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LAS ANDANZAS DEL SEÑOR BONI Y EL CARBONERO LEONCIO*

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En estos días de ajetreo, de viajes del cementerio a casa y viceversa, he conversado en varias ocasiones con mi suegra Isabel Brumós. Y anoche, cuando volvíamos hacia Torrero a las doce de la noche, la luna se replegó sobre sí misma en forma de medio limón, surgió en el diálogo el señor Boni.

¿Qué quién era el señor Boni? Es un personaje que adquirió una presencia importante en la vida de mi suegro Leoncio, durante el largo lustro en que tuvo una carbonería en la avenida Goya haciendo esquina con San Antonio María Claret. Mi suegro regentó aquel establecimiento entre 1954 y 1960, más o menos. Un empresario amigo, también del negocio del carbón, le “cedió” al señor Boni. O le invitó amablemente a que lo recogiese. Ahora lo único que podía ofrecerle. El  señor Boni, apócope de Bonifacio, era un hombre esbelto y seco, muy alto, con cabello canoso y trajes andrajosos. Había sido rico durante un tiempo: cuando recibió una herencia, dijo que en ese instante podría cumplir su sueño, que no era otro que meterse bajo las sombras de los árboles a leer o encerrarse con un montón de papeles. De esa época, derivaba su importante, su educación, sus buenos modales. Al parecer,  el señor Boni no supo administrar bien sus rentas y, además, debió entregarse con alguna alegría al alcohol.

         Cuando se lo ofrecieron a mi suegro Leoncio, y eso quería decir exactamente que al masovero turolense lo invitaban a realizar un acto de generosidad y de humanidad, lo aceptó y lo incorporó a su carbonería. La materia prima  en  muchas ocasiones era de las carrascas de Ejulve y alrededores. El señor Boni tenía que llevar pedidos a algunas casas con su carromato. Algo propio de la época. Un día, el hombre le pidió a Leoncio que si podía dormir en el taller. Prometería seguir leyendo un poco y no causar malestar alguno. Mi suegro le ofreció su propia casa, y el señor Boni vivió con los Gascón Brumós un tiempo. Estaba a punto de llegar al mundo la primogénita Carmen; cuando llegó Isabel, hacia febrero de 1961, Leoncio ya no tenía carbonería. El señor Boni, unos meses antes, se había puesto malo, fue ingresado en el hospital y allí murió con 50 años más o menos.

Leoncio realizó dos trabajos más: uno como representante de productos de peluquería y otro como recaudador de impuestos. Poco después se incorporó como cajero a SPAR, en la Avenida de Cataluña, y allí lo llevé yo (yo y todos sus hijos: siempre decía que la que conducía con mucha alegría era la menor de sus hijas: María Ángeles) muchas veces a partir de mediados de los 80 cuando aprendí a conducir. Primero lo llevé en un Renault 8 verde, que había vendido a la familia Juan Bautista Billoro, de La Fresneda, luego en un Simca 1200, en un 127 blanco que se me quemó en Carrión de los Condes (allí, una monja de clausura que hacía pasteles de almendra y bordaba ángeles nos dijo que íbamos a tener mucha suerte: que Carmen, la madre de mis cinco hijos, iba a tener un trabajo de médico de inmediato, y así fue) y finalmente en mi amado Ibiza rojo, que se me quemó también en La Iglesuela del Cid, ante nuestra casa. Anoche, mientras repasábamos cuánto habíamos querido todos a Leoncio, cuánto él nos había querido, recordamos al señor Boni, sus años en SPAR y su jubilación de 18 años: desde 1987 hasta su muerte, el día de San Antón de 2005. Hoy, vinieron varios compañeros de SPAR a su entierro y se encontraron con un puñado de amigos y familiares a los que Leoncio habría querido decir: “Gracias por venir. Y no tengáis prisa en encontrarme en el reino de las sombras. La vida aquí es bastante bonita si hay comida, amigos, placer y un poquito de conversación”.

 

*La película favorita de Leoncio Gascón era, probablemente, "Tasio" porque le recordaba su época de carbonero. Así trabajaba él. Así trabajó con el señor Boni.

 

 

 

19/01/2006 18:11 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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Autor: Carlos Castán

Sé que quizá no sea el lugar adecuado, pero quiero hacer uso de este espacio para felicitar a Luis Alegre por su magnífica reseña, hoy en A&L del Heraldo, del libro de Amparo Muñoz. Me he sentido totalmente identificado con su fascinación. Dios, cómo amábamos a esa mujer, con qué dulzura y rabia. Yo no llegué a conocerla, lo cual no sé si es malo o es bueno: me faltó sentir un temblor que sin embargo casi recuerdo, pero por otro lado no sé, creo que si la hubiese acompañado a la puerta del hotel con aquel ramo de flores como cuenta Luis, el corazón me hubiese estallado.

Fecha: 19/01/2006 21:03.


Autor: Carlos Castán

Sé que quizá no sea el lugar adecuado, pero quiero hacer uso de este espacio para felicitar a Luis Alegre por su magnífica reseña, hoy en A&L del Heraldo, del libro de Amparo Muñoz. Me he sentido totalmente identificado con su fascinación. Dios, cómo amábamos a esa mujer, con qué dulzura y rabia. Yo no llegué a conocerla, lo cual no sé si es malo o es bueno: me faltó sentir un temblor que sin embargo casi recuerdo, pero por otro lado no sé, creo que si la hubiera acompañado a la puerta del hotel con aquel ramo de flores como cuenta Luis, el corazón me hubiese estallado.

Fecha: 19/01/2006 21:04.


gravatar.comAutor: Antonio Pérez Morte

Yo no fui carbonero como Leoncio, pero también me emocioné con "Tasio". Me gusta el cine de Arméndariz.

Anoche LA 2, emitió una hermosa película documental suya, titulada "Escenarios móviles", dedicada a los pequeños municipios extremeños y protagonizada por el gran Luis Pastor!

Fecha: 21/01/2006 11:42.


gravatar.comAutor: Susana Sancho Ansón

Un pequeño granito de arena para puntualizar la "e-rrata" del nombre de la calle: San Antonio María Claret (no Clavet), como la iglesia que es de los "claretianos"... He vivido veinte años o así por esa zona y está muy bien descrita (y escrito, por supuesto). Un saludo cordial.

Fecha: 22/01/2006 14:20.


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