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EL SASTRE QUE ENAMORÓ A FAYE DUNAWAY

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[Alguien me ha recordado este artículo dedicado a mi amigo Joaquín, el sastre y alguacil de La Iglesuela del Cid. Releo el texto, que publiqué por vez primera en julio de 2007, y lo traigo aquí de nuevo porque me produce mucha ternura y siempre siento por lo menos una leve nostalgia de los años en La Iglesuela del Cid y del Maestrazgo. Allí, con mis hijos, con la gente, con los amigos que llegaban, pasé espléndidos momentos. Y Joaquín siempre andaba por allí de apacible anfitrión. La foto corresponde a Faye Dunaway en la película Bonnie and Clyde.]

 

 

En el invierno de 1994 nos fuimos a vivir a La Iglesuela del Cid. Yo iba de mi ocupación más constante: marido de la médica. Rápidamente me enamoré del pueblo, habitado por poco más de 500 personas. Y allí, en ese lugar del mundo donde alguien dijo que palpitan los cielos más bellos del mundo, vivía Joaquín, el pregonero, el funcionario humilde del ayuntamiento, el conversador de taberna, el sastre oculto. Pronto nos hicimos amigos y supe de él algunas cosas: sus tentativas de amoríos, sin fortuna; alguna que otra visita a los burdeles en las carretera de Castellón o, lo que lo convirtió en un héroe ante mis ojos, su condición de hermano, y casi padre y a la vez hijo, de dos hermanas gemelas y ciegas. Una ya se había muerto hacía algún tiempo, y la otra finaría poco después de nuestra partida en 1999. Joaquín me invitó un día a su casa, que me pareció más bien oscura, y me enseñó su gabinete de sastre: era un cuarto reducido, con mesa, colgadores para la ropa, varas de medir, cintas, tijeras, tizas. Tuve la sensación de que acababa de penetrar en el cuarto del brujo sigiloso, del brujo postergado que la población desconoce. No recuerdo con exactitud si tenía patrones, pero sí había hecho trajes, tenía una modesta clientela que le pedía que le recogiese los pantalones, que le ensanchase una costura, que recortase una manga, y él todo lo hacía con prudencia. No quería que nadie supiese que aquella ocupación, una vez que había obtenido un modesto puesto en el ayuntamiento, le seguía dando algo de dinero para ir trampeando. “No digas nada a nadie, que yo cobro por agricultura”.

Desde ese día, Joaquín me ganó para siempre. Era mi amigo, casi un cómplice. Y me contaba todo, aquello que sentía que podía ser revelado y compartido sólo con una persona más. Me explicaba alguna historia de su hermana, que cocinaba para él, que dominaba la casa desde las tinieblas. Mientras, Joaquín hacía su veintena larga de paradas y anunciaba aquello de: “Para general conocimiento se hace saber que se venden pescadillas, mejillones y calamar en Casa Maruja”, o anunciaba que había venido el vendedor de lencería de Castellón, o el frutero de Cinqtorres. Joaquín tuvo un hermoso gesto, del que siempre le gustaba acordarse, pero no por soberbia sino para afirmar su cariño para la familia de la “tía medica”. En el verano de 1995 se nos quemó el Seat Ibiza rojo que teníamos en el centro de la plaza; había que comprar o cambiar de coche de inmediato, y como éramos tantos, se nos pasó por la cabeza adquirir una Nissan Serena.


Joaquín vino a casa al día siguiente de aquel incidente que sucedió en fiestas –el alcalde José Miguel Cruz se portó admirablemente: trajo el extintor de su coche y lo vació por completo- y me dijo: “En las eras tengo aparcado mi Renault Clío. Lo coges y lo usas como si fuera tuyo porque tuyo es mientras te haga falta”. Entonces yo trabajaba en “El Periódico de Aragón”, hacía la sección “En primer plano”, entrevistas de doble página los domingos, y bajaba mucho a Zaragoza y Teruel. Usé su coche. En apenas dos semanas, doblé los kilómetros que él había hecho en dos años: no llegaban ni a los dos mil, y le devolví el coche con seis mil. El día anterior a que nos entregasen la furgoneta, vine a Zaragoza a entrevistar o a presentar a alguien; de regreso, cuando dejaba atrás el pantano de Calanda, cerca ya de Mas de las Matas, salió a la calzada una cabra montés y le di un golpe. Un golpe impresionante que provocó un importante bollo en el coche. Bajé de inmediato, miré, rastreé un poco la calzada a ver si veía al animal. Ni rastro. Seguí conduciendo. Acababa de darme cuenta de que tendría que explicarle a Joaquín lo que me había ocurrido. Mostró ese gesto de sorpresa, pero no de reproche, y la prueba real es que jamás quiso que le pagase la pequeña avería: 50 ó 60.000 pesetas. Bueno, en realidad, ahora no me acuerdo bien de lo que ocurrió; sí sé que fuimos juntos al mecánico y que lo solventamos.

Al volver hacia La Iglesuela del Cid desde Villafranca me dijo: “No te preocupes, alguna vez tendría que llevarse un golpe. El coche ahí está, si tu mujer se lleva el otro a Cantavieja para las guardias, tú ya sabes donde está mi garaje de las eras”. Aquel gesto suyo lo hacía sentirme cerca de mí, mejor persona, mejor amigo de veras, porque yo no tardé en meterlo en un cuento de “Los seres imposibles” (Destino, 1998) y además junto a uno de los seres que más quiero en este mundo: una muchacha que aspira a ser actriz y que se llama Aloma, y que ya ha publicado su primera novela: París Tres. A él también le gustaba y me lo decía siempre: “Mi socia está muy guapa”.


El momento más memorable, más literario, que recuerdo de Joaquín se produjo durante el rodaje de “En brazos de la mujer madura” de Manuel Lombardero, que llevó al pueblo a Faye Dunaway. El obispo de Teruel Antonio Algora se había negado a que se rodase en la ermita del Cid, y se produjo una revuelta curiosa. El primer día de grabación con la actriz, Joaquín estaba al quite. Vio la roulotte de Faye Dunaway, ella le sonrió, y se produjo un instante de atropellamiento. Joaquín llevaba las inmensas llaves de las dependencias municipales, quizá de la Casa Matutano, hoy Parador de la Iglesuela del Cid. Y en un instante de ofuscación del rodaje, superado por los gritos, las luces, el ajetreo de técnicos, etc., no se le ocurrió otra cosa que darle la llave a Faye Dunaway.


Me lo contó un par de veces, y la segunda, como si ya fuera consciente de la extravagancia de su gesto, me dijo: “Ella la cogió, la levantó en el aire y sonrió. Pensó que le estaba dando las llaves del pueblo”. Ella, creía Joaquín, había sido receptiva con su actitud, y la prueba es que en los dos o tres días que estuvo en el pueblo, estirándose la piel con toallas heladas de Casa Amada antes de entrar al set, siempre que lo veía decía: “My friend, mi alcalde”. Añadió Joaquín que “si no fuera por el inglés, aún podríamos haber festejado”. Joaquín no distinguió nunca del todo que aquel inglés era un actor, casado en la ficción con la actriz, pero no su amante ni su marido.

Vi a Joaquín hace algo más de un año en las jamonerías de Alejandro Centelles, con su bata, con las inmensas ganas de hacer cosas y contarme historias. Y de recordarme que un día una reina de Hollywood –la señora de “Bonnie and Clyde” o “Chinatown”, nada menos- le había sonreído y al hacerlo le recordaba que de él recibió las llaves del Maestrazgo, ese lugar donde el silencio habla, ese lugar del que acaba de irse para siempre Joaquín, el contador de historias, el seductor indomable, el pregonero, mi sastre inolvidable, el hombre bueno que quiso ser mi tío de América bajo el cielo más hermoso del mundo y me prestó su Renault Clío granate…

 

23/07/2008 22:38 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Inde

¿Y al decir "si no fuera por el inglés" no se podría estar refiriendo al idioma? Yo creo que, si ella hubiera hablado castellano, a Joaquín no se le hubiera puesto nada por delante...

Fecha: 25/07/2008 00:04.


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