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PALOMA GONZÁLEZ: DIARIOS DE VIAJE

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[Paloma González Rubio es una buena amiga y una estupenda escritora. ‘Epitafio’ es el título de su última novela. Trabaja desde hace tiempo en un nuevo libro; suele pasar temporadas en Sabiñánigo, con su marido y sus hijos. Te manda este ‘Diario de viaje’ con esta nota: “Te envío también otro texto sobre las impresiones de viaje que se quedan anotadas en diarios de viaje o en la correspondencia de cada uno. En este caso es una descripción del fresco ‘El suplicio de los mártires’, en realidad un fresco menor en el Monasterio de Meteora, en Grecia”.]

DIARIOS DE VIAJE

 

Por Paloma GONZÁLEZ

 

 

He pasado los últimos dos años investigando diarios de viaje victorianos. Los diarios de viaje son documentos extraordinariamente valiosos, incluso en una época, como el siglo XIX, en el que las guías de viaje ya cumplían su función orientativa y eran mucho más prolijas en detalles que las actuales.

Es casi inevitable caer en la tentación de proponerse llevar diarios de viaje una vez se ha adentrado uno en este género y durante semanas he tratado de averiguar porqué no lo he hecho nunca.  Confieso que nunca he sido sistemática al viajar, como otros amigos que conozco que anotan en un diario con cierto rigor y disciplina descripciones minuciosas y el transcurso de los días. Pero ha sido entre mi correspondencia donde he encontrado las descripciones más valiosas.

La correspondencia, como ya sabían los biógrafos avezados del siglo XIX, es la veta de la vida en la que se agazapan los momentos irrepetibles. Como este que escribí para un amigo: el descubrimiento de una serie murales con la descripción de las torturas de santos y mártires en el monasterio de Meteora, en Grecia, en la parte más humilde y sombría de la capilla, la que pasa casi inadvertida a los visitantes.

 

Allí, en el nártex, están los frescos que representan el "suplicio de los mártires". Carmelo había leído la guía turística antes que yo, de modo que cuando vio que había tres paredes dedicadas a este tema, me la escatimó, porque sabía que era un tema que me iba a apasionar y que iba a alterar el ritmo de la visita, de modo que confió en que no reparara bien en lo que los frescos narraban y solo echara un vistazo rápido sin darme cuenta de qué se trataba.

Sus esfuerzos (huelga decirlo) fueron inútiles: no pudo evitar que me instalara frente a cada una de las paredes para memorizar las escenas que no he encontrado reproducidas en ninguna parte.

Nada más entrar al recinto vi en colores muy llamativos los frescos de la transfiguración que abrían paso a la capilla principal, pero a sus espaldas había unos frescos bizantinos, deliciosos, divididos en calles sobre un fondo que debió de ser blanco y ahora es de color marfil viejo. Posiblemente fue la falta de color lo que atrajo mi atención.

Se repetían en las calles imágenes de crucifixiones, hogueras, una iglesia ardiendo. Como al principio estaba un poco cansada, no relacionaba con claridad las pinturas con su significado hasta que la crueldad de dos de las representaciones me hizo patente la barbarie.

Los frescos representan desmembramientos, ahorcamientos, crucifixiones, torturas bajo una prensa, todas las formas de martirio al fuego: mártires en calderos con agua hirviendo, en parrillas, mártires que se queman en el interior de una iglesia en la que se han refugiado con otros fieles; mártires degollados, linchados, marcados por hierros candentes y maniatados a la espalda, arrastrados por los caminos por caballos, defenestrados, decapitados por la espada, lapidados, crucificados cabeza abajo.... Todos tenían la cara vuelta hacia el observador, los ojos muy abiertos. De las heridas no manaba la sangre, en algunos casos, en el desmembramiento, por ejemplo, dos o tres gotas salpicaban el brazo o la pierna recién cortada.

No hay en los frescos ninguna diferencia entre el torturador y el mártir: todos tienen la misma expresión de resignado asombro: los ojos muy abiertos, los labios fruncidos, parecen perplejos. A diferencia del resto de los frescos que decoraban las distintas capillas, no hay en estos ningún alarde de color pero, en cambio, se deleitan en detalles paisajísticos como un pozo contiguo a la muralla de un poblado, los elementos arquitectónicos de una iglesia en llamas, los surcos de un sembrado y los plantones que van brotando entre ellos, los arneses del caballo que arrastra al mártir, el látigo que restalla sobre el lomo... Es obvio en ellos que lo material está muy por encima de lo espiritual y que torturadores y mártires parecen convenir que aceptan el papel de marionetas, que ni hay culpa ni dolor en unos y otros, que el cometido del hombre es aceptar aquello que le depara el cielo, ya sea administrar la muerte o ser muerto.

A diferencia de la coherencia narrativa de los frescos de las capillas principales, este espacio que parece reservado a los más humildes, ese lugar de paso donde no se celebra el culto, se cierra a la “gloria” limitándose a ofrecer una enumeración detallada, un inventario del dolor que franquea el tránsito a regiones más felices.

 

*He tomado la foto de aquí:

http://tejiendoelmundo.files.wordpress.com/2010/02/monasterios_en_el_aire.jpg

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