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DIÁLOGO CON LUIS MATEO DÍEZ*

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-¿Cuáles son las palabras de la vida?
-A bote pronto, serían la imaginación, la memoria y la vida propiamente dicha. Supongo que la vida sin imaginación y sin memoria se quedaría más corta de lo que a mí me gustaría, y desde luego la imaginación y la memoria sin vida se quedaría demasiado secas. Les faltaría la sustancia.
-¿Qué modelo de escritor se siente usted?
-Un escritor que se conforma con contar la vida para intentar saber quién es, donde está, qué cuatro cosas puede contar a los demás para acabar teniendo conciencia de sí mismo.
-Ahora se habla poco de compromiso.
-Sí, es una palabra que echo en falta. Ciertamente que es difícil escribir sin tener, por lo menos, conciencia de por qué y para qué se escribe. Como poco más allá de un compromiso político siempre complicado e indeterminado, sí que me parece que el escritor debe asumir un compromiso moral.
-Parece que es infrecuente también la beligerancia del escritor ante el poder.
-Un escritor que escribe y que aporta al escribir elementos que den sustancia a la complejidad de lo que se vive, irremediablemente está enfrente del poder. Está en contra de cualquier norma que imponga simplificaciones a la idea de vivir. Y desde luego impone siempre simplificaciones, estrecheces y limitaciones. Todo gran escritor sólo por el hecho de escribir, como todo gran artista, establece distancias con los poderosos y hace siempre un acto subversivo. Toda la gran literatura y el arte son siempre un acto subversivo, de conmoción, de zozobra, una forma de poner en cuestión las cosas establecidas.
-¿Cuál sería el mayor ejemplo de rebeldía de un escritor?
-El límite de la rebeldía está en vivir sin ningún tipo de contemplación y que la literatura exprese todo lo que la imaginación puede dar al acto de vivir. Que sea la posibilidad de que lo imaginario sea el espejo roto por explosión de lo que puede ser meramente la existencia del ser humano. El arte es siempre un espejo disparatado, exacerbado y estrambótico del acto de vivir. Hay un límite en la libertad del arte que la vida por sí misma no lo puede asumir. -
¿Cuál es la novela de “Gran Hermano”?
-
Sería aquella que expresara la estupidez y la ridiculez de lo que somos. El límite estúpido de romper los secretos de la intimidad. Cuando uno hace un espectáculo de la intimidad está haciendo una exposición degradada de sí mismo. Lo íntimo es el extremo de lo secreto y quien cede lo íntimo rompe el secreto de lo que somos. Reconvertir eso en un espectáculo televisivo me parece el límite de la estupidez. “Gran hermano” me parece un programa sobre la vanidad y la tontería del último vanidoso y tonto del mundo. “Gran hermano” es tan ínfimo que ni la novela más degradada podría contar tamaña estupidez.
-Y un observador de la vida como usted, ¿tiene opinión sobre “el botellón”?
-No es que yo tenga una opinión estricta sobre el botellón, pero me acuerdo de los botellines. El botellón es la acumulación de los miles de botellines que bebíamos los de mi generación de una manera más moderada. Lo único que me disuena es que normalmente ese tipo de bebida del botellín era discreta e íntima, y el botellón es como un acto colectivo. Yo aborrezco la demostración de la juerga colectiva. Me parece más interesante la celebración más íntima de las cosas divertidas y gozosas.
-Le he leído una frase que dice: “La Universidad es un monstruo”.
-Sí. Supongo que deriva de una experiencia universitaria en mi caso absolutamente negativa. Yo me sentí en la universidad como alguien que vivía un mundo elitista; yo tenía un poco la conciencia de vivir un mundo elitista de un medio pelo terrible. Era aquella universidad del franquismo que yo no he podido olvidar. Se parecía a un territorio del conocimiento, de la sabiduría y de la inteligencia absolutamente impresentable y yo me encontraba allí muy a disgusto. Espero que ahora haya cambiado. Ahora hay profesionales más razonables. En mis años universitarios lo mejor que hice fue no ir a la universidad, hacer novillos.
-¿Cómo resumiríamos una jornada particular en la Real Academia?
-Bueno, es una jornada de trabajo. Yo pude tener alguna previsión indeterminada de lo que podía ser la vida de un académico en la Academia, y ahora puedo decirle que es una vida extremadamente responsable y estricta, y casi minuciosa y hasta avara de lo que es el trabajo. Creo que es uno de los ejemplos más fascinantes que he visto en todas las instituciones en las que yo he estado hasta ahora. A la Real Academia la gente va a trabajar, no le gusta nada perder el tiempo ni hablar más de lo debido. Nunca he visto trabajar tanto en menos tiempo.
-Perdone, ¿es usted tan serio como aparenta?

-No, la verdad. Por la mañana cuando me levanto y me miro en el espejo me río de mí mismo, que es la única manera de empezar a reírse de todo lo que pasa cuando uno sale de casa. No soy nada serio. A veces echo en falta mi falta de seriedad. 

*Rescato esta conversación con Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), que ha publicado este año en Alfaguara sus cuentos en "El árbol de los cuentos", textos cortos desde 1973 hasta 2004. Este diálogo arrancó con una alusión a su libro "Las palabras de la vida" (200).  

09/08/2006 22:33 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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antoncastro

gravatar.comAutor: maria del mar

hello como estan deso conocer amigos de todas partes

Fecha: 17/11/2010 21:47.


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