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PACO SIMÓN: UNA RETROSPECTIVA DE DOS SIGLOS*

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[Paco Simón inaugura una antológica de su obra desde principios de los años hasta principios del siglo XXI (de ahí, con algo de ironía, lo de los siglos) este jueves en dos salas: la de Carlos de Gil de la Parra y la galería Zeus, de Jorge Gasca. Este es uno de los textos que irán en el catálogo: es una visita al universo de color y jazz, de viaje y fabulación del artista que se crió en el campo de Torrero y que soñaba desde muy joven con los latigazos de Ferenc Puskas, aunque para entonces creo que ya el Real Madrid jugaba contra el Real Zaragoza en La Romareda.] 

EL ÁLBUM DE COLOR DEL VIAJERO 

Paco Simón nació en Barcelona en 1954, pero se crió a orillas del campo de fútbol de Torrero. De niño llegó a posar con aquellos equipos heroicos del Real Zaragoza que pugnaban por consolidarse en Primera División y que metían el miedo en el cuerpo a conjuntos que formaban con Di Stéfano, Puskas y Gento, o con Kubala, Moreno y Manchón. Paco Simón veía aquel mundo de color y de fantasía, de gritos y de multitudes, de aquellos espectadores arriesgados que se subían a las frágiles ramas de los árboles, y tenía la sensación de que se asomaba a un sueño. Algunos años después, cuando decidió ser pintor, estudió en la Escuela de Bellas Artes y participó en el grupo Forma y en sus rebeldías estéticas.

Paco Simón quiso ser siempre un artista del color. El color era el elemento consustancial en sus orígenes y en ese periodo de esplendor de la década de los 80, y lo sigue siendo ahora cuando parece acercarse al universo de Joan Miró y de Paul Klee, entre otros. El color era como una llamada, un distintivo característico, un sello de fábrica del modo de trabajar de Paco Simón. Hubo una época en que empleaba colores claros, a modo de fondo, tocados aquí y allá por unas manchas más o menos ambiguas que parecían hojas, una larva que avanza, peces que van y vienen con su música y sus ojos asombrados. En esta muestra, podría decirse que hay varias obras de este tipo: piezas de sutileza cromática y de inesperada gestualidad, de filiación informalista.

Más tarde, Paco Simón fue derivando hacia una producción muy diferente y perfectamente reconocible. Casi como quien da un salto de tigre, orientó su propio camino a la sombra de los voraginosos árboles de un bosque, cuya enramada tenía algo de masa homicida y devoradora. Pintó cuadros con anécdota, cuadros susceptibles de resumirse en tres vocablos: fronda, figura y flor. De éstos hay muchos en la muestra: Paco Simón creó un bestiario personal de ratas, lobos, zorros o pájaros (y no siempre así de concreto: había animales indefinidos, híbridos), que resultan un tanto inquietantes. Paco Simón no pintaba la felicidad ni la plenitud: pintaba una suerte de desgarro enigmático, una atmósfera desapacible que vistos hoy ofrecen afinidades y coincidencias con el grupo Cobra, en concreto con Lucebert, con el Miquel Barceló fascinado por Mali y sus indígenas, e incluso con aquel joven Víctor Mira, que se asomaba a los tugurios de las noches de perdición.
A veces, esas figuras de Paco Simón tienen algo de sombras demoníacas o de monstruos que se agigantan, y parecen avanzar. Nunca se sabe del todo si vienen hacia aquí y se alejan por el fondo del cuadro contra una luz de poniente, contra una reverberación de luces naranjas y ocres. En esa época, con total libertad, Paco Simón parecía confrontar sus hombrecillos y sus esquemáticos espectros con el mundo de pesadillas de Wifredo Lam y de Roberto Matta y la iconografía latinoamericana. En uno de los lienzos, resuelto con acrílico y técnica mixta, irrumpe una aguzada sombra que recuerda a un Don Quijote tan escuálido como siempre y más desolado que nunca.
Por otra parte, también hay una colección de cuadros que tienen algo de bodegón sobre un fondo de agua: a veces son como vasijas o alcuzas; a veces son formas triangulares, exentas o con informes figuras en lontananza; a veces son instantáneas arrebatadas a la floresta. Y en ellas, con un brochazo suelto y sugerente, irrumpe siempre el color.
Paco Simón también fue un apasionado pintor de mujeres: les dedicó muchas obras. Y quizá muchas horas. Y algunos títulos de sus cuadros. La mujer fue tema, obsesión y desafío del pintor. Aparecen una y otra vez mujeres de grandes ojos, próximas a una planta que se cimbrea como una amenaza; mujeres que recuerdan a las Venus negras que huyen del cafetal con su hipnótica opulencia; mujeres que exhiben la certeza de un desnudo no sabemos si antes o después de una noche de lascivia, como sucede en “La virgen del colchón”; mujeres como odaliscas que contemplan el último arrebol de un lago; mujeres que se han fumado la noche mientras sonaba una música de jazz y una voz estremecida, rota por las agujas de una pasión imposible. Mujeres, mujeres, simplemente mujeres que posan para el artista en su estudio, empapadas de los colores del delirio, con la mirada mansa de la tentación.
            No podemos olvidar la etapa más fecunda de Paco Simón: el periodo en que abrazó la estela del por-art norteamericano, a la manera de Andy Warhol y de otros creadores contemporáneos. No era un pintor crítico, sino voluptuoso, de atmósferas y de la urgencia de una libertad inmediata y sin complicaciones. En aquellos días, cuando exponía en Zaragoza, Barcelona y Nueva Cork, el pintor vivió un período especialmente intenso y fructífero. Seguía siendo un artista del color, y contaba historias, pintaba relatos que sucedían al ritmo del rocanrol y del jazz, pintaba nocturnos e instantes de seducción y embrujo, pintaba interiores con atrevidos y radiantes colores, y hacía carteles, componía portadas de libros y discos, realizaba serigrafías, exponía sin descanso. Exudaba alegría, frescura, liviandad y desenfado, aunque como en todas las cosas verdades siempre había un dolor entrevisto. El propio artista confesaba: “Vivía alocadamente: en la pura bohemia, con rapidez, trabajaba de noche, oía rock y jazz. Miraba mis cuadros y los veía como una escena narrativa, como una historia que estaba pasando”.
            Paco Simón era el cronista visual de aquellos días de vitalidad y desorden, y acabó casi exhausto de una pintura que ya le resultaba previsible, despojada de misterio. “He llegado adonde he llegado por mi propio trabajo, por mi búsqueda. La pintura al fin y al cabo es como la música: a partir de las notas universales, de los trazos y el gesto, debes elaborar tu melodía, tus lienzos. Y a mí me ocurrió que no me sorprendía mi propia obra, y empecé a meterme en otro territorio, en el uso de capas casi monocromas para crear el misterio”. Ese cambio ya se anticipaba en uno de los grandes cuadros de esta muestra promueven Carlos Gil de la Parra y Jorge Gasca: “Stormy water”, aguas tempestuosas, aguas de tormenta, en la que se ven tres pájaros –¿serán estorninos, serán golondrinas?- que trazan las espirales del vuelo sobre un lago o sobre el mar, en un agitado día de vendaval. “Cada vez me interesan más los cuadros ante los que puedes pasar tiempo y tiempo mirándolos y te perturban”, nos decía el artista en una de sus exposiciones recientes.
Esa lenta pero paulatina y segura transformación le ha llevado a una pintura diferente, que rezuma armonía, calma, convencimiento, sesgo de sierpe en medio de una superficie de color casi única. Belleza sosegada. “Sigo valorando el caso del pintor que, por pura evolución y depuración de su obra, acaba pintando un cuadro blanco. Odio los artistas que de tanto pintar y pintar resultan relamidos. Cuanto más sencillo es el lenguaje mucho mejor”, dice. Sus últimos lienzos le aproximan al Miró cosmogónico, al Klee de la música de las esferas, de los símbolos, de los mínimos gestos. “Yo me siento un pintor inmerso en la cultura mediterránea: un pintor del color, de la forma y de la emoción, que es lo que intento transmitir. Me mueve la emoción y aspiro, como Joan Miró, que mi obra transmita una emoción muy directa”.
Estos cuadros y esta vida de artista de casi 30 años de creación pueden contemplarse como una retrospectiva, como el álbum del viajero, como los cuadernos de un pintor inconformista que también ha querido ser promotor cultural y abanderar proyectos como “Cambio constante”. Ahora, inmerso en otras batallas de la imaginación, renovándose día tras día, tiene muy claros su destino y la fuerza de su vocación: “Me encanta trabajar con las manos, la cocina del arte. El cuadro me emociona por su contenido, por su cromatismo, por la elaboración manual que tiene. Le concedo a nuestro oficio un valor estético inmediato: para mí lo esencial es transmitir sensaciones. Pintar y hallar líneas me produce un gran placer”.

 

*La obra pertenece al dominio de www.elpollourbano.net, el gran proyecto de comunicación y de humor de Dionisio Sánchez y gran batallón de amigos e iconoclastas.

   

08/04/2008 10:19 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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