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Antón Castro

BREVE AUTOBIOGRAFÍA DE UN CRÍTICO TEATRAL*

BREVE AUTOBIOGRAFÍA DE UN CRÍTICO TEATRAL*

He sido crítico de teatro alrededor de cinco años en dos periódicos: “El día de Aragón” y “El Periódico de Aragón”, y tal vez algo más en la revista teatral “El Público”. Cuando empecé a hacer crítica teatral en “El  día” carecía de experiencia: sólo era un lector incansable de Lorca, Shakespeare, Calderón e Ibsen, entre otros; había intentado escribir teatro, y llegué a redactar alrededor de cinco piezas en gallego, y había trabajado años atrás en Teatro Circo y Escola Dramática de A Coruña. Sí es cierto que había recibido dos impactos importantes en mi afición: cuando asistí a los montajes de “Os vellos non deben de namorarse” de Castelao, y “Doña Rosita la soltera” de Lorca, con Nuria Espert. El primero lo vi en A Coruña y repetí hasta siete veces; el segundo lo vi en un lateral del Principal y me quedé embrujado por el admirable trabajo de Encarna Paso y José Vivó, que eclipsaron a la actriz catalana, y por la puesta en escena, la luz, el vestuario. La pieza me pareció como un sueño. Así la recuerdo: poética, etérea, sofisticada, como un melodrama que tienes al alcance del aliento. Si cierro los ojos, aunque veo aquella función y representa en mi cabeza un instante bellísimo de mi interés por la escena.

         Al principio, recuerdo, estaba muy responsabilizado. Sufría. Disfrutaba en la representación, y sufría luego durante unas cuantas horas hasta que encontraba el hilo, la historia, el punto de vista. Luego, cuando aparecía la crítica, seguía sufriendo. Durante la representación nunca quería hablar con nadie; no me interesaba la opinión de los espectadores, de los amigos, de los conocidos. Y durante mucho tiempo, iba al Teatro del Mercado o Principal, pagaba la entrada y recuerdo que ni José María Pons, ni Pilar Ariza o Ángel Anadón, sabían quién era aquel crítico que se atrevía a cuestionar el trabajo de Gemma Cuervo, Lola Cardona, Joaquín Hinojosa, Lola Herrera, Guillermo Montesinos, y a invalidar una propuesta completa de una compañía, pero que también elogiaba con efusividad a José Luis Gómez, Mariano Cariñena, Héctor Alterio, Mariano Anós, Carlos Martín o Ricardo Iniesta, entre otros. Yo entendía la crítica como un análisis serio de la pieza, como una mirada personal, como un esclarecimiento para el espectador que había estado, que iba a ir o para el público que no pensaba acudir. Me preocupaba explicar el autor y su contexto, algunas características esenciales de la propuesta de la obra en cuanto a texto, y luego quería evidenciar los conceptos de la representación, la física de la puesta en escena con todas sus variantes, y la interpretación. He visto obras malas, o regulares, que los actores levantaban con un gran trabajo interpretativo. Solía reprocharles a los actores cierta inclinación histriónica, que se convirtió en un lugar común en algunas notas sobre los repartos, es decir, era un defecto de crítico. Una vez, Luis Felipe Alegre, de cuyo grupo “El Silbo Vulnerado” había escrito un libro, se sorprendió ante un elogio que le hice a Héctor Alterio en el montaje de “Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín”, la obra de Lorca, una pieza de pura orfebrería escénica en el Teatro Principal. No podía creerse que la obra estuviese tan bien como yo decía: fue a verla y se convenció de que era una auténtica maravilla la propuesta de José Luis Gómez. Creo que pensó que fue la única vez que tuve razón en mis juicios sobre un actor.

         He sido duro con los actores, y también muy generoso, claro, desabrido con algunos montajes, erré en la valoración de varios espectáculos, aunque -hecha la salvedad de “Cuarteto” de Heiner Müller, quizá uno de mis mayores despistes porque hice algo que no hacía nunca: oí opiniones ajenas, adversas, dejé que se me llenase la cabeza de términos como aburrida, lenta, densa, y redacté un discurso a la contra, casi demoledor, tan desafortunado como otro que se titulaba: “Esto no es teatro” de la función “Papiroflexia”- por lo regular fui benévolo, lo cual tampoco es bueno. Es mejor ser duro con argumentos y con el debido respeto que complaciente con generalidades por el deseo de no herir, porque si no acabas convirtiéndote en un mentiroso sin criterio y sin credibilidad. Una vez, recuerdo ahora, hice una nota tan cruel –cruel por exceso de sinceridad: el trabajo era malo sin muchos paliativos- con un joven actor que no sólo no quería salir al día siguiente, sino que le sobrevino una crisis de ansiedad y habló de suicidarse en el propio Teatro del Mercado. Los artistas son siempre vulnerables, son casi siempre vanidosos, y le conceden a la crítica, que no deja de ser un punto de vista que alguien firma, una importancia que no tiene. Siempre estamos más preparados para el halago que para la impugnación, aunque sea sincera y bien documentada.

         Solía leer todas las críticas de los demás, me fijaba mucho en cómo organizaban el argumento, en qué aspectos resaltaban, la visión escénica, el compromiso auténtico y elaborado con el teatro. Intentaba aprender de todo, mejorar, para alcanzar la crítica más ecuánime, cosa que es una utopía. Uno de mis críticos favoritos, tan atrabiliario y sabio, era Joan de Sagarra porque sabía ajustar la crítica a la horma de su sombrero con grandes intuiciones, aunque a veces desbarraba y su texto era un discurso para sí mismo, un autorretrato de  fobias. Una exhibición. Nunca me gustó demasiado la displicencia de Eduardo Haro Ibars,  que de teatro sabía lo suyo, me sentía más cómodo en la retórica envolvente y puntillosa de Javier Villán. También seguía con atención los puntos de vista de Carmen Puyó y Joaquín Aranda, como antes leído con mucha atención a Jesús Rubio Jiménez. El crítico debe ser honesto por principio, preciso en su ideas, sin prejuicios, respetuoso y hondo, debe arrojar luz, explicar lo abstruso o lo impopular, atreverse para lo bueno y para lo malo, y si además sabe escribir bien, mucho mejor. La crítica es una forma de mirar, un autorretrato y un ejercicio de estilo. El crítico es todo lo contrario que un inquisidor.

 

*Así vio Castelao a una de las protagonistas de su obra "Os vellos non deben de namorarse": Pimpinela. Este texto ha surgido de una invitadión de Adolfo Ayuso a escribir sobre la crítica teatral, y lo cuelgo aquí en esta "obra en marcha" (si  se publicase algún día esta gavilla de textos con amor tendría un títulos genérico: "Ulises en Zaragoza").

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gygy -

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