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SANTIAGO ARRANZ: EL POLVO DE ORO DE LOS SUEÑOS*

foto_centro_historia_zaragoza.jpgSantiago Arranz siempre se ha movido entre el sigilo y la delicadeza, pero con una convicción firme en su vocación artística. La primera vez que vi una pieza suya, de cerca, la primera vez que la pude tocar fue hacia 1987 en casa de Pablo Rico, que me impartió una apasionada lección acerca de un artista entonces expresionista que se movía entre las formas aguzadas y los colores verdes y terrosos con una enorme potencia de pincel. Residía en París y recorría algunos lugares del mundo en una antológica sobre cafés literarios, mientras se afanaba en el estudio desmigajando nuevos territorios. En aquellos días, Santiago Arranz tenía para mí algo de pintor casi exótico o lejano. Cambiaba su estilo, se interesaba por la reinvención de las ciudades del pasado y anticipaba las ciudades del futuro a la luz de Italo Calvino, merodeaba las huellas del tiempo con figuras que adquirían en sus lienzos aspecto de fantasmas míticos, de monstruos con leyenda. Y siempre había algo determinante en su manera de trabajar: el refinamiento, el lirismo, la belleza amasada con texturas y pátinas, una luz atemporal, un código de sensaciones que te asaltaba de inmediato, la reminiscencia del arte rupestre, la rara combinación de un arte primitivo y a la vez futurista.

Han pasado muchas cosas desde aquellos días. El artista se ha aventurado por series, navegaciones y regresos, ha realizado grandes exposiciones y proyectos, vinculados con la literatura, tanto Gerard de Cortanze como Kafka, con la arquitectura y la pintura mural, vinculados con el oficio más íntimo de vivir: crear, recrear, inventarse a diario. Ahí están sus iconografías de signos e imágenes en las Capuchinas en Huesca (1994), en la Casa de los Morlanes (1995) y en el Centro de Historia, en el antiguo convento de San Agustín (1998-2003), en Zaragoza, donde ha desplegado un vasto mosaico de culturas cruzadas. Todo ello converge en esta muestra que abarca casi una década y que resume, de entrada, el gusto por las formas, la afición a las técnicas: el gouache, el dibujo con grafito, el huecorrelieve, la escultura en yeso o hierro, la pintura sobre tabla y lienzo, el collage, el recortable, con todo se atreve alevosamente y con placer. Arranz propone aquí un muestrario de fragmentos visuales, esa caligrafía de sentimientos e imágenes donde bosqueja su universo cada vez más minimalista, cada vez más concentrado y limpio. Los temas son los de siempre: el estremecimiento de los sentidos, el humanismo, la emoción, el pasado como antesala del presente, como embajada del futuro, y también la identidad. Por ejemplo, aquí hay una pieza reciente que se titula “Persona”, nada más sencillo, nada más complejo.

Aquí están los motivos de Arranz, los más pequeños y los inacabables, los emblemas de un mundo, que se ofrece fragmentado en elementos y en su aspiración a la totalidad. Aquí está esa mirada a la infancia, con la serie de los juguetes y su entorno: los barcos, la luna, los lagos sugeridos, las casas, los coches, los atardeceres y las cosas más concretas que modelaron una primera sensibilidad. Aquí está esa forma de compendiar el pretérito, que lo mismo se remonta a las culturas mesopotámicas, auténtica referencia de Arranz, que a la Grecia y Roma clásicas, individualizadas en las ánforas. Y están esos conceptos cada vez menos abstractos en la mano y en la mente de un artista, como son las piezas “Intuición” o “Teatro”. Y están, explícitos o entrevistos por la vía de la metáfora, los cuatro elementos: el aire invisible, el agua, el fuego, la tierra.

Esta es una muestra de alguien que busca salidas, excursiones, veredas para definirse, para explicarse, de alguien que hace apología de la mano y del cerebro. Ha dicho ya Santiago Arranz que odia el pincel y que prefiere la espátula, que se ajusta más a las texturas que anhela, a esas superficies planas muy meditadas, a la épica del origen, que es otro de los asuntos esenciales del artista. El argumento constante de la obra. No hay en Arranz estridencia o desafuero: es un artista múltiple y meticuloso, un poeta que cree en la necesidad del azar y en el método. Pasa de una técnica a otra como se pasa un río, como se adelanta un pie, como la noche se instala en el taller y tizna de mansedumbre ideal las piezas.

A Santiago Arranz se le considera un “pintor literario”. Por sus contactos con Cortanze, porque se reconoce en Franz Kafka, porque ha navegado el tiempo con Italo Calvino, porque hay una narratividad aparente, un cuento que se escribe de súbito, tras el primer golpe de vista. Lo es y no lo es. Es un pintor a secas, es un escultor, un defensor de las líneas, un maestro de la sugerencia que ha quintaesenciado casi al máximo la forma y esos signos que él ya calificado como “abstractos, misteriosos, antiguos y nuevos”. Ha dicho que persigue el conocimiento y la relación con los otros, que se produce en la ciudad, en el ágora de la libertad. Es tan sincero en lo que dice y en lo que hace que no nos queda ni la sombra de una duda.

*Ayer, en la galería Carlos Gil de la Parra (Paseo de la Constitución, 28), Santiago Arranz inauguró la muestra "Obra 1997-2005)",con una treintena de obras.La foto seleccionada arriba pertenece a sus trabajos de iconografía y arquitectura en el Centro de Historia de Zaragoza.
23/09/2005 13:49 Enlace permanente. sin tema

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Autor: Antonio Pérez Morte

¿Qué decir de este texto?
Me encanta como escribe Antón y me apasiona la obra de Santiago; además son muy buena gente los dos, por eso Dios les premia dándoles un amigo tan maravilloso como yo... Je je je. (Se nota que ando mejor)

Fecha: 25/09/2005 14:04.


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