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Antón Castro

LOS OJOS DE REMBRANDT O LAS NOCHES DE LA BOHEMIA

LOS OJOS DE REMBRANDT O LAS NOCHES DE LA BOHEMIA

Eran otros tiempos y otros días. Oía a Lluís Llach a todas horas, “I si cant trist”, “Escriu-me aviat” o “Laura”, oía a Maria del Mar Bonet y a Amancio Prada, oía del “Adiago” obsesivo de Albinoni, y vivía en un buhardilla con un dormitorio con el colchón en el suelo, un pequeño estudio de techo inclinado, una cocina minúscula y retrete. Colgaba la ropa por las noches, muy mojada, porque así mis blancas camisas se planchaban solas. Al lado había un Iglesia Evangélica, o lo que fuese, y escuchaba por las tardes cánticos que me recordaban el gospel, gente de color que danzaba y sonreía o entraba en un amago de éxtasis con una Biblia entre las manos. Muchachas jóvenes y oscuras, como gitanas de seda que se hubieran hecho hermosas en las labores del cafetal. Algunas noches, cuando regresaba de hurgar en las basuras o de perderme en el Parque Grande con Nacho Rojo, me salían al paso bandas o emboscados o putas, que acababan de tener una noche bruta con los legionarios. Los recuerdo sí, con sus pesadas botas como apisonadoras, avanzando por las angostas calles con una seguridad marcial. Veía a una mozuela, o a dos, o a tres, miraban un instante y decían: “Vamos”. Y había una que iba y que volvía algún tiempo después, Esther Asís, con los ojos de cristal difunto, como si la hubiesen apaleado durante el coito.

En aquella casa, en aquella atmósfera, Rembrandt (1603-1669) era muy importante en mi vida. Primero había tenido una monografía suya publicada por Noguer. Y luego había logrado hacerme con una reproducción de “La novia judía”, tal vez la obra que más me guste de él. La más vinculada con aquellos días de bohemia, escritura en gallego y hambre. Siempre me han encantado las biografías, y la de Rembrandt más: la suya es la vida de un hombre, hijo de molinero con posibles y nieto de panadero, que se convierte en una referencia fundamental en Leiden o en Amsterdam. Apenas se alejó más de 50 kilómetros de donde había nacido, pero supo hacerse tan importante y tan reconocido que la gente venía a verlo a él. Pintó mucho, más de 100  autorretratos, con un promedio de dos o tres por año, realizó una pintura interior, de atmósferas y de estancias, de seres humanos envueltos en el claroscuro, de importantísimo influjo en todo el arte de su tiempo; tuvo cientos de discípulos, entre ellos Carel Fabritius, maestros de Vermeer. Admiró a Rubens. La suya es una pintura de oro y sombra, de transparencia y de bruñido tul de arena, de una untuosidad trabajada centímetro a centímetro, con la mirada interior del  alma. Su pintura es honda, emotiva, con algo de fantasmagoría o adivinación dentro de lo cotidiano.

En la pared siempre estaba aquel retrato (también llamado “Isaac y Rebeca”, y datado en torno a 1662), inspirado tal vez en Saskia, su mujer y gran amor durante una década de insoslayable felicidad. Simon Schama publicó una extraordinaria biográfica del pintor holandés en Areté: “Los ojos de Rembrandt” (2002. 854 páginas). En la página 738, justo debajo de la reproducción, dice: “Los pintores modernos se han quedado absortos y han enmudecido ante ‘La novia judía’ por su invención profética, como si un nuevo universo de pintura se desplegara sobre un lienzo bastamente entretejido. (…) En 1885, Vincent van Gogh, al que de niño le gustaba ir a pasear para contemplar el mundo con los ojos entornados, se sentó en frente del cuadro del Rijksmuseum paralizado por su hechizo hipnótico. ‘Daría diez años de mi vida (…) si pudiera seguir sentado ante este cuadro diez días seguidos sólo con un mendrugo de pan duro”. Saskia fue la gran mujer de su vida, aunque murió demasiado joven, con treinta años. Luego amó a una criada y a una mujer de cierta alcurnia, Henddrickje Stoffels (la representó bañándose), pero en esa época ya había caído en la miseria más absoluta, y el infortunio sacudió a su propia familia: murió su hijo Tito, murió su nuera, se quedó sólo con su nieta, finó él en la más absoluta miseria, hasta tal punto que había tenido que vender la tumba de Saskia. En el año de su muerte pintó varios autorretratos: en casi todos mira con los ojos del desamparado, con añoranza y con la dulzura postrera del genio vencido.

 

2 comentarios

A.C. -

Haremos fuerza, Chorche. Rembrandt, que era un prodigioso grabador, tan importante como Durero, fue el maestro en el arte de grabar de un admirable paisano tuyo: Francisco de Goya. Goya, que poseía un talento especial para la alegría más luminosa y para la negra sombra, arrancó de él, de Velázquez y de Tiépolo. Y arrancó, sobre todo, de sus visiones.

Un abrazo. Te agradezco mucho que te hayas dado un paseo por aquí. Cúidate.AC.

Chorche -

Rembrandt. Oh, Rembrandt. Es tan espectacular la exposición de grabados del maestro que se exhibe en La Pedrera de Barcelona, que se me apagaron las palabras al salir. Es tan magistral que sus grabados parecen pinturas. Es tan visionario que sus negruras y trazos adelantan al expresionismo. Es tan claro mirando a un espejo como si te mirara a tí, que dan ganas de plantarle un beso. Recomendable una excursión a Barcelona sólo para ver la exposición, hasta el veintitantos de febrero. O para convencer a Caixa Catalunya que la pasee por las Españas. Hasta por Zaragoza.