fotos muy pensadas, fotos que nacen en mi cabeza: tomo notas previas, hago dibujos e incluso maquetas. Elijo un escenario, busco localizaciones, una naturaleza determinada y luego voy allí con mis ropas, llevo siempre más vestuario del que voy a usar. A veces cuento con un ayudante, mi compañero el pintor y artista Yann Leto, o yo sola. Me gusta salir a hacer fotos con otros compañeros, aunque cuando ven cómo actuó, la puesta en escena, alucinan un poco; suelo aprovechar para hacerles fotos a ellos. Compongo, y uso temporizador y mando a distancia. Luego, en casa, casi obsesivamente, completo el trabajo con el photoshop. -En sus fotos casi siempre hay implícita una historia, ¿no? -Supongo que hay una mezcla de narración, creación de atmósferas y de búsqueda de mí misma. Mis fotos quieren ser un poco de todo, tienen algo de simbólico. -Por cierto, evocan los cuentos de hadas pero también aparecen la fatalidad, el terror e incluso el dolor… -Siempre me han gustado los cuentos de hadas, las narraciones infantiles, lo onírico, pero la fatalidad, la muerte, la sangre, el dolor y el miedo están en la vida en general. E incluso en los cuentos maravillosos. Me gusta utilizar la fantasía y también ese estilo oscuro, perturbador, esa especie de crudeza. Mis fotos tienen el contraste de la vida. No busco el dolor, pero me sale. -Acaba de ganar el premio Isabel de Portugal de Fotografía. ¿Cómo le ha sentado? Estupendamente. Ha sido toda una sorpresa, y lo vivo como un reconocimiento importante, como un impulso. -El galardón coincide con su exposición “Nunca te prometí un jardín de rosas” en la Casa de la Mujer. -Le estoy muy agradecida a Maite Solanilla, responsable de la sala. Le mandé mi dossier de fotos y me ha concedido ese espacio para estos meses de verano coincidiendo con la Expo. Ha sido un gran apoyo, y luego ha venido el premio. Me están ocurriendo cosas muy bonitas. -¿Por ejemplo? -Julio Álvarez me ha invitado a hacer una exposición en la galería Spectrum, han contactado conmigo desde Madrid de la galería que lleva a la fotógrafa holandesa Ellen Kooi, que me gusta mucho, la descubrí hace un año en Internet, igual que me interesa la obra de Gregory Crewdson y Jeff Wall, entre otros. Eso sí, por ahora no hay nada más. Mario de Ayguavives, que ha dado un avance a la fotografía digital entre nosotros, me ha seleccionado para la colectiva “El elixir de la vida” que se hará en diciembre en Caja Madrid, junto a Peyrotau & Sediles, María Ángeles Cuartero y Cristina Silván. Hay otra faceta muy interesante en usted: la de cantante de un grupo folk country. -El grupo se llama Gery Geld and the Dead Monegros. Hacemos música en inglés, y mi compañero Yann Leto hace las canciones, toca la guitarra y canta, escribe letras basadas en hechos reales o inventados, pero siempre con un toque de humor. El disco ya está grabado y saldrá hacia finales de año. -¿Qué se siente más, cantante o fotógrafa? Fotógrafa, sin duda. Soy mejor fotógrafa que cantante. Canto por diversión, lo hago, intento mejorar y ya está. Pero la foto me la tomo más en serio: soy yo misma en las imágenes, en la intención y en la búsqueda. Ahora trabajo en dos nuevos proyectos: en uno incorporo animales en las fotos y en el otro empleo el dolor, cuerdas que aprisionan, un poco en la línea de Araki. En Wikipedia se cuenta así la historia de esta foto de 1982, una de las más famosas de Jeff Wall, que explica su forma de trabajo, la meticulosa planificación: “Resulta ser una transparencia de color de 198 cm por 229 cm. En ella, vemos a tres personas, una pareja y un hombre, caminando hacia la cámara sobre un lado de la acera. La calle pertenece a un suburbio en una ciudad norteamericana, un área residencial mezclada con pequeñas industrias. La pareja, a la derecha en la imagen, es blanca, y el hombre de la izquierda es de origen asiático. La mujer lleva unos pantalones cortos rojos y un top blanco mostrando su ombligo. Su novio lleva un chaleco, con una barba poblada y pelo despeinado; dan la impresión de ser de clase trabajadora. El hombre asiático está vestido elegantemente, con una camisa gris; da la impresión de ser de clase media. El novio hace un gesto racista al girar su cara hacia fuera para mirar de reojo al hombre asiático. La imagen ha sido tomada en el momento justo en que se produce el gesto y revela la tensión social. Sin embargo, esta escena ha sido construida meticulosamente al igual que si fuera una imagen cinematográfica” [La peluquera y maquilladora Carmen Arbués Miró y el fotógrafo François Poirier, asentados en Murillo de Gállego, firman un deslumbrante libro sobre la mujer embarazada: “De un mundo a otro”. Inauguran la muestra del libro en la sala Joaquín Roncal de la CAI, sita en la calle San Braulio. Recupero este texto sobre su obra.] Desde hace varios días, me atraía poderosamente la atención un libro de gran formato. Una mujer desnuda y embarazada, con el cabello plateado y metálico, extiende su mano derecha mientras luce su perfil orondo sobre un fondo de papel de aluminio pintado. Ése es el motivo de portada. Veía el libro una y otra vez en la mesa de novedades, casi como una tentación. Miraba los cuerpos desnudos, miraba las esculturas pintadas, las mujeres-lienzo, las mujeres de arena, las mujeres-flor, y siempre me quedaba un tanto perplejo. ¿Qué era aquello, en realidad: la memoria de Venus, madre y tierra? ¿Un libro sobre el embarazo, un tratado sobre la exultante y nada convencional belleza de la gestación? ¿El relato visual de un cuerpo que cambia y que se hincha con el milagro de la vida en su interior? ¿Un manual en imágenes, próximas al arte contemporáneo, sobre la mujer que desarrolla, con gozosa opulencia, una nueva forma de energía o la semilla del mundo? Carmen es maquilladora, figurinista, peluquera, y es una creadora de atmósferas, de guaridas para el sueño y de espacios abiertos, que ha trabajado mucho en el cine y que sigue haciéndolo, sobre todo, en Francia. François es director de fotografía de películas y es fotógrafo de arte con sobrados recursos, enorme paciencia y con una sensibilidad especial. El lector-espectador se sumerge en las páginas para verlo todo: esa belleza sangrante, y tal vez telúrica, que se cuartea como un fruto al final de su sazón cuando está a punto de sobrevenir el definitivo vómito de vida, la humana certeza de un pálpito. Aquí hay muchas cosas, muchas mujeres que son actrices o máscaras de una gran función teatral que es la pura ostentación del embarazo. Hay mujeres árbol, esculturas en proceso, amazonas indómitas, mujeres que aparecen recortadas sobre un fondo que evoca a Dalí o Tanguy, mujeres que han sido soñadas por Rousseau el Aduanero, mujeres que parecen estudios de pintor o bocetos de escultor, mujeres con mantillas que remedan a preñadas manolas de la España cañí. Hay mujeres que se asoman a las azoteas de la gran ciudad, mujeres que acarician la viola con una gran nota musical inscrita entre los senos y su protuberancia dichosa. Mujeres que han sido captadas en París o en Venecia, en pleno carnaval, y a orillas del río Gallego. Este libro tan solar lleva un escueto prólogo, una “Carta desde el interior” de Pierre Jouannet, que se cierra con un hermoso grito: “¡Bienvenido a la vida!”. Encuentro otras muchas fotos de Marino Parisotto, pero me ha gustado mucho esta de Kate Moss, una modelo a la que quieren mucho los fotógrafos. Cuando envejezca, su álbum de fotos será todo un catálogo de grandes fotógrafos y grandes artistas como Lucian Freud. José Antonio Melendo se ha marchado de fiestas a Huesca, a las noches de San Lorenzo. No sé si ha visto sus lágrimas: esas impetuosas Perseidas que cruzan el cielo y dejan un temblor de oro a su paso, el rastro de un choque de astros que se expanden. José Antonio se ha hecho imprescindible en todos los rincones: es el ojo al acecho, el ojo asombrado que mira con la impaciencia de un niño. Muchos ya se han dado cuenta, y empiezan a hacerle encargos. Después de estar en Huesca (he pensado en San Lorenzo y he pensado en Escriche, que siempre me decía: “Tenemos una cita gastronómica en Huesca, no lo olvides”), me ha mandado algunas fotos. Elijo ésta porque es luminosa, casi dionisiaca, alude a la felicidad y al brillo incesante de la verbena. Gracias, José Antonio. Desde hace algún tiempo, una de mis blogs favoritos es el de Sergio B. Gomes, http://artephotographica.blogspot.com/, donde reúne la pasión por la fotografía del mundo y el amor infinito hacia todo lo portugués. Sergio B. Gomes es divulgador y estudioso, y un gran viajero en torno a la foto, y su página es un torbellino de maravillas y de sorpresas. Una de las últimas, a propósito de las Olimpiadas, es una pequeña serie de fotos artísticas de deportistas, como ésta de la ciclista Rebbeca Romero, realizada por Nadav Kander, un fotógrafo nacido el Tel Aviv en 1971 y residente en Londres; combina los impecables trabajos comerciales, para grandes marcas como Adidas, con una faceta personal muy interesante y variada. Sylvia Plachy nació en Budapest, Hungría, en 1943. Su madre, judía, sufrió la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Ha publicado sus retratos y trabajos en medios como ""The New York Times Magazine", "Vogue", "Art Forum", "Fortune". Sus obras han sido expuestas en galerías y museos de Minneapolis, Chicago, Nueva York, Berlín, París, Budapest y Tokio. Sylvia Plachy ha expuesto en PHotoespaña y, además, es la madre del actor Adrien Brody, protagonista de El pianista de Roman Polanski, actor que también ha encarnado a Manolete en une película que aún no se ha estrenado. *Me voy a Ejulve un par de días. Que paséis un muy buen fin de semana. Aquí os dejo esta bonita foto de Nueva York de 2005 de esta espléndida fotógrafa. Martín Mormeneo oyó en el kiosco de Oliverio Melús que se había muerto alguien a las cinco de la mañana. Es la noticia ingrata del día. Una conmoción invisible se instala en la panadería, en el estanco, en las tabernas o en el parque donde los ancianos bisbisean. Uno, que todavía monta en bicicleta y recorre sus campos, dice: “Un día nos tocará a nosotros como a cualquier carnuz. Mientras, fumemos”. Y fuman con parsimonia, sobre el banco de hormigón, como lagartos que apuran el último sol del verano. Es una mañana tibia y monótona en este barrio de las afueras, sacudido una y otra vez por el ruido de los aviones. Martín Mormeneo ya ha comprado los periódicos y el pan, y enfila hacia casa. Se encuentra con otro anciano de ojos azules, con el que charla a menudo cuando pasea a su perra Eloísa, y le pregunta quién se ha muerto. “El antiguo practicante. Era de aquí y valía más que todos esos médicos de ahora”. Mormeneo quiere saber algo más de él. “No le importaba levantarse a cualquier hora, lloviese a cántaros, corriese el cierzo o nevase –agrega el anciano-. Lo mismo te pinchaba, que te curaba o te recomendaba una pastilla. Aquí todos lo conocíamos. Qué hombre: seco, alto y muy hablador. Seguro que lo ha visto. En la iglesia ya han escrito su nombre: Segundo Cayuela, quinto mío del 44. Al terminar su trabajo, pedía un vaso de vino. O dos. Era su único defecto”. Martín Mormeneo sigue andando y piensa que aquello no era un defecto, sino una forma de relación con la alegría. Coge una de sus cámaras, una Canon convencional, y regresa a la plaza. Enfoca la portalada de la iglesia, comprueba a través del visor que se leen las letras del nombre del difunto, Segundo Cayuela Miravete, y dispara. En ésas, sale el sacerdote de la taberna Casa Indalecio y lo observa un instante. “Esa foto no le servirá de nada –le dice-. Es falsa. El muerto es otro: su hermano gemelo, Abelardo, que se dedicaba a la cría de caballos en Torremedina. Acaba de llamarme Segundo y me lo ha dicho: ‘No me mate antes de tiempo, señor cura, aunque es bonito saber que la gente me aprecia’. Jamás me había pasado algo así”. El sacerdote, José Aniés, sólo lleva dos meses en la parroquia. El anciano de los ojos azules tampoco le había dicho a Martín Mormeneo que Segundo Cayuela es un formidable bromista, capaz de inventarse su propia muerte. O de inventarse un hermano gemelo. [Ayer fallecía uno de esos fotógrafos a los que yo, sin conocerlo, le tenía un inmenso afecto: Francisco Ontañón. Lo vi en revistas, en reportajes, en páginas de El país, en su monografía de La Fábrica, en sus libros de Lunwerg. Y por esas cosas raras del azar –sabiendo que se había iniciado en Barcelona con grandes reporteros como Masats, Maserachs, Maspons, Colom, Terré…-, hace algunos años Vicente Sánchez publicó dos libros: uno sobre Tarazona y alrededores y otro sobre Huesca y alrededores. Ambos estaban fotografiados por Francisco Ontañón. Cada vez que veía algo suyo, tan variado, tan pulcro, tan humano, lo adquiría. Manuel Vicent hizo muchos viajes con él para la serie Por la ruta de la memoria, que luego se publicó en libro en Destino. Busco el volumen y lo encuentro con la esperanza de que el libro lleve alguna de aquellas fotos. Lástima: solo lleva ilustraciones de Joaquín Pacheco. Éste es el precioso texto de Manuel Vicent, prologuista de su libro de la Fábrica, que se publica hoy mismo en El país.] LA TERNURA DEL HALCÓN Por Manuel VICENT He recorrido medio mundo en compañía de Paco Ontañón. Con el bolsón al hombro, ligeramente escorado por el peso de las cámaras, en medio de la calle, la mirada de este artista era parecida a la del halcón, siempre atenta a cobrar la pieza, no en las alturas de la estética, sino a ras de la vida, en el caldo gordo de la gente subalterna. Con los poderosos usaba una ironía corrosiva; con los marginados, una pudorosa ternura; con esa clase media dominguera autosatisfecha, rodeada de objetos horteras que son sus exvotos, entraba a degüello: éstas eran las armas con que Ontañón se enfrentaba a sus criaturas más queridas. Ahora Paco Ontañón ha muerto. Le he visto retratar chimpancés en una reserva de Kenia con la misma curiosidad con que disparó su leica en la deshabitada cámara de gas del campo de concentración de Mauthausen, de la que extrajo su karma mortal. Por eso creo que antes que aspirar a la felicidad personal en esta vida, el propósito fundamental de este fotógrafo consistía en dejar con sus imágenes un testimonio de la fiesta miserable del mundo con una mezcla de humor y realismo. En uno de los hornos crematorios de Mauthausen había un envase de coca-cola familiar que tal vez había abandonado algún turista. Puede que Paco Ontañón viera en este hecho el sentido que Protágoras daba a sus palabras cuando dijo que el hombre es la medida de todas las cosas. Se entiende que de todas las cosas estúpidas, que son las que más excitaban la imaginación de este artista y de las que deseaba dejar constancia. Paco Ontañón venía del neorrealismo de posguerra; comenzó a alimentar su cámara en los barrios postergados de una Barcelona cutre, sucia y hambrienta donde el artista, pese a todo, encontraba ciertos tesoros secretos en los ojos inocentes de niños, en la soledad de algunas adolescentes, en los descampados junto a perros abandonados. Rodando por el mundo en su compañía le he visto pasivo y desactivado ante paisajes espectaculares de los Andes, en los valles más herméticos de China, en las hermosas puestas de sol sobre las verdes colinas de África, pero bastaba con que en medio de la naturaleza apareciera un indio con un carrito o un chino viejo con un grillo en una jaula para que este fotógrafo olvidara la Gran Muralla, las cumbres del Machu Picchu y se lanzara sobre esa criatura humana que palpitaba por sí misma creando un mundo alrededor de ella. A veces yo le decía que reparara en la belleza de la luz de una tarde. Ontañón me decía: -Deja que eche primero un par de carretes en este mercado de la carne y luego te haré, si quieres, un alma serena. Al final del día Ontañón se regalaba con una puesta de sol. Ha sido un gran amigo. Lo he admirado, sobre todo, por la profunda lección de psicología que había aprendido del rostro humano, su mejor paisaje. De tanto ver gestos, miradas, risas, lágrimas, fiestas, entierros, bodas, niños, perros, su mirada había adquirido un poder extraordinario de observación con el que descubre la soledad y la sabiduría. Un gran artista ha muerto. Atrás quedan todos nuestros caminos. Lo siento. Me apasiona este fotógrafo, como George Dussaud, pongamos por caso. Como Willy Ronis. Como Robert Doisneau. Como Emmanuel Soguez. A esta instantánea de amor, le coloco esta cita que recoge Enrique Vila-Matas en su Dietario voluble. Cuando más lo releo más me gusta. Dice: “Nosotros, siempre nosotros… más algunos amigos” (Roland Barthes). La fotógrafa francesa Sophie Calle, igual que en Exploradores del abismo (Anagrama, 2007), ocupa varios fragmentos de Dietario voluble de Enrique Vila-Matas. Encuentro esta foto de ella, que tanto me gusta, y la pongo aquí antes de irme a la piscina. Sophie Calle, una narradora en imágenes, está en la torre Eiffel. Por cierto, en ABCD Cultural Juancho Armas Marcelo le dedica un artículo a Daniel Mordzinski y dice que no se es nadie en las letras ni en la literatura hasta que él lo fotografía. El post anterior tiene mucho que ver con el artículo del autor de Calima y biógrafo de Mario Vargas Llosa. Felizmente, ya son varios los aragoneses que ha retratado Mordzinski. PHotoEspaña 2008 llega a su fin. 660.000 personas han visitado una edición que termina el próximo 27 de julio. Pero pese al cierre oficial, algunas de las muestras más destacadas del programa permanecerán abiertas, permitiendo a los visitantes disfrutar de PHotoEspaña durante todo el verano. Ésta es una nota del servicio de prensa de PHotoEspaña. Estas son las exposiciones que permanecen abiertas durante los meses de agosto y septiembre: Hasta el 24 de agosto: Mírate. Fundación Canal Una oportunidad para ver el resultado de Retrátate, una actividad en la que los fotógrafos Luis de las Alas, Amy Chang, Ricardo Cases, Sofía Moro, Miguel Trillo y Marta Soul, retrataron a más de 300 personas en la Fundación Canal. Cámara, de Thomas Demand. Fundación Telefónica La exposición individual del fotógrafo alemán Thomas Demand reúne fotografías y películas de reciente producción en las que puede descubrirse su particular método de trabajo: la construcción de maquetas a tamaño real para después fotografiarlas y posteriormente, destruirlas. Lugares comprometidos: topografía y actualidad. Museo Colecciones ICO Una exposición colectiva que reflexiona acerca de los cambios que ha experimentado la representación documental del lugar de la mano de Augusto Alves da Silva, Pedro Barateiro, Geert Goiris, Beate Gutschow, Joachim Koester, An My-Lê, Walter Niedermayr, Peter Piller, Taryn Simon y Simon Starling. Hasta el 28 de agosto João Maria Gusmão / Pedro Paiva. Matadero Madrid La exposición presenta los últimos trabajos del dúo portugués, en los que queda patente su particular universo, que bebe de la especulación filosófica, la literatura científica y la metafísica. En la muestra se reúnen esculturas, proyecciones en 16 mm., fotografías e instalaciones. Hasta el 31 de agosto María Lionza, la diosa de los ojos de agua, de Cristina García Rodero. Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid / Sala Alcalá 3 El último proyecto de Cristina García Rodero es un potente documento gráfico sobre el culto a María Lionza. 100 imágenes en torno a una figura mítica venezolana cuyo culto se remonta al siglo XV. Acaso, de Javier Vallhonrat. Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid / Sala Canal de Isabel II Por primera vez se exhibe de forma completa la serie Acaso, desarrollada por Javier Vallhonrat durante más de cuatro años. En ella, el artista expresa la dimensión dramática de la naturaleza y cómo el hombre intenta hacer suyo un espacio abstracto. Hasta el 21 de septiembre De viaje. Instituto Cervantes Seis artistas muestran cinco proyectos diferentes entre sí pero unidos por la imagen y el concepto de viaje. Pablo López, Mateo López, Fernando y Ana, Odires Mashzlo y Juan Valbuena presentan su particular visión de la fotografía de viaje. Hasta el 28 de septiembre Detalles invisibles, de Pablo Pérez-Mínguez. Museo de América Una retrospectiva de las imágenes más íntimas y desconocidas del cronista de la movida madrileña. Detalles invisibles es una exposición organizada con motivo de la concesión del Premio Nacional de Fotografía a este fotógrafo madrileño. |