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HONDA VERDAD DE LA POESÍA: VICENTE PASCUAL

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Pongo Cinema do mar de Carlos Núñez, uno de los discos más melancólicos que conozco, de ésos que, al menos a un gallego, le abren el corazón como un fado. O como un lentísimo puñal indócil. Lo pongo y suena “Home da terra” de Tamiya Terashima.

Me he sentado al ordenador después de volver del trabajo para comentar la emoción que me ha producido el libro de Vicente Pascual Rodrigo, a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada, que acaba de publicar Olifante, así escrito el título, en su colección Papeles de Trasmoz, de La Casa del Poeta. Posiblemente, sea esta colección la más bella del sello de Trinidad Ruiz-Marcellán y Marcelo Reyes, y probablemente sea éste el libro más conmovedor, más hondo, más bello, más terrible. Perdón por los adjetivos: sé que derramo demasiados, pero éstos, nada novedosos, se ajustan a la verdad del libro, a la intensidad, a la desnudez radical de un hombre como Vicente –poeta, pensador, pintor metafísico, arquitecto místico de los paisajes- que pelea un día sí y otro también con la muerte, con la muerte real que le amenaza y que no le arredra. 

Vicente se pregunta aquí por todo: el sentido de la vida, el dolor del adiós, la incertidumbre. Vicente habla de la plenitud, del amor, de la amiga (esa Ana Marquina, que concentra todos sus sueños y que resume todas las mujeres en una sola, leve y morena), del río del tiempo y de la memoria. Vicente canta y llora, reflexiona con serenidad, se reconoce verso a verso. Y no sólo eso: el maestro de la contención, el filósofo zen que vive a la sombra de la torre mudéjar de Utebo también teje historias de amor, epopeyas del delirio, como la de Laylâ y Majnun, que se aman, se pierden, se alejan y se reencuentran bajo el velo inefable de la Noche y sus designios. Y usa el discurso reflexivo y la cancioncilla de estirpe popular, con estribillo y calculadas y rítmicas repeticiones.

Éste es un libro de partida, acaso un testamento, y a la vez es un libro de bienvenida incesante a la vida, a las pequeñas cosas: el ciruelo que se agita en los dedos del viento, el río que avanza entre montañas y copia las luces más hermosas del día, el cuerpo dolorido, los aromas que avanzan como una brisa de resurrección… 

Copio un primer poema:  

A LA BIENAMADA 

¿Ves, amada?
¿Ves las nubes cómo bajan?
Cómo visten aquel monte. 

¿Ves su cima, que se eleva,
que se asienta sobre ellas?
¿Ves mi pecho dilatado? 
¿Ves, amada, lo que ves?
Es el cielo en nuestra tierra
y la tierra en nuestro cielo. 

Y otro más:  

DE LA MUERTE 

Dicen
que es amarga la partida
y que es dulce
el buen encuentro. 

No hay encuentro sin partida,
ni partida sin encuentro. 

¡Mirad, que viene el viento!
¡Que se lleve el humo,
que lo lleve!
¿Habéis visto lo que he visto? 

DE LA MUERTE 

Que mis huesos se evaporen
en el aire muy inmenso.
Que mis carnes alimenten
muy menudas criaturas. 

Y ojalá este romero,
en muriendo siempre, encuentre
el sendero de retorno. 

Y para aquellos a quienes os gusean las emociones fuertes, las verdades ineludibles, para vosotros que leeréis pronto este libro, Vicente se despide así:  

Y ahora callo, tengo sueño.

*La foto es de Moumine.

09/04/2008 21:04 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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