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DIÁLOGOS: STEVE GIBSON

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“Creo volúmenes y ritmos

 hasta que la figura exhibe

 su condición humana”

 

“El viaje es un refugio,

una adicción y una

huida de mí mismo”

 

“Me gusta fijarme

en la gente tan distinta

de las Delicias”

 

Steve Gibson nació en 1964, en Liverpool, cuando Los Beatles empezaban a estremecer el mundo con sus baladas y con su rebeldía. Tras la Segunda Guerra Mundial, el muelle había perdido protagonismo. Aquel ámbito “mayoritariamente laborista, de astilleros y estibadores, vivía una gran crisis con conflictos constantes y ruidosos”. Y entonces aparecieron aquellos melenudos y contestatarios que fijaron el foco de nuevo en Liverpool. Steve Gibson, que acaba de enseñarnos el taller que comparte con el pintor Jesús Fraile, dice: “Los Beatles encarnan el espíritu de Liverpool. Su éxito también fue un grito de rebeldía. Mi padre era policía, ‘bobby’, y estudió con Paul McCartney. Era un hombre conservador y decía que Paul era un tonto: no entendía ni sus pelos largos ni su forma de ser. No valoró en ningún instante su talento musical. Mi padre era un hombre esencialmente serio que me llevó muchas veces al campo del Everton, mi equipo. Vi, siendo niño, a aquel trío inolvidable formado por Alan Ball, Harvey y Howard Kendall, que luego fue entrenador y logró varios títulos. En la escuela, tenía por compañera sobrina del primer batería de Los Beatles, Pete Best, Viva, y contaba sin darle mayor importancia que el grupo ensayaba en el sótano de su casa”.

¿Ha heredado de su madre, entonces, la vocación artística?

Mi madre trabajó primero en una fábrica y luego se convirtió en profesora de hostelería. Era una mujer sensible. Mis padres se casaron jóvenes y se separaron cuando yo tenía diez años. Yo tenía una hermana; mi madre se casó con otro hombre que tenía dos hijas, y aún tuvieron otras dos hijas más. Al final, yo era el único chico en medio de cinco hermanas.

¿Cómo descubrió a Los Beatles?

Con ‘El Submarino amarillo’, que tenía algo de canción infantil. Ese fue el momento en que me di cuenta de que existían, y luego también me impactó una canción de George Harrison: ‘My sweet Lord’. Yo ya pintaba desde los seis años.

¿Desde tan joven?

Sí. Recuerdo que una vez hice un pavo real, que había visto con auténtico deslumbramiento, y lo enmarcaron en el colegio. Los profesores decían que era bueno. En aquellos días pasaba mucho tiempo con mis abuelos maternos, y recorría los descampados con mi abuelo…

¿Le marcó de una manera especial?

Creo que sí. Mi abuelo era un tipo especial, muy aventurero. Había nacido en 1904, se alistó en el ejército y se marchó de soldado a China para defender las colonias iglesias. Había tenido una infancia de novela de Dickens: procedía de una familia humilde y católica, con muchos hijos que ni podían llevar zapatos. En el fondo me contagiaba la idea de la aventura y del viaje, que serían muy importantes en mi vida. En realidad, siempre he querido marcharme de Liverpool.

¿Por qué?

No lo he sabido nunca, pero siempre he querido viajar, conocer mundo. A los 18 años, me matriculé en la Universidad de Liverpool en Bellas Artes. Y luego, tras presentar un portafolio muy completo, con pintura, escultura, serigrafía, cerámica, ilustración y diseño gráfico, me admitieron en la Universidad de Brighton, donde opté por la especialidad de Diseño Gráfico. Entonces era un oficio muy artesanal en el que te manchabas las manos. Ingresar allí era difícil, muy difícil, y además tuve la suerte, dado que los ingresos de mis padres eran bajos, de recibir la máxima beca del estado.

¿Cuándo vendió su primera obra?

Antes. Con 19 años, hacia 1983. Al terminar el primer curso, hicimos una exposición colectiva y se expuso en el complejo Caverns Walks, que se alza sobre la sala. Hice tres dibujos: unas letras, con papel de aluminio, con el que ya había trabajado de adolescente para juegos míos, y dos acuarelas de una puerta con mucha textura. Una la compró el arquitecto que había hecho el edificio y otra uno de sus ayudantes.

Sigamos: concluyó su carrera y empezó a trabajar…

Sí, como free lance. Vieron lo que hacía y me fichó una empresa. Hacía libros, portadas, revistas, de todo. Y así sobreviví un año y medio. Me sentía un trabajador, un obrero, quería trabajar y me movía en el arte comercial. No me planteaba ser artista. De golpe me cansé y, como un insensato, me fui a Australia.

¿Por qué como un insensato?

No sé. Me hubiera gustado viajar más antes de haber entrado en la Universidad. Por entonces se estableció un convenio entre Australia e Inglaterra por el que jóvenes de menos de 26 años podían estar un año completo en Australia. Y allá me fui con 300 libras en el bolsillo. Hice de todo: lavar coches y camiones, trabajar de camarero, etc. Puse en práctica algo que había dominado muy bien en Brighton: hacer dibujos sobre el pavimento directamente. Empecé a pintar en la pizarra en la que se anunciaban los menús los restaurantes. Pinté sobre pizarra a Harrison Ford vestido de Indiana Jones y al lado el menú o el anuncio de la cerveza Matilda Bay, y cuando lo vieron gustó mucho y me contrataron en restaurantes para campañas de publicidad. Hacía dos pizarras del tamaño de media puerta al día y ganaba unos 200 dólares al día, que entonces no estaba mal.

En realidad, estaba haciendo mano de pintor…

Sí, pero aquello se acabó. Se cumplió el año y me pasé a Indonesia. Y allí entrando y saliendo viví seis meses. Me veía a mí mismo como si fuera Hemingway o un genio así, que hacía lo que le daba la gana, pintaba, ilustraba, viajaba, vivía sin rumbo y sin pretensiones de nada. Más tarde, regresé a Liverpool e hice unos cursos de profesor de inglés para extranjeros. Viví un tiempo en Granada y realicé un viaje de nueve meses por distintos países de América: desde Nueva York a México, Honduras, Guatemala, Colombia y Argentina.

¿Cómo vino a parar a Zaragoza?

Fue en 1997 y alguien me dijo que en el colegio Juan de Lanuza buscaban un profesor nativo. Yo había hecho varios posgrados de enseñanza de inglés. De Zaragoza solo sabía que era la ciudad del equipo que venció al Arsenal en la Recopa de París de 1995. Di clases dos años largos, contratado, y a la vez hacía diseño gráfico para mí, trampantojos. La enseñanza no me llenaba lo suficiente y me habría marchado…

¿Por qué no lo hizo?

Por varias razones. He pensado mucho en el viaje, en mi condición de viajero. Para mí el viaje es una adicción y un refugio y una forma de huir de mí mismo. Y tenía la sensación de que había llegado, de nuevo, el momento de escapar otra vez. Pero conocí aquí a una mujer y tuvimos dos hijos mellizos, Máximo y Roberto. Pasé algunos años malos, con la sensación de que ahora no podía huir: di clases de inglés, pinté casas, y en el verano de 2003 me ofrecieron un trabajo en un centro de acogida de menores de 18 años. Para preparar las clases empecé a preparar unas figuras en volumen en cartón.

Y hasta ahora, ¿no?

Eso fue el principio. Hice un vídeo con cuatro o cinco figuras; presenté una a un concurso de la Fundación Pedro Ferrándiz y me dieron un segundo premio de 6.000 euros. Ese material lo vio un día el galerista Fernando Latorre, por sugerencia de un amigo, vino al taller de inmediato y ahí empezó mi carrera.

¿Por qué se inclinó por la escultura si apenas había aparecido en su vida?

Es arte, invención, trabajo, y todo eso estaba dentro de mí. Claro que conozco la escultura: a Henry Moore, a Giacometti, al que rendía homenaje de niño sin yo saber que existía, Hans Arp y David Donatello, cuya ‘María Magdalena’ me sigue impresionando. Ese hallazgo azaroso, la figura de cartón en escultura con el armazón interior de metal, me cambió la vida: me cambió la mentalidad y me ha permitido -primero con Fernando Latorre, tan decisivo en mi carrera, y ahora con Galería Mito (Joaquín Tugas y Alfredo Manelli)- evolucionar. Y sentirme más seguro.

Díganos cómo trabaja.

Mi obra, mis esculturas empiezan por los pies: se alzan, crecen, se conforman como hace un pintor con sus pinceladas y así, poco a poco, voy construyendo esa figura en el aire. Borro y quito con el cutter, estoy como repintando, por eso siempre digo que mis artistas favoritos son pintores: Lucian Freud, John Sargent, Sorolla y Velázquez. Creo volúmenes y creo ritmos hasta que la figura exhibe su condición humana, los detalles de su anatomía, su piel y su fuerza. Me gusta fijarme en la gente: vivo en las Delicias y soy un observador de tanta gente distinta en formas de vida, estéticas y religiones. Me inspira.

 

DESPIECE

 

Las vísceras de la ciudad, un barrio sin amenazas

 

Steve Gibson realiza una obra muy personal sobre cartón. Trabaja en las Delicias en un bajo donde tiene su taller y el suyo el pintor Jesús Fraile, y hay un estudio para impartir clases de pintura y dibujo. En su pequeño rincón, marcado por los espejos y los apuntes a lápiz y a tinta pegados por las paredes, domina una especie de globo realizado con extremidades y cuerpos humanos. Cuerpos que poseen una energía especial, tensión de músculos, textura casi pictórica y basta en la piel, en los pliegues, que el artista ha pintado. Su web es espectacular: www.stevegibson.eu.

Hasta 2008, Gibson colaboró con Fernando Latorre; y luego trabajó, y trabaja en exclusiva con la galería Mito. “Así he logrado exponer en Milán y en diversos sitios, y preparo una gran muestra para este año en Barcelona, en 2010. Durante dos años, Mito me ha pagado un sueldo, pero trabajar a sueldo es un arma de doble filo: por un lado tienes estabilidad, sí, pero por otro te relajas, es como si rebajas tu exigencia inconscientemente y pierdes algo de chispa. Yo empecé en esto porque estaba desesperado, y ahora quiero seguir: lo que más feliz me hace es venir todos los días al taller, a las siete de la mañana. Regreso por la tarde, hacia las siete o las ocho, y construyo mi obra, mis desnudos, mis retratos: ahora tengo la sensación de que me sale algo interior que tenía callado o dormido. Yo no estoy obsesionado por estar en el Reina Sofía o por vender como un loco, lo que me hace feliz es esta energía, este entusiasmo por crear, las ideas que pueda desarrollar, la búsqueda de un camino personal y las horas en soledad del estudio”. Cuenta que le ha pasado algo muy bonito: trabaja con cartones, siempre, y cada cierto tiempo va a buscarlos a Dapsa donde uno de los responsables, don Severino, le carga la furgoneta y le regala dos palés llenos.

En su última exposición en el Torreón Fortea retrató, con gran impacto visual, a dos amigos: el pintor Paco García Barcos y el historiador del arte Manuel Pérez-Lizano, entre otros. A propósito de Zaragoza señala: “De Zaragoza me gustan sus vísceras, es una ciudad muy real, sin pose, no es artificial. Soy observador, y me gustan las Delicias, que es un barrio de clase trabajadora y a la vez un territorio mestizo de razas diferentes. Un lugar donde no te sientes amenazado”.

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