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BORAU, ACADÉMICO EN SOLEDAD. Por JUAN CRUZ

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[Ese escritor y periodista infatigable que es Juan Cruz publicaba en El País un estupendo reportaje-entrevista con José Luis  Borau (Zaragoza, 1929), que el domingo tomará posesión del sillón B de la Real Academia de la Lengua. Copio aquí esa entrevista… Hace muy poco tiempo, entrevistábamos a Borau por extenso en Borradores. El domingo, esa estupenda y eficaz periodista que es Rebeca Cartagena publicará una extensa entrevista con el realizador de Tata mía, La sabina o Leo, entre otras, en Heraldo.]

 

Luis Borau cumplirá 80 años en 2009, este domingo ingresa en la Real Academia Española y sigue siendo un niño y sigue sintiendo miedo. Le fuimos a ver a la Sociedad General de Autores, que él preside, y le pusimos ante una palabra, infancia, y por el tobogán de un torbellino de recuerdos halló un símbolo de ese tiempo suyo que se prolonga hasta hoy: una mecedora en la que se refugiaba siempre que su padre le hacía algún reproche, y en la que se sentaba, durante horas, rumiando su rabia y también su "menosprecio por las

La mecedora sigue existiendo, y sigue siendo su amuleto. Ya no se sienta en ella, "podría no resistir mi peso", pero está en su casa, cada día la ve. Es parte del niño que sigue siendo. "Un niñoide, más bien", dice él.

Borau es grande, camina a zancadas, como escapándose, aunque ande con muletas, y las necesitó hace poco. Ese "menosprecio por las personas mayores" arranca desde la infancia más tierna, "cuando mis padres y sus visitantes se dirigían a mí cambiando el tono de voz, como si yo no fuera una persona normal". La primera vez que explotó no tenía aún tres años. "Mi madre me bajó a la calle, a ver los gigantes y cabezudos, y no me pude aguantar: 'Pero, mamá, ¿no ves que son hombres metidos en muñecos de cartón?".

Era muy crítico y muy aislado, y eso va con él. Eligió el cine, desde que era un chiquillo de nueve años, que es un trabajo que obliga a las aglomeraciones, pero es un solitario absoluto, militante. Y en esa soledad rumiaba de chico su rabia, que se parece a la de ahora. La guerra aún lo hizo más reconcentrado: "Durante la guerra no fui al colegio; hubo un bombardeo y mi padre dijo 'ni hablar, hasta que esto no acabe no sales de casa', y allí me quedé. Y esa mecedora que guardo como una reliquia fue el sitio en el que me pasaba las horas".

Era hijo único, "y todos alrededor eran mayores, muy mayores, y además mis padres hablaban como si fueran del siglo XVII, de modo que cuando fui al colegio, después de la guerra, yo no entendía lo que decían los chicos. Me decían: '¡Chívate, no seas tonto!', y yo no sabía qué significaba chivarse. Un día compré en la Cuesta de Moyano un diccionario de aragonesismos del siglo XVII, y ahí entendí cómo hablaban mis padres; fue como recuperar aquel ambiente".

¿Y qué le pareció, Borau, la gente cuando ya salió y la vio en la calle? "Yo tenía tres primos, uno de ellos fue un escritor del exilio, José Ramón Arana, mucho mayor que yo, y estaban mis tías, que también eran mayores, y vivían en casa, así que yo sí sabía cómo eran las personas mayores. ¿Ya en la calle? Ya te digo que en general la gente me parecía tonta. Yo me crié de niño pensando que no tenía (y perdona porque es muy petulante decirlo) interlocutor". ¿Y le ha seguido pasando? "Sí, la verdad es que no debiera decirlo, pero me sigue pasando de alguna manera. Puedo estar amable con todo el mundo, y cariñoso con el que se lo merece, pero hay siempre dentro de mí como ese menosprecio que yo sentía por mis mayores; luego los quería muchísimo, y siguen presentes en mi vida, sigo soñando con ellos, acordándome de lo que mis padres hacían... No debía contarte estas cosas, ¡pero ya que me preguntas por la infancia! Y he mantenido todas mis amistades de niño, todas, y qué lástima que ya van quedando pocos, y algunas viudas".

Los amigos. "Yo escuchaba mucho esa frase, 'ya no me quedan amigos', y pensé que nunca me iba a pasar. Los he conservado siempre, hasta que se han muerto, y en Madrid tengo amigos estupendos, e hice muchos en Los Ángeles, cuando viví allí nueve años; con los estadounidenses tener amigos es tener un trabajo, porque tardas en escribirles, y cuando lo haces te responden enseguida. ¡Estás siempre en deuda!".

¿Y por dónde se coló el cine, en medio de esa soledad? "Yo vi con mis padres, antes de la guerra, Nobleza baturra y otras películas; mi padre era muy aficionado, y le gustaban cosas horrendas... Y tengo la vaga impresión de haber visto una película, creo que alemana, que ocurría en un circo y que me produjo, a los seis años, una sensación erótico-aventurera: el chico de la película se va a quemar, y la chica de la película le va a socorrer, y se arranca un jirón de su especie de enagua, y eso me pareció maravilloso y me conmocionó... Yo iba a ver las películas del Gordo y el Flaco, unas películas tremendas, como las de fieras... Pero fue a los nueve años cuando me di cuenta de que las películas no las hacían los que salían en pantalla, sino que detrás había un director. Y yo dije: 'Yo quiero ser ése', el director".

Claro, los amigos se rieron. "Y se hubieran reído más si yo les hubiera enseñado la revista Primer Plano, que compraba cada semana con el dinero que ahorraba de los 10 céntimos del transporte escolar. Como me daba mucha vergüenza que en el colegio me vieran con una revista de cine, la compraba y me la metía bajo el jersey y me iba a casa a leerla a escondidas".

De ese niño queda todo; "por eso siempre me califico, con bastante desconsuelo, de niñoide, de ser un hombre niñoide, porque de aquel niño queda todo. ¿Y qué me ha mantenido en esa edad? El carácter reconcentrado. Yo no le hago confidencias a nadie, aunque no por guardar secretos, sino porque no me gusta hacer confidencias... Y la verdad es que no sé por qué te estoy contando todo esto". Pero se ha hecho usted mayor, Borau. "Hombre, la vida me ha hecho mayor a la fuerza, pero me han quedado cosas del niño que soy: la manera de ensimismarme, de guardar cosas que no sirven para nada... Ser mayor no sé lo que es; ser mayor a lo mejor es ser peor, porque a pesar de lo malo que fui de niño entonces era un niño. La pena que tengo es que mis padres murieron sin verme hacer una película, pensando quizá que habían hecho mal el muñeco. Yo era malo en el colegio, falsificaba las notas... ¿Un golfo? Hasta cierto punto sí".

Un solitario. "Por vocación. Pero soy un solitario frustrado, siempre hay gente alrededor, pero mi afán es la soledad. Tengo amigos, me invitan, me agasajan, y yo siempre estoy con una reserva: 'A ver si me dejan en paz'. No, para volver a la mecedora no, la tengo en casa, es un amuleto, pero no me siento en ella por si la rompo. Pero, sí, lo que me gusta hacer es lo que hacía en la mecedora: darle vueltas a todo, a la vida, a mis amigos, a la familia de entonces".

 

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