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JULIO CORTÁZAR: CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

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[Javier Torres es el protector invisible de estas páginas. De vez en cuando, desde Alcalá de Ebro o en cualquier rincón del mundo, mientras reparte libros, entra en el blog y hace pequeños cambios y enlaces. Hoy ha entrado y ha enlazado el maravilloso cuento de Julio Cortázar, “Continuidad en los parques”, una obra maestra del relato breve, brevísimo. Un mundo completo en un par de folios, en apenas 3.200 caracteres. Lo pongo en el escritorio con esta foto de Gisele Freund, una fotógrafa extraordinaria que se asentó en México, de la que acaba de aparecer un fragmento de sus memorias, que comenta hoy en ABDC Félix Romeo. Desde hace años, Gisele Freund es una de mis fotógrafas favoritas, como lo es Julia Margaret Cameron a la que le rindo homenaje en mi próximo libro de relatos, que aparecerá en el sello Xordica, con el título Un fantasma en la foto.]

 

 

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

 

JULIO CORTÁZAR

 

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.


Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

 

19/04/2008 14:07 Antón Castro Enlace permanente. sin tema

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gravatar.comAutor: pepe montero

Julio Cortazar, escribía como si pariera. Se pueden percibir los empujones, pero luego conservaba intacto el perine. La presión en los tejidos del culo, las quemazones que propician el alumbramiento final y el relax de haber por fin, desplacentado.
Éste es uno de sus más hermosos bebes.

Fecha: 19/04/2008 14:44.


gravatar.comAutor: Patro

Gracias, es mi cuento favorito. Imposible olvidar la muerte rondando al lector hipnotizado con su novela, el sillón de terciopelo, la fusión de vida, muerte y literatura que consigue Cortázar en apenas dos páginas. Qué grande.

Fecha: 19/04/2008 16:39.


gravatar.comAutor: ana a.

Es un relato magnífico. Me gusta comentarlo con mis alumnos todos los cursos. Les sorprende y estimula. Cortázar es lo más.

Fecha: 19/04/2008 22:30.


gravatar.comAutor: JoseAngel

Hace poco hablaba yo de este relato, a cuento de que en la vida real sucedió una cosa bastante parecida. Por el enlace de mi nombre se llega al artículo.

Fecha: 20/04/2008 13:06.


gravatar.comAutor: camila

me gusta mucho este cuento lo uso para lengua!!!
estoy haciendo un trabajo cobre este cuento ojala que apruebe!!!

Fecha: 26/08/2009 02:49.


gravatar.comAutor: Rocio Denisse

Hola, me podrian decir donde puedo encontrar la entrevista a Julio Cortazar sobre Continuidad de los parques. Gracias.

Fecha: 29/05/2018 02:20.


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