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JAVIER SIERRA: AUTORES, LECTURAS, RECUERDOS, PÀSIONES. UN DIÁLOGO

¿Cuál es el primer libro, o los primeros libros, que le cambiaron la vida?

Mi vida va cambiando por etapas que marcan sucesivas lecturas. Si en mi primera infancia fue Julio Verne y sus “Veinte mil leguas de viaje submarino” quien movió mi brújula, luego serían “El nombre de la rosa” de Eco o “El ocho” de Katherine Neville quienes tocarían mi adolescencia. Me conmoví con “Caballo de Troya” de J. J. Benítez cuando dejé de ser monaguillo siendo niño y me maravillé con aquel “En busca del Unicornio” de Eslava Galán, poco después. Hoy son otros los autores que me impactan. Joseph Campbell y su “Héroe de las mil caras” compite con “La rama dorada” de James Frazer en mi búsqueda de respuestas a por qué los humanos necesitamos contarnos (y que nos cuenten) historias para evolucionar.

-¿Y el que te reveló los poderes de la literatura?

¡El Príncipito de Exupèry! Fue un libro que me reconcilió con otras formas de contemplar el mundo y el que me dejó entrever que un buen libro, en el momento oportuno, puede llegar a cambiarte la vida.

-¿Quiénes son los autores de tu vida?

            Es curioso. Esa nómina se amplia constantemente. A algunos los leí antes de conocerlos; a otros, al revés. Pero en esa lista no faltan nunca Antonio Ribera (el primer autor que me dedicó un libro y que, cuando tenía yo solo 14 años, inició una bonita correspondencia conmigo), Christian Jacq (le debo parte de mi fascinación por Egipto), Carl Sagan (sus ensayos son más filosóficos que astronómicos, y cada vez que los releo me lo recuerdan), pero también en tiempos más recientes Alberto Manguel (que tradujo mi “Cena secreta” al inglés y que se me reveló entonces como el sabio que es) o Umberto Eco.

Esta semana hablabas de Ramón Sender. ¿Te marcó de alguna manera, cuál es tu libro favorito y por qué?

Sender es un autor casi inabarcable, con registros muy distintos. No puede decirse que siguiera una única línea. De él me fascinan sus escritos más americanos porque el Suroeste de los Estados Unidos lo marcó tanto como a mí. Supongo que es el hechizo de las praderas infinitas lo que nos cautivó a ambos. Pero si tuviera que quedarme con uno, seria su “Álbum de radiografías secretas”, una suerte de memorias a borbotones en las que dejó constancia del tipo de mente despierta que tenía.

-¿Qué libros te acompañan siempre, o casi siempre?

Me encantan los libros de viaje, los diarios de aquellos que cruzaron el mundo en busca de una quimera o un imposible. Esos relatos de buscadores de Atlántidas, reinos perdidos, Preste Juanes y tesoros sagrados me fascinan porque son fruto de “locuras” en las que veo el gérmen de la verdadera literatura. Y esa lista la encabeza siempre un libro que me deja exhausto cada vez que me acerco a él, pero que al tiempo me atrae: “La epopeya de Gilgamesh”. Quizá la novela más antigua de la Humanidad.

-¿Qué buscas en la literatura, en la que escribes y en la que lees?

Trascendencia. Creo que la literatura es la única herramienta de que disponemos para resolver (o, al menos, intentar resolver) las grandes preguntas que nos hacemos. Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos se explican mejor con ayuda de la ficción. Y es más honesto que hacer pasar respuestas a esas dudas como verdades. Eso es lo que hacen las religiones.

-¿El inicio que más te conmovió o te conmueve?

Quizá el de “Caballo de Troya”. El autor se metió en su novela y convirtió su obra en una duda permanente sobre la verosimilitud de lo narrado. Tener en ascuas así al lector es una virtud.

¿Qué encuentras en los best-sellers, y cuáles serían tus favoritos?

Los bestsellers no son sino historias que apelan a códigos que todo el mundo comprende. Lo que más valoro en ellos es la habilidad de sus autores por detectar ese arquetipo o concepto universal y transformarlo en literatura. Es, por ejemplo, el caso de “El Alquimista” de Coelho. Literariamente no es una gran novela, pero apela a la necesidad de búsqueda que anida en todos nosotros. Y la transmite con una eficacia maravillosamente simple.

¿Qué le debes más a la radio o a Teruel?

A Teruel, sin duda. Ese concepto alberga la radio, las primeras lecturas, las excursiones en bicicleta, los primeros atardeceres y las primeras noches en vela, los sueños, los enamoramientos… Ahí me construí como ser humano.

¿Qué te sientes más, periodista, escritor, divulgador o investigador de misterios? ¿Cómo sería tu autorretrato literario?

La respuesta a eso es la más sencilla de cuantas te he dado en esta entrevista: soy un niño curioso.

¿Qué crónicas, memorias o autobiografías rescatarías de escritores olvidados, raros o de fantasía?

Sería una lista larga, pero la encabezaría con “La lámpara maravillosa” de Valle-Inclán. Él no es un autor olvidado, pero esa obra si lo es porque nadie la entendió en su día. Y es un breviario espiritual, íntimo, que disecciona la mente de ese genio. Y quizá la cerraría con “Memoria de la melancolía” de María Teresa León, la esposa de Alberti que se afanó en sacar los cuadros del Prado durante la Guerra Civil española y que escribió un texto intenso de esos años de sangre y hiel.

-¿Los tres últimos libros, más o menos recientes que te hayan conmovido?

El cazador celeste” de Roberto Calasso; “El asesinato de Platón” de Marcos Chicot y “El infinito en un junco” de Irene Vallejo.

-¿Coleccionas algún autor, eres fetichista?

Colecciono a muchos autores de novela histórica españoles a los que admiro, como Santiago Posteguillo, José Luis Corral, José Calvo Poyato o Juan Eslava. Si descubro que me falta alguna de sus obras, me pongo muy nervioso.

-¿Cuál es el libro (o libros) de tu biblioteca que tiene para ti una historia especial, singular o emotiva?

Le tengo un especial cariño a la colección “La memoria del Fénix” que publico Tecnos en los años ochenta. Me la regaló en su día Juan García Atienza, un olvidado autor especializado en la “España mágica”, que creyó que en mis manos sería útil. Y lo ha sido. Aprendí mucho de sus títulos, algunos tan raros como “Historia de las cuevas de Salamanca” o “Sueños y procesos de Lucrecia de León”.

-¿Hay una cita o un fragmento de un libro que te defina o que te guste especialmente?

La manida cita del poeta Paul Eluard “hay otros mundos, pero están en éste”, define mi campo de interés.

¿Dónde lees, en qué soporte, en qué momentos al día, cuánto tiempo? ¿Cómo son tus originales? ¿A mano, a ordenador, con enmiendas?

Leo en papel el 80% del tiempo. Lo hago de la mañana a la tarde y solo interrumpo ese hábito cuando empiezo a escribir un libro y me limito a consultar lo leído. Escribo a ordenador cuando lo que acometo es un texto para publicar, pero a mano siempre que pienso o reflexiono sobre materias o historias que creo debo “metabolizar”. La caligrafía me ayuda más que cualquier otra disciplina a memorizar y hacer mío algo.

¿En qué consiste leer?

En preguntarle al texto.

¿Qué lugar ocupar el amor en tus libros?

Si te refieres a amor humano y al lugar que ocupa en mi literatura, te diré que menos del que debiera. Quizá sea “La pirámide inmortal” el libro en el que está más presente. Y no invade más páginas en otras novelas porque el amor humano me impone un respeto cercano al miedo. Pero si te refieres al amor como concepto abstracto, entonces la respuesta es otra: ¡todo!

¿Qué te atrae de San Valentín?

Sus profundas raíces paganas, vinculadas a ritos de fertilidad que debieron nacer en la Prehistoria.

¿Los libros de amor que más te han conmovido?

Los vinculados a eso que los medievalistas llaman “amor cortés”. Son obras en las que se gestó el amor romántico que hoy señorea el mundo.

¿Tras una noche con Los Amantes de Teruel, se sabe más del amor o de la muerte?

Del amor, sin duda. Es lo que está a este lado de la vida. De la muerte seguimos sin saber nada.

¿Quiénes son tus héroes/heroínas de amor?

Son mis padres. Sin duda. Hace unos meses cumplieron medio siglo de matrimonio y están más cómplices y unidos que nunca. Los miro y veo en ellos el ejemplo de lo que es una relación de simbiosis constructiva, siempre con la mirada puesta en un horizonte que nunca han abandonado.

Piensa en Pandora. ¿Lo más es difícil es guardar un secreto? ¿Es ella la primera narradora desesperada por contar lo que sabe?

No es fácil guardar un secreto cuando comprendes que el final de tu vida se aproxima a gran velocidad. Si te lo llevas contigo sabes que estás hurtándole algo al futuro que podría servir para interpretar el pasado. Por eso, volcar ese secreto en un escrito es la única alternativa que tienes. Escribiéndolo no violas el secreto. Trasladas esa responsabilidad al hipotético lector y confías en su prudencia. De esa idea nace “El mensaje de Pandora”.

¿Qué quisiste hacer con esa novela? ¿Crees que acertaste en algo?

Quise que mi lector reflexionara sobre el momento histórico en el que estamos. Tenía tantas historias, datos y sensaciones que compartirle que pensé en escribirle una carta. Arys, su protagonista, es una metáfora del lector que adivino asomándose a mis páginas. Alguien con espíritu joven que necesita información sólida sobre la que caminar. Con todo, algunas de las ideas de mi libro están muy por delante aún de esta época tan antropocéntrica, tan cortoplacista.

¿Cuál es el lugar de la ciencia en tu obra?

La ciencia es una actitud. La de querer comprender las leyes que rigen el Universo que habitamos. Desde ese punto de vista, su lugar en mi literatura es central. Pero ojo, no me interesa la ciencia que cree saber sino la que duda y se hace preguntas por su imperiosa hambre de conocer.

¿Cómo defines la otra dimensión, podemos verla cualquiera?

La otra dimensión es ese “reino” en el que habita todo lo que no podemos racionalizar, pesar o medir. Para mi esa dimensión está habitada por criaturas como el amor, el miedo, la poesía, el instinto, las fugaces epifanías de los místicos… Y sí, es una dimensión a la que todos podemos acceder de un modo u otro. Aunque, a menudo, para llegar a ella debemos ser golpeados por un drama o un trauma que nos arranque de ese mundo cómodo y seguro que nos empeñamos en construir cada día con la razón.

¿Qué te da la palabra? ¿Cómo la tratas, cómo la mimas?

La palabra esa mi verdadero país. Ella es la que me da la oportunidad de pensar como pienso y de enumerar las mil y una piezas del mundo en el que habito. Por eso me afano por mantenerla limpia, ágil, preparada para darle nombre a las mil y una cosas nuevas con las que nos cruzamos a diario y nos reclaman un nombre. Es, además, lo que me vincula a quienes amo. Entre ellos están, claro, quienes me leen. Y junto a ellos la cultivo para que sea tan exacta como la necesitamos. La palabra, en definitiva, me lo da todo.

¿Defenderías hoy a Jiménez del Oso, Erich vön Daniken o Carlos Castaneda? Te dicen algo...

¡Sin dudarlo! Con sus errores y sus aciertos me ayudaron a “pensar el mundo” de un modo diferente. Los he amado y los he cuestionado por igual, pero los respeto porque me abrieron la mente a conceptos, lugares e ideas que de otro modo quizá no hubiera acariciado jamás. Para mi los ovnis, los misterios de la arqueología y hasta la literatura de los grandes gurus del siglo XX, me han invitado a buscar por mi cuenta, a cultivarme sin obedecer a idearios que son, todos y por definición, cánones que limitan nuestra visión de la realidad.

 

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