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ACTA DE UN ENCUENTRO CON CARLOS MIRAGAYA

20070617194348-dsc00695cr.jpgEse ángel tutelar de la amistad que es Javier Torres, nuestro poeta-camionero, nuestro embajador de libros a cualquier calle, me dice que está a punto de llegar Carlos Miragaya, el hermano de Víctor Mira que vive en Dusseldorf, a quien conocíamos por su magnífico texto para el libro de los 75 años del colegio Costa. Javier, en ese momento, tenía una falsa alarma: le habían dicho que su padre estaba bastante mal, fue al hospital y se quedó tranquilo. El aviso se quedó en susto. Quedamos en la cafetería Gora, donde Javier fue camarero con Víctor Mira, que ya entonces apuntaba un carácter peculiar: tenía una capacidad increíble de seducción, afanes de artista e ímpetu de atleta. Cuando agotaba su jornada laboral, salía a la calle, se echaba a correr y saltaba el buzón de correos, como si fuera un plinto, al grito de “Libres”. Javier recuerda al niño Carlos –en el colegio Costa, al abrigo de don Arturo, que impartía una lección sobre la tierra- como a alguien reflexivo, tal vez solitario, muy profundo, que poseía un temperamento fascinante. Y a la par era muy atractivo. Así se lo dice Javier, y Carlos, barbado, parsimonioso, replica: “Siempre había creído que el guapo era mi hermano Víctor”.

Hablamos los tres de Víctor Mira. De su capacidad creativa, de su inspiración, de sus contradicciones, de obras concretas (incluso de su teatro, como “El cielo de las mujeres” y “Antihéroes”), y también de aquel temperamento candoroso que tenía de niño, alguien que se asoma al mundo con absoluta perplejidad, con deslumbramiento constante. Cuando eludía la tortura íntima y teatral, los signos de autodestrucción, Víctor Mira braceaba como un niño que descubre con sorpresa la hondura de las cosas cotidianas. Carlos recuerda que Víctor nació en realidad en Larache y que la familia, armada por un militar y por una madre casi nonagenaria, de una vitalidad asombrosa, anduvo de aquí para allá. “Hasta estuvimos en Galicia”, confiesa con complicidad a un gallego transterrado.

Me ha encantado conocer a Carlos. Se dedica al arte, a la edición, al diseño, a muchos proyectos estéticos, y parece muy atraído por la ecuación compleja entre la mente y la creación. Le digo que me gustaría hacer una biografía novelada, no necesariamente fiel, sobre su hermano, y él comenta que también le gustaría abordar aspectos con médicos dedicados a la mente. No habla nunca de psiquiatras, ni nada semejante. Se ve que opta por algo más científico, si puede decirse eso de algo vinculado al cerebro. Anuncia que va a ir a ver la exposición de “África” y la “Crucificción” de su hermano en Fuendetodos. Volveremos a vernos.

En un momento determinado, no sé por qué, irrumpe “El Quijote” en nuestro diálogo, y Javier Torres enseña una pequeña parte de la cincuentena de fotos que ha hecho de Alcalá de Ebro desde una plataforma que alquiló su hijo David. Son fotos aéreas preciosas de los territorios reales de la imaginaria Ínsula Barataria. Javier Torres –ese descubrimiento increíble de Mariano Gistaín: ese revelación de cariño que nos ha caído a todos encima como un temporal soñado- se quita importancia. Carece de vanidad: este hombre sólo disfruta con las pequeñas cosas, con lo inadvertido, quizá con aquello que no debiera pasar a un blog. Pero yo, que tanto lo admiro, no sé vivir sin escribir, sin recordar momentos tan mágicos como una charleta de café entre las cuatro y las cinco. Al contarlos, los vuelvo a vivir, y disfruto de nuevo. Con Carlos, con Javier, con la sombra homicida y dulce de Víctor Mira que se atrevió a mirar a un tren de frente, ya sin gafas, ya sin chaqueta, con la piel exhausta que se ofrece al duro metal helado, allí, en el abismo de la vía, cerca del lago, lejos de casa: en Munich.

P.D. Hablando del Quijote, un sabio de Aragón cuyo nombre no revelaré jamás me contó una bonita anécdota. Hace años, cuando era más joven y “también más guapo. Yo he sido realmente atractivo”, vivió una historia de amor con una prostituta de Pedrola. Una mujer encantadora, de nombre cervantino, a la que recuerda con agrado por su vehemencia y por su dulzura. Hacían el amor en su modesta casa, casi a oscuras, bajo la suave y acaso enfermiza iluminación de un crucifijo fosforescente.
03/01/2005 22:18 Enlace permanente. sin tema

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antoncastro

gravatar.comAutor: Carlos Miragaya

Amigo Antón:

En mi próximo artículo de mi prensa digital independiente, Oficio de Viviente (del que te llegará aviso de publicación), intitulado Goodbye 2008 y perteneciente a la rúbrica Update, hay algo que puede concernirte y de lo que te informo.

Frohe Weihnachten

Carlos Miragaya

Fecha: 28/12/2008 12:02.


gravatar.comAutor: Viagra Online

Muy interesantes las obras de este señor, he leido pocas la verdad, pero si puedo decir que son temas muy interesantes los que el trata.

Fecha: 22/10/2010 22:06.


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