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NICOLÁS MULLER, EN LA FÁBRICA

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QUÉ BELLO ES VIVIR

 

El judío errante que domesticó la luz

 

La historia de Nicolás Muller, el fotógrafo húngaro que retrató la España de posguerra, en un volumen de La Fábrica

 

Hungría ha sido tierra de fotógrafos. Allí nacieron algunos de los más grandes del siglo XX como André Kertész, Robert Capa, Brassaï, Martin Munkacsi o Kati Horna. También nació Nicolás Muller (Oroshza, 1913- Andrín, Asturias, 2000) que, para algunos, encarna a un judío errante de la fotografía. Hijo de abogado, creció hasta los once años en su pueblo y recibió por entonces su primera cámara. Le gustaba mucho adentrarse en el secreto de las cocinas y oír historias; a los seis años fue golpeado, apaleado e insultado al grito de “judío de mierda”. Embrujado por la cámara de fotos, intentaría sablear a familiares y amigos para adquirir películas y líquidos de revelado.

Estudió Derecho y Ciencias Políticas, pero pronto decidió que aquel no iba a ser su mundo. Hungría era un país convulso, dominado por los poderosos. La gente vivía en un régimen que parecía de esclavitud. Quizá por ello, con un grupo de intelectuales y amigos, Los descubridores de las aldeas, Nicolás Muller hizo tres volúmenes, ‘Descubrimiento de Hungría’, donde denunciaba la dura vida de la gente del campo. Sus fotos son estremecedoras: captan las penalidades de los campesinos, de los trabajadores que drenan los ríos, de las lavanderas; captan los viñedos, las ferias o las escuelas judías. Más tarde, por razones políticas y la expansión de Hitler, se trasladaría a París y a Marsella. Allí registrará la actividad portuaria, la expresividad de los niños y la fuerza enigmática de algunos rostros. Más tarde se desplazaría a Portugal, sobre todo entre 1938 y 1939, y se convertiría en el narrador visual del puerto de Oporto y sus moradores.

La II Guerra Mundial lo llevará al protectorado español en Marruecos. A Tetuán y Tánger, sobre todo. Le interesaba todo: la calle, los zocos, la blanca geometría de las casas, las bailarinas, los desnudos; a esa época pertenecen de sus mejores fotos: ‘El galgo y la modelo’ (1940) y su ‘Desnudo’ (1940) más onírico y sensual. Hacia 1946, conoció a Fernando Vela, secretario de José Ortega y Gasset, que se convertiría en su protector.

Colaboraría con la ‘Revista de Occidente’, fijaría su residencia en Madrid y acabará conociendo y retratando a los grandes intelectuales del momento: al citado Ortega, que dirá “Nicolás Muller tiene la luz domesticada”, a Pío Baroja, Azorín, Cela o Dionisio Ridruejo, “quizá el más entrañable de todos”, entre otros muchos. También retrató a los aragoneses Pablo Serrano, Pedro Laín Entralgo o Luis Galve. “Me gustaba hacer retratos para conocer al personaje”, confesó. A lo largo de los años, realizó fotografías para monografías sobre Cataluña, Andalucía, Baleares, Canarias, País Vasco y Cantabria. Y firmó libros sobre ‘El paisaje español’ o ‘La huella judía en España’.

Nicolás Muller es una estupenda propuesta navideña: pueden verse sus ‘Obras Maestras’ en la Sala Canal en Madrid, bajo la dirección de Chema Conesa, o en un libro extraordinario, que ha publicado La Fábrica, con textos de Conesa y Pilar Rubio Remiro, y los ‘recuerdos’ de Muller. Sus fotos exaltan la complejidad de existir, las fiestas, los paisajes, el estupor y la calma de los ancianos, la soledad de los pueblos. Nicolás Muller tenía un admirable sentido narrativo y plástico, y documentó como nadie los cambios de la vida española. Dijo: “La fotografía es arte si detrás del objetivo está el artista”. Él lo era: un artista de la intensidad, de la emoción y de la belleza. Un artista inolvidable.

 

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