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MARÍA JOSÉ PAREJO: UN CUENTO

Hace algunos años, la realizadora de Aragón Televisión María José Parejo me pasó algunos cuentos muy sutiles y variados, con mucha personalidad y buen gusto. Han pasado algunos años y ahora acaba de publicar su primer libro, 'Los nudistas' en el sello Anorak de Sergio Navarro. La joven autora firmará ejemplares en el Día del Libro. He aquí un cuento del libro.

 

RESTAURAR SISTEMA

Por María José PAREJO. De 'Los nudistas' (Anorak).

 

Hoy es sábado 27 de noviembre. Ignorando los consejos de aquellos que afirman que debo animarme y salir, me dispongo a pasar la tarde sola en casa. Después de un café con magdalenas y el visionado de dos películas divertidas, mis emociones están bajo control.

 

Procuro no darle vueltas al asunto, reflexionar demasiado no ayuda a superarlo, sin embargo, Mario es una figura remanente en mi cabeza a la que aparentemente no presto atención. Como saber que tienes lóbulos en las orejas o tibias en las piernas.

 

Enciendo el ordenador. Durante el proceso de inicio, un dibujo sonriente salta de un lugar a otro de la pantalla dando volteretas y haciendo el Moonwalk con sus cortas patitas de marciano clásico. No habla, solo emite algún sonido simpático y lo que podría identificarse con una risa ridícula. Lleva una camiseta con su nombre: Owen.

 

Esta sencilla presentación forma parte de un programa antitristeza que instalé ayer sin darme apenas cuenta. Acepté las condiciones pasando por alto las dos páginas de instrucciones que lo acompañaban. En un foro lo consideran muy eficaz para sobrellevar todo tipo de rupturas sentimentales, dicen, aunque parezca una tontería. Me lo parece, en eso comparto su opinión, aunque reconozco que el icono se mueve con bastante gracia.

 

También te escucha, boquiabierto y parpadeante. Muestra gran diversidad de gestos con matices casi humanos que revelan el ingenio de sus fabricantes. Tiene un diseño brillante.

 

El entretenimiento es otro de sus puntos fuertes. Manteniendo el puntero encima despliego una lista que enlaza con páginas de viñetas humorísticas, chistes, o series que dan en el clavo con mis gustos personales.

 

En ocasiones actúa por su cuenta. Si abres Google, por ejemplo, Owen se sitúa cerca, saca unos prismáticos o sostiene una lupa. Si pones música, aparece con unos auriculares siguiendo perfectamente el ritmo de la canción elegida.

 

Descubro entonces que su cometido va más allá de la simple entrada en escena. En medio del caos recopilatorio encuentro un disco de Cat Power, pulso doble clic sobre The Greatest para comenzar, y Owen gira su diminuta cabeza de un lado a otro haciéndome saber que no está dispuesto a consentir tal disparate. Sorprendida ante esta audaz censura, pruebo con más canciones del mismo estilo, a modo de provocación. Así constato que es imposible reproducir en mi ordenador cualquier melodía lenta o melancólica.

 

Lo intento con Jason Mraz y el marcianito vuelve a manifestar desaprobación. Empiezo a enfadarme, no entiendo qué daño puede causar un poco de funky inofensivo. Lo cierto es que el programa funciona, porque Butterfly me recuerda mucho a Mario; seguramente oírla me entristece por muy bailable que sea. Y en vez de eso estoy concentrada en imaginar la ingeniería necesaria para desarrollar este software.

 

Mi curiosidad sigue aumentando, tanto que necesito desafiar nuevamente a mis guardianes espirituales.

 

Abro el Facebook con la pretensión de visitar su perfil. Tal como imaginaba, no hay manera de acceder. Owen se desplaza de izquierda a derecha con cara de pocos amigos, y en el momento más solemne de su paso por delante de mí, se tropieza como en una comedia de cine mudo. Justo después recibo varios mensajes de gente conocida a través del chat, que contesto durante un par de horas.

 

Owen, además, ha bloqueado algunas carpetas de fotos. Por la forma de discriminar las imágenes deduzco que sabe exactamente de qué va la historia. Quizá a esto se refieren cuando hablan de «inteligencia artificial».

 

Deseo ahora más que nunca contarle a Mario lo que está sucediendo, cojo el teléfono y marco su número. Comunica, mi valentía se esfuma, decido escribirle un email. Quiero sumergirme en ese estado nostálgico que Owen desaprueba.

 

Me explayo en mil especulaciones superfluas porque sospecho que algo impedirá que las lea. Relleno su dirección y, al enviar, mis temores se confirman, el texto adquiere la forma de una hoja de papel que una mano gigantesca arruga sin contemplaciones. La bola resultante rebota por las esquinas hasta que Owen, caracterizado de Maradona, le propina una patada arrojándola al exterior con un contundente sonido de velocidad. Eso me resulta hiriente.

 

Ha llegado el momento de desinstalar el programa. Busco atentamente en el menú principal sin éxito, registro cada rincón rentabilizando al máximo mis básicos conocimientos informáticos, pero no localizo ni un mínimo archivo.

 

Paso un antivirus, quizá Owen no es más que una trampa de las que circulan por el ciberespacio. Después de un rastreo intensivo, emerge de nuevo en el escritorio caminando con un pelín de desgana, ni siquiera se ha quitado la camiseta de la selección argentina. Parece cansado de luchar contra alguien que no quiere ser ayudado. No puedo evitarlo, me hace gracia.

 

Al fin se me ocurre una solución drástica: restaurar el sistema. Mediante este procedimiento, el ordenador recupera un estado anterior, en el que se encontraba en una determinada fecha, antes de que se produjera el mal funcionamiento. Todo lo posterior es eliminado.

 

Me remonto unos meses atrás. Selecciono en el calendario la casilla del 28 de agosto. Reviso las advertencias sobre las consecuencias de esta acción, confirmo, y reinicio para hacerla efectiva.

 

Evalúo las pérdidas: me falta la última temporada de Breaking Bad, varias aplicaciones importantes, y supongo que echaré de menos algún documento más. No me importa, al menos he recuperado mi libertad.

 

Disfruto de la alegría que esto me proporciona, pero ignoro la razón por la que semejante trascendencia me pilla delante del ordenador. Siento confusión, empiezo a agobiarme y sudo. Hace mucho calor y llevo puesto un forro polar que me sobra por completo. Me despojo de los calcetines y, aturdida, deambulo por la casa. El frescor de las baldosas bajo mis pies me alivia considerablemente.

 

Abro la nevera, tengo gazpacho. Abro una ventana, el bochorno se adhiere a mi cuerpo. Inspiro profundamente, la felicidad asciende a mi cerebro.

 

Hoy es sábado 28 de agosto. Me basta con apreciar la atmósfera, la luz e incluso el olor que se cuela en el salón. En cuanto a mí, tampoco hay duda, mi humor es el del verano pasado.

 

Intento afianzar cada recuerdo que se me va escapando por momentos, junto a la certeza de que hace escasos minutos estábamos en noviembre. Me gustaría

 

conservar las experiencias vividas en ese tiempo para no repetir los mismos errores. Pero me cuesta trabajo, no me apetece pensar en el futuro. Prefiero vivir el pasado. Y así, en este instante, vuelvo a la cama para despertar a Mario de su siesta dulcemente.

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