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UN SIGLO DE ROBERT MITCHUM

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Robert Mitchum (Brigdeport, Conneticut, 1917-Santa Barbara, California, 1997) fue uno de los actores más escurridizos e impenetrables de la historia de Hollywood. Y también uno de los más grandes: hierático en apariencia, sobrio, lacónico e ingenioso. Tenía un sentido humor especial; solía decir, como si siempre quisiera quitarse importancia: “Nunca he cambiado, excepto de calcetines y de ropa interior”. Encarnó el buscavidas rebelde e inestable, capaz de recorrer el país en tren, barco o avión para encontrar un lugar en la tierra más que en el cine. En otra ocasión, se retrató así: “Soy capaz de cualquier cosa”. En las películas hizo de todo: se especializó en la películas del oeste, en las series de ‘Hopalong Cassidy’, y dio lo mejor de sí mismo en el cine negro, especialmente en películas como ‘Retorno al pasado’ de Jacques Tourneur y ‘La noche del cazador’ de Charles Laughton; ahí encarnaba a un hombre sombrío, trasunto del demonio, capaz de llevar escrito en los dedos de la manos las palabras ‘hate’ (odio) y ‘love’ (amor) y planear, sin escrúpulo alguno, una pesadilla, una venganza, la semilla del pánico.

Siempre fue rudo, dado a la gresca. Su padre, operario de trenes y astilleros, falleció cuando él tenía dos años. Su madre, de origen noruego, intentaba atemperar su violencia leyéndole poesía y enseñándole a dibujar. Pese a ello, él prefería la reyerta, cruzarse la cara con sus compañeros. Se quedó huérfano pronto y decidió probar suerte: se subió a un tren y realizó diversos trabajos aquí y allá. Fue minero, estibador, portero de viviendas, dependiente de ultramarinos, y boxeador. Intentó ser pugilista profesional. Se suele decir que su rostro inexpresivo y soñoliento, entre desdeñoso y displicente, se le quedó así tras recibir algunos golpes. A los 16 años, en uno de sus viajes a Savannah, Georgia, fue arrestado bajo la acusación de vagabundo. No sería la única vez: en 1948, cuando ya era famoso, le detuvo la policía con marihuana y le encerraron 43 días en prisión en Castaic, Califonia. Robert Mitchum encarnaría al actor más taciturno que soñador, enigmático y enfadado, de palabras justas, arisco, de esos que incomodan un tanto a su interlocutor porque están siempre envueltos en silencio.

Conoció a una joven, Dorothy Spence, con la cual acabaría casándose. Tendrían tres hijos y nunca se separaron, aunque Mitchum, el perfecto antihéroe en la vida y el cine, iba y venía. Mitchum cosechó numerosos elogios de actrices como Joan Collins, Jane Russell o Deborah Kerr, con quien trabajó varias veces, y se dice que vivió romances más o menos episódicos con Ava Gardner y Rita Hayworth, aunque su gran pasión fue Shirley McLaine: trabajaron juntos en ‘Cualquier día en cualquier esquina’ (1962), de Robert Wise, y en ‘Ella y sus maridos’ (1964), de J. Lee Thompson, el director de ‘Retorno al pasado’. La relación puso en peligro la estabilidad conyugal de ambos.

Aconsejado por su hermana, se matriculó en una escuela de teatro, y un cazador de talentos lo recomendó en Hollywood. Su carrera comenzó en 1942, como especialista para montar a caballo; en 1943 intervino en 19 piezas, sobre todo adaptaciones de western. En 1946, fue candidato al Oscar, como mejor actor de reparto, por ‘También éramos seres humanos’, de William Wellman, aunque no ganó. En realidad, Mitchum no venció nunca. Ni con las ya citadas ‘Retorno al pasado’ o ‘La noche del cazador’, ni con ‘Encrucijada de odios’ (1947) de Edward Dmytryk. Ni con algunas de sus grandes películas de los 50 como sus colaboraciones con el gran Otto Preminger, ‘Cara de ángel’ y ‘Río sin retorno’, donde coincidió con Marilyn Monroe, ‘Una aventura en Macao’, de Josef von Sternberg, el pigmalión de XX, o ‘Solo Dios lo sabe’, de John Huston, con quien se entendió a las mil maravillas en algunos de sus vicios: el alcohol y el juego. Howard Hawks lo dirigió en ‘El Dorado’, donde coincidió con John Wayne, y J. Lee Thompson lo dirigió en ‘El cabo del terror’, donde era el antagonista de Gregory Peck, un rencoroso espíritu del mal. E hizo, con David Lean, un papel en ‘La hija de Ryan’. Entre otros títulos importantes se despidió del cine con Jim Jarmusch en ‘Dead Man’. En 1992 recibió el premio Cecil B. de Mille por toda su carrera y al año siguiente el premio Donostia. Dijo: "(…) empiezas a trabajar a las nueve, acabas a las cinco y te pagan los viernes. Si tenemos en cuenta que una de las grandes estrellas de este oficio ha sido Rin-tin-tín, tampoco es para presumir de nada”. Fue entonces cuando, casi por sorpresa, recibió la llamada de Eduardo Vijil, Inés Monreal y Santiago Echandi, de la revista ‘El Híbrido’ de Zaragoza, y respondió. Fue de las pocas veces donde desmintió uno de sus asertos: “Sencillamente oponte”. Esa vez habló con su voz cavernosa. Poco después moriría de cáncer.

 

ECOS DE ‘EL HÍBRIDO’

El monográfico de ‘El Híbrido’, dedicado a Robert Mitchum, fue el segundo número de la revista y marcó una nueva línea de la publicación, que solía tener carácter anual: a partir de entonces publicó monográficos sobre la novela negra o los mares del sur, entre otros asuntos. Eduardo Vijil, uno de los directores de la publicación, contó y recontó muchas veces la entrevista con Mitchum. Encontraron el teléfono de una productora o de su propia casa en una revista y probaron suerte. Llamaron desde Zaragoza y aquel hombre levantisco, de carácter voluble e impredecible, respondió primero con sorpresa y luego con interés. Y se entregó al diálogo. Fue una de las integrantes de la publicación, Inés Monreal, quien dialogó con el protagonista de ‘Adiós, muñeca’ de Dick Richards. Estuvo amable, encantador, de una amabilidad insólita, recorrió su carrera, sus películas y las claves de la interpretación, y pidió que le enviasen la revista. Fue como un milagro.

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