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LUIS ALEGRE EVOCA A LABORDETA

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EL ABUELO NUNCA MUERE

 

*Por Luis ALEGRE. Texto de 'Heraldo Domingo'*

 

Mañana lunes, 19 de septiembre, se cumplirá un año de la muerte de José Antonio Labordeta. Se nos ha pasado volando. El tiempo siempre se pasa volando cuando lo empleas en recordar a las personas que quieres. Aragón no ha dejado de recordar al aragonés de mayor calado popular de la historia. Ha sido –está siendo- la historia de un amor muy correspondido. José Antonio amó profundamente Aragón y la inmensa mayoría de la gente de esta tierra ha sabido estar a la altura de ese amor. Si alguien se entretuviera en contar los homenajes que se le han rendido al Abuelo desde que se extendió el runrún de su enfermedad hasta hoy mismo, la cifra que nos daría sería espectacular. Tan abrumadora como las 50.000 personas que desfilaron por la capilla ardiente instalada en el Palacio de la Aljafería o las 25.000 que firmaron para procurar que el “Canto a la libertad” fuera declarado por las Cortes como el Himno oficial de Aragón.

 

Absurdamente, esas firmas no han provocado que nuestros representantes consideraran siquiera la posibilidad de debatir el asunto. El PAR y el PP han pasado totalmente del clamor de la calle y lo han hecho imposible. A mí, cómo no, me hubiera gustado que la iniciativa popular hubiera salido adelante. Pero, ahora, ya solo encuentro ventajas a que no haya salido. En Aragón podemos presumir de tener dos himnos y ninguno sobra. Uno, el oficial –creado, por cierto, por gente de tanta categoría como Ángel Guinda, Rosendo Tello, Manuel Vilas, Ildefonso Manuel Gil y Antón García Abril- y otro, el “Canto a la libertad”, que es el que la gente siente como suyo. El himno oficial se compuso hace ya 22 años y, aunque a mí me gusta, me huelo que me voy a morir sin aprendérmelo. Pero no me molesta, sino todo lo contrario, que siga ahí. El Abuelo tiene otras tres canciones entre las que se podía haber elegido un himno muy bonito, muy popular y muy aragonés – “Aragón”, “La Albada” y, sobre todo, “Somos”, que era el favorito del propio Abuelo- pero, como él mismo decía, el “Canto a la libertad” tiene la cosa de que al menos la gente se sabe el estribillo. Cuando en algún acto o lugar se cante el Himno de Aragón parece claro que la gente va a entonar, espontáneamente, el “Canto a la libertad”. Por dos razones: porque le encanta y porque no se sabe otro. La campaña que culminó con la recogida de las 25.00 firmas no ha sido ni mucho menos inútil: ha servido para que todo Aragón se haya enterado de que existen dos himnos y para dejar claro cuál es el que se va a cantar cuando toque. A mí también me parece bien que el “Canto a la libertad” no haya recibido la bendición oficial por otro motivo: a esa canción le sienta de maravilla un cierto perfume clandestino. Resulta muy coherente con su espíritu, con la personalidad de su creador y con todo lo que representa. Le añade, digamos, pedigrí, glamour, encanto. Las Cortes le han rendido al Abuelo, sin saberlo ni mucho menos pretenderlo, un homenaje totalmente insospechado.

 

Este ha sido el homenaje más raro y a contracorriente pero, en el último año, los tributos al Abuelo han sido –están siendo- de todos los colores, en todos los lugares, impulsados por todo tipo de gente. Algunos de ellos van a quedar ahí para siempre. Uno de los seres que mejor le quiso, Antonio Pérez Lasheras, ha escrito y editado -con Nacho Escuín (Eclipsados)- dos volúmenes para coleccionar: el primero –“Setenta y cinco veces uno”- reúne toda la poesía conocida de José Antonio; en el segundo, “La duda del paisaje”, Pérez Lasheras indaga en su vida y obra con mucha erudición y cariño. En realidad, los que, al margen de su familia, formaban el círculo afectivo más íntimo de José Antonio, sus albaceas sentimentales – Emilio Gastón, Eloy Fernández Clemente, Joaquín Carbonell, Félix Romeo, José Luis Melero…- se han volcado en celebrar su memoria y en arropar cualquier iniciativa que contribuya a que el Abuelo no se acabe de ir nunca de nuestro lado. José Luis Melero, por ejemplo, ha instituido una cena anual que se va a celebrar en el salón Labordeta de Casa Emilio todos los 19 de septiembre. Así que la próxima semana habrá dos cenas en las que sobrevolará José Antonio: una, la de Casa Emilio; la otra, la del viernes 23, el día en el que Ismael Grasa presentará en Antígona “La flecha del aire”, el típico libro –el diario de Ismael como profesor de filosofía- que hubiera devorado José Antonio.

 

Este verano he asistido a dos homenajes muy especiales. Uno, invitado por Jennifer Marín, fue la cena organizada en honor de Labordeta por la asociación gastronómica ”Slow food”. El otro fue el que le dedicó Carme Chacón en Cariñena, el sábado 27 de agosto. Este tiene su pequeña historia. El abuelo de la ministra de Defensa era un monegrino de Alcubierre, Piqueras, al que Labordeta apreció mucho. José Antonio se dirigía a Carme como “la nieta del Piqueras” y Carme adoraba a Labordeta. Cuando José Antonio se encontraba ya muy delicado, Carme acompañó al ministro Ángel Gabilondo a su casa de Zaragoza para imponerle La Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Al despedirse, el Abuelo les regaló una botella del “Gran Reserva José Antonio Labordeta”, el vino que creó la Denominación de Origen Cariñena. Luego, cuando el Abuelo murió, Carme Chacón acudió a Zaragoza y se presentó en la capilla ardiente, muy emocionada. Esa imagen impactó enormemente a José Luis Campos, el director de Marketing y Comunicación de la Denominación de Origen y, por cierto, el autor de la idea de crear el Gran Reserva con el hombre del Abuelo. José Luis estaba buscando una figura de altura para inaugurar la Fiesta de la Vendimia y encender la Fuente de la Mora, un rito que habían protagonizado en las dos ediciones anteriores Los Reyes de España y Vicente del Bosque, nada menos. Al ver a Carme, José Luis pensó que ella era una candidata perfecta: por sus raíces aragonesas, por su gesto hacia Labordeta y por haber revolucionado, como mujer, la imagen del Ejército, una de las instituciones más respetadas por los españoles. José Luis Campos y yo somos amigos desde que éramos niños en Calamocha y conozco muy bien su capacidad para concretar ideas felices, liderar toda clase de iniciativas y seducir a todo dios. Carme aceptó de inmediato la propuesta. Por eso, el 27 de agosto, estaba en Cariñena, acompañada por su hijo, por su suegra zaragozana y su grupo más estrecho de colaboradores. En la plaza de Cariñena, en un discurso conmovedor, Carme homenajeó a sus dos abuelos, al de Alcubierre, a su avi, y a José Antonio, y los señaló como los responsables de que ella estuviera allí esa noche. Luego le escuché algo que me dejó tocado: “José Antonio hubiese sido el único político que no hubiera sido abucheado en la Puerta del Sol el 15 M”. Esa frase retrata con mucha precisión a Labordeta pero también la retrata a ella.

 

Y mañana, 19 de septiembre, hará un año que decidí que de la agenda de mi móvil nunca borraría el nombre del Abuelo.

 

*Este texto aparecía ayer en la sección de 'Heraldo Domingo' que coordina Picos Laguna.

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