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LA VUELTA AL COLEGIO, POR VÍCTOR JUAN BORROY *

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LUNES, 11 DE SEPTIEMBRE

Hace cinco años llevé a Guillermo por primera vez a la escuela. Bueno, venía todos los días a buscar a su hermana Blanca en aquel mismo patio de recreo. Además me había visto hablar muchas veces con María Luisa, la maestra que sería su maestra durante toda la Educación Infantil. Quizá por eso, porque se sabía en territorio conocido, miraba con cierta distancia todo el drama que se representaba a su alrededor: niños que lloraban (madres que lloraban), rabietas, niños que entran en la escuela en volandas, prófugos... Sólo me pidió no ponerse en la fila. Lo encontré razonable. Detesto las filas y la sirenas de las escuelas. Una periodista recogía testimonios para el mismo reportaje de cada septiembre:        

 - ¿Tenía usted ganas de que empezara la escuela?       
- No. Ninguna gana.
       
- Es usted muy raro.
       
- Sí, es lo más suave que me dicen quienes no me conocerán nunca.

Cuando llegó la hora, Guillermo me dio un beso y se colocó el último de la fila. Cada hilera de niños seguía a su maestra. La impronta de las gaviotas, de los patos o de los cisnes. Si esto no funciona, si alguno de aquellos niños cosido a una pegatina de colores en la que puede leerse los datos que le identifican no sigue a su maestra, es posible que estemos asistiendo a la forja de un psicópata o de un asesino en serie o de un escritor. Para mi tranquilidad, Guillermo siguió a su maestra. Apenas miró atrás. Ya sabía que cuando toca, toca y no tiene ningún sentido mirar atrás. Repetimos este ceremonial durante unos 10 días. El chaval ni se quejaba ni mostraba grandes entusiasmos por los nuevos amiguitos, por los juguetes, por lo bien que se lo pasaba en el recreo ni por las cosas que aprendía.
Al final de la segunda semana me dijo:
      
- Ya he venido mucho a la escuela, papa. Mañana déjame otra vez en casa de la yaya.

No pudo ser.

Hoy empieza otra vez la escuela. Blanca, su último año de primaria, su último año de puré de verduras, de estofados y de patatas a la riojana. Guillermo empieza tercero. Dice que lo pasa bien en la escuela, pero él y yo sabemos que se quedaría sin dudarlo con su abuela. Menos mal.

*Víctor Juan Borroy es autor de dos novelas, de varios estudios sobre pedagogía y director del Museo Pedagógico de Aragón. Y es, ante todo, maestro, padre de dos niños: Blanca y Guillermo. Así narra hoy un primer día de colegio. He llevado a Sara al colegio, hemos leído el cuento "La abuela ha perdido la cabeza". Copio aquí el texto de Víctor, tan bello, porque es algo que hemos vivido todos.

11/09/2006 09:55 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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