
Te doy Aragón como prenda
La escritora Carme Riera viaja muy frecuentemente a Aragón. Le apasionan los encuentros con sus lectores y con los estudiantes de catalán. Estuvo con ellos hace unos días: “Hablan el catalán mejor que yo”, resumió. Se hizo escritora de niña, cuando se “no me sentía tan guapa como mi madre, sino fea como mi padre”, y se guarecía tras los visillos mirando el mar. Su abuela le contaba maravillosas historias de raptos, amoríos y navegantes. Años más tarde, conoció a un empresario que la invitó a cenar en lo alto del Tibidabo; de regreso paró el mini al borde de la calzada y encendió la radio: sonó, en la voz del poeta José María Álvarez, el poema “Pandémica y celeste” de Gil de Biedma. El señor, que era un caballero, la devolvió al hotel sin otra insinuación. Por entonces, Carme Riera conoció al profesor Francisco Llinàs, de quien se enamoró. Llinàs, que es químico, narrador y un melómano absoluto, había estudiado en Zaragoza y es un enamorado de esta ciudad y de Aragón. Los genios más importantes para él son aragoneses: Goya, Cajal, Buñuel, Servet, Miguel Antonio Catalán, los Saura. En su casa se lee todos los días HERALDO, “de cabo a rabo”, y se vive Zaragoza como si fuera un refugio de la memoria, el sitio al que siempre se retorna. Los fines de semana o días de fiesta Llinàs visita Aragón. Le fascinan el Somontano y sus viñedos. Es tal su afición a este territorio que cuando le sucede algo, siempre hay un parentesco aragonés detrás. Hace unos días sufrió una avería en la carretera y le socorrió otro conductor. “¿A qué no sabéis de dónde era?”, preguntó a Carme y a su hija. “De Zaragoza, claro”, dijeron. Y era verdad.
*Retrato de Carme Riera y Paco Llinàs, poco después de haberse casado.