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Antón Castro

DISCURSO DE JORGE HERRALDE EN EL BRITISH COUNCIL

En primer lugar, quiero manifestar mi grata sorpresa cuando me telefonearon desde el British Council de Madrid para comunicarme que me habían otorgado esa preciada distinción. Y me pareció desmedido que me la dieran por publicar a muchos escritores que me habían procurado tanto placer como lector y tantas satisfacciones como editor. Naturalmente, la condecoración les corresponde a ellos.
Haciendo un breve repaso, mi anglofilia empezó de niño, con la lectura de Guillermo y sus proscritos, los personajes que creó Richmal Crompton, y poco después, gracias a Josep Janés, gran y muy anglófilo editor, con el descubrimiento de Wodehouse y de aquella idílica Inglaterra que quizá existiera alguna vez, de quien leí docenas de libros.
Algo más tarde, ya adolescente inquieto, me apasionó Aldous Huxley, con su Contrapunto o Un mundo feliz, un gran escritor que cayó en cierto olvido, aunque reapareció cuando los hippies, gracias a Las puertas de la percepción y sus experimentos con las drogas.
Y recuerdo muy bien mi primer viaje a Londres, alrededor de 1960, a finales de mis tiempos de estudiante, para dedicarme seriamente a la tarea de aprender este idioma maravilloso e imposible que es el inglés, y para familiarizarme, in situ, con los muy complicados códigos y las innumerables paradojas de la sociedad británica, empezando con los más obvios e inmediatos, desde las singulares monedas -los peniques, los chelines, las libras y las metafísicas guineas- hasta los sorprendentes horarios de los pubs, pasando por las millas, los pies y las pulgadas, o los sobresaltos de la conducción por la izquierda. Ya más en serio, los grandes historiadores Hobsbawm, Hill o Thompson me ayudaron a entender algo más aquello que Thompson titulaba, en un ensayo suyo, Las peculiaridades de lo inglés. En cualquier caso, Londres fue para mí un flechazo inmediato, un amor a primera vista, y lo he revisitado numerosísimas veces desde aquellos años de los angry young men, del free cinema y de los swinging sixties.
En los inicios de la editorial, en 1969, que tenía una orientación marcadamente antifranquista y radical, leía con gran interés la New Left Review, en cuya sede en Carlisle Street, en el Soho, estuve varias veces, y que era la más interesante publicación de teoría política de su tiempo: unos cuantos de nuestros Cuadernos Anagrama surgieron de dicha revista.
A finales de los 70 empezó a emerger una inigualable generación de novelistas británicos, con Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes como adelantados, una generación que, en buena parte, Anagrama ha tenido el honor de albergar desde sus primeros títulos -el primero fue, en 1980, Primer amor, últimos ritos de McEwan- y cuyos componentes gozan en nuestro país de una merecidísima popularidad. Esos y muchos otros escritores ingleses, gracias a la infatigable colaboración del British Council, han visitado a menudo Barcelona. Y, por cierto, uno de ellos, Tom Sharpe, se ha convertido en catalán de adopción.
En el catálogo de la editorial, como ha mencionado el Excmo. Sr. Embajador, la presencia de escritores británicos ha sido muy significativa y lo seguirá siendo, y de muy variados registros, con un denominador común: la indiscutible calidad literaria.
Y nada más: gracias de nuevo por la distinción y al Embajador por sus palabras, y viva la literatura británica.

Jorge Herralde
Barcelona, 1 de marzo de 2005
Texto leído con motivo de recibir
la distinción de Oficial de Honor
de la Excelentísima Orden del Imperio Británico (OBE)

5 comentarios

Cide -

Anton, te ruego que me mandes un correo, así podremos aclarar cuáles son míos y cuales no. No quiero que nadie firme con mi nick y ponga en mis teclas palabras que yo no he escrito.

La dirección que figura abajo no me funciona. En la dirección que suelo dar puedes localizarme.

Llevo varios años por foros y blogs, y graciosetes los hay en todos los sitios. En fin, hay gente cuya vida es tan lamentable que tiene que hacer chorradas de esas.

Cide -

Que sí, que sí que es mío. Era broma.

Cide -

quiero hacer notar que el comentario en el que aparece mi nick en mayúsculas no es mío. Es de alguien que, queriendo o sin quererlo, se está haciendo pasar por mí.
No es que me importe demasiado, ya que al menos es un comentario interesante y educado, pero es que no es mío.

CIDE -

Habría que ir pensando en nombrar a Jorge Herralde "Caballero de la Orden de San Jorge", porque si ha publicado muchos autores británicos también ha publicado muchos autores aragoneses: Javier Tomeo, Soledad Puértolas, Jesús Moncada, Ignacio Martínez de Pisón, Mariano Gistaín, Félix Romeo, Enrique Gil Calvo, Ismael Grasa

Cide -

Reconozco ser, al contrario que Herralde, anglófobo. De toda la vida lo he sido. Quizá por vernos sometidos a un imperio anglosajón como el americano, por no entender su forma de ver la vida y, sobre todo la historia. Donde van masacran. Así ha sido siempre. No los entiendo como pueblo.

Aunque debo reconocer mis contradicciones. Los españoles no somos mucho mejores, aunque por nacimiento y educación me cuesta menos comprender este modo de ver la vida. Además Gran Bretaña tiene demasiadas cosas buenas como para despreciarla. Kipling, Stevenson, Conan Doyle, Huxley, Whitman, Dickens, Chesterton, Beatles, Rolling,... ¿Cómo prescindir de ellos? Además están los caballeros que describe Galdós en su Trafalgar, que después de ganar la batalla compadecían a los españoles. O los que erigían estatuas a Gálvez en Washington o reconocían el valor de Blas de Lezo bajando la bandera de su buque.

En fin, que me cuesta entender que un pueblo cuya cultura está heredada de gente noble como ésta, desprecie tan a menudo nuestra forma de vivir. En sus libros de historia el imperio inglés llevaba el progreso allí donde iba, mientras el ejercito español entraba a las ciudades violando, robando y asesinando. Quizá por eso hay mestizaje en latinoamérica y tan poca mezcla en norteamérica.
Me alegro por Herralde. Está bien que, igual que existen grandes hispanistas ingleses, haya gente como él.