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LOU REED, SEGÚN DIANA ZAFORTEZA

 

LOU REED, SEGÚN SU EDITORA ESPAÑOLA

 

Por Diana ZAFORTEZA

Lou Reed era para mí mucho más que sus canciones, una leyenda que traspasaba todas las fiestas a las que asistía, donde pinchaban sin cesar  Femme Fatal o Heroin ; más tarde, en épocas más sosegadas de mi vida descubrí su canción Pale Blue Eyes, cuya letra,  menos violenta y más lírica,  me descubrió al Lou Reed poeta . Por eso,  cuando vi que su libro inspirado en Poe, The Raven, con las sulfurosas ilustraciones de Lorenzo Mattotti,  permanecía inédito en España, no dudé en publicar esta joya que reunía el  underground neoyorquino y el mejor cómic europeo.  Su agente literario, el temido y venerado Andrew Wylie, fue el que puso en mis manos esta joya después de departir largo rato sobre los tiempos en los que frecuentaba Studio 54 junto a Lou Reed y Andy Warhol, cuyo state también representa. “Yo me dedicaba a divertirme y a poner orden en medio de tanto talento, por eso ahora Lou  Reed, además de ser mi amigo, confía en mí plenamente. Cuando le diga que lo vas a editar tú en España pensará que he escogido una muy buena opción. Es un libro que necesita muchos cuidados¨.

 

 La edición del libro debía ceñirse a los parámetros escogidos por Reed y Mattotti, siguiendo el esquema de la versión francesa, publicada por éditions du Seuil, pero como en mi pequeña editorial somos de carácter joven y osado, decidimos proponer a los autores algunos cambios: Fue ahí, en ese intercambio de emails, cuando tuve el primer contacto con Lou  Reed. En la bandeja de entrada de mi correo encontré un mail suyo en el que decía: “No quiero hacer cambios, no me gustan los cambios, pero hablad con Lorenzo”.  Le contesté amablemente y acto seguido me puse en contacto teléfonico con Lorenzo Mattotti. La empatía entre los dos fue inmediata.

 

Conocí a Lou Reed durante una exposición de su álbum de fotos Romanticism en el Museu Baluard, un antigua fortaleza desde cuya terraza se disfruta de unas espléndidas vistas de la bahía de Palma de Mallorca. Era más bajo de lo que imaginaba, quizás por su andar encorvado. Lo primero que pensé es que era un milagro que mantuviera insobornable al paso del tiempo su vitalidad creativa. Pude comprobarlo al permitirme vivir con él su presentación en Palma de  su trabajo como fotógrafo y director de cine. Al cabo de unas horas iba a empuñar la guitarra eléctrica con su grupo experimental Metal Machine Trio. Iba a ser el concierto de clausura de una larga gira mundial que había iniciado en el Whitney Museum de Nueva York. Lo vi aturdido y vulnerable, como centrifugado por la vida acelerada que había llevado.

 

 Su mirada quiso escrutar una a una sus fotografías –paisajes de atmósfera romántica, captados con una cámara digital de óptica de infrarrojos- antes de ser presentadas al público y parecía que incluso un minuto antes de la inauguración estuviera absorbido por una enorme inseguridad; tanta, que no dejo que la prensa lo fotografiara; tanta, que quiso sentarse en una sala aparte, porque no quería cruzarse con las miradas de los admiradores de su obra. Su trabajo ya estaba hecho, él no quería decir nada. Su obra hablaba por sí misma, no necesitaba palabras. Fue en esa sala donde lo conocí y frente a frente, sentado en una silla mientras bebía lentamente una coca-cola zero y repetía que no se iba a dejar fotografiar ,  me dijo que pensaba que Mallorca era una isla pequeña y que no esperaba encontrarse tanto gentío. Me presenté y le dije que era su editora española además medio mallorquina. “Ah, muy bien –contestó- podrás llevarme a la Fundación Miró, Miró es  fantástico”.

 

Entonces me pareció muy flaco y también moderno, pues ya pasados los sesenta, iba vestido con camiseta blanca, chupa de cuero, pantalones pitillo y zapatillas Nike  con el logo dorado. (Más tarde me contó que sólo vestía prendas Rick Owens).

Su imagen estaba tan estudiada como cabía esperar y su leyenda seguía al rojo Vivo. La prensa estaba desesperada por su silencio y él seguía escondido ahora bajo una gorra negra que le había pedido a su joven asistente neoyorquina  que viaja con él a todas partes. ¨ Vamos a ver la película –dijo-,  es un documental sobre mi tía centenaria, Shirley, a la que he querido rendir un homenaje. Es una mujer con una fuerza increíble.¨  Sabía de la andadura cinematográfica de Reed y sentía verdadera curiosidad por ver el documental , pues esta faceta suya para mí era totalmente desconocida. Ahí lo tenía, hace unas horas hablaba  el Reed fotógrafo y ahora el Reed  cineasta, al día siguiente sería el Reed músico. Abrumador.

 

Durante la proyección de la película tuve la oportunidad de conocer los rasgos marcados por el paso del tiempo de Sherley, la historia de una mujer valiente que había sido perseguida por los nazis y se había pasado la vida trabajando como costurera tras huir de un campo de concentración, de Polonia a Canadá y por fin en Nueva York. También  tuve tiempo de intercambiar unas palabras con Steven Kasher, el galerista americano de Lou Reed,  que me habló de la última exposición de su galería de Chelsea, una retrospectiva de fotos de Warhol, todas en blanco y negro y seleccionadas por él.  Lou Reed, en las fotos del catálogo de la exposición que me enseñó  Steven, era muy joven, rondaba la cuarentena. El Lou Reed que ahora tenía delante mantenía una frescura adolescente que lo empujaba a embarcarse en aventuras diversas; alcé la vista y vi que la gente le estaba preguntando por detalles de su película. Otra aventura, pensé, en la que intenta como siempre encontrar la perfección.

 

 “¿Sabes, Diana? Yo soy  oscuro como Poe”, me confesaba más tarde, mientras cenábamos en mi casa. De primer plato, siempre ensalada, sin ningún tipo de salsa; y de segundo, carne roja a la plancha vuelta y vuelta.  “¿Sabes, Diana? Cuido mucho mi alimentación porque soy diabético. Es muy importante que todo esté libre de salsas, una vez tuve una subida de azúcar que por poco acaba conmigo… ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Poe. Los versos de Poe son luminosos y oscuros, son música pura, ritmo.  Con el libro he querido  homenajear al que es para mí el mejor escritor del mundo  y Lorenzo Mattotti es simplemente un genio. Mira, mira  esto”, me  dijo,  mientras señalaba una de las ilustraciones. “Siempre me había sentido fascinado por su Dr. Jekyll y Mr. Hide ilustrado. Sabía que trabajaría con él. Cuando le llamé , insistí en que se sintiera libre y no estuviera condicionado por el texto, en que se empapara de Poe”.

 

 La génesis de The Raven está en PoeTry, el espectáculo que ideó en 1996 con Robert Wilson, un artista del teatro de vanguardia, que ya había colaborado con Phillip Glass (Einstein on the Beach), Heiner Müller, Tom Waits, William Burroughs, David Byrne y Rufus Wainwright. Lo compuso como si fuera una ópera contemporánea y, después de su estreno en Hamburgo,  llamó a sus amigos músicos para grabar un doble CD, ya con el nombre de The Raven:  David Bowie, con quien no había vuelto a grabar desde que el británico le produjo su mítico Transformer; el gran Ornette Coleman, su mujer Laurie Anderson y  el entonces casi desconocido Antony, de Antony and the Johnsons, que había dedicado una canción y la portada de su álbum de debut a Candy Darling, la actriz transexual fetiche de Andy Warhol que acabó suicidándose. Su devoción por Poe hizo que quisiera publica los textos –hay un diálogo entre el viejo Poe y el joven Poe que pueden leerse como una transposición del Viejo Reed y el impetuoso  Reed de la Velvet Underground- y para ilustrarlo, nadie mejor que Lorezo Mattotti.

 

Mattotti me había contado que Lou le había pedido “que escuchara muchas veces The Raven, el ritmo de su música, de sus palabras y que me dejara seducir por la atmósfera para que mis visiones salieran libremente en mis trazos. Hemos luchado el uno con el otro e intercambiado ideas. Desde mi punto de vista este libro es completamente diferente de mis otros libros ilustrados porque está impregnado de muchos estilos. Mis dibujos crean un mundo de símbolos e imágenes que creo que enriquecen el texto¨.

 

La imagen que durante la cena en mi casa de Palma estaba embelesando a Reed era la que habíamos elegido para la portada. Una figura que representaba  el miedo, el espanto, los lugares que dejamos en penumbra, pero que siguen latiendo en nuestro interior sin que queramos reconocerlos. Y recordé que el prólogo que había escrito Lou Reed a propósito de The Raven decía lo siguiente: ¨Poe, fue, por supuesto, el primero. Poe lo era todo. Siempre he pensado que algunos escritores poseen la habilidad de atrapar sus peores miedos, sueños y pesadillas, y volcarlos directamente en su trabajo. Los mejores los convierten en arte. Esta capacidad de conectar con las esferas del miedo y los duendes de lo perverso -el deseo de hacer aquello que sabemos que está mal-, las historias y visiones que normalmente nosotros censuramos y catalogamos como pesadillas que debieran ser olvidadas, son las que hemos de confiar a la magistral capacidad y compromiso de Poe. El amor, la visión de la muerte del ser amado, los crímenes, los celos… Él los conocía bien y exploró como nadie esa gama de emociones y su ritmo poético.”

 

 Me di cuenta de que Lou Reed, bajo su pose de excéntrico cascarrabias y su eterna chupa de Rick Owens, era en realidad un gran tímido que escondía su fragilidad. “Laurie Anderson –insistía- es luminosa y bondadosa, yo no. Yo nací en Brooklyn”. Y me habló de Warhol, de la Factory, pero sobre todo de sus proyectos de seguir reinventando la música, de no dejarse sobornar por la inercia del tiempo. Tiene 63 años, pero cuando al día lo vi tocar  con su Metal Machine Trio, el escenario tronó con una tormenta  de ruido y furia y se serenó con delicados oasis sónicos, sacando música del silencio. Como él, como Poe. Música y poesía para aplacar el oleaje interno del desasosiego. 

*Diana Zaforteza le dedicó este estupendo artículo a su encuentro con Lou Reed. El sello Alfabia, que ella codirige, ha publicado su libro 'Tha Raven'. Diana me ha enviado muy gentilmente este artículo que apareció en 'El Periódico de Cataluña'. 

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