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NOTAS DE LECTURA. EL MAR, LOS CABALLOS, LAS ROSAS

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 CLARICE LISPECTOR: CERCA DEL CORAZÓN SALVAJE 

Desde hace varios días, me acompañan en la mesilla de noche el libro “Revelación de un mundo” de Clarice Lispector, la gran escritora brasileña nacida en Ucrania. Nació en 1925 y murió en 1977 donde encuentro momentos magníficos sobre la vida, la necesidad de escribir, la maternidad, la confidencia y la relación ambigua o ambivalente con la muerte. Dice Lispector: “Hay tres cosas para las que nací y por las que doy mi vida. Nací para amar a los otros, nací para escribir, y nací para criar a mis hijos”. Más adelante explica: “Sólo pido una cosa: en el momento de morir yo querría tener a una persona amada a mi lado para que me sostenga la mano. Entonces no tendré miedo, y estaré acompañada al atravesar el gran pasaje”. 

El libro, publicado en Adriana Hidalgo en Argentina en 2004, tiene muchos momentos maravillosos. Recoge una porción de sus textos periodísticos, y en uno de ellos, “Baños de mar”, dice esto: “Mi padre creía que todos los años había que hacer una cura de baños de mar. Y nunca fui tan feliz como en aquellas temporadas de baños de mar en Olinda, Recife. Mi padre creía también que el baño de mar saludable era el que se hacía antes de que saliera el sol. ¿Cómo explicar eso que yo consideraba un regalo inaudito, salir de casa a la madrugada y tomar el tranvía vacío que nos llevara a Olinda cuando todavía estaba oscuro?A la noche me iba a dormir, pero mi corazón se mantenía despierto, expectante. Y de puro alborozo me despertaba a las cuatro y pico de la madrugada y despertaba al resto de la familia. Nos vestíamos de prisa y salíamos en ayunas, porque mi padre creía que debía ser así: en ayunas. (…) No nos quedábamos mucho. El sol salía, y mi padre tenía que empezar a trabajar temprano. Nos cambiábamos de ropa, y la ropa nos quedaba impregnada de sal. Mis cabellos salados se me pegaban a la cabeza. (…) Mi padre creía que no se debía tomar enseguida un baño de agua dulce: el mar debía quedar en nuestra piel durante algunas horas. Era contra mi voluntad que yo tomaba una ducha que me dejaba límpida y sin sal”. 

En otro capítulo, de la serie “Bichos”, dice eso sobre los caballos. Y pienso en ello porque Víctor Juan está haciendo un establo y toma lecciones de equitación. “En cuanto a los caballos, ya escribí mucho sobre caballos sueltos en el morro de pastura (“A cidade sitiada”), donde de noche el caballo blanco, rey de la naturaleza lanzaba al aire su prolongado relincho de gloria. Y ya tuve perfectas relaciones con ellos. Me recuerdo adolescente, de pie, con la misma altivez del caballo, pasando la mano por su pelo aterciopelado, por su crin agreste. Yo me sentía así: ‘La muchacha y el caballo’”. En otro lugar, confiesa que de niña fue una ladrona de rosas. También me ha acompañado estas noche, el libro de fotografía “Women seeing Women”.

 

01/01/2007 15:07 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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