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LUIS BERDEJO, PINTOR DE LA MUJER

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VERANO 2015. HERALDO DE ARAGÓN

 

Luis Berdejo, el pintor de la mujer

 

Vida y obra de uno de los grandes artistas figurativos aragoneses del siglo XX

 

Antón CASTRO

Si hay en la pintura aragonesa un artista refinado, elegante, con un personal sentido de la composición, un pintor de la mujer, carne hecha luz y materia, ese bien podría ser Luis Berdejo Elipe (Teruel, 1902-1980), a quien el paso del tiempo parece haberlo olvidado, a pesar de la gran exposición antológica en la Lonja de Zaragoza, en 1994, comisariada por Chus Tudelilla. Hijo de un funcionario de Estado de Calatorao y de una turolense, nació en Teruel, pasó dos años en Murcia y regresó su ciudad. Se dice que llegó a ser alumno, jovencísimo, de apenas diez años, de Salvador Gisbert (1851-1912). Su padre murió joven, con 45 años, y él se trasladó, en 1914, a Madrid con su madre y uno de sus hermanos (eran cinco). Se matriculó en la Escuela Especial de Pintura de San Fernando y allí tuvo de profesores a Muñoz Degráin –autor por cierto de un formidable cuadro de ‘Los amantes de Teruel’-, Moreno Carbonero, Romero de Torres y a Joaquín Sorolla, de quien conservaba maravillosos recuerdos por su sabiduría y su proximidad; le decía que tenía alma de escultor más que de pintor. Esa época fue un período de aprendizaje entusiasta. Algunos años después, entre 1922 y 1925, fue becado por la Diputación de Teruel para estudiar en París, en La Grande Chaumérie y en la Académie Colarossi. A su vuelta, participó en la colectiva de Artistas Ibéricos de Madrid y al año siguiente expuso en el Casino Mercantil, con Santiago Pelegrín, piezas de inspiración neocubista. En su ‘Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936’ (Alianza, 1995) Juan Manuel Bonet lo incluye con una foto de sus primeras obras maestras, ‘Cabaret’ (1927) y recuerda que en ese período “trabajó durante un tiempo en una fábrica de tapices en Alicante”. Su crecimiento era indudable: participó en dos ocasiones en el certamen Carnegie de Pittsburgh y en 1931, pensionado por el Estado, se marchó a la Academia de Bellas Artes de Roma: estuvo cinco años, recorrió diversos países de Europa, estudió la pintura al fresco y, poco a poco, se fue inclinando hacia una obra más clasicista, con vínculos con el Noucentisme y quizá con Ramón Casas, Max Sunyer y Arístides Maillol, aunque con su propia impronta y su vitalidad. De esa época es quizá su mejor obra: ‘Clase de dibujo’ (1936), una auténtica maravilla de color, de composición, de atmósfera y de sofisticación poética, que puede verse en el Museo de Zaragoza. Él, modesto y sereno, contempla la escena: ese cuadro es la exaltación luminosa de la belleza del desnudo.

La Guerra Civil lo cogió en Madrid. Se alistó en el ejército republicano y fue herido en dos ocasiones. En una breve autobiografía, redactada a mano, pareció no darle mucha importancia a esa época. Después de la derrota se instaló en Barcelona, tras casarse el día del Pilar de 1939 con la romana Piera Estevan (hija del pintor aragonés Hermenegildo Estevan) y allí residió hasta 1945. Fue entonces cuando se trasladó a Zaragoza para dar clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes, donde permanecería hasta 1962 (entre sus alumnos, figuraron Pascual Blanco y su gran discípulo Francisco Cestero); también fue nombrado conservador del Museo de Zaragoza y académico de Bellas Artes de San Luis.

Pintó mucho, sobre todo retrato, paisaje urbano y bodegón, y perfeccionó su gran obsesión, el desnudo femenino, que es el tema predilecto de su producción. En la exposición de la colección Eduardo Laborda e Iris Lázaro en el Museo Pablo Gargallo vimos dos piezas suyas, de un clasicismo sosegado, casi sobrio, tamizado por el dominio de la luz, el contrapunto, el sentido del color y esa plasticidad en el uso de los diversos matices del ocre o del verde. En 1951expuso una colección de retratos en el Casino Mercantil y se sumó al homenaje al pintor Francisco Marín Bagüés en 1956.

En Barcelona dio clases en la Escuela de Artes Aplicadas y continuó su labor pictórica. Sin perder su vigor expresivo ni la claridad que modula, realizó una amplia serie de cuadros de contenido social y laboral. Falleció en 1980. Algunos artistas actuales, como Laborda, Salavera, el finado Aransay, entre otros, lo valoraban mucho. Jorge Gay le dedicó el cuadro ‘Paisaje de pintor con desasosiego’ (2010).

 

LA ANÉCDOTA

 

El muralista. Luis Berdejo Elipe perteneció a la primera Generación del Niké, que constaba de 18 artistas, según escribió Francisco V. Montalbán en el diario ‘Amanecer’ el 16 de junio de 1946. Sus grandes amigos eran el pintor Pérez Piqueras, el escultor Félix Burriel, el caricaturista y periodista Marcial Buj ‘Chas’. El artista Manuel Navarro López, ingresó en la Academia de San Luis con un discurso sobre su vida y su pintura. En 1954 se inauguró su gran mural del cine Latino, ‘Apolo y las musas’, una obra impresionante y mitológica que aún puede verse. 

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