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Antón Castro

VIAJE A BARCELONA. PASEO ANTES DEL PREMIO NADAL

VIAJE A BARCELONA. PASEO ANTES DEL PREMIO NADAL

Hacía algunos meses que no iba a Barcelona y llevaba más de una década sin acudir al Premio Nadal. Aún recuerdo mi última estancia: estuve con Miquel Ángel Riera, le tomé fotos, tradujimos al alimón “El pis de la badia” y paseamos por la ciudad con su mujer Roser. La noche de Reyes de entonces, contra todo pronóstico, ganó Pedro Maestre, creo recordar. Ayer ya tenía algún indicio de quien iba a ser el vencedor.  

Llegué temprano. Llamé desde la estación a Julio Frisón, a quien no veo hace muchos años (está a punto de publicar en Edhasa), pero andaba liado: se marchaba a comer al Ampurdán con una de mis uruguayas favoritas: Margarita. Busqué otros nombres de amigos, Malcolm Otero Barral me diría, medio en serio, medio en broma, que estaba preparándose para recibir a los invitados en el Palace-Ritz. Al llegar, en vez de tomar un taxi en Sants, me eché a andar como un paleto con su maleta en Alemania. Luego fue casi imposible detener un taxi: la ciudad estaba semivacía. Al final, tras caminar y caminar, le pregunté a un señor dónde estaba el hotel: era gallego, y me llenó la ciudad de meandros y distancias. Con sentido práctico, me dijo que tomase el bus 50 o 56, que llegaría antes. A aquella hora, vencida la hora de comer, no sería fácil hallar a un taxista.  

Comí en un lugar más bien discreto pero con vistas a la Gran Vía: ensaladilla rusa, rodaballo en salsa y postre. Afuera, en la terraza, dos mujeres escribían nombres, anotaban cosas, y se pasaban las hojas. Parecían extranjeras. Terminé entonces de leer la novela “La ofensa” de Ricardo Menéndez Salmón, que acaba de publicar Seix Barral. Los editores están encantados con el texto: narra la historia de un joven sastre, también músico, que es llamado a filas por Hitler, y se incorpora. Ya en el combate, asiste a un hecho que le marca la vida y que lo convierte en una criatura que no reaccionará ante el dolor. La segunda parte del texto lo muestra internado en un sanatorio en Bretaña, con vistas al mar, donde reside como si fuera un vegetal, un miserable, alguien que renuncia a la dignidad, hasta que aparece la bella Ermelinde, un fantasma o una samaritana. La tercera parte presenta al joven sastre en Londres, adonde ha llegado tras haber usurpado el nombre del responsable del hospital, y se encuentra con algo que ni siquiera recordaba casi: las huellas y las sombras del Mal… El libro plantea muchos asuntos: qué significó el nazismo en muchas vidas, sus límites, plantea cómo interrumpió la vida cotidiana de muchas gentes y de muchos países. Entre ellos, el sastre y músico Kurt Crüwell, enamorado de la joven mecanógrafa judía Rachel… El libro es turbador y está muy bien escrito. Te atrapa y te deja sin aliento en sólo 130 páginas. 

Tras llegar al hotel, dejé todo en la habitación 205 y salí a dar una vuelta. La noche envolvía Barcelona, y empecé a caminar.  Tomeo me anunció que se preparaba para el partido Zaragoza-Sevilla. Me encanta pasear por Barcelona: es una ciudad llena de voces e idiomas, de belleza arquitectónica, de sugerencia, de una explosión de luz y sombra constante. Tomé el paseo de Gracia, e hice kilómetros: me detuve un buen rato en La Pedrera, vi los anuncios de la exposición de Pablo Gargallo, me dio mucha pena que estuviera cerrado el Happy Books, y me asomaba a los quioscos, a los escaparates. Conseguí “La Vanguardia” y leía una espectacular entrevista con un farero de Chile, del Cabo de Hornos, creo, en la confluencia del Pacífico y del Atlántico: el tipo contaba increíbles historias de navegaciones, de apariciones, de vendavales, de luces que son como el testigo y el refugio de esas oleas que alcanzan los 25 metros. Y decía que vivía seis meses solo al año, que ahora lo acompañaba su mujer y su hijito, al que tenía que llevar de la mano para que no le llevase el viento. Aseguraba, además, que había que atar la casa de madera para que no se llevase el viento… Seguí andando. Me encanta ver escaparates. Oír a la gente que pasa y habla en rumano, francés, inglés, alemán, catalán, castellano, chino, japonés. Había una cola interminable para visitar una de las bellas casas de Gaudí, y todo el mundo andaba disparando sus cámaras con flash para captar aquella belleza. Barcelona, hacia las seis, era una Babel de lenguas.

Hacia las siete, en el sótano del hotel, Malcolm conversaba con Antonio Soler y su compañera María del Mar, con Pablo Aranda, el escritor malagueño, con Gonzalo Pontón… Empezaba la fiesta, a la que se sumarían pronto Eduardo Lago, cuyo traje de pana marrón me recordó al de mi padre cuando volvía de Suiza, Andrés Trapiello, que volvía de su casa en Extremadura, donde acababa de cortar un laurel tan grande que “habría servido para coronar a todos los poetas españoles”, Mauricio Bach, Emili Rosales, Antoni Vilanova…
 

4 comentarios

Fernando Alvira -

Debí bajar y subir por la otra acera. Esa tarde noche también recorrí el Paseo de Gracia desde la Diagonal a la Rambla. Bajé a Boada a tomar el coctel del día (muy originales ellos tenía el nombre de cóctel de reis...) Pretendía huir del follón de los niños que me tocaba compartir. En vano, claro.

De Antón -

Gracias, guapos. Un abrazo.

mitsui -

Es alucinante perderse entre las calles donde nos conducen tus relatos.

fernando -

Podría valer para un guión de cine...un día en la soledad de la ciudad encantada, ahora lo del gallego indicandote ;);),como sos!...abrazos.