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RAFAEL NADAL SE CORONA POR VEZ PRIMERA EN WIMBLEDON

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He visto impresionantes finales de Wimbledon desde los años 70. He vibrado con Boris Becker frente a Ivan Lendl, recuerdo la de 1981 cuando John McEnroe interrumpió la racha de Bjorn Borg (aquel día lloré de felicidad), recuerdo los espléndidos partidos del excepcional Stefan Edberg, la final de la pasada edición entre Federer y Nadal, que se libró a cinco sets…

La de este año ha sido increíble: un partido emocionante, tenso, lleno de variantes, jugado de poder a poder, con impactos inverosímiles y una energía mental infrecuente. Nadal, tal como esperaban algunos, en particular algunos cronistas de los tabloides ingleses, ganó con cierta comodidad los dos primeros sets por 6-4. Perdió el tie break del tercero, tras disponer de un momento mágico antes de la suerte decisiva; luego contó con la posibilidad de ganar en el tie break de la cuarta manga. Y en la quinta, se sobrepuso y venció por 9-7 ante un Roger Federer maravilloso, que posee el mejor drive que recuerdo (y unos cuantos golpes brillantes más, sin ir más lejos un excelente juego de volea), mejor que el de Lendl, que poseía una pegada demoledora, y con un saque soberbio, creo que logró 25 aces, cinco veces más que Nadal.

Al jugador español hay que ganarle los puntos con golpes demoledores: posee ambición, garra, concentración, estrategia, pundonor, capacidad para competir, un físico portentoso, confianza en sí mismo, y ese don de sobreponerse una y otra vez ante la adversidad. A cualquier otro jugador que le igualen los dos primeros sets, y además el número uno del mundo, le habrían metido el miedo en el cuerpo, le habrían desmoralizado: no fue el caso. O si lo fue, no se percibió más que lo justo. Nadal jugó el quinto set con fuerza, arriesgando, haciendo correr al rival, sin venirse abajo en ningún instante, buscándole obsesivamente su golpe más frágil: el revés. Y al final, conquistó su primer título sobre hierba, tras casi cinco horas, interrumpidas en dos ocasiones por la lluvia: 6-4, 6-4, 6-7, 6-7 y 9-7. A la tercera venció en Wimbledon y suma así ya su quinto Gran Slam, algo que no posee nadie en la historia del tenis español. Arantxa Sánchez Vicario posee cuatro (tres Roland Garros y un Open Usa), Santana otros cuatros (dos Roland Garros, un Open Usa y el título de Wimbledon), y así se convierte en el tercer jugador que gana este torneo, tras Santana en 1966 (venció a Dennos Ralston por 6-4 11-9 6-4) y Conchita Martínez en 1994, que le ganó el título a la norteamericana de origen checo Martina Navratilova, la gran campeona de Wimbledon en individuales y en dobles, en tres sets.

*Un instante del partido: Rafael Nadal, en esta foto de Vassil Donev, de la agencia EFE, ejecuta una volea.

 

[1994. CONCHITA, REINA DE WIMBLEDON

 Conchita Martínez (Monzón, Huesca, 1972) es una de las grandes jugadoras de tenis de los 90, y se ha mantenido en el máximo nivel hasta finales del siglo XX. Dominaba todas las superficies, poseía uno de los drives más potentes y profundos del circuito, y ha impuesto una y otra vez su clase, su talento natural, forjado inicialmente en Monzón, tierra de deportistas, y luego en Barcelona. Se pasó al profesionalismo en 1988 con apenas 16 años y desde ese instante su progresión ha sido imparable. Posee más de una treintena de títulos individuales, otro tanto cabría decir de dobles, y entre otros torneos cuenta con la medalla de bronce de dobles de Barcelona--92 y la de plata de Atlanta--96, ganadas con Arancha Sánchez Vicario, su gran compañera y su gran rival en España. Juntas, además, consiguieron para España cuatro Copas Federación, el equivalente a la Copa Davis, algo trascendental en la historia de este deporte porque eliminaron a los potentes equipos de Alemania (como la mismísima Graf o Anke Huber) o de Estados Unidos (con Davenport, Navratilova, Capriati, Marie Jo Fernández o Gigi Fernández, entre otras).

         Conchita, pese a su mohín de fastidio y a su frágil moral, ha ganado a todas las grandes jugadoras: desde Gabriela Sabattini a Stefi Graft, desde Manuela Maleeva a la propia Arancha, desde Mónica Seles a Martina Hingis. Eso prueba su alto nivel competitivo, que se ratificó con títulos como Hilton Head, Tampa, Amalia Island o Hamburgo, que la llevaron a la segunda plaza del ránking de la WTA en noviembre de 1995.

         Aquí y allá exhibió su facilidad, su buen sentido estratégico, su inspiración, la variedad de golpes, la regularidad. Cuando está bien, Conchita resulta casi insuperable; cuando cae en uno de sus baches anímicos, tiende a encogérsele el brazo y el corazón, acaba derrotada, casi humillada, en ese combate interior que mantiene consigo misma mucho antes que  con su rival. Cuando se ha comparado el juego de Arancha y de Conchita, no ha habido dudas: la catalana es una tenista pundonorosa, con golpes limitados, ninguno demoledor desde luego, pero con una mentalidad increíble, luchadora hasta el fin. Y en cambio, Conchita es más frágil y con menor ambición, se descentra, no tiene esa capacidad de lucha, pero sus impactos son más profundos, más rápidos y poderosos. La calidad de su juego, golpe a golpe, es nítidamente superior. De haber tenido un poco más de rasmia o de combatividad, ahora estaríamos hablando de una campeona con media docena de títulos de Grand Slam en sus vitrinas.

         El gran momento de Conchita Martínez lo vivió en Wimbledon en el verano de 1994. Hizo un torneo increíble y se plantó en la final ante la sempiterna Martina Navratilova, que ya había batido récords en las pistas de hierba y parecía resucitar del abismo de la memoria con algo más de treinta años. Allí había jugado algunos partidos memorables y había hecho olvidar a Margaret Court, a Billie Jean King o Chris Evert--Lloyd, cuyos récord había superado.

         Conchita ganó el primer set con un juego contundente, con una profusión de "passing shots", que desarbolaban el ataque de Martina y su velocidad de piernas; en el segundo set, se impuso el juego de saque y volea de la americana, su rapidez y su potencia, ganó por 6-3, y muchos pensamos que Conchita ya no tendría corazón ni ánimo ni fuerza interior para remontar. Sin embargo, recuperó la profundidad de sus golpes, la alegría del brazo, hizo correr a la rival y a la pelota, ajustó su saque y se escapó en el marcador con un 6--3. Entonces, miró al cielo, las lágrimas le enturbiaban la mirada, y se desplomó de la emoción. Martina corrió a abrazarla. Fue una estampa bellísima: la mujer perpetuamente abatida, la campeona que se desmorona en el último instante, la jugadora taciturna vencía al gran mito del tenis moderno y conquistaba ese título que tanto necesitaba.

 

*Recupero esta nota sobre la trayectoria y la victoria de Conchita Martínez sobre Martina Navratilova en Wimbledon en 1994.]

 

06/07/2008 23:05 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Magda

Yo le iba a Federer, y perdió, nimodo. Aunque sigue siendo el primero del mundo, tengo entendido.

Nadal jug+o muy bien, pero es tan pesado y prepotente (se cree el último huevo de dinosaurio en el mundo), que me cae muy mal. Es muy joven aun, tal vez no ha aprendido a ser sencillo.

Pero bueno, las simpatías no tienen que ver con la calidad de juego, y los dos jugaron excelente, quedaron parejísimos.

No me perdí ni un segundo de este juego, a pesar de ser de los más largos de la historia.

Ivan Lendl, fue mi héroe. Que tipazo tan grande.

Fecha: 06/07/2008 23:30.


gravatar.comAutor: creditos

Wimbledon, otro triunfo de la España de Zapatero

Y otro disgusto para la derecha...

Despues de muchos años de espera Rafa Nadal gana Wimbledon, la España jóven de Zapatero no conoce limites... Eurocopa, Formula 1, Eurocopa, Baloncesto... y ahora Wimbledon.

Y otro triunfo para Cuatro... lo de "Podemos" va camino de ser el éxito del verano.

Lo de "pan y circo" se está quedando anticuado.

Carlos Menéndez
http://www.creditomagazine.es

Fecha: 07/07/2008 12:32.


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