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LA INFANCIA DEL PROFESOR Y ESCRITOR VÍCTOR JUAN BORROY*

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De Víctor M. Juan Borroy

(Publiqué este texto en febrero de 1998 en La Comarca,

un semanario del Bajo Aragón.

 

La infancia de Machado era, esencialmente, recuerdos de un patio de Sevilla. La mía está ligada a los lentos trenes que me llevaban hacia el Bajo Aragón. Poco después de pasar Fuentes de Ebro, ya le preguntábamos a mi abuelo Valentín -el último de una larga saga de ferroviarios- que cuanto faltaba para llegar a Caspe. Muy pronto mis hermanos y yo aprendimos la retahíla que terminaba con "Escatrón, Chiprana y Caspe". Al bajar de aquel tren que paraba en todas las estaciones, un olor característico anunciaba que estábamos en territorio conocido. Entonces subíamos por la calle Baja, saludando a mucha gente que nos preguntaba por nuestros padres. Luego, pasábamos por delante del ayuntamiento, el cantón de Cotarrán y nos metíamos en la calle Vieja. En casa de los abuelos comenzaban los planes para los días siguientes. Iríamos a buscar a Luis, a Santiago, a Julio -que se nos fue tan pronto y tan injustamente- a Toño, a Conrado. No había sitio todavía para ninguna chica. Prepararíamos las cañas de pescar o la escopeta de perdigones, las bicicletas... En los días siguientes nos encontraríamos a muchos amigos por las calles. Recuerdo que unos años íbamos todas las tardes a la biblioteca municipal donde estoicamente nos soportaban unas alumnas de los últimos cursos de bachillerato. En el kiosco de la plaza jugábamos a las cuatro esquinas. Carlos, el guardia, no nos dejaba jugar a la pelota. Ahora me parece que nos levantábamos ya riendo y con la risa nos íbamos a la cama. También recuerdo el aburrimiento de unas siestas que por el impuesto silencio se nos hacían eternas. ¡Cómo la edad te enseña a apreciar lo bueno!

Eran los últimos años sesenta, y muchos hombres se afeitaban la tarde de los sábados en la barbería de la plaza. Recogían una ficha que otorgaba un orden. Recuerdo haber pasado tardes pegado a los barrotes del kiosco de la plaza viendo cómo Corita Viamonte tocaba la batería...

Algunos veranos fueron muy movidos: DEIBA, Nucleares-no, el Gurugú, las primeras visitas a La Cabaña, las verbenas en la plaza, la recuperación de las vaquillas, nuestra primera peña en las fiestas de San Roque. Pasábamos entonces ya de la comparsa de gigantes y cabezudos y salíamos más de noche que de día. Según la estación, nos entreteníamos en el callejón de los mártires, en las escaleretas de la Iglesia; salíamos por la noche a La Glorieta, comprábamos polos en la pastelería de Próspero, enredábamos en los jardines de la estación...

Mi infancia está ligada a las conversaciones de las mujeres de la calle Vieja cuando salíamos, cada uno con su silla, a tomar la fresca. Los hombres acudían a la Porteta. Durante mucho tiempo me divertía más estar con mi abuela Concha, en el corro de las mujeres que nos recibían generosamente: Mercedes, Pascuala, Margarita... Éramos los encargados de traer los helados. La charrada iba y venía de mujeres a tareas, de desgracias a faenas, de calamidades a alegrías... Todavía se voceaban los entierros por las calles, el colchonero lanero, las gaseosas, el butanero y se veían muchas caballerías tirando de carros.

Mi abuelo me llevara a la taberna donde un grupo de jubilados se jugaban un chato de vino al guiñote. Acudíamos a las sesiones de cine en el Goya o en el Lucero y, como el público más generoso que cabe imaginar, aplaudíamos cuando la música anunciaba que el NODO había terminado y animábamos con nuestros gritos al Zorro, a Tarzán, al pistolero bueno. Mis correrías con Jesús el de Lola... Tiempo de puertas abiertas cuando la sirena municipal marcaba nuestros ritmos: el toque de la una, a comer. A las ocho, la cena. La infancia de Machado estaba hecha de olores de limonero y la mía de excursiones al Vado, al Guadalope, al pino de los conejetes. Luego vendrían las aventuras en la ermita de santa Quiteria, los días de san Bartolomé -en Caspe se celebra el lunes de Pascua- que comíamos con los amigos, los paseos nocturnos en la moto de Javier Herrero...

Han pasado casi treinta años y muchas veces me sorprendo con ese sentimiento de placidez y de inocencia que presidía aquellos días. Algunos de las personas que protagonizaron mi infancia se han ido para siempre, pero los recuerdo cuando cojo un tren, aunque cada vez son más rápidos y paran en menos estaciones.

*Soy un coleccionista de infancias ajenas, siempre me lo dice Roberto Miranda cuando repasa algunas de las entrevistas que hice en "El Periódico de Aragón" durante diez años. Hallo ésta tan bella, y tan verdadera, de Víctor Juan Borroy y la cuelgo aquí. Podría decir, con la modestia debida y en otro paisaje (en Santa Mariña de Lañas y en Arteixo, el pueblo de los tres ríos, de los caballos sueltos en el monte y de los aparecidos en los bosques cercanos), que esta niñez se parece mucho a la mía. Espero que a Víctor Juan, el morador de "Villa Albina", no le importe que ofrezca aquí este texto que también está en su maravillosa página web y en su blog.  Esta foto es de Joan Colom; sinceramente no creo que este jovenzuelo sea Víctor de niño en Caspe.

17/01/2006 01:05 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: Javier

Antoncico, la infancia de Víctor se parece a la tuya como a la de la mayor parte de nosotros. La Almozara no guardaba muchas diferencias con Caspe en cuanto al modo de vida. Un abrazo, J. :)

Fecha: 17/01/2006 09:53.


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