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CONCHITA CARRILLO: UNA VOZ AMIGA EN LA RADIO DE ARAGÓN

Conchita Carrillo. Imagen del archivo de Rafael Castillejo.

 

Conchita Carrillo: un ser de cercanías

  

Ayer se apagaba la que fue bautizada como ‘La voz de Aragón’: Conchita Carrillo, hija de guardia civil de Murcia que se casó en segundas nupcias con Josefina González, sintió desde muy joven la llamada del teatro y de las ondas. De niña, tras vivir en Quinto, donde nació en 1928, y en Maella, huiría de los bombardeos en unos sótanos de la avenida Clavé con su vocación de actriz: se disfrazaba con pelucas y sombreros, peinaba muñecas a las que hacía hablar y hacía “misas dialogadas”. Un día, un fraile capuchino, que regresaba de un viaje de Alemania, le trajo una radio Phillips: en ella escuchó el último parte de la Guerra Civil y se quedaba desvelada, hasta altas horas de la madrugada, cambiando de emisoras y oyendo música.

Allí nacía su vocación y su “relación secreta” con los grandes locutores de entonces: Aurora Royo, Ángel López Soba, Pilar Ibáñez. Tanta era su pasión que se integró en las funciones de ‘El Mago Nicolás’ y en otros espectáculos. La muerte de su padre le obligó a buscar trabajo: ingresó en un establecimiento de ortopedia, más tarde también se incorporó a la tienda de música Guateque y, en 1957, decidió presentarse a las oposiciones para la radio en la calle Almagro, donde se encontraría con muchos de sus ídolos (Pilar Ibáñez, que hacía ‘El pájaro Pinzón’, José Perlado, López Soba, Manuel Sáinz, el ‘Armando Jarana’ de ‘Toriles’, José María Ferrer, más conocido como Gustavo Adolfo, “abogado de la belleza y de los actores e intelectuales”, el inolvidable Paco Ortiz...) y con figuras emergentes como Plácido Serrano o Enrique Calvo, que sería muy determinante en su vida: el joven locutor, especialista en música en sus inicios, le dio una hermosa receta: en la radio son imprescindibles “la naturalidad, la sencillez, la cercanía y reírse mucho”.

Conchita Carrillo recordaba así aquellos días de sus inicios: “Era una radio entrañable y preciosa. Era como un sueño de hadas... Al entrar todo parecía un poco destartalado, pero luego veías las cortinas donde solía tocar Pilar Bayona y la Orquesta Aragón, aquellos micrófonos tan evocadores”. Conchita se inició los domingos en el programa dominical ‘Toriles’, más tarde en el concurso ‘Lo toma o lo deja’, luego formó parte de un colectivo para la leyenda: ‘Estudio 7’, con el citado Calvo, Lisardo de Felipe, Joaquín Gazo, Miguel María Astrain, Luis del Val y José Juan Chicón, entre otros.

De ahí pasó, ya en los 70, a conducir el programa ‘Aragón’, de barniz costumbrista y popular, que tenía una red enorme de corresponsales. Conchita se convirtió en una voz familiar, en una voz de compañía, atenta a las pequeñas cosas de la vida, de las gentes y los pueblos. Tenía algo de sacerdotisa dulce y paciente y de consejera de la tribu. Y ella fue una voz decisiva también en aquella campaña radiofónica que se hizo contra el trasvase.

Aficionada a la música desde muy niña, halló en la jota su mejor acomodo: fue la presentadora de programas, de festivales, de concursos. Ella había visto cantar a José Oto, lo había visto desperezarse en el café Gambrinus, era amiga de Pilar Lorengar (capturó para la radio sus primeras canciones), de Pilar Andrés, de los joteros Jesús Gracia Tenas, José Iranzo ‘El Pastor de Andorra’, de Jacinta Bartolomé, de Fernando Checa, entre tantos y tantos nombres. Su casa estaba llena de recuerdos, de objetos, de diplomas, de infinitos gestos de cariño. Se reconoció también en los jóvenes locutores: en Carmen Pino, en Miguel Mena, en Pablo Carreras, en David Marqueta, en Juanjo Hernández, en Mónica Farré, en Concha Montserrat... La lista, sin duda, es mucho más larga, y no debe quedar al margen la presencia de Mary Luz Acha. En una entrevista larga, muy larga, en su casa nos decía Conchita: “¡Con lo que amo el amor! Claro que he sentido la pasión, el enamoramiento, ese cascabeleo que te entra por todo el cuerpo, esa alegría tan grande del querer. Creo que habría hecho feliz a cualquier persona”. A esa sombra, tan humana como entrañable, se había impuesto otra: La radio. “La radio, Radio Zaragoza, ha sido mi vida entera. Ha sido lo más hermoso de mi vida: en lo íntimo, en lo espiritual y en lo más hondo. La radio ha sido mi refugio y paraíso”.  

 

*Este texto apareció ayer en 'Heraldo.es'.

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antoncastro

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