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HISTORIA Y FANTASÍA DEL PINTOR GERICAULT

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  No necesitaba presentación. Todos sabían en el Casino que aquel hombre con bigote y gafas cuadradas era pintor y dibujante. E incluso grabador, si tuviesen claro qué significaba ese oficio. Solían verlo de tarde en tarde ante las ruinas de la Azucarera o frente a la explanada del palacio. Sólo tomaba un detalle, un ángulo insólito al que acabaría por cubrir de musgo y de monstruos diminutos semejantes a tritones y a sargantanas decrépitos. A veces, después de haber copiado una arquitectura denegrida por la sombra, se retiraba a su estudio y allí completaba el lienzo: colocaba un dallador, un cardenal ampuloso, una mujer misteriosa que llevaba un felino minúsculo en la cabeza o unas finas y sorprendentes medias de color negro que anticipaban la tentación.

El joven Leoncio Arbués lo entendía mejor que nadie y solían pasear entre la arboleda; discutían por el placer de discutir de arte, del paisaje, de fantasmagorías, del pasado mitológico de Épila. E incluso habían hecho algún libro juntos: Leoncio inventaba historias, hablaba de leyendas antiguas, y el artista creaba personajes extraordinarios, los resolvía con un trazo impetuoso y casi siempre evocador. Cuando abrió la boca, cuando Martín Requena adelantó su silla hacia la multitud estupefacta, Leoncio Arbués se sintió cómplice y sonrió. Intuyó que la noche de los équidos iba a prolongarse un rato más. Al fin y al cabo, la verdadera afición de Requena desde niño habían sido los caballos.        

«Estoy fascinado y quisiera corresponder a la belleza de esta noche de fábulas con otra conseja: con una vida de pintor enamorado de los animales. Se llamaba Gericault y era francés. Desde niño se pirró por los caballos y no era infrecuente sorprenderlo en los corrales y en las caballerizas. Aprendió a montarlos muy pronto y estudió su anatomía. Eran su única obsesión. Asistió a clases de dibujo y pintura con el único afán de retratarlos, y lo hizo de todas las maneras: en las batallas de Egipto, espantados por un rayo, corriendo, atrapando sólo uno de sus ojos encarnados como rubíes bajo el impacto de otro destello de color. Leía manuales sobre equitación, el arte de la guerra y mitos arcaicos. Se apasionó con la figura de Alejandro Magno y el caballo de Troya, con los cuatros équidos briosos del carro de Helio que henchían el aire de llamaradas y precipitaron la muerte de Faetón, fulminado por un rayo del Olimpo; descubrió las carreras violentas de los caballos salvajes de la India, cercados de súbito por una columna de domadores.

Aunque tal vez ningún relato le entusiasmó tanto como el del caballo del mar: cuentan los primitivos --y el argentino Jorge Luis Borges ha recreado el hecho en un inventario de seres imposibles-- que en las playas de Portugal la brisa marina fecundaba las yeguas y de ellas nacían potros veloces como el viento, huidizos como el rayo, que en ocasiones alcanzaban la inmortalidad.        

Poco a poco, se interesó por la política y de la política pasó a la épica de los combates y de la revolución. Se apasionó por la figura de Napoleón y sus soldados, por el primor cromático de los jinetes y sus uniformes con sus insignias y sus botones dorados. Una buena parte de su obra inicial refleja ese mundo fragoroso de triunfos y de heridas. Siempre pedía a los militares que volvían de alguna campaña feroz en el extranjero que le relatasen los asedios, el avance de los ejércitos, la aventura gloriosa de algún mariscal. Una vez que le habían le revelado lo accesorio, lo que él llamaba los modales de la gesta, su pregunta siempre era la misma: "Bueno, bueno, pero ese militar ¿no tenía cabalgadura? Decidme, ¿cómo era su caballo, avanzaba sin miedo entre la nieve, se ahuyentaba con las ráfagas de pólvora, con la proximidad de las bayonetas? ¿Se ayudaba el valiente soldado de un palafrenero?".         

Gericault se fue transformando. Como pintor y como hombre. Durante unos años se le vio como fatigado, harto de aquellos temas, hastiado de imaginar cacerías de corceles indómitos en montes remotos. Empeñó la salud y una buena porción de sus amigos en una búsqueda dolorosa, en un ejercicio terrible de investigación expresiva. A lo mejor corro el peligro de aburriros, pero no me resisto a dejar de contaros el terrible naufragio de 1816 de la fragata Medusa. Creo que iba con destino a Senegal con un cargamento excesivo. La misma Francia no fue ajena a la imprudencia. Cuando sobrevino el naufragio, un total de 149 personas fue abandonado en una balsa en el océano. Permaneció a la deriva casi dos semanas, en las que se produjeron horrores de la más abyecta naturaleza: cada día se reproducían escenas de locura y de muerte, cada día alguien intentaba decapitar a su vecino, alguien era arrojado por la borda para evitar la pestilencia y apaciguar la hambruna de los tiburones, y llegaron a multiplicarse los actos de canibalismo. El suceso conmovió a la sociedad de la época.

Quiso el azar que un barco rescatase a la balsa con quince náufragos a bordo. Aquel asunto, tan tremendo, excitó la sensibilidad enfermiza y macabra del pintor. Se puso a trabajar día y noche en aquella idea que le proporcionaría, pensó, un gran cuadro. Habló con los supervivientes que se hallaban postrados en los hospitales, encontró al carpintero que había construido el bote y logró que le facilitase un plano y una reproducción en miniatura, visitó los depósitos de cadáveres y consiguió un exhaustivo informe de los médicos. A partir de ahí, tras realizar al menos medio centenar de estudios previos, culminó una obra magna, sombría, de más de 35 metros cuadrados. Sé que os estaréis preguntando qué tiene esto que ver con los caballos. Por el momento, nada. Gericault era un ser torturado, partidario de las emociones fuertes, proclive a un estremecimiento radical de los sentidos. Era un romántico. La balsa de Medusa conmocionó París y desató una gran polémica. El artista ya no estaba dispuesto a volver atrás: estaba inventando, casi sin haberlo pretendido, al reportero pintor, al cronista de su época desde la superficie de un lienzo.

         Decidió viajar a Italia, donde estudió a los grandes artistas del Renacimiento: Leonardo, Rafael de Urbino, Miguel Ángel, quizá a los posteriores Giorgione y Caravaggio, su predilecto. Y más tarde, atraído por los pintores ingleses del momento (dicen que acudió a saludar al gran Turner a su estudio), se marchó a vivir a Londres. Insistió en su mirada a la realidad, insistió en asomarse al universo de los locos y los alucinados, tan enajenado él ya, tan irremediablemente enfermo. Su producción final es como un descenso a los infiernos, donde halló una galería de torturados, solitarios, criminales y posesos. Dicen que intentó suicidarse en varias ocasiones. En el umbral de la muerte, expiró a los 35 años, recuperó el mundo de su niñez, la patria del caballo: los derbys, la beldad escultural de las yeguas, un poney rojo apacentando en el prado, la estampa doméstica de las caballerizas. Su testamento fue una colección a carboncillo de cabezas de caballo, que tituló sorprendentemente Autorretrato de Gericault. Al final, debajo de los apuntes y de los bocetos, figuraba una frase enigmática: Los caballos no necesitan pensar. Corren. Los dioses le habían reservado un final tan simbólico como irónico, el último arrebato de la fatalidad.»

*Uno de los cuadros más famosos de Theodore Gericault: El derby de Epsom. Este texto pertenece al ciclo "Caballos en la noche", editado en un libro de bibliofilia, con dibujos de Natalio Bayo, que se incorporó luego a Los seres imposibles (Destino, 1998). 

01/04/2008 10:16 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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