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PEDRO VILA: ADIÓS A LA VIDA, A LA POESÍA, A SU ARAGÓN

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Esta madrugada ha fallecido Pedro Vila, padre del fotógrafo Ricardo Vila y de la pintora Lina Vila. Pedro es un industrial que sentía un gran amor por Aragón: le encantaba viajar por todo el territorio. La comarca del Aranda y Plenas han inspirado muchos de sus poemas, que escribía a mano y que a veces, con algún motivo más o menos íntimo, publicaba en un folleto, en una tarjeta o en pequeños libros para ofrecer a sus amigos. Le dedicó uno a su hija Lina, cuyas exposiciones seguía por aquí y por allá, igual que le ocurría con Ricardo. Le preguntabas por él y decía que andaba entre los bosques buscando a uno de los últimos urogallos, o que se había ido a Las Cinco Villas para capturar la piel del tiempo de su patrimonio. Le preguntabas por ella, Lina, y decía que estaba en la Casa Velázquez o que había emprendido una nueva aventura con los grabados. Pedro Vila tiene otro hijo, Pedro Javier, gemelo de Ricardo, que se dedica al negocio familiar de motores.

Una de sus pasiones era la alfarería y estuvo detrás de muchos proyectos: colaboraba en su rodaje y en su edición, y apoyó algunos proyectos de dos de sus cineastas predilectos: Javier Estella y José Manuel Fandos, entre otros.

Hace algún tiempo, en una entrevista a Lina, le pregunté por su padre y ella hacía este retrato de él: “Tiene un modesto taller de reparación de motores, es un aragonesista entusiasta, amante de su tierra, defensor de algunas tradiciones como la alfarería. Tenía una gran curiosidad por todo, pero tardé en darme cuenta. Es observador, ha leído mucho y es autodidacta. Hace poco descubrí que escribía poemas y que investiga. Acaba de presentar un vídeo sobre la sabina: tiene ideas utópicas. Todo ello ha sido un feliz descubrimiento”.

Coincidí con Pedro en varias ocasiones: una de las primeras veces fue cuando acudió a los Encuentros Literarios de la Guerra Civil: venía, se sentaba entre los participantes, siempre con su mujer María García, y allí estaba, sin parpadear. De vez en cuando, en cuanto había tomado algo de confianza, hacía preguntas o comentarios. En aquella ocasión, si no recuerdo mal, vino a arropar la proyección de un documental de Estella & Fandos sobre los gitanos en la Guerra Civil. Luego estuvo, en otra ocasión, cuando Ricardo Vila vino a explicar los secretos de sus espléndidas fotos del paisaje y de los animales. Y juraría que aún estuvo también durante una estupenda exposición de Lina, en la que exponía una instalación y distintas obras sobre el cuerpo y el dolor.

Desde entonces nos hemos visto y nos hemos escrito. Siempre he recibido algún objeto suyo, pequeños detalles. Ya cuando estaba enfermo de cáncer, hablamos. Él estaba en su casa de San Mateo de Gállego y me dijo que hacía lo que podía: leía mucho, escribía poemas, con rima asonante casi siempre y estructura de romance o de cancioncilla, cuyo tema eran las pequeñas cosas de la vida: los recuerdos de infancia, el amor, el paisaje, los árboles, algunos juegos poéticos llenos de ironía. El pasado domingo, en su artículo dominical, Félix Romeo le dedicaba un pequeño homenaje: iba a hablar de los incómodos rieles de una ciudad europea y acabó hablando de un viaje nocturno a su casa, allí descubría sus poemas, sus pequeños objetos, ese mundo que cuidó con mimo y que constituía su arsenal de tesoros y de afectos. Lo que más le llamó la atención era la alegría que transmitían.

Esa alegría, esa pasión por vivir con curiosidad y con auténtico desvelo, era lo que más me llamaba siempre la atención en él. La alegría, la pasión, la ausencia de pereza: un deseo incontenible de saber más, de aprender, de viajar. Se sentía hondamente hermanado con este territorio: Plenas, la comarca del Aranda, Zaragoza, todo Aragón. Así era Pedro. Pedro Vila. Así quiso ser hasta su último aliento.

*En una de sus últimas exposiciones, Lina Vila rendía homenaje a sus padre Pedro y María con esta pieza que forma parte de su gran proyecto sobre los animales.

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