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DURAS. BESOS Y CHISTES MALOS. Por MARCHAMALO

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Jesús Marchamalo incorpora pequeños detalles a su página web estupenda: www.jesusmarchamalo.es. Hace unos días me invitaba a ver su sección de Dedicatorias, y en ella descubrí este texto. Marguerite Duras también me conmovió de una manera especial, sobre todo con un libro turbador y extraño que se titula ‘El arrebato de Lol V. Stein’, quizá sea mi libro preferido de ella. A veces, cuando me dirijo hacia el Canal Imperial, entre maizales, higueras y el camino de las canteras, lo saco de la mochila, la edición de Tusquets, y leo algún fragmento.

 

Por mi admiración hacia Duras y hacia Marchamalo, que se alimenta de literatura y que alienta palabras como pájaros, traigo aquí ese texto. Jesús me dice: “He leído que, en la escuela, un compañero se enamoró de ella perdidamente. Como no le hacía ni caso, le pedía que le prestara el anillo. Durás se lo quitaba con desgana, se lo daba y él lo apretaba en su mano. Y así, a través del anillo, sentía su calor”.

 

DURAS. BESOS Y CHISTES MALOS

 

Por Jesús MARCHAMALO

Su infancia estuvo  marcada por la humedad. La lluvia, los arrozales, el monzón, la jungla impenetrable y tenebrosa a la que, de niña, miraba con recelo, el mismo con que se mira un pozo. Aquella sombra oscura, opaca y tentadora de un lugar casi imaginado, una puerta secreta por la que a veces escapaba un tigre –todo fauces y garras-, una serpiente o algo más peligroso.  

Criada entre palabras de sonidos exóticos –Conchinchina, elefante, sari-, a la sombra de la vida colonial, un poco de opereta, de estuco y falso techo, creció casi olvidada, escapada de una madre, pobre, viuda, maestra, que hablaba con su marido muerto cada noche, quien desde el más allá les transmitía un tranquilizador mensaje de esperanza.

Hubo algo de aquel país del agua que siempre fue con ella. La exuberancia, el jugo de las frutas, así que cuando la obligaban a comer las manzanas que llegaban de la metrópoli, su tacto algodonoso y seco, áspero en la garganta, como una venda, le provocaba arcadas.

Tenía en contra, sí, que era bajita y flaca. Trenzas, pecas, zapatos desgastados, y una expresión adusta, taciturna, rastro de una miseria bíblica y perdurable. Y a favor, una belleza exótica, oriental, de porcelana china, unos labios cereza –siempre rojos de rouge-, y un brillo seductor que la hacía, en aquel paraíso del barro, deseable.

Recordó toda su vida la húmeda repulsión del primer beso que le dio, por sorpresa, un amante, y que fue como un pez que tocara sus labios, una babosa, una culebra muerta. Fue besarla y empezar a escupir sobre el pañuelo, como si la saliva fuera venenosa.  

Así, casi escupiendo, llegó al París de antes de la guerra con su sensualidad arrebatada, casi perniciosa, que fue dejando a su paso un ejército inconsolable de amantes abandonados. 

Y después, escribió, todo el tiempo, incansable.

Hubo un momento en que su casa se llenaba de existencialistas, comunistas mundanos, escritores de culto, cineastas, amigos… Más tarde fue el alcohol, o al tiempo. Una caja diaria de vino de Burdeos. Hasta que veía bichos en la cama. Vacas en la despensa de la casa. Y una muchacha que cargaba libros a su espalda. Visiones que cuando consiguió curarse empezó a echar en falta.

Le encantaban los chistes. Ése del caballo que sale a la calle y se encuentra con una cebra a la que dice, ¿a estas horas todavía con pijama?

Cuando publicó El amante toda Francia se rindió a sus pies. La Duras, le decían. Fue a la tele, le dieron premios, fiestas, agasajos, la recibió el Presidente de la República… Aquel beso de pez la hizo millonaria. ¿Cuánto? Nunca lo supo exactamente. A última hora se hizo un poco de lío con los francos. Los antiguos y los nuevos.

*No es Marguerite Duras, pero sí es una bella foto de Tatjana Antonjuk.

 

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