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LA HISTORIA CON PIES DE FOTO

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ALBERTO BAYOD: TAL COMO ÉRAMOS EN BELMONTE

 

El historiador e investigador Alberto Bayod publica el volumen ‘La fotografía y su reflejo visual. Belmonte, 1860-1940’, una ambiciosa y compleja antropología social de la localidad turolense

 

 “Siempre me han fascinado aquellas fotografías antiguas”. Con esta frase el historiador e investigador Alberto Bayod inicia su libro ‘La fotografía y su reflejo social. Belmonte, 1860-1940’ (Amigos del Mezquín y otros), un volumen de más de 500 páginas que puede definirse como una antropología visual, “nuevo campo de investigación dentro de las ciencias sociales”, según escribe Mercedes Souto Silva, y como un ejercicio deslumbrante que integra, con rigor y pasión, la fotografía y la historia, tal como señala Pedro Rújula. Alberto Bayod ha invertido miles de horas a lo largo de 19 años en trazar esta “memoria colectiva” de “la dura realidad de una comunidad desigual y tradicionalista”, que sólo es la primera parte de un magno proyecto centrado en la villa bajoaragonesa.

Bayod ha visitado los archivos del Congreso, de la Corona de Aragón, históricos, municipales y parroquiales; ha frecuentado hemerotecas y bibliotecas; ha recogido testimonios orales, y se ha encontrado con colecciones fotográficas, de Belmonte y alrededores, y de profesionales tan conocidos como Ignacio Coyne, Aurelio Grasa, Lucas Escolá, Manuel Jarque o Gustavo Freudenthal. Con todo este bagaje ha organizado sus materiales que abarcan las panorámicas, las fotos de estudio, los retratos al aire libre, las instantáneas escolares, taurinas o festivas, y una incipiente forma de reportaje.

El volumen se abre con las “panorámicas, lugares y escenarios” de Belmonte de Mezquín, luego Belmonte de San José, que ya aparecía en el ‘Madoz’ y el 23 de 1770 en ‘El Correo General de España’ de Madrid, el semanario que dirigía el alcañizano Nipho. Uno de los grandes fotógrafos del libro es Carlos Estevan Membrado, que usaba una ‘Thornton-Pickard’ de 13 x 18; y otro fue el médico Francisco Velázquez, un maestro del autorretrato que se instaló, como galeno, en Zaragoza hacia 1921. Entre las numerosas fotos anónimas hay que destacar una rareza: la del misterioso Enoch Danielssen que se había alejado de la I Guerra Mundial y se había recluido allí con la profesión de cultivador de olivos. Otro capítulo está centrado en las viviendas dispersas: las masías, las torres, las torretas. Entre ellas destaca el proyecto del ‘Mas Blanco’, una especie de “poblado rural lleno de vida” que fue como un modesto sueño de civilización y de explotación agrícola de Juan Pío Membrado.

Otro capítulo está dedicado a la ermita de San José, ese santuario con vistas que siempre ha estado protegido por un ermitaño. Una foto de la impactante y moderna consulta del doctor Francisco Velázquez preside el capítulo dedicado a la enfermedad. Belmonte padeció crueles epidemias de cólera en 1855, que se “ensañó con la familia Membrado”, y en 1885, y una gripe terrible en 1918 que se llevó a 25 personas en 23 días. La niña Josefa Villarroya Mir fue la primera en fallecer; el fotógrafo ambulante Miguel Casanova la retrató poco antes como un ángel. En este apartado, Alberto Bayod cuenta la historia de los médicos como hará luego con los maestros y las maestras, en otro capítulo lleno de sugerencias donde aparecen los grupos de escolares. Se recuerda que era toda una odisea para los maestros cobrar los sueldos cuando debían pagarles los ayuntamientos; para evitarlo se estableció una partida económica con cargo a los Presupuestos del Estado a partir de 1902.

También se documentan las fiestas, las romerías, las procesiones, las corridas de toros y las corridas de pollos, siempre con ricas historias humanas, siempre con su pie de foto. Pero quizá el capítulo más impresionante sea el dedicado a la alteración del orden público. En él figuran el labrador que “monopolizó la figura de juez local durante casi doce años”, el terrible crimen de ‘Las Torretas’, del once de marzo de 1879, en el que fueron asesinados un labrador y dos de sus hijos, uno de ellos degollado, etc. Aunque el caso más impactante y prolijo, de julio de 1907, fue el de los cinco niños “martirizados’ de Zaragoza, que vivían en el paseo de la Independencia. Su padre el ingeniero Eduardo Elío se quedó viudo y se casó con la maestra de Belmonte Rosa Membrado, pero esta fue acusada luego de abandono de los hijos del marido. Cuando los vieron en el cuarto ciego, el fiscal y el juez “no pudieron reprimir un movimiento de horror”. Rosa Membrado los dejó, se dijo, “en un cuarto infecto, sin luz y sin aire respirable”. Aquel suceso conmovió en Zaragoza y en todo el país, y provocó una agria polémica entre ‘El Noticiero’ y HERALDO. Se reproduce una foto de la plaza de San Felipe, en cuya iglesia se había refugiado Elío, que pertenece a un jovencísimo Aurelio Grasa.

*Una procesión de 1922: las mujeres por un lado y los hombres por otro.

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