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EL CIERZO, EL EBRO Y SUS SECRETOS

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Marisancho Menjón es la comisaria de la muestra ’Cierzo. El viento del Ebro’ donde hay un poco de todo: música, literatura, artes plásticas, cine, naturaleza, bicicletas, memoria de los vientos, meteorología y mitología. Gentilmente, Marisancho me envía una selección de sus textos que contextualizan el cierzo en el paisaje y en la naturaleza.La exposición está en el Centro Ambiental del Ebro que dirige Francisco Pellicer Corellano.

 

 

EN EL PAISAJE. Por Marisancho Menjón

El cierzo esculpe el paisaje. Nuestra tierra no sería igual si no se viera azotada de forma tan insistente por el viento. Reseca la tierra, sí, y modela también nuestras montañas. Las elevaciones que bordean el curso del Ebro presentan su frente más dura al cierzo y pierden la batalla contra su fuerza: las vemos redondeadas, peladas por su soplido feroz, que las roza y desgasta sin descanso.

Aquí y allá los árboles también nos señalan la dirección del viento, porque se inclinan, conforme van creciendo, vencidos por él. Decía Labordeta de las sabinas: "Unas y otras tienen la misma sobriedad, igual dureza y una entrañable ternura cuando compruebas que su cuerpo, abatido de dolores y sequías, de alisios desgarrados y cierzos derrumbantes, permanece allí desde siempre". Los troncos inclinados, las copas en bandera, nos muestran que por ahí campa a sus anchas, y seguirá haciéndolo mientras el mundo siga girando, el bramido del cierzo.

La huerta del valle del Ebro tiene también una estampa característica debida al viento: los agricultores necesitan defender de él sus cultivos para evitar que rompa las hojas y las ramas, reseque excesivamente la tierra o incluso arranque las frágiles estructuras que sostienen, por ejemplo, las matas de judías y tomates. Para ello disponen espesas empalizadas de cañas a modo de barreras cortavientos, denominadas bardos, bardizos o bardizas. Las cañas se clavan en el suelo unas junto a otras, se traban en horizontal y se refuerzan, a veces, con palos de madera. Parecen frágiles pero resisten muy bien al cierzo porque le dejan paso: el viento se filtra entre ellas sin derribarlas.

 

EN LA LITERATURA

Son numerosos los autores que se han referido al cierzo y lo han glosado en sus obras. Nuestro viento protagoniza pasajes memorables de muchos escritores de esta tierra y de muy distintos estilos, desde el surrealismo de Buñuel hasta el suave lirismo de Antón Castro, pasando por los desenfadados poemas de Ángel Petisme o las recios y sobrios versos de Francisco Carrasquer. Ya Marcial, en el siglo I d.C., llamaba bronco al cierzo y recomendaba a un amigo hispano, desterrado de Roma, que huyera de él al llegar el crudo invierno.

Muchas publicaciones han llevado el título de Cierzo en su cabecera, muestra de hasta qué punto lo tenemos arraigado como símbolo o nos identificamos con él. La más relevante de estas publicaciones fue el quincenal Cierzo: letras, arte, política, publicado en Zaragoza en los años treinta. "Cierzo" fue, además, una editorial que publicó obras de numerosos escritores aragoneses, como Tomás Seral y Casas, Gil Comín Gargallo, María Dolores Arana, Maruja Falena, Raimundo Gaspar o José María Vilaseca.

Muchos autores han elegido al cierzo para dar título a sus libros y también han sido numerosas las ocasiones en que se han reunido, bajo su nombre, obras de autores aragoneses. Hijos del cierzo se consideran no solo ellos, sino desde luego también muchos de nosotros, que hemos crecido en esta tierra acunados, y a veces aventados, por el viento.

 

*La foto es de Ricardo Compairé.

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