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PABLO LOZADA: DIÁLOGO Y EVOCACIÓN DE PABLO SERRANO

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Arte. Pablo Lozada (Córdoba, Argentina, 1925) fue coleccionista y editor de arte y galerista de arte. Desde 1970 asumió la representación de Pablo Serrano en Francia. Hace un par de años, al menos, visitó el museo del escultor de Crivillén en Zaragoza y donó cartas, fotos, dibujos, cuadernos y manifiestos. Recupero esta entrevista porque el año 2008 se celebra el centenario del escultor Pablo Serrano (1908-1985), y siempre me gusta trasladar mi fondo de armario a este blog. Dolores Durán y su equipo, Miriam, Paloma y Valeria, entre otras, preparan el catálogo razonado de la obra de Pablo Serrano.

   1. “Pablo Serrano buscó la luz interior del hombre”
2. “Pablo Serrano fue un creador auténtico”  

-Empecemos por el principio. ¿Cómo entró en contacto con Pablo Serrano?
-Antes debiera contarle dos historias: la de mi origen y una historia de amor. Yo soy argentino de Córdoba, nací en 1925. Mi padre era coleccionista de arte argentino, poseía una gran colección, y fue él quien me enseñó a amar el arte. A finales de los años 40, tras finalizar mis estudios, realicé un viaje por Europa, recorrí diferentes universidades europeas, y conocí a Françoise Benard, me enamoré y decidí volver a la Argentina para anunciar que iba a casarme. Y ahí empezó todo…

-¿Qué quiere decir todo?
-Bueno, yo ya tenía inoculada la pasión del arte. Me iba a París a casarme y a trabajar con mi suegro, que poseía una importante empresa de cosmética, Garnier. Entonces se viajaba en barcos y mis baúles venían llenos de  telas. Yo no puedo vivir sin tener pinturas colgadas en casa, incluso las tenemos en el baño. Recuerdo que mi novia se quedó un poco extrañada de mis pertenencias.

-¿Qué le sugiere, qué le da la pintura?
-La pintura es una pasión. Ofrece diferentes facetas del espíritu, transmite un mensaje de vida y humanismo.

-Sigamos.
-Trabajé. Fui desarrollando mi trabajo y hacia 1965 mi suegro vendió la empresa a L’Oreal. Nos hicimos un poco ricos. En todos esos años, nosotros nos habíamos ido haciendo una importante colección de grabados de Picasso, teníamos pinturas de Serge Poliakoff, varias obras de André Masson, de Joan Miró, de Pierre Soulages o de Maurice Esteve. Al vender decidimos abrir una galería, centrada en la obra gráfica. Y seguimos incrementando nuestras colecciones y fondos con más obra de Soulages y con el pintor polaco Jean Kwiatkowski, que llegó a hacer telas con Raoul Dufy. Empezó haciendo una pintura naïf, pero luego estalló un poco a la manera de Van Gogh o Modigliani y realizó una gran obra plena de luminosidad.

-Y es entonces cuando apareció Pablo Serrano en su vida…
-Sí, Pablo Serrano es un verdadero creador. Un creador auténtico. Creo que no se ha entendido bien el mensaje de su obra: esa búsqueda del misterio profundo de la creación que se encuentra en el interior del ser humano. Todo en él es una constante lucha, una defensa de una filosofía humanista, y una manera de estar inmerso en las ideas y las corrientes sociales, anímicas y estéticas de su tiempo, en estrecha vinculación con una formidable generación de pintores como Canogar, Saura o Millares.

-Se conocieron en…
-En  Roma, hacia 1969, en casa de la marchante Carla Panicali, representante de la galería Marlborough en Italia. Yo hice un viaje a Roma, y como en París me habían dado su dirección y me la habían recomendado, fui a su casa y allí estaba Pablo Serrano. Como él era uruguayo, si me permite decirlo así, y yo argentino, la charla se animó de inmediato y nos hicimos grandes amigos. Me quedé ocho días en Roma, y por allí andaban Francis Bacon, con el que hablé poco, y estaba la escultora Beverly Pepper, de la cual hemos visto hace poco una gran exposición en los jardines del Palais Royal de París. Serrano se encontró allí con Bacon, que venía de la  isla de Capri y permaneció muy poco tiempo.

-¿Qué le atrapó de Pablo Serrano?
-Estaba allí invitado por Carla Panicali, y al parecer había conocido a Beverly Pepper en Madrid. De inmediato percibí su poética de artista: esa búsqueda y esa peregrinación incesante para resolver el misterio de la luz interior de los seres humanos, como le digo, y eso lo hacía con una especie de pasión, de fuerza continua. Juana no estaba entonces en Roma: una mujer que, sin saberlo, se estaba anticipando a su época, sobre en los collages. Allí en Roma estaban amigos íntimos de Serrano como Antonio Saura y Millares con su mujer Elvireta. Qué pena me dio la muerte tan temprana de Millares.

-¿Cómo se consolidó luego su amistad?
-En 1970 fui a Madrid visitó su taller en Madrid, y muy pronto decidió confiarme su representación en Francia. Lo puse en contacto con Jacques Lasaigne, conservador-jefe del Museo de Arte Moderno de la ciudad de París, y con Michel Hoog, que era el director del Museo Nacional de Arte Moderno de París y gracias a él se adquirió una cabeza de Antonio Machado para su museo. Con Lasaigne se desarrolló la amistad y le organizó una antológica de 52 obras con un estupendo catálogo en el que escribían José Camón Aznar, Moreno Galván, Michel Tapie o Eduardo Westerdhal, su primer biógrafo.

-¿Qué había en la muestra?
-Todas sus series: “Quema del objeto”, “Lumínicas”, “Unidades-Yunta”, “Hombres –Bóveda”... Ya le digo que nos veíamos a menudo, le he editado obra gráfica y algunos libros de autor. ¿Sabe usted que Pablo Serrano alquiló primero y compró luego el estudio de Alberto Giacometti?

-Habían coincidido en la Bienal de Venecia y se habían llevado los dos primeros premios.
-Fue muy curioso. Alberto Giacometti, mucho antes de ser tan famoso, había hecho un montón de dibujos en una pared. Unos dibujos preciosos sobre estuco, sobre yeso. Cuando se murió y alquilaron su angosto estudio, sus herederos decidieron quitar aquella pared, arrancarla. Fue algo muy laborioso. Fui con Pablo Serrano a aquel lugar.

-Usted recibió cartas, dibujos, catálogos…
-… y fotos y manifiestos de Pablo Serrano. Y eso es lo que vengo a entregar a este museo tan bonito. Me alegra saber que lo van a ampliar. Pablo Serrano era un hombre encantador en el trato humano, poseía sentido de urbanidad, cortesía, una capacidad para escuchar, sabía calar el pensamiento de su interlocutor. Desarrollaba con cortesía su generosidad de espíritu, nunca lo he visto con rabia o enojado. Tenía un dominio de sí mismo extraordinario y era la bondad misma. Era como un hermano para mí.

-¿Cómo eran sus cartas?

-Siempre afectuosas y a veces me mandaba auténticos manifiestos y poemas. Mire éste: “La guerra existirá siempre por habernos creado en guerra contra nosotros mismos. La lucha permanentemente por existir, en lucha permanentemente por ‘el ser’. Nos va matando la vida, esta vida, mientras otra vida nos da aquella muerte. Sin conciencia de la limitación del tiempo entre vida y muerte, ‘tiempo para crear la otra vida’, la muerte es muerte en vida”. Está fechado en marzo de 1972. Creo que aquí está su forma de ver el mundo y la creación.

*Una unidad-yunta de 1973-1974.

25/12/2007 20:21 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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