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FERMÍN AGUAYO: RECUERDO Y RECUENTO BREVE

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Fermín Aguayo (Sotillo de la Ribera, Burgos, 1926-París, 1977) era callado, tímido, delgado, parecía envuelto en un continuo misterio y en el humo huidizo del cigarrillo. Llegó a Zaragoza a finales de la Guerra Civil, su padre y sus hermanos habían sido ejecutados en Burgos, y participó en una de las aventuras más apasionantes del arte contemporáneo: fue uno de los impulsores del origen del arte abstracto en España con el grupo Pórtico, que al principio fue un colectivo de doce artistas y finalmente, a partir de 1948, quedó reducido a tres: Santiago Lagunas, arquitecto, activista intelectual y magnífico pintor, y sus jóvenes y talentosos arquitectos: Eloy Laguardia y él. Este grupo realizó, entre 1947 y 1951, una pintura un tanto tenebrista, rica en signos y símbolos, en geometría y en riesgo, que había bebido en las fuentes de las vanguardias y, en particular, en artistas como Joan Miró y Picasso.

Uno de los grandes momentos de este colectivo, contemporáneo del grupo catalán Dau al Set, fue la remodelación del cine Dorado: en 104 días del verano de 1949 pintaron aquel espacio, con claros ecos de Dalí, de los surrealistas y acaso de Poliakov. El crítico José Ayllón retrató así a Aguayo, recordando aquellos días: “Su periodo zaragozano, en particular su obra abstracta de estos últimos años, se circunscribe más a una realidad presentida, palpitante y trémula a un tiempo. Su gama acordada de color, sus libres construcciones formales, consiguen un dramatismo pocas veces igualado. Son testimonio de un pasado que nunca debe volver”. Aguayo confesaría que “la primera reproducción que vi de un cuadro cubista me pareció más natural, más lógica que un cuadro clásico”, y su inclinación hacia la abstracción surgió “como una especie de pequeño desafío”.

En 1952, Fermín Aguayo se trasladó a París y muy pronto fue contratado por la galería Jeanne Bucher de París. Cambió paulatinamente su estética: abrazó una figuración con ecos de la pintura de Nicolas de Stäel, y evolucionó hacia un universo intimista, marcado por un cromatismo luminoso, por la hondura y la plasticidad, y una elegante sutileza, que reemplazó el dramatismo de la producción anterior por la suavidad y la melancolía, por las presencias entrevistas. Pintó rostros, figuras (entre ellas, la de su propia compañera Marguerite) y pájaros, bañistas y paseantes y autorretratos del artista en su estudio,  y convirtió a Velázquez en su artista de referencia, con homenajes explícitos. Falleció en 1977. Casi treinta años después, el Museo Reina Sofía le haría una ambiciosa antológica.

*La obra "El pintor", fechada en 1968.   

05/03/2008 11:03 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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