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JULES RENARD: VIAJE POR SU EXCEPCIONAL DIARIO

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No sé por qué apenas había leído a Jules Renard. Había oído distintos comentarios elogiosos por aquí y por allá de su Diario. Hace unos días, en Madrid y en Zaragoza, compré varios libros suyos. Y estoy leyendo con especial devoción, entro y salgo como se entra en la piscina, su Diario 1887-1910, que publica DeBolsillo en una edición de Joseph Massot, un periodista que sigo en La Vanguardia (es hermano de Paula de Parma, es cuñado de Enrique Vila-Matas. Me gusta mucho su serie de los lunes “Vidas contadas”, ya lo he contado aquí) y de Ignacio Vidal-Folch, del cual también he leído algunos libros, y es aquí responsable de la traducción. Jules Renard es, según Jean-Paul Sastre, “el creador de la literatura del silencio”, pero es sobre todo alguien que conoce muy bien el alma de los hombres, sus vanidades y sus defectos, su grandeza y sus caídas, y además tampoco tiene una visión demasiado complaciente de sí mismo. Nació en 1864 y murió en 1910. Publicó dos clásicos de la literatura francesa, Pelo de zanahoria (1894. Hay una edición de ahora mismo en DeBolsillo y otra, maravillosa, en Media Vaca) e Historias naturales (hay edición en DeBolsillo). Se retiró al campo y redactó el Diario que lo ha hecho inmortal.

Este Diario está lleno de frases para citar –Enrique Vila-Matas elogia en su Dietario voluble (Anagrama, 2008) la presencia de citas en los libros, igual que hace también Fernando Savater-, de adivinaciones, de intuiciones y de lucidez, que en ocasiones es desapego, sentido crítico, mala baba, cuando no sátira directamente, y una ternura más o menos soterrada. No siempre se puede estar de acuerdo con él, desde luego. Yo no lo estoy cuando dice: “Uno siempre se equivoca sobre sus contemporáneos. Así que no los leamos”

Es un escritor de magníficas intuiciones, de destellos, de sabiduría.

Con las mujeres, que le gustan con locura, no va de seductor. Sino más bien de fracasado o de tímido:

-“A la primera sonrisa de cualquier mujer, estaría perdido. Por suerte, soy feo. Se asustan un poco, y ninguna me escribe”.

Da consejos que parecen sensatos:

-“Entérate de que no habrás progresado realmente hasta que hayas perdido el deseo de demostrar que tienes talento”.

Algunos retratos son demoledores. Con Sara Bernhardt, que debía tener algo de insoportable, se ensaña a menudo. A Jules Renard también le gusta hacerse el antipático. Por cierto, La Divina Sara estuvo en Zaragoza:

“Saludo a Sara Bernhardt, que entorna sus ojitos de lama para fingir que no me ve. Decididamente, esta gran actriz me está resultando tan insoportable como el resto del mundo. Solo amaré a Dios si es modesto y sencillo. Ella, además, vive demasiado para pensar o sentir. Devora la vida. Es de una glotonería desagradable”.

Agrega algo más adelante, tras asistir a una función, en la que está ella, creo que como espectadora:

-“Preferiría que me condenasen a pasar el resto de mi vida leyendo versos que asistir dos o tres veces a este guiñol de esqueletos”.

Y luego dice:

“En cuanto a mí, me siento malo. Debo de tener cara de enterrador. Lo único que me apetece decir son insultos. Gustosamente abofetearía a más de un rostro, empezando por el mío”.

A vueltas con las mujeres, escribe:

-Junto a una mujer, inmediatamente siento ese placer un poco melancólico que se tiene en los puentes al mirar fluir el agua”.

Y en otro lugar, leo:

-“Esa mujer casada es tan guapa que si no tuviese amantes la despreciaríamos un poco”.

E insiste:

“-¿No le gustan las mujeres?

-Las amo a todas. Hago locuras por ellas. Me arruino en sueños”.

Y aún se retrata:

“-Soy apasionado durante unos minutos todos los días; ninguna mujer lo aprovecha”.

Y anoto otros pensamientos:

-“Para el ojo lúcido, la modestia no es más que una forma, más visible, de la vanidad”.

-“Estilo puro, como el agua es clara, a fuerza de trabajo, a fuerza de rozarse, por así decirlo, con las piedras”.

-“La patria es todos los paseos que puedas dar a pie alrededor de tu pueblo”. En otro lugar, dice esto, casi una variación: “Mi pueblo es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en todas partes”.

-“El que más nos quiere y nos admira es también el que menos nos conoce”.

-“Los objetos de recuerdo, y hasta las fotografías, ¿para qué? Es dulce que las cosas también mueran, como los hombres”.

-“La literatura es un oficio en el que alguien que tiene talento tiene que demostrárselo continuamente a gente que no lo tiene”.

-“Habría que escribir un libro para que los jóvenes reflexivos lo leyesen de en vez en cuando, y no el libro que hace pasar un par de horas deliciosas”.

Si volviera a hacer esta nota saldría completamente diferente. Jules Renard es un pozo de sabiduría y de incitaciones. El prólogo del libro es un buen ejemplo de ello. Dice Joseph Massot: “Este libro puede leerse pues fragmentariamente, eligiendo una página al azar, o como una novela desestructurada, al estilo Renard, donde se mezclan la narración, la historia, el pensamiento, la observación de la naturaleza y del comportamiento humano”.

*Retrato de Sarah Bernhardt, captada, creo, por Felix Nadar.

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